Era un soplo la voz del campanario;
y en el escaso sol de la bahía
como un ala de nieve se perdía
la pálida belleza del estuario.
Cantabas, con los salmos del breviario,
vagamente la mística alegría,
cuando era más incauta tu agonía
sobre el ancho paisaje literario.
Y en la tarde propicia de aquel Junio
que azulaba el adiós del plenilunio,
apagó tu fructuosa cantilena
bajo el silencio tibio de mis guantes,
la noche que traía, por instantes,
el lejano clamor de una sirena.
