Las Fieras Cómplices

Horacio Quiroga


Cuento, Novela, Drama



I


En una noche tempestuosa de junio, un hombre caminaba con paso furtivo por una senda en las profundidades de las selvas de Mato Grosso. La noche estaba profundamente oscura. Los truenos rodaban uno tras otro, y a la intensa agitación del cielo, la selva respondía con el profundo rumor de sus árboles sacudidos por el vendaval. De vez en cuando la lívida luz de un relámpago cruzaba el cielo; el bosque surgía entonces negro, espectral, para ocultarse enseguida en las impenetrables tinieblas.

La selva, terrible siempre, aun de día, con sus acechanzas y traiciones, a esa hora y en la lúgubre soledad, llenaba de angustia el alma mejor templada. Una persona en la ciudad y en las más desesperantes situaciones, no se siente jamás sola; las vidas hermanas pululan a su alrededor, su inmediata presencia la sostienen. Pero en la selva es distinto. Allí todo conspira contra él: el aire quieto y pesado; el silencio hostil; las exhalaciones mortíferas de las plantas que infiltran la muerte en la fúnebre seducción de su voluptuoso aroma; las fieras agazapadas tras el tronco que miramos indiferentes a nuestro paso; las víboras, que hacen de ese paraíso terrenal un infierno, todo en la selva se confabula contra el hombre.

Nuestro viajero, sin embargo, a pesar del terror nocturno inherente a una noche de tempestad en el bosque, sin más amparo que el propio valor, no parecía sentir miedo. Su paso cauteloso indicaba preocupación, sí, prevención también, pero no temor. Para un ojo conocedor algo en él delataba a una persona habituada a la selva. Este algo era su modo de caminar. Levantaba las piernas mucho más de lo que aparentemente era necesario, como cuando se marcha con zancos, y esto con una natural elasticidad que denunciaba a la legua al hijo —natural o adoptivo— del bosque.

En efecto, el suelo de éste, erizado de troncos y ramas, obliga a elevar las piernas para no tropezar, y esta maniobra sumamente fatigante al principio, concluye por volverse inconsciente, y ligera por lo tanto. Por ello se puede conocer fatalmente la condición más o menos selvática del caminante.

Nuestro hombre era, pues, una persona habituada al monte. Los relámpagos que nos han permitido, con su fulgurante luz seguir su marcha felina, nos permitirán saber algo más.

Así, al lívido resplandor de un rayo seguido de un espantoso trueno, pudo verse que el viajero llevaba casco de corcho, blusa y pantalón azules raídos y gruesas botas. El casco decía enseguida que el que lo llevaba no era peón; pero en cambio su visible despreocupación en lo que concernía al bosque, rara en un patrón, parecía afirmarlo.

¿Qué era, pues? ¿Dueño de obraje? ¿Y qué podía hacer en esa noche, en plena profundidad del bosque, caminando como alguien que va alerta a algo, y todo esto sin escopeta? Es lo que pronto sabremos.

Los relámpagos, como fatigados del propio incendio que duraba desde el anochecer, habían disminuido. Pero la lluvia caía ahora torrencialmente, y la selva entera, herida sin tregua por las gotas monstruosas, redoblaba sordamente.

—¡Maldición! —murmuró el viajero, deteniéndose—. Solamente las pacas son capaces de salir con este tiempo. 

Dijo esto en español, pero con marcado acento italiano. Levantó la cabeza, con esa inconsciente curiosidad de mirar el cielo cuando llueve furiosamente. Un fulgurante relámpago se abrió sobre su cabeza en ese instante. El viajero, deslumbrado, cerró los ojos. Durante un minuto los mantuvo así, para desvanecer el encandilamiento. Cuando los abrió, tenía ya la vista natural, y la hundió delante de él en las tinieblas.

—¡Y ese estúpido que no viene! —volvió a murmurar. ¿Qué extraña cita podría ser ésa? El viajero continuaba inmóvil, mojándose aún más si esto fuera posible, porque de su casco corría el agua a hilos, como de paraguas. 

Sin embargo, a pesar de su quietud, no pudo oír un rumor suave que se levantó detrás de él. Un trueno bramó en ese momento, y cuando el ruido cesó, cesó también el murmullo.

Las ramas, levemente agitadas, quedaron en completo silencio. No sé qué, no obstante, indicó a nuestro caminante que acababa de pasar algo. ¿Fue preocupación casual? ¿Intuición del peligro en las personas de monte, habituadas a una constante vida de alerta? Con todo, hemos visto que al que nos ocupa no parecía hacerle ningún efecto la sombría visión de la selva en semejante noche. Pero esta vez no pasó así. Volvió rápidamente la cabeza, hundió su mirada de halcón en el profundo cañaveral que tenía a sus espaldas y quedó un rato inmóvil, prestando ese oído atento que sujeta y crispa todas las demás sensaciones del cuerpo, y en el cual el cazador de monte pone toda su alma, porque la vida pende como de un hilo de él.

Nada sintió. Volvióse, inquirió de nuevo en las tinieblas y lanzando un juramento siguió adelante. En el lado del cañaveral brillaron entonces dos puntos verdes lúgubres. Avanzaron con una lentitud de muerte hasta la picada y siguieron inmóviles la marcha del viajero. Al rato los dos puntos verdosos comenzaron a moverse en dirección de aquél.

Entre tanto nuestro extraño caminante seguía su marcha cautelosa, cuando de pronto un lamento de agonía, largo, vibrante, desolador, ahogó el ruido del vendaval. Venía de la profunda lejanía de la selva. Al oírlo, el viajero se detuvo de golpe; pero en vez de terror, una radiante expresión de alegría se retrató en su rostro.

—¡Por fin! —gritó casi, corriendo. Mas un momento después volvió a detenerse, presa de viva inquietud.

—Me ha parecido a ras de tierra —murmuró sobrecogido de angustia.

Pasó un instante. Al fin se decidió y se extendió la boca con el pulgar e índice de la mano izquierda y lanzó a la noche siniestra un grito largo, el mismo desolado quejido que había llegado hasta él. Un momento después, pero entonces mucho más cerca, sonó la sombría señal, y el viajero lanzó un profundo suspiro de desahogo. 

—Tendré que decirle que no imite tan bien —murmuró sonriendo y avanzando.

El grito de agonía que ambos acababan de lanzar era imitación perfecta del que deja oír el oso hormiguero en las noches muy frías de invierno, y puede reproducirse por ¡a-hu! ¡a-hu! ¡ahu! ¡ahu! ¡ahhhuu!

Un instante después una sombra estaba al lado de nuestro conocido.

El recién llegado, por lo que permitían entrever los relámpagos, llevaba un gran sombrero de paja, con cinta roja. Sobre el busto una camisa de trabajo, a listones, que no debía de conservar ya muchos botones, a juzgar por la ancha abertura que dejaba sobre el pecho. Rodeaba su cintura, por encima de los calzoncillos y hasta las rodillas, un trozo de arpillera sujeto a aquélla por un cinto angosto. Tenía piernas y pies desnudos.

—¿Cómo has tardado tanto? —le dijo apresuradamente nuestro viajero—. Hace ya una hora que me estoy calando hasta los huesos.

—Nada —respondió el recién venido—. El encargado me llamó para revisar las libretas. Dice que está cansado de arreglar todo el sábado.

El viajero se sonrió.

—Caldeira, ¿eh?

—Sí; dice que desde que vos no estás, patrón, todo anda mejor.

El viajero volvió a sonreírse sin decir nada. Pero al rato murmuró:

—¡Pobre Caldeira! Creo que ella desea verlo también. 

Al oír ella, el indio, porque era un indio el que había llegado, se estremeció. 

— Hace días que no la veo —murmuró. 

—¿A quién? 

—¿A ella? 

—¡Oh! Está muy bien. 

El indio dirigió al viajero una mirada de respeto y terror. 

—Cuidado, patrón...

El viajero volvió a sonreír.

—Patrón, me parece demasiado... —insistió con la voz baja el indio.

Su interlocutor le puso la mano en el hombro y clavó en sus ojos una profunda mirada de ironía y compasión.

—¡Pobre Guaycurú! —dijo lentamente—. ¡Pobre indio! —repitió.

Seguramente esa sencilla frase evocaba cosas lúgubres, porque el aludido bajó la cabeza como bajo el peso de un recuerdo abrumador.

—¿Ya pasó todo? —le dijo con cariño el viajero.

—Sí —respondió el otro sordamente. Y agregó—: Cuando hace calor me quemo. Tengo veneno en la sangre —murmuró.

—Sin embargo la cara ya está bien —dijo su interlocutor—. A ver...

Acercó la cara a la del indio: y un relámpago rasgó en ese momento el cielo en una fosforescente cortadura.

El viajero se echó instantáneamente atrás.

—¡Maldición! —murmuró poniéndose pálido—. Ya no es cara humana...

En efecto, aquello no era cara, sino una cosa deforme, hinchada, desmesurada, acuchillada de fístulas casi cicatrizadas. La frente, el cuello, el pecho, todo lo que se alcanzaba a ver ofrecía el mismo monstruoso aspecto.

El viajero lo miró un rato, con una mirada en que se iban encendiendo por momentos sombríos resplandores de venganza.

—¿Alves te ha visto así? —le preguntó.

—Sí —murmuró el indio.

—¿Qué te ha dicho?

—Se ha reído. Ayer de mañana, cuando fui al almacén a buscar grasa, me gritó riéndose...

La voz se le apagó y un rugido se escapó de su pecho profundo. El viajero se estremeció.

—¿Qué te dijo? —insistió.

—...que estaba muy contento de la leccioncita que me había dado y que iba a empezar otra vez... —concluyó bajando la voz poco a poco.

En el solo descenso de la voz hasta perderse, había un mundo de sufrimientos, de recuerdos de horror y pesadilla, de dolores intolerables.

—¿Y en los pies? —continuó el viajero—. ¿Puedes caminar bien?

—Sí, no mordieron mucho ahí...

—Alguna vez oí hablar de eso en África —murmuró el viajero, como hablando consigo mismo—, pero nunca creí que fuera cierto... En fin —agregó después de un momento de silencio—, ojo por ojo y diente por diente, Guaycurú.

Presumo que se acordará algo de ti mañana.

—Y de vos, patrón.

—¿De mí...? ¡Bah! Yo no tengo nada más que esto

—repuso sonriendo y extendiendo la mano izquierda. Faltaban tres dedos, y los muñones estaban rojos aún.

—¿Pero en el pecho también? —agregó el indio.

—Sí, un poco; una costilla rota; ¿pero de mí no hablan nada?

—El otro día Juan oyó los tiros de su escopeta, pero patrón Alves no cree que sea la tuya. Dice que te debe de haber comido algún tigre. Un perro trajo del monte la semana pasada un trapo con sangre. El encargado cree que es de tu camisa.

—¿Nada más saben?

—Nada más.

—¿Y de ella?

El indio volvió a estremecerse.

—No —murmuró con voz sorda. 

El viajero iba a responder, y seguramente se hubiera sabido algo de ella, ese ser bastante terrible para que su sola evocación hiciera bajar la voz; se disponía a responder, decimos, cuando Guaycurú, echándose adelante, lo cogió bruscamente del brazo. Su interlocutor dio un paso atrás.

—¡Oí, patrón! —dijo rápidamente el indio.

—¿Qué hay? —respondió el viajero, volviéndose con una agilidad verdaderamente felina.

—¡Sentí, patrón! —respondió el indio…

Ambos quedaron en silencio. Entonces sobre el ruido de las hojas azotadas por la lluvia, un rumor lejano y profundo como si saliese de bajo tierra, llegó hasta ellos. Los hombres se miraron un rato en los ojos. 

—Es un tigre —dijo sencillamente el viajero. No tenía el menor temblor en la voz, pues a la inquietud de lo desconocido sucedía un peligro real, formidable, sin duda, pero cuyo efecto, en hombres de verdadero temple, es serenar el alma, disponiéndola con todas sus fuerzas para la lucha. 

El indio continuaba con el oído orientado a ese terrible anuncio.

—¡Oí, patrón! No es tigre —dijo de nuevo el indio.

Volvieron a quedar inmóviles y llegó otra vez el rugido sombrío.

—Cierto, es león. Viene al trote —dijo el viajero.

Un momento después añadió:

—Debe de estar cebado.

—Nos ha tomado el rastro. Viene por la picada —murmuró Guaycurú.

En efecto, esta vez el rugido se había sentido mucho más cerca. Un instante después sonaba otro, luego otro, y nuestros hombres, con la rápida decisión de pensamiento de los cazadores y personas acostumbradas a conocer el completo alcance de sus fuerzas, comprendieron sin titubear que con ese animal no era posible luchar y que estaban perdidos.

—Para colmo, ni revólver... —murmuró el viajero con tono de fastidio, pero no de miedo—. ¿Traes el machete?

—Sí; inútil... Es un león cebado.

—¡Ligero, patrón! —gritó de pronto, cogiendo a éste de un brazo—. ¡Viene corriendo! ¡Subamos a este lapacho!

La selva acababa de vibrar con un sonoro bramido, próximo ya. La fiera, aguijoneada por el hambre y el deleite de la carne humana, corría hacia la presa, lanzando su grito de ansia.

En un momento nuestros hombres estuvieron ahorquetados en las primeras ramas del frondoso árbol. El refugio era nimio, porque el león trepa con mayor empuje aún que el tigre.

Pero de todos modos, la defensa era así posible, mientras que en tierra hubieran sido destrozados enseguida entre las formidables mandíbulas de la fiera.

Los bramidos se sucedían cada vez más claros y el animal estaba ya sobre ellos.

—Viene corriendo —murmuró el indio, asegurando el mango del machete en su mano ejercitada. Efectivamente, a ellos llegaba ya un sordo rumor de ramas violentamente agitadas y un bramido, tan próximo esta vez que hizo latir tumultuosamente el corazón de aquellos predestinados a una horrible muerte, denunció la inmediata presencia de la fiera. Y ya nuestros hombres habían hecho un último llamado a toda su serenidad, cuando el viajero, que desde un momento atrás oía los bramidos con estupefacción, murmuró poniéndose pálido:

—Yo conozco eso... ¡Guaycurú! ¡Ese modo...!

Y antes de que el indio tuviera tiempo de responder, el viajero lanzó un grito de alegría, golpeándose la frente:

—¡Somos unos estúpidos, Guaycurú! ¡No la hemos conocido!

Y se lanzaron a tierra.

II


El indio, más ágil, se lanzó desde su posición al vacío. Estaban a cinco metros de altura, y esto es en cualquier parte un salto arriesgado. Pero su increíble agilidad nativa lo salvó, no sacando más que un tobillo torcido. 

Apenas en tierra, el viajero se llevó con extraordinaria rapidez las dos manos a la boca en forma de bocina y lanzó a la noche un grito ronco y prolongado que sonó lúgubremente en la selva, desafiando así en pleno dominio de fieras con su potente voz humana. Al grito respondió inmediatamente un formidable bramido, tan cerca, que los hombres, no obstante su valor, se estremecieron. 

Un momento después las ramas se agitaban, dos ojos relucían en las tinieblas y una sombra enorme se lanzaba sobre ellos de un salto: pero el salto era de alegría. 

—¡Quieta, Divina, quieta! —gritó el viajero, conteniendo con voz imperativa los avances de su leona. Esta continuaba lanzando roncos bramidos de placer, y trataba por todos los medios de restregarse contra su dueño. 

Es bien sabido que las caricias de un león son tan de temer como sus iras, y que la zarpa que se tiende hacia su amo con el muy gratulable objeto de acariciar, tiene cinco uñas, cinco perfectos puñales árabes que por pequeño que sea el impulso de cariño que los anima, se clavan profundamente en la carne. El viajero, pues, por más contento que estuviera del amor que le demostraba su leona, tenía buen cuidado de evitar su aproximación.

—¿Y eso, patrón? —preguntó el indio, sorprendido y acercándose. Pero el animal volvió la cabeza hacia él y dejó oír un colérico y prolongado ronquido.

—¡Cuidado! —le gritó el viajero—. ¡No te acerques! Cuando me vuelve a ver después de muchas horas, se pone horriblemente celosa... ¡Quieta, Divina!

En la vaga luz había visto colocarse horizontal y rígida la cola de la leona. Como esto es señal inequívoca de ataque, halló apenas medio de dominarla con la voz. Tuvo enseguida que llenarla de caricias, pues el animal, pasada ya la excitación del primer momento, se frotaba ahora voluptuosamente entre las piernas de su amo. Aún consintió que Guaycurú le rascara suavemente la cabeza. Una vez conseguido esto, y como el placer que experimentaba era mucho mayor que sus pasajeros celos, reanudó su franca amistad con el indio. Cinco minutos después, los tres caminaban por la picada en fraternal compañía.

Lluvia, viento y truenos habían cesado. El silencio de la selva parecía entonces más profundo, como ahogado. Solo los relámpagos proseguían encendiendo el cielo en silencio.

—¿Y esto? —volvió a preguntar Guaycurú—. ¿Cómo se ha escapado?

El viajero examinaba en ese momento el grueso collar de la fiera que caminaba a su lado y se incorporó, tras un infructuoso examen.

—No sé —respondió—. El collar está en perfecto estado. La cadena se ha desprendido, pero no me explico cómo ha podido zafar el gancho. Si se tratara de un perro, estaría dispuesto a creer que alguien ha sacado la cadena; pero no creo que haya ningún sujeto tan fundamentalmente enemistado con la vida a quien se le ocurra ir a desprender a este gato —concluyó sacudiendo una poderosa palmada sobre los flancos de la leona que ronroneó a la caricia. La palmada esa, dada con la nerviosa energía del viajero, estaba muy lejos de ser una caricia. Pero seguramente la leona lo entendió así, porque alzó la cabeza a su amo con perezoso cariño en demanda de otra suave prueba de amor.

—¿No tendría hambre? —preguntó Guaycurú.

—No: esta mañana comió la mitad del venado que cazó ayer, y hoy al anochecer, como no sabía qué tiempo iba a estar afuera la solté para que fuera al monte, pero volvió al rato aburrida... Mejor —murmuró el viajero en conclusión.

La leona, como si comprendiera que hablaban de ella, miraba a uno y otro con sus ojos fosforescentes, mientras caminaba con el paso largo y rastreante de las fieras.

Hacía una hora que los dos extraños viajeros y su más extraño acompañante marchaban, y esa noche agitada parecía que iba a concluir sin más trastornos, cuando de pronto la leona se detuvo en seco.

La advertencia de un animal que se para de frente en el bosque es siempre muy digna de ser tenida en cuenta. Mucho más en el caso presente, pues a su condición de animal, la leona añadía la de haber nacido en esa misma selva, que acababa de denunciarle algo anormal.

Los hombres se detuvieron.

—¿Qué hay? —preguntó en voz baja el viajero.

—No sé —respondió el indio en igual tono—. Ha sentido algo.

Prestaron atento oído, conteniendo la respiración, pero nada oyeron. Sin embargo, la leona continuaba inmóvil, las orejas en alto. Miraba a uno y otro lado de la picada, con esa profunda atención de ojos y oídos de los animales en acecho, para los cuales el débil crujido de una hoja puede ser decisiva señal de vida o muerte.

Pasó así un rato. De repente la mirada de la fiera se fijó en un punto a la vera del bosque. Irguió más aún la cabeza, como para dominar mejor lo que veía, y bajándola luego lentamente hasta ras del suelo, lanzó con el hocico pegado a la tierra un bramido ahogado, triste, fúnebre, que puso un escalofrío de angustia en el corazón de los dos hombres. 

—No veo nada —murmuró el viajero—. Debe ser un rastro.

—¿De gente...?

—No; no bramaría así... Sin embargo...

—Tiene miedo, patrón...

—Sí, y si fuera rastro no tendría... y mucho menos de gente —concluyó con una fina sonrisa que ya notamos dos o tres veces al hablar de ella.

Entre tanto la leona había empezado a avanzar con precaución, sin despegar el hocico de tierra y gimiendo sin cesar.

—¡Ya sé lo que es! —gritó de pronto el viajero—. ¡Divina, aquí, Divina! ¡La va a picar! 

El indio se estremeció. 

—¡Sí, es una víbora! Hace un mes le oí desde lejos este mismo quejido, y vino con el hocico horriblemente hinchado... ¡Divina! 

Los dos hombres saltaron adelante, y de un empujón el viajero apartó a la leona. Ya estaban sobre la línea misma del bosque, y allí, sobre la tierra roja, vieron una ñacaniná, el cuello erguido y pronta a lanzarse sobre el primero que avanzara.

Las ñacaninás, serpientes de dos y aún tres metros, son terriblemente agresivas y no temen a nada. En cuanto se sienten atacadas se lanzan sobre el agresor, sea hombre, perro o fiera. No es solo esto: persiguen, corren con increíble velocidad tras el que las irritó, y como se ocultan sigilosamente, estas serpientes negras son el huésped más terrible que tiene la selva.

A pesar de todo, la leona no quería abandonar la lucha. Su dueño la contenía apenas, muerto de angustia, pues un paso más y su Divina haría que la serpiente se lanzara contra ella, y el veneno de las ñacaninás no tiene antídoto alguno.

—¡Guaycurú, el machete! ¡No puedo más!

El indio comprendió. Sacó el machete con la rapidez del rayo y de un salto estuvo entre el grupo y la ñacaniná. Entonces dio un paso adelante y el cuello de la culebra se crispó. La leona, entre los brazos de su amo que la sujetaba por el pescuezo, bramaba forcejeando.

—¡Ligero! ¡Se me va! —tuvo tiempo de gritar desesperado. Un segundo después la leona saltaba sobre la serpiente. Pero el indio, con una serenidad espantosa, había dado otro paso hacia aquélla y en el momento en que la ñacaniná se distendía recta como un proyectil sobre él, había hecho un rápido movimiento con la muñeca, que apenas se notó. Cuando la leona cayó sobre la serpiente, solo pudo verse un cuerpo negro que en horribles contorsiones se revolvía entre las patas de la fiera. Pero ya no tenía cabeza: el machete la había tronchado sin sacudidas, sin violencia alguna, únicamente por un prodigio de serenidad de alma y puño.

¡Por fin! Los hombres lanzaron un suspiro, libres ya de esa segunda angustia de su sombría marcha nocturna. La leona, con dos silenciosos mordiscos, había deshecho el cuerpo aún convulso de la enemiga. Tranquila ya, se unió a su amo, y los tres reanudaron el camino.

La tormenta había pasado, pero el cielo, nublado aún, continuaba profundamente negro. Los sombríos caminantes no tenían en esas foscas tinieblas, más guía que la línea apenas visible de la picada, y sobre todo su agudo instinto montaraz.

Marchaban en línea recta, sin una vacilación; y de lejos quien hubiera estado observándolos, habría visto en el acongojante desamparo de la selva, dos luces verdosas, los dos terribles puntos luminosos de la selva, que guiaban la marcha nocturna del sombrío terceto. 

Entretanto, y mientras la extraña aventura sigue su curso, digamos dos palabras sobre nuestros personajes, a fin de comprender el por qué del espantoso drama que se avecinaba.

III


Cierta tarde de verano, a las tres, en medio de una siesta abrumadora de calor, dos hombres sudorosos esperaban a orillas del río el vapor que remontaba la rápida corriente. Las dos personas eran Yuca Alves, dueño de un obraje de madera, a cuatro leguas de la costa, y su mayordomo.

Cuando el vapor hubo parado, desprendióse de su costado una chalana, a cuyo bordo subió un pasajero vestido de blanco.

Al llegar a tierra la embarcación, Alves se adelantó al encuentro del pasajero.

—¿Usted es Longhi? —le preguntó en español, pero con marcadísimo acento portugués.

—Yo soy —respondió el otro simplemente, mirando con tranquilidad la repulsiva cara del dueño del obraje.

—Me ha sido muy recomendado —agregó éste—. ¿Conoce bien su trabajo?

—Sí, he sido revisador de maderas catorce años en Misiones.

Alves observó con atención el rostro anguloso de su nuevo empleado, pero enérgico y que respiraba franqueza y decisión en la menor línea.

—Si no tiene muchas exigencias, creo que quedará contento.

—Así lo espero.

Cuatro horas después llegaban al obraje. El trabajo de revisar la madera labrada por las hachas, hundirse día a día en el monte, ir incesantemente de aquí para allí, aniquilarse de calor y mosquitos, es horriblemente pesado. El nuevo empleado, sin embargo, era de una energía a toda prueba y ocultaba, bajo un cuerpo flaco, un extraordinario vigor muscular.

Las cosas al principio fueron bien. Pero poco a poco comenzó a darse cuenta de las atroces crueldades que imperaban en el obraje. Aquéllos que saben lo que pasa en casi todos los obrajes, comprenderán perfectamente lo que aquí se oculta: para los que lo ignoran, mucho mejor es que lo ignoren siempre. 

Alves era el perfecto tipo del déspota: iracundo, cobarde, miserable, cruel hasta el refinamiento y con una voluntad de hierro.

Al cabo del primer mes, Longhi comprendió que no duraría mucho allí. Al cabo del segundo, estuvo seguro de que Alves lo miraba mal y que algo serio iba a pasar. En efecto, el choque se produjo a propósito de unas vigas mal medidas, según Alves.

—Me parece que usted prometía más al principio —le dijo éste secamente.

—Es posible —respondió el otro, tranquilo.

—Su deber es hacer las cosas bien —lo cortó Alves rudamente.

Longhi lo miró fijamente en los ojos, y se puso pálido.

—Mi deber es hacer lo que puedo —respondió con voz más tranquila aún.

—¡Su deber es callarse! —rugió Alves, encendiéndose en ira.

El revisador, lívido, se metió lentamente las manos en los bolsillos, pero con una pausa mucho más terrible que la cólera estallada, y le dijo, articulando bien:

—Me parece que usted se equivoca, señor Alves.

—¿...?

—Yo no soy un peón.

—¿Eh...?

—Ni un empleado como esos...

Alves hizo un ademán, pero Longhi agregó enseguida, sin dejar de mirarlo:

—...y le juro que al primer movimiento que haga de sacar el revólver, por la sombra de mi madre le juro que le levanto la tapa de los sesos.

El revisador no hizo ni siquiera ademán de coger el suyo para apoyar su amenaza: la mirada bastó. Alves comprendió que, en efecto, se había equivocado, y poniéndose verde murmuró algo y se fue. Pero Longhi comprendió a su vez que la lucha no estaba sino comenzada, y que Alves no quedaría allí.

Y así fue. Seis días después, el terrible drama previsto caía sobre la cabeza de Guaycurú y del revisador, o sea nuestro nocturno viajero, como ya se habrá comprendido.

El drama se precipitó una mañana, a las doce, y tuvo por causa ocasional lo siguiente:

Entre los innumerables peones del obraje, había un indio llamado Guaycurú, abandonado moribundo por sus padres en el monte cuando era pequeño, y que un viejo hacheador correntino había recogido y criado. Al principio el indio —excelente obrajero, por otro lado—, había mirado con prevención al nuevo revisador. Esto es perfectamente explicable. Los revisadores, en general, miden de tal modo la madera que siempre hallan medio de anotar de menos: en vez de 4 metros, 2,50; en lugar de 60 pies cuadrados, 50, y así por el estilo. Es inútil que el mísero hacheador defienda sus pulgadas que le han costado horas de suplicio, de calor, mosquitos y víboras en el monte; el revisador suelta la risa o le advierte que, si sigue molestando, se va a ver en la necesidad de hacerle volar los sesos. El hacheador baja la cabeza, entrega su madera sin decir una palabra y así hasta la viga siguiente. ¿Qué hacer? A veces hay desquites trágicos, pero el terror al «patrón» es demasiado grande.

Como se comprenderá, Longhi era demasiado hombre para prestarse a esos robos, tanto más viles cuanto que eran contra un pobre peón desamparado, cuyas penurias y rudo trabajo para conseguir una bolsa de grasa o porotos, él conocía bien. De modo que a los quince días había conquistado las simpatías de los peones, a despecho de ellos mismos, pues, acostumbrados a la eterna mala fe y expoliación de los revisadores de madera, creían sencillamente que su justicia era aparente, ocultando algún engaño. Longhi se daba cuenta de la lógica desconfianza de esa pobre gente, compadeciéndolos desde el fondo de su alma.

El indio, sobre todo, había sido siempre la eterna víctima de los revisadores. En el gran desamparo de su raza y humildad, jamás había podido hacer admitir su madera por la mitad siquiera. Siempre hallaban que sus vigas estaban mal escuadradas, o tenían carcoma o habían sido tumbadas en época de lluvia, siempre algo en su contra. El indio reanudaba mudo su trabajo que apenas le alcanzaba para no morir de hambre, y ya hacía veinte años que duraba su violenta miseria.

De modo que su sorpresa al medir el nuevo revisador su madera, sin robarle un centímetro, no tuvo límite. Como los peones, creyó fatalmente que eso no era sino alguna treta, pero cuando entregó otra viga, y otra y otra, y vio todas justamente medidas, en el alma oscura del salvaje comenzó a entrar lentamente la divina luz de la confianza ciega en un ser humano.

No fue solo esto. Una tarde, al concluir de medir Longhi un rollizo, y mientras el indio lo miraba, el revisador levantó los ojos y vio que el indio tiritaba, con la cabeza hundida en los hombros.

—¿Qué tienes? —le preguntó—. ¿Chucho?

—Sí —respondió el otro lacónicamente, apartando la vista. En su mirada había una tristeza amarga, fría, de enfermo desilusionado y solo como un perro.

—¿Por qué no tomas quinina?

El indio no respondió.

—¿No hay en el almacén?

—Sí —murmuró el indio—, pero cuesta muy cara.

—¿Cuánto?

El indio dijo algo bajando la voz.

El revisador soltó un grito de indignación.

—¡Qué crimen! —exclamó mirando a ese ser humano condenado fatalmente a consumirse en su fiebre y sintiendo por el pobre paria una ternura que salía de lo más hondo de su fortaleza de hombre. Al fin se fue, y Guaycurú lo vio alejarse con una mirada de dolorosa ironía.

—Como todos —murmuró.

Mas al día siguiente, ante su imaginable sorpresa, vio llegar a su cobertizo de paja en el fondo del monte, al revisador.

—Aquí tienes —le dijo éste extendiéndole una gruesa caja Toma Dos, una hora antes del chucho. Son cuarenta. Si no te pasa, me avisas.

El indio cogió la caja sin decir una palabra y sin mirarlo.

—Hasta mañana —dijo sencillamente el revisador, alejándose. Cuando había caminado ya una cuadra, sintió ruido de pasos, y vio al indio venir hacia él. Tenía el ceño contraído como si sufriera.

—Quiero saber qué cuesta esto —le preguntó con voz sorda.

—No cuesta nada —le respondió el revisador.

El indio contrajo más el ceño, observándose una por una las uñas.

—¿No es veneno? —murmuró mirándole de reojo.

El revisador comprendió toda la cantidad de sufrimiento, injusticias y desconfianzas que habían agriado esa alma hasta hacerla dudar del más sencillo acto de bondad.

—No, no es veneno —repuso gravemente.

Viendo que el indio continuaba con la cabeza baja, se volvió para irse; pero al dar dos pasos, sintió su mano fuertemente oprimida contra una boca y oyó una voz quebrada por los sollozos que le decía:

—Vos sos bueno, patrón; vos sos bueno.

Longhi apartó la mano riéndose para disfrazar la profunda conmoción que sentía.

Desde ese instante, no hubo lealtad y fe más grandes que las del indio. El revisador era sencillamente un dios para él, con la fidelidad absoluta de que solo es capaz un salvaje cuando entrega su alma huraña.

Y esta devoción al revisador, añadida a las simpatías que su empleado inspiraba a los peones, fue el motivo que Alves halló para vengarse hasta las heces de las bilis que le había hecho devorar Longhi. Su hostilidad al revisador, que había comenzado por celos del respeto que le tenía su gente, se encendió del todo al saber cuánto lo quería Guaycuru y, sobre todo, cuando se enteró de que no robaba a sus hacheadores. Claro es, lo natural parece que era despedir sin más trámite a un empleado que no le hacía ganar bastante; pero, aparte de que lo que pagaba a Longhi era mucho menos de lo habitual, Alves quería sencillamente vengarse.

Así fue que una tarde, el más insignificante pretexto dio pábulo a su empozoñada venganza.

Volvía Alves del puerto a caballo, cuando cerca del obrador encontró a Guaycurú. Alves detuvo su cabalgadura.

—¿Qué haces a esta hora, haraganeando por la picada? —lo increpó.

—Nada; voy al almacén a buscar harina —respondió el indio deteniéndose tembloroso.

—¿Harina? ¿Y no llevaste el sábado?

—Sí, pero se me mojó.

—¡Se te mojó! ¡Maldito seas! ¿Entregaste madera?

—Sí.

—¿Cuánta?

—Un lapacho.

—¿Cuánto?

—Doce pies.

Alves dio un violento golpe con el puño en la cabezada del recado.

—Claro, catorce pies. ¡Que no te vuelva a ver en la picada a estas horas, bandido!

El indio murmuró, con la cabeza más baja aún:

—Entregué el sábado también...

—¡Qué me importa tu sábado y tu madera! Lo que quiero es que trabajes. ¿Eh? ¡Ven conmigo! Vamos a ver tu estúpida viga.

Se pusieron en marcha; Alves no hablaba, pero su rostro innoble continuaba contraído. Cuando llegó, bajó del caballo, tiró violentamente las riendas al suelo, seguro de que había allí diez personas que se iban a precipitar sobre la rienda del «patrón» Alves, y fue a la planchada con el indio. Observó la viga labrada por aquél, y al fin levantó la cabeza, fijando en Guaycurú su mirada animada de fuego sombrío que anunciaba una tempestad de ira.

—¿Y ésta es la madera que traes? —dijo dando un ligero golpe a la viga con el pie.

El indio, helado, no despegó los labios.

—¿Quién recibió esta madera?

—Patrón Longhi.

—¡Aquí no hay más patrón que yo, bandido! —clamó Alves, poniéndose rojo—. ¿Oyes? ¡Yo soy el único patrón aquí, yo, yo! ¡Todos los demás son unos bandidos, todos! ¿Entiendes? ¡Todos!

Esto último lo dijo dirigiéndose a los peones y empleados que oían a corta distancia. Tal era el tiránico dominio que tenía Alves sobre su gente, que ninguno levantó la frente. Los peones se miraron de reojo; los empleados hicieron como si no se tratara de ellos. Pero los truenos eran demasiado violentos para que el rayo no estuviera cerca. 

—¡Patrón Longhi...! —prosiguió Alves incapaz ya de contenerse—, ¡Yo no sé si es patrón en su maldito país! ¡Pero el que ha recibido esta maldita madera es un bruto! ¡Sea Longhi o quien sea! El que... 

Iba a continuar, pero Alves notó que las miradas de todos se dirigían a la gran picada que quedaba a sus espaldas, y volviéndose, vio a Longhi que llegaba del monte con tranquilo paso. Aunque estaba a media cuadra aún, era imposible que no hubiera oído, dado el silencio del paisaje. Los empleados cambiaron una rápida mirada entre sí. Pero ya Alves había llegado al rojo blanco. Al ver a Longhi se detuvo, y durante dos segundos pudo verse retratada en su semblante la lucha entre el temor y el odio que sentía hacia su empleado. Este último triunfó.

—¿Quién ha recibido esta madera? —preguntó dirigiéndose a los empleados, como si lo ignorara.

—Yo fui —respondió Longhi, seguro de que esta vez era decisiva y metiéndose desde ya las manos en los bolsillos para contenerse más.

—¿Usted? —preguntó Alves, volviendo a él desdeñosamente la cabeza—. ¡Usted no sabe lo que es madera entonces!

—Creo que sí, sin embargo —repuso tranquilo Longhi—. ¿Qué tiene? —añadió acercándose a la viga.

—¡Nada! ¡Completamente comida por dentro!

Longhi se agachó y golpeó la viga con los nudillos en distintas partes.

—No me parece —dijo.

—¡No le parece! ¡Lo que me parece es que usted me ha estado robando el sueldo: eso me parece!

Los empleados, recordando el incidente anterior entre Alves y Longhi, se estremecieron y abrieron bien los ojos para no perder detalle de lo que iba a pasar. 

Pero Longhi se había agachado de nuevo, como para examinar más de cerca aún la viga. Cuando se incorporó estaba pálido todavía. 

—¡Además —prosiguió el brasileño— eso no es escuadra! ¡En su tierra tal vez, pero entre gente honrada, no!

Esta vez parecía haber pasado el límite del profundo dominio que de sí mismo tenía Longhi; pero todavía volvió a doblarse sobre el extremo de la viga, puso su ojo a ras de un canto y confrontó un rato. Se irguió de nuevo. Esta vez estaba lívido.

—Perdón —dijo con una calma espantosa—, esta viga está bastante a escuadra.

—¡Ah! ¿vosé cree que está a escuadra? —exclamó, olvidándose, en su ira del usted español—. ¡Usted es tan ladrón...!

Pero no pudo concluir. Longhi, con un grito ronco en que había explotado toda su indignación contenida hasta ese momento por un formidable esfuerzo de voluntad, había lanzado su mano seca y nerviosa sobre la cara de Alves. El golpe fue recio y sonó como un estallido. Alves se tambaleó, llevándose la mano a la boca ensangrentada, y un segundo después daba un salto atrás, revólver en mano. Apuntó al pecho de Longhi y lanzó una carcajada, sarcástica, estridente.

—¡Ah, ah! Parece que ahora se acabó todo, ¿eh? Parece que tenemos los instantes contados, ¿eh? ¡Ladrón! ¡Ladrón!

Longhi, las manos de nuevo en los bolsillos, estaba inmóvil, blanco como el papel, mirando de hito en hito a su agresor.

—¡Vosé es un cobarde! —rugió Alves, a quien la nueva prueba de serenidad encendía más en ira—, ¡Lo voy a matar como a un perro! ¡Ladrón!

Al oír por triple vez este insulto, los brazos de Longhi hicieron un movimiento convulsivo, al que respondió Alves instantáneamente con el suyo en que esgrimía el revólver. Pudo verse claro, por la contracción de su semblante, que apretaba el gatillo; y ya iba el tiro a salir, cuando Guaycurú cayó con un salto de tigre sobre Alves, y de un golpe en la muñeca le hizo volar el revólver.

Pero esta vez las cosas cambiaban: ya no se trataba de Longhi.

—¡Agarren a este bandido! —rugió Alves.

Los peones, que hubieran titubeado tratándose del revisador, se lanzaron en tropel sobre el indio. En un momento estuvo derribado y agarrotado.

—¡Ese otro ahora! ¡Agárrenme a ése otro! —rugió de nuevo señalando a Longhi, que continuaba con las manos en los bolsillos. Ninguno se movió.

—¡Canallas! —gritó, con los ojos brillantes por lágrimas de impotente ira, y se precipitó sobre su revólver que había caído a un paso de Longhi.

Pero en el momento en que se iba a apoderar de él, el revisador, con un movimiento tranquilo, puso su pie encima, y cogiendo a Alves de un hombro, lo apartó violentamente de sí. Alves giró y cayó de espaldas. 

Es imposible describir la expresión del brasileño cuando se incorporó. Lágrimas de rabiosa exasperación caían de sus ojos.

Longhi se agachó tranquilamente, cogió el revólver y lo tiró a los pies de Alves; éste se precipitó sobre él con un ronco grito de triunfo y apuntó al grupo de peones:

—¡Agarren a ese hombre! ¡Al que no se mueva le levantó la tapa de los sesos!

Los peones, dominados, se dirigieron a Longhi, pero éste, encogiéndose de hombros, sacó su revólver y les dijo tranquilamente:

—No sean chicos, quédense quietos. No tienen...

Un estampido cortó sus palabras, al que siguió un grito de dolor de Longhi. El revólver se le cayó, mientras de su mano corría un torrente de sangre. Alves, cuya puntería no se había desmentido en ese momento, acababa de troncharle tres dedos de un balazo, desarmándolo.

—¡Rápido, átenme a ese hombre! —rugió, volviendo el arma a los peones.

Antes de que Longhi pudiera agacharse, se vio rodeado, sofocado por veinte brazos y sólidamente atado.

—¡Llévenme a esos dos bandidos al pozo viejo!

Los peones, aterrorizados, cargaron con los dos prisioneros y se pusieron en marcha.

—¡Ya nos vamos a ver, seu Longhi! —le gritó sarcásticamente Alves—. No tenga miedo, vosé: no hay agua en el pozo... pero hay otras cosas mejores. En cuanto al otro...

¿Está todavía el hormiguero grande allí? —preguntó Alves a los peones.

Al oír esto, una profunda expresión de espanto se retrató en el semblante de todos.

¿Qué suplicio reservaba Alves a sus dos víctimas, para llegar a impresionar a peones acostumbrados a sus venganzas? Es lo que vamos a ver. La gente, con los prisioneros, siguió por la picada grande hasta la primera bifurcación, a 400 metros del obraje.

—¡Alto! —ordenó Alves—. ¡Dejen en el suelo a esos dos!

Los peones tendieron a Longhi y al indio sobre la tierra roja de la picada, y esperaron nuevas órdenes de su patrón. Preciso es decir que desde que el revólver de Alves se había fijado por segunda vez sobre sus pechos, había desaparecido todo titubeo, rastro de conciencia o de humanidad de sus almas. La amenaza y la voz iracunda bien conocida de Alves, había despertado la fibra de esclavos que había en ellos, y eran ahora diez autómatas de cara embrutecida, apagados, abyectos, que obedecían ciegamente a la voz de Alves.

Había concluido ya en ellos toda simpatía hacia Longhi; no había ya nada en el mundo fuera de las órdenes de su patrón, y de este modo se aprestaban a ser cómplices y ejecutores del horrible suplicio.

—¡Vean si hay agua en el pozo! —ordenó el brasileño—. Si hay, sáquenla y sequen con arena. No quiero que se resfríe seu Longhi.

Los peones se dirigieron al pozo, un pozo abandonado a los cuatro metros por falta de agua. Cuando llovía, claro es, recogía unos cuantos litros. Inclináronse sobre su boca, pero estaba seco.

—Muy bien —dijo Alves—. Menos trabajo. —Y dio órdenes en voz baja a los peones. Cuatro de estos fueron al obraje, volviendo al rato con picos, palas y una caja rectangular. Alves la abrió y retiró dos cilindros oscuros, dirigiéndose al revisador, tendido de espaldas.

—¡Seu Longhi! —le dijo dándole con el pie en la cabeza—. ¿Vosé no conoce esto? 

Longhi, que tenía los ojos cerrados por el sol, no hizo un movimiento. 

—¡Hace mal, seu Longhi; hace mal! ¡Si vosé se dignara abrir sus ojos, vería que esto es dinamita... dinamita, seu Longhi! —apoyó con cortesía. 

—Bueno, después os abriré los ojos... ¿y el hormiguero está lleno?

—Sí, patrón —respondió un peón.

—Perfectamente; ahora me toca a mí.

Y diciendo esto descendió al fondo del pozo.

—¡Corten una tacuara gruesa! —gritó de abajo—. ¡Diez pulgadas alcanzan!

Un momento después el trozo descendía. Alves manipuló en el fondo y al rato subió, sudando.

—¡Muy bien! Ahora echen todas esas piedras... las grandes primero... ¡Cuidado...! Perfectamente.

Cuando todo estuvo concluido, Alves volvió a descender solo, colocó los cartuchos de dinamita dentro de la tacuara, ajustó la mecha y trepó de nuevo. Bajo su vigilancia los peones concluyeron de echar piedras, tapando cuidadosamente el trozo de caña, y media hora después la mina estaba pronta.

—¡Ahora el otro! —dijo Alves—. ¡Desnúdenlo!

En un momento el indio estuvo desnudo.

—¡Armen el hormiguero!

Dos peones fueron a éste, y en el instante en que iban a operar, Alves los detuvo.

—¡Un momento! Vayan a buscar la botella grande que está en el depósito, la que tiene la etiqueta verde.

Cuando el peón volvió con la botella, Alves se dirigió de nuevo a Longhi con una sonrisa de triunfo.

—¡Vea, vosé! Esto que está aquí es trementina... La trementina —añadió, dando suaves palmaditas a la botella, les gusta mucho a las hormigas... solamente que ellas se equivocan y se enojan mucho, seu Longhi... Su muy estimado amigo Guaycurú se acordará un poco de esto.

Entonces los peones hundieron sendos palos en el hormiguero, revolviendo violentamente en todas direcciones. El aspecto gris de aquél se transformó instantáneamente en negro profundo; millones de hormigas surgían furiosas, buscando al enemigo que las deshacía. Alves regó al formidable batallón con trementina y los peones reforzaron las ligaduras del indio.

De pronto Longhi, que desde hacía un momento no oía una voz, sintió un alarido horrible de dolor y se estremeció violentamente. Otro alarido sonó, más intenso aún, en que se desgarraba todo el sufrimiento de que es capaz una criatura humana.

—¡Muy bien, seu Guaycurú! ¡Muy bien! —oyó que decía Alves—. Esto es muy útil para aprender a respetar a los patrones...

A pesar de su indomable energía, un sudor frío empapó la frente de Longhi.

El suplicio había comenzado. El indio, arrojado desnudo en medio de trillones de hormigas enfurecidas, se enloquecía de dolor. Su cuerpo era una masa monstruosa y negra de hormigas; parecía de carbón. La trementina, matando a muchas, había exasperado a las demás, y sus formidables tenazas devoraban vivo al indio.

Al cabo de un minuto —un minuto es horriblemente largo en tales circunstancias— Longhi oyó de nuevo la voz de Alves:

—¡Un momento de tregua, ahora! ¡Sáquenlo!

El indio fue retirado y sus gritos disminuyeron poco a poco, hasta concluir en sollozos ahogados, sollozos de impotencia y dolor sobrehumano, de hombres cuya resistencia se quiebra al fin.

Longhi tenía siempre los ojos cerrados; permanecía sin mover un dedo. Pero dentro de su alma agitábanse como un mar, cuanto de indignación y rabia generosa cabe en un pecho viril. Mas había llegado su turno.

—Ahora, seu Longhi —le dijo Alves, volviéndose de nuevo a él—, ahora voy a enseñarle una cosa que usted ignora. ¿Usted no sabe volar, verdad?

Longhi no respondió.

—Seu Longhi, por favor, ¡no sea mal educado! —le reconvino Alves, dándole con el pie en la cabeza—. ¡Le estoy hablando!

El rostro del revisador permaneció impasible; solo su palidez, esa terrible palidez que ya conocía Alves, invadió su semblante. El brasileño, al notarlo, tuvo una sonrisita de alegría.

—Bien; eso me prueba que usted me oye, por lo menos. Ahora, seu Longhi, se trata de volar. Dentro de media hora su protectora persona volará, cosa que no estaba en sus generosos cálculos. Volará tan bien que acaso nunca vuelva, ¿oye? Entonces, como no es justo que viejos conocidos se separen así, sin despedirse, despidámonos, seu Longhi.

Y levantando bruscamente su fusta, cruzó de un terrible latigazo el rostro del revisador.

—¡Esta es mi despedida, canalla! —rugió violentamente, olvidando su cortesía, mientras una línea sangrienta surgía sobre el rostro de Longhi.

—¡Lleva este recuerdo mío! ¡A ver, ustedes —gritó a los peones— coloquen a éste sobre el pozo!

Los peones alzaron a Longhi y lo pusieron sobre la mina cargada. Al llenar el pozo de piedras, habían dejado un hueco para que el revisador no pudiera rodar, una especie de ataúd en que fue colocado Longhi. Tumba viva, por decirlo así, en que Longhi iba a contar segundo por segundo sus últimos momentos de vida antes de ser proyectado en pedazos.

Una vez dispuesto todo, Alves acercóse al pozo y encendió la mecha, que chisporroteó un momento y luego se fue consumiendo lenta, silenciosa y fatalmente.

—Luego de un cuarto de hora —dijo Alves, sacando el reloj— cuando falten cinco minutos, coloquen de nuevo al otro sobre el hormiguero. Es justo que el señor Longhi tenga música.

Unos tras otros, lentos, eternos, Longhi sintió que se iban deteniendo los últimos golpes de péndulo de su vida.

De pronto, el mismo alarido horrible que indicaba el suplicio del indio, rompió el aire puro.

—Faltan cinco minutos aún —murmuró Longhi.

Los gritos continuaban, cada vez más desesperados. Oyó luego ruido de pasos que se alejaban.

«Se van —se dijo—. Dentro de un minuto no viviré más.»

Y por primera vez sintió un nudo de angustia en la garganta al pensar en su madre.

—¡Pobre madre! —murmuró—. ¡No se supondrá la situación en que se halla su hijo! Si ella...

Una formidable explosión desgarró el aire. Un furioso vómito de piedras surgió del pozo, y el cuerpo del revisador, lanzado oblicuamente, cayó sobre la red de lianas vecinas, desgarrándolas, y se desplomó pesadamente en tierra.

IV


Eran las once de la noche. Una fresca brisa corría por la picada, y el bosque, lúgubre, se animaba con el maullido de los gatos, la fuga de los venados, el gruñido de los jabalíes. Un gemido humano, sonando inesperadamente, apagó bruscamente el concierto. Al rato una voz quebrada llamó en voz baja.

—¡Patrón Longhi!

Nadie respondió.

—¡Patrón Longhi! —repitió la misma voz quebrada, ronca, deshecha por el sufrimiento, lo único que quedaba de una potente voz de hombre. Lentamente, invisible casi en la oscuridad de la noche, una sombra se fue arrastrando hacia el pozo. Se detuvo allí media hora, y luego avanzó hacia el linde del bosque. No es posible dar idea de las torturas y horribles dolores que suponía ver a un ser humano arrastrándose de ese modo. De pronto tropezó con una mano y se estremeció violentamente. La mano estaba fría, rígida, helada.

—¡Patrón, patrón Longhi! —sollozó el indio, dejando escapar de su pecho todo su amor a la única persona que lo había querido. Palpó la cara, el cuerpo noble y yerto del revisador, y abandonándose a su desesperación, lloró en la noche desolada.

Al día siguiente, de madrugada, un peón fue a decir a Alves que ni el indio ni el revisador habían muerto. Alves fue con él y los halló tendidos uno al lado del otro. A pesar de su vileza de alma, un escalofrío recorrió sus nervios al fijar los ojos en el indio. Aquello era una masa hinchada, sanguinolenta, deformada. La fiebre lo devoraba y deliraba en voz baja. Alves se acercó más y observó el cuerpo lívido de Longhi.

—Ese hombre está muerto —dijo.

—No, no está muerto —repuso el peón—. Le late el corazón.

—¿Cómo se puede haber salvado...? —murmuró Alves para sí.

—¿Qué tiene?

—Parece que tiene las costillas rotas.

Alves meditó un momento y volvió al obraje.

—¡Vayan a traer a esos dos individuos! —ordenó.

Cuando vio delante de sí a los dos moribundos, dos vigorosos hombres que su crueldad de déspota había convertido en dos horas en miserables tasajos humanos, un rayo de triunfo, de voluntad omnímoda, encendió su mirada. Las violentas sacudidas de la carreta, exasperando el delirio del indio, habían hecho volver en sí a Longhi, que miró un instante a Alves y cerró los ojos.

—¡Bueno! —dijo Alves con calma—. Ya ha tenido su lección, seu Longhi. Espero que le aproveche y aprenda en adelante a respetar un poquito a los hombres que no le han hecho daño alguno. Supongo que algo le habrá pasado cuando las piedras le empujaron y que tal vez se muera. Pero es el caso que no tengo ningún deseo de vivir bajo el mismo techo con re-vi-sa-dor la-drón; así, seu Longhi. De modo que ahora mismo lo haré llevar al puerto y dejar en la barranca, y si antes de ocho días pasa un vapor, mejor para usted.

Un instante después, Longhi era subido de nuevo a la carreta, desmayado, y bajado no en el puerto, sino en el rancho del carrero que tuvo compasión de él, a riesgo de arrostrar las iras de Alves. Cuando le contó lo que había hecho Alves se encogió de hombros.

—De todos modos no va a vivir dos horas más.

Pero Longhi vivió, y seis meses más tarde, día por día, le tocaba a Alves medirse de nuevo con Longhi, mas esta vez en circunstancias menos favorables para aquél.

¿Cómo? Lo veremos enseguida.

Salvado milagrosamente de la explosión, Longhi había salido de ella con una costilla rota y horribles contusiones en la espalda. Además, los tres dedos tronchados por la bala del brasileño. El viejo hacheador cuidó de él como un padre, y Longhi pasó veinte días entre la vida y la muerte. Pero su robusta constitución triunfó, y al fin, una espléndida mañana pudo salir afuera, y se sentó en un tronco. Estaba muy débil aún, mas la tibieza del ambiente, y el sol que doraba el monte, llegaron a él como un bálsamo de nueva vida y por primera vez después de dos meses de fiebre, delirio y letargo, pudo meditar claramente.

En sus pesadillas de esos dos meses, la figura siniestra de Alves había ocupado un lugar preeminente.

Veíase atado sobre la mina y al brasileño riéndose y golpeándole la cabeza con el pie. Y luego el cobarde latigazo, el clamor del indio devorado vivo, toda esta tortura de un hombre que ha pasado dos meses reviviendo profundas afrentas, había amargado intensamente su alma. En vano quería olvidar; una implacable sed de venganza crispaba su ser entero. ¡Ah! ¡Hacerle sufrir un minuto, un segundo nada más, lo que había sufrido dos meses! Soñaba para Alves algo monstruoso, mucho más desesperante que el infernal hormiguero, algo que arrancara a su carne y a su alma torturada, gritos de animal...

Aquí se detuvo bruscamente en sus pensamientos.

—Sí — murmuró—. ¿Por qué no...? Gritos... ¡Ah. ya nos veremos! ¡Juan! —llamó al hachero que esa mañana tenía chucho y tiritaba junto al fuego.

—¡Patrón!

—Dígame: ¿usted ha visto alguna vez un tigre manso?

—Nunca; no se puede. El león, sí.

—Sí, ya sé. ¿Pero usted ha visto un león amansado?

—He visto. No uno, muchos. ¿Para qué quiere saber?

— Por nada; curiosidad.

El obrajero lo miró atentamente.

—Mi compadre Cipriano tiene uno —agregó.

Longhi hizo un brusco movimiento, y aquella terrible palidez de antes, cuando era el hombre que hizo bajar los ojos a Alves, invadió su semblante.

Pero esta vez la palidez de Longhi era por debilidad física. Bajó la cabeza y al rato preguntó indiferente:

—¿Es grande?

—No; cachorro todavía.

—¡Ah!

Nueva pausa. De pronto, el exrevisador de madera se levantó, y caminando con esfuerzo hacia el obrajero, le puso la mano en el hombro.

—Oiga, Juan, necesito que su compadre me venda el león.

Su voz estaba quebrada aún, pero su mirada firme y tranquila era la de antes.

—No tengo nada para darle ahora; usted bien sabe. Pero le doy mi palabra de que se lo pagaré.

—Ya sé, patrón —murmuró con profundo respeto Juan—. No necesita decirme eso.

—No importa. Mejor es decirlo. ¿Quiere ver a su compadre y decirle que me lo venda?

El hachero levantó a él los ojos de severo cariño y de confianza en Longhi.

—Ni mi compadre ni yo le vendemos nada a usted.

Usted ha sido con nosotros distinto de los demás. El león es suyo.

—Gracias —repuso Longhi gravemente—. ¿Cuándo lo puedo tener?

—La semana que viene. Tiene que hacerlo él mismo.

El lunes siguiente llegó el león. Era una leona, pero de poderosa alzada ya. Longhi había preparado una sólida jaula e instaló en ella al animal, que rugía al verse separada de su amo.

Esto pasaba en febrero. En junio, la hermosa fiera, ya completamente desarrollada, no se separaba ni un instante de su nuevo dueño.

Son increíbles los prodigios de paciencia, de voluntad y de serenidad que Longhi tuvo que emplear para llegar a aquella domesticidad. La leona se había transformado bajo su cariño e incontrastable carácter en un gran perro lleno de docilidad y ternura para con su amo. Había conseguido Longhi lo que casi todos los domadores obtienen: imponer silencio a la fiera. Un severo chistido hacíala enmudecer, pero preciso es decir que en esta terrible prueba de dominio contra el cual se rebela fatalmente el felino, Longhi estuvo dos veces a punto de dejar la vida. En el hombro tenía cinco profundas huellas de las garras de aquél. Pero, al fin, había logrado dominarla.

¿Qué fin se proponía Longhi, empleando su terrible voluntad en enseñar a la leona una cosa que no es de ningún modo indispensable, y sí peligrosísima?

Una noche de agosto, vale decir, seis meses después del día en que Alves hizo pagar a Longhi del modo que sabemos su real justicia con los peones, Longhi estaba parado en la picada central, esperando visiblemente a alguien. Al rato, a lo lejos, sonó un lastimero grito de agonía, al que respondió enseguida un rugido ahogado a su izquierda. Longhi se volvió rápidamente al monte y chistó. El rumor se apagó.

Un momento después Guaycurú aparecía en la picada. El indio, salvado por el pánico que en las hormigas había puesto el estampido de la explosión, había tardado mucho más tiempo que Longhi en reponerse. Habían sido cuatro meses de dolores inacabables, llagas que se reabrían sin cesar, pústulas que lo devoraban vivo, una convalecencia atroz, para volver, apenas restablecido, a su mudo trabajo de siempre, y con la amenaza de Alves de recomenzar el asunto de las hormigas a la menor falta.

Longhi no había querido ir a verlo por prudencia. Pero ahora que tenía un plan maduro, le era indispensable verlo. Lo había mandado llamar por el obrajero.

Apenas se vieron juntos, ellos que habían sufrido la más abominable de las torturas, un turbión de emociones levantó el pecho de ambos. Se miraron bien, y un momento después Longhi sentía de nuevo en su mano los labios fervientes del indio. Ahora había entre ellos un fondo común, indesarraigable: el haber sufrido juntos y arder en la misma sombría ansia de represalias.

Apenas había comenzado a hablar, un espantoso rugido a dos pasos de ellos hizo saltar a Guaycurú.

—¡Maldita seas! gritó Longhi con rabia, volviéndose al monte—. ¿Qué te pasa?

—¿Qué es, patrón?

—Nada, una leona que tengo. Esta estúpida...

Y se internó en los árboles. Guaycurú oyó enseguida la voz colérica de Longhi que reprendía. Un instante después salió con la leona.

* * * * * * *

Y ahora volvamos a la primera parte de esta historia, a la noche tempestuosa en que Longhi, Guaycurú y la leona marchaban hacia el rancho del obrajero. 

El exrevisador había encargado a Guaycurú que le enviasen noticias, por el obrajero, del primer viaje al puerto que Alves hubiere de emprender. En la tarde, el hacheador lo comunicó a Longhi y la reunión nocturna tenía por objeto concluir el plan de éste.

Llegados a su rancho, hablaron largo rato, y ya de madrugada Guaycurú regresó al obraje. A la noche siguiente volvió a la picada, donde ya le esperaba Longhi. Alves debía pasar por allí, en dirección al puerto.

El tiempo, frío y claro, favorecía los proyectos de Longhi. La luna brillaba sobre la picada, marcando una franja blanca y silenciosa entre el sombrío bosque. 

—¿Estás bien seguro de que dijo a la una de la mañana? —preguntó Longhi.

—Sí, a la una. El vapor subió anteayer de tarde, y pasará hoy de madrugada. Dijo también que no quería perder por nada el vapor. 

—¿Con qué peones vendrá?

—Con Raimundo, nada más. El le lleva la valija…

—¡Silencio! —le cortó Longhi en voz baja—. Siento ruido.

Ambos contuvieron la respiración para oír mejor.

—No es nada —murmuró al rato—. Además falta media hora aún para las tres. No pasará por aquí antes de las tres.

La leona, entumecida por el frío, experimentaba locos arrebatos que su amo contenía.

—Ya entrarás en calor —murmuró.

Lentos, unos tras otros, pasaron los minutos, y llegó el fin del drama. A lo lejos, muy a lo lejos, habían sonado sobre las piedras los pasos de un caballo.

—¡Pronto! —gritó Longhi prestando oído atento—. Escóndete en el monte. Si el caballo no lo tira, sal enseguida.

Yo me quedo aquí.

El indio, como una sombra fantástica, corrió por la picada y desapareció en la selva. Longhi, después de hablarle un rato a la leona, cogiéndole el hocico entre las manos como siempre que quería hacerle comprender algo bien, se hundió con ella en el bosque.

* * * * * * *

Por la picada, al paso del caballo, marchaba Alves oculto hasta las orejas en su grueso poncho. Detrás de él seguía un peón, llevando en la cabezada del recado una gruesa valija. 

—¡Maldito frío! —murmuró Alves, sintiendo en las orejas las agujas del aire helado—. Con tal que el vapor pase pronto... ¡Vamos! ¡Apuremos el paso! —gritó al peón. Y la pareja avanzó al trote. 

De repente, un rugido formidable, espantoso, tronó en la selva, al lado de ellos. Alves y el peón dieron un grito. Los caballos enloquecidos de terror, se levantaron de manos, agitándolos desesperadamente en el aire.

—¡Raimundo! —gritó Alves con la voz ronca de miedo y tratando de dominar a su caballo.

—¡No puedo, patrón! El…

Otro espantoso bramido hizo estremecer la selva, poniendo en el alma humana todas las angustias que le comunica la carne a punto de ser devorada.

—¡Patrón! ¡Está ahí! ¡Está ahí! ¡Va a saltar! —gritó el peón.

Y Alves sintió enseguida la carrera desenfrenada del caballo de aquél que, enloquecido por el inminente ataque de la fiera, volvía bridas, precipitándose por la picada. Alves lanzó un juramento y trató desesperadamente de desprender su revólver. Pero en ese instante otro bramido sacudió la tierra, enseguida otro, luego otro, y el caballo de Alves, los ojos fuera de las órbitas y empapado en sudor de miedo, dio una formidable espantada, lanzándose a la carrera. El brasileño, desazonado por su ademán, cayó. 

—¡Cobarde! —rugió Alves, levantándose.

—No es cobarde, ha hecho bien —oyó una voz tranquila que le respondía.

Alves sintió que sus cabellos se erizaban:

—¡Esa voz...!

—Es la mía, nada más —oyó de nuevo.

Y el brasileño vio de pronto delante de él, con las manos en los bolsillos del pantalón, la silueta inmóvil de su exrevisador.

La frente de Alves se empapó de sudor.

—¡Ah, los muertos no hablan...! —murmuró, buscando furtivamente el revólver. Pero oyó otra vez la voz tranquila:

—Mejor es que no lo saque.

Alves miró y vio brillar al lado de Longhi dos luces verdosas, la lúgubre luz verde de la selva. Un grito se escapó del pecho del brasileño y quedó paralizado de terror.

—Tire el revólver, señor Alves —oyó de nuevo.

Alves, inconscientemente, lo tomó para arrojarlo. Pero al tenerlo libre, una mueca horrible torció su boca y su brazo se extendió.

—Tírelo, señor Alves, es mejor.

Por el tono impasible de la voz, Alves comprendió que todo estaba perdido. Tuvo la seguridad plena de que su hora había llegado irremisible e implacablemente, y una explosión de injurias surgió de su boca.

—¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Yo tengo la culpa por no haberte hecho desollar vivo! ¡Ladrón! ¡Ladrón!

—¡Guaycurú! —llamó Longhi, como si no hubiera oído.

El indio acudió corriendo por el medio de la picada y se colocó detrás de Longhi.

—Señor Alves —se dirigió aquél al brasileño, con una voz tranquila a la que el paraje, la luna y la situación daban sombría solemnidad—. Señor Alves, óigame. Hace cinco meses llegó a su obraje un hombre fuerte, sano, que no pedía sino trabajar en paz y vivir lo más tranquilamente posible. Usted, señor Alves, le impidió hacer el poco bien que un hombre honrado puede hacer en su obraje. Usted lo ofendió, lo persiguió, lo torturó, y si este hombre vive aún es porque seguramente tiene otra misión que la de robarlo, como usted dice. Ese hombre era incapaz de vengarse. Pero hay cosas que amargan demasiado, y si después de una horrible agonía de media hora, hecha con toda cobardía, y dos meses de sufrimientos, ese hombre desea evitar para siempre la tortura diaria de doscientos peones, ese hombre no hace sino cumplir con su deber. Le queda un minuto de vida, señor Alves.

El brasileño, despavorido, cayó de rodillas.

—¡Perdón, perdón! —gritó.

—Lo mismo le pedía Guaycurú.

—¡No lo voy a hacer más!

Longhi se sonrió imperceptiblemente.

—Guaycurú —dijo al indio—. Acércate que te vea bien la cara.

Pero Alves se levantó de un salto.

—¡Bandidos! —gritó—. ¡No estoy muerto aún! ¡No me importa nada del indio! ¡Esto es para el ladrón de mi madera!

Y echando rápido la mano al revólver, que había guardado inconscientemente, lo descargó sobre Longhi. La puntería, desviada por la precipitación de Alves, falló.

—Señor Alves —dijo Longhi con la voz temblorosa—.

Vaya al medio de la picada.

Había tal indignación y voluntad incontrastable del otro mundo en la voz de Longhi, que Alves obedeció como un autómata.

Y en un segundo estuvo derribado. La leona, a una señal de Longhi, había caído de un salto sobre él y lo sujetaba bajo sus potentes garras. Longhi, con las manos en los bolsillos, se detuvo a su lado.

—¡Me mata, me mata! —clamó Alves.

—Todavía no —repuso Longhi tranquilo—. Dentro de un cuarto de hora, sí.

Alves, bajo las garras de la fiera inmóvil, cuyos ojos lúgubres, fijos en los suyos, a diez centímetros, le enloquecían, vivió un millón de siglos de terror en ese cuarto de hora.

—Falta un minuto —dijo Longhi.

Alves, ronco, no podía gritar más.

—Faltan diez segundos —repitió la misma voz inexorable.

En cada segundo final, Alves purgó hasta las heces sus treinta años de pillaje. De pronto Longhi dio una imperceptible palmada en el lomo de la leona y en el silencio se propagó claro por la picada, fría y blanca de luna el crujido de la cabeza de Alves que acababa de partirse entre los dientes de la leona.

A una nueva palmada, el animal abandonó su presa, gruñendo. Longhi, inmóvil, miró un rato el cadáver de Alves y luego, con un suspiro, se alejó. Guaycurú y la leona iban con él.

* * * * * * *

En la barranca del río, Longhi y Guaycurú esperaban que llegara el vapor. Cuando se divisó de lejos el humo de una chimenea, Longhi se internó en el monte y ató a su leona. ¿Qué le dijo? ¿Qué removidas ternuras no había sentido al dejar a su animal, a cuya vida íntimamente ligada a la de él cinco meses acababa de sellar la suya con sangre?

Salió del monte con la cara contraída. El vapor llegaba ya, y Longhi le hizo una señal para que parara. Soltaron la chalana, y Longhi se dispuso a subir.

—Adiós, patrón... —dijo Guaycurú con la voz ronca y bajando los ojos.

Pero Longhi, profundamente conmovido, lo abrazó estrechamente. Ya nunca más se verían. Subió. Un momento después llegaba al vapor... y éste partió.

Longhi tuvo los ojos fijos en la costa, donde el indio continuaba mudo, desesperado, hasta que la distancia lo borró. Entonces, recostado en la borda, mientras el vapor descendía por el río, revivió, mirando la lúgubre selva, todas las angustias de esos últimos meses en que había dejado muchas esperanzas que ya no recuperaría, un oscuro y fiel amigo, y una leona que, ronca ya, rugía desesperada a su amo que la abandonaba.


Publicado el 1 de septiembre de 2026 por Brian.
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