Tiranía. Dorothy Dalton. —Según indicación del título y de dos largas leyendas iniciales, se trata de la tiranía impuesta a los seres débiles por el abuso de la fuerza. Pero basta que uno de estos seres débiles se dé cuenta un día de que el valor es cuestión de voluntad, y que el miedo se destierra con sólo querer desterrarlo, basta esto para que el mísero adquiera de repente la energía que le faltaba para romper sus cadenas. El plan, como se ve, es heroico. Veamos cómo se realiza:
La escena, en el Canadá. Una suave chica (Dorothy Dalton), de voluntad entorpecida por las leyes de familia, en que la opinión del padre es omnipotente, es entregada en matrimonio a un rudo cazador, cruel, borracho y miserable por los cuatro lados, quien representa un partido en aquellas alturas. La noche de bodas es interrumpida por la llegada de otro turbio personaje, propietario de un salón de baile, el cual, seducido por la virginal belleza de la muchacha, compra al marido el derecho de convertirla en una de las bailarinas de su bar. Dicho y hecho: la chica ingresa en el bar, donde por un largo tiempo (!) se mantiene pura; hasta que la presencia de otro mal personaje, que gana a la muchacha a la ruleta contra una suma de dinero, decide la catástrofe. El nuevo propietario de la chica quiere llevarla; ella resiste, muerde, implora la compasión del pianista, que es un buen muchacho, viciado por el alcohol, y el que le desliza un revólver. Pero el comprador ha logrado arrastrar a su presa por la escalera; nueva lucha en el corredor de altos, que concluye con la caída y la muerte del comprador. El dueño del bar sube enfurecido a maltratar a la muchacha, cuando ésta, enloquecida de miedo, hace fuego y hiere a su perseguidor.
Y en este momento, ante el terror del miserable y de todos los parroquianos dominados por el revólver que aún mantiene apuntando, la muchacha, esclavizada hasta entonces por el miedo, se da cuenta de que el valor consiste en tener una pistola en la mano y la cobardía en no tenerla. He aquí explicados el título y las dos conceptuosas leyendas iniciales. Parecería, sin embargo, qué título y leyendas planeaban la reconquista de valores morales, por medios también morales: voluntad, personalidad, querer, y otras virtudes subrayadas. No hay nada de esto, sino lo que es sumamente raro no hubiera aprendido desde la cuna una chica nacida en aquel rudo medio: que una mujer armada se impone a cualquier hombre sin armas. Más el drama continúa, y en el resto de él la muchacha se retira del bar a vivir como buenos amigos, aunque se aman, con el pianista arrancado al alcohol que lo dominaba; la muchacha propone su propio sacrificio al dueño del bar para adquirir un atelaje de trineo; obtiene el trineo sin sacrificarse, y lo entrega al pianista, quien va a alejarse de aquel ingrato país, cuando a la puerta de la choza encuentran el cadáver del marido. Y como el marido era el obstáculo para que la muchacha no entregará su corazón a su amado, puede ahora hacerlo sin desdoro. Es lo que hace, la joven casada —virgen— y viuda, y el telón cae.
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La señorita Dalton no tiene suerte con sus directores. Rara vez está en papel, a pesar de que su belleza total —y la muy característica de sus ojos— evitan que la imaginación se aparte un instante de su figura. Pero queremos creer que no todos los espectadores son hombres. Y aún nosotros observamos esto: que desde Rosa de fuego y El diez de diamante, son contadísimas las cintas adaptadas al temperamento de Miss Dalton. Es voz sonada que la artista decae. ¿No decaerá, mejor, el tino de sus directores? ¿Por qué y cómo una actriz en pleno vigor va a constituir un fracaso constante, cuando Rosa de fuego tiene apenas dos años, y la señorita Dalton sólo dos años más de edad? Rosa de fuego debió servir de troquel a los directores de Dorothy, en sus films sucesivos.
La señorita Dalton pide pasión, juego abierto de contrastes, no insinuado, sino marcado violentamente. ¿Qué se le da en cambio? Los mismos asuntos y los mismos papeles, relativamente, que han desviado a tantas otras estrellas, transmutando la serena naturalidad de Walsh en febril gesticulación, y la discreción elegante de Wallace Reid, en lamidas tonterías para chicas de catorce años o señoritas de cuarenta.
Pero hemos de volver otra vez sobre esta aparente agonía de las estrellas cinematográficas.
