Mae Marsh. William Hart. —Muy poco nos ha revelado la última semana, si no es restar un poco de gloria a los grandes ases del film. Mae Marsh y William Hart han hecho lo humanamente posible para salvar sus respectivas cintas; pero la inutilidad del empeño pone una vez más de relieve esta verdad absoluta: de un buen drama siempre queda algo, a pesar de la medianía de sus intérpretes; pero no hay estrella ni sol capaz de salvar un film, si éste no tiene otro exclusivo objeto que lucir a tal o cual actor. Así hemos visto decaer y caer del todo a otros de innegable valer, por el malsano concepto de que un intérprete de arte pueda dar sensación de arte allí donde no lo hay. Y lo lamentable en estos casos es que actores de la talla de la Marsh y de Hart, no marquen una honrosa excepción.
El Honor del Sur. Goldwyn. —Pertenece esta cinta al género de films deportivos, que parecen haber sucedido a los policiales. Con menos recursos de efecto que estos, las ya numerosas cintas de sport no han encontrado hasta ahora más que dos resortes de emoción: el boxeo, en menor escala, y las carreras, que aseguran un éxito momentáneo al final de dichas cintas. Ya se ve: escenas de hipódromo, desfile de caballos, boleteos, vértigos de velocidad en los cracks, todo esto dice bien claro que el género deportivo no ha hecho hasta hoy sino explotar una debilidad internacional, y tan a flor de emoción que el público, excitado en un instante, cruza apuestas y rompe en exclamaciones de pista. Hasta hoy, repetimos, los productores de cintas deportivas se han contentado con este fácil y flaco triunfo.
El Jugador Convertido. Triangle. —Estrenada en 1916 en Nueva York, han pasado tres años antes de hacerse conocer aquí. ¿Por qué? No lo sabemos. Acaso por su pobreza extrema, sin que la presencia de Charles Ray, secundando a William Hart, mitigue aquélla en lo más mínimo. Un jugador en los poblachos del Oeste, cuya dureza de alma se ha templado en su infancia en el odio a la religión y sus ministros, y que al primer tropiezo con un pastor protestante, cae convertido. No hay otra cosa en el film entero, ni es otro, como se ve, salvo variante, el asunto de otra cinta del mismo Hart, estrenada últimamente: Yates el egoísta. El mismo ambiente, los mismos tipos, igual finalidad. Pero mientras en El Jugador convertido ni el ambiente ni los tipos tienen relieve alguno, en Yates hay lo que se llama un carácter sostenido, del principio al fin. Esta personalidad de gran energía, y no otra cosa, es la que autoriza el desarrollo del drama. Por donde se ve que William S. Hart hace un deslucido personaje en El Jugador, porque el drama es malo; y él mismo Hart, con idéntico juego de escena, crea un tipo admirable en Yates, porque el drama es bueno. No es otro el motivo de las tres cuartas partes del éxito o fracasos en la pantalla del film.
Variedades. —¿A qué se debe el particular encanto que despiertan y ejercen las estrellas del cine? ¿A su hermosura?
Sin duda; son, en su mayoría, muy bellas. Pero debe de intervenir otro factor, que vale la pena aclarar.
Alrededor nuestro, a nuestro lado, viven y laten mujeres de inexpresable encanto, que un día cruzaron la calle o pasaron en tranvía, dejándonos en el alma el relámpago de una demasiado breve dicha. Día a día, hora a hora, el deslumbramiento se reproduce, y reconocemos de buena fe que la Dalton, la Burke, la Harris, no podrían soportar sin esfuerzo un parangón con la adorable personita que pasó hace un momento a nuestro lado.
¿Por qué, pues, la profunda ola de amor por las estrellas mudas en que se ahoga y continúa ahogándose el alma masculina de las salas de cine?
Por esto, y he aquí la razón: porque la hermosa chica que toma el tranvía se lleva con ella el tiempo que hubiéramos necesitado para adorarla. Fue nuestra estrella de Belén un solo segundo, y la adoración, ya a puerta de alma, se extinguió con su breve llama.
Pero la estrella de cine nos entrega sostenidamente su encanto, nos tiende sin tasa de tiempo cuanto en ella es turbador: ojos, boca, frescura, sensibilidad arrobada y arranque pasional. Es nuestra, podemos admirarla, absorberla cuarenta y cinco minutos continuos. Ni un rincón de su alma nos queda oculto. Sabemos de cuánto es capaz y descubrimos los más íntimos hilos de su seducción. Vive para nosotros, nos adelanta un entero poema de amor (las cintas de las actrices preferidas son siempre de amor), a la distancia que media entre nuestras pestañas y la extremidad de las de ella. Nada, pues, más natural que salgamos de la sala con la cabeza cálida, y el corazón, el viejo corazón de los engaños, latiendo lentamente un compás de tardía dicha.
Pero —Dios nos perdone esta constante preocupación— nada distinto acaecería si la hermosísima chica que pasa, que cruza, que baja del tranvía, nos otorgara noche a noche el inefable don de prestarse cuarenta y cinco minutos a nuestra contemplación, vidrio de por medio. Con muchísimo menos tiempo que el que nos depara el cine, podríamos, aquí en Buenos Aires, dejar dichosamente quemar nuestra alma, ala por ala, ante los celestes ojos de modestas estrellas particulares.
