Las Actitudes Heroicas

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


El drama del dirigible "Italia", precipitado sobre los hielos con toda su dotación, ha estado a punto de convertirse en tragedia heroica. Decimos ex profeso "ha estado a punto", pues aunque hubieran de sucumbir algunos de sus tripulantes, a pesar de los salvados hasta el momento en que escribimos estas líneas, algo priva al espantable drama polar de aquel carácter apuntado.

El heroísmo no es una virtud que se deba esperar de cualquiera. Nadie tiene derecho a exigir que un hombre, en el cumplimiento de su deber, lleve éste a los límites del heroísmo. Pero todos, en cambio, tenemos derecho a esperar este sacrificio sagrado, cuando con la seducción exclusiva de la gloria se arrastra a multitud de hombres a una aventura poética, cuya única redención es la seguridad, para los subordinados, de que su jefe dará en holocausto cuanto ha exigido de ellos al arrastrarlos.

La exploración de los polos está lejos de ofrecer un gran interés científico. No valen todas las verdades adquiridas en el preciso grado 90 de latitud una sola de los centenares de hecatombes que han costado a la humanidad. No dan resultado práctico alguno. Son, en una palabra, inútiles.

Pero esas exploraciones polares, sujetas a penurias sin nombre, continúan encarnando lo más puro y desinteresado que posee el alma humana: su amor a lo desconocido, al misterio seductor, más allá del esfuerzo, del valor, de la vida misma, que constituyen, para el hombre que se enciende en aquellos amores, la gran poesía en acción.

No es, por cierto, un pusilánime, ni un negociante a interés seguro, ni un hombre de cerebro frío e ideas estrechas el que se lanza a sufrir lo indecible y echa los dados de su vida —y con ella la de sus compañeros— al goce mortal de palpar lo desconocido.

Como no reportan estas aventuras utilidad alguna, la actitud de estos enamorados de lo desconocido, y en particular la de sus jefes poetas, sólo tiene una excusa: y es la capacidad que para el sacrificio confirma su temple, y que en el jefe de la expedición debe alcanzar al heroísmo.

Ningún hombre en peligro tuvo jamás la salvación tan a mano como Scott, explorador del polo sur. Es bien conocido lo que fue aquella su última expedición trágica, azotada sin tregua por la más persistente fatalidad, y concluida con la muerte de su jefe, de miseria, hambre y frío, cuando a un kilómetro escaso se veía el puesto de aprovisionamiento.

Por único y último compañero de aquel desastre, Scott no tenía a su lado sino a un marinero moribundo. Nada, ningún deber humano ni siquiera divino forzaba al jefe de la expedición a detenerse en su camino. Todo, antes bien, todo excusaba el abandono de un compañero a la muerte, cuyos postreros y fatales instantes podían costar la vida de un hombre como Scott.

Scott nada vió de todo esto. Vió sólo que la existencia de aquel obscuro compañero de infortunio era tan sagrada y preciosa para él, jefe de la expedición, como la suya propia. Debían salvarse ambos, o morir los dos. A la vista de las cuantiosas provisiones, del fuego salvador a los cuales podía él llegar de un paso, pero no su compañero, Scott se quedó. Y sabemos por fin que cuando ambos fueron hallados, Scott conservaba aún el lápiz sobre su libreta, en la que recomendaba a sus amigos que velaran por su mujer y sus tiernos hijos que quedaban sin pan.

Un héroe es un ser excepcional, y como tal, superior a nuestros sentimientos estrechos y nuestros deberes medidos. No es posible, pues, juzgar al general Nóbile de acuerdo con una norma que sobrepasa infinitamente a la capacidad común, ni mucho menos exigir de él, en las circunstancias terribles en que se hallaba, el cumplimiento de un deber no escrito ni reglamentado. Pero hubiera sido muy hermoso que cinco compañeros de infortunio se hubieran salvado juntos.


Publicado el 29 de julio de 2026 por Brian.
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