En el Alto Paraná, sobre la barranca misma del río, existe o existía un cementerio que alojaba diez y siete cadáveres. De quince de estos cadáveres, eran causantes las víboras.
Sufriría yerro, sin embargo, quien creyera que este terrible porcentaje de muertes por el veneno ofídico, es en aquella zona el régimen normal. Las víboras no constituyen un peligro mayor que el de tantas circunstancias sombrías de la existencia, aquí como allá. La víbora de cascabel, con todo y ser la más peligrosa bestia de la familia, dista mucho de abundar hasta el extremo de erigirse como una cruz alquitranada, en el confín de todos nuestros pasos. Las estadísticas más avanzadas conceden apenas dos o tres víboras a cada hectárea de bosque. De estas tres víboras, dos son yararás, y la otra es una serpiente de cascabel.
Ahora bien: como una legua de bosque tiene dos mil quinientas hectáreas, el feliz poseedor de una legua de bosque virgen (el señor Carlos Casado poseía dos mil), se halla también ser poseedor de siete u ocho mil mortales víboras, discretamente diseminadas por la finca.
Este es el anverso del país tropical. El reverso difiere también, conforme lo veremos.
No es un hombre cualquiera quien puede gozar de tales misterios ocultos en una hectárea —digamos una manzana— de monte virgen. Dichas tres víboras, dos yararás y una cascabel, están exclusivamente reservadas al peón de obraje y al plantador nativo de maíz, que escudriñan, rozan y echan abajo el monte. Ellos, pues, y solamente ellos, encuentran fatalmente las tres víboras.
Pero el rozado ese requiere un mes —y tal vez dos— de tiempo. En el plazo de treinta días de trabajo continuo, el hombre ha puesto al descubierto con la punta del machete tres víboras: digamos una por semana. Con más frecuencia, sobre el asfalto o el macadam, hallamos, en la trayectoria de nuestro destino, un auto, un cable caído, una motocicleta.
En lo que concierne a la víbora de cascabel, llama la atención las anomalías de su hábito. Se la ve aquí a cada instante, y años después, sin causa visible a qué atribuir esa desaparición, no es posible hallarla, ni viva ni muerta.
Durante los veinte años que Azara recorrió Paraguay, Misiones y Corrientes, no halló una sola. En los desmontes recién quemados, al despejarse la cerrazón matinal, suele vérselas estiradas sobre los troncos, calentándose al sol.
En casa, a principios de nuestra primera primavera en el Chaco, tuvimos la sorpresa de hallar dos, en el breve tiempo de tres minutos.
Hallamos a la primera arrollada a la orilla del Saladito, ya al crepúsculo, justamente donde pensábamos asentar el pie de trípode. Entonces no teníamos idea del ruido que produce su cascabel. Al sonar entre nuestros pies, creíamos que fuera el chirrido de ciertas langostitas verdes, muy abundantes en la noche. No pudiendo precisar la procedencia del chirrido, nos bajamos casi hasta tierra, a observar aquella torta obscura de que parecía provenir.
Cinco minutos después, al entrar en casa, hallamos en medio de la pieza, arrollada y solitaria sobre el piso frío, otra víbora de cascabel.
Esto pasaba el primer día de primavera. Durante nuestros dos años de Chaco, sólo vimos otro ejemplar. Y éste fue asimismo indispensable que lo fuéramos a buscar a su propia casa.
