Toda actividad nacional de arte es como tal digna de atención, realice o no las esperanzas en ella cifradas. Ya hemos manifestado nuestra opinión respecto del cine, como expresión de un nuevo y serio arte. En tal carácter, pues, consideraremos las condiciones de El remanso, último film de los estudios nacionales y de reciente aparición.
Lo primero que salta a la vista en dicho film, es la fantasía de estilo de las leyendas o títulos. No hay uno solo en que se haya tratado de delimitar las características morales de los personajes, con claras y firmes palabras. Todas pertenecen a un léxico inspirado —fantástico diríamos—, destinadas en total a dar aliento de poema o leyenda a lo escrito. El abuso de plurales, los nombres genéricos y la retorcida construcción, inflan más de lo debido todos y cada uno de dichos títulos, con pobre eficacia en el público, y ninguna en los que esperan ver en esos títulos las huellas del escritor: trazos concisos, diálogos breves, destinados, como todas las leyendas intercaladas en un "film", a determinar, precisar y acentuar la muda acción de los personajes.
Trabajo, en una palabra, del escritor. E insistimos ex profeso en las leyendas, a pesar de su aparente falta de importancia, porque ellas nos dan, desde la primera que luce en la pantalla, el temple del drama que se va a desarrollar.
Admitido que el cine es un arte, donde lo menos que se requiere es un estudio de caracteres encadenados por una idea o una pasión que todos aquellos viven, cae de su peso que solo en un artista cabe la facultad de estudiar esos caracteres y crear esa lucha de sentimientos. Si para escribir una novela se requiere un novelista, y para escribir un drama, un dramaturgo, para meditar, planear, desarrollar artísticamente una obra de cine, confiemos por lo menos en un escritor. Este oficio, como todos los que exigen una "mano hecha", no se improvisa, y duele bastante adquirirlo. Falto de él, el autor —sea de novelita hebdomadaria, de teatro argentino o cine nacional—, el autor solo puede ofrecernos frutas tempranas, bellas si se quiere, pero faltas de jugo, como todo fruto primaveral.
La factura de El remanso se resiente de esta falta de sazón. Tal como nos lo anuncia la primera leyenda "escrita", se desarrolla el drama "concebido". Es posible que el autor de El remanso llegue más adelante a darnos una obra en sazón. Vocación, parece tenerla; y amor, es innegable que lo posee.
Como director de escena, el autor de este filme obtiene más éxito. Hay en él cuatro o cinco escenas vistas con arte, y algunos puntos de vista de los paisajes merecen un franco elogio.
Los actores, discretos. Por lo que corresponde al señor Cosimi, acaso hubiéramos preferido verlo en sus viejos papeles de "antipático", en que obtuvo felices éxitos. Su tipo y temperamento se prestan más a caracterizar papeles de energía —aunque feroz—, que papeles de nobleza —aunque anodina—. El cine norteamericano nos ha enseñado por dicha que la energía y la expresión del varón lucen más en los papeles antipáticos que en los amables. Lo que sería penoso olvidara el actor referido.
Las Alucinaciones de Honrarás a tu Madre. —Ha sido estrenada en los últimos días la cinta de este título, con un franco éxito. No se trata de un filme intenso, pero sí de largo aliento. Con una extensión de once actos (los tres primeros cabrían en uno solo), la cinta despierta un interés que crece en cada acto, precisamente al revés de lo que suele acontecer en no pocas obras. Drama, no hay en verdad en Honrarás a tu madre. Y apenas si puede decirse que haya allí una historia. Es un poema a la madre, una especie de largo cántico en episodios, donde no faltan ni el hijo pródigo ni el hijo hipócrita. Pero lo que sobre todo hay en dicha cinta es una figura de madre interpretada con gran dulzura por la actriz que tiene ese papel a su cargo. Todos los actores, tanto las criaturas de los tres primeros actos como los adultos de los ocho restantes, responden perfectamente a su papel; lo que quiere decir que aunque el film en cuestión no sea de primera, es un film muy bien hecho. Vale la pena mencionar este determinante: filme bien hecho, porque él nos va a dar la razón de ciertos dramas cinematográficos, modestos en sí, y que obtienen y merecen un franco aplauso por su realización. Tal el teatro, que día a día nos da ejemplo de ello con el millar de piezas salvadas y ensalzadas por el juego de tal gran actor o gran actriz.
Pero hay algo mejor en Honrarás a tu madre, y son dos evocaciones gráficas, con el procedimiento de alucinación o ensueño, tan caro al cine.
En el primero de ellos, un viejo padre agobiado de remordimientos, cuyo hijo pródigo se ha sacrificado por salvarlo de la deshonra, ve surgir en un rincón de la pantalla a ese mismo hijo cuando tenía seis años; y a él mismo, el padre, azotándolo ferozmente... Hay dolores que no se soportan, ni hay padre capaz de seguir viviendo tras esa alucinación.
El padre ha muerto; pero queda la madre, rey Lear femenino, para sufrir aún más. Echada sucesivamente de la casa de sus hijos e hijas en su extrema vejez, ve a su vez surgir vagamente en un rincón del lienzo la mesa del comedor —apenas la mesa y la carpeta hasta el suelo—. Y alrededor ve correr, persiguiéndose, los piecitos desnudos de sus seis hijos, las seis criaturas que fueron toda su esperanza y la devoraban a besos...
La realización de esta última evocación es de una gran finura. El cine, en efecto, posee esta gran fuerza de sugestión: la de la doble vista, de la alucinación flagrante, del ensueño materializado en un rincón de la pantalla. En los primeros días del cine, los dramas (tal vez dramones) basados en el remordimiento y su secuela espectral, prestaron ancho campo a estas visiones fantásticas. Se abusó, naturalmente, como se abusa en arte de todo lo que va como un florete a punzar el centro mismo de la sensibilidad. Pero el recurso es siempre de buena ley; como lo es el leitmotiv musical, y como lo son a veces —pocas veces— los primeros versos de un poema, que se repiten al final del mismo con suspensivos...
Las Orgías del Cine. —Arbuckle acaba de ser absuelto de la imputación de asesinato. Persiste por otro lado la impresión del crimen cometido en la persona de Mr. Taylor, director de los talleres Lasky, y no se ha borrado aún el recuerdo de otro crimen —bien que por cuenta personal— que se llevó al otro mundo de las sombras a Olive Thomas.
Sobre estos tres dramas se ha comenzado a edificar la leyenda que amenaza ahogar el cine en una atmósfera gratuita de corrupción.
En efecto, nada más gratuito que derivar estos hechos del carácter de vida de las gentes del cine. En todo tiempo y ocasión, las hermosas suicidas y los alegres trasnochadores han surgido de los ambientes áureos: mundo de las finanzas, de la aristocracia, del arte mismo —cuando el arte ha logrado dorarse. En Hollywood, Santa Mónica y Los Ángeles, las estrellas del cine se divierten, queremos creerlo, y es agradable, clásico y fatal que lo hagan. Pero no es sensato atribuir a una sola casta lo que ha sido y es patrimonio de las gentes cuya fortuna —pasado un límite—, desborda en violento chorro de monedas, risa y orgías.
Orgías... seguramente las ha habido o las habrá en Los Angeles. Mas no con la frecuencia ponderada, ni mayores tampoco que las que la suerte puede depararnos tras cualquier recodo de la opulencia.
No atinamos a suponer por qué las gentes del cine, particularmente ellas, deben de sentirse dispuestas a la orgía. No hay acaso en todo esto otro motivo que el fastuoso miraje de juventud, belleza y opulencia atribuidas a las estrellas de Hollywood, mirage que la pantalla, con sus vivas escenas de ternura entre esas mismas estrellas, no consigue sino reforzar.
Estas comedias trágicas, en suma, han eliminado de la vida a dos mujeres, ambas jóvenes y hermosas, y a un director de cine. De este último drama no nos queda más rastro que las crisis nerviosas de Mary Miles, los desmayos de Mabel Normand, y un paquetito de cartas amistosas, mojado en sangre. Asunto y angustias de cine, todo este drama, que algunas de sus intérpretes van a vivir de verdad.
