Los Remos de La Gaviota

Horacio Quiroga


Cuento


Estábamos atracados a la playa de Posadas. Eran las tres de la mañana, y acababa de despertarme, muerto de sueño aún y con las caderas muy doloridas, porque una tabla de cedro de veinticinco centímetros no es un lecho confortable. Como no teníamos el menor interés en perder un solo minuto de ese día, desperté a mi vez a mis compañeros y nos lavamos la cara en el agua aceitosa de la orilla, empuñando en seguida los remos, de vuelta a San Ignacio.

Habíamos llegado a Posadas la tarde anterior, muy bien, si se quiere, pues en la segunda hora de viaje La Gaviota había roto dos veces el mástil, tres veces la botavara, concluyendo por trepar con su aparejo compuesto, encima de un arrecife de asperón, a todo el viento que puede no desear un aficionado, que es ya una dosis máxima de aire.

Durante un mes entero habíamos clamado por viento, esa honrada brisa que hace andar armoniosamente a las embarcaciones. Lo habíamos tenido por fin, la mañana anterior, y bien de largo, el viento norte de Misiones, silbante, implacable, que sopla y sopla hasta concluir ahogado en el diluvio de agua sombría del sur.

Había llegado a las seis de la mañana. La Gaviota volaba aguas abajo, cayendo de proa con un timpánico chasquido de palmeta a cada cabeceo. El Alto Paraná, con treinta o más brazas de agua, levanta olas, hay que creerlo.

Bajábamos rozando la costa paraguaya. El timón, bastante cerrado, roncaba y vibraba dentro de nuestro cuerpo. El bosque del litoral, fresco aún y doblado por el viento hacia el sur, parecía empujar él también.

Era un encanto. Al rato, no. Un ensamble de lapacho y canela con tornillos de dos pulgadas y media, es una cosa muy seria. Pero el viento norte, cuando se decide a bramar después de un mes de sequía brumosa, reconoce muy bien lo que está ensamblado. A las siete y media las cabezas de los tornillos pasaban a través de la canela, y la vela se acostaba de proa.

Atracamos donde nos fue posible ─donde había providencialmente una tacuara arqueada sobre el río, el único ejemplar que hubiéramos visto desde la partida, pues todas se había secado ese invierno. Era un simple golpe de suerte: en media hora cortamos las espinas del nuevo mástil, taladramos, atamos y cosimos. Y todo quedó muy bien.

Pero nuestro viento se enloquecía. La tacuara cedía tanto que el centro vélico quedaba casi sobre proa. Un rato después la botavara, terriblemente solicitada por la escota, se cerraba como un compás. Y el resto en la hora subsiguiente.

Resumen: al doblar el cabo de Candelaria y ante la brusca curva del río hacia el norte, el viento nos cogió de proa. En el otro extremo de la anchísima cancha en que el Paraná se engolfa allí, estaba Posadas. Cerca, si se quiere: cuatro leguas. Pero con un viento aciclonado de frente, que eriza en rallador las olas en los bajos fondos, y atraviesa instantáneamente la embarcación, por poco que la proa guiñe un milímetro, esas cuatro leguas nos costaron toda una tarde de esfuerzo a diente cerrado.


* * *


Los tripulantes de La Gaviota que salimos de San Ignacio
éramos tres: Romero, Ismael y yo. Pero al regreso éramos cuatro; por lo que se verá.

Cuando al atardecer hubimos llegado a Posadas, fuimos a la plaza a sentarnos, o a abandonar contra algo la espalda. No creo que tuviéramos figura muy decente. Un paseante, sin embargo, cruzó la calle para venir a saludarnos. Lo habíamos visto alguna vez en San Ignacio, donde tenía parientes. No sabíamos más; pero estaba encantado de vernos, y se empeñó en volver con nosotros. Le preguntamos, es claro, si sabía remar. ¿Que si sabía remar? Estaba cansado de ir y volver a remo a la villa.

El paseo no es malo: legua y tres cuartos o casi dos, por poco que se quiera bordear los vapores anclados. Pero nosotros debíamos remar un poco más que eso, porque de Posadas a San Ignacio, contando restingas y demás, no hay menos de veinte leguas.

El muchacho parecía de buena pasta, y sabía remar. Porque no dejaba de entrar en nuestro pequeño cálculo el refuerzo ese. En cuanto a él, le divertía locamente ir a cenar con nosotros a bordo, y dormir atracados a tierra en la misma Gaviota.

Dormir sobre una tabla de veinticinco centímetros de ancho no es cosa agradable, como he dicho, aunque aquélla sea de cedro. El pasajero se despertó alegre, no obstante, bien que fuera aún noche cerrada. No se sentía todavía un solo ruido en el puerto. En la larga fila, como yacarés, dormían en la playa las chalanas, trepadas de proa sobre tierra. Uno que otro farol de viento, de vigilancia en la popa, ponía en manifiesto el río negro en un inmóvil reflejo aceitoso. El agua estaba untuosa y tibia.

Listos, pues, organizamos los turnos, que debían ser de una hora, Ismael y Romero, el pasajero y yo. Remamos en dirección a Villa Encarnación, por razones de corriente, y el crepúsculo estaba ya muy adelantado cuando comenzamos a remontar la costa paraguaya. Desde el horizonte, en el confín de la cancha, una barra de fuego vibraba sobre el río encendido, hasta nosotros, y remontaba hasta el cenit, en el cielo. El sol estaba por asomar. Fondamos un cuarto de hora, y concluimos nuestro tatú asado. El azúcar para el café se nos acabó también quedándonos sólo las galletas y el tabaco lavado.

Continuamos. El sol subía. La Gaviota avanzaba costeando, pero el viento no llegaba. Ni un soplo de aire; el gallardete del mástil, aunque leve como seda, pendía perpendicular.

Es ésta otra de las sorpresas del Alto Paraná. Cuando el viento norte se decide a soplar, no hay nada humano ni fuera de la humanidad que lo haga cesar, a excepción de la tormenta del sur. Calma al anochecer, y recomienza a la mañana siguiente. Y he aquí que rompía su ritmo, se retardaba, se agotaba, precisamente cuando habíamos contado con él para salvar por lo menos aquella abrumadora cancha hasta el Carupá.

Nada que hacer. La costa paraguaya, desde la Villa hasta la barra de aquel arroyo es sumamente baja. La bajada intrínseca del Paraná era asimismo extraordinaria en aquel momento. De modo que debíamos bogar lejos de la playa, sobre dos cuartas de agua y un fondo visible de piedra que rompía en escollos a cada trecho.

Ahora bien; entre los escollos el agua corre, y ha corrido toda la vida de un modo infernal en esa costa. Mal dormidos, pues, quebrados por la lucha de la tarde anterior, con las manos imposibles y el sol en los ojos irritados, avanzábamos siempre relevándonos con todo juicio, sumando una legua penosamente ganada a la otra, y a la otra, y a la otra.

A las diez habíamos entrado en el seno paraguayo de la cancha, y la corriente, desde luego, no nos molestaba más. Pero desde ese momento nuestro pasajero quedaba descontado como fuerza activa.

El muchacho había hecho indudablemente cuanto había podido. Remaba bien, aun a dos remos, lo que parece no entraba en su costumbre. Pero una cosa es un paseo de dos horas a la frescura del crepúsculo para visitar dos ciudades, y otra muy distinta remontar un río salvaje bajo un sol de diciembre, cuando se está en eso desde antes de aclarar, y se tiene todavía catorce leguas por delante.

El pasajero nos tendió sus manos; no había nada que decir. Es posible que las nuestras no estuvieran mucho mejor; pero él pretendía efectuar un paseo alegre, y nosotros regresábamos de un viaje, lo que es bien distinto.

Entretanto, la atmósfera pesaba de un modo insólito. Hacia el sur, el horizonte comenzaba a cargarse de cúmulos lívidos, que temblaban en sordas conmociones de luz. La tormenta venía, sin duda, y de aquí la falta de aire. Pero faltaba también para nuestra vela, y más ahora, en la precisa ocasión en que nos tocaba un turno alterno de dos horas.

Éste era el caso: dos horas continuas de remo y una de descanso. Al concluir ésta ─y una hora pasa rápido─, vuelta al remo por otras dos horas. Este turno vuelve el humor poco alegre cuando es preciso cumplirlo después de nueve horas de estar remontando un río que corre dos millas en la canal, y otras tantas por la costa cuando la bajada saca a luz una restinga cada doscientos metros. Todo esto, bajo un asfixiante amago de tormenta que se ha llevado arriba todo el aire.

En dos horas de remo hay que tirar de él para atrás mil ochocientas veces, en el más benigno de los casos. Por esto nos había dicho el griego, después de oírnos hablar de nuestro proyecto en San Ignacio:

─El remo no es cosa de juego... Hay que darle. Poco o mucho, pero hay que darle siempre.

Nosotros le dábamos, pues, aunque muy poco contentos. Mas ¡qué íbamos a hacer! La tenacidad en el esfuerzo, por lo demás; la brutalidad sorda de sentirse condenado a eso, es una locura tan entrenante como cualquiera de ellas.

Queríamos subir y subir: nada más.

Mas en esa depresión de atmósfera, el sol a plomo era particularmente duro de soportar. Aunque con la cabeza en el Paraná cada diez minutos, el agua caliente por el poco fondo de la orilla nos producía sensación de aceite en la cara y en el estómago, tanto más. Un consuelo teníamos; y era sentarnos con los pies hacia afuera dentro del río filante, todo el tiempo del turno libre. Pero al volver al remo, como no era posible soñar en ponernos las botas que quemaban, el sol hacía lo mismo con nuestros pies; por lo que debíamos tenerlos ocultos bajo diarios.

Subíamos siempre. Las horas iban pasando, con un nuevo consuelo. Nos reconocíamos otra vez en el ambiente, fuera por fin de aquella eterna cancha de costa baja que habíamos dejado con Candelaria. Era otra vez nuestro Paraná encajonado, amurallado de bosque que se vertía desde lo alto en curvas sucesivas de copas hasta el agua. UN brusco cabo de arenisca, un nuevo cerro doblado, eran jalones de nuestro paisaje familiar, en que la caída de la tarde volcaba su salvaje y profunda serenidad.

En el horizonte del sur la tormenta temblaba siempre, pero sin avanzar. Arriba, el cielo estaba despejado. La calma del aire se acentuaba también por la hora. El río, suavizado como terciopelo, corría terso en finas arrugas longitudinales, refrescando a su vez por el monte que comenzaba a verter sobre el agua su perfume crepuscular. En los remansos umbríos de la costa argentina, el aire cobraba una transparencia tal, que las frondas hinchadas sobre el río adquirían un relieve casi mareante. Los más leves ruidos tenían un carácter de inesperada brusquedad, y se propagaban clarísimos. Desde la costa paraguaya, a dos mil metros, nos llegaba con limpidez metálica la charla a media voz de dos chicos que tornaban a vestirse en la playa.

Éste era el ambiente. Pero allá, remontando el río como una tortuga herida, iba penosamente La Gaviota. Como vida, ofrecía la que pueden sugerir cuatro remos moviéndose lentos. Pero conciencia, norte, esperanza, no.

Estábamos deshechos. Las manos, desde luego; negras, con las venas hinchadas y lucientes, acalambradas hacia adentro, estuviéramos o no en el remo. Esto por el dorso; por abajo, los dedos cuadrados, con un lívido ribete de carne aplastada. Debajo de cada callo, un ancho derrame seropurulento sobre llaga viva.

Algo más: los remos de proa, dejando mucho que desear en su empuñadura, trabajaban sobre el índice y el pulgar, y venían trabajando desde veintiséis horas atrás. Había allí, pues, dos nuevos puntos de mortificación en toda la extensión física y moral de la cosa.

Con estas manos ─sin contar lo que había en las muñecas y la cintura─ remábamos siempre, aunque como es lógico suponer, los turnos había disminuido. Eran ahora de media hora o tres cuartos, a lo sumo. Equitativamente, los descansos eran muy cortos ─de diez minutos, a veces─ que apenas teníamos tiempo de gozar tirados a popa. En un momento ─es difícil apreciar lo cortos que son diez minutos─ volvíamos al remo. Al rato el maquinismo brutal nos cogía de nuevo; tornábamos a balancearnos, a alzar los hombros hasta las orejas, a tirar, tirar siempre, con la base de la mano, con la primera falange, con la punta de los dedos, con cualquier cosa menos con la mano.

Esto, al rato; pero los primeros minutos eran muy duros porque teníamos ya las manos frías, y tirar era una verdadera tortura. Y teníamos, sobre todo y por encima de todo, la moral completamente quebrada.

Un remero mira con placer el agua a uno y otro lado de sus toletes, porque ello constituye una honrada diversión. Pero a nosotros no nos divertía ya el agua, ni el Paraná y su frescura crepuscular. Era tanto, que en un simple tropiezo de mirada con un tornillo flojo, una cuaderna fuera de la perpendicular, había una verdadera náusea, porque nos sentíamos hartos de todo eso. Hubiéramos dado no sé qué por emplear de otro modo las fuerzas, porque en realidad no estábamos extenuados. Era un cambio de oficio, lo que queríamos; hacer otra cosa, cualquiera, menos aquella cosa horrible de echarnos adelante y tirar atrás; volver otra vez adelante, y tornar a hacer fuerza atrás; sin la menor variante, siempre el mismo movimiento, desde las tres de la mañana, y desde toda la tarde anterior. Dejar de remar, esto es lo que queríamos. Cambiar de oficio, nada más. Y esta impresión de náusea a todo y por todo, vivísima al tornar al banco, crecía de qué modo durante media hora de la misma miseria.

Nuestro pasajero, sentado a popa con la barra, estaba mudo desde la caída de la tarde, lo que le agradecíamos infinitamente. Tampoco hablábamos nosotros, por lo que es fácil comprender. Lo único que nos interesaba, en cuanto a esperanza, era llegar a la barra del San Juan antes de las nueve de la noche, pues es formaba parte de nuestro plan. El resto ─incluso en primer término el mutismo del pasajero─ nos tenía sin cuidado.

De pronto,y cuando menos lo esperábamos, pues comenzábamos a forzar la larga corredera de Itahú, el pasajero soltó la barra en un largo desperezo:

─¡Qué aburrido estoy! ─exclamó.

─¡Cuide del timón! ─le contestó de un humor bastante mediano Ismael, que tenía turno de descanso. En el comienzo de un rápido es lícito hacer cualquier cosa, menos apartar un instante la atención de la corriente.

¡Aburrido!... ¡El señor estaba aburrido! Cambiamos una ojeada con Romero e Ismael, y bajamos los ojos, evitando como el fuego mirar el agua.

Al rato el pasajero tornó a exclamar con voz plañidera:

─¡Tengo unas ganas de estar en casa!...

Ismael, que tenía las manos en el agua ─para ablandarlas, decía él─, cambió de postura y sacó los pies afuera, a la corriente. Yo estaba en los remos de proa, los que trabajan sobre el índice y el pulgar. Vi la cara de Romero vuelta al tolete izquierdo, y mantenida fija allí durante un momento. Nada más.

Pero en la mueca característica de Romero, cuando el hígado comienza a aconsejarlo mal, y en los ojos entrecerrados al río de Ismael, sentí el pulso de nosotros tres. He aquí el estado en el que estábamos.

No había allí desde una hora atrás, como acabo de anotarlo también, un detalle, el más insignificante de todos los detalles anodinos, uno solo que no nos suscitara un hondo sentimiento de repugnancia, porque estábamos hartos ─¡hartos!─ de todo. De La Gaviota entera, con sus remos desiguales, sus toletes desiguales, el punte de proa revocado de barro, el fondo sucio, lleno de herramientas y trozos de diarios: la Parabellum oxidada, a medio caer de un cajón de popa; las correas de la máquina fotográfica, apretadas por la tapa del otro cajón; hartos de esto, de todo, de nosotros mismos y del diablo.

¡Y a gentes que estaban en esta situación, dando todo lo que podían con las manos destrozadas, venía un tipo a recitarnos que él, él estaba aburrido y tenía ganas de estar en su casa!

Ya una hora antes, al declinar el sol, y estando yo en turno de descanso, había observado las caras de Ismael y de Romero, remando con el sol de frente. Ismael usa el pelo hacia atrás; pero entonces le tenía caído en un pesado mechón goteante de sudor, que el muchacho apartaba de los ojos con una sacudida. Sucio ─¡desde luego!─, desencajado de cansancio, con la mueca a que lo forzaba el sol en los ojos, mostrando los dientes a cada esfuerzo hacia atrás, era aquello todo un trozo de cinta salvaje.

El pelo de Romero, en cambio, que éste aplana normalmente a un lado, se había alborotado hacia arriba, en dos mechones curvos que le brotaban de los costados de la cabeza, porque en el medio tiene poco pelo. Negro, él, los ojos inyectados y la boca saliente por el profundo pliegue de las mejillas, era una buena figura del hombre que está pasando el límite que le concede su entrenamiento.

Pues bien: en aquel momento todo esto me era muy poco simpático, porque yo a mi vez sentía la náusea de mí mismo. Este solo detalle: el pelo de Ismael para abajo y el de Romero para arriba, me mortificaba como un aspecto provocador. Y si entre nosotros mismos no hablábamos, ello se debe a que nos quedaba un resto de común y mutuo respeto por lo que estábamos pasando y pensando.

¡Es de figurarse ahora la gota de aceite que volcaría en nosotros, la observacioncilla del del pasajero reclinado sobre tres almohadones, haciéndonos notar que él hallaba un poco largo el viaje!

El Paraná comenzaba a oscurecer. El último rostro morado de la canal se perdía en la sombra de la selva paraguaya, que avanzaba hasta la mitad del río, y La Gaviota, blanca, debía parecer una pequeña cosa gris que remontaba trabajosamene arrimada a la costa.

Pero en la frescura ya muy viva del río, y a pesar de ella, la temperatura del terceto iba creciendo, porque el pasajero se disponía a abrir de nuevo la boca. Lo sentíamos bien en sus miradas altas a una y otra orilla. Mientras observaba la toma de la proa en la corriente, que es el deber de todo timonel en el Alto Paraná, todo iba bien; pero apenas el deseo de estar en casa lo invadía, comenzaba a mirar alternativamente los borbollones de agua de los remos y después la costa a derecha e izquierda. De modo que la tensión de nuestros nervios, ya dura para con nosotros mismos, llegaba al disparate ante la amenaza de una nueva nueva observación.

─¡Qué vida esta! ─suspiró de pronto.

Paré bruscamente los remos y miré hacia popa. Romero quedó detenido en el primer tiempo, echando adelante, y con los brazos en los remos. Volvió la cabeza a proa con una sonrisa, o lo que él cree que fue sonrisa. Pasó un instante, y los remos cayeron de nuevo.

Pero la copa estaba desbordada. Cuanto hay de impulsividad en un individuo sumamente cansado y rabioso, estaba vibrando de la roda al timón de La Gaviota. Durante diez segundos no levanté los ojos de los diarios en los pies; estaba seguro de que el pasajero comenzaba a hallar de nuevo aburrido el paseo... ¡Tac!

─¡Qué daría por estar...!

Sin una palabra, Romero levantó el remo y lo aplastó en la cabeza del charlatán.

Las palas de los remos son de lapacho, que es una madera muy dura; pero sólo tienen tres milímetros de espesor, lo que alcanzando a luchar victoriosamente con el agua, no es suficiente para matar de plano a un hombre. De modo que el pasajero no murió del golpe, aunque cayó adelante, después de mirar fijamente el cielo.

Volvió en sí enseguida, pero con bastante pesadez, tardando un buen momento en reconocernos. Murmuró luego, pasándose la mano por la cabeza:

─¡Qué bárbaros!...

Esto era evidente; nada podíamos objetar. Pero debió haberse dado cuenta él mismo de cómo estábamos nosotros, con nuestro estado físico y moral...

Sacudía siempre la cabeza, sin querer oírnos:

─¡Qué bárbaros!…

En fin, aquello había descargado los nervios, mucho mejor que la tormenta, contenida siempre en sordo tronar. Cruzamos el Paraná, pues ya no teníamos luz suficiente para llegar a los remolinos del San Juan, y dormimos atracados a una jangadilla, bastante contentos después de todo, pues aparte un posible baile de viento y lluvia, estábamos a seis leguas escasas de San Ignacio.


* * *


Llegamos al día siguiente a mediodía, cosa que no hubiéramos podido ejecutar sin la feliz interposición de diarios arrugados y elásticos entre remo y mano. Hay además, antes de llegar a San Ignacio, dos o tres tropiezos con el Paraná entero al doblar el Teyucuaré, que se pueden utilizar para concluir con las fuerzas de tres pobres diablos.

Como final, la llegada a nuestro país, aquella media hora de espera en el andén de Calmón, bajo un sol a plomo que está evaporando en vaho asfixiante un ligero chubasco, mientras el mensú de yaque traía a tirones los caballos del sulky, y nuestro pasajero nos tomaba una fotografía doblados sobre los codos, más blancos que el sol mismo, aquella media hora es la más fuerte que hayamos pasado fuera y dentro de La Gaviota, el pasajero incluso.

Dos días después, inmaculadamente limpios y peinados, tomábamos café con leche en casa, a la vista del Paraná, cuando pasó a caballo nuestro pasajero. Iba al puerto, a embarcarse de vuelta a Posadas. Nos saludó al pasar con la mano, y tuvimos tiempo de gritarle que si volvía a San Ignacio antes de fin de mes, pues nosotros debíamos regresar a Buenos Aires en esa fecha, podríamos planear un bello paseo.

─¡Cualquier día!... ─nos contestó alegre.


Publicado el 31 de enero de 2026 por Edu Robsy.
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