Corre, corre mi cordero
salta, salta mi cabrita;
el caballero no vuelve
y aún le espera la niña.
María Elena tocaba siempre en el clavicordio; y
los pájaros que la hubieron oído guardaron de esas ro-
manzas un indefinible encanto. La vieja sala parecía
reanimarse con esas notas de tanta dulzura, que el cla-
vicordio parecía un pecho sensible y querido que en
toda una larga noche no cesó de ser auscultado. Y
María Elena, pura siempre sobre el sueño de su infan-
cia, esperaba la paloma que debía anunciar el regreso
de su bien amado.
Un pastorcillo de la comarca trajo a sus oídos las
noticias de las batallas lejanas en que su señor el Prín-
cipe se batía contra los infieles. La lucha había sido
cruel pero había triunfado. Los moros huían hacia la
costa, abandonando un rico botín y familias enteras
entre ellas la propia del califa.
María Elena esperó dos años la vuelta de su bien
amado. No se sabía nada de él. Los labriegos contaban
susurrando que la hija del califa era muy hermosa,
y era el Príncipe, señor de las tierras conquistadas. Y
los pájaros que hubieron aprendido de memoria las
romanzas de María Elena, huyeron en un suave cre-
púsculo hacia una ignorada región.
Pasaron muchos años. El clavicordio, ya viejo,
sonaba tristemente bajo las manos de María Elena. El
instrumento tenía también el corazón herido, y lloraba
con su dueña. Una noche el clavicordio no sonó. El po-
bre amigo había muerto, como un pobre amigo que
queda ciego de tanto ver correr nuestras lágrimas. Ma-
ría Elena iba todas las tardes a llorar junto al clavicor-
dio, como una señora que quedó de luto.
María Elena vive aún, esperando a su bien amado.
Y su historia es conocida de todas las niñas que espe-
ran, llorando sobre un pobre amigo que puede ser un
clavicordio.