Los Grandes Escritores del Cine. El Camino de Hierro. —Cuando hace un par de años las empresas filmadoras experimentaron en sus espaldas la falta cometida al creer que de los tres factores de la escena hablada y muda: autor, director y actor, basta con la existencia de los dos últimos, ocurrióseles por la primera vez la necesidad de obtener, a cualquier precio, la colaboración de los únicos que podían, de derecho, escribir una historia para el film: los escritores de profesión.
En todo el tiempo anterior el cine se había sostenido en auge gracias a la novedad de los ambientes presentados: finanzas, obrajes del Bajo Canadá, Far-West, y muy especialmente la vida durísima en las altas latitudes.
Dichos ambientes no eran nuevos para el libro; pero lo eran para el inmenso público de los cines, que si lee poco es capaz en cambio de devorar todas las cintas de un eterno y caluroso domingo de tarde. Llegó así a conocer, con un poco más de detalles y verismo que las descripciones geográficas y monografías nacionalistas, qué son los ranchos del lejano Oeste, qué dificultades ofrece desentrañar el oro de la madre tierra, y qué precio real en sangre y tormentos humanos tiene la piel que cae de los hombros de una bella chica, sin abrigarla siquiera.
Evidentemente, no todas las historias ofrecidas al film habían sido malas, porque la fatalidad quiere que entre la inmensa cantidad de cintas confiadas a gentes sin imaginación, haya ocho o diez que la tengan. Estos ocho o diez buenos filmes son los que admiramos en el transcurso de un año, y que vienen así a representar el porcentaje artístico de los centenares de miles de dramas ofrecidos al cine.
Si no es necesariamente el escritor de profesión un argumentista de film, es por lo menos el que más probabilidades de éxito ofrece. Un dramaturgo no es forzosamente poeta, ni este es fatalmente novelista; pero si en un país donde no hubiera sino carpinteros y un poeta, se quisiera fundar un diario de gacetillas, habría que cerrar los ojos y confiar ciegamente su redacción al poeta ultraísta.
Por largos años el cine confió a carpinteros la concepción de sus historias. Y algunos —como aquel peregrino Gobernador de Estado que concibió Detrás de la puerta—, resultaron más poetas que los consagrados por la profesión. Fenómeno este siempre de esperar y desear, como el aporte de una gota de sangre extranjera en la decadencia de una raza.
Pero estos juegos de suerte son demasiado fortuitos para esperar de ellos una segura y metódica ganancia. El cine había ya agotado todos los aspectos fotográficos del mundo: paisajes maravillosos, ambientes llenos de vida, de color, de minucias decorativas y detalles característicos. Lo único que faltaba en tales cuadros era la presencia de individuos, de tipos delineados con vigor bastante para que resultaran seres vivos más fuertes que el medio mismo, no nebulosos muñecos de ambiente.
Para la creación de estos seres se solicitó la ayuda de los tres grandes escritores de aire libre en Estados Unidos: Henry, Curwood y Rex Beach.
Esta enérgica colaboración, este aporte de oxígeno a la sangre propia, dio a la pantalla El campo de hielo, Kazan, La horda de plata, Isabel. Y en los últimos días, El camino de hierro, cinta tan repleta de vida que, naturalmente, según anotamos a propósito de Lo que toda mujer ignora, corre como esta el riesgo de pasar inadvertida.
Esta aparente paradoja por la cual se condena a la falta de éxito a un filme de primera, es ya vieja o dolorosa virtud del arte. Vale apenas recordar que las obras de Ibsen —dramáticas, escénicas como las que más—, no pasan una sola vez por año en los veinte teatros de una capital de dos millones.
Falta a El camino de hierro para conquistar lo que se llama "éxito comercial", una cierta sensiblería en la trama, en la figura y la psicología de sus personajes, la misma que el espectador suele hallar en los sainetes sentimentales del teatro, y el lector en los novelones de antaño o en las flamantes novelitas de ahora.
Nada más falta, puede jurarse. Los paisajes, el ambiente, el movimiento, la expectativa, el amor mismo, todo en el film es de efecto seguro. Y ante la incomprensión del enorme soplo de vida que hay en aquel, es cosa de preguntarse atónito cómo a esta altura de los siglos la educación artística de un público puede solucionar todos sus problemas del alma con la letra de un "patotero sentimental".
Es posible que no lleguemos nunca a sentir estas epopeyas de pobre ser humano debatiéndose contra el medio hostil. Las tres cuartas partes de los asuntos del cine norteamericano, fincan en esta gloriosa lucha. Hemos aceptado sus paisajes, su técnica (como la llaman en Europa); pero por contextura de raza o desviación del sentido artístico, no sentimos como es debido la gran poesía al aire libre de esos constructores de puentes, de diques, de vías férreas, imponiendo al desierto el durísimo temple de su voluntad.
Cuando tras increíbles esfuerzos los ingleses construyeron en el Nilo el gran dique por el cual se aseguraba la fertilidad permanente de una extensa zona, y con ella el bienestar de millones de seres condenados a muerte periódica, el escritor Loti levantó la voz indignada en nombre de la poesía y civilización, porque el embalse sepultaba ciertas ruinas egipcias.
No sabemos qué significado puede dar el señor Loti a la palabra civilización; pero en cuanto a la poesía de las ruinas, los que como él detesten el dique por haberlas sumergido, no comprenderán esa otra poesía del gran esfuerzo humano triunfando de una de las más grandes fuerzas líquidas de la naturaleza.
Gloria Económica. —"Al ejecutar una proeza de gran riesgo en una cinta por series, un individuo llamado Stevenson se estrelló ayer contra la calle. El individuo en cuestión reemplazaba, por un truc de escena, a la estrella Perla White, heroína del film".
Es decir, que la heroína de la peligrosísima cinta es Perla White; pero los peligros reales los corría el llamado Stevenson.
Esto nos enseña que cuando los actores de cine deben realizar una suerte peligrosa que compromete su vida, contratan a un hombre necesitado para que la realice a sus expensas. Mejor dicho, a expensas del bolsillo del actor, y de la vida del pobre diablo. Es en las cintas por serie donde se verifica por lo general esta sustitución, cuyo objeto, según nos informa el mismo telegrama, es evitar la muerte del valiente y arrojado actor que enardece al público por su desenfado para afrontar la muerte.
No todos nos dábamos cuenta de que nuestro héroe, que veíamos correr por una cornisa o precipitarse en el abismo a salvar la vida de un pobre y oscuro pobre diablo, estaba en realidad a salvo detrás de la máquina, viendo filmar contento la escena en que su sustituto, de su apariencia y como él vestido, se lanzaba al abismo... y se mataba.
No es nueva la combinación. En toda época y en todo momento se halla, si se busca bien, esta sociedad comercial, matrimonial o artística, que proporciona ganancias a un socio y malestares al otro. Pero en cualquiera de estas alianzas los societarios contribuyen con cantidad pequeña o grande de riesgo personal, y la ilusión inherente de resarcirse de él con ventajas.
En este heroico negocillo del cine, en cambio, solo hay riesgo, real, efectivo y fatal, para uno de los socios. Sus ilusiones —apenas merecen este nombre— son ganar cinco, diez, tal vez cien dólares. Por cien dólares, pues, el hombre entrega a su socio lo siguiente: la preparación, el mérito y la gloria entera de su proeza... y su propia vida.
La gloria no tiene precio, es bien sabido. Y, cuando está en venta, se la compra de preferencia con efectivos morales. No exige tanto esta enorme gloria de los héroes del cine: se satisface lisa y llanamente con la vida de un pobre diablo cualquiera llamado Stevenson.
Para comprar el entusiasmo mundial que esos héroes y heroínas levantan, con su centenar diario de cartas de amor recibidas; con sus millones de retratos prodigados a las niñas sensibles; con su incomparable valor y arrojo, no hay dinero para pagar todo eso. Por esto se recurre al arbitrio de hacer estrellar por diez dólares a un pobre individuo cargado de hijos, mientras el héroe, en salida de baño y tomando un helado, sigue con ojos curiosos la escena.
