El Ambiente
El territorio nacional de Misiones —o algunas de sus zonas características— ha prestado su escenario para el desarrollo de más de un relato en que el recién llegado a aquella región ha sufrido y continúa sufriendo, sobre su destino, el ensalmo que el suelo, el paisaje y el clima de Misiones infiltran en un individuo hasta abolir totalmente en su voluntad toda ulterior tentativa de abandonar el país.
Cuentan en primera línea, y sólo para una pequeña zona del litoral, dos personajes de distinta índole, francés el uno, criollo el otro. El primero de éstos había llegado un tiempo atrás a la capital del territorio con un cargo perfectamente determinado: tenedor de libros de una de las grandes casas de Posadas. A pesar de ser aún muy joven, su gran conocimiento del Debe y Haber augurábale próspero y rápido porvenir en la plaza. No tenía flaqueza alguna; antes bien, sus virtudes chocaban casi por la intensidad de su puritanismo.
Remontó un día de fiesta el río para distraer los ojos, y, habiendo echado pie a tierra en una gran ensenada boscosa, se detuvo allí por breves horas, mientras sus compañeros de excursión proseguían en lancha hasta el puerto de destino.
El empleado de comercio vio o no cosas que le interesaran; todavía se ignora. Pero lo que se sabe es que, en vez de regresar al crepúsculo con la lancha, pidió que le dejaran unos cigarrillos... Y todavía está allá el tenedor de libros, en la ensenada boscosa, hace cuarenta y cuatro años. Estaba: ha muerto en 1924.
Este hechizo típico se repite tiempo después en la persona de un ingeniero egresado de la Universidad de La Plata, joven de abolengo, cuyo porvenir, por cierto, esplendía más fulgentemente que el del tenedor de libros. También llegó él, con su carpeta de anteproyectos, a descansar el espíritu por unos días al contacto de la selva... Y en los treinta y tantos años transcurridos desde ese momento, no ha abandonado el lugar ni escrito una carta.
A ambos, pues, como al protagonista de La vorágine, aunque por causas distintas, la selva los tragó.
Puede objetarse con razón que ambos personajes llevaban ya, inadvertida por ellos mismos, la selva dentro. No de otro modo se explica la decisión brusca, como hipnótica, el rompimiento absoluto con los deberes, goces y convenciones de la civilización, que como invisible carga pesaba sobre ellos.
Si uno y otro caso nada prueban, por tratarse de espíritus de excepción, queda siempre en pie el fenómeno de la renuncia total, determinada por los caracteres específicos de una zona: todo lo que en su conjunto se conoce con el nombre de ambiente de un país.
Veamos ahora cuáles son estos caracteres determinantes. Ninguno de ellos, desde luego, basta para explicar por sí solo este hechizo de Misiones. Ni su suelo accidentadísimo —la región cordillerana los posee con muchísima mayor envergadura—, ni su selva copiosa, ni su fauna, ni su flora, ni su sol, ni sus noches adquieren intensidad tal que den ciega razón de aquélla. Algo más existe, sin duda; un encanto capital que enlace estos elementos en una sola fuerza viva de seducción. Este algo es el clima de Misiones, fuerte y sedante, enérgico y dulce, no superior tampoco al de otras zonas subtropicales, pero que allí, prohijado por el terreno, por la selva y el régimen de lluvias, cobra un esplendor particular.
Este clima no podría, sin embargo, ser representado por una línea de amable regularidad. Las grandes variaciones son su régimen. Puede pasarse en verano, con gran facilidad, de 38 grados a 18, por poco que una tormenta del sur barra en media hora con la pesadez de la atmósfera, sostenida como un toldo asfixiante desde tres días atrás. Se anhela a 40 grados bajo el aire enrarecido y se tirita media hora después. Nada sufre el organismo con tales sacudidas. Antes bien, el país entero —plantas, hombres, animales— siente más vívida su esperanza.
Este enrarecimiento anormal, y que se observa únicamente en las crisis de tempestad, marca el punto culminante del malestar en Misiones. Fuera de él, la presión atmosférica es siempre firme. Y gracias a ella se respira con facilidad en las horas de fuego del verano, explicando asimismo la satisfacción con que el habitante del país siente sobre el rostro el viento norte estival, duro y quemante, aunque fresco por su extrema sequedad. Las mismas variantes, entonces regulares, sufre la temperatura durante el invierno. A la congelación del campo, en las contadas noches frías, sucede brevemente un gran esplendor cálido, sin una nube en el cielo ni un soplo de aire en la tierra. El paisaje resplandece de luz, calma y hálito primaveral. Al caer la tarde, el termómetro comienza también a caer velozmente, al punto de poderse seguir a simple ojo el descenso del mercurio. En pocas horas más, el paisaje comienza a aterirse de nuevo, el rocío a escarcharse, y así no es extraño observar con pasmo, en algunos inviernos muy crudos, como el de 1915, bajas inferiores en varios grados al punto de congelación.
«Clima subtropical con bajas extremas». Esta definición climatérica da razón de los contrastes a que se hallan sometidos ciertos cultivos tropicales, como el del banano, ananás y algunas otras especies, que, a pesar de la prosperidad que les aseguran las altas medias de temperatura, sufren hasta morir, sin embargo, al beso de una helada a siete grados bajo cero.
Fuera de estos límites extremos que hemos acentuado ex profeso, el clima de Misiones constituye todo él un aura de dulzura y vitalidad. Acaso los mismos extremos anotados oficien de tónicos en una zona rasante con el trópico, cuyo mayor peligro estriba en la monotonía demasiado enervadora, en la tibieza demasiado sedante de tales climas. Se puede morir de fatiga en Misiones, pero no de pereza.
La distribución de las lluvias sufre en Misiones de la misma irregularidad harto conocida en la zona mediterránea y central de la República. De acuerdo con las estadísticas, la precipitación anual del agua debe ser allá de mil ochocientos milímetros en la zona media del territorio, y de dos mil en la cuenca del Iguazú. Así pasa, en efecto. Pero la distribución de estos dos metros de agua anuales no se halla sometida a régimen alguno. Si la norma sumamente lata nos indica un período de escasez o sequía desde septiembre a febrero y otro de aguas abundantes desde abril a agosto, no es posible contar con regularidad. Pueden invertirse los períodos, con el resultado imaginable para los cultivos con este cambio de régimen. Puede acaecer que en el solo lapso que media desde abril a agosto —como acaeció en 1910—, el cielo rinda en un diluvio toda su provisión de agua para el año entero. La vida que tal súbita descarga augura a una región que en los ocho meses restantes del año debe vivir de insignificantes garúas, no es agradable. Y como a una intemperancia de aquella magnitud en el régimen de lluvias corresponde un período de sequía «niveladora», se explica también que la vida agrícola de años tales sea muy desconsolante.
En 1907, cuando se iniciaba con ardor en el territorio el cultivo de la yerba mate, una tierna plantación de esta especie se vio sometida durante setenta y dos días consecutivos al tormento de una sequía total. El mismo rocío compensador faltó en ese plazo de tiempo. Nada quedó del yerbal. El cuello de las plantas, a ras de la arena, estaba literalmente quemado en círculo, como al contacto de un aro al rojo.
A los paraísos terrenales, pues —Misiones es uno de ellos—, alcanza también la maldición original. La naturaleza es demasiado bella, la tierra demasiado feraz, el clima demasiado dulce, para que de pronto no surja un fantasma sombrío —heladas extremas, lluvias diluvianas, sequía atroz— a recordarnos que la vida, aun en Misiones, no vale sino cuando hay que conquistarla duramente.
El Hombre De Vanguardia
Para suavizar las fatigas de esta lucha, tierra, vegetación y clima aportan al hombre su magnífico sostén. Nada nuevo puede decirse sobre la gran selva que cubre casi en su totalidad el territorio de Misiones. Por razones de privilegio climatérico, alcanza en su zona norte una exuberancia superior a la que debería corresponderle por la latitud en que se encuentra. La influencia de las lluvias, tan copiosas en su totalidad, obra decisivamente en su favor; pero puede, asimismo, comprobarse el fenómeno de una lujuria excesiva en sus especies —las vainillas, por ejemplo—, que sólo se comprueba en latitudes mucho más bajas.
Aquí y allá, numerosísimas en la zona de influencia de las poblaciones y cada vez más ralas conforme se internan en el corazón del bosque, esta selva ostenta lacras, diminutas como lunares en la vasta fisonomía de la selva, que corresponden a los campos de cultivo. Para subvenir a sus necesidades elementales —maíz primero y luego mandioca—, el «pioneer» de avanzada ha talado, a machete, hacha y fuego, una hectárea de espléndido bosque.
La miseria de las pampas, se ha dicho, estriba en su falta de árboles. La miseria de la zona tropical, se confirma, radica en el exceso de selva. Este doble punto de vista da razón de la fiebre forestal que consume a los habitantes de los llanos herbosos e igualmente de la fiebre de desmonte que devora al conquistador de la selva. Lo que falta en aquéllos, sobra en ésta.
De aquí que cuando desde una estepa ganadera se oye clamar contra la devastación del bosque ejercida por unos cuantos «pioneers» de frontera que esgrimen desesperados el hacha para no morir, puede estarse seguro de que quienes así alzan la voz no saben lo que es selva, primero, y luego lo que es bárbara necesidad.
Día tras día se llama a rebato sobre la urgencia de descentralizar el país hacia sus fronteras; de vivirlo, de explotarlo.
De vivirlo, desde luego. La vida, y no sus riquezas, es lo primero que debe facilitar un país, si lo que se pretende es poblar y no explotar. Y si se piensa en la lucha feroz contra la soledad, la planta, el animal —el desamparo en su más áspera desnudez— que debe librar el poblador de vanguardia para sostenerse apenas en pie, no puede considerarse caro el precio de un rincón de bosque para pagar tamaño esfuerzo. Algunas minúsculas abras diseminadas en la espesura como focos de descanso no afectan la uniformidad de la selva, ni mucho menos su régimen pluvial. Ni allá ni en región alguna boscosa son las necesidades de la vida las que desmontan al rape un país, sino la urgencia de la explotación. Quede, pues, para otros la responsabilidad del desmonte en Misiones.
La fauna menor del territorio, las alimañas peligrosas o molestas, apenas cuentan allí donde el hombre y su horizonte, sus animales, sus semillas y su incierto porvenir no conocen enemigo más sórdido, lujurioso y extenuante que la vegetación misma. La selva se halla ante el hombre en función constante de repulsión y rechazo. Lo que no puede expulsar, lo absorbe. Basta la más insignificante desidia de parte del hombre en esta lucha sin cuartel para que la selva tienda como serpientes sus tentáculos y recobre en una sola noche —puede decirse— el terreno ganado palmo a palmo por el machete, el hacha y el fuego. Gracias a la barrera de aire, sol ardiente y ceniza que aquellos elementos le deparan, el hombre logra prevenirse, sostenerse contra la selva invasora. En cuanto al peligro que puedan para él representar las víboras y otras alimañas, bien se comprende que el inesperado claro de bosque, humeante todavía de carbones y transpiración humana, constituya más un motivo de terror que una tentación para los merodeadores silvestres.
Como en los primeros días de la naciente humanidad, el fuego asegura aún y alienta en la selva la vida del que lo enciende. Como el arado en la desierta pampa, él se erige, a su vez, en símbolo de ardorosa conquista. Su llamarada silbante no es índice todavía de prosperidad; pero denuncia el inextinguible tesón de la raza, flagrante allá abajo en el hombrecillo cuyo rostro se tuesta al resplandor del rozado.
Durante largos meses ese hombre ha vivido miserablemente de lo que la naturaleza esquiva podía depararle: miel silvestre, cogollos de palma, caza, más acechada que lograda. Tal vez llevó consigo un poco de harina y porotos; pero no más. En el transcurso de ese invierno ha picado, cortado y derribado, sin despegar una sola vez los labios, una hectárea de bosque. Cuando los primeros días de sol franco secan suficientemente las ramas repicadas, el hombre prende fuego a su rozado. A través de la humareda densísima y amarillenta que, en las zonas bajas de la hoguera, se esponja y fluctúa sin decidirse a ascender; más allá de las altísimas lenguas de fuego que lamen y hacen restallar a su contacto la fronda aún en pie, el hombre de vanguardia ve ya el negro páramo cargado todavía de grandes troncos y gajos carbonizados, pero en cuyo fondo sombrío albean sinuosas líneas de ceniza, índice de prosperidad. Con la primera lluvia su siembra quedará efectuada y las últimas brasas extinguidas.
No del todo, tal vez. A la vera del rozado, un grueso y alto tronco todavía en pie, a pesar de la podredumbre que desde años atrás canaliza su corazón, se ha encendido en su parte superior y arde como una antorcha. Durante semanas enteras mantiene día y noche su penacho de fuego. Como en las remotas noches del hombre ancestral, su resplandor asegura y canta todavía una era de paz.
