Bajo la curva, la noche de plomo;
sobre el aliento, vapor de bromo
ata en el cuello fino calambre
con invisible, rígido alambre.
Por la ventana que está entreabierta
la luna muestra su faz de muerta,
desfigurando, tras los cristales,
algunas piedras filosofales.
Se angustia el vientre de los crisoles
en la insistencia de los alcoholes,
y gime en finos ruidos distante
como murmullos subcrepitantes.
Sobre los bordes de la campana
suenan las cuatro de la mañana.
Los negros perros, estremecidos,
lanzan al aire largos aullidos.
Chirrían los goznes de modo adusto
y a la ventana se asoma un busto:
como los muros —en línea recta—
la Luna en negro disco proyecta
sobre la albura del macadam,
como un curvado, trágico escollo,
la calva frente de Claudio Frollo
bajo la sombra de Notre-Dame.
