Los cuarenta días habían pasado, y los hombres
observaban el horizonte. La cena estaba servida. So-
bre los cojines descansaban los cuerpos elegidos. Y ni
una anunciación ni una voz conocida. Llegó el cuadri-
gésimo día. La tarde cayó, y en el horizonte dibujóse
un Cristo taciturno que traía la cruz a cuestas. Venía
cansado y lleno de sudor. Y un perro triste venía la-
miéndole los pies que estaban cansados; venía con él
un perro repelido por todos, un perro miserable que de
todas partes habían echado y que apenas podía caminar.
Y Jesucristo, lleno de humildad, cogió al perro entre
sus brazos cuya desnudez estaba hecha de ternura y
pan eucarístico. Y el perro murió entre sus brazos, mi-
rándole fijamente. Y Jesucristo vio en la mirada del
perro algo que había visto —sólo una vez— en su
propia mirada.
