La Vitalidad De Las Víboras

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


La piel de las víboras es por lo general muy fina, sin mayor adherencia a la carne, y facilísima por lo tanto de quitar. No así la de las culebras y grandes serpientes, Dicha piel forma cuerpo, diríamos, con los tejidos del animal. Tan íntima es la conexión de la piel y carne en las boas, que no se concibe arrancarles la piel, sin arrancarles con cada tirón la propia vida.

Es éste, no obstante, el único modo de despojar de su piel a las serpientes. Una vez muerto y frío el sujeto, no es ya posible desprender aquélla de la espina dorsal. Por esto se practica la operación en vivo, previo corte alrededor de las mandíbulas. Se va tirando entonces de la piel hacia atrás, como quien descorre un guante al revés... Y la masa desnuda y palpitante que queda al descubierto, no es agradable de ver.

La vitalidad de esa masa es asimismo tan grande, cuán débil fue la resistencia del animal a morir. La vida de una víbora, nadie la ignora, no tiene más alcance que la de la varita que le disloca una vértebra.

Pero para impedir que esa misma víbora muerta, despellejada y colgada, deje de arquearse, enroscarse y remontar en tirabuzón sobre su propia cabeza, ¡qué de minutos, horas e interminables noches!

Hemos desnudado en casa de su piel a una pequeña boa colgada al atardecer, y a la mañana siguiente pendía, perfectamente perpendicular y lacia. Pero al contacto de una punta de compás, ha hinchado las costillas, recogiéndose hasta el cuello en dos grandes ondulaciones excéntricas,

En una gran yarará que el día antes de morir había matado a uno de nuestros perros, tuvimos ocasión de verificar una mayor persistencia de vida, allí donde de la víbora no quedaba ya sino sus vísceras, arrojadas sobre la arena albeante a no sé qué infinidad de grados.

El animal había sido muerto a mediodía. Su veneno estaba ya guardado. Su magnífica cabeza, también. Su piel se remojaba en la sombra. Su cuerpo había ido a dar no sé dónde.

De la yarará, en suma, sólo quedaban sobre la arena sus vísceras caldeadas y solitarias.

Pero la vida de la víbora trozada y desparramada por todas partes persistía asimismo allí, en aquel bulto obscuro desamparado al sol, porque al excitarlo "cuatro" horas después con la punta de un alfiler, el corazón comenzó de nuevo a latir como si nada le faltara y algo pudiera aún hacer falta.

Esta disparidad entre la pérdida de la vida del organismo y la de sus elementos funcionales, cobra en algunos seres proporciones extraordinarias, en el tiburón, por ejemplo.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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