Manos Blancas…

Horacio Quiroga


Artículo, Crónica


Manos Blancas. Hobart Bosworth y Roberto Mac Kim. —La cinta de este título estrenada en los últimos días reúne a dos hombres de alto valer en el cine que por vez primera, si no recordamos mal, se encuentran con papel descollante en un mismo film. 

Hobart Bosworth y Roberto Mac Kim representan dos tipos característicos en este sentido: que siendo ambos de gallardo continente, buenos mozos (pese a la edad de Bosworth), y de noble fisonomía, prefieren desarrollar sus facultades de expresión en los papeles antipáticos. 

Ya anotamos alguna vez la particularidad de dichos papeles. Casi sin excepción, son mejor desempeñados que los de extrema nobleza o meliflua simpatía. La razón de esto es posiblemente la misma que hace preferir a muchas gentes la voz de barítono a otra cualquiera de hombre: "es más natural". No deja el aficionado en cuestión de sentir la dulzura de la voz de tenor y la severidad de la de bajo. Pero en el encanto de una y la solemnidad de la otra, no siente el calor normal de la voz de hombre. Ambas calidades resúltanle excesivas, arbitrarias, desconocidas en el latido diario de la vida. Artificiales, por decirlo así. 

El actor de corazón halla por igual concepto en el primer papel antipático que el film le depara violencias y apetitos que reconoce nítidos en la especie, y que poco o mucho siente él mismo en la lucha de sexos y caracteres del mundo real. Con su transparencia de expresión y el conocimiento que tiene de sus "hermanos lobos", el actor se siente con más calor y justicia en los papeles llamados antipáticos, que aceptando con desgano y perdonando desde lo alto de su nobleza escénica a tres o cuatro damas extraviadas por él. 

Podría objetarse —como mayor expresión de arte dramático—, el hecho de que cuesta hallar un galán joven, en tanto que los traidores abundan. 

En efecto, cuesta hallar aquellos; pero no es porque se exija de los galanes más arte, sino porque no es natural que un hombre posea en los ojos y en el semblante ciertas dulzuras y tonos sentimentales requeridos por aquellos papeles —tal la voz de tenor. Por lo general el hombre se manifiesta con más fuerza de expresión en un sin número de sentimientos que en el alto perdón o el idilio. Así los sienten los actores de bastante honradez artística para preferir en infinitos casos los papeles antipáticos. 

Cuéntase a este respecto que Mac Kim fue consultado en el principio de su carrera sobre el porqué de su preferencia por dichos papeles, siendo así que por su físico aventajado y pasablemente conquistador podría desempeñar nobles papeles de héroe. 

"Por esto mismo —repuso el actor—. Estoy cansado de ver tenores de medias largas de seda y calzones acuchillados. Mientras nuestro cine demande antes que todo para sus primeros papeles buenos mozos de almíbar, con vistas exclusivas al público femenino, continuaré de traidor". 

"Pero usted no ignora —se le objetó— la identificación que del hombre privado y el papel que representa, hace el público. Las miradas de desprecio de las niñas que encuentra usted al paso, lo habrán iluminado pasablemente". 

Ignoramos la respuesta del actor. Pero no deben afectarle mucho tales ojeadas de indignación, cuando prosigue desempeñando sus atroces papeles con una honradez digna de todo encomio. 

Pocos actores, en efecto, poseen la buena fe de este hombre. Ni en un solo momento deja Mac Kim de buscar sobre sí la detestable impresión que se le ha confiado. No hace una sola concesión; no da jamás a entender, en solo breve desmayo de su papel, que no es un miserable de veras. No acude a esta pequeña satisfacción de la vanidad, a que no escapa traidor alguno. Desde el principio al fin de la cinta, implacablemente, es traidor, cobarde, infame y cuanto se pide que encarne sin ambages. 

En los finales de cinta, sobre todo, suele notarse la flaqueza de los actores antipáticos, que en una breve pose, antes de desaparecer, tratan con una mirada natural o irónica de conquistarse la buena voluntad del público. Mac Kim sale de la pantalla con todos sus crímenes, arrastrado de los cabellos o huyendo cobardemente, sin una sola flaqueza final. 

No podría decirse lo mismo de Bosworth, malgrado el carácter francamente antipático de sus expresiones. Antes de su nunca bien alabada Detrás de la puerta, realizó algún traidor de primera fuerza. El peso de aquel film es ahora demasiado grave para que su protagonista pueda respirar a gusto en un papel de miserable. 

Un Convencionalismo Singular: Las Hijas sin Madre. —Las pullas, provocaciones y chistes que los grupos de esquina descargan sobre los individuos de pobre o raro aspecto que pasan a su alcance, respetan siempre a los individuos que llevan de la mano a una criatura. Si el hombre y su hija visten luto —sea la facha de aquel la más risible—, pueden pasar impunemente ante cualquier grupo de desocupados, sin que se levante una voz: los hombres establecen así una especie de solidaridad masculina muda y grave ante el desamparo de los padres de luto que llevan de la mano a sus hijitos huérfanos. 

Este respeto se manifiesta sobre todo cuando la huérfana es una mujercita; situación esta de cruda sentimentalidad, que el cine norteamericano ha explotado con largueza. 

En efecto, las hijas sin madre figuran en un elevado porcentaje en los filmes de aquel país. En cualquier situación de fortuna y ambiente hallamos al padre de sienes plateadas y a su hija de carácter independiente por la libertad de educación. En los centros mundanos es esta chica mal criada y voluntariosa la que organiza y desorganiza las fiestas y pone en peligro con su libreta de cheques la fortuna del financista. En el Oeste, es también ella quien sostiene y anima la soledad de su padre debatiéndose contra la miseria y la constante falta de éxito. Viste entonces ropa de hombre y trabaja al lado de su padre. Sus besos refrescan la frente del hombre cuando regresa. Sirve la comida que ella preparó, y esa noche, a la mañana siguiente y un día tras otro, la chica es en aquella cabaña la amiga, la esposa y la madre del solitario trabajador. 

Estas dos situaciones de orfandad, típicas del cine norteamericano, marcan con vigorosas líneas los límites a que puede llegar la mujer según sea su educación y el horizonte que se abre a su sentimiento y a su energía moral. 

Muchísimo más que las especulaciones de bolsa o la compañía de mujeres sin corazón, el corazoncillo de su hija lleva a la ruina al padre que la ha criado solo en tal ambiente. Jamás se ha exigido de ella otra cosa que el cheque de una libreta —o la mano entera que sostiene ese cheque. Para su padre es ella un juguete; su padre es para ella un presentador de amigos. Y las escenas de ternura familiar entre ambos se realizan invariablemente sobre un brazo de un sillón, donde la hermosa coquetuela concede a su padre un beso en cambio de un nuevo automóvil. 

Pero es otro el ambiente: en una estancia o una mina del Oeste, el padre ha perdido a su mujer. Como recargo de miseria económica y desamparo moral, le queda una criatura que debe criar solo sin comodidades —y sobre todo sin afectos. 

Esto cree el pobre hombre, mientras mantiene abrazada sobre las rodillas, y con los ojos secos, a aquella cosita rubia. 

Por un milagro de ternura y paciencia que él nunca se llegará a explicar, la hija sin madre crece feliz y riendo a su lado, va a la escuela o aprende a leer sola, mordiéndose los dedos de impaciencia como un varón; y ya mujer, su padre halla en aquella que hubo de morir por falta de afectos y cuidados maternales, la hermana más alegre, el amigo más tierno, el compañero más enérgico de su cansada madurez. 

No es posible citar las mil y una cintas norteamericanas en que esta tierna pareja del padre y su hija figuran con papel predominante. Constituye casi un tic convencional de los filmes de aquel origen, y no alabaremos bastante las vistas morales que en tales situaciones se entrevén. 

Tal vez nosotros, latinos del hemisferio sur, no comprendamos bien la fuerza y la libertad de que es capaz una joven cuando ha tenido necesidad de desarrollarlas. Nuestro concepto femenino no va casi nunca más allá de la perfección en gracia y monerías. Oímos una vez a una grave madre de familia oponerse formalmente a que sus hijas remaran, porque el ejercicio, aun moderado, hace perder al brazo la anémica pureza de su línea. 

Como se ve, la gracia y la monería de que hemos hablado. 

Pero si la necesidad es la madre de las virtudes, y el trabajo y el honor hallan en la extrema necesidad su más valiente piedra de toque, no es seguramente en el ocio donde precisaremos de esa piedra de toque moral. Mientras el sentido de la vida actual no cambie, y sobre el ideal de un nuevo automóvil, un novio o una novia más ricos y una libreta de cheques no se erija algo más, será siempre grato ver en el cine la sinceridad y la energía masculinas de las hijas huérfanas criadas en la necesidad, al lado de su padre.


Publicado el 20 de septiembre de 2026 por Brian.
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