Durante algún tiempo se nos aseguró que el nacionalismo consistía en la religión de lo autóctono —costumbres, virtudes y herencias nativas— cuyo culto, infiltrándose hasta hacerse sangre en las generaciones, debía imprimir a la nación un carácter netamente individual.
Tal aspiración, que exaltaba a la par todo lo nativo o colonial, bueno o malo, con el fin exclusivo de hacernos una tradición, respondía, en suma, a un noble impulso; un poco vano, tal vez, como el del hombre que al formarse persistiera en desarrollar a toda costa las vagas o precarias modalidades que poseyó de niño.
Hoy nos dan a conocer otro nacionalismo que no consiste ya en el culto selectivo de nuestras artes y peculiaridades mentales, sino en la erección de nuestra patria al más grueso grado de riquezas materiales y de armamentos de guerra. Como no es imposible que este inflado y ruidoso ideal azuce también a otros pueblos, y la glorificación nacional exige que seamos sobre todo los más fuertes, tal nacionalismo se adjudica así un calculado destino de opresión y vasallaje hacia los países más débiles, que debemos empobrecer, anular y aplastar, pues la misión de nuestra patria es poseer más riquezas, más territorios, más armamentos que cualquier otro país mediato o inmediato.
La nación —nos dicen— debe ser poderosa, cueste lo que cueste, y si no es poderosa para nada sirve. Nada importa el ejemplo de las riquezas espirituales, de los tesoros mentales de tal cual pequeño país. Con estas éticas virtudes una nación no engorda ni se afilan sus colmillos. Debe henchirse de oro, de ambición y de bayonetas, porque no se es un sobrio y culto país, sino un gran estado de gula voraz e insaciable en razón directa de las riquezas que poseen otros países y que debemos hacer nuestras.
De la moral, de la justicia, de la civilización, nada se habla.
Hay en este desbordante afán de riquezas materiales, de fuerza bárbara y ostentación insolente, la misma falta de escrúpulos que caracterizó al triunfador de todas las edades, y la misma lujuria de posesión y exhibición groseras que encarna el nuevo rico de la postguerra. Se desea para la patria las riquezas que no logramos poseer; no pudiendo gozar del poder, gozamos convirtiendo a un honesto país en un gran Estado "nouveau riche".
Es cómodo desear todos los dones para su exclusivo pueblo; enfriarle la conciencia a fuerza de metal; mostrarle como único bien por delante el verraco de oro que gruñe de satisfacción tras las fronteras; hartarlo de industrias y sufrimientos, cebarlo de pólvora, y entonces, enloquecido de bajos apetitos y vacío de moral, ponerlo sobre la frontera a arrebatar al más débil lo que todavía nos falta para nuestra grandeza nacional.
Pues tal es la ley de las naciones que se arman en un ámbito de paz, y su única finalidad inexcusable.
En un país nuevo y sobrio, inquieto del vasto problema cultural que debe absorber todas sus fuerzas por constituir la razón de su pobreza actual y de su gran vida futura, el ejército, también sobrio, puede tener por misión guardar de los roces exteriores esta gran gestación interna. Pero cuando un vasto país se arma y erige el poderío material como su sola y fanática ambición, puede estarse seguro de que las fuerzas armadas de este país no pueden cometer sino crímenes: "Los pueblos no tienen derecho a una libertad que no pueden mantener".
En el siguiente concepto, propalado desde el origen de las naciones, debe verse la causa de tan detestable error: La moral del hombre y la del estado son dos cosas distintas. Lo que deprime y enloda el alma de un hombre, puede engrandecer a la nación.
Exacto. A modo del nuevo rico engrandecido a la sombra de los dolores de la gran guerra, un Estado puede también, dejando de lado algunos escrúpulos, engrandecerse a la sombra de la civilización.
Libertad y justicia no son palabras que puedan contener a una nación que quiere enriquecerse a ultranza. Pero cuando durante la gran guerra nos uníamos todos para recordarlas al imperio germano, que en aquellos momentos las olvidaba, estábamos lejos de pensar entonces que trece años más tarde debíamos prohijar para nuestro pueblo la misma vanidad guerrera y la misma locura imperial que cómodamente restábamos a aquel país.
En vano hemos cantado a algún inerme pequeño pueblo de la historia antigua, cuna de la civilización, y renegado de los grandes imperios bárbaros de todas las edades. La fuerza necesaria, pero modesta; la cultura superior, pero honrada, no parecen bastar para el engrandecimiento de una nación, sino para amenazar su libertad. El viejo germanismo tantas veces vilipendiado, se enciende ahora con nosotros en esta antorcha clavada en las fronteras: La libertad no es un derecho. ¡Cuidado!
Sí; es cierto. Los hombres y los pueblos tienen la libertad que pueden; nada más cierto. Pero yo sé, a la par de muchos, que existe en el alma humana un sentimiento de justicia sostenido por la generosidad, y no por la fuerza. Que la libertad es un privilegio sagrado. Y que quien la desea para sí y la desdeña para los otros es libre solo por casualidad.
Sé también que este nacionalismo no es casi nunca el soplo de un alma helada, sino una posición dialéctica. Pero subleva el alma que sea a veces un alto intelectual —un amigo— quien se expresa de esta atroz manera.
Anotamos una vez que los caracteres definitivos del alma argentina no estaban aún delineados. Posee, sin embargo, la naciente civilización argentina un carácter estadual, fijado ya a través de cuatro generaciones, y, el más puro que se pueda conceder a una nación: el de su generosidad internacional. Pudo la Argentina en más de una ocasión engrandecer su erario y su territorio. No lo hizo. Es posible, pues, de un estado exigir una moral inteligible para el corazón de sus hijos.
