En los grandes momentos de acción de los pueblos, el heroísmo no recluta exclusivamente sus elegidos entre los hombres de energías probadas. Roma nos ofrece uno de los casos más singulares de la historia en la persona de Lúculo, quien dejando un día sus festines de vago político y ocioso magnate, y sin más preparación guerrera que la lectura apresurada de "La Retirada De Los Diez Mil" durante el viaje por mar a Asia, emprende en los confines de la vasta república, una de las campañas más duras y admirables del mundo antiguo.
España, en el transcurso del siglo XVI, lanza a la conquista sus grandes fuerzas de acción, encarnadas en sus capitanes de vasto renombre. Pero no todos eran militares aventureros.
Cuando las autoridades decidiéronse a enjuiciar al conquistador Heredia, fundador de Cartagena de Indias, encomendóse la dirección del proceso al licenciado Juan Vadillo, oidor de la Audiencia de Santo Domingo, hombre ya entrado en años, de abultado vientre y vida sedentaria. Siendo graves las quejas contra Heredia, Vadillo lo encarceló: y para averiguar el destino de sus riquezas ocultas, dio tormento a sus allegados. Heredia logró fugar a España donde, gracias al oro que corría, obtuvo su rehabilitación, denunciando al licenciado Vadillo, a quien a su vez se inició juicio. El cual, para congratularse la gracia del rey, se lanzó a la conquista de Eldorado. Heredia, entre tantos otros, había también tentado la aventura.
El licenciado y flamante conquistador organizó una de las más fuertes expediciones que con tal objeto se hubieran hecho, y se internó en las grandes y perennemente inundadas selvas del trópico.
Las penalidades sufridas en los pantanos pestilentes no tienen nombre. Tardaban días enteros en sacar a los caballos del barro con la ayuda de sogas, y cuando lo habían conseguido, quedaban los hombres presos por los pies en las raíces. Por semanas enteras no les fue posible distinguirse entre ellos, por el barro de que estaban totalmente cubiertos.
Llegaron por fin a tierra seca, donde asaltaron una fortaleza india erigida en un alto cerro, izando a fuerza de sogas a los caballos, que habían envuelto en algodón para defenderlos de las flechas.
Pero allí no había oro, ni lo encontraron en el transcurso de la aventura hasta el valle del Cauca. Batallas con los indios, en cambio, una tras otra y sin tregua.
Heridos todos ellos, enfermos, dejando cada día un compañero muerto en los lodazales, hambrientos y tiritando de fiebres, sostenidos apenas por el carácter indomable de su jefe, los soldados exigieron a Vadillo el retroceso, pues el oro encontrado era mínimo, y enormes los sufrimientos. El conquistador, enfermo también, por toda respuesta se dirigió solo cordillera arriba; visto lo cual, los soldados corrieron tras él, jurando morir a su lado.
Hallaron por fin donde saciar su hambre en un gran caldero con carne, abandonado por los indios a la vista de la tropa. Y cuando estaban a medio llenar, un soldado hincó con su espada un trozo equívoco, que resultó ser una mano de hombre con sus uñas.
A los cuatrocientos veinte días de estas miserias, y cuando creían hallarse en la buena ruta de Eldorado, hallaron un esqueleto de caballo. Y al día siguiente, un poblado español.
De modo que tras un año de penalidades sin cuenta, y de atravesar vastas regiones sin dueño donde podían haberse asentado y gobernado sin contradicción, Vadillo y sus cartagineses (así se les llamó), se encontraban en tierra con dueño.
El conquistador quiso aún volver sobre sus pasos, y regresar a las fuentes del Cauca para poblar allí; pero su gente, exhausta, exigió el reparto de las ganancias, según costumbre.
Tocó a cada uno "cinco pesos". Por cinco pesos, esos hombres habían recorrido más de mil kilómetros, entre un constante batallar, luchar y penar. Habían perdido noventa y dos compañeros, y ciento diecinueve caballos.
Estos cinco pesos, pues, fueron el premio de una persecución de catorce meses tras el fantasma de Eldorado.
