Las travesías del monte tropical ofrecen al paso una serie de pequeños contratiempos, el menor de los cuales es la fatiga, y el más agudo el campanilleo inmediato de una serpiente de cascabel a la que no se ve. Entre estos dos límites, la marcha del viajero se encuentra violentada, hostigada, dolorida por los elementos naturales y tranquilos del ambiente en que se halla.
De ellos rara vez se habla; en los relatos nunca se los menciona, por insignificantes. De esta insignificancia fue la molestia que sufrí durante veinte días consecutivos en un renuevo de monte inmediato a casa, y que yo todas las mañanas atravesaba. No había podido cruzarlo una sóla vez sin salir de él con grandes ronchas en los brazos, que me escocían vivamente. Dicho renuevo —o capuera— había surgido de un verdadero páramo de cenizas, en el que predominaban gruesisimas guías de enredaderas, que se alzaban tendiéndose a todos lados, buscando desesperadamente de qué asirse.
Dejé de cruzar por allí, sin embargo, aunque mi itinerario sufría con ello, a causa de las ronchas cuyo origen no me podía explicar, Sólo al verano siguiente descubrimos su procedencia: provenían de una enredadera cuyas hojas muy lanceoladas estaban cubiertas de pelos que mirados desde cierto ángulo, brillaban al sol, No recuerdo con precisión los efectos de la pica-pica infantil, que comprábamos en cajitas; pero de aquella pica-pica viviente, que rozaba suavemente el brazo desnudo hasta el codo, no nos hemos olvidado ni yo ni mis chicos.
Era una insignificancia, claro está; y que sin embargo desvía de su camino a un hombre que va a su trabajo.
De las mil y una avispas que bordonean en el monte al primer definitivo anuncio de primavera, unas gustan de suspender sus nidos a la altura de los ojos del transeúnte, allí donde la inextricable maleza no permite ver más allá de un metro, El choque por sorpresa con uno de estos avisperos en la cara o la punta del machete, no tiene nada de seductor, puede creerse, salvo para quien ya ha aspirado suficientemente y por varios años, la poesía del bosque tropical. En este caso, y conjuntamente con la impresión del blando choque en la frente, el hombre está ya tendido en tierra, sirviendo de sol a una órbita de avispas enfurecidas, que no descienden sin embargo a picarlo.
Otras, en cambio, construyen sus nidos a flor de tierra, en los troncos podridos, y estas avispas, muy grandes, muy negras y muy rápidas, ponen un nudo en la garganta de quien hunde el pie en uno de esos troncos zumbantes.
Yo di un día un golpe en falso con el machete, el cual, desprendiéndose de mi mano, fue a clavarse en uno de aquéllos, con el huracán subsiguiente. Poco a poco la gente del avispero se aquietó; pero mi machete estaba clavado en él, y yo debía sacarlo, so pena de quedar deshonrado ante los árboles. Diez veces tomé coraje, y diez veces quedé detenido a un metro, mirando a las avispas de guardia. Al fin, con la caída del crepúsculo, pude recobrar mi machete.
Tampoco tiene esto visos de tragedia; pero el tiempo perdido y la humillación, la valen casi.
Se encuentra con alguna abundancia en el monte una especie de orquídea, de cuya raíz suave y traslúcida puede extraerse una fécula tan fina como el arrow-root, y que las perdices de monte comen con gran placer. Un amigo mío, que vio esto, probó a su vez del manjar, y cuando tres. horas después lo hallé sentado en una raigón, todavía no podía escupir, y apenas hablar, por obra y gracia de la orquídea. Yo quise a mi vez comprobar sus sensaciones, y confié las mías a otro hombre, el cual probó a su vez del manjar, sin comunicarnos por un largo minuto su impresión; pero durante ese tiempo perdió sin querer cuatro o cinco lágrimas.
Las hormigas, por sí solas, pueden colmar los huecos entre una y otra de estas pequeñas molestias. Algunas buscan por todo el país dónde anidar; y al fin concluyen haciéndolo dentro de la máquina fotográfica, Hemos visto a un trepador insigne alcanzar casi la cornisa de un cantil a pique, de cien metros de altura, y desistir, porque la otra cornisa inferior, en que debía asentar la mano para izarse, estaba ocupada por un nido de hormigas.
Hay hormigas y hormigas. Las del cantil no bramaban ni soplaban como los tigres o los boas, pero bastaban para malograr una espléndida ascensión.
El encuentro inesperado con una víbora —las víboras se encuentran infaliblemente donde no se las espera hallar,— pertenece a las clásicas y grandes vicisitudes del bosque. No cabe, pues, en esta reseña de las pequeñas molestias diarias.
Mas si estas molestias enunciadas — y las calladas,— fueran en realidad diarias, no se podría vivir fuera del lecho. Entre una y otra pasan semanas; pueden sucederse meses sin que una avispa, una hormiga, una orquídea, surjan como el destino a malograr un día de nuestro trabajo. Tal vez sean ellas factores ineludibles de la ley de compensación a que está sujeta la existencia, y obren como estimulantes en la vida demasiado fácil y depresora de ciertos paisajes de ensueño.
