Los Arrecifes De Coral

Horacio Quiroga


Poesia, Cuentos



Mis Negras Culebras


Mis negras culebras dormían sobre la alfombra: y la

intranquilidad que de pronto se apoderó de ellas llegó

a mis trémulas historietas, donde el llanto por

emociones pasadas consiguiera nuevos triunfos.


La agitación de las finas bestias cobró fama de un desvelo;

la seda de sus pieles aquietó pausadamente el

nervioso moaré y, ya de rodillas ante ellas —en el silencio

de la gran sala— sus ojos de vidrio traslucieron

el paisaje de su inquietud, bajo la tienda de un jefe de

rebeldes: —los espejismos crepusculares danzaban en

el horizonte extrañas geometría. Y una luna enorme

surgía, tambaleándose. Y sobre el insomnio de las negras

culebras no supieron conservan tu manto, el

silencio pudo ser llenado con el chocar de tu cadenilla,

¡Salambó, Salambó!

Al Autor De La Dame Seule


Y como el buen cura me abandonara, permanecí

solo, con las manos sobre el respaldo de la cama, en el

cuartito donde había vivido los últimos meses.


—¿Sabes? quisiera ser una heroína de Mendès;

pero estoy muy enferma, muy enferma, mi pobre Lu-

ciano!


Muerta. Bien muerta estaba mi pobre Sadie! Era

tan alegre, que su retiro al campo nos causó gran pena.

—¿Que usted ríe mucho? Sadie reía más aún. —¿Que

usted esconde las manos para que no se las besen?

Sadie calzaba guantes, y los quitaba tan a menudo!

—¿Que usted ha desdeñado a cuatro caballeros, muer-

tos de amor por usted? Sadie no tenía memoria, y en-

fermó del pecho deshojando azahares bajo el cielo pá-

lido de Niza.


¡Pobre señorita delgada! ¡que vacío dejó usted

entre nosotros!


Ya de noche le habían sido dados los últimos con-

suelos. Leía la última carta:

"La señorita se muere. Iba mejor, y desde ano-

che está en agonía. —El médico no sabe a qué atri-

buir esa brusca resolución de la enfermedad. Teme
que algún exceso de la señorita haya apresurado el fin

fin. De cualquier modo, la esperan. Venga en se-

guida."


A la luz del recuerdo final, un persistente olor de

belladona, flotaba dentro de la pieza, impregnaba mi

cartera, hablaba de sus manos, fijaba en los objetos

una caricia insensible de la niña nunca más :- sus guan-

tes de usted, señorita, bien tibios; piedras raras, re-

cogidas en las tardes suficientes que no hacían daño a

su enfermedad; pañuelos leves, rosados aún de la bo-

ca dolorida y para siempre pequeña; juguetes de Pa-

rís, pintados con los últimos colores; retratos de ac-

trices parisienses, paisajitos de oleografía, cuentos de

Mendès —el autor preferido de usted, señorita,— lle-

nos de su perfume—de qué modo complaciente para

aquellos excesos que el médico no pudo descifrar, sus

amores de usted, tan querida y extraviada, la langue

entêtée et tremblante du chien tout petit...

Canción


Surgen en línea de negras vendas,

con el Asombro sobre las frentes,

las insensatas, mudas Ideas,

como un galope de muertos héroes.


Infla la hipérbole de los deltoides

la curva austera de una Amenaza,

sonando en lacre gritos ó ahullidos

sobre el decúbito de las razas.


La desmedida Comedia Blanca

pi ta, entre risas, frío albayalde

sobre las lívidas caras enfermas,

En una brusca visión de baile.


Mancha de púrpura presagia el cielo

sobre el oriente de los naufragios,

y en El Espanto, las avanzadas

miran la aurora de un dia tragico.


Acurrucada sobre los hielos

suelta la Angustia lívida risa,

mientras los muertos huyen del Polo

con la leyenda de sus pupilas.


Esta es la estrofa de ritmo extraño

que entona el pálido cantor del Hambre,

cuando cien garzas cruzan el frío,

sus blancas alas tintas en sangre.

¿Quién Podía?


¿Quién podía detenernos en aquella marcha 

nocturna, en que yo era desbocado corcel; tú, amazona 

de imperios, y tus talones me fustigaban tanto 

que la sangre acudía a agolparse a mis ijares?


Y la impetuosidad de la carrera nos arrastraba 

sin sentido al abismo que se abría ante nosotros. 

Ya estábamos cerca y no nos deteníamos. Corríamos 

furiosamente. Pero, al llegar al borde, todos tus músculos 

se crisparon. Cerraste los ojos y yo salté. 

Cuando llegamos al fondo, tus talones se habían 

separado, estabas desvanecida y el látigo 

con que me azuzabas te había cruzado 

los ojos en dos lívidas curvas.

Tenía Palidez


Tenía la palidez elegante y mórbida de las seño-

ras desmayadas. Parecía una rosa enferma que una

mano insensata hubiera abandonado sobre las teclas

del piano. Era blanca y lejanamente rubia. Adorable

en sí misma, pasó envuelta en la ola de miradas in-

quietas de los caballeros de frac.


Tenía la palidez de las caricias que, ya muy tar-

de, son apenas posibles...


Había una vez la hija de un rey y una reina, que

se moría de pena...


Vestía un traje lila, a grandes vuelos. que la abra-

zaba en una intensa caricia de seda, como una silencio-

sa caricia de mano. Era santa. Recordaba esas ex-

quisitas que enferman por una vaguedad, por una nada.


Tenía la palidez suspensa de lo que se anhela y

va a pasar…


Sentada al piano, su mirada fué tras los cortinados

de Amberes, más allá de los jarrones japonistas que

se reían silenciosamente y de soslayo. Fue más allá de

todo esto, más allá todavía de la sombra que daban

un bouquet y un par de guantes... Sollozó.


Tenía la palidez de lo que no ha sido, y vive, co-

mo le es dado vivir, en el nimbo de las cabecitas con-

valecientes y pensativas…


Había en el aire una fría canción —en los crista-

les; una persistente fijeza de ojos— en las camelias;

un prolongado ay! de dulzura —en los violines. Un

ruego.


—¡Sea buena! —murmuraban.


Ella inclinó la cabeza: —Mi amor!...

Tenía la palidez de lo que hubo de ser, y espera,

en unos ojos transparentes, la hora de ser soñado...

Tu Garganta


El verano perdió su fuego externo;

y a la luz de la tarde postrimera

sonreía a tu enagua en la ribera

la displicente gracia del invierno.


Iba a velar contigo la primera

noche violeta de un país moderno,

el mar sonaba bajo el viento eterno,

la amplitud de su sorda carraspera.


Y como el mar en sus pueriles glosas

prolongara el mutismo de las cosas,

llenó el silencio, coma voz que encanta,

en el suave crepúsculo salino,

bajo tu copa de color marino,

el sonoro giu-giu de tu garganta.

Estabas Muerta…


Estabas muerta entre mis brazos, dormida como

una muerta que se hubiera dormido entre mis brazos.

Y tus rodillas estaban insensibles, ¡tus rodillas de que

ya había desprendido las ligas! En mi pecho había

una flor, una flor tan abierta que daba lástima. Y tus

manos, tus blancas manos para el placer, clavadas en

el cajón! Sólo tus ojos vivian, y tus ojos eran dos co-

pas verdes en que bebías mi locura!


A La Solterona


Las luces del quinqué entristecen la estancia

con el cruel recuerdo de una tarde de ayer.

Sobre la tela antigua, un dibujo al pastel

solloza línea á línea su antigua fragancia.


Ella, la dulce anciana, con su gracia de antaño

toca en el clavicordio un scherzo sin fin,

y llena la tristeza de su empolvado abril

de una melancolía que apenas hace daño.


Él, en tanto, sentado junto á su buena amiga

lleva á su boca lánguida una taza de té,

y posa suavemente sobre el tibio corsé

una caricia vieja de los mejores días.


Sin mirarse, pasean. Oh! los viejos señores,

cómo su voz es trémula recordando el jardín:

ella lloraba siempre... él estaba en París,

y es un discreto pío de viejos ruiseñores:

ella llorando siempre... él lejos... en París...

El Oso


Quebramos nuestro amor sin haber tenido un mo-

tivo verdaderamente serio; yo creo que estábamos can-

sados. Dejamos de vernos. Pero tu recuerdo se me

hizo de tal modo insoportable, que comencé a beber

sin medida, en compañía de un oso a que había acos-

tumbrado al alcohol. De este modo pasábamos los

días en completa borrachera, tendidos en un rincón co-

mo dos inseparables. Entre sus patas velludas, alma

mía, he vivido las horas más felices. Formábamos un

grupo tan cariñoso, tan adorable, que muchas veces,

cuando ya no podíamos más de alcohol y caíamos bo-

rrachos contra una pared, estrechándome la bestia tuer-

temente, sentí que —olvidado todo— no me tuvieras

entre tus brazos!

Tal Vez Ensueño... Tal Vez Ventura


Y sin embargo, a pesar de que no te conocia com-

prendí, al verte, que me habías sido robada, que de-

bías haber sido para mi.


¿Por qué hay actitudes, afirmaciones, apenas son-

risas, que, como el sí de aquella noche, nos rebelan por-

que no son para nosotros? Sin motivos, tal vez sin

que en ningún sueño las hayamos deseado, al realizarse

nos hacen mal, nos insultan casi.


Eso sentí aquella noche. ¿Por qué me engañas-

te, alma mía?


Aún creo verte entre gasas, sobrellevando con ca-

riño tu delicado sueño de gloria. Y al inclinarte sobre

la mesa para coger la pluma, sonreíste con dulzura,

mirándole, sin acordarte de lo mucho que yo estaba

sufriendo porque debias haber sido mía.

Había Llovido…


Había llovido toda la mañana; y aunque ya el cie-

lo estuviera despejado, permanecí hasta el anochecer

rondando el cementerio.


Hacía muchos gestos, mis pasos me llevaban siem-

pre a deslizarme contra las tapias, a lentas zancadas,

en un exceso de atención que estaba muy lejos de ver

verdadera.


Torpes gotas de sudor caían de mis dedos; y apa-

reciendo bruscamente en un recodo, alcancé a distin-

guir un entierro que se acercaba con premura. Sus-

piré con satisfacción, como si yo, en realidad, hubie-

ra estado esperando aquello. El acompañamiento era

grandísimo. Y cuando el ataúd fué bajado a ocho bra-

zos, noté en los ojos de todos algo que no era natu-

ral: ¿ironía? no, más bien apresuramiento. No me

pude contener. Salí de mi rincón y observé a uno de

frente, en seguida a otro, después a otro. Estoy se-

guro de que en diez minutos me paré delante de todos.

Y aquella sonrisa de extravío que era su caracterís-

tica, quedaba para mi en el misterio, tanto casi como

su apresuramiento.


Llevaron el cajón y yo le seguía dando saltos te-

rribles que me costaban inauditos esfuerzos. Colocá-

ronle sobre el tablado, y el sepulturero comenzó a ase-

gurar los tornillos. Sentí de pronto, detrás mío, una

risa tan momentánea que estiré la cabeza con terror:

tal vez hubiera distinguido a la persona, si una ines-

perada pérdida de memoria no me hubiera distraído.

Cogieron de nuevo el cajón para encerrarlo en el

sepulcro. Ya no caminaban, corrían casi.


Entonces, el sepulturero, llamándome aparte, co-

menzó a hablarme en voz baja. No sé por qué, pero

tuve la seguridad de que me iba a decir que dentro

del cajón no había nadie.


La Copa Y La Palabra


Y la ocasión fué tan exacta que a ambos vino la

palabra, en el mismo instante. A lo lejos cayó una co-

pa, como una palabra.


Y estuvo de más pronunciarla.

El Martes, 24 De Noviembre


El Martes, 24 de Noviembre,

bailamos la romántica gavota.

Las señoras brindaban sobre el hombro

sonrisas, fin el raso de las colas

temblaban los reflejos del vestido;

las sedas repetían sus estrofas

en la cadencia de tan muda orquesta;

tus ojos se perdían en la forma

de los verdes jarrones japonistas

y en la nieve de sangre de tu boca

se abrasaba el país de un abanico.

Desmayaba la niebla de tus blondas

en la infinita languidez del paso.


Tras la arcada gemente de las violas

oímos de una voz el dulce acento

la noche de Noviembre, venturosa,

Inspiraba al pierrot dulces romanzas,

acariciando con su frente angosta

la satinada piel de su guante crema.

Italiana


Por tres veces, detrás de la alquería,

era grata á mis manos tu pereza;

el sol se hundió, dorado de tristeza,

en un rayo glacial de hipocondría.


La campana sonó el Ave María,

llenóse de balidos la dehesa,

y los bueyes volvieron la cabeza

lentamente, a aquel cielo de agonía.


La tarde descendió, con luces raras,

á tu triple collar de perlas claras.

Bajo los rumorosos naranjales

miramos sin pensar el dios de yeso,

y en el leño sonámbulo de un beso

grabamos nuestras mutuas iniciales.


¿Te Acuerdas? Me Preguntaste


—¿ Te acuerdas? —me preguntaste estrechándo—

me fuertemente las manos. Y yo te contesté: —¿Te

acuerdas? —¿ Te acuerdas? —insististe con las ma-

nos ya heladas. Y yo te respondí fatalmente: —¿ Te

acuerdas?


Tenías los ojos tan abiertos, que mis ojos se abrie-

ron, mirándote, sin poder hablar, con la pregunta im-

posible, tan juntos que la pregunta había pasado a

nuestras carnes, donde la pregunta forzada seguía hin-

chándonos, juntos, cada vez más juntos, con la pre-

gunta que estaba ahora en los dientes, cárdenos y tan

apretados que la pregunta se retorcía por poder ha-

cerse, como una garganta que llena las mandíbulas, ba-

jo la luz verde de la lámpara inmóvil.


Y cuando vueltos en nosotros, nos vimos en la

sala de baile galantemente reclinados, tú en el piano,

yo a tu lado, me sonreíste con cariño —mirando a tu

alrededor— pensando en la pregunta que forzosamen-

te tenía que hacerte.

El Juglar Triste


La campana toca a muerto

en las largas avenidas

y las largas avenidas

despiertan cosas de muertos.


De los manzanos del huerto

penden nucas de suicidas,

y hay sangre de las heridas

de un perro que huye del huerto.


En el pabellón desierto

están las violas dormidas;

¡las violas están dormidas

en el pabellón desierto!


Y las violas doloridas

en el pabellón desierto,

donde canta el desacierto

sus victorias más cumplidas,

abren mis viejas heridas,

como campanas de muerto,

las viejas violas dormidas

en el pabellón desierto.

¡Oh Mi Amada…!


¡Oh mi amada, muerta para siempre!


Estaba tendida en la cama, entre sus padres que

redoblaron el llanto cuando me vieron entrar. Conser-

vaba toda su hermosura, tan resignada en el agotamien-

to de su palidez, que besé arrodillado sus ojos inocen-

tes, y abracé, lleno de compasión, su dolorida cabecita

de muerta enamorada.


Pasé toda la noche consolando a los pobres pa-

dres. Y cuando al día siguiente besé por última vez

su ilusionada boca, sentí un desahogo inmenso al aban-

donar aquella casa.


¡Pobre amada mía! Te amé viva, y muerta, nada

sentía por ti.


Yo Corría Detrás De Tí…


Yo corría detrás de ti; tú corrías delante mío, le-

vantada la cabeza, los ojos cerrados, presintiendo no

sé qué cercano atontamiento; y sobre el puente que

ecoaba nuestra carrera, la luna a fin de mes se vestía

de amarillo, en una obstinación perdonablemente acia-

ga de maniática disculpable.


Te cogí. Tu falda se alzaba en el viento, como

un peinador de equívoca necesidad; tus manos apre-

miantes acudían a bajarla; y en el silencio de la no-

che, tu carcajada de cristal bajaba hasta el río.


Simulamos tu sacrificio. Reclinada sobre el pa-

rapeto, la esquiva boca debatiéndose entre risas, mi

brazo levantó el fingido puñal, buscando en tu gargan-

ta la claridad precisa. Y de pronto la luna se hizo

oscura, y un disco de sangre que observábamos con

estupor fué invadiéndola lentamente. El eclipse cre-

cía, y quisiste incorporarte. Yo te detuve, no sé por

qué extraña perversión. Entonces, desplegando tu aba-

nico, presa de involuntario miedo, le interpusiste en

el aire. Y quedamos mirando abstractamente el rojo

disco —que transparentaba la seda concreta del país,—

cuyo reflejo iba a esfumar en tu cuello una media luna

sangrienta.

El Buque


El buque que navega sin velas ni casco

es un buque de símbolo que no lleva timón.

Es como una ilusión

que fuera al mismo tiempo un sueño de Damasco.


¿Quién sabe adónde va el bergantín sonoro?

¿Qué destino le empuja o qué armador le construyó

con tanto afán como una moneda de oro

que por poseerla un gran rey se murió?


Nadie lo sabe. Sólo un marinero

que, si lo sospecha, no lo da a entender,

se sonríe al ver

que ya estamos en Agosto, y el buque partió en Enero ...


En los muelles la gente se pregunta angustiada

qué ha sido de ese buque, tan extraño en sí.

Pero, en verdad, ¿no está un tanto velada

la ansiedad de esas gentes que preguntan así?


Preguntan al marinero. Y él dice: yo no sé;

aunque el tiempo sea de bonanza,

suele el mar estar rojo en Bab-el-Mandeb,

y agitado en el cabo de Buena Esperanza.


Y yo, que les acompañó, ni hablo ni respondo.

¿Para qué? Aunque diga la verdad,

buscarán siempre bajo el agua sin fondo

el bergantín sonoro que quise simbolizar...

El Caballero Tenía La Barba Azul


Y así que el fuego hubo devorado completamente

la madera, y la alta pira se convirtió en carbón, como

un muñeco sin igual vestido con modas femeninas, cayó

el noble señor al suelo.


Venía de los próximos huertos un apacible olor de

cereza; quedos ruiseñores hablaban en los setos de una

aventura ideal; la noche era azuladamente obscura; y

en la plaza, ante el resplandor de los encendidos car-

bones, la muchedumbre veía atónita cómo dos brasas

de fuego devoraban los ojos del señor.

—Recuerda, —insistía una madre a su pequeño—

ese hombre fué malo.


Y las mujeres se alejaban señalándole con el dedo,

murmuraban en voz baja el nombre execrable, pedían

perdón por el alma inclemente, marchaban en silencio,

teñidas de rojo las espaldas por el resplandor final.


Fué de noche a altas horas, cuando las doncellas

acudieron a besarle el rostro. Muy cambiado estaba el

noble señor. De su figura, antes tan hermosa que da-

ba pena verle así, el fuego devorador había arrebata-

do los encajes, las sedas, toda la noble carne. Y en su

cuerpo voluntarioso, sólo la barba, por extraña casua-

lidad, había quedado intacta.


Almas llenas de amor, las doncellas vivían largas

horas sobre sus labios, rendían lentamente sus caricias

ya estériles. Y bajo la boca insensible —curiosilla de

zapatitos blancos y dientes de leche, santa querida de la

casa, con pecho tibio y débil cintura de señorita, una

criatura— los deditos caprichosos y angelicales —ju-

gaba con tu barba, caballero Ghil de Rez.

Orellana


Es el grado de las noches incendiarias y crispadas.

Bajo el bronce —cobre— plata de las franjas atrigadas

brama el pújil de cien saltos, de la selva tropical;

repercuten en el borde de los élitros chirriantes

—¡veneciana jaula de oro!— las galvánicas y errante

vibraciones estridentes de las erres de metal.


Tiembla el golpe de la Luna sobre el dorso de los lagos.

Los jaguares somnolientos de neuróticos amagos

runrunean dulces carnes de montmartres ó de harén,

aguzando la violencia de su antojo desmayado

en sus garras perezosas, como símbolo estrujado

tras la curva sobrehumana de una frente de Rodin.


Recrudecen en la sombra los euforbios agresivos;

hincha el crótalo la bilis de sus dientes expansivos

redoblando á la sordina su fatídico tambor;

bate el bronce de un rujido, replegándose en el viento;

cae la noche; y al ataque de un crepúsculo sangriento

calla el bosque americano, todo lleno de estupor.


...Y Que Arquímedes Muriera Midiendo El Ángulo Facial De Una Reina Destronada


Julio J. Jaureche.


Aquella tarde de severas melancolías cayó sobre

ti como una muerte, y al perder el ánima, mis manos

fueron las que sostuvieron tu frente. Estabas muerta de

amor. Subía de tu seno un perfume de labio, un alien-

to de flores pequeñitas que han sido muy besadas, en

que mi recuerdo iba tras de tu caída, prendido a la

orla de tus encajes, tal como una criatura a quien su

madre destetó.


Las horas avanzaban y mis manos estaban torpes

para amortajarte. Yo era rey y tú eras reina. El cas-

tillo estaba lúgubre. Y el viento que secaba tus lágri-

mas llevaba mi lamento, un lamento único, incesante,

monótono, repetido a iguales intervalos como el queji-

do de un pobre animal, —con tus manos entre las

mías, sentado— a la hora de la locura de los reyes 

—en un escabel de bufón.

Te Apreté Entre Mis Brazos…


Te apreté entre mis brazos, ¿recuerdas? y tanto

fué el ruego de mis besos, o tan predestinada tu pali-

dez, que fuiste mía.


Te dejaste tomar, y yo fuí el culpable. Pero, mi-

rándote, tuve la conciencia plena de que ese pensamien-

to te era familiar, y más de cien veces habías pensado

la actitud y expresión que ibas a adoptar cuando ca-

yeras.

Las Desgracias


...Y así fué cómo quedamos en silencio después

de la violenta discusión, mirándonos con asombro y

algo pálidos, sin comprender absolutamente cómo ha-

bíamos llegado de ese modo a quedar en silencio, mi-

rándonos con asombro después de la violenta discusión.


Y algo pálidos...


Ya apenas se veía.


Mirándonos con asombro...

Tu Recuerdo Fué Largo Tiempo


"Je t'adore à l'égal de la voûte nocturne,

ô vase de tristesse, ô grande taciturne!"


Tu recuerdo fué largo tiempo como un perfume

que no se sentirá más debajo nuestro. Mi corazón

latía siempre con el ritmo que había aprendido de tus

tamboriles; tus pájaros italianos murieron de tristeza;

y en mis vastos paseos sin piedad, el sol del Sur tos-

taba mi piel en el sitio que habían ocupado tus brazale-

tes de oro.


Pero los profundos mecheros de gas volvieron a

apoderarse de mí; y en las largas aventuras, tu voz de-

cía de lejos: —¡Carlos, Carlos!


Tu gata te recordaba; y aún después de mucho

tiempo su cuerpo se estremecía y mostraba las zarpas,

cada vez que mi mano rozaba su cuerpo, acariciándola.


¿Qué más para tu recuerdo, ¡oh mi grande taci-

turna, que las aprensiones del süave animal?

“Mi Palacio De Invierno”


En casa había belladona

nuez vómica y pulsatilla;

en forma de varilla

conteníaslas una redoma.


Y esa manzana poma

había sido elogiada en la gacetilla

de un diario. Y la gente sencilla

reíase de esa pueril poma.


Los enfermos, sin embargo, con esa débil sonrisa

en que su voz de haber sido se exterioriza

como una melancolía que alcanza a ser plegaria,

saben el secreto de la larga vigilia solitaria,

en que el recuerdo de un largo contacto de rodilla

vale menos que una leve toma de pulsatilla.

María Elena Tocaba Siempre


Corre, corre mi cordero

salta, salta mi cabrita;

el caballero no vuelve

y aún le espera la niña.


María Elena tocaba siempre en el clavicordio; y

los pájaros que la hubieron oído guardaron de esas ro-

manzas un indefinible encanto. La vieja sala parecía

reanimarse con esas notas de tanta dulzura, que el cla-

vicordio parecía un pecho sensible y querido que en

toda una larga noche no cesó de ser auscultado. Y

María Elena, pura siempre sobre el sueño de su infan-

cia, esperaba la paloma que debía anunciar el regreso

de su bien amado.


Un pastorcillo de la comarca trajo a sus oídos las

noticias de las batallas lejanas en que su señor el Prín-

cipe se batía contra los infieles. La lucha había sido

cruel pero había triunfado. Los moros huían hacia la

costa, abandonando un rico botín y familias enteras

entre ellas la propia del califa.


María Elena esperó dos años la vuelta de su bien

amado. No se sabía nada de él. Los labriegos contaban

susurrando que la hija del califa era muy hermosa,

y era el Príncipe, señor de las tierras conquistadas. Y

los pájaros que hubieron aprendido de memoria las

romanzas de María Elena, huyeron en un suave cre-

púsculo hacia una ignorada región.


Pasaron muchos años. El clavicordio, ya viejo,

sonaba tristemente bajo las manos de María Elena. El

instrumento tenía también el corazón herido, y lloraba

con su dueña. Una noche el clavicordio no sonó. El po-

bre amigo había muerto, como un pobre amigo que

queda ciego de tanto ver correr nuestras lágrimas. Ma-

ría Elena iba todas las tardes a llorar junto al clavicor-

dio, como una señora que quedó de luto.


María Elena vive aún, esperando a su bien amado.

Y su historia es conocida de todas las niñas que espe-

ran, llorando sobre un pobre amigo que puede ser un

clavicordio.

Colores


Era una rosa que tenía nueve colores, y el primero de

estos era un aguijón para los malos hombres.


Azul-Violado-Gris-Rojo-Verde-Oscuro-Blanco-Perla-Lila.


No era menester que fuera. Dado que la primera palabra

es en sí precisa, hubimos de meditar todo aquel

largo día sobre nuestra pretérita aspiración, —siempre

esperado por ellos, buenos e intranquilos— para una

dolencia que, en verdad, supo ser inmotivada, a una

hora en que las ojeras están fatigadísimas, por un angosto

valle de silogismos donde no fuera sensato detener la marcha.

Las Pantallas De Fátima


Niebla y paisaje. Vago hemisferio

que marca un lírico planisferio;

noche de noches y de zafires

sobre la ruta de los fakires;

luna que azula la lontananza

con las turquesas de su romanza;

cielo que empluma los desahelos

con la quimera de tardos vuelos:

en el desierto de locas glorias

donde se angostan las trayectorias.

Tienden las brumas en los mirajes

Su desabrido guipur de encajes.


Luz indecisa de un asteroide

Sobre la negra mancha elipsoide

Y hay un Mar Muerto tras la neblina,

Como una gota de tinta china.

Con Fútil Elegancia


Con fútil elegancia de modelo

—verdes encajes y caprichos gualda—

la banal compostura de tu falda

prolongó aquella noche en mi pañuelo

su pliegue tenaz. La mueca jalda

de una máscara gris de terciopelo

sollozaba y reía bajo el pelo

sobre el frío versátil de tu espalda.


Los champañas sin alma naufragaban;

y en tanto que tus manos se extraviaban,

sonó, con intranquila conjetura,

en el borde estridente de tu copa

desde el vértigo azul de una galopa,

el sordo cascabel de mi locura.

Los Cuarenta Días…


Los cuarenta días habían pasado, y los hombres 

observaban el horizonte. La cena estaba servida. So-

bre los cojines descansaban los cuerpos elegidos. Y ni

una anunciación ni una voz conocida. Llegó el cuadri-

gésimo día. La tarde cayó, y en el horizonte dibujóse

un Cristo taciturno que traía la cruz a cuestas. Venía

cansado y lleno de sudor. Y un perro triste venía la-

miéndole los pies que estaban cansados; venía con él

un perro repelido por todos, un perro miserable que de

todas partes habían echado y que apenas podía caminar.

Y Jesucristo, lleno de humildad, cogió al perro entre

sus brazos cuya desnudez estaba hecha de ternura y

pan eucarístico. Y el perro murió entre sus brazos, mi-

rándole fijamente. Y Jesucristo vio en la mirada del

perro algo que había visto —sólo una vez— en su

propia mirada.

Lemerre, Vanier Y Ca


Bajo la curva, la noche de plomo;

sobre el aliento, vapor de bromo

ata en el cuello fino calambre

con invisible, rígido alambre.


Por la ventana que está entreabierta

la luna muestra su faz de muerta,

desfigurando, tras los cristales,

algunas piedras filosofales.


Se angustia el vientre de los crisoles

en la insistencia de los alcoholes,

y gime en finos ruidos distante

como murmullos subcrepitantes.


Sobre los bordes de la campana

suenan las cuatro de la mañana.


Los negros perros, estremecidos,

lanzan al aire largos aullidos.


Chirrían los goznes de modo adusto

y a la ventana se asoma un busto:

como los muros —en línea recta—

la Luna en negro disco proyecta

sobre la albura del macadam,

como un curvado, trágico escollo,

la calva frente de Claudio Frollo

bajo la sombra de Notre-Dame.

Comencé A Escribir


Comencé a escribir y a dibujar: —fue un pasaje del

año anterior, un éxodo de sueño-ensueño que vagó,

flotó, tremuló, llevando así en una carne de novia,

hostil y enferma, toda la negligencia de mi inverosimilitud.


Fue una intuición de gloria:¡arrodíllate!


Fue una desventura: ¡no me olvides!

Aquel Primer Episodio


Aquel primer episodio fue tan recordado 

en tus sonambulismos, que tu lecho empezó 

a parecer una flor roja de la que conservabas todos 

los sobreentendimientos. A altas horas de la noche 

paseabas por los salones, desvelada para siempre; 

las luces que por ti quedaban encendidas no alcanzaban 

a darte sombra; y para los viejos retratos que sentían tus pasos 

sin verte, eras el alma de aquellas aventuras 

que no se acabaron de contar.


Hermosas, lamentablemente hermosas, tus manos 

no sabían sino desprender las pulseras. Los criados 

fueron despedidos uno a uno. Caíste en un sueño 

profundo y, sola en el lecho, tu respiración fue 

largo tiempo la música del oscuro piano.


Y tus medias de seda eran lo único que en la casa 

guardaba tu tibio resplandor. Y en el lúgubre episodio, 

mi locura era la flor roja sobre la que estabas dormida 

pesadamente.

Tu Agonía


La tarde se moría y en el viento

la seda de tu voz era un piano,

y la condescendencia de tu mano

era apenas un suave desaliento.


Y tus dedos ungían un cristiano

perdón, en un sutil afilamiento;

la brisa suspiró, como en el cuento

de una melancolía de verano.


Con tu voz, en la verja de la quinta,

calló tu palidez de flor sucinta.

La tarde, ya muriendo, defluía

en tu sien un suavísimo violeta,

y sobre el lago de tersura quieta

los cisnes preludiaron tu agonía.

Sin Haber Llegado…


Sin haber llegado nunca a la convicción de que

mi martirio fuera necesario, paseé aquella noche de lu-

na, con el alfanje en la mano derecha y debajo del

brazo un haz de leña. Abraham llenaba mi sombra

y el holocausto estaba próximo.


Caminábamos por una llanura acribillada de sol-

fataras; y en el humo de los acres sulfatos éramos dos

aventureros. El suelo se hundía a cada paso. Una

profunda astricción anudaba nuestras gargantas, y las

pocas palabras que podíamos articular estaban llenas

de rencor.


La senda era larga. Atravesamos una llanura y

después un bosque de limoneros. Después un bosque

de cien leguas. Y de nuevo una llanura. Estábamos

rendidos.


—Decídete— murmuró Abraham.


—No, —le respondí apenas;— más lejos.


Al comenzar de nuevo la marcha, dimos vuelta la

cabeza: el bosque estaba ardiendo como una zarza,

y la palabra de Dios no salía de entre la zarza. Segui-

mos. El paisaje se accidentaba. Huellas de fantásti-

cos animales cruzaban el suelo. La pisada era pro-

funda, el terreno cuaternario bramaba de nuevo, y so-

bre la cabeza blanca de Abraham llovía aún el diluvio

aterrador.


Le miré: el alfanje, suspendido sobre mi pecho,

cayó. Y de la honda herida, los ojos aún cerrados, sur-

gió lentamente la cabeza del cordero.

El Ataúd Flotante


Yo tenía un poco de dolor de cabeza.

En el humo azulado de la azul tetera

flotaba como un alma o una idea severa.

Tenía también —no mucho— un poco de tristeza


Y tu alma flotaba dentro de la pieza

como un humo azulado de alma verdadera

llena de desgracia de no ser la primera

de aquel amor que creó mi eterna pereza.


Las llamas de alcohol mostraban mi vista

anchos y lutos labios color de amatista.

Y tanto allí flotaba tu alma de amazona

que sobre los vapores del verdoso zumo

las moscas acudían, y había en el humo

olor de muchos frascos y de belladona…

Combate Naval


Flamean en el aire los gallardetes

sobre el vientre vacío de inflados foques

y aúna el centelleo de sus estoques

la vanguardia marina de los cadetes.


Repercute en el pomo de los floretes

la arterial valentía con claros choques,

y en el salón distante suenan los toques

de un hipnótico dúo de clarinetes.


Y comienzan de pronto las desazones:

Más alto que el reflejo de los cañones

se extienden en la bruma los catalejos;

y más alto que el humo del carbón de hulla

alza el clarín su grito, y el bronce aúlla

a la mancha de sangre que ve de lejos.

La Mona


Tengo entre los recuerdos de mi juventud 

las memorias inseparables de una mujer 

y un animal: mi novia y una mona. 


Quería entrañablemente a las dos, 

sobre todo a mí amada. Hoy, al evocarlas, 

encuentro tan íntimamente ligados los dos cariños, 

que me cuesta trabajo separar las dos personalidades. 


Con la diferencia de que cuando recuerdo a mi amada, 

nada siento de anormal; y cuando pienso en la mona, 

echo dolorosamente de menos el amor de mi novia.

Juan Había Dormido…


Juan había dormido sobre su camilla de hospital;

y la agonía de la tarde que llegara a la ambulancia reple-

ta, daba un tinte de vida a su pierna mutilada. Y el

estropajo humano era antiguo. Y largo, y llegaba al va-

lle, a los lomos —acribillados a bala— de los ven-

cidos. Y el ejército triunfante se tapaba las narices

ante el insoportable hedor, y las moscas se obstina-

ban sobre el vientre blanco de un general que tenía

una enfermedad en el estómago.

Buenos Aires


En el momento en que me pongo a escribir

brilla una luz de no muy lejos.

Comprendo que tengo que partir,

y limpio el catalejo...


Pero esa luz es un melancólico topacio

o es un colibrí que está quieto en el aire?

Yo voy hacia el puerto despacio, despacio,

y me embarco para Buenos Aires.


Sentado en la popa no pienso mucho.

Mi cabeza linda no lleva sombrero.

Un barco ballenero

me causó una vez risa... pero no, era un falucho.


Y mi vista ve cómo en la distancia

aparece una bella ciudad,

una ciudad tan bella como ví en Francia

cuando era corta mi edad.


Tiene todos los encantos de una doncella.

Yo amo verla, porque me causa bienestar.

Yo quisiera poderla hablar,

y después abrazarla, como se hace con las doncellas.


Es tanta mi alegría que llegan los marineros,

los marineros de tranquilo donaire, 

y me dicen: —¿Qué os pasa, señor viajero?

y yo digo: —Oh, Buenos Aires, Buenos Aires!...


Iré a visitar algunos parientes

que han tenido noticias de mi venida;

veré luego a mis amigos excelentes,

y después pasearé por la calle Florida.


No miraré, por cierto, los grandes edificios.

Y viéndolas tan lujosas, tantas y tantas noches,

comprenderé cómo se hacen sacrificios

por las señoritas que pasean en coche.


Y cuando vuelva, diré, en una fina intriga,

a mi amigo discreto que al oírme sonreirá:

—en mi mano se ha retardado una mano muy amiga,

y tuve de esa señorita la caricia esencial.


Los Faros Remotos


Te había arrojado al mar; y en

aquella noche de luna, tan propicia

para los raudales de lágrimas, te

ibas alejando de la orilla en el fé-

retro azul en que había escondido tu

cuerpo.


Avanzabas lentamente. Con el reloj

en la mano, los minutos que iban

tras de ti eran eternos; la media-

noche estaba próxima; y bajo la

gruta marina que iba a absorberte,

una mortuoria claridad de basalto

acogía el reflejo azulado de tu ataúd.


De pronto la noche se oscureció y

dejé de verte. Ibas a desaparecer.

Entonces, levantando en las tinie-

blas mi brazo que oscilaba de ade-

lante a atrás, a guisa de faro remoto,

brilló la piedra de mi sortija. Y bajo

la tempestad que caía sobre noso-

tros, el fuego sombrío del rubí atrajo

lentamente tu ataúd.

Pasifae


...que valen los besos de tu boca divina

mucho más que la patria del viejo Stendhal.

—Asdrúbal E. Delgado.


Señora, has muerto. El primer canto de los gue-

rreros será para tí, ya que fuiste su reina, sombra de

las estirpes caídas, llevando el estandarte de las razas

a los países ignotos, con tus elefantes y tus arqueros,

tus carros y tus Vengadores, inmaculada aún para la

desgracia del Sombrío Occidente.


El primer llanto de las plañideras será para ti, 

—Reina de gracia eterna;— jóvenes etíopes destrenza-

rán sus cabellos, empaparán de lágrimas sus ojos, un-

girán su cuerpo con aceites lejanos, desgarrarán sus

vestiduras, ¡oh Señora de pasiones fuertes ! serán llenas

de dolor contigo.


Veo el palacio, los jardines que aún no han vola-

do, las piernas velludas de un rey que te deseó. La

ciudad está en silencio, duermen los grandes bueyes,

y el llanto de las plañideras ha cesado, porque los gue-

rreros no cantan más.


Sólo en tu vientre —¡oh Gran Reina desdeño-

sa!— manzana díscola para los paraísos humanos, al-

ma dormida dentro de las caderas, a que sólo los abra-

zos ásperos pudieron despertar, sonará para siempre,

como una voz que preña, el mugido de la vaca de bron-

ce, animada por ti.

Los Pequeños Vapores


Era un soplo la voz del campanario;

y en el escaso sol de la bahía

como un ala de nieve se perdía

la pálida belleza del estuario.


Cantabas, con los salmos del breviario,

vagamente la mística alegría,

cuando era más incauta tu agonía

sobre el ancho paisaje literario.


Y en la tarde propicia de aquel Junio

que azulaba el adiós del plenilunio,

apagó tu fructuosa cantilena


bajo el silencio tibio de mis guantes,

la noche que traía, por instantes,

el lejano clamor de una sirena.


A La Señorita Isabel Ruremonde


Cogiéndome las manos, me decía a menudo: —Ven

ga, amigo mío, ya sabe cuánto le queremos. ¡Ha sido

usted tan bueno con nuestra pobre enferma!


Pálida, débil, vestida siempre de heliotropo de

que era el claro perfume, un poco triste, aun en los días

que fueron menos severos para su enfermedad, su al-

ma se perdió en una corta vida que ella misma —¡oh

pobre criatura!— agostó deliciosamente.


Fué largo tiempo desconocido el mal que la aque-

jaba: —¿Sufres, mi hija? ¿qué sientes, querida mía?

—Nada, mamá. —Y, no obstante, bien visible era

su delgadez, y bien se notaba que mentía, la enferma

señorita.


En Niza, cuando la estación enfriaba los teatros y

en el aire cálido eran los pañuelos más suaves en las

bocas, su plácida agonía se acentuaba más, la dañaba

ser vista, quería estar sola; —ya de lejos para no aver-

gonzar a la señorita, bajó los profusos encajes que as-

cendían a ratos, sus piernas tan delgadas llevaban con-

sigo, como una promesa asaz melancólica, la sonrisa

de los caballeros.


¡Señorita, señorita! qué motivo de pena iba a ser

usted para su familia!


Velaba solo, en la luz de la lámpara cariñosamen-

te descendida.


Me había acercado en silencio. ¡Oh, sí, muy en-

ferma estaba! Blancas las mejillas, los labios ya sin

bondad, los ojos puros aún, en que la abusada agonía

de muchos momentos había fijado una a una —como

violetas de amor— imperceptibles desgracias.


Señorita imprudente —repito— ¿es perdonable

que hiciera usted tan poco caso de la vida?


—¿Es usted, amigo mío? —Sí, querida soy yo.

Y como era ya hora propicia, extendí el vaso hacia su

sensible boca.


—Pero —me dijo sonriéndome dolorosamente—

mis manos...


—¡Ah, es verdad! —Y acariciando casi para no

lastimarla, la ancha pulsera de oro que las unía sobre

los almohadones, desprendí sus manos, manos queri-

das y culpables, manos malas, que el médico mandó su-

jetar a fin de que no martirizaran más a la pobre niña.

Las Bocas Anchas


Desquiciaron las lluvias el bejuco

Del cenador antiguo; y el madroño

Echaba altamente su retoño

En la penumbra del jardín caduco.


Anudábanse en flores de sampsuco

Como un ramo las cintas de su mono,

Mientras ardían en el Sol de Otoño

Las pasajeras fiebres del estuco.


Emanaban los céspedes su amarga

Humedad, Y en la noche de tu sarga

Deshojaron tus fúnebres aciertos


La exhausta longitud de mis posturas,

Como sangrientes rosas prematuras

Entre los labios de los niños muertos.

Mi Nacimiento


Mi nacimiento, en suma, fué como el de cualquiera :

mi madre sonreía con su candor de cera,

la sirvienta prolija buscaba ropas blancas,

y el médico admiraba sus formidables ancas.

En tanto yo gritaba y me callaba a ratos,

tal como los canarios cuando ven a los gatos.


Después vino la infancia con sus descomposturas,

despertando con ella las vocaciones puras.

Todas las criaturas que jugaban conmigo

llevaban de mis dedos la marca en el ombligo;

si bien algunas veces —y éstas no fueron pocas—

ponía mi hombradía ya sólida en sus bocas.

El tiempo iba corriendo, y con él avanzaba

mi afán de hacer posible todo lo que miraba.

Aquellas amiguitas de mi infancia primera,

untuosas por la savia de mi audaz primavera,

continuaron jugando conmigo todo el día,

Inés, Teodora, Antígona, Berenice y María.


Inés era graciosa como una pluma blanca;

hija de una familia poderosa en la banca,

su regia compostura daba placer al hombre.

Mi boca era tardía en pronunciar su nombre

en fuerza de gustarle como una golosina.

Su voz precipitaba la fiebre vespertina


que mata a los amantes de las baladas rusas.

Sus manos deponían ilusiones confusas

en todo. Pocas veces se entregaba de veras.

Era rápido el tiempo llorado en sus caderas.

¡Qué más! poco duraron nuestros momentos claros.

Teodora fué en seguida con sus placeres raros.

* * * * * * *

Su vientre recusaba toda función tranquila,

e iba, triste, siguiéndola, como un perro a la esquila.

Sus sedas exhalaban monótonos delirios,

sus ojos se incendiaban en ardientes colirios,

y entre sus muslos blancos mi vida se fundía

ante el cristal de aquella decadente María.


Fué Antígona la casta doncella. Sus caricias

son para mis recuerdos adorables albricias.

Paseábamos de noche por las frondas caseras

bajo los paraísos que bordan las aceras.

Vivía al lado nuestro; su familia era pobre

como las cercanías de un manantial salobre.

Desde la puerta hablábamos cuando había llovido,

y entonces recogía con su mano el vestido.


¡Cuántos besos volaron en las tardes mojadas!

El viento sacudía sus enaguas caladas,

sus aros; que tenían un ópalo en el centro;

como a los dos a un tiempo nos llamaban de adentro,

soplábamos un beso, riendo, sobre las manos.

Estos idilios blancos son siempre bien humanos.

Todo pasó, no obstante. Una gran epidemia

temblores, fiebre, vómitos; ya casi al fin, uremia,

arrebató su vida, como una cosa fácil,

y así revive ahora su cuello largo y grácil,

la plazoleta, Antígona y su pobreza tierna.


Berenice es el símbolo de la belleza eterna,

su vida es un esfuerzo hacia la forma estricta;

todo lo que —en resumen— la desazón nos dicta

cabe en su esencia, puesto que el sufrimiento crea

el verso, el embarazo mensual de la marea,

la vida, que es un simple esfuerzo, y por lo tanto

llena de contracturas dolorosas; y el llanto

de las recién paridas es igual al chirrido

del cabrestante, el torno o el alambre torcido

que llora con el mismo dolor de las paridas.


Como las Adalgondas nevadas, o las Idas,

Berenice, mi amor celeste era alta y flaca.

Sus manos se afilaban en tersuras de laca;

por la noche leíamos bajo el parral sombrío,

del cual se divisaba la palidez del río.

Berenice tenía dieciocho años. Nada

era tan silencioso como su voz velada;

tenían los rubíes de sus manos desnudas

el trágico decoro de las princesas mudas

que entierran por sus manos a sus amantes muertos…

El Payaso Dormido


Dormía como un niño, con su clara

vestimenta de "clown"; ancho consuelo

daba la ingrata claridad del suelo

a su fastuosa noche de algazara.


Su boca carmesí, de tinta rosa

reía alegremente bajo el cielo,

afirmando esa púrpura hasta el pelo,

el almidón espeso de su cara.


Desvirtuaba ese caústico diseño

toda posible placidez de sueño.

Movido a compasión tracé a su frente

en las dos comisuras de su risa,

una pequeña diagonal de tiza

a fin de que durmiera gravemente.

Toda La Noche


Toda la noche había estado sentado en un rincón de la sala, con las manos sobre las rodillas, sonriendo dulcemente a las parejas que pasaban bailando. Era una delicada visión de baile, solo, asombrado y enfermo, a ratos tosía, se llevaba el pañuelo a los labios y oprimía con solicitud cariñosa su pobre pecho. Con los compases de la orquesta se mezclaba su seca tosecilla.

Pasó una máscara y se detuvo mirándole.

—¡Pobrecito! —exclamó.

Él sonrió débilmente, tratando de levantarle el antifaz con su dolorida mano. La máscara huyó riéndose. Y él volvió a los espejos su enharinada cara de Pierrot, bajo la cual dos manchas de vivo carmín agonizaban en los pómulos, tan rojas como las manchas del pañuelo que se llevaba a la boca…

El Tonel De Amontillado


Poe dice que, habiendo soportado del mejor modo posible las mil injusticias de Fortunato, juró vengarse cuando éste llegó al terreno de los insultos. Y nos cuenta cómo en una noche de carnaval le emparedó vivo, a pesar del ruido que hacía Fortunato con sus cascabeles.

Frente al gran espejo de vidrio, fijo en la pared, Fortunato me hablaba de su aventura anterior —el traje aún polvoreado de cales— preguntándome si quería verle reír. La verdad de aquella identificación tan exacta con el noble Fortunato me divertía extraordinariamente, tanto como sus cascabeles, algo apagados, es verdad, por el largo enmohecimiento.

Las parejas que cruzaban bailando no nos conocían: es decir, conocían a Fortunato, pero éste fingía tan bien las risas de Fortunato y, además, estaba tan alegre, que nuestra estación frente al espejo de vidrio fue completamente inadvertida. Y del brazo, recordándome sus anteriores injusticias, pasamos al bufet, donde bebimos sin medida.

—Esto es champaña —me decía Fortunato—; reaviva las ofensas.

¡Pobre Fortunato!

—Esto es oporto. Para darle aroma lo tienen largos años encerrado en las cuevas.

Grandemente me divertían las disertaciones de Fortunato. Fortunato estaba borracho.

—Esto es vino de España. Le atribuyen la virtud de apresurar las venganzas.

¡La venganza, la venganza! le apoyaba yo a grandes gritos. Estas extravagancias de Fortunato, tan características en él, me eran muy conocidas.

—Vamos —me dijo. Y descendiendo juntos la escalera, a pesar del trabajo que me motivaba su pesadez, llegamos a la cueva. En el fondo había un barril de vino y Fortunato gritó—: ¡Amontillado, amontillado! Fue de este modo.

Y cogiendo una vieja pala de albañil —las cadenas fijas en la pared— me miró tan tristemente, que, para no soltar la risa, fingí tener miedo.

—¡Fortunato! —exclamé corriendo a abrazarle.

—¡Bah! —dijo. Y mientras mis ropas se humedecían de cal centenaria, me gritó clavando la puerta:

—¡Por el amor de Dios, Montresor!

—¡Sí! —me apresuré a responderle—. ¡¡Por el amor de Dios!!

Venida Del Primogénito

I

Con la estación que había llegado, el cielo se apaciguó por varios días; y en los yermos plantíos a que trastornaron los chubascos sin fin, la mano del quintero puso un poco del orden que era necesario. Por el sol de los establos lejanos las jóvenes vaqueras cruzaban con ramas floridas; las brisas tornábanse livianas; los pavos reales —recobradas sus grandes plumas— exhibían como reinas quietas su decorativa visión.

Y como la fecha de nuestros esponsales fuera ya algo fugaz, bajo el aire matinal en que tu cintura iba —como una asaz joven señora— a buscar el apoyo de los grandes árboles, el nanzú de tus corpiños, los cinturones difíciles, las faldas oscuras que para mi comenzaban a ser sensatas, supuse que podrían muy bien ser las ropas de una mujer encinta.

II

Y surgieron las primeras entrevistas: Juana, la hermana menor, a quien el piano era grato; Estela, bien amada del padre, dormía con lámpara encedida; Doralisa, cuyas equívocas amistades atrajeron sobre sí la vigilancia materna; Perdigona, hábil en el manejo de la casa, era la mayor de todas.

Las cuatro hermanas, en compañía de la que debía ser mi esposa, me escuchaban como a un hermano mayor que hace preguntas sencillas. Y decía a Juana: «El piano es en verdad difícil instrumento». Y preguntaba a Estela: «¿No temes desvelarte con la luz encendida?». Y a Doralisa decía: «¡Ten cuidado, joven incauta». Y a Perdigona, hacendosa: «Difícilmente ¡oh Perdigona! se hallará precio a tus virtudes».

Familiar así a sus caracteres, unime con ellas en plácido cariño; de modo que la noche en que la iglesia fue para nosotros bien emocionante —vestidas desde temprano, Perdigona primero, luego Juana, después Estela, Doralisa última de todas, en el último cortejo—, las cuatro hermanas nos seguían. Nuestra casa de novios fue alegre mientras cruzaron sus maliciosas sonrisas. Y sólo yo con mi esposa hubimos de abrazarnos con ternura cuando —abiertos los sobres que nos dejaran las cuatro hermanas— leímos en cada uno de ellos el nombre elegido para el que debía ser retoño de mi raza.

III

El señor obispo, amigo y protector de mi familia, nos favorecía con su amistad, y sus recuerdos prolongaban las veladas como una voz cordial que predica desde el lago: eran niños comulgados, a veces, cuyos labios gustaban la sagrada hostia; jóvenes campesinas que hicieron dos jornadas para ver al obispo en misión; tardes de piadosos besos, en que sus manos eran muy estrechadas, detalles múltiples que no siempre fueron puros. Y nuestro venerable amigo, inclinándose a mi oído, me contó como en una noche venial se sustrajo —nerviosas aún por las riendas de los grandes trotones que volvían de las carreras— a las manos áridas de una mujer en deseo.

IV

En pos de la primavera llegó el verano, y en esta estación, como en la bella fábula de La Fontaine, hice con mi esposa largo acopio para el invierno. Por los primeros días de abril, las cuatro hermanas venían a buscarnos y salíamos. Doralisa, ufana de mi brazo, establecía las distancias, y en el claro otoñal de las florestas me mostraba, riendo, la escasa vigilancia del guardabosque, enamorado como una mujer.

Luego, Estela huía de las alamedas demasiado umbrosas; la hermana menor y la mayor pescaban; Doralisa, despierta, reñía alegremente conmigo. El día deslizábase así, lleno de plácidas horas, hasta que mi voz llamaba al retorno, cuando Juana y Perdigona —recogidas las blancas enaguas— subían a pie enjuto la húmeda vertiente. Y en los paseos aquellos para los cuales Estela, temerosa del frío, no abandonó sus cortas capas, justo es decir que mi esposa llevaba a nuestro primogénito en brazos.

Jesucristo


Con el chaqué prendido hasta la barba, trasnochado y el paso recto, marchaba Jesucristo por la Avenida de las Acacias, quebrando inconscientemente una rama caída entre sus guantes gris acero.

El bosque estaba desierto, la noche finalizaba. Los árboles emprendían su tiritamiento en la madrugada lívida, sobre el galvánico resplandor de la gran ciudad, sobresaltada allá abajo en su nervioso sueño. Rodaba por el suelo una confusión de hojas secas que el viento arremolinaba, espiralaba, desparramándolas por los lagos helados.

Jesucristo marchaba con la cabeza baja. Sobre el pecho caía su rubia barba de israelita —cortada en punta— aún despeinada por los estremecimientos de las inolvidables agonías. Sus ojos, cargados de amor, no miraban. Su elegante silueta, oscilando por la avenida, adquiría —tras la bruma— el impreciso espanto de las forma sonambulizadas que caminan hacia atrás.

Tuvo en escalofrío. Alzó hacia el cielo su cabeza sobrehumana, y se internó en las alamedas laterales, congestionadas —allá a lo lejos— por una tardía aurora. Una blanca sombra desprendida desde el lindero le hizo dar vuelta la cabeza: sombríamente intercalada en una fila de árboles deformes que el encantador exotismo de un ministro trasplantara desde una remota península colonial, una cruz distendía sus brazos entre la floración de aquella savia grotesca, viciosamente contractada en dolorosas ampollas como un brazo que no se levantará más, reproduciéndose a lo largo de las ramas enflaquecidas, irradiando graves erisipelas, terminando —allá en el extremo— en una intensa tumefacción de todos los tejidos que doblaba la savia como oscuros miembros mal amputados, de la cual el árbol entero —astringiéndose— parecía sentir la incalificable torpeza.

Elevaba sobre las inscripciones del pedestal la blancura de un Cristo moribundo, lleno de úlceras y de resinas corroído por el ozono y las pedradas infantiles, perfilando en la luz naciente la retorsión de su interminable agonía, sobre cuya carne tragedizada la madrugada lívida comenzaba a sudar.

Una ráfaga de viento vino de lejos azotando los árboles, levantó un remolino de hojas, giró llena de polvo, pasó.

Jesucristo miraba siempre; con lenta curiosidad, pronto el monóculo, acercó sus pasos a la cruz de mármol, hundido de lleno en el recuerdo solevantaba un peso imaginario con sus hombros de forzado.

Pasó una segunda ráfaga. Sus cabellos se enmarañaron, bajo la mano enguantada que les sostuvo. Sonriendo, púsose a contemplar ese símbolo de su antigua derrota.

* * * * * * *

Hijo de oscuros plebeyos, exacerbada su juventud por una repentina vocación de apóstol, se veía rodeado de pescadores y nazarenas a quienes explicaba modestamente la Teoría de los Humildes, predicando la buena nueva en una boda de Canaán, con su mirada triste de renunciado.

Después era el doloroso peregrinaje de tre años, lleno de santa paciencia bajo el cielo hostil de la Palestina que huracanaba sus palabras —su buena palabra de bondad—; codeado, repelido, azotado, su infinito amor sembraba la semilla redentora, era besada su oscura túnica, eran ungidos sus cabellos, marchaba amorosamente al desastre, con sus pobres pies heridos sobre los que María Magdalena lloraba silenciosamente. Más tarde, se veía de nuevo con la cruz al hombro entre una incesante rechifla de galileos, sistolizaba su corazón un pensamiento de duda, ascendiendo un martirio que desplomaba sus espaldas en la imprevista visión de un gólgota sobrehumano.

Y luego, sobre la cruz, era una heroica necesidad de triunfo que refrenaba sus gritos. Olvidado tal vez de su doctrina, quería ser victorioso. Ya, acaso, no era el predicador, era el hombre expuesto a al befa de diez mil mercaderes, calcinado sobre los insultos, ansiosamente espiadas las mínimas contracciones sufridoras de su débil contextuar, en que el orgullo iba midiendo su agonía, a las tres de la tarde.

* * * * * * *

A lo lejos, la ciudad despertaba.

Un sordo murmullo de eclosión venía de París, que el esfumino de un toldo de humo —glasgownando el paisaje— lapizaba tras las últimas alamedas. La bruma estaba disuelta; el cielo se abría en un claro de pálida extenuación.

Jesucristo miró todavía el Cristo de mármol, y una ligera sonrisa no pudo dejar de acudir a sus labios. En la cruda resurrección del pasado que llegaba a sus ojos, bajo el refinado petronismo de su existencia impecable, dilatábase el asombro, no para el esfuerzo, sino para la buena fe con que había cumplido todo aquello, la intensa necesidad de elevar al pueblo, le puro salvajismo de su sacrificio, con el Desastre final, tres horas de irretornable tormento que secaban su garganta, en la evocación de una agonía que pudo ser trágica y no fue sino bárbara.

* * * * * * *

Una claridad más intensa inundaba París. Apartó lentamente los ojos, en que un profundo violeta idealizaba la fatiga. En seguida, sin encogerse de hombros, prosiguió el camino estremeciendo en la marcha de sus largos bucles —última coquetería del pasado— sobre los cuales un rayo de sol, penetrando furtivamente por el ramaje, hacía juegos de luz.

El Guardabosque Comediante


En el fondo del bosque, entre una verde aglomeración de abedules y tamarindos, vivía un pobre hombre que se llamaba Narcés. Era bajo, amarillo y triste. En su juventud había sido cómico de un teatro de aldea. Usaba barba que no peinaba nunca, y monóculo, al cual se había acostumbrado en las farsas en la escena. Sus penas le habían vuelto distraído. Caminaba con lentitud indiferente, abriendo y cerrando los dedos, envuelto en una larga capa que arrastraba a modo de toga.

Solía suceder que, levantándose tarde, se lavaba y peinaba con cuidado, ajustaba correctamente su monóculo, y tomando el camino que conducía al pueblo marchaba gravemente. Al rato murmuraba: "Yo soy romano y negligente". Se detenía pensativo y bajaba la cabeza. Después continuaba su marcha. Pero las más de las veces se volvía de pronto y comenzaba a deshacer su camino, lleno de distracción y tristeza. En el resto de esos días quedaba aún más encogido de hombros, y abría y cerraba con más frecuencia sus manos.

Por lo demás, era inofensivo. Su gran diversión consistía en ajustar un papel cuadrado a los vidrios de la ventana, y contemplarle de lejos.

En las rudas mañanas de invierno iba a sentarse a la linde del camino, y, arrebujado en su capa, soportaba el helado cierzo que le hacía tiritar.

No se movía de allí hasta que una pobre mujer cualquiera pasaba temblando de frío. Entonces la saludaba, retirándose satisfecho: "He sido galante", se decía.

Una vez encontró en un rincón de su cuarto algunos viejos libros que le sirvieran de enseñanza para el teatro. Pasó tres días encerrado. Al cabo de ese tiempo salió con una larga espada de palo y el rostro sombrío. Fue al pueblo —era de noche— y se apostó en una esquina, observando de soslayo las desiertas calles. Como después de mucha espera pasará una dama, fue al encuentro de ella, detúvose, colocó su mano izquierda en la cadera, avanzó la pierna derecha, dobló ligeramente la otra, se inclinó, sacó su sombrero, y dijo graciosamente:

—Señora de mis ojos, ¿es que vuestra merced quiere mi vida?

A pesar de todo, era un buen hombre a quien su poca suerte, sin duda, había vuelto algo distraído.

Era guardabosque. Las chicas se reían de él, y los rapaces le seguían cuchicheando. El extraño adorno de sus ojos llamaba la atención de las comadres que le señalaban con el dedo cuando iba, raras veces, a hacer sus compras al pueblo. En esos casos tomaba porte señoril y daba grandes zancadas.

Sucedió que una muchacha oyera escondida sus monólogos, le susurró al pasar: "Soy romano y negligente". Esto le dejó pensativo por tres días.

En consecuencia, una tarde cogió el palo que le servía de bastón, calzó las grandes botas, y fue a llevar una carta a su señor que vivía a muchas leguas de distancia. Dejó el papel a los criados y se retiró. Como entregaran el sobre al señor, éste, abriéndole, leyó —escrito en gruesos caracteres perfilados que denotaban un paciente estudio del carácter de letra que debiera adoptar—: "Soy romano y negligente".

Tenía, entre otras manías, la de resguardarse del canto de las ranas. Se cuidaba de él, pero a manera de avestruces, esto es, ocultando la cabeza detrás de un árbol u objeto cualquiera. Su canto —decía— puede ocasionar una instantánea regresión a la célula, sólo con que las ondas sonoras repercutan en nuestro centro.

Dialogaba con los cazadores furtivos, observándoles burlonamente con su monóculo.

"Merodear —solía decirles— es como buscar un traje nuevo".

Y enseñaba el suyo rotoso con compasión.

Nunca se acostaba sin antes trazar con tiza una línea recta en el suelo y colocar encima su sombrero.

Los domingos cazaba; pero como nunca ponía plomo a las cápsulas, las aves, al volar, le sumergían en hondas cavilaciones. En uno de estos sucesos mandó una larga disertación al magistrado del pueblo, con este título: "Del pomo como factor indispensable en la caza".

Sabía latín, que no había aprendido, y recitaba versos en inglés.

Su estribillo era: "gocemos de la vida".

Tenía sentencias propias, escritas en un viejo abanico Imperio, adquirido no sabía dónde. He aquí una de ellas:

"La raza es el justo medio. A regularidad, siglo. Cuando las razas degeneran, los superiores avanzan. Degeneración quiere decir exaltación. Un águila vuela: los papanatas—sapos abren la boca. Como no pueden volar, se arrastran. Entonces proclaman que el que no hace como ellos, peca".

Otra máxima: "Seamos prudentes. ¿Qué quiere decir prudencia? Coordinar los medios de modo que nos produzcan el mayor goce posible. Obremos tal como nos sentimos inclinados a obras; esto es, seamos prudentes".

De todos los recuerdos de su vida anterior, sólo conservaba uno sombrío. ¿Mucho tiempo? Sí, ya casi no recordaba cómo había sido.

Era gracioso de la compañía. Sus compañeros se burlaban de él, y le pegaban sin motivo alguno. Pero era tan bueno que sonreía dulcemente. Una noche le convidaron a cenar, porque la dama joven, que cumplía años, le tenía compasión.

Era una hermosa fiesta, llena de alegría y de señoras. Cuando entró con su vestido desgarbado, sonriendo con timidez y dulzura, como si quisiera pedir disculpa por su presencia, todos le aclamaron a grandes gritos. Uno le tiró del saco, haciéndole caer para atrás; otro le arrojó vino a la cara, un tercero le embardurnó la cara con pasteles, otros le hicieron caer de rodilla, colgándose de sus hombros. Y así todos, empujándole, maltratándole, sirviendo de juguete a los caballeros alegres. Pero él se limpiaba sin protestar, sacudía su ropa, pedía casi perdón por su pobre figura.

Cuando se cansaron de él, abandonándole, fue a sentarse en un rincón, con las manos sobre las rodillas. No hacía ruido, por temor de ofenderles. Miraba la creciente alegría de sus compañeros, siempre en su silla, pues no se atrevía a tomar parte en la fiesta. Por eso cuando el primer actor se le acercó, ofreciéndole una copa de champaña, rehusó, apartando dulcemente el vaso.

—¡Que beba! ¡que beba! —gritaban todos.

—¡Bebe! —repetía el actor.

Pero él insistía en su negativa. Como nunca había bebido, temía le hiciera mal. Acudieron todos: uno le sujetó los brazos, los demás le levantaban la cabeza, tirándole del cabello.

—¡Pero déjenme! —repetía el pobre, debatiéndose—. ¿Qué mal les he hecho yo?

—¡Que beba! ¡Que beba! —vociferaban.

Y tuvo que beber, y le abandonaron. Al rato insistieron de nuevo y volvió a beber. Y así, cuatro, cinco, seis copas de champaña.

Se abría para él un mundo nuevo, una convicción tan serena y sencilla de que él estaba a la altura de sus compañeros, que entró en el grupo de las señoras, dirigiendo —sonriente— frases de fina intención.

Sus ademanes eran gratos, tenía alucinaciones. De pronto se sintió con exquisita potencia de voz, y cantó una romanza galante, marcando con el índice el compás.

No permitió que le aplaudieran sino una vez que se hubo parado en una silla. Y entonces, sacando la cadera, aplaudió a su vez con suave gracia.

Luego entró en un período de exaltación amorosa. Abrazaba a las damas y les besaba los ojos. Se colocó un sombrero de mujer, y caminando afeminadamente, exclamó: ¡Ved el amor que pasa! En seguida bebió sin interrupción una botella de oporto.

Tenía sed. Bebió más. Cuando la fiesta hubo concluido, se fue con la primera dama a quien agradaba su estado anormal. Es gracioso, decía. Soy galante, insinuaba él, estrechándola. Estaba completamente desvariado.

Luego no recordaba bien lo que había sucedido. En casa de ella tuvo delirios, horas indiscutibles, en que tal vez la locura hizo presa de él.

Su crimen, por el que fue condenado a cuatro años de prisión —pues se le reconocieron causas atenuantes— le había hecho sufrir al principio, luego le había molestado, después le ocasionó orgullosa ventura. Había llegado, en pos de hondo examen, a la conclusión de que el pasado no existe, y todo individuo deja tras de sí millares de otros individuos que son los que han llevado a cabo las diferentes acciones del yo anterior.

—Con mucho —decía— yo seré un descendiente lejano.

"El que mata —escribió una vez— tiene dos yo: el suyo y aquel del cual se apropia. Es un avance a la absoluta individualidad. He observado que todos los que matan violentamente asimilan algunas de las cualidades de la víctima. Esto prueba la necesidad de matar, en la oscura persecución de un modo que falta al yo." Una vez concluida la carta, la encerró en un sobre y la llevó al correo con esta dirección: Al señor Narcés, guardabosque. Esperó lleno de impaciencia la carta, y cuando la recibió y la hubo leído, exclamó satisfecho: "Estoy conforme conmigo mismo".

Los años pasaron, y Narcés vivía siempre en su casita del bosque con la suave dulzura de su existencia sin preocupaciones de ninguna clase. No había perdido sus costumbres: su placer consistía, como antes, en el pedacito de papel cuadrado y su monóculo. Pero una mañana se olvidó de colocárselo, y sonriendo con tristeza comprendió que su vida cambiaba.

Aunque Narcés se había deshecho de todo lo que le recordara su vida anterior, y vivía en su pobreza olvidado de todo, guardaba, sin embargo, algunos libros de literatura en los que en su juventud había hallado un molde casi perfecto. Dentro de un cajón estaban esos libros; y la madrugada que le vio sin monóculo pasó sobre él, como una mano helada que pasa sobre la frente, y Narcés desenterró esos libros y formó con ellos un espejo en el que su vieja alma no tornó a reflejarse.

Llevaba en su cabeza la verdad literaria de dos mil años, axiomas, teorías y purezas gastados en el silabeo secular, y toda esa llanura de blancos corderos y almas rectanguladas era un antiguo paisaje, para cuya existencia de soñador en voz alta tenía que se forzosamente precario. Sus ideas de pobre viejo tenían la extravagancia de los grandes esfuerzos que nunca pudieron ser útiles, y la desolación de su vida comenzaba a llorar el vacío de los no gozados amores. Y así la regresión a una edad que estaba muy lejos de ser la suya desequilibrió su organismo, y Narcés paseó el cansancio de su esterilidad durante noches enteras entre las cuatro paredes de su cuarto, extendiendo la flaca mano suplicante como un mendigo que llegó retrasado a las regias distribuciones de amor.

Una mañana de invierno fue al pueblo y entró a una tienda—librería—confitería. Aunque las obras literarias llegaban raramente a aquel perdido rincón, en ese día, sin embargo, el escaparate guardaba dos o tres libros nuevos. La extraña carátula de uno de ellos le llamó la atención: sobre un dibujo atormentante, leyó el título: El triunfo de la Muerte. Y lo compró y lo leyó en una tarde y una noche. Al otro día tuvo fiebre y se metió en la cama.

Él ya no podía más.

Las bruscas revelaciones de la obra marcaron el derrotero de su pobre alma sin guía, y todo el tranquilo llanto que enjugara con sus manos cayó sobre el libro, sobre sus viejos vestidos que lloraban con él.

Al cabo de tres días se levantó.

Era de noche, y afuera la borrasca clamaba incesantemente. Con sus manos trémulas encendió fuego y pasó dos horas ordenando los carbones encendidos.

Después se levantó, cogió el libro, y besando el nombre del autor, arrojó al fuego aquellas páginas queridas. La llama se hizo poderosa durante un minuto, fue disminuyendo en pasajeros recrudecimientos, se pagó, se avivó repentinamente, se extinguió del todo.

Narcés abrió la puerta. Los abedules y tamarindos, blancos de nieve, estaban a dos pasos. El frío era agudo. A lo lejos aullaban los lobos.

Sin sombrero, sin capa, incaracterístico como una sombra que se hizo viviente sólo para caminar, comenzó la marcha hacia el bosque; los lobos aullaban más cerca.

Narcés se internó en la blanca masa de árboles, lentamente. De pronto los aullidos cesaron y detrás de Narcés brillaron dos puntitos rojos. Y desaparecieron. Narcés caminaba con la cabeza caída. Al rato había cuatro. La figura del viejo iba decreciendo en la distancia. Al rato había ocho. En las tinieblas se oía un seco castañeteo. Al rato había veinte; y los puntos rojos marchaban detrás de Narcés, en un semicírculo que se acercaba poco a poco, cada vez más cerca, más cerca, a la lejana silueta del viejo heroico que se perdía seguid de la bandada de lobos.

De Narcés nunca más se volvió a saber nada. El señor de los dominios, enterado de su desaparición, puso en su lugar a un guardabosque sensato, grueso, bonachón, que nunca tuvo la ocurrencia de ir en una noche de invierno a pasear por el bosque.

Cuento


Recaredo volvió la cabeza e hizo girar suavemente la guía de su máquina. El carruaje que estuvo a punto de atropellarle, un elegante cupé, pasó a escape entre un raro ruido de cadenas que el desorden del precipitado galope hacía más timpánico.

Una nube de polvo, sobre la boca abierta de los espectadores, ahogó la carrera.

Dejó la bicicleta; paseó, miró; el sol de un atardecer de verano, ya en el horizonte, incendiaba las lejanías inacabables, llenaba de oro las pulverizaciones del macadam, flotaba en los átomos, bajo un venturoso cielo de rosa en que iba a abismarse la difusión amarillenta de los soles decrépitos. Los surtidores de agua se elevaban sin inclinarse, las melodías se hacían oscuras, los bambúes del invernáculo recostaban sin espera en los cristales, como en un pecho para el cual hace tiempo somos indiferentes, su desmesurada delgadez. Y en las ya silenciosas avenidas la extenuación se hacía metódica, sobre un perfume que tarda siglos en aspirarse, sobre un tono que no puede sostenerse por más tiempo, sobre una mano —a la hora en que se conoce de lejos a las mujeres enfermas— en su dolorosa ineptitud.

Adolescencia cruel, idealidades fácilmente disyuntivas, Recaredo huyó muy pronto de las universidades, destrozó muchos ídolos, fue lleno de similitud con las ideas raras. En pos de cada crisis, no obstante, mucho de lo muerto iba con él, marchaba con los fragmentos de su ídolo debajo del brazo, avanzaba herido y lleno de dolor, como esos pobres mutilados que para caminar tienen que apoyarse a guisa de bastón, en el miembro tronchado. Recorrió los hospitales y en cada camilla se detuvo con desconfianza, mirando bien en los ojos a los poetas que estaban malditos. Pero en la escasa luz de la sala, el cerebro perturbado por un advenimiento excesivamente radical, bajo la influencia de un fonógrafo distante en que una manipulación bien amistosa lograba dar a las voces igual intensidad, no pudo apreciar las miradas.

Volvía lentamente a la ciudad, y su última tentativa de redención acudíale a la memoria, una aventura deshonesta que el marqués de las blancas rodillas hubiera hallado sensible. Y recordó cómo había caminado largo rato con el amigo, ya sin hablarse ¿para qué?, la sombra grotesca de las aspas de un molino, que van a ser rotas ante el cristal de su mirada, y el espíritu del otro lleno de asombro, como esas flores populares que defendieron su frescura del baño de los grandes colores químicos.

Miró el estanque: un yerto reflejo de luz iba a descansar en las aguas dormidas, que el recuerdo tan próximo de los grandes soles tornaba imperecederas.

Largo rato observó en el fondo —como una novedosa placidez— el colorido temblor de los pececillos fluviales.

Ya el sol empañado de aquel día había anunciado uno de esos crepúsculos tristísimos en que se sufre sólo porque la luz desaparece y las cosas se ponen oscuras. Hacia el cielo del Oeste, una gran mancha amarilla iba hundiéndose tras el horizonte. El aire, privado de movimiento, flotaba sin sentido, como una gran ola vacía y muerta. Las luces languidecían, los contornos se entregaban. La gran sombra venía del Este, invadiéndolo todo. Había en el aire, quedaba en la atmósfera pesada y sin aliento, una abatida suspensión de músculos, una esplinítica visión de cabezas y brazos caídos, que no venía de ningún presagio, que estaba allí, en lo que se vivía y respiraba.

Los objetos filtraban silenciosamente la glacial media luz de aquel crepúsculo estancado. Ni una brisa, ni un color, ni un pájaro, ni un ¡y! El cielo estéril, de una transparencia de vacío, caía a plomo sobre el paisaje, ahogándolo.

Luciano levantó la cabeza y miró tras de su cansancio, más allá de la última sensación perceptible, la amarga insipidez de aquella existencia en que el malestar y el sin objeto parecieran maltratarle en las mínimas acciones musculares.

Blanca miró el paisaje y miró la cabeza caída de su amante. Y volvió a mirar el paisaje mortalmente deprimido, sin fuerzas para volver los ojos.

—¿Volverá hoy? —murmuró él.

—Sí —contestó ella dejando caer las manos.

No hablaron durante diez minutos.

—¿Me amas todavía? —interrumpió Luciano con la cabeza completamente caída.

Una intensa inmovilidad detuvo la respuesta, mientras sus pestañas se abatieron sobre el surco violeta de sus ojos...

—¿Y tú?

No contestó. Apenas quedaba un glacial resplandor en el horizonte. Sus sombras crecían en la silenciosa humedad. Él dijo apenas:

—¿Crees tú que sepa algo tu marido?

—Creo que no.

Y susurró, completamente transido de desaliento:

—Y si lo supiera, ¿qué harías?

—Amarte siempre.

No dijo más, ni hizo movimiento alguno. Sólo, bajos sus cabellos caídos, su cara tediosa cayó...

Después se levantaron, tomaron el camino de la quinta, arrastrando por la árida carretera sus dos siluetas, una blanca, la otra negra, en que los brazos parecían colgados de los hombros...

Concluida la cena, quedaron solos.

Recaredo había vuelto a las siete, contento de sí mismo.

La impresión de su libro marchaba adelante. Su orgullo de autor iba a ser cumplido; y aunque consciente de que su literatura golpearía sobre el bondadoso criterio común, como una arista demasiado fina, él llevaba consigo el aplauso de su verdad.
¿Lastimaría?... Sin duda alguna. Era bueno. Serán de oírse los gritos: ¡¡La moral moderna!!... ¡Bah! Después de todo, quizá tengan ellos razón. ¿Para qué esforzarse en hacerles comprender la naturalidad de esto o aquello…

Y su espíritu se abandonó, suspendiéndose un momento en el incesante desvarío de cristal que busca su vibración de acero sobre el gran vidrio de lo vulgar y útil.

Tomó unas pruebas de su libro, que había corregido a la ligera, y comenzó a leer, abismado en el recuerdo de sus primeras luchas:

...y levantando la copa, habló estremecido, lleno de luz en los ojos y de fe en la nueva vida que darían a las letras. Sí, eran ellos, los señalados por el Índice de la Suprema Forma, los que abrirían el surco donde quedarían enterradas todas las restricciones, todo lo que se esconde y falta, para fertilizar el germen nítido y vigoroso de la Escuela Futura.

Ellos tenían la percepción de los abstracto, de los finamente subalterno, de lo levemente punzante, de lo fuertemente nostálgico, de lo imposible que —al ser— cristaliza en roca. Sensaciones apenas, desviadas y precisas que fecundarían el supremo arte, porque en ellos estaba la fuerza de las auroras y de las noches, la fe, que preña lo que no nos es dado ver, para que las generaciones futuras tuvieran un arte tan sutil, tan aristocrático, tan extraño, que la Idea viniera a ser como una enfermedad de la Palabra.

Era su triunfo, el de los que habían visto algo más que un desorden en la incorrección de un adjetivo, y algo más que una tensión vibratoria en el salta audaz de ciertas formas de estilo.

Otra vida para las letras, porque los hombres eran otros. El Clasicismo había representado; el Romanticismo había expresado; ellos definían. Nada más.

Sí, definimos, repetía en su exaltación creciente, definimos todo lo inenarrable de esos estados intermediarios en que un simple latido, bajo cierto equilibrio de palabras, puede dar la sensación de una angustia suprema; en que las más ingenuas desviaciones de la frase, aun los rubores más inadvertidos, responden, al ser auscultados, a un acceso de sorda fiebre, de delirio restringido en el tórax.

El break se detuvo, y Recaredo —doblando las pruebas— bajó del carruaje, abrió la verja, atravesó los jardines, tomó los corredores, hizo sombra un momento, desapareció.

Habían quedado solos después de cenar, en la sala débilmente alumbrada. El jardín parecía ahogado en la calma húmeda de aquella noche de septiembre. Luciano encendió un cigarro y fue a arrellanarse en la butaca, reposando sobre los brazos de aquélla la inerte distensión de sus nervios, con la expresión cansada del que ha perdido el rumbo y no tiene absolutamente fuerzas de deseo para buscarle.

—¿Te has divertido mucho? —le preguntó Recaredo.

—Bastante.

—Como te dije, mi libro aparecerá en octubre.

Luciano apenas oía. Recaredo se asomó a la ventana y miró el cielo, fríamente lleno de estrellas. Luego, sin volver la vista, preguntó con lentitud:

—¿Por qué no me dijiste que eras el amante de mi mujer?

Luciano hizo un gesto de abrumadora fatiga, y el cigarro cayó. No fue ni una emoción ni un reflejo nervioso: su mano se abandonó con el cansancio de todo su ser.

—Ya conoces mis ideas al respecto —prosiguió Recaredo sin mirarle—. Pero, al menos, ¿tú la amas?

—¿La has amado?

—No sé.

Apoyó sus manos en el balcón, y articuló distraídamente, observando uno de los recodos del jardín:

—¿Y ella?...

—Creo que sí.

El ambiente estaba fijo, ni una llama se movía. Las hojas de los árboles no temblaban, aletargadas bajo la exhausta depresión de la atmósfera quieta, palpable sobre los músculos, palpable sobre los últimos movimientos insignificantes, de una pesadez abrumadora en el solo levantamiento de una mano...

Y Luciano sintió, hasta en los más dormidos nervios, el malestar de las preguntas sin objeto, de las miradas que piden respuesta, de las inutilidades forzosas, sobre la muerta imposibilidad del más leve cambio de postura...

Cerca de la quina se extendía la laguna entre las desiertas riberas, vacías de árboles y rocas. Prolongaba en la aridez de la tierra desnuda de recta fúnebre, sin un sauce caído ni una línea de ventura, larga, muerta, siempre visible y fija en lontananza. Los ribazos negruzcos encajonaban aquella silenciosa quietud líquida, estancada y fría, sin ninguna gradación de color.

El agua estaba amarillenta bajo el crudo cielo de aquel día de otoño. El tono uniforme y mate daba la sensación de una existencia glacial que la laguna hubiera vivido eternamente en un eterno sin reflejo, eternamente fría con su helado descolorido. Ni un matiz. El mismo tono en el centro que en la proximidad de las desiertas riberas. La laguna había surgido silenciosamente del fondo sobre ese cauce preparado de noche, había surgido lentamente con su infinito amarillo inmóvil, siempre visible y fijo en la lontananza.

Era casi el crepúsculo. Llevaban dos horas de paseo en bote. Recaredo saltó a tierra y desapareció un momento tras el ribazo.

Quedaron solos. El sol comenzaba a caer. El bote abandonado glisaba con lentitud, tras el esfuerzo que lo separara de tierra. Calma absoluta.

—¡Luciano!...

Ni una leve ondulación en el agua. La barca, al deslizarse, no hacía ruido. Pero cesó de moverse...

—¡Luciano!...

Una lenta agonía iba apoderándose del paisaje, en la desventura irremediable de las últimas tardes...

—¡Luciano!...

La noche estaba cercana; hacía frío.
El amarillo del agua subía. El sol, sin un rayo último, cayó...

—¡Luciano! ¡Luciano! —murmuró la pobre mujer, estrechándose dolorosamente a su amante.

La calma no se interrumpía: pesaba. Luciano se ahogaba y tentó un esfuerzo: una nube de plomo caía sobre sus hombros. Quiso hacer una mueca, y tampoco tuvo fuerza. Su actitud expresó el último hastío de la mano insensibilizada por el mismo suave eterno contacto, el gesto desencajado de todos los recuerdos tediosos acumulados en el paseo de un anochecer frío...

Sin caerse, se inclinó... Y fue de pronto el hecho imprescindible, la necesidad absoluta y momentánea de obrar, convulsión forzada de la última extenuación nerviosa.

Sus manos se tendieron sombríamente.

Blanca se debatía, llena de asombro y espanto:

—¡A mí, Luciano! ¿por qué? ¿Por qué a mí, Luciano?...

Y cayó. Bajo el agua que la absorbía, el oro de sus anillos brilló un momento.

Luciano quedó rendido, de pie, mirando las ondulaciones, no pensaba en anda .Pasaron cinco minutos. Sus piernas se doblaron y cayó sobre los asientos. Después cayeron sus brazos. Su cabeza, ni erguida ni baja, distraídamente fija, continuó por largo rato mirando el agua.

Ya era de noche; y sin ser observada, la luna había aparecido lentamente.

Paisaje lunar. Una glacial iluminación extática en que el movimiento se sonambulizaba.

Recaredo volvía. Miró el bote y vio a Luciano solo. A su vez intentó una mueca de dolor y no pudo conseguirlo. Solamente una nube de desilusión pasó por su rostro. Al descender el ribazo sus labios evocaron el recuerdo de las páginas que había leído en el carruaje, hacía apenas tres días... Eran ellos los señalados por el Índice de la Suprema Fortuna, los que abrirían el surco donde quedarían enterradas todas las viejas restricciones, todo lo que se esconde y falta, para fertilizar el germen nítido y vigoroso de la Escuela Futura...

Sus labios se interrumpieron en una sonrisa de amargura y cansancio; fue el tedio por lo inevitable que, aunque se espera, desalienta siempre con su precisión. Ni una variante en la brusca y fatal revuelta del nervio enfermo, en el desquite sombrío de la extenuación, que ha de ser matemático, vulgar y cansado con su abrumadora regularidad. Recaredo lo había seguido día a día, tedio a tedio, sonrisa a sonrisa; y a su vez, ante la prueba convencida de que no hubiera podido ser de otro modo, se dejó caer en el bote, con el desaliento de lo que no puede tener variación y ha de hostigarnos siempre con matemática vulgaridad.

No se dijeron una palabra. Con un gesto de indiferencia dolorida se sentó en el banco, empujó los eremos, y el bote comenzó a glisar por el centro de la helada laguna.

Llevaban sus hermosas cabezas descubiertas. Luciano inmovilizaba su actitud en un rincón, con las manos sobre las rodillas, huraño, rendido, acurrucado en la popa del bote que Recaredo impulsaba, la cabeza caída, caídos los cabellos, silenciosos y sin mirarse.

Descendiendo del bote, tomaron juntos el camino de la quinta; ni uno ni otro se volvió a mirar la laguna.

Ya distantes, Recaredo preguntó en voz baja:

—¿Hizo mucha resistencia?...

—Mucha —le contestó Luciano distraído.


Publicado el 19 de junio de 2026 por Brian.
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