Cuando Laplace, creador de la teoría de la formación de los mundos por la nebulosa original, gozaba ampliamente de la fama a que su gente le hacía acreedor, fue solicitado por sus colegas del Instituto de Francia para dictaminar sobre cierta memoria que un joven poco menos que desconocido había leído en el Instituto.
Versaba aquélla sobre cuestiones astronómicas: sabíase que su autor se llamaba Juan Bautista Biot, y que era aficionado a la geometría; pero de su penetración, de su ánimo esforzado, de su entusiasmo, se ignoraba todo.
Ahora bien, esta penetración y este entusiasmo encantaron al gran Laplace. El Joven estudiante presentaba una serie de problemas de orden superior, que llamaríamos "Integración de las ecuaciones en las diferencias parciales". Lo que es más feliz todavía, presentaba también las soluciones de dichos problemas, con lo que se venía a descubrir y demostrar una nueva ley astronómica.
El Instituto no aceptaba en masa las conclusiones del joven Biot. Y tal vez el destino de éste fuera otro si Monge y Laplace —especialmente Laplace— no hubieran sostenido resueltamente a Biot.
Excusado es decir que la intervención del gran Laplace decidió al Instituto. Se aclamó al genial muchacho, como se aclama a un joven y cálido astro que surge en nuestro horizonte intelectual:
Si alguien podía sufrir con esta eclosión, en su gloria tal vez declinante, era él mismo Laplace. ¿No veía acaso el insigne sabio la amenaza que significaba para él aquella ascensión triunfal?
Cuando la sesión concluyó, Laplace invitó al joven Biot a acompañarlo a su casa. Y cuando, después de larga conversación, éste se disponía a irse, el autor del "Sistema Del Mundo" abrió un viejo armario, y retirando de él unos papeles amarillentos llenos de fórmulas, las tendió sin decir una palabra al genial muchacho.
Eran las mismas soluciones astronómicas descubiertas por Biot, y que Laplace había resuelto hacía ya mucho tiempo.
Desde el momento en que Biot leyera su memoria en el Instituto, Laplace pudo haber cercenado de un tajo la carrera triunfal del muchacho, revelando las mismas soluciones halladas por él desde tiempo atrás. Estaba en su derecho, de haberlo hecho así.
Pero Laplace no pensó sino en su deber de hombre de genio, que es el de ser generoso. Callándose, afirmaba la fe de Biot en sí mismo, el ardiente entusiasmo por un ideal de que ha menester todo hombre muy joven. Hizo jurar a Biot que nunca revelaría el común secreto, y aquél mantuvo su palabra durante cincuenta años. Sólo cuando Laplace hubo muerto, reveló humildemente el origen fraudulento de su gloria. El discípulo valía el maestro.
