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Lírica, Poemas, Compilación.
20 págs. / 35 minutos / 321 KB.
14 de septiembre de 2026.
Por incienso le ofrecen mis memorias
El pecador recuerdo de mi amada;
Y por lecho le tienden mis amores
El serrallo inviolado de mi alma.
¡Qué encanto el de aquellas tardes de verano, el de nuestros paseos por los alegres alrededores, en la orilla del arroyo, en el cerro, en la vía férrea, sintiendo los aromas de las florecillas campestres, bocanadas de aire frescas y furtivas, muchachas rollizas y jóvenes, la vida toda de nuestra juventud hermosa! ¡Qué encanto el de nuestras pláticas literarias, el de nuestras inspiraciones repentinas, el de nuestros gritos resonando en la soledad de la tarde que caía, el de nuestras declamaciones frente á aquella pared de la avenida, escuchando el eco dulce y apagado de la poesía á Cervantes ó las tristisimas quejas del indio Tabaré. ¡Qué encanto el de los crepúsculos tranquilos, los pompones de cúmulus rosados, la armonía de la luz al extinguirse, dejando en nuestras almas rastros de nostalgias adorables, ternuras melancólicas, prolongándose en el silencio de la noche que empezaba, cuando las hojas y las ramas murmuraban en la sombra, se aspiraban las fragancias que flotaban el aire, y morían las notas de los pájaros. ¡Qué encanto el de nuestras estaciones en el Fénix, sentados en una de las mesitas colocadas en la acera, mientras contemplábamos jóvenes hermosas y sonrosadas de turgencia ideal, jóvenes que eran rubias y delicadas… ¡que eran buenas! ¡Qué encanto el de nuestros amores que florecieron en las noches estivales, aquellas noches que escucharon frases ardientes y suspiros entrecortados, aquellas noches en cuyo misterio nuestras almas palpitaron con vibraciones idénticas, con vibraciones de músicas divinas, que resonaban silenciosamente en el santuario interno! ¡Qué encanto el de nuestros asientos en un banco de la plaza, reunidos alegremente los cuatro inseparables, bajo la sombra de los viejos paraísos tutelares, mientras se cruzaban ardientes miradas y rápidas sonrisas con la joven aquella de la esquina! ¡Qué encanto el de las dulces contemplaciones de la amada, subiendo la pendiente áspera del cerro, ó mirando, desde el muelle, al rumor de la corriente del río, una elevada cumbre donde surgía de repente el vestido negro de una visión blanquísima!