Mis negras culebras dormían sobre la alfombra: y la
intranquilidad que de pronto se apoderó de ellas llegó
a mis trémulas historietas, donde el llanto por
emociones pasadas consiguiera nuevos triunfos.
La agitación de las finas bestias cobró fama de un desvelo;
la seda de sus pieles aquietó pausadamente el
nervioso moaré y, ya de rodillas ante ellas —en el silencio
de la gran sala— sus ojos de vidrio traslucieron
el paisaje de su inquietud, bajo la tienda de un jefe de
rebeldes: —los espejismos crepusculares danzaban en
el horizonte extrañas geometría. Y una luna enorme
surgía, tambaleándose. Y sobre el insomnio de las negras
culebras no supieron conservan tu manto, el
silencio pudo ser llenado con el chocar de tu cadenilla,
¡Salambó, Salambó!
