Te había arrojado al mar; y en
aquella noche de luna, tan propicia
para los raudales de lágrimas, te
ibas alejando de la orilla en el fé-
retro azul en que había escondido tu
cuerpo.
Avanzabas lentamente. Con el reloj
en la mano, los minutos que iban
tras de ti eran eternos; la media-
noche estaba próxima; y bajo la
gruta marina que iba a absorberte,
una mortuoria claridad de basalto
acogía el reflejo azulado de tu ataúd.
De pronto la noche se oscureció y
dejé de verte. Ibas a desaparecer.
Entonces, levantando en las tinie-
blas mi brazo que oscilaba de ade-
lante a atrás, a guisa de faro remoto,
brilló la piedra de mi sortija. Y bajo
la tempestad que caía sobre noso-
tros, el fuego sombrío del rubí atrajo
lentamente tu ataúd.
