Lo Que No Puede Decirse

Horacio Quiroga


Artículo


Lo que no se puede decir ni hacer es la apología con vistas internas de un estado de cosas que atañe a cien millones de seres humanos, y que desde hace tres años está puesto en el Índice por los países de instituciones conocidas y probadas. Como tales instituciones rigen al mundo entero, el mundo entero es quien ha reprobado las nuevas instituciones rusas. La reprobación asume en casi todos los países carácter prohibitivo, y en algunos, de franca excomunión. Tal nuestra república.

Parecería, no obstante, a primera vista, que un hombre, un transeúnte cualquiera que a sus preocupaciones propias ha añadido las originadas por el volcán sobre el que está hoy asentado el mundo, puede hallar bien el advenimiento de la república de los soviets. No es así, sin embargo. Podrá pensarlo, si le queda en el alma un rastro de independencia ante la formidable sugestión presente; pero no podrá decirlo, so pena de ser expulsado del país, o ser encarcelado por un indeterminado número de años. Se le castiga, pues, fuerte y literalmente, por una inquietud acerca del porvenir del género humano. Pero quién ha pensado así no es un agitador, ni de los obreros ni de los patrones. Es él mismo transeúnte de la vida que hemos apuntado, y amigo, como todo transeúnte, de detenerse delante de las cosas y meditar un rato sobre ellas. No importa; sufrirá asimismo la pena impuesta en nombre de la sociedad, cuyas bases ataca. La sociedad actual, la actual organización social es, pues, un dogma intocable, como una cualquiera religión de caníbales.

Perfectamente. Pero he aquí que Francia e Inglaterra, si no nos engañan los telegramas de Europa, se aprestan vivamente a reconocer a la república de los soviets como un organismo social. Vale decir, una decente aglomeración de individuos, con leyes y reglamentos honorables. El reconocimiento de dicha república supone su admisión en el concierto de las naciones, y por lo tanto se establecerán relaciones diplomáticas con ella. Y como las relaciones diplomáticas expresan de hecho libertad y respeto por las instituciones afiliadas, nos hallamos con que muy pronto los agitadores del soviet en Londres, serán gratísimos ministros plenipotenciarios en el imperio, y Francia mirará con mal ojo a las ligas patrióticas que declamen contra el respetable régimen social de su colega, la república maximalista.

Pues bien; en vísperas de tal acontecimiento, ¿qué sabemos en concreto de los resultados del soviet? Nada o casi nada. La dictadura internacional ha cerrado de tal modo las fronteras a los informes directos de la nueva Rusia, y tal es la propaganda en contra, que de la flamante república, su desarrollo, sus tropiezos, sus éxitos, lo ignoramos todo —salvo que allí hay trigo y que en Europa se carece de él.

En solo dos fuentes podemos inspirarnos al respecto: las conjeturas lógicas, y las derivadas de la misma propaganda adversa. De conformidad con la primera, el transeúnte del caso tiene la impresión de que la Revolución Francesa y la Revolución Rusa son una sola y misma cosa; igual período crítico de la historia, iguales causas, iguales tipos, igual evolución, y finalmente idéntica reacción del otro lado de la frontera. Ambas revoluciones han vertido torrentes de sangre por aligerar un solo gramo la miseria humana; ambas han respondido a la devoradora hambre de justicia que cada cien años hace crisis en Inglaterra, en Francia, en Rusia. Del terrateniente privilegiado de ayer al siervo productivo, va la misma diferencia que del capital de hoy, más privilegiado aún, a su siervo manual o intelectual.

Lo cual no obsta para que todos nosotros, admiradores sin restricción de la Revolución Francesa, hayamos apartado los ojos con horror de esta nueva insurrección de la dignidad humana, cuya sangre olemos: las revoluciones queman a su contacto, y sólo alumbran a través del tiempo.

Pero tan honda es la persistencia del privilegio en aplastar y difamar la fuerza viva del hombre, que uno de los más eficaces argumentos en contra del estado de cosas en Rusia, fue el siguiente, transmitido por telegrama: "A tal punto ha llegado la miseria y la opresión de la plebe en Petrogrado, que un Príncipe de la más alta nobleza se ha visto obligado a ganarse el pan, de portero en un teatro".

Dejemos aparte lo de la plebe, que nos retornaría demasiado a la Revolución Francesa, y el reconocimiento de que el teatro no había cerrado sus puertas, pues era y es gratis, ya que el Estado paga a los actores. Aparte de esto, nos queda la protesta profundamente inmoral de que un hombre ha tenido que trabajar para ganarse la vida.

Para un contemporáneo que tiene a sus espaldas cuarenta siglos de revoluciones ascendentes, es duro constatar él mismo eterno motivo de reacción ante esta nueva crisis de la desigualdad humana.

No ha habido jamás en la historia modo de contener una explosión reivindicativa en los límites de las evoluciones incruentas. Si la república de los soviets ha cometido crímenes, lo ignoramos; pero es más que seguro. No es posible pedir a una revolución lo que a una nación no nos atrevemos a exigirle; y si la última guerra tuvo por única excusa la creencia de que ella concluiría con la guerra misma, la paz que nos ha dejado es una infección de nuevas injusticias, de nuevas guerras y nuevos crímenes.

La necesidad de trigo que hemos apuntado, y otros motivos que se nos escapan, han decidido a las potencias a reanudar relaciones comerciales con la nación rusa, las que serán seguidas en breve plazo por las diplomáticas. Un nuevo telegrama de los últimos días nos lo da a entender. "Reconoceremos a la república de los soviets cuando no se cometan más crímenes en ella". Un hombre juicioso puede fácilmente leer dos corolarios tácitos: 1º. Estamos dispuestos a admitir que "ya" no se cometen crímenes. 2º. Y si se cometieron, no nos detendremos a juzgarlos.

Ahora bien: ¿qué papel nos toca a nosotros, las repúblicas sudamericanas, ante el respetuoso homenaje que un día u otro Europa rendirá a la república rusa, en la persona de sus embajadores? ¿Persistiremos en cerrar las fronteras, deportar y encarcelar a los apologistas de una nación definitivamente comme il faut?

Cuéntase que la policía de la capital, cuyo catálogo es perfecto, clasifica a los descarriados de la actual senda social en dos categorías: los anarquistas de acción (que son en definitiva los peligrosos), y los anarquistas "filosóficos" (seres inocuos, soñadores, nada temibles, y que se reclutan por lo general entre las gentes que escriben). La ocurrencia es feliz, y prueba travieso olfato psicológico. La policía continuará pues sus distingos sutiles, para diversión de los catalogadores. Pero entre tanto el transeúnte preocupado torna a preguntarse qué actitud tendrán las profusas organizaciones contrarias a la república rusa, cuando la Casa Rosada abra sus puertas a sus respetables representantes.

Curiosidad que motiva estas líneas.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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