A fines de 1894, Alberto Durero y yo trabamos relación íntima y especial. Llámola especial, porque ella nació de circunstancias puramente filosóficas, gracias al empeño de un tercero en concordia que puso uno enfrente de otro dos fogosos espíritus, como era los nuestros por aquel bello entonces. Dimos en hablar de todo y para todo, sacando al fin consecuencias no comunes de nuestras charlas. En tierras ideológicas, sobre todo, tan bien carpimos la mala hierba, tal acrobacia nos aligeró el ánimo, que estuvimos a un paso de dar con nuestra razón en el vacío, en fuerza de sondar abismos a que Dios ha puesto intraspasable cancel. Recuerdo que, entre otras cosas, nos preocupaba establecer la cabal diferencia que existe entre lo que es y lo que puede ser. La negación de lo último está compensada por el desborde de evidencia que es lo primero. Una verdad bien establecida ─la más nimia─ lleva en sí la sustancia de varias existencias, una de las cuales, por lo menos pertenece a cosas que pueden ser. Decíamos también, recordando la insinuación de los rayos X, qué distancia de tiempo y espacio separa las alucinaciones, de los cuerpos invisibles cuya sombra luminosa se proyecta en nuestro cuarto. Y para todo esto nos recostábamos como en un muro en aquel principio de que basta que el cerebro autorice una idea, la más bizarra, para que ella pueda ser ─no verdad, pues su sola posibilidad lo prueba─ sino evidente en el orden visual. Lo principal estaba hallado; la dificultad residía en conocer el grado de interés que hay en cada cosa, y que nosotros, so pena de caer en lamentables errores, debíamos encontrar.
Nuestros golpes más decididos eran para la Lógica. Estábamos convencidos de que si aún no hemos tenido un avance verdaderamente superior, ello se debe a haber querido regir el mundo por aquélla. Únicamente por eso la Medicina ha tartamudeado hasta hoy, administrando con espantable lógica ácido clorhídrico cuando éste falta en el estómago, o purísimo fosfato de cal cuando nuestro cuerpo ha menester de él. La terapéutica por lógica ha matado o dejado morir a la Humanidad hasta hoy. La misma obcecación del precedente ─léase lógica─ hunde a la cairelesca Psiquiatría en un abismo más grande que su propia clasificación, y aun la más convincente probabilidad de que la Tierra gire alrededor del Sol ─lógica de tamaño─ es la misma que otorgaría infalible y fatalmente más inteligencia al elefante que al hombre.
La vieja inconsecuencia del nogal y el zapallo consagra de sobra los traspiés que hemos dado y daremos aún: si a un millón de cerebros perfectamente lógicos se propusiera deducir el tamaño de los frutos, del de los árboles, todos, absolutamente todos errarían. Este ejemplo no tiene de infantil sino su evidencia. Supóngase ahora qué cantidad de fracasos de lógica han sido precisos para hacernos meditar antes de dejarnos conducir por ella con los ojos cerrados. Y a pesar de todo persiste indesarraigable en los exclusivismos de todo orden ─científico, artístico, moral─ que son su más bella obra.
Así pensábamos, y nuestro ensañamiento duró bastante tiempo. Luego, en un tercer período, la sorprendente Evolución nos mortificó bastante, pues habíamos llegado a no saber qué éramos nosotros mismos. Decíamos que el ratón tiene una idea altamente equivocada para el hombre de lo que es el queso, el piso, la oscuridad, el ruido, y en total, el mundo verdadero. El caballo, más inteligente, concibe mejor las cosas.
El perro avanza aún; el mono da un paso más; el elefante llega al límite de las inteligencias mudas, y así de especie en especie, va ascendiendo en la animalidad la justa noción de las cosas, hasta llegar al hombre, que sabe bien qué es un ratón, un caballo, un perro, un mono, un elefante y todo lo que es inteligible. Tenemos conciencia completa de que una piedra es una piedra, y una hoja de papel es una hoja de papel. Pero lo lamentable es que nuestra especie no es el último y definitivo escalón de los seres. La incontrastable evolución creará nuevas formas superiores al hombre, y nuestra seguridad de que un tenedor no es nada más que un tenedor, será para la futura especie superior tan irracional y bizarra como la que tiene el gato del rayo.
De modo que no nos atrevíamos verdaderamente a decir: esto está hecho de madera; ahí va un caballo; cuando llueve cae agua. ¿Sería verdad? Llegamos a hacer una tabla comparativa, en que establecimos la concepción de las cosas de cada especie, de algunas, por cierto, Trabajamos una noche entera en ella. Recuerdo el orden:
TABLA DE LA CONCEPCIÓN DE LAS COSAS
Pulga
(Concepción de la pulga)
Mosca
Loro
Comadreja
Foca
Caballo
Perro
Mono
Elefante
Hombre
(Nueva especie)
(Otra aún)
Etcétera
¿Qué pensar, en definitiva? Luego, en un tercer período, habíamos vuelto de nuevo a la Lógica, cuando un incidente vino a rebelarnos por completo.
El 97 habíamos conocido a Emilio Balzani. Nos encantó su portentosa agilidad mental, pues era mucho menor que nosotros. Para la edad nuestra ─dieciocho─ dos años menos suponían fuerte diferencia. Entre los tres no formábamos sino uno, menos teológicamente que la otra trinidad pero con mucha más alegría.
Una noche en que caminábamos Durero y yo, nos llegó de golpe la noticia: un carruaje había atropellado frente a casa a Balzani, y estaba por morir. Volvimos como locos. Lo hallamos tendido de espaldas en mi cama, horriblemente pálido. Al sentirnos abrió los ojos y nos miró sin hablar. Durero recorrió con la vista su semblante, las toallas empapadas en sangre, y le preguntó sin ninguna entonación:
─¿Cómo te encuentras?
─Ya ves; he perdido toda mi sangre. Tómame el pulso, si quieres ─Durero lo pulsó, e hizo una mueca, recorriendo la pared con los ojos.
─Son locuras tuyas. ¿Qué sientes? ─insistió con la misma voz reseca.
Balzani lo miró con inteligente reproche.
─Auscúltame... pero estás seguro de que nadie puede vivir en estas condiciones. No me queda una gota de sangre. Y sin embargo ─añadió dirigiéndose a mí─: ¡qué imposible!
¡Ay! No impunemente se estudia medicina. Durero, a pesar de la formidable evidencia del prodigio, buscó desesperadamente en su memoria: llevose la mano a la frente y la arrastró a través del pelo. ¡Se acabó! Pero pasado el momento de certidumbre secular de la muerte, acerca de las personas que van a morir, nos miramos Durero y yo llenos de estupor. La vida lógica nos agarraba de tal modo, a pesar de nuestras viejas bravatas, que deseábamos que eso no fuera verdad: teníamos miedo planetario de ver nuestras leyes quebradas, por amor eterno, profundo e indesarraigable a lo normal.
Balzani continuaba de espaldas, blanco como la sábana tendida hasta el mentón. Un momento después había pasado nuestra estupefacción. No dejábamos de mirarlo, sentados a su lado.
─¿Qué sientes?
─Nada, un poco de cansancio. ¿Quién os diría, verdad?
Era nuestra idea fija. ¿Cómo podía ser eso? Durero lo auscultó de nuevo. Aunque siempre sacudidos de agitación, sentíamonos entusiasmados. ¡Así era a nosotros, a nosotros, que nos tocaba ese milagro! Ni una vez se nos ocurrió que esa sobrevida de Balzani pudiera ser condición esencial suya. La atribuíamos sinceramente a nosotros tres, elegidos, no sé cómo, para gloria de nuestro orgullo.
─Hablen ─nos dijo Balzani, volviendo apenas los ojos. Quisimos decir algo, pero no teníamos una sola idea. Habíamos perdido todo afán de sutileza, y no creíamos absolutamente en las ideas, ni nada tenía que ver con el prodigio impuesto como algo muy superior a nuestros juegos malabares.
De pronto Balzani cerró los ojos.
─Curioso: tengo sueño.
Nos fuimos en puntas al cuarto contiguo.
─A pesar de todo ─me decía en voz baja Durero, caminando─, ¡cómo cuesta romper la influencia de la otra vida!
─¿Qué cosa? ─preguntó Balzani, que había oído el murmullo.
─Nada ─respondió Durero volviéndose─. La influencia de la otra vida.
─¡Ah, sí! ─murmuró sonriendo. Y se durmió.
Volvimos al cabo de una hora. Balzani continuaba tendido de espaldas, durmiendo aún. Su frente amarilla, toda esa lividez de quietud y muerte que me había hecho estremecer varias veces, me pareció entonces más inmóvil, como la mandíbula más caída. Al llegar a su lado en puntas de pie, tropecé con la cama, y creí notar que la cabeza de Balzani había rodado sobre la almohada. Me quedé quieto, mirándolo de costado. Y una duda horrible me invadió de golpe, levantándome el pelo.
─¡Durero! ─lo llamé en voz baja. Durero se acercó y nos inclinamos sobre él: ¡no había duda! Durero lo tocó despacio en el brazo.
─¡Balzani!
─¡Balzani!
Nos incorporamos lívidos, mirándonos: ¡pero estaba muerto! Nuestra primera sensación fue de miedo, hasta el fondo, de criatura asustada, como si algo hubiera estado jugando fúnebremente con nosotros. ¡Muerto, a pesar de lo anterior! Pasamos la noche como nos fue posible, pero seguros uno y otro, cuando dejamos de hablar, de que estábamos pensando en aquel absurdo de lógica. Una vez establecido el fenómeno ─pues no teníamos duda de que Balzani había vivido sin poder hacerlo─ ¡cómo era posible que se hubiera muerto! Lo absurdamente ilógico era aquí, no la sobrevida de Balzani, sino su muerte. El solo hecho de haber vivido un momento en esa imposible condición fisiológica, suponía su milagrosa existencia, exenta, por lo tanto, de la muerte normal en las demás personas. Apenas traspasado el límite más allá del cual toda vida humana es imposible, su propia vida debía hallarse en condiciones tan grandes de vitalidad como siempre, puesto que ya en lo milagroso es tan fácil vivir sin vida un minuto como mil años, y Balzani había vivido dos horas.
La evidencia sea acaso mayor suponiendo que una bala de cañón le hubiera llevado la cabeza. Sin en pos de esto hubiera vivido un minuto, un solo minuto, su vida extraordinaria entraba en seguida en lo normal: hallándose así fuera de las leyes, ¿qué le impedía vivir eternamente? Para el efecto, nuestro caso era el mismo, pues no le quedaba una gota de sangre. Se comprenderá entonces la abominable perversión de lógica que mató definitivamente a Balzani.
Ahora que después de once años escribo solo estos recuerdos ─Durero murió el año pasado, de viruela─ viene aquella inconsecuencia de lógica a torturarme de nuevo. Pero Balzani, nuestro amigo menor, ¿vivió en realidad? ¿Es cierta su prodigiosa existencia? Mas en uno u otro caso, ¿no es exactamente lo mismo?
