Los Cuervos

Horacio Quiroga


Cuento, Artículo, Crónica


Todas las veces que el cadáver de un animal ultimado en el monte ha atraído a los buitres, me he preguntado con qué extraordinaria finura de olfato el cuervo, flotando en el alto cielo, a miles de metros, ha podido percibir las emanaciones de un agutí muerto, una comadreja, menos aún, que bajo veinte metros de obscuro e impenetrable follaje. comienza a descomponerse.

La vista no juega aquí ningún papel. Desde las altísimas nubes el bosque es un uniforme bloque de pizarra. Más fácil sería distinguir una presa a una legua de distancia en una noche de tinta, que percibir ser alguno bajo el impenetrable blokao del monte.

Y de allí vienen, no obstante; de allí y de allá, los grandes buitres necrófagos. Son al principio dos o tres, y muy pronto veinte o treinta.

¿Cómo han sentido al agutí, apenas recién muerto, a cuyo contacto la más fina nariz no percibe emanación alguna?

Allá arriba los buitres trazan grandes círculos. Segura y matemáticamente los círculos aéreos se irán cerrando, estrechándose como alrededor de una sola emanación de muerte que ascendiera como un hilo vertical. Y poco después, tras un descenso en tirabuzón, en cada fúnebre árbol se hallará posado, inseguro y con aire de sorpresa, un cuervo.

Contrastando con la actitud alerta, cruel y fría de su cabeza cuando vuela, en tierra el cuervo no logra salir de su estupefacción. Deambula cojeando —de patas y cabeza, podríamos decir— y, si se les apura, se agitan saltando sordamente muy cargados de hombros, dando la impresión de que se les hiciera avanzar a latigazos.

Su resistencia vital es asombrosa. En casa tuvimos uno veinticinco días, durante los cuales no comió ni bebió. Era un urubú, especie de buitre tropical, de cabeza y cuello rojos. Tenía la cabeza atravesada por tres balines, y algunos más en la región del hígado. Había perdido ambos ojos.

En tal estado, el urubú resistió veinticinco días a la muerte, de pie sobre el pértigo caído de un carrito. No se movio de allí una sola vez. En esos veinticinco días el sol lo abrasó, y, de noche, la lluvia barrió bajo él las hojas enterradas, sin que cambiara de postura. Mantenía la cabeza constantemente bajo un ala.

Cuando alguna vez lo tocamos para ver su estado, el urubú levantó la cabeza, balanceándola lentamente, sin ver. Y al convencerse de que nada queríamos de él, tornaba a guardar la cabeza. Cuando murió, por fin, pesaba menos que una gallina flaca. No sé qué tendría bajo su opulento tapado de plumas; pero hacía daño comprobar tal peso en un ser que hasta un momento antes había conservado la vida. Mis chicos le llamaban "el cuervo loco", por creer que con el tiroteo a la cabeza había perdido la conciencia de sí. No comía, según ellos, porque se había olvidado de vivir,

Criado en casa desde pequeño, el cuervo es omnívoro. Puede comer bulones de tres pulgadas, como el avestruz, y bizcochitos húmedos, como las cotorras. Con el tiempo, sin embargo, los cuervos guachos se van alejando cada vez más de la casa, hasta que un día no vuelven más.

Conocimos dos cuervos criados así, que al final sólo acudían a la casa a las horas de comer. A estas horas eran infaltables, regresando de donde estuvieren.

Un día, sin embargo, no llegaron; ni al otro, ni tampoco al tercero. Al cuarto, regresaron; pero traían un compañero a comer, un amigo a todas luces, adquirido quién sabe tras qué azarosas y leales pruebas.

Nada hemos vuelto a saber de ellos, pues al día siguiente nos alejamos de allí. Pero ya entonces, las dos jóvenes propietarias de los dos amistosos cuervos se habían mostrado inquietas ante la perspectiva de tener que alimentar a todos los innumerables buitres del país.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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