La necesidad de crear constituye uno de los más fuertes caracteres de los pueblos nuevos. Pero contra lo que pudiera a primera vista creerse, esta necesidad se manifiesta mucho más hacia el ensueño de una ideología fetichista, que en el sencillo progreso material.
Cuando no hace muchos años se creó el panamericanismo: "Bien está —pensamos entonces—. Honraremos este gran fetiche que alcanza de uno a otro polo". "Todo nos vincula en un gran sentimiento continental. Tal vez no alcancemos a comprender las ventajas del culto espiritual que nos exige; pero tratándose de una religión geográfica y semimundial, elevemos confiados nuestras preces a la felicidad del inmenso continente".
El continente —cortado en Panamá, según es notorio— no nos oyó. Creamos entonces el hispanoamericanismo, religión más pequeña, que, a pesar de los oficios celebrados en el altar de la poesía, murió en temprana edad por falta de oraciones, exactamente como su hermana mayor.
El creyente necesita pedir algo ante el altar de sus dioses para palpar su fe. El padrenuestro ha hecho más por el cristianismo que todo el resto de los cuatro evangelios.
¿Qué merced concreta, qué don ansiado, qué pan nuestro de cada día podíamos pedir al gran fetiche panamericano? ¿Qué aspiración genérica, qué ideal común a todos podíamos impetrar del hispanoamericanismo?
La defensa contra los Estados Unidos, únicamente. Pero el odio y el miedo no han creado nunca religiones. Carecíamos de un sentimiento "real" y contrito para sostener un culto. Y el hispanoamericanismo murió, por falta de un credo de amor.
Por esto, cuando reduciendo aún más los límites, creamos el nacionalismo: "He aquí por fin hallada —nos dijimos entonces— la tierra de Canaán. Del hogar, de las costumbres, de todo lo gustado, amado y sufrido por las generaciones anteriores, se forma este sentimiento, geográfico todavía, pero infiltrado en la sangre común hasta unir y confortar dos corazones distintos en un solo latido fraternal. El constituirá nuestra religión; elevemos nuestras oraciones al nacionalismo".
Pero, ¿cuáles? Creer no basta, lo hemos visto; es menester pedir para creer. ¿Y qué pan de cada día podíamos demandar al nuevo dios?
Allá arriba, el nacionalismo, con los pies entibiados por nuestro aliento, pero la cabeza helada, aguarda aún nuestras preces.
Sabemos perfectamente cuál es su esencia: el amor a lo nativo y tradicional, cuya cultura debe darnos nuestra civilización. El amor a lo nuestro.
Mas, ¿qué es lo nuestro y dónde se lo halla?
Como si fuera un hierro ardiendo, los poetas del nacionalismo parecen evitar a todo trance la concreción de sus anhelos.
A dos pasos de nosotros, oímos exclamar:
"Ante el empuje de culturas, bastardas desde que se han infiltrado en nuestras fronteras, debemos levantar como una bayoneta «nuestra» civilización propia...".
Un poco más lejos:
"No busquemos en parte alguna lo que no podría suplir a «nuestra» civilización. Las tumbas de los incas están abiertas. Yo os digo que el Juicio Final y una nueva aurora ha amanecido allí".
A uno y a otro lado:
"Esperemos aún al poeta que cante «nuestra» alma... Sobre el polvo de las civilizaciones caducas se levantará el alma nuestra, que es el alma indefinida —o redentora— o trágica de la pampa soñadora, espiritualizada, sutil...".
Ciertamente. Pero, ¿qué es, en lenguaje claro y vulgar, lo nuestro? ¿Qué es esa alma particularísima de la pampa nuestra, para definir la cual no bastan ya todos los epítetos conocidos, cuando los llanos de Venezuela son solamente los llanos; las savannas de Norte América, las savannas y las estepas de Rusia, sencillamente estepas?
¿Qué es esa alma de nuestra tierra, tan distinta de todas las almas conocidas y qué es, en lenguaje prosaico, al alcance de todos, eso "nuestro" que debe darnos la salvación?
Una vez nos ocupamos del espíritu de redención manifiesto en las canciones de las revistas populares, en las obras de teatro y particularmente en la letra de los tangos. Emanaba de todos ellos un ansia tan grande de regeneración, que creemos fuera eterna.
"Hemos dado —nos dijimos también entonces— un paso de gigante en la vía cultural. Visible es la influencia de las literaturas extranjeras en esta inquietud del alma popular; pero bienvenida sea, aunque extranjeras".
Hace de esto dos años. Hoy, la letra de los tangos no expresa ya aquel anhelo de levantar a la mujer y al hombre caídos. La fraternidad cosmopolita que encendió el alma del pueblo durante una década ha cedido el sitio a otro sentimiento, sintonizado en todas las canciones de la radio. Según estas canciones lo que se busca a toda costa no es ya compadecer y redimir a ser alguno caído, sino establecer y comprobar con letra y música, que se ha sido y se es carcelario, malevo o simplemente patotero.
Una virgen loca que hace tres años lloraba, no sus yerros, sino el de los hombres que la habían hecho mala, afirma hoy tozudamente, una y cien veces, que quiere continuar siendo golpeada y esquilmada por su sombrío negro. Otro canta en la cárcel sus éxitos de personaje turbio cuando vagaba en las altas horas. Otro insiste en recordarnos que sus afectos son duros, chatos y más bien de rencor, por ser hijo genuino de la tierra.
En cada tango —los tangos florecen en la proporción del noventa y nueve por ciento— el cantor porfía en hacer gala de su temple de alma, no sólo sin rubor sino con altanería. Bajo la pesadilla de morales extrañas a nuestra fibra, creyó un día de su deber reformarse, sin prever el crimen que cometía al disolver con su acento el alma nacional, cuando se condolía a bandoneón sonante de las Estercitas, las francesitas y las galleguitas de la canción. Tontería todo eso; eso no era, no fue ni será nuestro. Sobre la reacción extranjerista que un día nos engañó con el miraje de una cultura ajena, alcemos nuestras crudas virtudes congénitas a compás del tango, que han de cimentar nuestra genuina civilización.
Gracias a Dios no es cierto: ni el tango, ni el quillango, ni la vidala, ni los collas del altiplano han de darnos nada, porque no hay país nuevo capaz de crearse una civilización con las fronteras bloqueadas. Para transformar los elementos nativos en piedras fundamentales de una cultura, se necesita previamente abrevar larga y ansiosamente en viejas civilizaciones, caducas para ellas mismas, pero ubérrimas aún para nosotros.
Lo que la nación ha de tener de caracteres civilizados, se está gestando aún allí donde se trabaja con ahínco y con brazo extranjero, y no en el estancamiento conservador de los cantos y mantas teñidas con que hemos venido desnudos al mundo.
Si en un pueblo nuevo el progreso no es aún civilización, menos lo es el retroceso. La tradición pesa, pero llevada a los hombros de una gran acción. Y del culto de las tumbas abiertas, como las de los diaguitas, de los incas y de los tlascaltecas, jamás saldrá acción alguna, si no es vahos de muerte.
