"Les mystérieuses rencontres avec l’invraisemblable, que, pour nous tirer d’ affaire, nous appelons hallucinations, sont dans la nature. Illusions ou réalités, des visions passent; qui trouve là les voit"
(Victor Hugo. Les travailleurs de la mer)
La première caractéristique du génie est donc la puissance de l'imagination. Le poète créateur est proprement un voyant, qui voit comme réel le possible, parfois même l'invraisemblable.
(M. Guyau. L'Art au point de vue sociologique.)
Ante todo es menester hacer una observación. Todo individuo tiene una manera de ver, de sentir y de pensar. Ya visionario, ya romántico, ya pesimista, sus cuerdas vibran por ciertos toques; su exaltación florece en determinada primavera.
Cada uno lleva en sí un homenaje a una escuela literaria; cada cual absuelve y glorifica a un escritor, siempre que éste exponga o analice lo que aquél piensa, siente y ve.
Cuando nos comprenden o, mejor dicho, cuando comprendemos completamente una obra, el entusiasmo corre hacia el que ha sabido despertarle.
¿Es un genio, porque se ha interiorizado en nosotros, ha escrito lo que hemos pensado, porque nuestro modo se acomoda perfectamente al molde de sus expresiones?
Muchos la han dicho: la crítica absoluta es imposible.
La idiosincrasia niega lo que no está en su cuadro; los nervios recusan toda vibración extraña; la ampliación se restringe en un solo punto de mira.
El juicio es convencional. El que llegue a sentir hondamente lo escrito y vea reflejadas en las infinitas obras sus propias impresiones, será un crítico perfecto.
Pero no puede ser.
La acusación a una escuela o un libro que no nos gusta, es estéril, en primer término, ilegal en el segundo, y vanidosa en el tercero.
Otorguemos, por lo menos la libertad de sentir de cierto modo y de juzgar conforme a su temperamento.
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Leopoldo Lugones es un poeta de imaginación exaltada, cuyas metáforas van a veces más allá de lo que él quiere.
Es simbolista. Más que simbolista es modernista. Más que modernista es un genio. Su característica es la fuerza de expresión y su objeto es deslumbrar. Y lo consigue.
No se pueden leer sus versos sin levantar la voz. Tiene tal poder de sugestión que alucina en una estrofa, arrebata en una oda, y nos arrastra fácilmente a donde él quiere, a sus enormes concepciones, a sus penas, a sus gritos a sus monstruosos ensueños.
La exageración es su forma habitual. Pero ni la busca ni la encuentra: la siente. La amplitud está en él, en su temperamento de batallador.
Sueña una falta y llega al crimen; sueña una nota y llega al himno.
A Víctor Hugo se le imputó a menudo ese rebase de la idea.
¿Es que hay lógica? El efecto no está en la palabra, está en el cerebro. La frase desborda, pero antes que la frase ha desbordado la idea. Si hay culpa, está en la manera de sentir, no en la manera de expresarse.
Si suprimimos la exageración, suprimamos también ciertas circunvoluciones del cerebro.
El ritmo legendario no admite nuevas cadencias. La medianía retrocede ante las tentativas del asalto. La recta es enemiga de la curva. Ambas llegan; pero una, vulgarmente, y la otra, artísticamente y deslumbrando. Esto es todo.
Lo más asombroso en Lugones —como he dicho— es el poder de la expresión. En ciertas estrofas, la idea parece azotada por la palabra, hostigada, haciéndola decir lo que no quiere.
Como creador es un genio; como estilista es un coloso.
Si, a veces, el motivo de toda una estrofa queda oscuro, la palabra es deslumbrante. Esto le salva en muchas ocasiones.
Pero la claridad reacciona enseguida y surgen sus imágenes, límpidas y profundas, precisas y arrebatadoras, originales hasta la crispación.
Se ven: ésta es la palabra. Pero demasiado anchamente que lastiman y martirizan por un esfuerzo de visión al cual no estamos acostumbrados. Llevan en sí un centelleo formidable, un principio tan acre que muchas de ellas obligan a ser leídas cerrando los dientes, a través de los cuales rechina la idea, la palabra, la imagen.
Al oír sus maravillosos cantos, no se dice: es inspirado, sino: viene inspirado. ¿De dónde? ¿de qué Sinaí? ¿De qué Delfos?
Me lo supongo temblando ante la mesa de trabajo "vibrante como un cráneo en delirio", mordiéndose los puños, desesperado de no encontrar la frase que exprese su idea, desgarrando el papel con la pluma, y en sueño de Brooklyn ante la extensión de su frente.
Los conocidos moldes del lenguaje no bastan a contener las extrañas cristalizaciones de sus ideas. Pasa siempre la medida común de lo acostumbrado. Ya en el retoque, ya en el bosquejo, hay un violento matiz en su pincel simbólico y colorista.
.............lo que dice resuena —como el flujo de bronce de una hornalla harto llena (1).
Tan fuertes son sus alas, que aquél ser de ancho aliento —parece que en sus alas lleva amarrado el viento. (2)
.............El cielo es la frente de Dios sobre la eterna serenidad suspensa: Cuando se llena de astros y sombra, es que Dios piensa. (3)
En todas las montañas la cima sólo es pura —La cima es el esfuerzo visible del abismo— que lucha en las tinieblas por salir de sí mismo. (4)
La Cruz austral radiaba desde la enorme esfera —Con sus cuatro flamígeros clavos, cual si quisiera— En sus terribles brazos crucificar al polo. (5)
La gradación es uno de los misterios de su genio
Aparece la idea. Enseguida las imágenes, las comparaciones, unas tras de otras, avasalladoras, cortantes, y se siguen y continúan y avanzan y se precipitan y se condensan y se funden en una explosión de luz, tan honda y deslumbrante, que la reflexión se sublima como un delirio, y la lógica se quiebra como un cristal ante una irrupción de brasas.
Recuerdo que un escritor argentino criticó estos versos y se rió de ellos.
El hierro sufre en lo hondo de la fragua encendida, —pero hasta hoy nadie ha visto las lágrimas del hierro. (1)
De igual manera censuraría los siguientes:
(1) Las Montañas del Oro. —Introducción.
(2) Id id.
(3) Id. id.
(4) Id id.
(5) Id. id.
Palidece de amor, como una grande —azacena desnuda ante la noche. (2)
...el duelo—de las sombras pesaba sobre la tierra inerte —como un árbol sobre una meditación de muerte. (3)
...describía Saturno un lento arco —sobre el tremendo asombro de la noche. (4)
...y en la lúgubre ribera de la noche —con su gran paso de seda va el Silencio. (5)
(1) Las Montañas del Oro —Introducción
(2) id, A la Desnudez.
(3) id, Introducción.
(4) id, A Histeria.
(5) id, Los Árboles.
Y muchas más.
Es menester, acaso, para comprender a Lugones una imaginación hiperbólica ¿capaz de llegar a sus más tangenciales símbolos?
Tal vez. Pero en uno u otro caso, hay una pregunta que no estaría demás en los que leen ciertas obras:
No me gustan. ¿Por qué? Porque no llego hasta ellas o porque ellas no alcanzan hasta mí?
Su vuelo es de águila. Cuando éstas suben muy alto, no se las ve. —Están muy arriba,— decimos sin embargo
Rubén Darío le llamó formidable Lugones. A Víctor Hugo—el maestro—se le llamó igual.
Una de sus primeras poesías, —El Carbón, escrita en Córdoba, muestra ya esa tendencia hacia lo apocalíptico.
El simple ensueño llegando a la clarividencia; la percepción transformándose en sensaciones físicas; la lectura obrando como silenciosa sugestión; la frase castigada en todas sus palabras, y el asombro establecido entre la verdad y el delirio.
Más tarde ha desarrollado vigorosamente esas condiciones.
Se impone, no seduce.
Arrebata, no encanta.
Han dicho que Lugones —perdiendo con los años la fogosidad— ganaría mucho como escritor.
Creemos lo contrario. Su mérito es ese: la potencia de las concepciones, el nervio de la frase.
Su juventud es un látigo; y el día que no tenga fuerzas para esgrimirle, caerá.
Entretanto, vive en perpetua excitación y nosotros en constante deslumbramiento.
Él tiene lo primero que es el genio y nosotros lo segundo, que es el primer poeta de América.
