"Luchar Hasta Vencer"

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


La persona que lucha en este film es una muchachita obrera que, torturada por las necesidades de la gran industria que exige criaturas baratas al servicio de las máquinas, las que asimismo se indemnizan cada diez o quince días con una u otra mano aplastada bajo el estampador, logra luchar hasta llevar ante el Senado de su país un proyecto de ley prohibiendo el trabajo infantil en las usinas. La muchacha en cuestión está perfectamente encarnada en Zena Keefe, y las incidencias del filme se desenvuelven sin mayores éxitos de arte. 

Pero lo que en esta obra vale es el tema, desprovisto de las hipocresías artísticas que echan a perder no pocas ideas de corazón. No hay en nuestro filme más tesis, base y asunto que este, encarado con absoluta franqueza. 

La industria moderna exige, para poder colocar en el extranjero una baratija a un centavo menos que las baratijas de otro país rival, las manos, los pies y las entrañas vivas de miles de criaturas que por hambre son entregadas indefensas a ese infierno. Esta comprobación sirve de base al film entero, cuya trama, enredos y amores van todos a poner de relieve la necesidad de una legislación estadual que libre a la infancia de estas torturas solo para hombres desgraciados. 

Nada, como hemos dicho, de brillante en este film; pero, a falta de arte, campea en él, escueto, digno y tenaz, un sentido moral que empapa la obra de fuerte simpatía. 

La Diosa Piba. —No satisfecha del homenaje que a su hermosura de diosa se tributa, Catalina Mac Donald ha aspirado a ser también una muchachita graciosa, tipo Constancia Talmadge, Billie Burke, María Prevost. 

La ocurrencia es triste. Una diosa de belleza divina y triste como ella no puede deshacerse en monerías, ni subrayar sonrisas de frente con guiñadas de soslayo, ni siquiera equivocarse dos o tres veces de objeto al ir corriendo a tomarlo, en fuerza de ser feliz 

Para caer en estos deslices de nerviosa muchachita es menester poseer tanta gracia en el espíritu como en la niñería de los gestos. Una vez Billie Burke sacó punta a un lápiz con la torpeza y el hociquillo de liebre que ponen en ese acto las criaturas. Y otra vez Constancia Talmadge, que aprendía el inglés en un filme, pronunció el the en un gran primer término, ceceando con la lengua bien visible entre los dientes. Una y otra escena, arriesgadas en mujeres de treinta y cuarenta años respectivamente, se salvaron por obra de la extrema gracia de tales mujeres. 

Catalina Mac Donald es bastante más hermosa que las tres damas de la pantalla cuyo juego quiere imitar. El carácter de su belleza excluye zalamerías y pavaditas de gesticulación adorables en mujeres plenas de gracia como Constancia, pero postizas en las reinas majestuosas, como Mac Donald. 

La Inmoralidad Privada. —"La estrella de cine Priscilla Dean ha sido demandada por la empresa Universal, con la que tenía contrato, por negarse a interpretar el papel de mujer inmoral que se le había confiado. Alega la actriz, que esos papeles no convienen, porque el público otorga a la mujer en privado las cualidades de los personajes que interpreta. Esta negativa de la estrella abre un nuevo punto de vista sobre la moralidad en el cine".

Esta noticia, que nos comunican en fresco telegrama, abre en efecto un punto de vista, pero no nuevo ni moral. 

La moral, por cierto, nada tiene que ver con una tarea, o habilidad, de pura y lisa interpretación, como es el arte escénico. La moral es cosa del escritor, pero no del actor. En la creación de un tipo o en las deducciones que de su carácter se deriven, caben todas las dosis de inmoralidad que se quiera. Y en el creador de ese tipo comienzan y concluyen las responsabilidades morales. 

El actor nada tiene que ver con el personaje que interpreta. Su solidaridad con él es la misma que tienen los actores con las ideas privadas del apuntador, que les sopla su papel: comienza y concluye también en la abolición ocasional y momentánea de su personalidad, para adoptar la del ente que la sustituye. 

La señora Dean puede considerar bien a resguardo sus puros sentimientos que defiende con tanto calor. Nadie dudará de su moralidad, por inicua que sea la de la miss X o Z que encarna en el filme. A menos... 

Y aquí un nuevo punto de vista: a menos que su habilidad de intérprete; que la pasión con que siente su papel; que la identificación con el alma, los gestos y los tics de la mujerzuela, sea tan íntima que el espectador sereno llegue a dudar un poco de dónde comienza la moral de la damita X, y dónde termina la de miss Dean... 

Toda virtud —y la de simular los vicios con exceso de celo, sobre todo— tiene su amargo reverso. En otros tiempos, sin embargo, cuando los pormenores de la vida privada no pesaban gran cosa en los virtuosos del arte escénico, ni de otro arte cualquiera, a nadie entonces se le ocurrió denunciar avariosis en Ibsen por crear al héroe de Los Espectros, ni notó fugas de real atáxico en las piernas del Zacconi que lo encarnaba. 

Hoy, la extraordinaria afluencia de tiernas misses al arte mudo ha convertido los estudios en templos de moralidad, donde las irreprochables jóvenes actrices rehúyen hasta la apariencia de inmoralidad —bien que su profesión escénica sea precisamente aparentar lo que no son. 

¿Qué cargos, preguntaríamos ahora, podrían en consecuencia merecer del público los creadores de tales tipos —Shakespeare, digamos—, cuando sus intérpretes se creen manchados por repetir distraídos las palabras del apuntador, o por mostrar por broma la punta de la lengua a un sacerdote también de ficción? 

Pero la señora Dean no quiere decir esto, sino que el público, el gran público es bastante inculto todavía para atribuir a la tierna actriz las pillerías sin cuenta que ejecutan sus personajes. Y miss Priscilla no gusta de que las damas la miren en la calle con desprecio, en tanto que sus acompañantes le guiñan el ojo a hurtadillas. 

El arte llevado a un punto muy alto, y su extremada interpretación, tienen, como se ha dicho, su lastimero reverso. La señora Priscilla puede en este caso optar por dos cosas: o solicitar papeles virtuosos y anodinos, donde pase inadvertida, como suele pasar la virtud a dosis módicas, o poner mucho menos alma en sus caracterizaciones de damitas inmorales. 

Ambas soluciones son un temperamento, sobre todo para quien lo tiene tan vivo.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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