Libros y Faldas. Charles Ray. —La temporada de verano fue mala; nada más cierto y nadie más que nosotros podemos congratularnos de ello, ya que tal evidencia se manifiesta por contraste con la inauguración de las buenas cintas que comienzan con Libros y faldas.
Charles Ray es hoy una cumbre en el cine, escalada a fuerza de puños. Ha interpretado todos los personajes, aún los insignificantes, aunque siempre orientados todos ellos en un solo sentido, el de la naturalidad de la actitud y de la emoción del rostro. En efecto, este actor ha escapado milagrosamente a la subversión de caracteres tan propiciada por las empresas. No se ha exigido nunca a Ray otro juego escénico que el determinado por su propia personalidad, dentro y fuera de la pantalla. Nadie como él es capaz de expresar la indecisión, la irresolución, el titubeamiento. Nadie expresa como él la cobardía a despecho de la voluntad, la convulsión interna ante el acto que impone el deber y el que solicita el deseo. Su rostro se demuda; y en sus ojos tirantes, sus pómulos cargados y su boca paralizada, se retrata con lívida violencia la conmoción del hombre que no se atreve. La irresolución: he aquí la piedra angular de este carácter. Agréguese a esto —y en particular en sus comedias sentimentales— el admirable juego de sus piernas, de su balanceo indeciso. Todo le estorba en estos casos: su cuerpo, su propia alma, sus manos, su sombrero.
Es una dicha concluir una mala temporada y comenzar la reacción con Ray, estrella de primera magnitud en un cielo cinematográfico donde los asteroides forman una fuerte nube de polvo.
La cinta en sí, Libros y faldas, aunque planeada exclusivamente para sus protagonistas, es muy buena en sus tres primeras cuartas partes, mereciendo en total un aplauso en razón de un concepto: la unidad del asunto. No hay en verdad sino tres personajes, que inician, desenvuelven y finalizan la comedia, sin tropiezo alguno. El procedimiento es tanto más de aplaudir cuanto que ha sido siempre característica del estilo norteamericano, el exceso de personajes que trae consigo la sobrecarga del asunto; lo que obliga a los directores a fusionar dos dramas en uno, dentro de la misma cinta, representando alternativamente las escenas de uno y otro. El resultado, de sorprendentes efectos a veces, no es siempre feliz. Los ojos del alma —recordamos a tiempo— es precisamente una de esas obras de una sola pieza y de un solo aliento, tan gratas al cine como a sus hermanos la novela y el teatro.
El Caso Billie Burke. —En los últimos días se ha estrenado un film de tan lamentable languidez que no nos atrevemos a omitirlo. Se titula Los apuros de Anabela, y es su protagonista una de las más bellas actrices norteamericanas: Billie Burke. Esta estrella, plena de gracia en un remoto pasado (1916) creó un film titulado Peggy, una total obra maestra como pieza y como actuación de aquella actriz. Luego vinieron algunas cintas más suyas —muy pocas— hasta llegar a Los apuros de Anabela, de que nos ocupamos.
Pues bien; creemos sinceramente que nunca nos ha sido dado asistir a una desaparición de luz tan rápida y absoluta como la de este adorable astro. Cuanto fue en ella seducción, malicia, monerías de chica malcriada (es bellísima, no lo olvidemos), se ha eclipsado, se ha desvanecido en el seno de los profundos misterios del cinematógrafo. ¿Cómo —pensamos— puede de la noche a la mañana una bella criatura perder su gracia congénita, precisamente la gracia que una modalidad del alma misma? ¿Qué turbios factores de contratos, empresas y directores han influido para transformar en esta Anabela sosa y trabada, a aquella Peggy de adorable memoria? Dios lo sabe. Nosotros sabemos únicamente que la cinta en cuestión es una pobre cosa —tanto el drama como su dirección— tan pobre cosa que no recordamos en el vasto cielo de la comedia cinematográfica, pobreza igual con tan peregrina muñeca por protagonista.
El Beso. —El beso es legal en el cine cuando condensa y define una aventura de amor que por ser casi siempre el eje de la pieza, mantiene henchidos de pasión el corazón y los labios de los protagonistas, hasta el desahogo final. Otras veces el beso sirve de pararrayos de la misma pasión que no ha podido ser contenida.
Perfectamente; son estos dos los casos en que no solamente sentimos el beso, sino lo consideramos indispensable a los efectos teatrales, desde que nada hay más decorativo en este triste mundo, que ese previsto, soñado, esperado, largo e interminable beso, a que la sala entera suele responder con un suspiro.
Pero no siempre el beso está en la cinta misma; no siempre el espectador ni el actor sienten la necesidad de ese breve paraíso para aplacar la tensión nerviosa. Razones de éxito seguro, cuchicheos, ganados de antemano hacen prodigar el efecto que, como todo efecto fácil, corre el riesgo de no producirlo más. Un íntimo y estrecho abrazo, una lenta caricia de mano, cualquiera de los mil detalles dejados al talento del actor, puede perfectamente reemplazar al beso en no pocos casos, con la ventaja de que la verdad y naturalidad de tal gesto que todos, poco o mucho, conocemos, sugerirá infinitamente más ternura que —salvo las excepciones apuntadas— la sagrada conjunción del beso.
