Los Chanchos Salvajes

Horacio Quiroga


Cuento


Éramos cuatro cazadores: don Silverio, Venturinha, Israel y yo. A decir verdad, sólo los tres primeros lo eran profesionales, todo lo profesional que puede ser un propietario de media hectárea de mandioca y tabaco, o peón, según las vicisitudes. Yo los acompañaba, nada más, y si mi amor al bosque es fuerte, mi urbanización suele depararme sorpresas encantadoras. De esta especie fue la que me acaeció cierto 14 de enero.

Días anteriores Israel había traído de un pastoreo en la sierra la nueva de una vaquilla comida por un tigre. En un bosque como el de Misiones, donde abunda la caza para fieras, tal apetito civilizado suponía en el merodeador un espíritu poco recto, y sí bien torcido hacia las artimañas de tigre más o menos cebado. Deber nuestro era pues enseñarle la vía derecha con la mira de una escopeta.

Preparámonos. Primero, dar siquiera un pedazo de carne a los perros, pues para un animal que debe correr todo el día tras una fiera, no es excesiva la ración bisemanal de cuatro o cinco mandiocas. Así es su flacura espantosa. Los perros vanse de noche al monte a cazar por su cuenta, y de tarde a robar choclos en las chacras; pero aun así, como no siempre lo consiguen, viven mal, arrastrando con paso huraño su anca angostísima punteada de huesos.

Este sombrío paso desaparece, no obstante, apenas ve el animal aprontes de cacería; y una vez lanzado en pleno monte, el can miserable se transforma en un ser de ágil energía que concentra sus poderosos nervios en la aguda tensión del rastro.

Sin estar mal en este respecto, no era escogida nuestra provisión. Don Silverio tenía dos: Desempeño y Cortaviento, terribles animales tras un tapir y maravillosos de docilidad en la traílla. Venturinha llevaba un perro bayo muerto a medias de hambre y reumático. Con el ardos de la caza corría bien; mas esta dicha costábale luego cuatro días de renguera hasta el hocico de la tierra. En conjunto, tres perros, a los cuales se agregaron dos que aportó a la sociedad un negro aserrador que hallamos en el paraje.

Necesitábamos también un carguero, pues la expedición, pudiendo durar días, exigía algo más que cartuchos con balines. Hubimos de Israel una yegua suya, y así el 13 de enero de 1907 emprendimos la marcha los cuatro hombres, los cinco caballos y los tres perros.

Mas llegados al Cazador ─cuatro leguas adentro─ desistimos de seguir adelante. Tres días corridos eran plazo sobrado largo para la estancia de un tigre, ser eminentemente vagabundo. En el Cazador había tapires, tatetos, osos hormigueros y tigres. De este modo todo era posible, y en especial no hallar un solo animal.

Acampamos con una noche de ahogado calor. Ahora bien, sabido es que no hay broma más eficaz en Misiones que permitir dormir afuera un modesto amigo que acaba de llegar y que, calcinado por el sol de la tarde, se tiende en un estricto catre, suspirando de beatitud en la frescura de las nueve. Como esa frescura va progresando para mayor dicha de los cautos, y el amigo ha rehuido toda sábana, a la una de la mañana se despierta aterido de frío; y si los farsantes hanle cerrado todo medio de intromisión en el hogar, el mísero presto clama sinceramente piedad.

Nosotros llevábamos ponchos; pero aun así desperteme de pronto bastante incómodo de frío. Miré el reloj: eran las doce apenas. Luego a la madrugada, debía ser interesante. En efecto, el frío habitual llegó y paso anormalmente hasta tal punto que sintiendo ruido alcé la cabeza y vi a don Silverio en cuclillas, avivando el fuego.

─¿Frío, don Silverio? ─le insinué.

─Hum... ─gruñó. Tras él levanteme yo y luego los otros. Pronto la llama nos encendió el rostro, pero ni aún así cedimos un paso. Hasta que amaneció nos mantuvimos adorándolo, poncho a la espalda. Cuando Israel fue a buscar los caballos, volvió con las manos moradas, quejándose. No creo que esa noche el termómetro haya pasado de 39.

En estas circunstancias agregósenos el negro con sus dos perros, hombre él a quien haya visto comer los tres más cenitales conos de arroz que quepan en un plazo. En pos del primero, y a mi distraído ofrecimiento de un segundo, el negro aceptó. «Para sus perros», pensé tranquilo. Él se lo comió solo e ídem el tercero, según su modo integral.

Entretanto el sol salía y nos internamos en el monte. Antes, pocos meses atrás, había habido por allí un pique para caballo; pero las heridas del bosque cicatrizan en el espacio de dos lluvias, y necesitábase para reconocerlo el instinto de los de allá. La marcha no era así nada fácil. Entre otras cosas, había troncos que los caballos debían saltar con mínimas facilidades para ello; y como encanto particular, las lianas macheteadas y tendidas en resorte por el cuerpo del que nos precede y que al volver violentamente en sí suelen cruzar la cara. Y así lo demás.

Por fin desembocamos en un abra, plazoleta de pasto seco, más amarillo aún por el negro cajón del monte. Dejamos los caballos a soga e internámonos a pie, en terreno de caza, por fin.

Estábamos en pleno tacuapí, variedad de bambú delgadísimo que se teje y ovilla sobre sí mismo en densos bloques. Alrededor del cuerpo el bosque húmedo y sombrío se cerraba, aislando del todo a aquél. Arriba, únicamente, muy arriba, se presumía el cielo por un poco más de claridad. En estas condiciones la marcha tórnase peregrina, pues aun avanzando en fila no se ven los unos a los otros, ya que un metro de tacuapí es un muro. Además, ante tales espesuras es muchas veces más obvio dejar de lado machete y dar un salto de vientre sobre el bloque, rodando hasta caer del otro lado, o arrastrarse, también de vientre, sobre el suelo. Allí hay indudablemente víboras; mas nunca se las encuentra.

Los perros, atraillados siempre, pugnaban de vez en cuando por detenerse, el hocico aspirante pegado a tierra. Observábase el rastro, para lo cual don Silverio debía a menudo apartar suavemente con el cuchillo las hojas que lo ocultaban. Coatí o venado o zorro, no convenía soltar a los perros.

Íbamos en fila: Ramón, Venturinha e Israel abriéndose paso a machete; luego don Silverio con los cinco perros, y yo detrás, preservando los gatillos de la escopeta, pues en la densa maraña nada más fácil que un sipó, deslizándose sobre los cañones, arme y desarme los gatillos, con el resultado consiguiente.

Al cabo de una hora, y cuando el consejo de cazadores se disponía a soltar los perros para que se lanzaran al monte a buscar, éstos tendieron rígida la traílla; no era posible arrancarles el hocico del suelo. No había duda: el rastro era caliente, y en un segundo los cazadores estuvieron en cuclillas.

─Parece jabalí ─observó Venturinha.

─Creo ─asintió don Silverio, después de hondo examen. La caravana decidióse con ellos, pues si Venturinha es maestro en asuntos de orientación, don Silverio lo es en conocimientos de rastreo.

Soltáronse, pues, los perros. Uno detrás de otro se hundieron en el monte por la misma línea, y dos minutos después un ladrido claro, un verdadero toque de alerta y esperanza, llegó del este. Venturinha nos miró con orgullo.

─Es mi Bayo...

Antes de que tuviéramos que congratularnos, sonó el ronco ladrido de Desempeño, luego el agudo de la perra del negro, y en seguida el latido de la jauría entera lanzada en pleno rastro.

Los chanchos salvajes ─o jabalíes, según los llaman allá─ gozan, como sus sobrinos los pecaríes, del placer de la especie. Raro es hallar uno solo; en este caso el animal es un ser huraño que, habiendo llegado a hallar irritante la presencia de sus hermanos, no admite de ningún modo la del hombre. Preciso es, desde luego, ser muy cauto en su persecución. La piara, más discreta, huye mientras le es posible.

En tanto que los perros corrían, habíamonos quedado quietos. Nuestra misión consistía en escuchar atentamente su latino hasta que su exasperación furiosa nos probara que el animal, forzado, hacía frente a los perros. Más como una fiera de monte ─y en especial el tateto─ es capaz de correr ocho horas seguidas, alejándose en proporción, menester es a veces seguir tras los perros para no perder sus voces. Esto fue lo que debimos hacer ese día. No ocho horas, pero sí seis, los jabalíes ─el rastro de uno apartado nos había llevado a una piara─ nos arrastraron en su fuga. A veces, huyendo siempre, volvían en diagonal hacia nosotros, y entonces debíamos machetear el monte, llegando tarde siempre, pero aún a tiempo para aullarles ánimo a los perros.

Fácil es comprender la fatiga de tales cruzadas. Si cuando se adelanta sin mayor premura el machete facilita mucho el avance, cuando se corre apenas trabaja aquél. Los pies, los brazos, la frente lo hacen todo, quebrando lianas y piel.

Así seis horas. Eran ya las cuatro; y en un instante en que nos habíamos detenido, jadeando de pie, sin esperanzas y decididos casi a no correr más, los perros nos enviaron el grito final de triunfo. Ya no era latido, sino un aullar precipitado, hasta un solo hilo de voz.

─¡Ya pararon! ─gritó Venturinha. Y sin decir nada corrimos. No había más machete; Venturinha e Israel iban lanzados forzando el monte, enredándose, cayendo, disparando, rompiendo de paso a dos manos las lianas del cuello. Pude ver así el sombrero de Israel que quedaba para siempre colgado de una rama. Venturinha y don Silverio llevaban vinchas. En cuanto a mí, la escopeta me molestaba bastante, y sobre todo la violenta disnea de esa carrera.

Nos acercábamos. A los ladridos agregábanse ahora agudos gritos de miedo y dolor; los jabalíes hacían lo posible abriendo el vientre de nuestros aliados. Un momento después nos detuvo el próximo castañeteo de los colmillos.

─Oiga ─me dijo apresurado don Silverio─. Son muchos, más de cuatro docenas. Tenga cuidado; trate de acercarse teniendo siempre un árbol al lado. Con un metro que trepe está a salvo.

─Fíjese en esto ─ayudó Venturinha─. Si cuando lo ven levantan y bajan la cabeza una sola vez, avance sin miedo; pero si la suben tres veces, arrímese en seguida a un árbol.

Dicho lo cual me dejaron todos para formar la línea. Me hallé solo. El silencio hostil del bosque ─silencio únicamente para nuestros oídos, y esto es lo que desazona─ me sobrecogió. Miré a todos lados: mi compañero contiguo podría o no estar a veinte metros, pero en una espesura de tacuapí tal distancia equivale a mil leguas. Mas la fiebre de la caza es mucho más fuerte que todo esto y avancé. Los perros atacaban aún, aunque con visible miedo. Sentía claro sus saltos aullantes ante las acometidas de los jabalíes. Di diez pasos más y de pronto los vi. Habíanse detenido en un claro de bosque, donde, habiendo aserrado alguna vez, quedaban aún raigones hachados. Eran más de cincuenta, jadeantes, erizados y el blanco de los ojos perfectamente visible. Miraban a todos lados, pues me habían sentido. Avancé aún, desemboqué en el claro y me vieron. Tuve instantáneamente la piara entera vuelta a mí, con esa fijeza en la mirada que nade de todos los músculos prontos a ser lanzados como una flecha.

Yo conocía a los tatetos, pero no había cazado aún jabalíes. Recordé las precauciones a tomar, y aunque con bastante incredulidad respecto a los cabeceos, eché una rápida ojeada a los árboles vecinos. Como estaba aún a treinta metros y no quería perder tiro ─y sobre todo herir únicamente─ acerqueme quince más, y entonces vi al viejo macho levantar la cabeza y bajarla a ras de hojarasca. Pero los dedos me hormigueaban demasiado en los gatillos para esperar nuevas flexiones; apunté al macho e hice fuego.

Como un rayo, sentí tras el humo el pisoteo precipitado de la piara que arrancaba sobre mí. No tenía tiempo de nada; tiré la escopeta y salté sobre un raigón aserrado a 1.10 metros del suelo. Púseme de pie con toda la rapidez que pude; los chanchos se estrellaron contra aquél, y en diez segundos redujeron la corteza a tiras colgantes. Las cabezas más irritadas llegaban con los colmillos hasta el borde de mi meseta, mas no alcanzaban.

Miré a todos lados; no veía más que ojos inyectados en sangre y colmillos castañeteantes. Estaba completamente rodeado. Sentí una detonación.

─¡Venturinha! ─grité.

─Aquí, ¡no se mueva!

─¿Y los otros?

─Por ahí: nos vamos acercando; espere.

Esperé, mientras las detonaciones se sucedían. Pero los chanchos no querían sino al que les había herido al viejo macho. Presto las pistolas callaron, como ya lo habían hecho los dos perros semivivientes. Torné a mirar alrededor. Fuera de mi posición peligrosísima, el crepúsculo, un sombrío crepúsculo de claro de bosque, comenzaba a caer. Los ojillos inyectados continuaban fijos en mí. Y lo que antes no me había impresionado, lo sentía bien ahora en el silencio: el castañeteo de los colmillos. El que produce un ta-te-to es ya considerable: supóngase ahora el de cincuenta jabalíes. El claro resonaba con ese formidable irritamiento de rabia. Los chanchos más cercanos a mí se sentaron. Y pasé entonces media hora de miedo, de ese miedo inerte que imbuye el aislamiento humano en un medio absolutamente superior a él. Yo sabía que los jabalíes esperan días y días, hasta que sacian su venganza.

─¡Venturinha! ─se me salió de la boca en voz no suficientemente alta. No me oyó.

Pero las cosas cambiaban. El macho herido había logrado restañar su sangre y ponerse de pie. Sacudíase sin cesar, gruñendo. Fuera desgano de combate o meditación pacífica sobre mi inexpugnabilidad complicada con mi escopeta, el hecho es que los colmillos cesaron poco a poco de chirriar. Los sitiadores fuéronse levantando, giraron largo rato a mi alrededor con sordos gruñidos hasta que por fin se alejaron al paso, hociqueando aquí y allí, mientras me miraban de reojo.

Diez minutos después nos reincorporábamos. Me senté en un tronco, sin ganas de hablar. Al fin, don Silverio me dirigió la palabra sin mirarme, como si se dirigiera a un árbol cualquiera:

─Dan miedo los jabalíes.

Respondile que evidentemente sí.

─Y ahora que pienso ─arguyó Venturinha─, quisiera saber quién es el que aserró en pie este grafiapuña, y a esta altura. Sin esta chambonada, los jabalíes hubieran alcanzado a bajar con los colmillos y repartirse lo que estaba arriba.


Publicado el 22 de enero de 2026 por Edu Robsy.
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