Mi nacimiento, en suma, fue como el de cualquiera:
mi madre sonreía con su candor de cera,
la sirvienta prolija buscaba ropas blancas,
y el médico admiraba sus formidables ancas.
En tanto yo gritaba y me callaba a ratos,
tal como los canarios cuando ven a los gatos.
Después vino la infancia con sus descomposturas,
despertando con ella las vocaciones puras.
Todas las criaturas que jugaban conmigo
llevaban de mis dedos la marca en el ombligo;
si bien algunas veces —y éstas no fueron pocas—
ponía mi hombradía ya sólida en sus bocas.
El tiempo iba corriendo, y con él avanzaba
mi afán de hacer posible todo lo que miraba.
Aquellas amiguitas de mi infancia primera,
untuosas por la savia de mi audaz primavera,
continuaron jugando conmigo todo el día,
Inés, Teodora, Antígona, Berenice y María.
Inés era graciosa como una pluma blanca;
hija de una familia poderosa en la banca,
su regia compostura daba placer al hombre.
Mi boca era tardía en pronunciar su nombre
en fuerza de gustarle como una golosina.
Su voz precipitaba la fiebre vespertina
que mata a los amantes de las baladas rusas.
Sus manos deponían ilusiones confusas
en todo. Pocas veces se entregaba de veras.
Era rápido el tiempo llorado en sus caderas.
¡Qué más! poco duraron nuestros momentos claros.
Teodora fue en seguida con sus placeres raros.
* * * * * * *
Su vientre recusaba toda función tranquila,
e iba, triste, siguiéndola, como un perro a la esquila.
Sus sedas exhalaban monótonos delirios,
sus ojos se incendiaban en ardientes colirios,
y entre sus muslos blancos mi vida se fundía
ante el cristal de aquella decadente María.
Fue Antígona la casta doncella. Sus caricias
son para mis recuerdos adorables albricias.
Paseábamos de noche por las frondas caseras
bajo los paraísos que bordan las aceras.
Vivía al lado nuestro; su familia era pobre
como las cercanías de un manantial salobre.
Desde la puerta hablábamos cuando había llovido,
y entonces recogía con su mano el vestido.
¡Cuántos besos volaron en las tardes mojadas!
El viento sacudía sus enaguas caladas,
sus aros; que tenían un ópalo en el centro;
como a los dos a un tiempo nos llamaban de adentro,
soplábamos un beso, riendo, sobre las manos.
Estos idilios blancos son siempre bien humanos.
Todo pasó, no obstante. Una gran epidemia
temblores, fiebre, vómitos; ya casi al fin, uremia,
arrebató su vida, como una cosa fácil,
y así revive ahora su cuello largo y grácil,
la plazoleta, Antígona y su pobreza tierna.
Berenice es el símbolo de la belleza eterna,
su vida es un esfuerzo hacia la forma estricta;
todo lo que —en resumen— la desazón nos dicta
cabe en su esencia, puesto que el sufrimiento crea
el verso, el embarazo mensual de la marea,
la vida, que es un simple esfuerzo, y por lo tanto
llena de contracturas dolorosas; y el llanto
de las recién paridas es igual al chirrido
del cabrestante, el torno o el alambre torcido
que llora con el mismo dolor de las paridas.
Como las Adalgondas nevadas, o las Idas,
Berenice, mi amor celeste era alta y flaca.
Sus manos se afilaban en tersuras de laca;
por la noche leíamos bajo el parral sombrío,
del cual se divisaba la palidez del río.
Berenice tenía dieciocho años. Nada
era tan silencioso como su voz velada;
tenían los rubíes de sus manos desnudas
el trágico decoro de las princesas mudas
que entierran por sus manos a sus amantes muertos…
