El tateto es un animalito arisco, cerdoso y cargado de hombros, como el jabalí. Se mueve constantemente de un lado a otro con una especie de trote nervioso, y representa en la selva americana al citado jabalí, a cuya familia pertenece.
Pero al revés de la negra bestia Solitaria, el tateto no se halla en la soledad, Su vida entera, su inteligencia están consagradas a la piara. Un tateto aislado apenas constituye otra cosa que un chanchito canoso, de cuello recogido, mirar soslayado y cabeza baja. Pero en la piara familiar, en la manada salvaje, el tateto encarna la vida total y obstinada de la especie.
Apretados en piaras de cientos y miles de individuos, los tatetos van y van. Como los perros jaros de la India, nada ni nadie les detiene. Donde ellos pasaron, el bosque queda desgarrado, destilando barro y flavo hedor.
Dícese que los tigres siguen pertinazmente días y días a la zaga de estas grandes manadas, alimentándose de los individuos cansados que pierden contacto con sus hermanos.
Si el destino quiere que la plantación lujuriante de un pioneer del bosque se halle al paso de los tatetos, el hombre puede cruzarse de brazos ante su destino, pues de la plantación no quedará sino fango, y hojas trituradas bajo él.
Allá, insensibles a los precipicios, los ríos, y la extenuación progresiva de la manada, los tatetos van y van.
Ni ellos saben por qué. Podría decirse que llevan, como el instinto, los ojos cerrados. No buscan nuevos alimentos, ni su avance es de lucha. Puédese disparar sobre ellos de flanco, sin que la gran ola de lomos cerdosos altere su ritmo.
Pero si el cazador es visto por la manada, y sus balas alcanzan a derribar a los viejos machos de la vanguardia, el hombre entonces puede llevarse desde ya las manos al vientre, si no ve un árbol a su alcance.
En efecto, ante ese ataque, el sonambulismo emigratorio de la manada altérase de pronto. Las cerdas se yerguen rígidas, miles de puntos verdosos incendian la penumbra, y el furor de los tatetos sobrevive largo rato a la muerte del hombre, límite bien breve por cierto.
Pero he aquí que el hombre ha tenido tiempo de trepar a una cepa de árbol, apenas a metro y medio del suelo, sobre la que se mantiene de pie, haciendo fuego con su winchester.
Cuatro, ocho, diez tatetos caen muertos. Los demás —son miles— se abalanzan contra el tronco, pero no alcanzan. Saltan en vano, y caen de nuevo. No pueden pasar de las suelas del hombre, que empapan de babas.
La ira excita a los tatetos hasta un grado increíble. Trotan alrededor del hombre con la boca entreabierta, y se precipitan sobre el tronco a arrancarlo con sus colmillos. Largos jirones de corteza vuelan al aire, y asimismo parte de la madera.
Sobre el tronco, el hombre ya sin balas mira a todos lados. En cuanto abarca, su vista del breve claro de bosque, no ve sino puntos verdes fijos en él, en la más feroz inmovilidad.
Porque ante la inutilidad de su ataque, los tatetos se han calmado. Están ahora quietos, de pie o echados, sin apartar una línea sus ojos del hombre, en tanto que el crepúsculo se va llenando del castañeteo de sus dientes.
Los tatetos no tienen prisa; su enemigo está ahora fuera de su alcance, pero llegará un momento en que no podrá sostenerse más sobre el tronco, y esperan.
El hombre lo prevé también, y cierra un instante los ojos, a trueque de oscilar y caer. El conoce la obstinación de esos demonios, capaz de resistir días y días, y que nada aplaca...
Ha caído del todo la noche. El hombre debe poder mantenerse aún de pie inmóvil sobre el estrecho tronco, aunque no se le ve. Los tatetos, inmóviles también, esperan.
