Los Heroísmos

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


Llega un momento en la vida en que las circunstancias colocan al hombre al borde de un precipicio que debe saltar, él que no ha saltado nunca; a la entrada de un túnel abrasado en llamas, el que no resiste los primeros calores; ante las puertas de una ciudad devastada por una epidemia, el que evitó siempre el menor contagio.

Estas circunstancias, precoces para algunos, tardías para otros, pero ineludibles siempre, constituyen el destino de toda existencia.

Hoy o mañana, el hombre se encuentra fatalmente ante tales circunstancias. Dos caminos se abren ante él: el hombre de temple mediano, el hombre normal, equilibrado como una balanza, juicioso y previsor, el hombre-tipo, al cual todos pertenecemos, ese hombre vuelve la espalda al precipicio que podría costarle la vida; se aparta de las llamas que pueden malograr su existencia, y huye de los moribundos de la ciudad, que podrían arrastrarle consigo.

Otro camino se abre: El hombre que se decide a seguir este, no ignora que se matará en el precipicio, que se abrasará en el túnel, y que rendirá su vida a la epidemia. Pero, a despecho de esta certeza, él siente una sola cosa: que "debe" hacerlo.

Este sentimiento del deber, este impulso del destino antepuesto a la razón, al juicio, a la comodidad y el bienestar, conservadores de los años, constituye, puesto en acción, el heroísmo. 

Se ha usado muchas veces de la expresión "artista" para ponderar ciertas acciones o ideas de viva exaltación. Nada más justo. El temple del alma está en razón directa de la cantidad de poesía que ella encierra.

No es ciertamente un prosaico y frío individuo quien vertirá día tras día las gotas de su sangre a través de una selva misteriosa que lo va absorbiendo, sin otro fin ni otra ganancia que realizar, a trueque de su vida, el gran poema de lo desconocido.

No es un frío administrador de su existencia el biólogo que no pudiendo probar la eficacia de sus teorías, abre él mismo las puertas de sus venas al virus de una enfermedad mortal.

No es un timorato de su bienestar el ceramista cuyo horno devoró durante veinte años su fortuna y sus muebles, y a cuyo hogar extinguido entrega por fin la cama de su mujer e hijos, para obtener en ese trágico ensayo final, el esmalte que lo inmortaliza.

No es tampoco un adocenado de la comodidad y el regalo el artista misérrimo que después de treinta años resiste todavía a vender su pluma o su pincel, a pesar de no haber hallado nunca para su vida sino dos polos: la pequeñísima luz de su ideal, y el morirse de hambre.

Estos son, y con ellos los poetas de la ciencia, de la invención, de la moral, del sacrificio y del arte, quienes van exaltando a la humanidad más allá del estricto límite del bienestar animal, y quienes deberán dar cuenta un día del destino superior de nuestra vida.


Publicado el 13 de julio de 2026 por Brian.
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