A propósito de Robo por virtud, últimamente estrenada, ha vuelto a nuestra memoria una cinta de no remota exhibición: Rostros lívidos, del japonés Hayakawa. Esta cinta se caracterizó desde las primeras escenas por una tan flagrante inadaptación de las leyendas, que en verdad no supimos qué pensar de ella, ni quiénes eran sus personajes, ni cuál era su ambiente. Al parecer se trataba de un joven chino de vieja cepa, educado en Estados Unidos, que regresa al rancio hogar paterno transformado en un occidental de yaqué y sombrero de copa. El cual, ante una pregunta de los mandarines que asisten al regreso, responde textualmente:
—¿Que si me he divertido? ¡Macanudamente!, como decimos los criollos.
Pues bien; desde ese momento, las expresiones a este tenor se han sucedido sin cesar. A tal punto, que no pudimos darnos cuenta ni entender el más leve detalle de la cinta, ante aquel protagonista de cara y apellido chinos, de vestimenta neoyorkina y de lenguaje lunfardo.
¿Celeste Imperio? ¿Broadway? ¿Barracas?
Hasta hoy lo ignoramos. Y no es Rostros lívidos el único film ante el cual hemos quedado perplejos por igual motivo. En determinadas marcas, cuyas leyendas de film nos llegan ya traducidas en caló madrileño o mejicano, y en las cintas que importan en blanco ciertas casas alquiladoras, para llenar aquí sus leyendas, notamos con cargosa frecuencia esta transmutación de los diálogos originales, en torpezas y chascarrillos de arrabal porteño.
Ya alguna vez lo hemos anotado en esta página: cuando el drama se desarrolla en un ambiente de bajo fondo —neoyorkino, californiano, londinense o japonés— poco importa la adaptación a nuestra jerga, de las expresiones originales, y también en jerga exótica.
El contraste de un minero del Yukon o un pirata malayo hablando en lunfardo nuestro, es bastante duro; pero pasa, al fin y al cabo, ya que el temperamento de distintos hombres de una misma y típica esfera social, es en todas partes el mismo. No tiene excusa, en cambio, la tontería de acriollar, a tajo y destajo, la mentalidad y sensibilidad de seres tan distintos de nosotros como pueden ser un magnate húngaro o un brahmín del Nepal. Y así hemos visto expresiones genuinas de determinados arrabales de Buenos Aires, en lores escoceses, taberneros de los Balkanes, condes rusos, piratas del siglo VII, fakires, popes y pescadores de Ceylán.
¿No es tiempo ya de detenernos en esta lóbrega senda de mal gusto? ¿Con qué fin se imprimen estas leyendas? ¿El de tornar más comprensible el drama? ¿Para halagar a nuestro público, dando a las cintas un cachet de criollismo inferior? Seguramente esto último. Lo cual es un nuevo error, pues ese mismo público fue quien rechazó las cintas nacionales de ambiente genuino, para adoptar las norteamericanas, de asunto también genuino. Y esto por el sencillo motivo de que en las cintas del Far-West el público hallaba lo que ni por asomo le ofrecían las nuestras: unidad de tipos, de ambiente, de lenguaje. Bien o regular, un cow-boy o un minero, se expresaban siempre en su lengua; y de aquí el encanto agreste de ciertas expresiones que caracterizaban a maravilla a aquellos rudos tipos. Pero nunca se le ocurrió a un filmador de aquel país, hacer decir a un cazador de Alaska o un príncipe chino:
—¡Chá, percanta, que me has amurao fiero!
A cada cual lo suyo. Si lo nuestro no sirve, no es porque le falte valor en sí, sino porque hasta ahora no hemos tenido el artista capaz de poner de relieve en la pantalla el ambiente nuestro, en triple unidad de tipos, psicología y lenguaje.
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Dos líneas finales sobre las leyendas. En las que hemos citado y en gran número de otras, todo el mundo ha podido notar un singular desconcierto entre lo que dicen los personajes y la expresión de sus rostros. No hay relación ninguna entre el pensamiento atribuido en la leyenda y la actitud de aquéllos. En tal escena cuya leyenda dice: "—¡Espiantá, espiantá!", el gesto no expresa lo indicado. Y tal dama que exclama: "—¡Guarda, que va a pelar el bufoso!", vemos, en cambio, que sonríe tranquila.
A estas nuevas tonterías lleva el afán de adaptación, provocando comentarios y risas harto fáciles. Salvo excepciones, ni aún en las cintas respetables por sus intérpretes o su marca, es posible darse cuenta de lo que serán las leyendas en su lengua original. Los traductores usan de una libertad ilimitada, cuyo resultado es tergiversar las leyendas primitivas, que con toda seguridad son mejores que las que se nos da en español.
Como excepción honrosa, tornamos a recordar la cinta que ha motivado, por contraste, este paréntesis. Nos referimos a Robo por virtud, de Enid Bennett. El film, aunque de asunto más teatral que cinematográfico, es bueno. Muy bien dirigido, sobre todo; con una gran honradez de medios, y dando todo él la impresión de que sus leyendas se han traducido fielmente.
La Princesa de las Ostras. —Esta cinta, de marca alemana, es una pieza de espectáculo, filmada con singular lujo de ambiente, que despierta un excelente presagio para las cintas que sucedan de esa marca. El asunto, en sí, no pasa de una comedia bufonesca; pero como sus autores no han pretendido otra cosa distinta, juzguémosla excelente como tal. La protagonista, condesa de Koczian, según rezan los anuncios, es una personita rubia, de gran desenvoltura de actitudes y de ropa. Como artista, cumple acabadamente su papel en la obra. Más adelante veremos de cuánto es capaz, en otros géneros, ya que hasta ahora no conocemos más que sus hombros y su juego cómico.
