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Este texto forma parte del libro «De La Vida De Nuestros Animales».

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Dícese que los tigres siguen pertinazmente días y días a la zaga de estas grandes manadas, alimentándose de los individuos cansados que pierden contacto con sus hermanos.
Si el destino quiere que la plantación lujuriante de un pioneer del bosque se halle al paso de los tatetos, el hombre puede cruzarse de brazos ante su destino, pues de la plantación no quedará sino fango, y hojas trituradas bajo él.
Allá, insensibles a los precipicios, los ríos, y la extenuación progresiva de la manada, los tatetos van y van.
Ni ellos saben por qué. Podría decirse que llevan, como el instinto, los ojos cerrados. No buscan nuevos alimentos, ni su avance es de lucha. Puédese disparar sobre ellos de flanco, sin que la gran ola de lomos cerdosos altere su ritmo.
Pero si el cazador es visto por la manada, y sus balas alcanzan a derribar a los viejos machos de la vanguardia, el hombre entonces puede llevarse desde ya las manos al vientre, si no ve un árbol a su alcance.
En efecto, ante ese ataque, el sonambulismo emigratorio de la manada altérase de pronto. Las cerdas se yerguen rígidas, miles de puntos verdosos incendian la penumbra, y el furor de los tatetos sobrevive largo rato a la muerte del hombre, límite bien breve por cierto.
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Publicado el 28 de julio de 2026 por Brian.
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