Suele acontecer que una criatura se duerma, a la siesta, con la boca abierta. Días después, prorrumpe en un agudo grito de dolor, que cesa enseguida. Los gritos se repiten con intermitencias, con la misma brusquedad e igual calma subsiguiente. La criatura se lleva en aquellos momentos las manos a la garganta. Un examen prolijo de la boca delata entonces en el fondo de las fauces uno o más agujerillos hinchados, de que escurre un líquido claro.
Este es el proceso común de la ura. En el fondo de cada uno de esos agujerillos, se agita en carne viva, come y prospera, un gusano rugoso, circundado de duros anillos, estando cada anillo erizado de pelos negros.
Estos gusanos provienen de una mosca llamada ura, no más grande ni velluda que otras inofensivas congéneres. Zumban sobre todo en los días cálidos, en busca de una piel propicia para depositar o introducir en ella sus huevos. Una vez conseguido esto, las larvas recién nacidas hallan tales condiciones favorables para su desarrollo en la alta temperatura de los mamíferos, que en breves días, revolviéndose y mordiendo en pleno tejido vivo, llegan a adquirir el tamaño y la forma de un gruesisimo carozo de dátil. Cuando se presiona bajo la piel, este gusano debe salir —y sale vivo— por un agujerillo de un milímetro de diámetro.
Los animales bovinos pagan un pesadísimo tributo a las uras, al punto de dar pena ver una vaca deformada por centenares de tumores cuyos gusanos la amodorran de fiebre, mientras la devoran viva. La industria del cuero sufre el contragolpe de esta plaga, pues poco atractivo puede ofrecer al mercado una piel endurecida y taladrada en mil partes.
Entre los animales domésticos, el caballo y la mula gozan de perfecta inmunidad. Los perros, en cambio, sufren mucho de la ura. Es digna de mención la capacidad de sacrificio de los perros, al entregarse temblorosos y gimiendo a las manos curativas de su dueño. La extirpación de una ura, cuando se oprime el tumor por su base forzando al gusano hacia el exterior, no tiene nada de agradable. El pobre perro gime, se lame los pelos a su alcance, y mira aparecer la ura que dilata la piel de un modo increíble; pero no intenta escapar. El gusano salta generalmente a varios decímetros de distancia, y el perro la sigue en su salto, con ojos poco amistosos. La intervención dura a veces largos minutos.
El hombre paga asimismo un pesado tributo a la ura, bien que su experiencia lo exima de mayores mortificaciones. El caso de la criatura a que hemos aludido no es único. En pequeñuelos con conjuntivitis, resfriados, o con fiebres que los aplastan con la boca abierta, las uras han hecho más estragos de los que se pueden contar. Cierto es que estas complicaciones sólo alcanzan a las clases más desprovistas de toda noción de higiene.
Una u otra vez, toda persona que ha transpasado el paralelo 28, ha trabado o trabará contacto con la ura. El que estas líneas escribe alimentó durante quince días en el hombro, como si se tratara de una punzante hinchazón cualquiera, una robustísima ura. Este primer tributo a la ignorancia del país, es tan ineludible como fugaz. Y se paga con el mismo rigor que lo hacen los que afrontan una madrugada de verano con una sábana por todo abrigo, y los que descienden en Posadas con un winchester para matar tigres en el puerto mismo.
Los pájaros no escapan tampoco a la ura. Por vehementes deseos de mis chicos de criar un pirincho, nos apoderamos una vez de un pichón que entrevolaba por una palmera de casa. Cogido en la mano, los chicos lo hallaron tan feo, tan torcidos los ojos y tan amarillento de piel, que no lo quisieron. Examinándolo entonces de cerca, vimos que estaba infestado de uras. El animalito tenía apenas el volumen de un huevo de gallina, y treinta y dos uras.
El pichón murió poco después, por culpa de nuestra alimentación. Su vida había resistido heroicamente a un enemigo natural, multiplicado de un modo formidable, como aquellas uras; pero, había cedido en seguida al menor cambio de régimen, impuesto cariñosamente por nosotros.
