La señora Vicky Van. —Este film de última data marca un nuevo triunfo para Ethel Clayton, que sería total si el carácter de la protagonista encuadrara más en la modalidad de la actriz que la interpreta.
En efecto, hay en La señora Vicky Van ligereza de nervios, diabluras de locuela desposada, todo precisamente lo que no condice con el temperamento de Ethel. La señorita Clayton no es una actriz de tragedia, pero muchísimo menos de comedia. Brilla en las situaciones tormentosas, sin llegar al crimen, y en los momentos de pasión, sin llegar al llanto de dicha. Siente hacia adentro, al igual de Gloria Swanson, con quien comparte la maravillosa facultad de expresar el odio, el despecho, la incomprensión dolorosa. Ambas lloran mal; ni una ni otra saben reír. El torrente de felicidad o dolor corte e invade el alma; pero la ola de reflujo no llega hasta el rostro: queda detenida en los ojos, que le sirven de dique.
De aquí la extraordinaria vida de este hermoso par de ojos, cuando el alma que los anima está soportando un excesivo tormento: amor que se confunde con el odio, y despecho que está en un tris de convertirse en amor.
En el film Almas que vagan, de agradable recordación, la señorita Clayton halló este marco a que nos hemos referido. Ojalá la suerte nos depare otro igual.
La Muerte del Drama Cinematográfico. —La producción de films está a punto de sucumbir por escasez de asuntos. El clamor es muy vivo en los centros manufactureros. En trece o catorce años de producción febril, no hay tema ni escenario que no haya sido utilizado en 100 cintas. ¿Estará, pues, agotada la creación artística en el cine? Parecería que no, si hemos de creer a los entendidos. Para estos, la causa única de la insulsez de la inmensa mayoría de los films actuales está en que las empresas no pagan como es debido los asuntos, bien que pongan el grito en el cielo considerando la pobreza de los que les son presentados. ¿Pretenden acaso dichos señores hallar rastros de genio en obras que compran a cincuenta o cien pesos? ¿Se imaginan que su papel es esperar el talento, sin comedirse a buscarlo, o por lo menos a estimularlo? Hay ideas esencialmente cinematográficas, como hay ideas esencialmente teatrales o librescas. Pero tal como son pagadas, no vale la pena buscarlas.
La mayoría de los asuntos actuales representan, cuando lo representan, el esbozo de una idea; no se encuentra en ellos ni psicología en los personajes, ni justeza en los títulos, ni situaciones realmente nuevas, llevadas con arte, ni mucho menos desenlaces reales.
De aquí proviene el éxito de las adaptaciones; la obra de teatro, la novela, elegidas para ser adaptadas, son generalmente una obra estudiada, escudriñada, donde todo el trabajo preparatorio del film ha quedado inconscientemente establecido, y del cual al director sólo le resta aprovecharse. En tales obras hay ambiente, hay una idea, situaciones bien definidas por artistas conocedores del público.
De aquí que los empresarios hayan tomado la costumbre de comprar a los autores el derecho de adaptación cinematográfica de sus obras; lo cual nos ha valido asistir a bellas cosas y bellas profanaciones. Vaya como ejemplo de esto último Safo, de Daudet, donde el director de escena ha concluido la cinta haciendo entrar a la cortesana en un convento, para halago de la moral…
Pero aún así, la mina no es inagotable, y el asunto del autor cinematográfico va cobrando angustiosa importancia. Es una locura ponerse a corregir y retocar obras de otro carácter que el cinematográfico. Por esto nos faltan autores exclusivos de la pantalla, y para esto es menester pagarlos bien.
