Lírica Dispersa

Horacio Quiroga


Lírica, Poemas, Compilación



Te Gaudeamus


Seis garzones febricientes intentaron una noche

galopar sobre un pegaso de modérnica escultura,

y a horcajadas en la elipse de su atlética postura

dibujaban a lo lejos un hamlético fantoche.


Con la brida entre los dientes —roto el nudo de su broche—

y cruzando a la carrera la fantástica espesura,

escalaron el olimpo de verlénica estructura,

galopando febricientes en el dorso de la noche.


Los fakires de la India los miraban con asombro.

En la docta Salpetriere los miraban sobre el hombro.

Y al pisar sobre el estrado del Olimpo, Melpomene,


que conoce los secretos de los signos caballísticos,

les señala la avenida de los triunfos eucarísticos.


Y supieron la doctrina de los labios de Verlaine


Noche De Amor


Noche de amor. Bajo la sombra cómplice:

La ingenua tentación. En la arboleda

El motivo de vida va pecando

Como un ensueño de precoz histeria,

Hay quemantes sudores en las pieles:

Sorda germinación en las arterias;

Protestas en las curvas no labradas

Y en tu pupila audaz, francas ofertas.

La idealidad se tiñe de rubores

Como un pálido lirio, de vergüenzas:

En los lechos abiertos y manchados

Se tiende la pasión. La noche arquea

Su gran complicidad sobre la falta;

El lirio de tu sexo se doblega,

Y señala tu carne temblorosa

El índice fatal de mis torpezas.

¡Oh la sed de mis labios, cuyos besos

Recargan la intención que nos rodea!

¡Oh el carmín de tus labios, cuyo orgullo

Palidece al fulgor de tus caderas!

Dame tu cuerpo. Mi perdón de macho

Velará la extinción de tu pureza,

Como un fauno potente y pensativo

Sobre el derrumbe de una estatua griega.

El Sentimiento Del Deber


El sentimiento del deber

es capaz de contener por

tres horas

el mar de demencia que lo está

ahogando.

Culpar A Otros


Culpar a los otros

es patrimonio específico

de los corazones inferiores.

La Siesta, Como Un Niño Repleto


La siesta, como un niño repleto,

dormitaba en la mística glorieta,

y una dulzura de vejez discreta

venía como un niño desde el seto.


La nervosina mano de un esteta

grabó en la piedra, con tesón completo

un paladín heroico; y en el peto

puso una llaga, como flor inquieta.


Tus ojos me miraban entreabiertos.

Y en tus ojos miraba yo los muertos

paladines heroicos por tus manos.


Mi mirada angustiosa te buscaba,

y detrás tuyo el paladín miraba

tristemente a mis ojos, como a hermanos.

La Barca


(Combate por la vida)

La aurora lucia tranquila en Oriente,

la luz inundaba los montes y valles,

las flores abrían los pétalos leves

y a Dios saludaban trinando las aves.

 

Solté mi barquilla, y al centro del río

de un golpe de remo lancéla contento;

¡marino errabundo, pensaba aquel día

hallar el ansiado magnífico puerto!

 

Un blanco fantasma se sentó en la caña

y el rumbo dirige, mirándome fijo,

y yo, desde el banco, le veía temblando

de horror y de angustia, de miedo y de frío.

 

Al fin me resuelvo. ¿Quién eres?, preguntó.

Con voz cavernosa responde el espectro:

"Yo soy el eterno patrón de las barcas

que al río se lanzan en busca de puerto".

 

Seguimos bajando la rauda corriente,

yo a entrambas orillas mirando con ansia,

que en una y en otra, del sol a los rayos,

castillos, jardines y bosques se alzaban.

 

Ya frente al primero, la barca se vía,

bizarros galanes y lindas doncellas,

asidos del brazo, diciéndose amores,

cruzaban el bosque, jardín y pradera.

 

Algunos en gruta de mirto y jazmines

buscaban la sombra y el grato misterio,

trayendo a la barca del aire las ondas,

ahogados suspiros, rumores de besos.

 

Volvíme al fantasma, que frío, inmutable,

miraba impasible tan dulces escenas,

y al fin le pregunto con voz anhelosa:

"¿Arrojo aquí el ancla?" Respondeme: "Rema".

 

Bajé la cabeza, y un triste suspiro

salió de mi pecho, pensando en que alegre

pasara mi vida por grutas y valles

con una de aquellas hermosas mujeres.

 

Y sigo remando y el sol ascendía,

el agua imploraba mi labio sediento

y espléndida plaza veíase cerca

que alegre llenaba frenético un pueblo.

 

El remo abandono, y en medio la turba

a algunos contemplé ceñidos del lauro,

tañendo sin pena la cítara blanda

y dando a los aires su férvido canto.

 

Mis ojos despiden torrentes de lumbre,

la sangre a mi rostro de pronto se agolpa

y digo al fantasma con voz en que vibra

la fuerza de un alma que el triunfo ambiciona:

 

También, como ellos, yo tengo mi canto;

también, como ellos, yo tengo una lira;

un mundo, cual ellos, yo siento en mi alma;

tal vez, como a ellos, coronas me ciñan.

 

¡Qué hermoso es el triunfo! ¡Qué bella es la gloria!

¡Cuán luce en las sienes la noble diadema

que el Bardo conquista luchando constante!

¿Arrojo aquí el ancla?" Respondeme: "Rema".

 

Al pecho, agitada, mi alma inclinóse

y amargas y ardientes corrieron mis lágrimas

cual plomo fundido quemando mi pecho,

dejándome inmenso dolor en el alma.

 

El sol a Occidente, con marcha tranquila

llevaba el tesoro de luz y colores;

la tarde llegaba; mi brazo rendido,

las ondas apenas hería del golpe.

 

Un último y grande castillo se alza,

aún brilla en el cielo la luz del ocaso

y el rayo postrero bordaba las nubes

con franjas de plata, de fuego y topacio.

 

Al pie del castillo, soberbios magnates

cobraban tributos de pueblos y villas,

y el oro rodaba, cual corre en las playas

al soplo del viento la arena amarilla.

 

"Ni amores ni gloria" —pensé con tristeza—;

pues oro tengamos, poder y fortuna,

que el mundo se humilla delante del oro

y el oro es el amo de estúpidas turbas.

 

"Por fin" —a la blanca fantasma le digo—,

un último puerto, ¿lo ves?, ya nos queda:

entrambas orillas desiertas contemple.

"¿Arrojo aquí el ancla?" Respondeme: "Rema"

 

Y sigo remando, y el golpe inseguro

movía con lento vaivén la barquilla;

la noche avanzaba; la tierra y el cielo

crepúsculo vago, medroso, envolvía.

 

Allá, tras la cumbre lejana del monte,

la luna cual globo brillante se alza,

y finge su rayo, jugando en la espuma,

encajes y blondas de azul y de plata.

 

Se extingue del río la rauda corriente,

perdiéndose en ancho, tranquilo remanso,

y ya a la barquilla faltábale fondo,

a veces la arena la quilla rozando.

 

De pronto la luna, rasgando las nubes,

alumbra una extraña ciudad en la orilla,

y cruces y verjas, cipreses y sauces

formaban las calles de tumbas sombrías.

 

Hirsuto el cabello, la faz descompuesta,

le digo al fantasma con voz temerosa:

"Aquí no es posible que el puerto busquemos

al centro del río volvamos la proa.

 

Mi brazo conserva su fuerza y empuje,

el último aliento gastemos remando,

¡y míreme lejos del cuadro sombrío

que forman las tumbas, cipreses y osarios!

 

Con triste sonrisa que aterra y fascina,

me toma una mano la horrible fantasma,

y "Aqueste es el puerto" —me dijo—;

llegamos; el remo abandona y arroja tu ancla.

La Cripta De Mis Amores


Tengo en el fondo de mi cerebro

bajo la cripta de mis amores

una capilla donde celebró

la corta misa de mis dolores

¡pobre capilla de mis amores!


Lloro en silencio; con ese llanto

en que tus lágrimas están conmigo

como mis penas en ese encanto

vuelvo al pasado en ese llanto

¡Toda esa dicha que fue contigo!


Y todo muerto, todo pasado

como aquel cielo de amor clemente

como ese cielo que se ha velado

y sólo vive de ese pasado

¡la luz de dicha que hubo en tu frente!


En las más dulces tardes de otoño

surgen las rosas de tu sonrisa

y las violetas de tu alto moño

como esa dulce tarde de otoño

mi alma contigo se diviniza.


Graves, morían en tus pupilas

nuestras fatigas. En la callada

sombra morían las tardes lilas

y a la caricia de tus pupilas

mi amor de nuevo se desvelaba.


Y cuando en torno de ese miraje

que de ti tiene su último encanto

emprendo el diario y oscuro viaje

y mi alma vuelve de ese miraje,

pura de haberte querido tanto.


Dejó en la cripta de mis amores triste

santuario que será tu olvido

todo el recuerdo de lo que ha sido

la corta historia de mis dolores

¡pobre capilla de mis amores.

L. L.


A la forma inmortal. Las ondas curvas

Del cerebro comprimen un abismo.

Hay estrofas revueltas en su fondo

Y un monstruo: la palabra, que es el ritmo.


Lucha sin paz ni gloria ni caída

Cuyo estigma se graba en el delirio.

El pensamiento arrastra como túnica

Todos los cienos de su origen; lirios

Manchados por las heces de un perfume

Que han desflorado los pasados siglos,

Y cuyas hojas de gastada esencia

El cansancio salpica de fastidios.

 

Tras la pura intención, el vil pecado;

Tras las ansias de luz, el atavismo;

Y el origen sin forma de la célula

Salta audaz a la forma del camino.

¿Y el amor? Secreciones bondadosas.

En el fondo de histéricos idilios

Hay una gota amarga de fosfato

Que acusa la impureza de los filtros.

La misma vibración graba en los nervios,

La altivez de un incesto o de un martirio;

La misma crispación pone en las celdas

El germen de una infamia o de un castigo.

 

La novedad robando viejas túnicas

Infarta la ilusión de un nuevo ritmo,

Y anuncia la infección de viles células

Que emponzoña el endémico atavismo.

La palabra gotea por sus letras

El color impotente de su símbolo—

—Aurora sin canción y sin Oriente,

Madrugada, sin sangre, de los tísicos.

De Amor


Yo no sé si llorar cuando siento

Que mi niña por otro me olvida.

Yo no sé lo que es peor: si el tormento

De perder poco á poco el aliento

O quemar con el hierro la herida!


Mi dolor es acerbo, y no lloro.

Si Me quejo, el orgullo no muere.

¿Despreciarla?... ¡Si tanto la adoro!

¿Siempre amarla?... ¡Si ya no me quiere!...

* * * * * * *

Miro la estatua. Plantas neuróticas

Casi sin hojas —casi sin flores—

Mientras escribo con letras góticas

La corta historia de mis amores

—Casi sin vida— casi sin flores.


Miro las plantas. Y en el santuario

De mis recuerdos y de mi fe,

Son clomatelas el incensario,

Los lirios de agua, devocionario,

Mi virgen —novia, la rosa té.


¡Amarillentas flores cloróticas

Como mi novia la rosa té!

Delhi


Bajo el imperio de una noche délhica,

Como una estrofa de cadencia extraña

Late en mi sangre y en mis sienes vibra

Una caricia de intención profana.


Mi corazón se exalta en las promesas

De esa delicia, de un harem robada,

Y circandan mi frente los deseos

Como aureola de vergüenzas pálidas.


La tarba de mis sueños delicaentes

—Eunucos le princesa codiciada—

Velan en el misterio de mis fiebres

La gestación pretexta de mis ansias.


Por incienso le ofrecen mis memorias

El pecador recuerdo de mi amada;

Y por lecho le tienden mis amores

El serrallo inviolado de mi alma.

Recuerdos


¡Qué encanto el de aquellas tardes de verano, el de nuestros paseos por los alegres alrededores, en la orilla del arroyo, en el cerro, en la vía férrea, sintiendo los aromas de las florecillas campestres, bocanadas de aire frescas y furtivas, muchachas rollizas y jóvenes, la vida toda de nuestra juventud hermosa! ¡Qué encanto el de nuestras pláticas literarias, el de nuestras inspiraciones repentinas, el de nuestros gritos resonando en la soledad de la tarde que caía, el de nuestras declamaciones frente á aquella pared de la avenida, escuchando el eco dulce y apagado de la poesía á Cervantes ó las tristisimas quejas del indio Tabaré. ¡Qué encanto el de los crepúsculos tranquilos, los pompones de cúmulus rosados, la armonía de la luz al extinguirse, dejando en nuestras almas rastros de nostalgias adorables, ternuras melancólicas, prolongándose en el silencio de la noche que empezaba, cuando las hojas y las ramas murmuraban en la sombra, se aspiraban las fragancias que flotaban el aire, y morían las notas de los pájaros. ¡Qué encanto el de nuestras estaciones en el Fénix, sentados en una de las mesitas colocadas en la acera, mientras contemplábamos jóvenes hermosas y sonrosadas de turgencia ideal, jóvenes que eran rubias y delicadas… ¡que eran buenas! ¡Qué encanto el de nuestros amores que florecieron en las noches estivales, aquellas noches que escucharon frases ardientes y suspiros entrecortados, aquellas noches en cuyo misterio nuestras almas palpitaron con vibraciones idénticas, con vibraciones de músicas divinas, que resonaban silenciosamente en el santuario interno! ¡Qué encanto el de nuestros asientos en un banco de la plaza, reunidos alegremente los cuatro inseparables, bajo la sombra de los viejos paraísos tutelares, mientras se cruzaban ardientes miradas y rápidas sonrisas con la joven aquella de la esquina! ¡Qué encanto el de las dulces contemplaciones de la amada, subiendo la pendiente áspera del cerro, ó mirando, desde el muelle, al rumor de la corriente del río, una elevada cumbre donde surgía de repente el vestido negro de una visión blanquísima!

Sombras


¡Qué triste es el pesimismo! Yo me enternezco cuando oigo a mi amigo hablar de su porvenir, de la gloria, de las aspiraciones de una alma juvenil y creo que palidezco, porque pienso que también podría ser como él, lleno de fé y alegre, ¡sobretodo alegre! ¡Qué hermoso sería…!. Pero no puedo. La tendencia fatal de nuestro siglo me arrastra sin procurar apartarme de la corriente. Siento una especie de placer en mis sufrimientos, en mis tristezas, y aún desearía padecer más, para encontrar en el fondo de mi escepticismo una realidad que se destaque poderosa, con el tinte del dolor que nos sofoca, del gran dolor eterno. En cambio, mi amigo, optimista de corazón, se envuelve deliciosamente en las ilusiones de su espíritu creyente, y a través de una brillante etapa, de coronas y de lauros, él cree vislumbrar su porvenir lleno de gloria.

Piensa que el mundo es bueno, que el amor es dulce, que la vida es agradable y porción de cosas más que siente con firmeza y trata de hacérmelas ver con persuasiva palabra. A veces contestó que lo creo, que la humanidad me tratará con dulzura, que gozaré en el regazo de un amor sin límites, si lo creo, pero falta el corazón que lo sienta y que lo espere como una aurora delicada en el recinto entristecido de mi pobre alma que no comprende y que... que se muere sin querer luchar.

Estoy leyendo "El Mal del Siglo" y me hace mucho mal. ¡Pobre Guillermo! Aquel espíritu superior cayó doblegado por el peso de su temperamento pesimista que tronchó las aspiraciones y las creencias que en una alma como la suya debían florecer. Y además, ¡hay tantas Loulou en este mundo!. Recuerdo que yo un día tuve las mismas reflexiones que Eynhardt analizando algunas mujeres que había conocido. ¡Qué frívolas eran! ¡Qué mundanalidad la suya que sacrificaban un amor sencillo y delicado á un aplauso por su gorgorea voz, por su elegancia en el vestir!. Y he penetrado muchos corazones y todos me han desilusionado. Mi duda es grande y acerba como la de Guillermo; ¿Ama en mí la ternura que le prodigo, mi semblante, mi propia esencia, ó a los hombres en general, al conjunto que me subleva?

He adorado a una mujer rubia que era hermosa. Cuando recordaba sus miradas, la alegría que le producía mi persona, su mano ardiente y temblorosa que se recostaba en mi brazo, creo que me quería fuera de la generalidad; pero el orgullo que se apoderaba de ella cuando era agasajada; sus risas y sus entusiasmos en el baile; su ligereza en las conversaciones que me hacían temblar, su desenfado en la despedida, ¡ay! me hacen levantar los ojos con desesperación, como si allá, en el inmenso zafiro, columbrara la fugaz silueta de un amor que no llega nunca y que sin embargo lo siento palpitar dentro mi pecho, y se escapa y se extiende y se prolonga hasta el infinito.

¡Es Natural!


Esther no me ha conocido. He pasado a su lado, temblando de emoción. Cuatro meses que no la veía, y me ha olvidado. Ya no se acuerda de mí, ella que me hizo conocer algo hermoso, yo que la quise tanto, que llegué á dudar de su existencia, ¡oh virgen de oro!

Y no me ha conocido —Allá cuando estaba muy lejos, soñé que me adoraba, pensé que pudiera no verla jamás, pensé que me despreciaba, que sus ojos mentían; pero en medio de mis luchas y cavilaciones, nunca, nunca creí que Esther no me conociera!

¿Qué puedo esperar, cuando mi dulce Esther, como la llamaba en mis momentos de ternura, ha perdido la memoria y le soy indiferente? ¡Pobre principio!

Y ha sido de noche, á la semi-luz. Se conoce á una persona cualquiera, al amigo o al que pasa sin saludar. Se conoce al ausente que hace mucho tiempo que no se vé; pero á mi no se me conoce, envuelto en el recuerdo de una primavera; á mi que cada paso de doy, es un chispazo de sus ojos puros.

El amigo sabe cuánto la quiero. El sabe si he soñado con ella, y si en cada sueño no encontraba un estremecimiento nervioso, cuna de mil sentimientos atesorados que vendría a desparramar á sus plantas! El sabe si he sufrido, pensando en su mundanalidad caprichosa, causa de mi amargura; y el bien sabe que la creí muerta, triste profecía moral que no ha de tardar en realizarse!

¡Oh ensueños y esperanzas! Cada día que pase, latirá con más fuerza aquella idea que tuve y que conozco es cierta: Yo no estoy enamorado de Esther, sino de su recuerdo.

Quince días de placer, cuatro meses de luchas, otros tantos relámpagos y enseguida el rayo.

Su indiferencia es mortal y me doblego.

De "Algo"


Vamos a ver: El pesimismo, esa terrible afección del sentimiento, ¿puede dominarnos, sin antes haber sentido los efectos del desengaño, del exceso, del hastío?

No lo parece a simple vista; y sin embargo, es verdad. Tengo un amigo muy joven aún, casi un niño. Un niño, y es pesimista.

¿Ha sufrido mucho?. Creo que no, en el sentido general de la palabra. Su delicadeza extrema, su sentimiento riquísimo ha sufrido con una gota que no quema, con un dolor apenas. Lee desde pequeño; y aún no tenía doce años y lloraba sobre "Los miserables", aquella última estrofa del libro, el crepúsculo de Valjean. Creo que ha nacido en una mañana de otoño y su escuela fueron los llantos de su madre y los besos de dolor al hijo póstumo Es enfermo, nervioso, hasta la neurastenia; no ríe con frecuencia.

¿Comprenderéis que a los 17 años, el amigo mío crea más en el dolor que en el placer, que dude de la ciencia, del amor?

¿Comprenderéis que se crea inútil, sin porvenir, sólo y perdido en un mundo que recién comienza á conocer y ya le espanta?

Tal vez le conozcáis. Tal vez os habéis dicho; ¡Qué muchacho feliz! ¡Nada le falta!. Y es verdad; suelen verle en sociedad y hasta a veces pasearse satisfecho y sonriendo por cualquier bobería; es verdad. Busca lo que le falta, la alegría.

Es joven y quiere vivir contento.

Decadencia


Entre los recuerdos que han encontrado un abrigo en el santuario luminoso de mis momentos más dulces; entre aquellos que mi alma, recogida en sí misma, ha cobijado en su seno, como madre cariñosa que reúne sus hijos para vivir de su ternura; entre los que han llorado conmigo, pobres compañeros de mis horas más lentas y fatigosas, vive la memoria de una mujer.

Triste y cansado, sin fuerzas para sostenerlos, el cerebro ha dejado escapar otros pensamientos más verdaderos, pero menos hondos, quizás. Los nervios no reflejan el mundo exterior: sus vibraciones se agotan en el vacío, perdiéndose en el silencio que mi espíritu encierra. Así descansan mis recuerdos, sin fuerzas para agitarse. Sólo uno revolotea estremecido, como si quisiera ser evocado por la palabra; pero ha perdido su forma, mezclándose con ideas y concepciones que he soñado, no pudiendo decir que dulzura corresponden á uno, y cual á otro. Mi inteligencia es incapaz de despejarlas; y, esa continua ansiedad; en ese sacudimiento prolongado que revuelve tantas sombras dormidas, se concentra mi vida entera, como si el cerebro, colmado, hubiera perdido su facultad creadora, replegándose en sí mismo.

Rojo Y Negro


En el último rincón del pueblo, recodeada por la sombra del tamarindo; en las noches más frías del otoño, entreabre sus hojas agrisadas, la flor del último ensueño.

La tapias del cementerio, en su descarnada vestidura, han mordido el polen amarillento, y el último beso, rígido, impenetrable, surge sobre su tumba.

Caen los cielos, y por su extensa cabellera rubia, las cuerdas de mi lira han prendido en su cintura una nota silbante y fina, como el espasmo del delirio.

En el albor de mis primeras caricias, su busto palpitante se esconde entre mis brazos. Una lágrima que ha caído en el hueco de mis hombros, se ha asimilado con mi sangre.

La sombra de sus pestañas se extiende como un círculo negruzco. Las gardenias de sus sienes y las violetas de su frente beben mis suspiros y ruedan hasta su pecho: ¡en él han florecido!

Abrazada á su cintura, corre la carcajada histérica, enseñando su vientre de fauces abiertas, su vientre que no se llena. Tiembla la carcajada histérica y la virgen rasga su blanca veste, sus temblorosos miembros, presa de furor extraño.

Iluminaste un día mi corazón, ¡oh virgen de mis ensueños!. Tus palabras despertaron en mi pecho un himno de notas fugitivas; pero se apagaron sus acordes y te perdí. Como las golondrinas huiste, púdica esperanza. En tus alas quedó prendida la última caricia de mis besos— Soñaba siempre con tu ternura. Siempre á tus plantas soñé vivir. Siempre en mi pecho te acariciaba ¡siempre te amaba… más te perdí!

"Spirto gentil dei sogni miei"

Salta la bofetada, y hasta el último límite del poder humano, llega el grito del orgullo herido.

La vergüenza se esconde en un puñal y hiere.

¿Qué es la ley humana? —Un premio al poder del más fuerte.

¡Cuánto material inútil en la creación del hombre!

Las azucenas arrobadas besan la siempre-viva —Una mariposa negra que, durante el crepúsculo, ha revoloteado sobre las dos cabezas unidas, bebe la amargura de tu belleza, surgida de dos flores, en el silencio de la noche austral.

Cruza el jardín sombrío, temblando en su palidez amarilla de rosa-té. Su cuerpo, desmesuradamente flaco, proyecta su sombra aguda sobre la arena del camino, y se extiende infinitamente, como los sueños de la noche febril que mueven un mundo de fantasmas y de escombros y giran en revuelto orden, hasta el despertar angustiado.

Las nubes de incienso se elevan en un rincón del jardín, en espirales concentradas, tímidas. La luna es la luna de otoño… Tal la sueño.

Culto Fetichista


En su dormitorio del segundo piso, sombríamente velado por los muros de la edificación contigua. Teresa había levantado la capilla de su culto, oriental arquitectura de sus peregrinaciones por la Quimera. Ia luz del día, encenizada por el constante crepúsculo de aquel horizonte ahumado, daba al silencioso pabellón una muerta claridad de templo abandonado, una misteriosa niebla de culto incomprendido e informe que esfumaba los objetos como on secular tapiz de oraciones en una tenue mancha de contusión y reliquia. Colgaban del techo grotescas é inmóviles en una exhausta impasibilidad de cabeza cortada exóticas mascarillas de Yedo —miradas oblicuas y bigotes caídos— gruesas redomas de vidrio en las que nadaban pececillos rojos como instantáneos deslumbramientos de Rubro; babuchas otomanas diminutas y nostálgicas bosquejando en un contorno de ensueño sobre la anémica pincelada del muro, la curva prolongada de una escultura de Smirma finamente tamizada por una distante vaporización de áloe é incienso.

Entre un aglomerado resplandor de cirios, en el fondo apagado de la capilla, Teresa había erigido el altar a su ídolo. Se destacaba en cera, luminoso è inmóvil, manchando la amarillenta claridad que le inundaba con la dureza de sus líneas angulares; cuadrando sobre el lienzo mural la geométrica sombra de su crónico braquicéfalo; ahogando sobre el ancestral prolongamiento de su maxilar inferior la cortadura de sus labios resecos; desprendiendo —en la fijeza desterrada de sus ojos vacíos— un lento sudor de agonía. una muda congoja de opresión como una madrugada eterna, prolongada entre vapores de piridina. Era el símbolo de su ansia siempre sofocada. viviendo de su culto en la irremediable negación de su destino, consagrando su vida á aquella imposible forma de su ideal: —sus místicas alucinaciones de colegiala, la melancolía de su pubertad enfermiza, el cruel reproche de su carne extenuada en el impasible advenimiento de años estériles, todo lloraba su amargura en aquella mórbida alucinación de su neurosis.

Vivía de él. por él para él, en la religiosa expresión de sus en cantos, sola y erguía sobre la in eficacia de su años amontonados sin objeto como un Otoño que hubiera florecido en su alma la clarividencia de un Germinal lejanamente obstinado en la torturante espera de un deseo no satisfecho. A él iban sus oraciones: —de rodillas— una negligente matinée de mangas perdidas sobre las que se levantaban sus dos acariciadores brazos de enamorada, sensual y santa en aquella detonante atmósfera de culto pasional misteriosa y hundida tras los copos de incienso que la rodeaban, la envolvían como una pesada respiración las manos anudadas en una suprema conjunción de ternura y sacrificio, el pecho ahogado y suspenso por una absorta restricción de sollozos su silueta mártir ofrecía al consagrado símbolo de su ideal, la pena, la forma la curva de su extraviada adoración. Y cuando el mártir lo subía a su garganta sus labios lívidos entrecortaban en un apresuramiento de confesión lacerante la plegaria de todos los días:

¡Oh! tú el ideal afilado de mi imaginación, yo te invoco en la religiosidad de este silencio mortecino.

¿Dónde estás? ¿Cómo te llamas? ¡Oh! la magia. el conjuro, el exorcismo cabalístico para que, de las zonas lejanas, vinieras á mí ¡oh mi ídolo!

Te amo, porque cada rasgo de tu cara es un símbolo gráfico. Yo le venero.

Las arcadas de tu bóveda orbitaria son el pórtico de un olimpo de fiereza; por encima, tus cejas espesas negras largas, remedan la curva de una caravana zigzagueante en Mecaria peregrinación. ¡Oh la Meca de la voluntad acre y áspera!

Tu nariz aguilena, de pronunciado relieve, con soberbia joroba de dromedario, apta para las grandes ventilaciones respiratorias: madrépora formidable en el mar de tus anhelos revelados. ¡Oh, las crespas sacudidas de Prometeo encadenado!

Tus pómulos son salientes, tus mejillas hundidas: agudización por el insomnio del proceso de calcificación en las apófisis del hueso. ¡Oh, las Noches de Musset y el Mal de Baudelaire!

Tu boca regular se prolonga en comisuras de curva concavidad superior y está aureolada por un blancor de busto romano: impresión de la fatiga en la elipsis de los pliegues. ¡Oh, la lenta nevazón en el sudario del hastío!

Tu mentón aplanado y puntiagudo remata en tu perfil la triangular arquitectura de tu cara, serenamente impasible, como el levantamiento de una iglesia gótica. cuya ojiva dejará proyectar sobre el marmóreo pavimento, la selénica claridad de algún pasaje medieval ¡Oh, la evocación en la serenidad concentrada del silencio!

Tus ojos negros filtran, oblicuamente, hurañas excitaciones de células nerviosas, papiros de recuerdos lacrimosos, penitentes conjuros de felicidades huídas, agonías de paz, titilaciones de duda. ¡Oh, eterno evocader en el eterno hastío, en el eterno insomnio y en la eterna rebelión!. Y por encima de todo esto como una obsesión de posese, la cota de malla de tu voluntad, acre y áspera.

En Prosa


Un recuerdo para tí ¡oh niña purísima!

Un beso a tu recuerdo ¡oh santa criatura! Y á tus ojos y á tus brazos, y á frente y á tu garganta, tan pura y delicada, el más fervoroso de los cantos, ¡oh mi niña queridísima!

Todo se ha ido; las músicas, los besos, las flores y las lágrimas. El alma reprocha dolorosamente al pasado su falta de constancia. Todos se fueron. Sólo tú no me has olvido completamente, ¡oh niña purísima; sólo tú me has querido, ¡oh adorada de mi corazón!

¡Santa memoria! ¡Una caricia a esos recuerdos! ¡Una lágrima a esa ventura perdida!

¡Virgen de mi alma! Ten un poco de cariño á esas muertas alegrías! ¡compasiòn, niña mía, para esas flores que mueren de tristeza en un rincón de la cómoda! Y á mis ramos y á mis versos, á la primera palabra que nos dijimos, á la primera pieza que bailamos, á las fechas más dulces y sentidas, á nuestra separación, un poco de ventura, niña querida! ¡un poco de piedad, niña adorada!

Lloro sobre la trémula letra de tus últimas cartas; lloro sobre la trémula miel de tus últimos besos; lloro sobre las trémulas lágrimas de tus últimos llantos; de tus llantos tan trémulos y sentidos, que, hoy al recordarlos, mi garganta se llena de sollozos.

¡Pena infinita! ¿Dónde están, dónde están las alegrías de aquellos días tan largos y complacientes?...

Y lloro siempre por tí, siempre te recuerdo, alma mía, y mi vida se va extinguiendo sin tus caricias!

Dónde estás, niña mía, que no te encuentro?

Dónde estás, alma de mi alma, para ir á buscarte y vivir juntos, juntos, juntos, para no volver á perderte jamás?...

¡Dulce y buena entre todas las mujeres! Que mi vida sea un martirio continuo, pobre, enfermo y olvidado de todos; que mi vida sea una constante desgracia, sin fuerzas para levantar la voz ni reprochar á nadie; que el sufrimiento vele todas mis ilusiones y que me vea enfermo, solo, desgraciado... ¡pero que al menos te tenga a tí, santa criatura! ¡que no me olvides niña muy amada!...

Post-Amor


Hay una teoría filosófica, cuya tendencia positiva y humana nos muestra en la denominación de cada estado psicológico, el móvil de una idea, de una evolución, de un sentimiento.

En el orden pasional o simplemente afectivo, la conciencia del yo origina el egoísmo, y éste á su vez engendra el interés.

Lo que a los poetas se escapa en una nube de cadencias rimadas en el corazón, los adeptos á aquella doctrina lo han incrustado en una palabra amplia de trascendencia severa.

El desinterés desaparece del diccionario sentimental. Se quiere a un amigo, porque su conversación nos interesa, produciéndonos placer. Se ama á una mujer, porque nos proporciona buenos ratos, y su hermosura provoca en nosotros un satisfactorio bienestar.

Se quiere al que nos quiere, como el pago de un agradecimiento; y le buscamos con frecuencia, porque nuestro espíritu se recrea. Tratamos de verlos a menudo, no por ellos, sino por nosotros que gozamos, por la beatitud que nos proporcionan. De esa manera los afectos se gradúan en los nervios, según que éstos se exciten acre o voluptuosamente. Nuestro espíritu es una lira extendida hacia los corazones, y calificamos los sonidos, según la habilidad ó la torpeza del que pulsa sus cuerdas.

En una palabra: el cariño como agradecimiento, la amistad como permuta de satisfacciones, el amor como generosidad. Una gradación de denominaciones poéticas que se tasan y se clasifican según el goce personal.

A los muertos que han vivido con nosotros una larga época de contrariedades y caricias, que acaso han sido compañeros en las revueltas y epopeyas de nuestras almas, les dedicamos una compasión infinita, toda hecha de recuerdos. ¡Pobre de ellos! exclamamos dolorosamente. Y en la estancia mortuoria, la voz se repite muchas veces: ¡pobre de él!...

Pero el alma, nuestra íntima esencia, cambia el eco de las palabras, y la individualidad responde en un sollozo que es una rebelión de angustia: ¡ay de mí!

Queja sencilla y divinamente egoísta; protesta inconciente y profunda del goce enlutado.

No lloramos á los muertos; lloramos á nuestros afectos sacudidos y en adelante huérfanos; lloramos por nosotros mismos.

Sentimos la pérdida en nosotros; y mientras les abrazamos con delirio, los labios murmuran despacito un reproche conmovedor, ingenuamente confesado: ¡Por qué me abandonaste!...

Es decir: ¡por qué me has privado de un placer!

Y en tanto que de pié al lado de la caja mortuoria, miramos al vencido de la vida, tal vez pensando en las dianas y en las banderas caídas de su batalla finalizada, un pensamiento revelador y estéril surge á nuestras espaldas, y acercándose a nuestro oído, nos dice lentamente: ¡no sientes por él, sino por ti!...

Veníamos Del Teatro…


Veníamos del teatro, donde habíamos asistido a la representación de un drama cualquiera.

La charla, acentuada por una discusión de amor, tomó un giro reflexivo.

—En todo caso —dijo de pronto uno de nosotros— el mundo degenera. Nos vamos. En los siglos pasados queda el hombre con sus sombras glorias y encantos.

Caemos. Apenas si en la ridícula agitación de los muñones se conoce que hemos volado.

Todo se aclara, marcando á la herencia con un timbre para crear la ley, colocando una etiqueta en el alma para reconocerla en tal ó cual hecho.

Iluminación fatal que alborea á la humanidad como un relámpago pone en manifiesto una guillotina.

¿Qué se busca? La verdad Y las almas aparecen al desnudo, fríamente visibles. Los misterios se leen de corrido en la página sicológica que asienta sus arranques como una partida y anota la evolución en el diario con signos, fechas y condiciones.

Y aun precios.

Tal acción que parece espontánea no lo es. En ella han cooperado determinadas circunstancias, sabios preliminares que motivan, amoldan, sacuden y despiertan la idea de un heroísmo.

La obligación de una función fisiológica no es tan precisa como la de esos fenómenos cerebrales.

Los psicólogos entran audazmente en nuestro interior y resuelven, ordenan y clasifican lo que está en desorden.

Imponen la disciplina al sentimiento, fijan carteles en las conciencias.

Iluminan.

Pero con esta diferencia: en la sombra vivimos; en la luz nos asfixiamos.

La noche crea heroísmos; el día, cálculos.

La noche es asombrosa porque no se ve en ella.

Adelantamos. pero como se adelanta en una sala de disección Conocida la causa, el efecto es insignificante.

En cuanto a mí prefiero el oscuro conjunto de una organización inferior al sabio esqueleto de un antropoforme.

Calló

Quedamos pensativos, desacordados por el desahogo de nuestro amigo.

Hablábamos de amor, y no nos hacían gracia las reflexiones.

¿Qué más da, cuando se ama, que el mundo avance o no, que se conozca lo que hay de racional en una pasión?

Me levantó su artística cabeza que tenía apoyada en la mano

Era el mimoso de nosotros ¿Por qué? No lo sabíamos. Acaso por la extraña mezcla de su temperamento, por el dominio que tiene el absurdo sobre lo preciso. el zig zag sobre la recta, el desacorde sobre la belleza espejada.

Cada uno de nosotros era definido, correcto, rectangular, perfectamente encuadrado en una clasificación. Él abarcaba todas las escuelas, los temperamentos, las diátesis.

Algo más que Heine y no tanto como Poe. En constante rebelión, argumentaba tranquilamente sus desconciertos.

—¡Bah! —¡exclamó.— ¡Todo es cuestión de mira. Los objetos vistos desde arriban aparecen deformados. Coloquémonos en su mismo plano y cambiarán de aspecto

Ataque sin sentido, acusación de filtro á alambique, de conciencia a lógica

Caemos, es verdad. Pasan las antiguas creencias, como religión incomprendida por el que va á orar Hay algo más que la obcecación de una plegaria en la percepción del au de là, y algo más que la Fe en el cielo del alma.

El alma pide horizontes como una frente, cielo.

Las viejas virtudes se enmohecen lentamente en sus zócalos de pesada arquitectura.

El templo está desierto. Sobre la asombrada faz de la deidad caída se destaca la mascarilla irónica fatal y gesticulante del nuevo culto.

La excitación sustituye al éxtasis; la morfina, al incienso.

La condición destierra la doctrina. El temperamento prima sobre la enseñanza como el toque de fuego sobre el tratamiento.

El cerebro pierde las riendas y obedece sólo al acicate. Y la psiquis marcha a saltos, dominada por el instante, bizarra como un golpe de nervios febril é inconstante é imprimiendo al organismo tendencias momentáneas que las neurosis heredan como una aristocracia luminosa y mártir.

El alma deja traslucir, como una luna desgastada la miseria del fondo. Y en la santa inteligencia la duda ataxia intelectual —desordena el sistema psicológico.

Las gestaciones son extrauterinas

El pinchazo elimina la compresión Sobre el esfuerzo está el golpe; sobre el amperaje, el voltaje

La impresión del momento fecunda el óvulo; y el ser engendrado pone en el motivo de vida la punzante vibración de lo instantáneo.

Hay cianosis entre el corazón y el cerebro. La diástoles repercute en la celdilla y los fosfatos siembran concreciones en el ventrículo.

La extenuación se asienta en el organismo, y el desequilibrio rompe, como una ala todo esfuerzo sostenido.

En cuanto al amor es cosa muerta considerado por el lado romántico.

Ya pasaron las grandes pasiones, los desengaños que duran toda la vida.

Las jóvenes pálidas son anémicas; el olvido es fiel resultado de un empobrecimiento cerebral.

La constancia supone una monomonía burguesa y la dulzura de ciertos sentimientos, dicen los sabios indica un principio de tisis.

Un nervio enfermo cambia el curso de un idilio Una congestión pasajera provoca una declaración de amor.

¡Oh épocas divinas! La niña moría de dolor y el joven tomaba los hábitos.

Entre el salón de baile y el buffet la debilidad predispone singularmente a la ternura. Nada de miradas lánguidas ni de insuflaciones pectorales.

—¡Es usted encantadora!...

—¿Sí? ¡Pues me alegro!

Y de este modo vivimos deliciosamente: el corazón en una mano y en la otra una copa de champagne.

Pero con todo no tenemos el derecho de condenar el amor tal como le sentimos en esta época.

¿Qué importa que las sensaciones sean pasajeras si en cada crisis hay más heroísmo que en un largo sentimiento y en cada sacudida más verdad que en una lenta depresión?

¿Qué importa que la risa remede el llanto si el sufrimiento es el mismo si lo que se vive en una hora puede desviar toda una existencia?

Le mirábamos y escuchábamos en silencio, con los ojos secos y la palabra fríamente convencida.

Había en su voz un ligero timbre de amargura cuando levantaba su expresión de correcto combatiente que lucha por un ideal arraigado y sencillo.

Y en el fondo de toda esa contractura de afectos, de esa irónica é incisiva profesión de fe, contemplaba su pobre ternura de enamorado constantemente hostilizada por las garras de sus nervios avergonzados de feminismo, en los que naufragaba, gota á gota, su delicadeza exquisita de adolescente.

Había un hondo sollozo en su mirada y un martirio convencido en su palabra. En el corazón aleteaba su alma como una ave herida, y a través de su contextura romántica se tendía, como una línea oblicua, la frialdad irónica de su temperamento modernista.

Una gota de llanto simbolizaba su existencia: lágrimas en los ojos y cloruros en las lágrimas.


Publicado el 14 de septiembre de 2026 por Brian.
Leído 1 vez.