Los Amores de Dos Personas Exaltadas

Horacio Quiroga


Cuento


(o sea, la mujer que permaneció niña y el payaso que permaneció hombre)

Desde pequeña, el amor de Lucía a los hermosos pruebistas fue motivo de muchos dolores de cabeza para la casa. Lucía quería ir al circo todas las noches; Lucía no tomaba de tarde su taza de leche por soñar con los caballos que corren saludando; Lucía volvía enferma del circo porque se rió tanto de aquel payaso que quiso saltar como la señorita encima del caballo, y se cayó del otro lado; Lucía, en fin, hubiera dado todo lo que hay en el mundo por ser grande y escaparse de casa en compañía de los pruebistas.

Los payasos, sobre todo, eran el encanto de su alma. Al principio le causaron terror; después se reía de ellos.

¡Los pícaros! ¡Si tenían mucha ropa para vestirse de hombres! ¡Y ella que había estado engañada tanto tiempo pensando que las enormes bombachas era lo único que les daban sus mamás!

Le encantaban asimismo los señores con un gran látigo, y la música, y los perros y los elefantes. A decir verdad, éstos la atemorizaban algo; pero ella bien vio una noche que no tenían dientes y se serenó.

La mamá la vigilaba constantemente para que no llevara a cabo alguna locura. ¿Es preciso contar lo que hizo un día? Pues desnudarse completamente como las señoritas que hacían pruebas, y con un perrito, y otro y otro más a que sujetaba un hilo cordoné, hizo en la sala una entrada triunfal; y dirigiéndose con toda gravedad a un señor calvo —ante el asombro absoluto de la madre— le dijo, enseñándole con un ademán su compañía:

—Dime, caballero; ¿quieres ser tú el payaso?

¡Ah, señorita Lucía! Ahora que es usted grande y lleva vestidos tan difíciles de quitar: ¿haría cosa semejante? Bien se conoce que las palmadas fueron fuertes y que sus bracitos no sabían de qué modo cruzarse para pedir perdón. Pues bien, la señorita Lucía ha conservado de su niñez (¡cuán niña es todavía!) el amor a los payasos. ¿Cómo explicarlo? Ella misma no lo sabe. Los adora, sí, los adora y quiere —¡oh la mala idea que sus amigas no conocen!— casarse con un payaso... ¡Cómo le haría hacer pruebas! Pero, eso sí, no le permitiría que se pintara la boca. Estoy seguro de que le diría: ¡oh, caballero, su boca me espanta! Y el payaso daría un salto mortal y se lavaría enseguida.

Todo esto prueba hasta qué punto la imaginación de Lucía es caprichosa.

Ahora bien, hacía varios días que Lucía estaba preocupada. Desdeñaba, al caer la tarde, el paseo con sus amigas, y hasta en la tienda habían vendido el sombrero de plumas blancas que ella —cosa hasta entonces no pasada- se olvidó de mandar buscar.

¿Sufría Lucía? De ningún modo. He aquí lo que había pasado.

Lucía volvió una noche al circo —¡hay tantas caprichosas!— pensativa. El payaso la había mirado mucho, y su corazón no cabía en el pecho. ¡Ay! el esperado novio de cara blanca... ¿sería verdad? Reía en ese momento, pensando en la expresión de su padre cuando le dijera, presentándole a su prometido:

—Papá: este señor quiere ser mi esposo.

Y el tímido novio —porque los payasos son muy tímidos— no osaría siquiera abrazar a...

Lucía tenía su idea de que el payaso la enamoraba. Y esto se transformó en convicción cuando al otro día —concluía de vestirse en su cuarto— vio al payaso que pasaba bajo el balcón. Su orgullo de obsequiada le hizo enrojecer las mejillas. Él, que levantaba la vista, vio ese rubor y sonrió.

¡Oh, señor fatuo! Entre las hermosas niñas —no lo dudo, hermosas— que seguramente han enloquecido por usted, ¿ha habido alguna que pueda comprarse a la señorita Lucía? Mucho me temo que esta noche en el circo le abofeteen a usted más de lo necesario.

Lucía tuvo un momento la idea de salir al balcón para esperar su saludo. «No —se dijo—, si me ama, mañana volverá.»

Fue desde ese día que Blanca y Melita —queridas entre todas— hablaron muy quedamente de la retracción de su amiga.

El payaso pasó a la tarde siguiente y Lucía le esperó en el balcón. No se atrevió a saludarla, aunque clara cuenta se daba de que eran para él la sonrisa y el ramo de flores hinchadas en el pecho.

Al otro día la saludó; al otro día quiso hablar con ella.

¡Otra vez, señor payaso! ¿Será preciso creer que las señoritas conquistadas por usted se hacían ellas mismas los vestidos?

Por espacio de veinte días el circo vio disminuidas sus entradas. Y no obstante, la señorita Estrella perdía el sueño pensando en los caprichos del fino alambre. ¿Y la señorita Guella? Su cintura estaba siempre dolorida a fuerza de inclinarse hacia adelante para ayudar al caballo que montaba. ¿Y la señorita Clara? ¿Y la señorita Milán? Sólo el payaso desmejoraba visiblemente, y no en vano, se distraía esquivando muy a menudo las bofetadas el novio de Lucía.

Una mañana se recibió una carta.

—Para ti —dijo el padre, leyendo el sobre y extendiendo la carta. Añadió, sonriendo—: De algún novio.

Lucía enrojeció completamente y cogió el sobre:

—No, papá, es de Melita. Y corrió a su cuarto. ¡Ah, malo!, ¿por qué cometió la imprudencia de enviarle esa carta? ¡Si papá se hubiera enterado, gran Dios! Y rompió el sobre febrilmente. Primero ansiosa, luego llena de ternura, después asombrada; concluyó.

¡Ah, malo, sí, malo el lindo novio que adoraba! ¿Cómo hacer eso, cómo es posible hacer eso? Suspiró tan profundamente que el ramo de flores cayó del pecho como otro suspiro. Y él, ¡qué bien escribía! ¡y tan gracioso!... Pues bien, iría, y al día siguiente hablaría con su papá. Pensando bien claramente: ¿cómo era posible no ir?

Esperó la hora convenida, llena de temerosa ansiedad, como una tenue flor de invernáculo a quien se prometió la visita excesiva del sol.

Concluían de sonar las diez, las manos de Lucía, que esperaba junto al cancel, fueron oprimidas suavemente.

—¡Señorita, señorita! —murmuró el afortunado doncel.

—¡Ah, caballero, es usted! —respondió Lucía, grave—. ¡Es usted —repitió con más serenidad. Y se echó a reír de pronto. Desprendió sus manos y añadió:

—¿Me ama usted?

—¡Cómo dudarlo! —respondió su amigo con dulce voz.

—¿Guardará usted hasta mañana el más absoluto secreto?

—Por la llama de mi amor, señorita.

—¿Y me amará usted siempre? —insistió Lucía, pero con la voz ya lánguida.

—Eternamente —dijo su adorado, atreviéndose a llevar a sus labios la mano de Lucía.

—¿Siempre? —susurró Lucía, reclinando la cabeza en el pecho de él. Y ya no habló, un poco fatigada, como una alma divina que soñó noches eternas con los arcángeles. La voz de su amigo le llegaba como un eco distante, lleno de vaguísima emoción.

Él hablaba, contando cómo la serenidad estuvo a punto de faltarse cuando vio a aquella dama que le miraba con tanto cariño; sus penas, su infancia, su sueño, tanto tiempo imposible, de ser bien amado...

Su voz agradable, no desfigurada ahora, evocando la niñez, despertaba en Lucía un amor vívido, tales recuerdos de su infancia, cuando veía desde la cama los cuadros de ángeles colgados en la pared y que parecían hacer pruebas, vistas desde abajo por la criatura que no quería dormir...

Él continuaba animándose. Lucía recogía poco a poco la cabeza. Desde hacía rato la cosquilleaba una irresistible tentación de risa. Con las evocaciones de su adorador, su alma, tan incapaz de amor, volvía al circo y le veía a él, con las anchas bombachas y la cara tan blanca, caminando muy despacio detrás del director para quitarle la silla cuando se fuera a sentar... y ¡paf! una bofetada, y otra, y otra más, con gran contento de Lucía.

Él seguía hablando de sus recuerdos, siempre muy conmovido.

La emoción atipló, de pronto e inconscientemente, su voz, la voz chillona del payaso sonó otra vez, a despecho de todo, y Lucía, extasiada ya, rompió a reír locamente, con carcajadas tan claras que llenaron todo el jardín. Huyó a grandes risas, recogiendo su falda con la mano izquierda.


Pasaron varios días y el payaso no vio en el circo a Lucía.

Pasaron dos meses. Una noche su corazón saltó en el pecho: en un palco estaban Lucía y sus amigas. Reían, mirándole con el anteojo que pasaba de una mano a otra.

Esa noche se hizo abofetear terriblemente.

Concluida la función salió solo; caminó mucho, llegó al bosque, se recostó en el puente. Pensó —o soñó— largo rato. Después sacó del bolsillo el ramo de flores caído del pecho y recogido una noche...

Comenzó a deshojarlo sobre el lago, y cada pétalo del gran ramo romántico caía haciendo piruetas en el aire.


Publicado el 13 de enero de 2026 por Edu Robsy.
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