Las Amazonas

Horacio Quiroga


Artículo


De acuerdo con la ligera embriaguez en que vivimos al presente, la medida del tiempo sufre también la exaltación —o inflazón, si se desea conservar propiedad a las palabras,— característica de la hora actual. Antes hemos tenido "tiempos", "épocas", "edades", para denominar con una fracción del tiempo la importancia o persistencia de ciertas conmociones o estados, que pasaron sin dejar grandes rastros o modificaron profundamente el curso de la humanidad.

En tal sentido tuvimos el tiempo de la crinolina, del decadentismo y de tantas otras formas del vestir. Extendimos al lapso de "época" otros estados o perturbaciones que dejaron más honda huella, como la época del kerosene y del romanticismo. Y reservamos el nombre de "edad" a las modificaciones profundas sufridas por la humanidad, tales como la edad antigua, media, moderna, y la recién nacida de las post-guerra.

En cuanto a la expresión "era", apenas nos atrevíamos a referirla con autoridad a las enormes transformaciones de la costra terrestre o a las revoluciones morales de inacabable alcance.

Hoy, la embriaguez aludida no halla ya en los tres primeros ciclos eternidad bastante para sus fantasías. Así el señor Mussolini habla de la era del fascismo, y los artistas de última data, dividiendo la historia del hombre en dos mitades, borran de un soplo todo lo creado antes de su feliz aparición sobre la tierra, e inician la era de la nueva sensibilidad.

Con más acierto del que se tuvo antes en el arte —vemos que todo ha sido destruido,— y mayor solidez que la institución política de la referencia, corre el anuncio de una nueva era que, por razones de concomitancia con el ambiente de post-guerra, lleva en sí el germen de una gran posibilidad: la era de la mujer.

Todo, y de todas partes, nos lo anuncia. Nada ha sufrido modificación comparable con la de la mujer en sus relaciones con el medio, en primer lugar, y con su antiguo amo y señor, en segundo término. Derechos civiles y políticos, liberación de prejuicios, utilización creciente de su capacidad: tales son las conquistas primeras de la mujer, y no las más eficaces, si hemos de prestar oído a los profetas del advenimiento del Imperio Femenino.

Mas —observan los menos entusiastas— ¿conservará la mujer en esta exaltación un poco sin norma y un tanto irracional, la calidad integral de su sexo? ¿Finca en esta, no liberación, sino usurpación, la profunda finalidad de su destino?

La especie tiene una invisible y rígida línea de conducta; consérvase bajo la protección de leyes aceradas que harán pagar duramente toda transgresión a sus fines perdurables. Cuanto la mujer conquiste fuera de su dominio, será a expensas de su feminidad. Lo que el hombre ama en la mujer lo posee la más tonta jovencita y la más sumisa esclava. Si aquélla lo olvida, el hombre dejará de amarla... Pero antes intervendrá la tremenda ley de la especie para restablecer el equilibrio.

Tal opinan unos y otros. Y como si no bastaran las ideas encontradas, el hombre actual, correlativo de la flapper profética, azuza a la mujer, con su renuncia, a la conquista de estas tres durezas, secular patrimonio del varón: la del pan diario, la del pensamiento y la del músculo.

No satisfecha con su energía desarrollada obviamente en todos los órdenes, la flapper internacional quiere ser también toscamente fuerte a la par del hombre. No hay disciplina muscular que no la tiente ni deporte del que no se sienta poseedora. Ya el hombre y la mujer no constituyen más la pareja clásica del vehículo. Ahora son dos mujeres las que se sientan en el volante.

El varón correlativo, lejos de sentir su desplazamiento, parece abrir los ojos de goce ante el fenómeno, y prosigue dejándose ganar la derecha en esta anormal competencia de los sexos.

Pocas cosas ilustran mejor esta confusión a que asistimos que el número que "L'Illustration" dedica a la última exposición de automóviles en París. Cuarenta o más fabricantes de autos ofrecen en sendas páginas otras tantas siluetas de sus coches. Son todas ellas máquinas de gran poder, potente motor y recios volantes. En cualquier otro momento que el presente, dichas máquinas, capaces de devorar ciento ochenta kilómetros por hora, se hubieran exhibido llevando como relieve la figura de uno o dos hombres, con overol o sin él, angulosos y duros de energía, como conviene a conductores de tales coches. Tal fue siempre la iconografía del esfuerzo brutal y arrojado, que lleva pendiente de un finísimo hilo el riesgo de la vida.

Y sin embargo, cada una de las poderosas máquinas está exornada con la elegante figura de una joven. Algunas en el volante, las menos; otras ante la portezuela, con un pie en el estribo, las más.

¡Por Dios! ¿Qué tienen que hacer estas interesantes niñas junto a máquinas de tremenda fuerza, capaces de rendir exclusivamente su velocidad en las duras manos de un hombre, y cada uno de cuyos golpes de volante comporta peligro de muerte? ¿Qué significado particular tiene esta insólita propaganda, sostenida como sistema por los cuarenta y tantos anunciantes de la industria?

El mismo significado que sugiere otra página de la misma revista, donde un joven de smoking, cabellos muy lacios y boca un poco obscura, aspira voluptuosamente un frasco de esencia. Ambos sistemas de propaganda son idénticos: la joven asumiendo la encarnación de la fuerza y el arrojo, y el joven personificando los deleites del tocador. No responden uno y otro emblema, como pudiera creerse, a un ardid sentimental del comercio, destinado a enternecer la bolsa del padre, del esposo, del amigo. No. Responden a la misma subversión de planos sexuales, que va restando integridad a cada sexo sin compensación alguna.

No es posible deducir de la flapper contemporánea, sin extraordinaria fe, el tipo de mujer al que nuestro mundo deberá su regeneración. Hoy por hoy, la mentalidad de la flapper no ha adquirido el grado de solidez, ni siquiera de salud, indispensable para poner en sus manos las guías de la Humanidad, ineficaces ya en las del varón. Se halla la flapper ligeramente ebria, como el ambiente de que ha surgido, y sólo la ducha helada del tiempo nos enseñará si es transitorio o no este tumultuoso agitar de jóvenes diosas.

Entretanto, no faltan en Estados Unidos quienes creen haber observado en la flapper una creciente disminución del sentimiento del amor. La joven liberada ama las tareas del hombre, su libertad, su elasticidad de principios; pero no siente amor por él. Ante estos nuevos contrastes, sólo cabe contemplar con ojos curiosos el espectáculo de las fuertes amazonas, y aguardar con mirada pensativa el castigo que la especie inalterable reserva a estas vírgenes de seno trunco.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
Leído 0 veces.