Los Estranguladores

Horacio Quiroga


Artículo, Cuento, Crónica


Un fuerte y hermoso árbol ha quedado solo al borde del camino. Desde los días en que el fuego abatió el bosque circundante, ese árbol, habituado a un régimen de humedad y aire muerto, ha luchado tenazmente por adaptarse al ambiente y a los vientos de hielo. Ha reconstruido su corteza quemada en largas franjas, con una laboriosa e hinchada cicatrización, de cuya constancia nada da idea. Ha perdido hojas, gajos enteros, para reducir su copa y reforzar las ramas matrices. Ha reaccionado contra los ataques de los insectos, vertiendo a litros sus jugos vitales por los agujeros que lo taladraban. Ha cambiado, en fin, de tal modo de aspecto, que cuesta reconocer en ese vigía escueto y nervudo, al árbol de espesa y húmeda fronda que antes vegetaba dormido en la penumbra natal.

Ese árbol de monte, pues, ha adquirido el derecho, tras diez años de lucha por la adaptación, a vivir al aire libre, Ni vientos, ni soles, ni heladas le dañarán. Los pájaros lo utilizan como mástil de tránsito en su vuelo desde una vera a otra del bosque. Concluyen allí de comer la fruta arrebatada al monte, —y una semilla cae a veces en la capa de polvo depositada en sus horquetas.

Por un cúmulo de factores favorables, una semilla germina, al lado de otras mil que yacen con sus cotiledones resecos. La plantita surge, tiene ya una pulgada; y desde este instante, a la par del mismo árbol-maceta que la sostiene allá arriba, la débil plantita resistirá a todas las inclemencias del aire libre, porque tal es su enérgica condición.

Con el transcurso del tiempo, las raicillas, apenas adheridas a la capa de polvo de la horqueta, se irán prolongando, pendientes sobre el abismo que las separa veinte metros de la tierra madre.

¡Veinte metros! La raicilla —puede ser sólo una— llegará a arraigar, sin embargo. Un mes tras otro, año tras año, —asoleada, amputada, balanceada, y adherida por fin alrededor del tronco sobre el cual concluye por trazar una espiral— la débil raíz toca tierra y se hunde por fin, en una ansia de obscuridad y agua que la ha sostenido viva por veinte años al sol.

El grueso árbol solitario, y cuya larga lucha de adaptación parecería haber terminado con su triunfo, comienza en verdad una nueva lucha, mucho más áspera que la anterior. El ivapohí que creció allá arriba, comienza a crecer desmesuradamente, y sus raíces a hincharse. Engruesa alrededor del tronco, ceñida a él como una serpiente, y esta comparación es nimia si se considera la formidable fuerza con que la raíz se abraza al tronco, ahogando al árbol en sus anillos que día tras día van hinchándose y penetrando en él.

Uno y otro, laurel e ivapohí, prosiguen luchando por su expansión vital: el árbol hacia afuera y el ivapohí hacia adentro.

Llega un momento (veinte nuevos años pueden haber transcurrido), en que los monstruosos anillos de la serpiente vegetal quedan tan profundamente hundidos en la albura del árbol, que alcanzan a su corazón. Desde este instante los días del árbol sofocado son tan breves como largos fueron sus años de lucha contra el aislamiento. Lo que no pudieron obtener los azotes del aire libre, lo consigue una planta parásita que por décadas de años fue su insignificante y miserable huésped.

Se ven a veces lianas e ivapohís altísimos, extrañamente retorcidos en espiral alrededor de un eje imaginario. En un tiempo ese eje estuvo constituído por un árbol, monumental de vida o de grandes esperanzas. Los estranguladores parásitos realizaron luego a sus expensas su sofocante destino, y ahora la luz y el aire pasan libremente por entre los anillos separados.


Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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