Mi Nacimiento

Horacio Quiroga


Poema


Mi nacimiento, en suma, fue como el de cualquiera:

mi madre sonreía con su candor de cera,

la sirvienta prolija buscaba ropas blancas,

y el médico admiraba sus formidables ancas.

En tanto yo gritaba y me callaba a ratos,

tal como los canarios cuando ven a los gatos.


Después vino la infancia con sus descomposturas,

despertando con ella las vocaciones puras.

Todas las criaturas que jugaban conmigo

llevaban de mis dedos la marca en el ombligo;

si bien algunas veces —y éstas no fueron pocas—

ponía mi hombradía ya sólida en sus bocas.

El tiempo iba corriendo, y con él avanzaba

mi afán de hacer posible todo lo que miraba.

Aquellas amiguitas de mi infancia primera,

untuosas por la savia de mi audaz primavera,

continuaron jugando conmigo todo el día,

Inés, Teodora, Antígona, Berenice y María.


Inés era graciosa como una pluma blanca;

hija de una familia poderosa en la banca,

su regia compostura daba placer al hombre.

Mi boca era tardía en pronunciar su nombre

en fuerza de gustarle como una golosina.

Su voz precipitaba la fiebre vespertina

que mata a los amantes de las baladas rusas.

Sus manos deponían ilusiones confusas

en todo. Pocas veces se entregaba de veras.

Era rápido el tiempo llorado en sus caderas.

¡Qué más! poco duraron nuestros momentos claros.

Teodora fue en seguida con sus placeres raros.

* * * * * * *

Su vientre recusaba toda función tranquila,

e iba, triste, siguiéndola, como un perro a la esquila.

Sus sedas exhalaban monótonos delirios,

sus ojos se incendiaban en ardientes colirios,

y entre sus muslos blancos mi vida se fundía

ante el cristal de aquella decadente María.


Fue Antígona la casta doncella. Sus caricias

son para mis recuerdos adorables albricias.

Paseábamos de noche por las frondas caseras

bajo los paraísos que bordan las aceras.

Vivía al lado nuestro; su familia era pobre

como las cercanías de un manantial salobre.

Desde la puerta hablábamos cuando había llovido,

y entonces recogía con su mano el vestido.


¡Cuántos besos volaron en las tardes mojadas!

El viento sacudía sus enaguas caladas,

sus aros; que tenían un ópalo en el centro;

como a los dos a un tiempo nos llamaban de adentro,

soplábamos un beso, riendo, sobre las manos.

Estos idilios blancos son siempre bien humanos.

Todo pasó, no obstante. Una gran epidemia

temblores, fiebre, vómitos; ya casi al fin, uremia,

arrebató su vida, como una cosa fácil,

y así revive ahora su cuello largo y grácil,

la plazoleta, Antígona y su pobreza tierna.


Berenice es el símbolo de la belleza eterna,

su vida es un esfuerzo hacia la forma estricta;

todo lo que —en resumen— la desazón nos dicta

cabe en su esencia, puesto que el sufrimiento crea

el verso, el embarazo mensual de la marea,

la vida, que es un simple esfuerzo, y por lo tanto

llena de contracturas dolorosas; y el llanto

de las recién paridas es igual al chirrido

del cabrestante, el torno o el alambre torcido

que llora con el mismo dolor de las paridas.


Como las Adalgondas nevadas, o las Idas,

Berenice, mi amor celeste era alta y flaca.

Sus manos se afilaban en tersuras de laca;

por la noche leíamos bajo el parral sombrío,

del cual se divisaba la palidez del río.

Berenice tenía dieciocho años. Nada

era tan silencioso como su voz velada;

tenían los rubíes de sus manos desnudas

el trágico decoro de las princesas mudas

que entierran por sus manos a sus amantes muertos…


Publicado el 21 de septiembre de 2026 por Brian.
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