"Para víboras, el Chaco y Misiones". Esta aserción está tan generalizada que no hay persona que no la repita. Y si a esta persona se le dijera que es mucho más común hallar víboras en la provincia de Buenos Aires, por ejemplo, que en aquellos territorios, se reiría, de seguro.
Nada más cierto, sin embargo. No hay muchacho criado en las chacras o campos de la provincia, que con la primer lluvia de verano no haya creído su deber, transformado para él en diversión, el echarse a buscar víboras que a su vez se echaban a buscar ranas y sapos, y hallaba tres, cuatro y cinco víboras, con tanta facilidad como lombrices,
Ahora bien: encontrar en el Chaco o Misiones cuatro víboras en un día, por caliente que éste sea, y por diluviana que haya sido la lluvia, es cosa sumamente rara. Las hay, sin duda, como en la India hay muchos tigres; pero hallarlos al paso es obra superior. Aún más: la misma tarea de cazar víboras en el norte, emprendida como oficio, arruinaría al temerario. Ya por la dificultad del pasto espeso o del monte intrincado, ya por natural hurañía de las serpientes de país semisalvaje, es lo cierto que cuesta infinitamente hallar una víbora cuando se la busca. En Europa —y aún Inglaterra— hay cazadores de profesión que cuentan en su haber miles de víboras capturadas en un solo año bueno. En el Chaco y Misiones, el hecho de que un buen hombre hubiera cazado cien víboras en un año, haríale considerar por sus vecinos como un hombre nefasto, que atrae todas las serpientes del país.
Esto para los del país, naturalmente, que no ignoran cuán raro es ver personalmente más de diez o quince víboras por año. Pero los del sur se trasladan a la vieja fórmula: "para víboras, el Chaco y Misiones", y quedan tan tranquilos.
Dos circunstancias, especialmente, influyen en el terror que inspiran las serpientes del norte: su tamaño y sus hábitos. Aunque la gran mayoría de las que se hallan no pasa de un metro, se ven a menudo, sin embargo, ejemplares de un metro veinte, cuarenta, ochenta, y algunas veces de dos y medio y tres. Y como el aumento en progresión aritmética del tamaño de una víbora, se transforma en progresión geométrica en la impresión producida, de aquí que dos metros de gruesa cuerda ondulada por el suelo, parezcan sinceramente un horror de largo, y de capacidad mortífera, por lo tanto. Tan es así, que pocas serpientes inspiran el miedo de la ñacaniná, culebra de dos y más metros, sumamente veloz. Es sin embargo, perfectamente inofensiva, por carecer de veneno. Pero cómo se asegura que es asimismo agresiva, atacando cuando se la hostiga a fondo, se comprende el terror que infunde.
La otra circunstancia estriba en los hábitos. La yarará alternada, por ejemplo, especie temible como pocas, tiene la honrada costumbre de frecuentar de noche las casas. Si no llega a entrar casi nunca, se atraviesa en cambio, en los corredores, en el camino a la cocina, en cualquier lugar donde sea fácil tropezar con ella. Los chascos que produce son perfectamente comprensibles, y si el que le pone el pie encima no lleva calzado, la cosa se torna trágica.
Por qué demuestra la yarará ese amor a las casas, no se sabe aún. Acaso el olor del agua cuando hay sequía, tal vez la luz. De todos modos, cuando en pleno verano sobreviene una noche particularMente cálida o tormentosa, bueno es acordarse de que el primer deber del hombre descalzo es fijarse dónde pone los pies, y de los calzados o no, no Poner las manos sobre cosa alguna en la oscuridad.
También la ñacaniná suele frecuentar los techos de paja en procura de ratas, por donde debería agradecérsele su visita, si ésta no fuera tan original y de sorpresa.
En cuanto a las especies familiares al norte, éstas son las Siguientes:
Surucucú (Lachesis mutus). —Es la serpiente venenosa más grande del mundo, después del hamadryas o naja-búngaro de la India. Llega a alcanzar tres metros y más aún de extensión. Presenta la particularidad de ser su especie en un todo semejante a la de los crótalos, a excepción del cascabel. Los efectos de su veneno son también idénticos a los de aquéllos, aunque de actividad menor. Pero el monstruoso volumen de sus glándulas de veneno compensan esa relativa debilidad. Basta recordar que de una surucucú mortalmente herida, y que no sobrevivió 48 horas al golpe, se extrajeron 24 gotas de veneno en una sola inyección, lo suficiente para matar algún centenar de hombres mordidos en buenas condiciones.
Como a la yarará alternada, la luz parece atraer a la surucucú, por lo que en los lugares frecuentados por esta especie, los cazadores se abstienen de hacer fuego de noche.
Felizmente es animal sumamente raro en el norte argentino, habiéndose hallado un solo ejemplar en el límite con el Brasil. Aún en este país es preciso traspasar el estado de Minas Geraes para hallarlo con relativa facilidad.
Yararacusú (Lachesis yararacusú). —Puede alcanzar a dos metros. Mientras Mr. Boulenger, especialista del Museo Británico, no admite al yararacusú como especie distinta, y sí como variedad, el Dr. Vital Brazil, director del Instituto Seroterápico de San Pablo, opina lo contrario. Su veneno participa del de la yarará y de la cascabel. Muy rara también en nuestro país, ha sido hallada sin embargo en San Ignacio de Misiones un ejemplar que medía un metro ochenta. Estaba arrollado bajo una mata de caraguatá, "y cuando recibió el tiro —cuenta quien lo cazó— hubo un tremendo desparramo de hojas secas y pareció que la mata iba a saltar". Los colmillos venenosos miden más de dos centímetros de largo.
Serpiente de cascabel (Crotalus terrificus). —Mide de un metro a uno cincuenta. Su grosor es, en cambio, muy grande en relación al largo, alcanzando fácilmente al de una botella común. Su cabeza es característica, chata, triangular y muy destacada del cuello. La cola del macho es mucho más larga y gruesa que la de la hembra, aunque el tamaño de aquél es menor que el de ésta, regla por lo demás general en los ofidios.
Es animal pesado, perezoso, cuesta un triunfo hacerlo cambiar de lugar, y tardo para el ataque. Asegura el doctor Vital Brazil que, esto no obstante, nunca yerra el golpe cuando se decide a darlo. Todo lo contrario se ha podido observar en el Chaco y Misiones, siendo lastimoso cómo no acierta a dar en el blanco al sentirse atacada. Circunstancia esta de la cual debemos felicitarnos, pues el veneno de la cascabel es el más terrible de todos los de serpientes americanas, manifestándose su actividad sobre los otros en la proporción de 5 a 1. Produce muy pocos efectos locales, pues obra directamente sobre los centros nerviosos. Se ha dicho alguna vez que curaba la lepra. Es necesario tener en observación a la persona mordida quince o veinte días después del hecho, pues son frecuentes las recaídas,
La cascabel es común en el Chaco, rara en el sur de Misiones, y muy abundante en el límite del Brasil. Mientras en este país parece preferir el campo, en Misiones se la halla exclusivamente en los bosques pedregosos. Como es curiosa, gusta de visitar los desmontes nuevos, y así el poblador de la selva que quema ésta alrededor de su casa para evitar las víboras, la ve justamente frecuentada por las de cascabel, que aprovechan a gusto el sol.
Yarará (Lachesis lanceolatus). —Es la víbora más común de Misiones, y en Brasil abunda tanto que de las veinte mil personas mordidas por año, ocho mil lo son por la yarará. Rara vez alcanza a un metro ochenta. El dibujo de su piel es siempre típico en cuanto a las manchas laterales, pero el fondo varía del amarillo al ceniza oscuro. La hembra es mucho más gruesa que el macho, y también más agresiva. Su veneno, si no sobremanera activo, se vuelve temible por el hecho de que cuando la yarará muerde, es capaz de inyectar todo el veneno de que dispone. Y como una yarará de un metro cincuenta es dueña de veinte gotas de veneno en cada glándula, supóngase sus efectos. Por suerte, la época, la temperatura, el sitio de la mordedura, etc., son factores que contrarrestan favorablemente aquella manía.
Frecuenta de preferencia el monte, y por lo general duerme de día. Como la cascabel, lanza la cabeza a uno y otro lado cuando se la irrita, y aún da pequeños saltos. Se alimenta de ratones y otros roedores del campo.
Yarará alternada (Lachesis alternatus). —Llámasela también urutú o coatiara en el Brasil. Tamaño muy variado, hasta un metro ochenta, pero siempre muy gruesa en relación al largo, desproporción ésta que se aumenta por la pequeñez de la cabeza. Es la víbora de dibujo más hermoso del país, y muy característica: consistente en gruesas C negras a ambos lados del cuerpo, y opuestas en línea alterna. Es gran paseandera nocturna, y alborota más de una vez las casas de campo con su presencia no solicitada, por cierto. Su veneno es el más activo de las yararás, y en el Brasil se dice que cuando la urutú no mata, deja baldado. Como las de la especie, también lanza en sus mordeduras casi todo el veneno que tiene en disponibilidad. Los efectos de éste son sobre todo locales. Frecuenta indistintamente parajes secos o húmedos, pero de preferencia el campo. Abunda en grado igual a la yarará.
Yarará de cola blanca (Lachesis neuwiedii). —Especie bastante común, y de coloración tan variada que provoca confusiones. Su veneno es menos activo que el de las anteriores, y las glándulas mucho menores. Por estas razones se le desprecia suficientemente.
Yararaquita (Lachesis ytapetingae). —Es muy rara, y habita los campos y serranías. Su piel se asemeja bastante a la de la yarará alternada. Glándulas de veneno tan pequeñas que contienen sólo tres centigramos cada una.
Ñanduriá (Lachesis ammodytoides). —Víbora muy pequeña, de color ceniciento oscuro, y cuya fama es entre los naturales de Misiones lo que la del búngaro azul entre los indúes. Cuéntase que su mordedura no tiene remedio. En los últimos tiempos, no obstante, en San Ignacio se ha observado un caso de mordedura de ñanduriá cuyos efectos no pasaron de 24 horas, tratada aquella con llantén. Es víbora poco abundante, tan poco que es posible vivir años y años en Misiones sin tropezar con ella.
Víbora de coral (Elaps frontalis y coralinus). —Se la encuentra con facilidad, aunque su semejanza con la culebra de coral, no venenosa, por lo tanto, motiva incesantes errores. Existen, sin embargo, signos precisos para diferenciarlas, y su conocimiento puede ser de gran utilidad. Los signos son éstos: la coral venenosa tiene la cola muy corta y gruesa, los ojos sumamente pequeños, y la cabeza, chica también, unida al cuerpo sin señal de cuello. La coral no venenosa tiene, en cambio, la cola muy larga, los ojos grandes, y en la base de la cabeza se nota bien la depresión del cuello. El diagnóstico éste puede evitar más de una tragedia, pues viendo las corales maravillosas de color, se cae fácilmente en la tentación de cogerlas. Y las mordeduras de la víbora de coral, muy peligrosa de por sí, es la más dolorosa de cuantas existen. El sistema imperfecto de su dentadura, unido a la natural mansedumbre del animal, hacen sin embargo muy raras las picaduras.
Mide de cincuenta a noventa centímetros, y habita de preferencia el monte.
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Son éstas las especies más conocidas en el norte, y evidentemente las más de temer. El pueblo atribuye a otras serpientes perfectamente inofensivas, cualidades mortíferas en sumo grado: la ñacaniná, la musurana o caza pollos, etc.
Como complemento de lo anterior, puede ser muy útil expresar los signos generales que diferencian a las víboras venenosas de las inofensivas: Víboras venenosas: Todas (a excepción de la coral), tienen un hueco entre la nariz y los ojos. Todas tienen la cola corta. Casi todas tienen la pupila vertical y pequeñas escamas en la cabeza.
Víboras no venenosas: Ninguna tiene depresión entre los ojos y la nariz. Todas tienen la cola larga. Casi todas tienen la pupila circular y grandes escamas en la cabeza.
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Entre los medios naturales de defensa contra las víboras, pocos tan notables como el de la musurana o cazapollos, culebra muy abundante, de color ceniciento y escamas lisas y redondas.
Parece que en el Brasil se alimenta exclusivamente de serpientes, sobre todo venenosas. En nuestro país caza también pollos, de donde su nombre, siendo de notar que es traducción del nombre con que también se la conoce en él mismo Brasil: papapinto.
Es serpiente de gran fuerza y agilidad, y en sus luchas con las yararás y de cascabel sale siempre victoriosa, con tal que no haya desproporción de tamaño.
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El Instituto de Seroterapía antivenenosa de Butantan, en San Pablo del Brasil, prepara tres clases de sueros contra las mordeduras de víboras sudamericanas, hecho este de gran significación, ya que los sueros similares que prepara Calmette, son obtenidos de animales inmunizados con serpientes casi exclusivas de la India. No sólo esto: el Instituto de San Pablo ha observado tres tipos específicos de venenos, que corresponden a las diversas especies sudamericanas. Así, mientras el suero anti-bothrópico es eficaz contra el veneno de las diversas yararás, yararacusú, etc. (efectos sobre la sangre), el suero anti-crotálico obra contra el veneno de la cascabel (efectos sobre el sistema nervioso), y el suero anti-elapino neutraliza el veneno de la víbora de coral (efectos neuro-sanguíneos). Aunque específicos estos tres sueros contra los respectivos venenos cuando son aplicados en un plazo prudencial, existiría sin embargo una laguna cuando se trata de una especie no clasificada, o de una mordedura cuyo causante no se ha podido ver. Para salvar esto, el referido Instituto americano prepara otro suero anti-ofídico, a base de diversos venenos mezclados.
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Queda aún algo, de incontestable eficacia. Nos referimos al llantén, planta por demás conocida, y preconizada desde antiguo contra inflamaciones, etc. En pos de algunas observaciones estudiadas en una revista europea, un agricultor, químico de San Ignacio en Misiones, don Vicente Gozalbo, empleó el llantén en algunos casos de mordeduras de víboras, con el sorprendente resultado de que en todos los casos, sin excepción, la mejoría se hizo notar en seguida, llegando a la curación sin tropiezo. Pasan tal vez de veinte los sujetos tratados, y en algunos casos la aplicación se hizo a las 24 horas de la mordedura, cuando ya el paciente no estaba ciertamente bien. La técnica es por demás sencilla: se machacan las hojas del llantén humedecidas en agua, y luego de exprimido fuertemente el jugo, se da éste a beber al paciente, mientras las hojas trituradas se aplican sobre la región herida. Se repite el tratamiento si hay necesidad.
El hecho es incontestable, y para descartar el factor casualidad, basta con remitirnos a las observaciones europeas apuntadas, en que se registraban cuatrocientos casos curados con llantén. Los institutos desdeñan tal vez el remedio en cuestión, así como se desdeñó la herida mantenida en supuración para librar al cuerpo de los malos humores. Creemos entender, sin embargo, que es éste uno de los actuales tratamientos contra el reumatismo.
