El Hombre Artificial
I
La rata yacía inmóvil, patas arriba, entre las blancas manos de Donissoff. Los tres hombres, con la respiración suspendida, estaban doblados sobre el animal tendido en la mesa.
—¿Y...? —exclamó Ortiz, ansioso.
Donissoff tardó un rato en contestar. La belleza angelical de su rostro había adquirido un tono duro, implacable, como si la terrible voluntad que se albergaba dentro de aquella cabeza gentil hubiera traspasado el semblante.
—Nada, todavía —respondió al fin—; no es tiempo aún.
De pronto un centelleo fugaz cruzó por sus pupilas.
—¡La temperatura baja! ¿Qué hacer, Ortiz?
El interpelado salió corriendo, y desde el laboratorio se pudo oír el golpe seco de las chispas eléctricas en los conmutadores. La mirada de Donissoff no se apartaba del termómetro suspendido frente a la mesa.
—¿Sube? —gritó Ortiz desde la pieza contigua.
—Sí... 39°... 39°10... 39°30... ¡Basta!
Ortiz volvió enseguida. Entre tanto, la rata, preocupación intensa de los tres hombres, continuaba inmóvil. A ambos lados del grupo, dos grandes mesas ostentaban los más complejos aparatos de química, anatomía y bacteriología. En el laboratorio inmenso y casi todo él en penumbra, a excepción de las ocho lámparas eléctricas con pantalla verde que proyectaban su luz sobre la mesa, los tres experimentadores ofrecían un aspecto poco común y aún sombrío, inclinados y con el alma en suspenso, sobre una simple rata. El calor era asfixiante, pero ellos no parecían darse cuenta. Doblados sobre el animal, el ansia retratada en sus rostros, continuaban devorando con los ojos el inmundo animalucho entre las manos de Donissoff.
—¡Sivel, la jeringa! ¡Ya comienza la reacción! —exclamó de pronto Donissoff. Sivel dio un salto, recogió de la gran mesa el objeto pedido, y extendiéndolo al joven sabio, sujetó entre sus manos la cabeza de la rata. Frío, seguro, a pesar de la inmensa ebullición de su alma y la de sus compañeros, Donissoff inyectó al animal el rojo líquido de la jeringa.
Pasaron diez segundos, quince, veinte, un minuto. Lo que aquellos tres hombres han sentido en ese interminable tiempo no es fácilmente apreciable. Ni uno habló; ni uno se movió; apenas pestañearon. Por eso, cuando en el silencio angustioso sonó la voz de Donissoff, algo como un inmenso suspiro levantó los tres pechos.
—Se mueve... —había dicho Donissoff, cuya mano, colocada sobre el corazón de la rata, acababa de temblar.
Su voz también temblaba. Sivel y Ortiz, con el rostro radiante y el cuerpo entero sacudido por la más violenta emoción, se miraron. ¡Luego era cierto! ¡Ellos, solo ellos habían hecho eso que estaba allí! Todos los trabajos, todas las horribles inquietudes de esos tres años se desvanecían para siempre. ¡Y ellos, nada más que ellos!
Dobláronse de nuevo sobre la rata, y de nuevo quedaron inmóviles, mientras la fina mano de Donissoff continuaba sobre el corazón que había latido.
—Sigue... —murmuró Donissoff después de un largo rato—. Esperemos más...
Esperaron aún otro interminable minuto. Al fin la mano de Donissoff se apartó lentamente del corazón de la rata; alzó el rostro transfigurado de emoción, en que los ojos brillaban con el más alto orgullo que quepa en mirada humana, y con voz clara dijo a sus compañeros:
—Han pasado dos minutos... Los glóbulos viven ya… Ya está viva.
Entonces se vio la cosa más asombrosa, tratándose de un sabio en la más honda acepción de la palabra.
De un salto trepó sobre la mesa próxima y bailó allí la más desordenada danza de los mundos posibles e imposibles. Enseguida se arrojó al suelo y se envolvió en el linoleum, girando sobre sí mismo. De allí dentro surgió su voz ronca y:
—¡Hurra por Donissoff! ¡Hurra por Sivel! ¡Hurra por Ortiz!
Al fin se apaciguó aquel loco delirio, y Donissoff quedó rendido.
Entre tanto, Sivel se había sonreído de aquella chiquillada. Donissoff, sentado en una mesa con las rodillas entre los brazos, se mantenía inmóvil, la vista perdida. Como suele acontecer a menudo, el formidable prodigio que acababa de realizar, gracias a su genio y con la ayuda de sus compañeros, acaso el triunfo no hacía sino recordarle todos los fracasos, todas las amarguras de su vida anterior.
Además, sus nervios, capaces de soportar una altísima tensión, estaban también expuestos a caer en una extenuación equivalente, y eso era sin duda lo que le pasaba.
—Bueno, Donissoff —dijo Sivel, poniéndole cariñosamente la mano en el hombro.
—Estoy rendido; tengo una sed horrible. Vamos a descansar un rato. ¿Sabe qué hora es? ¡Las cuatro! Y no nos hemos sentado desde las seis de la mañana. Y ese personaje —añadió volviéndose de reojo a la rata tendida de lomo— comienza con un buen sueño su iniciación a la vida... Pero no tengo hambre; sí sed.
—Yo tomaría té —apoyó Ortiz—. Pero con la condición de que lo haga Donissoff. ¿Donissoff...?
—Vamos —repuso simplemente éste, y los tres sujetos que habían asociado su profunda capacidad científica, los tres magos a quienes trescientos años antes la inquisición hubiera quemado sin perder un segundo, se dejaron caer quebrantados en los divanes del comedor.
II
Estos tres individuos que acababan de «hacer» un ser vivo se llamaban Nicolás Ivanovich Donissoff, Luigi Marco Sivel y Ricardo Ortiz.
Donissoff era ruso, y último descendiente de una de las más nobles familias del imperio. Perdió a sus padres cuando aún era muy niño, y fue encargado de su educación y la administración de su inmensa fortuna un viejo amigo de la familia, el príncipe Dolgorouky.
Donissoff se formó en un ambiente de profunda adhesión al zar. Su familia, desde tiempo inmemorial, había participado íntimamente en la administración del imperio moscovita, y entre los baluartes de la reacción contra las agitaciones de los últimos tiempos, el zarinato contaba al padre de Donissoff. Se explica así la veneración del niño por todo lo que suponía gobierno imperial. Su alma se iba formando también en ese ambiente de autocracia, y esto duró hasta que el joven tuvo dieciocho años. En aquella época, sus lecturas o, lo que es más posible, ciertos sentimientos que despertaban en él haciéndole ver de otro modo las cosas, transformaron completamente su espíritu.
Una noche, ya de madrugada, el príncipe Dolgorouky, que volvía de una recepción en palacio, se extrañó al ver luz en el cuarto de su pupilo. Entró en él y encontró a Donissoff tendido en la cama, vestido aún de frac, leyendo uno de esos libros que cuestan el cuello a quien los escribe.
Quince días más tarde Donissoff fue sorprendido por agentes de policía secreta en un café que frecuentaban estudiantes. Se hubiera tratado de otro noble cualquiera, el joven hubiera concluido sus días en Siberia. Pero no era posible ese proceder con el hijo de Alexis Donissoff.
No obstante, las reconvenciones llovieron sobre él, y aun el gran duque Iván se dignó detenerle una tarde a su salida de palacio.
—¡Mucho cuidado! —le dijo sonriendo—. Acuérdate de otro príncipe como tú, que también ha escrito libros como el que leías.
El gran duque aludía al príncipe Kropotkin.
—Ignoro a qué libro se refiere su alteza —respondió Donissoff, poniéndose colorado.
El gran duque lo miró atentamente.
—¿Por qué mientes, príncipe? —le dijo.
—Con perdón de su alteza, yo no miento —repuso
Donissoff, mientras el rubor y la indignación le abrasaban el rostro.
Esta vez el gran duque tuvo compasión de él, y con una nueva sonrisa le empujó suavemente del hombro.
—Bien, Nicolás Ivanovich. Si no leíste esos libros, no los leas ni vayas a cafés de estudiantes, aunque «no» hayas ido nunca. Sigue en paz.
Durante días enteros Donissoff bebió hasta las heces el remordimiento de su mentira. Sentíase envilecido, y en especial porque había mentido por miedo. «He tenido miedo de decírselo; soy un cobarde —se decía— un miserable cobarde. ¡Y esto, que a cualquiera de ellos hubiera costado tanto como ponerse la mano en el bolsillo, ha sido demasiado para mí! ¡He tenido miedo de decir que había leído aquel libro!.»
Al final de esos diez días, Donissoff tuvo una entrevista con su tutor, a quien quería entrañablemente. Como consecuencia de la misma, Donissoff renunciaba a las prerrogativas de su posición y a su inmensa fortuna. Y si un curioso se hubiera asomado, seis meses más tarde, a una helada buhardilla del más sórdido barrio de San Petersburgo, hubiera visto a un joven, tiritando de hambre y escasez de ropa, de codos sobre sus libros de medicina.
Para vivir había comenzado por cargar baúles en la estación; meses después limpiaba tubos en un instituto de bacteriología, y como el genio que debía más tarde llevarlo adonde sabemos comenzaba ya a flamear en su cabeza, muy pronto pasó a preparador, y muy pronto llegó a ser la cabeza dirigente del célebre instituto.
De tarde en tarde iba disfrazado a su expalacio a reconfortar su alma filial con aquel puro cariño.
Entre tanto, proseguía sus estudios académicos, frecuentando al mismo tiempo a los revolucionarios. Los violentos sentimientos de justicia no tardaron en llevarlo a las más avanzadas filas, y cuando en enero de 1902 el comité central de la revolución rusa discutió la muerte del príncipe Dolgorouky, Donissoff denunció como más nefasta la influencia del príncipe Dolgorouky. Nadie ignoraba la veneración que Donissoff guardaba, pura e inmaculada, para el viejo príncipe.
Al oírlo, sus compañeros quedaron un momento inmóviles; a ninguno escapaba la grandeza de ese sacrificio.
—Creo —dijo alguno después de un momento— que la influencia de Galitzine es mayor.
—Creo que no —repuso Donissoff.
—Estoy bien informado —arguyó el primero.
—Y yo estoy seguro.
El otro lo miró largamente.
—Pero tú lo quieres mucho...
—Inmensamente —repuso Donissoff, mortalmente pálido.
Sus compañeros bajaron la cabeza para no ver dos lágrimas, lágrimas de sangre, lágrimas surgidas de lo más hondo de un alma abrasada en justicia, que rodaron por las mejillas de Donissoff.
Todos recuerdan los cinco tiros asestados en pleno pecho al príncipe Dolgorouky, el 11 de enero de 1903, a la salida del supremo tribunal. Donissoff pasó en su cuarto todo el día del atentado, sin querer ver a nadie. Fue inmediatamente arrestado y no quiso responder una palabra, decidido a hundirse para toda su vida en Siberia. Pero sus compañeros lo obligaron a evadirse, basándose para ello en las mismas razones por las cuales él mismo había hecho el sacrificio de su más grande afecto en este mundo.
Donissoff vivió un año en Viena entregado con toda su alma a sus experimentos científicos. De Viena pasó a París, permaneciendo en esa capital tres años.
Seguramente su alma no estaba suficientemente templada para el sacrificio que le había impuesto. Si hubiera tenido más edad, acaso una nueva explosión de amor a los que sufren hubiera apagado el dolor de aquella herida. Pero a los veintitrés años falta en las fibras del corazón espesor suficiente para resistir vibraciones de esa especie, y de ese modo Donissoff quedó herido para siempre. Recobró, sí, su voluntad, su indomable energía: pero no para ser aplicada a aquello, allá en Rusia. Luego, su genio, maduro ya, absorbía, o por lo menos dirigía, sus demás facultades. Estudió aún un año en Londres, y a fines de 1905 llegaba a Buenos Aires.
III
Stefano Marco Sivel era italiano, de una familia pobrísima. Su padre, exbandido calabrés, y que había abandonado su profesión a causa de un brazo roto, ejercía con su hijo los mismos hábitos disciplinarios que tuvo con sus satélites. El pequeño Marco sufrió las más horrendas palizas que es posible recibir sin morir acto continuo, y conoció lo que es el hambre, encerrado en un sótano negro como la noche, empapado de agua y acribillado de ratas. Todo esto, porque era escaso lo que el pequeño obtenía pidiendo limosna en pleno invierno y con solo una camisa para excitar más la compasión.
Más tarde, cuando alcanzó la edad suficiente para despertar una lástima lucrativa, su padre le hizo instruir por un viejo bandido como él en la ciencia del cicerone. El pequeño Marco aprendió en dos o tres horas cuanto sobre ruinas e historia romana sabía el salteador, y muchísimo más por su propia cuenta. Pero lo que el minúsculo cicerone no aprendió tan bien fue a ejercer su profesión. No pedía jamás un centavo de retribución, y se creía el más feliz de los mortales si algún viajero le regalaba una lira. En estas ocasiones, como en todas, su padre se apoderaba del dinero. Pero, cuando la ganancia era nula, el viejo bandido entraba en sombrío furor y los golpes a puño cerrado llovían sobre la boca de la criatura.
Como su hijo jamás se quejaba, el padre creyó que no sentía los golpes y, en consecuencia, tomó el partido eficaz de mandarle buscar un alambre y, colgándolo del techo, cruzábale el cuerpo con aquel horrible látigo.
—¿Cuánto? —preguntaba el viejo.
—Una lira.
—Dame —extendía la mano.
Al día siguiente:
—¿Cuánto?
—Nada.
—Está bien: anda a buscar el alambre.
Siempre era un alambre nuevo que la criatura debía ir a recoger en el arroyo. Volvía al rato con el instrumento de tortura y comenzaba a quitarse la ropa sin un suspiro ni una mirada a su padre.
Pasó así el tiempo, y Marco llegó a tener doce años.
Una tarde recomenzó el diálogo de siempre.
—¿Cuánto?
—Nada.
—Está bien: anda a buscar el alambre.
—No —repuso el niño.
Su padre se volvió súbitamente, como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Qué dijiste?
—Nada: que no voy a buscar el alambre.
Lentamente, el viejo se levantó. Su rostro se puso lívido, mientras un rayo lúgubre cruzaba por sus ojos de viejo salteador. Paso a paso, se aproximó a su hijo hasta casi tocarle el rostro.
—¿Dices que no vas a buscar el alambre?
—No —repuso Marco sin moverse, y tan pálido como su padre. El viejo lo contempló un rato sin mover un solo músculo. Ya no era un rayo lo que cruzaba por sus ojos, sino un relámpago siniestro que iba en aumento.
—¡Anda a buscar el alambre! —rugió cárdeno ahora de furor.
—No —volvió a responder la criatura. Y cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, su padre, espantosamente lívido, había ido a descolgar su gorra.
—Está bien —silbó—; quédate: iré yo.
Y salió.
Cuando volvió, la criatura estaba sentada a la mesa, la cabeza echada sobre los brazos. Su padre lo tocó ligeramente en el hombro.
—¡Desnúdate!
—¡No, padre! —repuso Marco sin levantar la cabeza.
—¡Madonna! ¡Ligero, ligero! ¡Desnúdate! —explotó al fin el viejo, haciendo saltar la mesa de un puñetazo.
—No —contestó aún el niño. Y con los brazos cruzados, cerró los ojos como en el momento de morir, y pensó en su madre: «Mamá... mamá querida...»
Pasó un momento, otro más. No se sentía el menor ruido. Temblando, Marco levantó la cabeza y vio a su padre, aún de pie, que lo miraba fijamente. La mano del viejo bandido cayó con lentitud sobre el hombro del niño.
—Está bien —le dijo con voz ronca, reseca por la profunda tempestad que bullía en aquel pecho—. Está bien, eres mi hijo, reconozco mi sangre. Eres digno hijo mío. Pero —añadió poniéndose aún más lívido— vete de aquí para siempre, porque te aplastaría la cabeza contra la pared. Nadie en el mundo ha hecho delante de mí lo que acabas de hacer tú. Eres mi hijo, te reconozco. ¡Pero vete enseguida, enseguida! ¡Jamás vuelvas a poner los pies aquí!
Y lo arrojó a la calle.
IV
Después de sus primeros meses de libertad —libertad de criatura hambrienta, sin casa y sin cariño de ninguna especie—, Sivel tuvo la dicha de que un carpintero lo tomara de aprendiz, y entre golpe de cepillo y vuelta de taladro fortificó su ansia de estudio. Estudió de noche, mientras comía, aún en el taller. Su aplicación despertó el cariño del maestro y pudo así seguir un curso regular. Más tarde, ya con otro empleo, hizo el bachillerato, ingresando con altísimas calificaciones en la facultad de medicina.
Al cabo de quince años nadie nombraba a una celebridad médica sin que el nombre de Sivel surgiera con todo el brillo de su gran aureola. En esta época su corazón, hasta entonces dormido, encendióse en vibrante amor por una joven que a su vez le había entregado su alma entera. El noviazgo corría en la más grande felicidad, cuando una mañana llegó a su clínica en el hospital una joven a quien una intensa hemorragia había privado de casi toda la sangre. De noche contó el caso a su novia.
—Es una pobre muchacha que necesita sangre a oleadas. Si mañana no ha reaccionado será menester operar una transfusión...
Su novia, que le conocía bien, le hizo jurar entre un mar de lágrimas que no le entregaría a la muchacha una sola gota de su sangre.
—¡No te querré más, te lo juro! —sollozaba—. ¡Te juro que si haces eso no te querré más!
Sivel la adoraba, y ese amor querido era la recompensa y la consagración de sus sufrimientos y de su gloria.
Pero a la mañana siguiente Sivel entregaba a las venas de la agónica oleadas de su propia sangre. Cometió un lamentable descuido en la operación, y Sivel cayó en su lecho, presa de una terrible infección general.
Esa tarde, su novia, ignorante aún del hecho, le escribía diciéndole que si le faltaba una sola gota de sangre le olvidaría para siempre. Sivel le respondió: «Hazlo. Además, me estoy muriendo».
Su novia rompió. Sivel estuvo dos meses entre la vida y la muerte, y cuando se levantó convertido en un espectro, horriblemente desfigurado por los tumores que le habían devorado el rostro, una joven vencida por los sollozos cayó de rodillas ante él. Era la joven del hospital, cuya alma romántica y llena de ternuras sintió al saberlo un inmenso agradecimiento hacia el pobre gran hombre que había sacrificado su felicidad por dar vida a una desconocida. Su agradecimiento había llegado muy pronto al más extremado amor.
La joven, en una convulsión entera de su cuerpo, oprimió con su boca la mano de Sivel, pero éste la retiró vivamente.
—¡No, no! ¡Levántese! —le dijo, mientras allá en el fondo de su corazón la gran herida de su amor se reabría ante aquella presencia amargamente evocadora...
—¡Perdón! ¡Perdón...! —sollozaba la joven, aún de rodillas.
—Si no tengo nada que perdonarle —tuvo fuerza Sivel para sonreírse—. Pero levántese.
—No, no... Yo tengo la culpa...
Sivel tuvo entonces la sensación de que una mano indiferente, una mano cualquiera, estaba arañando su corazón. Su dolor era suyo y no de aquella extraña.
—¡Perdón...! ¡Yo tuve la culpa...! Fue por mí...
—¡Ah, no! Le pido perdón a mi vez —exclamó Sivel—.
No lo hice por usted.
Los ojos de la joven se alzaron lentamente hasta Sivel.
—Sí; no lo hice por usted; me compadecí de su ser, de una existencia condenada a morir, como la suya, de su vida, en fin... pero no de usted. ¡Oh, no!
Cuando una esperanza de amor, lógica o no, se quiebra; cuando caemos de lo alto de un sueño de grandeza, como el que consiste en habernos creído inspiradores de un gran sacrificio, la caída es siempre terrible.
La joven, fijos los ojos desmesurados en aquel espectro, también de su amor, se levantó. Retrocedió hasta la puerta y antes de que Sivel pudiera darse plena cuenta de la desesperación que anegaba aquella alma exaltada, la joven desapareció. Media hora después se hacía destrozar bajo un automóvil.
Sacudido así en las más hondas fibras de su ser, Sivel consideró su vida rota para siempre. Pasó quince días encerrado en el laboratorio, vagando en la semioscuridad de un lado para otro.
Decidido al fin a olvidarse de aquello, volvió a atraparle su pasión por la ciencia, esta vez con inmenso ardor. Parecía que todas sus facultades hubieran renacido violentamente orientadas hacia los estudios anatómicos. Mas, como a pesar de todo, su rostro desfigurado tornábale odiosa su permanencia en Roma, abandonó la ciudad eterna, llegando a Buenos Aires en 1904.
V
Ricardo Ortiz era argentino, y había nacido en la capital federal. Su familia, de cuantiosa fortuna, dedicóle a la ingeniería eléctrica, para lo cual Ortiz mostraba desde muy pequeño fuerte inclinación. Hizo sus estudios en Buffalo con brillante éxito. Volvió a Buenos Aires, y en vez de ejercer su profesión, se dedicó al estudio de pilas eléctricas; creía estar en la pista de un nuevo elemento de intensidad y constancia asombrosas. Como no frecuentaba el mundo y sus manos solían estar poco menos que imposibles, su familia consideró que muy poca carrera haría, a pesar de su ciencia. En consecuencia, el padre le comunicó que, o dejaba sus ácidos o le privaba de la mensualidad. Ortiz optó por sus ácidos y súbitamente se encontró en la calle. Como no era en absoluto hombre de negocios, se ofreció desde el día siguiente como profesor de inglés y matemáticas. Su familia halló mal esto, y el padre fue a verlo.
—¿Qué vas a hacer con eso? ¡Es una vergüenza para un ingeniero como tú!
—Tal vez —repuso tranquilamente Ortiz—. Seguiré trabajando.
—¿En eso? —señaló desdeñosamente el taller.
—Sí, en eso.
—¡Vamos a ver! Si te propongo...
—No me propongas nada, no aceptaré.
—¿Y vas a hacer eso toda la vida?
—Toda la vida.
—Inventando, ¿eh?
—Sí.
—¡Pero es que nos vas a deshonrar a todos con estas porquerías! —exclamó el padre indignado.
Oye —lo miró fijamente Ortiz—: para decirme estas cosas podrías no haber venido.
—¡Es que me da vergüenza!
—A mí también, pero no de esto...
—¿De qué?
—¡De la vergüenza de ustedes! ¡Se acabó! No les pido un centavo, y quiero que me dejen en paz.
Su padre, entonces, profundamente irritado, le lanzó señalando el taller:
—Para tener tanto orgullo podrías abandonar también esto, que no compraste con tu dinero.
—Perfectamente —repuso Ortiz levantándose—, hiciste bien en recordármelo. Mañana me voy de aquí.
—Muy bien: es lo que debías haber hecho hace tiempo —contestó el padre, cada vez más irritado—. ¡Pero que no se te ocurra...!
—¿Quieres irte, por favor? —saltó Ortiz, lívido.
A la mañana siguiente Ortiz enviaba a su padre, junto con las llaves, el inventario de todo el taller.
Una semana más tarde, un primo de Ortiz hallaba por fin el nuevo domicilio de éste.
—¡Por fin te encuentro! Ya no tienes el taller, ¿es cierto?
—Sí.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé todavía.
—¿Sabes lo que haría yo? Hablaría a tu padre...
Ortiz, que desde el primer momento había imaginado que el primo venía enviado por el padre, lo detuvo, poniéndole la mano en el hombro:
—Mira: si fueras otro te habría echado ya. ¡No quiero cuentos de ninguna especie!
El primo se irguió altivamente.
—¿Eh? ¿Qué...?
—Esto: si no fueras también un idiota, te echaría a bofetadas de aquí. ¡Fuera!
Un año después moría el padre de Ortiz, y el hijo renunció a todos sus derechos: medio millón de pesos.
VI
Así, estos tres hombres de carácter habían unido sus energías, asociándolas para prestarse mutua fuerza, y en tales circunstancias realizaron la más alta obra de genio que cabe en la humanidad: hacer un ser organizado.
Para el laboratorio, montado con los tipos más perfectos de máquinas e instrumentos que encargaron expresamente a Estados Unidos, Sivel había entregado su fortuna entera; Ortiz cooperó en la obra común con sus conocimientos de química; Sivel con los suyos de anatomía, y Donissoff con su profunda ciencia enciclopédica, y, sobre todo, bacteriológica.
A pesar del magnífico laboratorio y el talento de los tres asociados, la empresa había sido profundamente desalentadora por su dificultad, y más de una vez Donissoff, Sivel y Ortiz habían caído por semanas enteras en el más hondo desaliento.
—¡No se puede, Donissoff, es imposible! —clamaba Ortiz, tirando sobre la mesa sus probetas y análisis.
—Trabajemos, Ortiz —contestaba aquél sin levantar la cabeza.
—¡Es que estamos tentando a Dios o al diablo con esto! No vamos a conseguir nada.
—Si fuera a Dios nada más no sería mayor trastorno
—explicaba Sivel—. Lo malo sería tentar al diablo.
Ortiz volvía de nuevo a la tarea. Pero otras veces le tocaba a él dar ánimo a alguno de sus compañeros, y así se sostenían mutuamente, hasta que los tres, ante nuevas y al parecer insuperables dificultades, tiraban todo y cerraban el laboratorio.
Su obra duró tres años. Carbono, hidrógeno, oxígeno, todos los elementos primordiales y constitutivos de la célula pasaron sucesivamente por la electrólisis de Ortiz, las disecciones de Sivel y los reactivos de Donissoff. A veces, la conquista de tres o cuatro elementos fundamentales se realizaba en semanas. Otras, un solo paso adelante les llevaba hasta un año. De este modo pudieron obtener la sangre y sus glóbulos en lo que media de mayo a septiembre, necesitando en cambio para la conquista del bulbo piloso dieciocho meses. Y por este estilo, facilidades increíbles donde no se hubieran sospechado y fracasos abrumadores en cosas aparentemente nimias. Hasta que el 23 de agosto de 1909, a los tres años menos doce días de haber empezado la rata, ésta surgía a la vida bajo la inyección de Donissoff.
Y ahora volvamos al comedor, donde los tres asociados, muertos de satisfacción y fatiga, descansaban.
VII
—Por fin, ya era tiempo —gimió Ortiz, echándose cuan largo era en un diván—. Si esto demoraba diez días más, me moría, sencillamente.
—Sí; yo también estaba cansado: mucho más de lo que daba a conocer —apoyó Donissoff, sirviendo a sus compañeros el té que él, en su carácter de ruso, preparaba con gran prolijidad.
—Sí, pero hicimos la rata —concluyó Sivel.
—Y ahora que recuerdo —exclamó Ortiz incorporándose en un codo—: ¿por qué se me ocurrió una rata? Podíamos haber hecho otra cosa cualquiera.
—Esas son cosas de Sivel —dijo Donissoff.
—Sí —afirmó Sivel, paladeando su té—, se me ocurrió por la gran analogía de la sangre humana con la rata. Esto lo descubrí por casualidad, hace ya muchos años en un análisis.
—¿De veras, Sivel? —dijo Ortiz, levantando cabeza—. ¿Y por qué no igual a la del mosquito?
—Esa es una pregunta para ser hecha a un mosquito, sabio electricista. Y usted, que cree que la leche de burra es la más parecida a la de la mujer, ¿por qué duda de la sangre de la rata?
—No dudo, profesor; me asombro y me humillo.
—¿Está seguro, Sivel, de sus análisis? —interrumpió Donissoff, que desde un momento atrás miraba pensativo los vidrios de la puerta.
—Completamente, ¿por qué?
—Porque se me está ocurriendo —respondió sin apartar la vista de los vidrios—, que podríamos hacer un hombre.
Ortiz se incorporó bruscamente, fijando sus dilatados ojos en Donissoff. Se rascó largo rato una uña.
—Nos daría más trabajo —prosiguió Donissoff, siempre con la voz perdida—, pero lo haríamos. No veo por qué se admira Ortiz.
—¡No, por todos los voltios de mis dinamos! Si de lo que me admiro es del hombre ese que haremos... ¿Hombre o mujer, Donissoff?
—Hombre, Ortiz. Si usted no fuera tan inteligente, parecería una criatura a veces.
Sivel levantó al fin los ojos y su mirada dio un fulgor de sombría severidad a aquel rostro deforme, y que antes brillara de belleza varonil.
—Creo que va a ser difícil —murmuró.
—¿Por qué, si se puede...? —le preguntó Ortiz, sentándose correctamente esta vez.
—No sé... pero se nos va a quebrar la obra. Yo había pensado ya en eso, cuando empezamos a hacer la rata. No les dije nada, por el mismo temor que tengo ahora; no vamos a concluir la obra. Respirará, digerirá, verá, se moverá, pero nada más. Y usted comprende que hacer eso, únicamente, sería una eterna vergüenza para nosotros.
—Y pensará —replicó Ortiz.
—No, eso no. Déle usted todos los sentidos que quiera, buena transmisión de nervios, buen cerebro transformador: y por más sensaciones que tenga, no tendrá una sola percepción.
—¿Cuestión de alma, entonces? —profirió socarronamente Ortiz.
—No, electricista: no es cuestión de alma sino de herencia. Por vivas que sean las sensaciones, le faltará hábito al cerebro para percibir, primero, y para no confundir las sensaciones, después. Con sus acumuladores pasa lo mismo, creo. Cuando están recién hechos acumulan muy escasa electricidad y no devuelven nada. Toda la corriente se emplea en hacer el acumulador, en afinarlo. Las cargas y descargas sucesivas lo van modificando, hasta que llega a almacenar electricidad y devolverla normalmente. Esto pasará con el hombre que hagamos.
—Pero si forzamos la carga...
—Tardaríamos mil años. Fíjese en el proceso de afinación de nuestro cerebro; tiene millones de años, toda la edad de la humanidad. Nuestro hombre se encontraría, en cuanto a la inteligencia —o percepción, como se la llame—, en el mismo estado que un recién nacido.
Donissoff, que no había apartado los ojos de los vidrios, se volvió bruscamente a Sivel:
—Todo esto es perfectamente cierto; y mientras usted hablaba, iba yo haciendo iguales consideraciones. Pero, por lógico que sea su razonamiento, no es más que una conjetura. Creo que ésta es justamente la falla de su razonamiento: estamos juzgando como seres creados y no como creadores. ¿Quién puede decir qué facultades tendrá un sistema nervioso hecho en todos sus elementos con idéntica constitución a la de un hombre en plena edad viril? Su mismo argumento de los acumuladores eléctricos puede apoyar lo que digo: los fabricantes, desesperados del tiempo que empleaban las láminas de plomo en hacerse, cubrieron las láminas con una capa de óxidos, los mismos que se forman naturalmente en los acumuladores con el transcurso del tiempo. Es decir: dan a las láminas recién nacidas el sistema nervioso de un adulto. ¿Por qué nuestro hombre no se hallaría en las mismas condiciones, Sivel?
—Tal vez, pero creo que no.
En ese momento Donissoff se levantó y colocó los dos puños sobre la mesa, mirando fijamente a sus asociados. Esta actitud de conferenciante, que en otra persona cualquiera hubiera chocado, estuvo lejos de provocar esa impresión tratándose de Donissoff. Subía a su límpida mirada el temple de diamante de aquella alma. Su belleza angelical cobraba un tono, no de dureza, mas sí de firmeza de mármol, en que la voluntad trascendía hasta en la más leve línea de su rostro, algo en fin de la belleza sombría de un arcángel rebelde.
—Óiganme —les dijo con acentuación clara y cortante—. Vamos a hacer un hombre. La tentación es demasiado grande para que no la abordemos. Pero pongo una condición, sin la cual no me comprometo a nada: que me dejen dirigir el proceso de afinación, como dice Sivel. No sé aún qué haré, ni mucho menos cómo: ¿consienten?
—¡Sí, Donissoff, consentimos! —respondieron a un tiempo Sivel y Ortiz, levantándose. El ardor de un nuevo triunfo había disipado por completo su cansancio y se hallaban de nuevo dispuestos a luchar con las sombras de la nada.
—¡Un momento! —los detuvo aún Donissoff—. ¿Confían en mí?
Entonces Sivel, que sentía por el arcángel profunda ternura y adoración, le puso la mano en el hombro:
—¡Niño sublime! —le dijo sonriendo, aunque sin poder ocultar su emoción. Donissoff levantó su bella cabeza:
—¡Bien! Ahora vamos a ver nuestra obra.
Se levantaron frescos y descansados ya, y con sus potentes cerebros vibrando otra vez ante la perspectiva de una nueva lucha.
VIII
En medio del laboratorio, sobre la mesa de mármol, y enfocada por la viva luz de las ocho lámparas eléctricas con pantalla verde, la rata continuaba tendida de espaldas. Ortiz fue el primero en inclinarse sobre ella, y después de un momento de hondo examen se incorporó pálido:
—¡Este animal se está muriendo! —le dijo a Donissoff, mirándole a los ojos.
Donissoff y Sivel se inclinaron bruscamente sobre la rata y observaron a la negra bestia, con los ojos clavados en el corazón del animal, cuyos latidos de rapidez vertiginosa hacían vibrar la piel con una precipitación de timbre eléctrico.
La emoción de los tres asociados era demasiado grande para permitirles hablar. Allí, ante sus ojos, se iba, volvía a la nada de que había salido, llevándose consigo el inmenso orgullo de sus creadores, la rata artificial.
Diez largos minutos pasaron así, hasta que la voz de Donissoff sonó, clara y helada, en aquel silencio de angustia:
—Este animal se muere envenenado, Sivel, ¿está usted seguro de sus fórmulas?
—¿La de la sangre, Donissoff?
—Sí.
—Completamente seguro. En el ensayo de prueba no noté la más ligera disociación de elementos. Recuerdo que duró dos meses el ensayo.
—Con todo, ¿quiere traer su inventario?
Ortiz había dado el nombre de «Inventario» al cuaderno de fórmulas que rigieron la creación de la rata. Todas estaban allí, y cuando Sivel volvió, Donissoff ojeó febrilmente el cuaderno y se detuvo en las ecuaciones de la sangre.
—Sí... está bien; no, eso no... —murmuró—. Pero esa sangre está envenenada sin embargo.
Mientras Sivel y Ortiz analizaban el aire expelido por los pulmones de la rata, Donissoff extrajo de las venas del animal unas gotas de sangre y se hundió en su análisis. Durante largo rato no se oyó en el laboratorio más que el golpe de los tubos de vidrio sobre el mármol. Al fin sonó la voz de Donissoff:
—¿Hay algo ahí?
—Nada —repuso Ortiz—. El aire está normal. ¿Y ahí?
—Aquí, sí. La sangre está enormemente fosfatada.
Durante meses y meses los tres asociados habían luchado en la formación del tejido óseo. A pesar del éxito de prueba obtenido, siempre habían temido que los fosfatos no estuviesen bien fijados. Más tarde, nuevos triunfos en nuevos elementos habíanles hecho olvidar aquella preocupación. Pero ahora, ante la confirmación de sus dudas, la luz surgía clara: los huesos se disolvían; los fosfatos, arrastrados en el torrente circulatorio, estaban matando a la rata.
Lentamente, los tres hombres rodearon de nuevo al animal. Tres años, mil noventa y cinco días de lucha como nunca la habían tenido, de energía como nunca la habían hallado, de pasión como nunca la habían sentido, todos esos días de ardiente esperanza se desmoronaban en trágico silencio, arrastrando con ellos el orgullo, también en pedazos, de aquellos hombres de genio. Minuto tras minuto los huesos se disolvían envenenando la sangre. Y cuando a las nueve y media de la noche la rata quedó por fin inmóvil, reintegrada después de dos horas de prodigiosa vida con la nada de que había salido a fuerza de genio humano, los tres asociados no tuvieron ni una sola palabra. Sin mirarse, sin hacer un gesto, quebrantados, abrumados de cansancio y fatiga intelectual, se acostaron.
Sería de creer que en el estado de fatiga en que se hallaban, el sueño los rindió apenas recostaron la cabeza. Pero a altas horas de la noche, posiblemente las tres de la mañana, sonó vibrante la voz de Donissoff:
—¡Sivel! ¡Dos atomicidades más de carbón...!
—¡Una sola alcanzaría, Donissoff! —respondió instantáneamente la voz de Sivel—. Pero disminuyendo el...
—¡Nitrógeno! ¡Sí, había demasiado! —continuó Ortiz.
Los tres asociados, en vez de dormir, habían pasado la noche resolviendo la fórmula del tejido óseo.
Se durmieron enseguida. El hombre estaba ya hecho: los huesos no se disolverían más.
IX
Y así, recomenzando las ecuaciones, análisis y ensayos que fueron casi su única vida durante tres años, los tres asociados hicieron un hombre. Elemento por elemento, miligramo por miligramo, todo había sido prolijamente dosificado, probado y ejecutado. De modo que en la madrugada del 11 de junio de 1909, cuando Donissoff dio su golpe final de émbolo en las venas del prodigioso engendro, el pecho de los asociados se abrió en un profundo suspiro, como un gran efluvio de esperanza que esta vez —¡no!— no se frustraría.
Y no se frustró. La misma decoración que diez meses atrás había encuadrado la vivificación de la rata presidía ahora la del maravilloso ser creado. El laboratorio en silencio y a media luz: la mesa central —mas ahora con gruesas mantas—, vivamente iluminada por las ocho lámparas de pantalla verde, el vaho asfixiante de la vez anterior: los tres asociados rodeando el cuerpo en igual tensión de espíritu.
Donissoff, con el oído sobre el corazón del hombre, parecía una estatua. Sivel tenía los ojos clavados en el termómetro, introducido en la boca de aquél. Ortiz oprimía entre sus manos los pies del hombre, observando la temperatura.
Durante dos eternos minutos ninguno se movió. Al fin, Donissoff se incorporó, apartando de la frente su cabello rubio.
—Ya está —dijo sencillamente—. Retire el termómetro, Sivel: no hace falta. Lo mismo, Ortiz... corte la corriente… Veinticinco grados es suficiente.
Tal increíble perfección habían puesto en los más insignificantes detalles de su obra; tal mutua fe tenían en el genio inventivo de Donissoff, escudriñador de Sivel y aplicador de Ortiz, que los tres asociados no sintieron, ni remotamente, el loco entusiasmo de la otra vez, cuando vivió la rata. El alma les vibraba de gloria, sin duda, pero demasiado alta esa gloria para que se manifestara en turbulencia física. Sentáronse en la mesa próxima, las piernas colgantes, mirando en silencio su obra.
El ser que yacía de espaldas frente a ellos era un hombre de mediana estatura, de maravillosa proporción. Representaba veinticinco años. Las facciones tenían una serenidad sorprendente. Los ojos estaban cerrados y el pecho subía y bajaba rítmicamente.
Esto era lo que habían hecho Donissoff, Sivel y Ortiz, pasando de aquella rata, que se había devorado a sí misma a las dos horas de existencia, a ese maravilloso ser que yacía desnudo, respirando armoniosamente.
Además tenía nombre. Como desde los primeros momentos en que se pusieron a la obra, habían sentido la necesidad de llamar de algún modo a su hombre en formación, Ortiz había propuesto llamarle Biógeno, esto es: Engendro vida. En verdad, quienes la engendraron fueron ellos; pero el nombre les había gustado.
Después de un largo rato de muda contemplación de su obra, que condensaba un millón de torturas cerebrales, Sivel levantó la voz en aquel silencio:
—Ya hemos concluido nosotros, Donissoff. Ahora le toca a usted. Si lo despertamos abrirá los ojos y mirará, y si lo bajamos quedará de pie donde lo dejemos, porque no se le ocurrirá caminar, y si lo hacemos caminar chocará con todo, porque no tiene noción de los obstáculos.
—Usted no pretenderá que veamos eso, ¿no? En ese caso más valdría que nos hubiéramos pegado un tiro nosotros.
Donissoff, la vista fija en la mesa, parecía no haber oído. Su expresión tenía aquel sello de implacable voluntad de las ocasiones decisivas.
—¡No! —respondió al fin—. No hemos hecho eso para deshonra nuestra... ¿Se acuerdan ustedes de la promesa que me hicieron cuando decidimos los trabajos...? ¡Sivel, Ortiz! Necesito que me den plenos poderes para animar eso.
—¡Entendido, Donissoff! No necesitaba decírnoslo.
—Sí, necesitaba, porque...
—¿Por qué, Donissoff?
El rostro de éste se contrajo, y un rayo acerado cruzó por su mirada de arcángel.
—¡Un momento! ¡Nada más que un momento!
Y salió, atravesando el laboratorio.
X
Un rato después Donissoff entraba, acompañado de un hombre pobremente vestido, muy flaco y de semblante amarillento. Usaba anteojos oscuros. El sujeto, evidentemente tímido, miraba con gran sorpresa a los tres hombres hasta que su vista se fijó en las lámparas eléctricas, la mesa refulgente y el hombre tendido sobre ella. Entonces su rostro se demudó.
—Ya le dije —se dirigió Donissoff a él— que se trata de una operación. Ese hombre está cloroformizado. Necesitamos su ayuda para... ¡permítame un segundo!
Y volviéndose a Sivel y Ortiz les dijo rápidamente en inglés:
—Hay que sujetar enseguida a ese hombre. No perdamos un minuto, porque va a desconfiar.
Tan brusca fue la revelación para los dos asociados que a pesar del dominio que sobre sí tenían, se quedaron con los ojos profundamente abiertos.
—¡Vamos! No se olviden de lo prometido... ¡Enseguida! —repitió Donissoff con la voz ya casi angustiosa a fuerza de ser imperativa.
—¡Donissoff! —murmuró Ortiz.
—¡Ortiz! —chirrió aquél entre dientes, abrasándolo con
la mirada. Y se volvió al hombre.
Este, los ojos desmesurados de estupor y de desconfianza, retrocedió un paso. Pero el otro le puso la mano en el hombro:
—¡Ortiz...! ¡Sivel...! —llamó a estos con su voz clara y cortante. Y en un segundo el sujeto estuvo ceñido entre los brazos, atado y sentado en una silla. Los anteojos se le habían caído en la lucha; estaba lívido, el pelo revuelto, y el rostro traspasado de terror. Los tres asociados, jadeantes, no se tomaron la molestia de alejarse para hablar.
—¿Y bien...? —preguntaban las miradas de Sivel y Ortiz, fijas en la de Donissoff.
—¡Y bien! —repuso éste—. Es el elemento definitivo; ya está hecho.
—Hable en inglés, Donissoff —repuso Sivel. Y agregó—: ¿Qué está hecho? ¿Ese hombre...?
—Sí.
—¿Y vamos a hacer...?
—Torturarlo.
Sivel, que iba a agregar algo, se detuvo y clavó su mirada profunda en Donissoff. Él lo miraba tranquilo, pero muy pálido.
—¡Nosotros, Donissoff.
—Sí... Nos es indispensable una intensa producción de dolor, una sobreaguda corriente de dolor, para provocar en su sistema nervioso una sensibilidad que solo los años darían. Acuérdense de la discusión que tuvimos al principio, comparando nuestra obra a un acumulador... Ha sido fabricado como acumulador; pero ahora será una bobina, un carrete... la corriente obrará por influencia.
Esto exige alguna explicación, que fue la proporcionada por Ortiz varios días después, en la instrucción del proceso.
Si se enrolla un alambre aislado en un cilindro de hierro y se hace pasar por el alambre una corriente eléctrica, el hierro se imanta. Si ese cilindro así dispuesto se introduce en el hueco de un carretel, sobre el cual se ha enrollado también otro alambre perfectamente aislado, sin comunicación alguna con el cilindro, la corriente eléctrica del cilindro pasa por influencia a la del carretel, pero centuplicada en energía. Esto es lo que se llama carrete o bobina de Ruhmkorff. Y a este fenómeno de corriente o sensibilidad, centuplicada sin contacto, es al que aludía Donissoff.
Esta explicación, necesaria para el juez de instrucción, no lo fue para Sivel y Ortiz. Vieron enseguida, con un estremecimiento, adonde iba Donissoff.
En sus rostros se reflejó la admiración que les causaba ese audaz golpe de genio o locura. ¡Mas torturar a un hombre! Horrible era sin duda; pero para aquellos tres hombres que habían sacrificado a su ideal, uno su cariño de hijo, otro su amor, otro su fortuna, el tormento aplicado a un pobre ser inocente no podía ser obstáculo al triunfo de su ideal científico. Nada había más puro y sencillo que el corazón de aquellos tres hombres, y por eso, a pesar de todo, aunque su inteligencia decidía inexorablemente el martirio necesario, sus almas allá adentro, lloraban de compasión. En Donissoff, sobre todo, hacía estremecer el profundo contraste entre su rostro de arcángel y la terrible voluntad que se sobreponía a sus sufrimientos, como una sombría bandera de combate clavada vigorosamente en su propio corazón. Y por esto mismo los ojos del pobre diablo —lívido de terror— se abrieron espantosamente al ver a Donissoff que hablaba, sin darse cuenta, en francés.
—¡Decidámonos, Sivel! Cuanto más tiempo ganemos, mejor. Ortiz: abra un poco la corriente.
—¿Para la tortura...?
Pero no pudo concluir. Un grito de horror, un alarido desgarrante, había partido de la garganta del pobre diablo al oír tortura. Atemorizado ya al infinito con el lazo que le habían tendido, aquel laboratorio con su aspecto de infierno, y los tres demonios devoradores de hombres, su ser todo se había roto en un alarido al ver lo que le esperaba.
Hizo un esfuerzo terrible para romper las ligaduras y rodó por el suelo con una convulsión. Lo levantaron, le sentaron de nuevo, y Donissoff, poniéndole la mano en el
brazo, le dijo fríamente:
—Es inútil que grite: no se oye absolutamente nada desde la calle. Ahora, si la seguridad de que nosotros sufrimos más que usted con su propio dolor, puede servirle de algo, téngala en un todo.
El pobre diablo, los ojos desmesuradamente abiertos y con el rostro surcado por heladas gotas de sudor, quedó inmóvil, siguiendo a Donissoff con la vista. Desde ese momento no tuvo un gesto, ni se movió, presa de profundo estupor.
Entonces unieron una mesa con aquella en que yacía Biógeno y acostaron en ella a la víctima desnuda. Le sujetaron de los pies y las muñecas a la mesa; y mientras Ortiz abría más la corriente de su dinamo para levantar la temperatura del laboratorio, Donissoff fue a buscar al taller mecánico una pequeña herramienta: un alicate.
El hombre inmovilizado sintió la aproximación de Donissoff y el contacto de su fina mano en una de las suyas. Durante cinco segundos el corazón del pobre ser latió desordenadamente muerto de angustiosa expectativa. Y de pronto lanzó un grito. Una de sus uñas, cogida por el borde con el alicate, acababa de ser arrancada hacia atrás.
Fue un solo grito, pero que llevaba consigo un delirante paroxismo de dolor. El laboratorio cayó de nuevo en profundo silencio. Los tres asociados, pálidos como la muerte y con los ojos fijos en Biógeno, acababan de notar un ligero estremecimiento en sus párpados.
—Ha sentido... —murmuró Ortiz.
Ninguno respondió. Sí, la corriente había pasado; el ser recién creado, virginalmente puro de sensaciones, acababa de sentir en su sistema nervioso el primer choque del dolor llevado a su culminación.
Un momento después, otro alarido resonaba, más desgarrador aún que el primero; otra uña echada atrás con el alicate había desaparecido del dedo.
Y con largos intervalos, los alaridos se sucedieron, pero prolongándose cada vez más en un estertor lamentable.
Los tres asociados, fijos los ojos en Biógeno, constataban el creciente temblor de sus párpados, mientras la expresión de serenidad estatuaria comenzaba a desvanecerse. Iba adquiriendo ese algo cansado, doloroso, serio, que caracteriza la expresión del adulto que ha sentido y sufrido, expresión visible aún cuando duerme. El acumulador se iba cargando.
Pero, entre tanto, a cada nuevo alarido del pobre ser torturado, la palidez de los operadores aumentaba. Cuando la sexta uña hubo sido echada hacia atrás, Ortiz puso la mano en el brazo de Donissoff y le miró con profunda angustia:
—No puedo más, Donissoff... Me voy.
Donissoff evitó su mirada y sacudió las ondas de sus cabellos sin responderle.
—Sufro demasiado... —continuó Ortiz en voz baja.
—Yo también —repuso Donissoff, con su rostro blanco y contraído—. Pero quiero llegar hasta el fin.
Ortiz se retiró. Al octavo alarido Sivel estrelló contra el suelo una pinza de operaciones que conservaba aún y se echó de brazos sobre una mesa. Donissoff lo contemplo un rato y yendo hacia él le pasó suavemente la mano sobre la cabeza.
—¡Váyase, Sivel! Yo operaré solo.
Sivel levantó su rostro desfigurado, más blanco que el mármol, y clavó sus ojos en los de Donissoff. Durante largos segundos se observaron aquellos dos hombres de temple formidable, y durante esos segundos ambos volvieron al pasado lleno de sangre de sus propias almas. Pero esta vez el acero de la voluntad de Sivel se había quebrado, no podía resistir más.
—Váyase, Sivel —repitió con dulzura Donissoff. Sivel se fue, y hundido con Ortiz en los divanes del comedor, continuaron oyendo los lamentos desgarradores del torturado.
XI
Pasó así media hora. Ortiz, con las manos cruzadas detrás de la nuca, tenía la vista fija en el techo. Sivel, inmóvil también, fumaba. Pero el cigarro le duraba apenas unos minutos. Y acabado de tirar el décimo, los alaridos cesaron.
Un momento después entraba Donissoff, pálido como la muerte.
—¡Me muero de sed! —exclamó con la voz ronca—. ¿Quiere hacer té, Ortiz? Estoy un poco cansado.
Se dejó a su vez caer en el diván, junto a Ortiz, echando la cabeza atrás, con los ojos cerrados.
Durante un largo rato no dijeron una palabra. El silencio parecía ahora mucho más profundo.
—¿Concluyó? —le preguntó Sivel al fin, sin mirarle.
—Sí, pero no sé... Me moría de sed.
—¿Y ese desgraciado? —le dijo Ortiz.
—¡Un momento, Ortiz! ¡Déjenme descansar un momento...! Está desmayado ahora.
Cuando hubieron tomado el té, se levantaron y fueron al laboratorio. Sobre las mesas, mesas vivamente iluminadas, yacían los dos cuerpos, uno al lado del otro. El pobre ser torturado parecía ahora de una flacura cadavérica. Tenía el vientre horriblemente hundido y las costillas salientes, proyectadas para arriba por contraste, parecían romperle la piel. Tenía el rostro lívido y los ojos hundidos en el fondo de las órbitas. De sus fosas nasales caían dos hilos de sangre que cortaban paralelamente los labios y se perdían en la barba. No conservaba una sola uña en sus dedos.
Los tres asociados, después de pulsarlo y auscultarlo, se inclinaron sobre Biógeno. El temblor de los párpados había cesado; pero su expresión era otra: la expresión de un hombre que ha vivido, amado, sufrido. ¡Sí, aquella boca cerrada había gritado; aquellos ojos habían visto, aquella frente, ya no tersa, había pensado!
A pesar de las emociones de ese día, y de los terribles choques que acababan de sufrir, los tres experimentadores sintieron sus almas refrescadas de glorioso orgullo. El corazón de Biógeno trabajaba con absoluta precisión; los pulmones quemaban su oxígeno hasta el último átomo, y el cerebro ahora, vivía. No era ya su sistema nervioso el de un recién nacido: su cerebro había vivido una existencia entera de sensaciones. Pero para ello había devorado en dos horas todo cuanto cabe de dolor en un organismo humano.
La vista de sus creadores se apartó al fin de él, fijándose en la víctima.
—Ha sufrido horriblemente —murmuró Ortiz, bajándole el párpado inferior. Urgía levantar su depresión; desprendieron las ligaduras con exquisito cuidado y lo llevaron en brazos a la cama de Donissoff. Allí, gracias a una inyección de cafeína y a los cuidados que le fueron prodigados, el pobre diablo volvió en sí. Los ojos dilatados de estupor recorrieron lentamente la pieza y se fijaron al fin en los tres rostros que lo observaban. De pronto su rostro se contrajo horriblemente. Lanzó un grito desesperado en que iba toda la defensa que quedaba al pobre ser ante un nuevo martirio: acababa de reconocer a Donissoff.
—¡Retírese! —dijo Sivel a éste al oído—. Su presencia acabaría de enloquecerlo.
Donissoff salió; y entonces Sivel y Ortiz tuvieron el arduo trabajo de tranquilizar al mísero torturado, lográndolo al cabo de media hora larga. Luego lo dejaron solo, pero cerrando tras de sí la puerta con llave.
Los tres asociados se encontraron al fin solos ante su obra.
—Era tiempo de que concluyéramos —exclamó Ortiz, pasándose la mano por la frente—. Tengo la sensación de que hemos vivido mil años en este día.
—¡Sí, hemos concluido! —observó Sivel.
—¿Por qué no? Fíjese en esa expresión. Ese hombre tiene ya cuarenta años de vida cerebral.
—¿Duda, Sivel? —se volvió a él Donissoff mientras recogía de la mesa próxima su jeringuilla Pravatz.
—No sé... contestó Sivel, sacudiendo la cabeza—. Temo mucho, al menos... Pero temo otra cosa.
—¿Qué?
—No sé bien... Inyecte, Donissoff.
Donissoff inyectó su suero excitante en el vientre de Biógeno, y un momento después éste abría los ojos. Fácil es darse cuenta de la profunda ansiedad con que los tres experimentadores observaron aquella primera manifestación de vida real. La mirada de Biógeno, clara, límpida, pero desprovista en un todo de expresión, se fijó directamente en el techo.
Pasó un minuto así, en profundo silencio. Donissoff, Sivel y Ortiz observaban aquella mirada; y la mirada aquella fija en el techo, sin pestañear. Al fin se oyó un murmullo.
—No sé —había susurrado Ortiz. Instantáneamente, la cabeza de Biógeno se volvió hacia donde había sonado la voz, y sus ojos, con expresión de profunda inquietud, miraron a los tres hombres. Los tres sintieron al examinar esos ojos un hondo estremecimiento.
—¡Donissoff...! ¡Esa mirada! —murmuró Ortiz.
—Sí —repuso Donissoff, pálido—. Yo también la conozco.
—Eso es lo que... —iba a agregar Sivel. Pero las palabras se cortaron en su boca: Biógeno, con expresión de agudo sufrimiento, acaba de recoger las manos, tocándose las uñas.
—¡Eso es lo que temía! —reanudó Sivel, con el ceño contraído—. ¡Ha absorbido todas las torturas del otro! ¡Hemos hecho un monstruo de dolor, Donissoff!
—¡No! —repuso éste, con su pálido rostro de arcángel—. El dolor está aún a flor de nervio... Se reabsorberá enseguida.
Entonces se oyó una voz que no era de ninguno de los tres experimentadores.
—¡Ay! ¡Las uñas!
El primer movimiento de Donissoff, Sivel y Ortiz fue volverse vivamente hacia la puerta del cuarto en que yacía el pobre torturado: habían oído su voz. Era su voz; y sin embargo había salido de encima de la mesa: era él quien hablaba.
Los tres hombres se estremecieron violentamente. Esa sencilla frase demostraba ya sensación, percepción, todo cuanto hace del adulto un ser superior. ¡Pero la mirada era del otro! ¡La voz era del otro!
—¡Hemos hecho un horror, Donissoff! —clamó de nuevo Sivel, pasándose la mano por su frente angustiada—.
Ese hombre no tiene vida propia. Es un maniquí; le hemos transmitido el alma del otro.
Donissoff se irguió; y mientras su mirada tornaba a acercarse, como en todos los casos en que irrumpía de su alma una explosión de voluntad o de genio, puso la mano en el hombro de Sivel.
—¡Sivel! Jamás le he asegurado yo de antemano una cosa de la cual no estuviera completamente seguro. Ese ser tiene vida propia, o la tendrá. La influencia del alma del otro persiste aún, y sería imposible que así no fuera.
Pero se disipará en cuanto vuelva a despertarse. Y entonces...
—¿Entonces qué, Donissoff?
—Entonces —prosiguió Donissoff con un poco de lentitud y mirando a otra parte—. Entonces es posible que sufra mucho aún. Cuando usted temía esta especie de avatar momentáneo, yo temía...
Pero no pudo concluir. Biógeno, que después de aquella frase de sufrimiento había caído en un profundo sopor, acababa de abrir los ojos y lanzar un grito delirante.
—¡Eso es lo que temía! —exclamó Donissoff, lívido—. ¡Ya empieza!
Sonó un nuevo grito y Biógeno se incorporó violentamente. Los tres asociados se lanzaron sobre él y apenas el ser sintió en el cuerpo el contacto de las manos de sus creadores, prorrumpió en alaridos de espantoso dolor.
Ortiz levantó la cabeza y miró fijamente a Donissoff.
—¿Y Para comer, Donissoff...?
Se hizo un mortal silencio. Evidentemente el sentido del gusto debía tener la misma espantosa irritabilidad del de la vista, del oído, del tacto...
—¡Eso es! —dijo Sivel—. No podrá comer. Preferirá la muerte, antes que los terribles dolores que le ocasionaría un simple trago de agua... ¡Donissoff! —exclamó después de un rato de silencio, levantándose—. ¡Donissoff! —repitió mirándolo fijamente—: ¡Matemos eso!
Ortiz, que a horcajadas en la silla tenía la cabeza apoyada sobre los brazos cruzados en el respaldo, levantó lentamente su rostro pálido. No se oía sino la respiración de Biógeno.
—¡Hemos hecho un monstruo, Donissoff! —repitió Sivel con la voz ronca—. ¡Matemos eso! Es más misericordioso.
Donissoff, que hasta ese momento no había hecho un solo gesto, se levantó. Fue a la cama, pulsó aquellas arterias, auscultó aquellos pulmones, y se volvió al fin con los ojos húmedos.
—¡Compañeros! Ustedes saben con cuánto cariño y energía hemos trabajado juntos cuatro años. ¡Cuatro años trabajando juntos...! ¡Les pido un día, nada más que un día de tiempo! Si mañana a esta hora su sistema nervioso no está aplacado, destruiremos nuestra obra... ¡Pero un día, por favor, Sivel!
Y sentándose al pie de la cama, dejó caer la cabeza en el respaldo.
Ahora bien; para Sivel y Ortiz, que conocían hasta el fondo el temple de aquel alma, esa exclamación de un héroe de la voluntad era más temible que cualquier honda protesta de desaliento. ¡Qué agudas y profundas debían haber sido las emociones de ese día para quebrantar como un diamante los nervios de aquel arcángel! La obra era común, sin duda, y a ella habían aportado la sustancia íntima de sus almas, transformada en talento y energía. Pero ni Sivel ni Ortiz ignoraban que aquello era obra de Donissoff. Las angustias habían sido por lo tanto, triple que las de sus compañeros, y de ahí ese derrumbe de su energía, que, como el de una montaña, arrastra junto con lo que halla a su paso a la montaña misma.
Ortiz quiso ir hacia Donissoff, pero Sivel lo contuvo con un gesto. Quedaron inmóviles. Un momento después Donissoff se levantaba. No quedaba la más leve huella del desaliento sufrido. Su frente, sus ojos, su expresión entera, tenían la limpidez acostumbrada.
—Creo que podríamos acostarnos —dijo sencillamente.
Sivel y Ortiz asintieron de muy buena gana. Cerraron antes herméticamente ventanas y puertas del cuarto a fin de evitar en lo posible impresiones a los sentidos de Biógeno, y salieron. Sivel y Donissoff durmieron en el laboratorio sobre una simple manta.
XII
Al día siguiente los tres asociados se levantaron muy temprano. Se sentían molidos, quebrantados por las emociones de las últimas veinticuatro horas en que habían visto la realización, el fracaso y el resurgimiento de su sueño de tres años. Fueron al comedor, pero como no tenían hambre alguna desayunaron con naranjas. El ácido jugo fue un gran calmante para sus gargantas resecas; y luego, un poco más reconfortados ya, pasaron al cuarto de Sivel, donde el torturado, con las dos manos vendadas, dormía aún.
Solo se despertó cuando los tres experimentadores estuvieron a su lado. Sus ojos dilatados en un profundo círculo negro, ojeras de sufrimiento y de terror pasados, vagaron apagados por el techo.
—Buen día —le dijo Sivel poniéndole la mano en la cabeza—. ¿Cómo se encuentra?
La mirada del mísero, que iba pesadamente de uno a otro, concluyó por fijarse en la de Sivel. Y lentamente, como una lámpara eléctrica que comienza a encenderse poco a poco, aquélla revivió.
—Bien... Bien... —repuso al rato, con una voz que surgía rota del fondo de su naturaleza, trémula todavía por el sufrimiento pasado.
—¿Mucho dolor, ahí? —prosiguió Sivel.
—No... nada... no me duele…
—¡Cómo...! Pero fíjese bien: ¿dolor, no? ¿No le duele nada, nada?
El otro cerró los ojos y sus labios temblaron un rato.
—No, nada…
Sivel y Ortiz se miraron intensamente. Donissoff, con la vista fija en los muñones vendados, no movió un solo músculo. Entonces Sivel salió, volviendo enseguida con una aguja de coser heridas. Inclinóse sobre él y, oprimiéndole fuertemente la muñeca, le preguntó:
—¿Siente?
—No.
Entonces Sivel hundió la aguja entera en el antebrazo.
—¿Siente?
—No.
Sivel, pálido, se incorporó. Volvió a cubrir al desvalido y, seguido por sus compañeros, abandonó la pieza.
—Este hombre se muere —dijo sencillamente, cuando estuvieron solos en el laboratorio. Donissoff no respondió en los primeros momentos.
—Sí —contestó—. Lo hemos matado. Sus nervios están quebrados para siempre. Son incapaces ya de la menor reacción sensitiva. Mañana no verá más, pasado no oirá, y luego no respirará.
—Hemos descargado demasiado la pila —observó sordamente Ortiz.
—Y el acumulador, en cambio, se ha sobrecargado
—apoyó Sivel, quedando un momento con la vista perdida. Cuando la alzó ya no estaba allí Donissoff.
—¿Y Doni...? —iba a preguntar. Y un grito terrible, un verdadero aullido de dolor llevado a su paroxismo, le heló las palabras. Lanzáronse de un salto al cuarto de aquél, pero Donissoff cerraba en ese instante la puerta por fuera.
—¿Qué, Donissoff? ¿Qué hay? —exclamó Ortiz.
—Nada —repuso aquél—. Entré y estaba en medio del cuarto...
—¿Y ese grito?
—En cuanto vio la luz... ¡Todavía!
Otro grito de dolor, efectivamente, acababa de oírse. Era Biógeno, a cuyo vibrante sistema nervioso la menor sensación arrancaba gritos de agudo dolor. Un pequeño rayo de luz hacíale el efecto de un deslumbrante fulgor en plena pupila. Si tocaba un objeto recibía una violenta quemadura. Y el gusto, el oído, el olfato, todos los órganos de la sensación, puestos en un grado de terrible excitabilidad por sus creadores, mantenían a aquel desgraciado en medio de la pieza, tembloroso, angustiado, empapado en frío sudor de tormento.
¡Sí! Había robado, absorbiendo hasta la última vibración, toda la potencia nerviosa que surge de una persona a la que se tortura. La absorción había sido completa, decisiva y fatal: mientras el uno sentía demasiado, hasta aullar de dolor por la impresión de un leve rayo de luz, el otro, con los nervios vaciados y muertos, iba a perder la vida, por no sentir nada...
Los tres hombres habían quedado inmóviles ante la puerta cerrada. Al segundo grito había seguido un tercero y luego de nuevo el silencio.
—¡Quién sabe! —murmuró Sivel—. Tal vez cuando pierda un poco de excitabilidad... Entremos de nuevo, Donissoff.
Pero apenas hubieron hecho girar la llave, un angustioso grito les probó que el ligero ruido de la llave había torturado el tímpano de aquél. Retrocedieron, con sus esperanzas hechas pedazos, mientras en el cuarto los gritos continuaban: esta vez de mucha más intensidad y duración que la primera vez.
Así, durante dos días enteros, los tres asociados vinieron sintiendo sin la menor tregua el grito aquel que surgía del cuarto cerrado. Ya no era menester el chirriar de una puerta, la luz que entrara por ella: los ruidos apagados de la calle, las casi invisibles filtraciones de luz, el solo contacto de los pies en el suelo eran para aquella naturaleza que había cobrado vida por medio de alaridos de dolor un manantial inagotable de tormentos. No habían pretendido los experimentadores someterlo ni por un instante a la tortura de la alimentación. Aparte del dolor irresistible que le hubiera ocasionado un simple trago de agua, habría sido menester poner sus manos encima de él, violentarlo, exponiéndolo por consiguiente a que el sufrimiento paroxístico rompiera de una vez sus nervios, ya tirantes hasta lo indecible.
El otro, entre tanto, el mísero torturado, se iba extinguiendo en la vaciedad total de su organismo. Ya no veía, ni oía, ni sentía nada. Yacía tendido de espaldas, inmóvil, muerto en vida. El corazón latía cada vez más débilmente. Su respiración se apagaba, y aquel cuerpo joven, lleno de vida dos días antes, era apenas un organismo vegetal, insensible máquina que se había vaciado hasta la última gola en explosivas cargas de dolor.
Y en el cuarto de Donissoff los gritos de tortura continuaban, agudos, incesantes, hasta que, concluido el tercer día, cesaron de golpe. Los tres asociados entraron y hallaron a Biógeno desmayado en el suelo. Lo acostaron, y permanecieron de pie, a su lado, sumidos en tumultuosas reflexiones.
Dos días hacia que no lo veían, que no habían visto a aquel ser humano pensado, planeado y ejecutado por ellos.
¡Y cuántas esperanzas perdidas! ¡Qué desastre y qué triunfo al mismo tiempo, con aquellos nervios que sangraban vivos por exceso de sensación! Pero no era eso lo que ellos habían pretendido. Allí estaba, desmayado de extenuación nerviosa, por fin, después de dos días de tortura. Pero pronto volvería en sí.
—¿Qué le parece, Donissoff? —preguntó Sivel—. ¿Una gruesa inyección de morfina? La resistiría bien.
—Sí —repuso Donissoff, con la voz perdida—. La resistiría bien, pero mataríamos el alma. Y lo que precisamos es disminuir la sensibilidad exterior, nada más. Tal vez hubiera algo mejor...
—¿Qué?
—Descargar el acumulador.
—Es lo que está pasando desde anteayer...
—Sí, pero en corto circuito, como dice Ortiz. La descarga sobre sí mismo... Y hace falta una máquina receptora.
Sivel lo miró intensamente, y su rostro deforme palideció.
—¡No quiero más torturas, Donissoff. —repuso con la voz ronca.
—No torturaremos a nadie, Sivel —objetó aquél—. Pero podríamos hipnotizar a alguien. En ese estado es fácil recibir el exceso de carga de Biógeno.
—¿Pero a quién?
—A mí.
Sivel y Ortiz se volvieron bruscamente a Donissoff. Su belleza de arcángel centelleaba bajo el influjo de su genio y su voluntad. Sivel, que había vuelto a bajar la vista sobre Biógeno, la alzó esta vez completamente contraído:
—¡Donissoff! ¡Por lo que más quiera en este mundo, no haga eso!
—Por lo que más quiera... —murmuró Donissoff, mientras una sonrisa amarga se dibujaba en sus labios. Y su mirada, perdida en el vacío, reconstruyó otra escena de comité secreto, allá, muy lejos, en que había sacrificado algo más que su propia vida. Sacudió la cabeza.
—¡Es menester! Allá en Rusia hice algunos experimentos de hipnotismo... Necesitábamos todos conservar nuestra potencia activa y pasiva en sugestiones. Como ustedes comprenden, en este estado me será fácil transformarme a mi vez en acumulador... pero será preciso torturar a Biógeno.
—¡No, no, Donissoff! —exclamó Ortiz—. ¡No podría oír ni un solo grito de esos!
—Ni yo; por eso quiero cambiar este insostenible estado de cosas. Hemos puesto en esta miserable máquina de sufrimientos todo cuanto nos une aún a la vida. Por lo
menos a Sivel y a mí... Ortiz no ha sufrido aún. Los dolores que pueda sentir no son nada en relación a la tortura incesante de este pobre ser. Además, Sivel, dos o tres sacudidas bastan. Mis nervios recogerán la corriente, para devolverla apenas cese el estado hipnótico... fíjese en esto.
Y era evidente; el problema hallaba así prodigiosa y elemental solución. El pecho de Sivel y Ortiz se abrió a una nueva oleada de esperanza, que esta vez los llevaría al triunfo, ¡ya demasiado lleno de dolores!
Entonces, viva, febrilmente, dispúsose todo. Transportaron a Biógeno al laboratorio y le tendieron fuertemente ligado sobre la mesa donde naciera a su miserable vida. A su lado se tendió Donissoff, oprimiendo fuertemente la mano de Biógeno. La sala de tortura volvía a tener el mismo aspecto de la vez primera: el laboratorio oscuro en los rincones; las mesas de mármol vivamente iluminadas por las lámparas eléctricas con pantallas verdes: los experimentadores mudos, y la atmósfera quieta del recinto que parecía esperar angustiada nuevos gritos de tortura.
Sivel se inclinó sobre Donissoff y fijó su mirada profunda en los ojos de aquél. Ortiz, inmóvil, pulsaba a Biógeno. No se sentía el menor ruido en el laboratorio.
La voluntad de Sivel para que Donissoff durmiera solo era igualada por la del propio Donissoff para querer dormirse. ¿Qué no hubieran podido obtener aquellas dos energías de acero, puesto todo su esfuerzo en un solo pensamiento?
Al rato los ojos de Donissoff se cerraron. Sivel colocó el índice y el pulgar de su mano sobre los párpados de aquél, oprimiéndole los ojos suavemente.
—¿Duerme, Donissoff?
—Todavía no.
Pasó un largo rato. Se hubiera podido seguir por todo el laboratorio el zumbido de una mosca.
—¿Duerme, Donissoff?
Esta vez la respuesta se demoró.
—Sí, estoy dormido.
Sivel se volvió entonces a Ortiz.
—¿Y eso? —preguntó en voz baja.
—Ya comienza a estremecerse... ¡Empecemos enseguida!
No había tiempo que perder. Sivel se inclinó de nuevo sobre Donissoff.
—¡Donissoff! —le dijo con voz lenta, para insinuar más firmemente la sugestión—. Usted tiene una gran debilidad nerviosa y necesita una fuerte excitación... ¿Me oye?
—Sí.
—Cuando la impresión que sienta llegue a ser dolorosa, ¿oye bien?, cuando sienta dolor, se despertará enseguida.
—Sí.
—¿Apenas sienta dolor, Donissoff?
—Sí.
Sivel se reincorporó entonces, tranquilo. Con esta sugestión perentoria nada había que temer; sería imposible el menor trastorno.
Lo que pasó entonces fue tan terrible que ni Sivel ni Ortiz han podido después reconsiderar el tiempo justo que tardó en efectuarse la terrible catástrofe. Sivel había concluido apenas de enderezarse, cuando Biógeno se agitó violentamente. Era menester a toda costa evitar que se despertara normalmente.
—¡Rápido, Ortiz! —exclamó Sivel—. ¡Tortúrelo!
Ortiz se inclinó sobre el desgraciado con su instrumento de horror, y un segundo después, un alarido horrible, sobrehumano, como nunca lo habían oído, una verdadera expresión de dolor llevado a su paroxismo resonó en el lúgubre laboratorio. Y tras él, otro grito, pero ronco, de corazón que estalla, enloqueció a los operadores.
Donissoff acababa de incorporarse violentamente, con los ojos fuera de las órbitas y la boca espantosamente abierta.
—¡Donissoff! —gritaron a un tiempo Ortiz y Sivel precipitándose sobre él. Pero Donissoff había vuelto a caer hacia atrás, con un ronco suspiro, muerto, destrozado por aquella abominable máquina de dolor que había creado con su genio y que acababa de descargar de golpe todos sus sufrimientos acumulados: había estallado, matando a Donissoff.
Ortiz y Sivel, mudos de horror, quedaron anonadados. ¡Su compañero, el más grande y noble de todos los hombres, aquella criatura de genio y sacrificio, fulminado para siempre! ¡Estaba allí muerto, aquel arcángel de genio que había creado lo más grande que es posible crear en este mundo! ¡Y perdido para siempre!
Sivel, con un ronco y profundo sollozo, cayó sobre el pecho del héroe.
—¡Donissoff, niño querido! —exclamó—. ¿Qué hemos hecho de ti?
Ortiz no tenía fuerzas para secarse las gruesas lágrimas que rodaban por sus mejillas. ¡Todo estaba concluido! ¡Jamás, jamás volverían a aspirar a nada! ¡Nunca más entrarían en el laboratorio! Su porvenir entero estaba muerto ya, como había muerto el hombre de las manos vendadas; como había muerto su creación abominable; como allí —criatura sublime, arcángel de genio, voluntad y belleza—, estaba muerto Donissoff.
El Mono Que Asesinó
I
La terrible aventura comenzó en el jardín zoológico una mañana en que nuestro hombre se paseaba bastante aburrido de una jaula a otra. Sus pasos lo llevaron ante el puercoespín, personaje tan espinoso como modesto, pues casi nunca se lo ve fuera de su gruta; arrancáronlo de ahí para detenerlo ante las víboras adormecidas, y luego, pisando una rama seca aquí, mirando distraído allá, Guillermo Boox se detuvo en la jaula de los grandes monos, justamente ante la del pseudogibón ceniciento, al que acompañaban dos pequeños monos de Gibraltar, llamados «monas» con gravísima ofensa para los machos de la especie.
Este gibón, que se sentaba cruzado de piernas en el borde de la jaula, serio, aburrido, filosófico, murió en 1907, supuestamente de pulmonía, como Sayán. Ocupaba la jaula oeste del redondel, y era el único mono que valía algo en el jardín, pues solamente en su jaula se leía: «Precio de este animal $600».
Ahora bien: este mono, durante los veinte días que duró su presunta enfermedad, no estuvo en la jaula por la sencilla razón de que había sido robado. Y quien fue a morir en ella, con una feroz puñalada en el cuello, sin conservar de hombre más que el alma, fue Guillermo Boox.
Todo esto en circunstancias tales, que lo que al principio fuera entre Boox y el gibón un extrañísimo episodio, convirtióse después del robo en muy otra cosa.
Así, nuestro hombre habíase detenido ante la jaula del gibón. El mono, cruzado de piernas como de costumbre y sujeto a los barrotes de la jaula, miraba hacia afuera con una expresión si no de observación, por lo menos de aburrimiento; y como el aburrimiento viene siempre en pos de la mucha observación, el mono observaba en verdad.
Nuestro hombre así lo supuso, y como él estaba también fatigado de eso y de caminar, se dio la vuelta para sentarse. Y en ese momento oyó:
—El río está creciendo.
Instantáneamente, Boox sintió una agitación extraordinaria, como si esta frase suelta hubiera respondido a alguna preocupación suya, agudísima, pero tan vaga y lejana que apenas fue un relámpago. Se detuvo, y aunque tenía idea de que estaba solo, volvió la cabeza atrás y se sacudió de arriba a abajo: no había nadie. No había nadie, a excepción del gibón, que continuaba mirando vagamente el aire.
Y recién entonces recordó el timbre especial de la voz. Nuestro hombre quedóse un rato estremecido, observando fijamente al mono. Al fin, sin apresurarse, cambió de lugar y se colocó en la visual del cuadrumano, interceptando su mirada con los ojos. Durante un minuto ni el uno ni el otro pestañeó. Boox concentraba en su mirada todo cuanto de voluntad, experiencia y potencia adivinativa cabe el hombre; pero el mono, sin las pretensiones filosóficas del otro, devolvíale impenetrable la mirada.
Boox se irguió, bastante acalambrado; retrocedió de espaldas sin perder de vista al gibón y se dejó caer en el banco, la cabeza agitada por un huracán de ideas. El mono, el gibón, el diablo ese, había hablado; de ello no tenía la menor duda. Pero ¿por qué El río está creciendo? ¿Qué quería decir...?
Y tuvo que interrumpirse; en el fondo de la jaula apareció una mona, que tras rápido examen del paisaje, desgraciadamente igual al de todos los días, comenzó a entretenerse con las pulgas del gibón. Este, siempre impasible, hizo:
—Iu... iu... iu...
Así al menos lo entendió Boox. La mona cayó de un salto sobre los barrotes del centro, y fijando los ojos en Boox, lo observó un largo rato levantando las cejas sin cesar. Luego volvió al lado del gibón, se apelotonó contra él y comenzó entonces el diálogo más precipitado que había oído Boox en su vida. La mona gesticulaba volviéndose a cada instante hacia Boox: éste, mirando siempre al aire, respondía con parcas palabras.
Esto estaba muy bien; pero la frase aquella, dirigida a él, ¿qué era? ¿Por qué él había sentido...?
Y de golpe oyó:
—Abran la puerta.
Boox saltó sobre el banco, y como la primera vez, sintió una angustia intensa y también asombrosamente lejana. Quedóse crispado, tratando desesperadamente de recordar. Del fondo, del más recóndito hueco de su memoria, surgía un no sé qué que respondía en un todo a esa orden. Tenía la sensación nítida de que él debía hacer algo, algo urgente que lo angustiaba. Pero ¿qué?
Miró a todos lados: las jaulas, el puente, el jardín zoológico, Buenos Aires... ¿Qué tenía que ver un río que crece y una puerta con él? Y sin embargo, él sabía, sabía bien que debía haber tenido que hacer algo...
Dejóse de nuevo caer en el banco, la cabeza entre las manos.
Y oyó otra vez:
—Ibango el león.
—Sí, sí; pero ¿dónde? —gritó Boox fuera de sí, dando un salto. Durante cinco minutos se mantuvo alerta de terror, presto a una desenfrenada carrera. Y recién entonces se dio cuenta de lo que hacía: había respondido al mono; su vida entera habíase sacudido hasta lo más íntimo por lo que el mono dijo. Y ahora precisaba: no era de uno de los leones del jardín de quien había sentido miedo; era de los otros porque el río crecía...
Como se comprende, lo que pasaba a Boox era suficiente para trastornar la cabeza más sólida. Y con este agravante: los monos vecinos no parecían oír al gibón; él solo lo oía y comprendía... Tornó a sentarse, y durante dos largas horas no se movió, mirando obstinadamente al gibón. Pero el animal, siempre cruzado de piernas y la vista vaga, no volvió a hablar.
Boox se fue al fin: alejóse paso a paso, pues llevaba esta verdad rotunda: había un mono, un mono cualquiera de jardín zoológico, un mono comprado en cualquier parte, que el público veía indiferente todos los días porque era tan estúpido como los demás. Y este mono tenía sobre él una influencia poderosísima.
Para deducir la luz posible de esta extraordinaria cosa,
Boox se planteó el problema de este modo:
1. Había un mono que hablaba.
2. Hablaba para él solo. (Jamás, por lo menos, había oído decir que un mono de nuestro jardín hablara.)
3. Decía frases sin sentido.
4. Y estas frases sin sentido tenían para él un profundo significado, del cual no alcanzaba a darse clara cuenta, pero que sacudían lo más remoto de su memoria…
¡Su memoria! ¡Pero éste era el punto directamente herido! Sí, él había hecho algo antes, pero muchísimo antes, que respondía en un todo a la frase del mono. El río está creciendo... abran la puerta... Boox se detuvo, y trató, hundiéndose en el abismo de su memoria, de recordar qué era eso…
No, no sentía nada ahora. Había visto crecer los ríos y abrir muchas puertas; pero no eran ellos. Al reanudar la marcha advirtió que se había detenido frente a la jaula de los leones. ¡Ibango el león!
Tampoco eran ésos los leones que lo habían aterrorizado. Y entonces cayó de lleno en lo más extraño de todo: él sabía qué quería decir ibango, puesto que había respondido enseguida: «Sí, sí: pero ¿cómo?».
Se puede suponer ahora lo que —para un hombre sensato— puede significar este pequeño misterio: entender una lengua que no se conoce, expresada por un mono, y sentirse agitado como un títere por lo que éste dice.
Pero si, como se ha dicho, Boox era una persona sensata, hay cosas muy superiores a la cuerda razón. El estado de Boox, subordinado a un cuadrumano, no era alentador. E insistiremos en lo que para nuestro hombre tenía de más chocante la aventura. Si se tratara de un mono especial, rarísimo, ello podía acaso halagar a un bimano; pero sentir su vida ligada a un gibón cualquiera, manoseado por peones y cuidadores, porque era un mono como todos los demás, es profundamente denigrante.
De este modo Boox hizo cosas de las cuales jamás se hubiera creído capaz. Después de cuatro días de lecturas enseñadas de todo lo que puede decir Brehm sobre monos, y de otras tantas noches repletas de sueños, y estos, de monos, monos y monos, perdió Boox el último resto de sensatez que le quedaba con esa historia, y fue la quinta mañana a ver a un amigo suyo, asiduo de círculos espiritistas.
—Necesito que me des una recomendación para doña María.
El amigo, extrañado, pues siempre había dudado Boox de esas cosas, lo observó temiendo una burla. Pero como la expresión de un sujeto que ha soñado la noche entera con monos no debe ser común, el amigo repuso inmediatamente:
—Cuando quieras.
—Enseguida.
—Si no hay urgencia, mejor es el domingo: el fluido...
—No, no: necesito ir enseguida. ¿Puedes darme una tarjeta ahora mismo?
El amigo escribió dos líneas, y una hora después Boox sometía a la intérprete espiritual este problema:
«¿Qué relación hay entre la vida pasada de Guillermo Boox y el río está creciendo, abran la puerta e Ibango el león?»
Al cabo de diez minutos le llegó la respuesta. La primera frase significaba el rápido desarrollo que había tenido el cuestionante en su juventud (el río era la vida); la segunda significaba la buena instrucción que el mismo Boox había recibido (la puerta de la ciencia) y la tercera, más difusa, quería decir que los espíritus, fuertes de poder (león: fuerza), velaban siempre por Boox.
Boox quedó bastante iluminado en lo que concierne a las buenas intenciones que para él tenían los espíritus, y muchísimo más a oscuras que antes sobre aquel misterio. Pagó, con todo, y el tormento recomenzó. ¿Cuándo, cuándo podría saber eso?
Tan bien lo hizo, que el gibón, el maldito mono ceniciento, concluyó por echar afuera sus otros pensamientos. Pasábase nuestro hombre las horas escribiendo frases similares a las que oyera a aquél: «el arroyo baja...» «cierren la ventana...» «la tormenta llega...» «Ibango diez tigres...»
La cosa es ridícula, bien se ve; pero entendemos que nada es ridículo para explicar por qué lo que dice un mono nos hace desmayar de angustia.
Todas las frases lo dejaban frío. Hízolas componer a un amigo. El amigo se rió de ese capricho y le contó en un momento cien historias de ríos, puertas y leones; igual resultado. El amigo, sin embargo, lo miró al final con suma atención, porque quien así propone cosas de locos, está a un paso de serlo. Esta era también la modesta opinión del mismo Boox.
Entre tanto, iba todas las mañanas a sentarse frente a su gibón, y allí pasaba las horas inmóvil, observándolo. Durante cuatro días consecutivos el mono no había pronunciado ni una palabra. Algunas muecas, eso sí; mucho aire filosófico a pierna cruzada también; pero nada de frases.
Y un sábado de mañana, mientras Boox, meditabundo, hacía correr con el pie la arena de un lado para otro, oyó al mono:
—¿Cuántos quedaron?
—¡Cuatro! —repuso instantáneamente Boox. E instantáneamente también saltó, a punto de gritar. ¡Había vuelto a responder al mono! Le había respondido sin darse cuenta de lo que hacía, pero sintiendo que él sabía qué cosa preguntaba el gibón; la prueba es que había respondido ¡cuatro! ¿Cuatro qué? Y de nuevo el recuerdo lejano de haber hecho algo... ¿Qué, por Dios?
Las manos crispadas en la baranda, ahora, devoraba al gibón con los ojos; pero el maldito torturador, sujeto a los barrotes, continuaba mirando el enrejado, pues estaba delante de su vista.
Boox comprendió sencillamente que era imposible seguir viviendo mientras no desentrañara esa horrible cosa. Y como ello no era fácil mientras no tuviera al mono consigo, decidió apoderarse de él, comenzando por el medio más obvio: comprarlo. Fue pues a hablar con el director del jardín. Lo encontró en compañía de las jirafas, a las que regalaba con tortas de cebada y azúcar.
—Desearía saber —comenzó Boox con la voz del mono aún en los oídos— si se venden los animales del zoo.
—Algunos, sí; los ejemplares repetidos.
—Me refiero a un mono ceniciento, el gibón de la jaula circular.
—Ese no es gibón.
—No importa. ¿Hay otro ejemplar?
—No, señor, es único.
—¿Entonces no...?
Es de suponer que el director no tenía esa mañana grandes deseos de hablar. Miró a Boox de soslayo, y para cortar la conversación y proseguir con sus jirafas:
—No se vende.
Boox dijo entonces con la garganta bastante seca:
—Daría setecientos pesos.
El director apartó de nuevo los ojos del hocico de la jirafa y repuso con entonación un tanto admirativa, para que el importuno comprendiera que quedaba roto todo trato:
—¡No se vende, señor!
Boox se retiró confuso. Al cruzar el puente echó una ojeada al gibón y, ante el recuerdo del lazo profundo y misterioso que lo unía con el maldito cuadrumano, resolvió, ya que no se lo vendían, a un medio tan eficaz como el otro: robarlo.
Robar un animal del jardín zoológico es tarea sumamente difícil, tan difícil que considerados los deseos que de ello habrá habido más de una vez, nunca se ha llevado a cabo. Al decir nunca, exageramos, pues Boox robó el gibón, lo robó en persona, sin dejar de él más que su recuerdo y un inequívoco olor a gibón en la jaula que ocupó.
II
Una tarde, veinte días después de la entrevista de Boox con el director, éste recibió una carta así concebida:
Señor director:
Creo deber mío participarle que se va a robar uno de los grandes monos de la jaula circular. Supongo que esto es suficientemente explícito. —N. N.
Por una asociación de ideas bastante feliz, el director, apenas leída la carta, recordó al individuo que cierta mañana le propuso comprar el gibón. «Hum... —se dijo—. Dios me perdone si el comprador intempestivo no tiene mucho que ver con esto».
Sin embargo, un director de jardín zoológico conoce bien a su personal. Estaba seguro de él, y sobre todo de los cuidadores de monos. ¡Robarle un mono! ¡Tendría que ver! A pesar de todo, y aunque riéndose de tan ridícula probabilidad, dirigió sus pasos a la jaula en cuestión. El sol caía ya, y los peones se ocupaban en ese momento de encerrar a los monos.
Entró en el recinto y echó una ojeada certera a puertas y rejas, y se sonrió: no había que temer. Pero los anónimos son cosa más fuerte que la sonrisa de un director de jardín zoológico, y éste fue también el parecer del aludido. «Por algo, sin embargo, me han hecho la denuncia —se dijo pensativo—. Podría tratarse de un loco, pero ni el estilo ni la letra son de loco. Y en cuanto a un bromista, no los hay con esta concisión.»
En consecuencia, y so pretexto de higiene, hizo a los peones dos o tres preguntas. Los hombres tenían la cara de siempre; pero no en balde se reciben anónimos. Parecióle —vaguísimamente— que uno de ellos no lo miraba bien a la cara. Con todo, a los dos días había logrado olvidarse de todo, cuando recibió otra carta:
«Creo debo comunicar por segunda vez al señor director que uno de los monos, el ceniciento, va a ser robado antes de cinco días.
—N. N.»
«¡Hum...! —tornó a murmurar el director—; esto tampoco huele a burla; un sujeto que escribe así ha pasado ya de edad y del espíritu de la broma.» Y dado que para el director era lógicamente imposible una tentativa de robo que no surgiera de adentro, su desconfianza en el peón de mirada esquiva se acentuó. Sería menester vigilarlo y ordenar especial atención a la ronda nocturna.
Y esto tanto más cuando al día siguiente un amigo suyo le envió una tarjeta así concebida:
«Muy estimado amigo:
Tengo el placer de enviarle al portador de la presente, un pobre hombre cargado de hijos y de quien tengo los mejores informes, por si pudiera darle usted cualquier ocupación ahí.
El amigo que me lo recomienda parece que ha sabido, por haberlo oído accidentalmente a los peones, que se trata de robar uno de sus monos y se va a aumentar la guardia. Si llega a servirle para el caso, colmará los deseos de su amigo.
—R. Martínez.»
—Perfectamente —murmuró el director una vez concluida la lectura—. Perfectamente. Por algo me había parecido que el cuidador aquel evitaba mirarme. Y tras una rápida ojeada al portador, personaje que no le importaba por el momento ni poco ni mucho, le dijo:
—Tenga la bondad de esperarme un instante.
Y fue a la jaula de los monos.
El pobre diablo de recomendado quedóse inmóvil; pero cuando el director se hubo alejado, una sonrisa sutil dilató sus labios.
«No me ha reconocido —se dijo—. Tenía un miedo horrible de eso. Ahora va a estar seguro de que los peones piensan robarle el mono, pues como él no ha hablado a nadie del asunto, si algo se ha sabido afuera es porque han conversado entre ellos. Los peones se van a enojar, él creerá entonces legítimas sus dudas y se redoblará la vigilancia nocturna, para lo cual estoy yo. Y como también desconfiará de mí, haremos de modo que hoy mismo termine la historia.»
Entretanto, el director había llegado a la jaula e interpelaba bruscamente a los cuidadores.
—¿Quién de ustedes ha dicho que se piensa robar un mono aquí?
Los cuidadores quedaron con la boca abierta.
—¡Abrir la boca no es responder! —prosigió el director irritado—. Se ha sabido por ustedes que se piensa robar un mono. ¿Quién lo ha dicho?
—Yo no he dicho una palabra; no sé nada —contestó uno.
—Yo no he hablado a nadie de eso —agregó otro.
—¡Muy bien, muy bien! ¡No acuso a nadie! Pero les advierto que no quiero chismes de ninguna especie.
—Aquí no ha habido chismes —murmuraron los hombres malhumorados.
—Chismes o no, de aquí ha salido eso. ¡Y vuelvo a repetirles que no quiero historias de monos, ni de nada, les advierto!
El director se fue, convencido más que nunca de que si algo había, ello se tramaba en las inmediaciones de la jaula. No creía en la culpa directa de los peones, pero sí en su complicidad. Se dispuso a reforzar la vigilancia nocturna, pues solo de noche era posible un robo.
Y se acordó entonces del sujeto que le recomendara su amigo. La tarea que le podía encomendar no era de las más honorables, si se quiere, pero no disponía de otra cosa.
Abordó pues a nuestro hombre, que esperaba tranquilo. Pero al mirarlo más detenidamente, el director tuvo una ligera sacudida: esa cara tenía algo que ver con el cuento del robo.
«¡Se acabó! —se dijo Boox—. Me ha reconocido.»
Y su expresión de desolación ante la inminencia de una catástrofe fue tan visible que el director la atribuyó al efecto que causaba al pobre hombre su propia expresión, aún irritada por el asunto de los peones.
«El pobre diablo cree que lo voy a despedir» —díjose compadecido.
Por todo disfraz de rostro, Boox no había hecho sino quitarse los anteojos. Pero ya se sabe cómo cambia esto la fisonomía de una persona miope. Además, barba de diez días. Y sobre todo, Boox recordaba bien que durante su entrevista anterior con el director, este había observado mucho más el hocico de sus jirafas que su propia cara.
La fugitiva impresión del director se desvaneció del todo delante del pobre hombre ese, padre de muchos hijos y recomendado por un amigo.
—Muy bien —le dijo rompiendo la tarjeta—. Por el momento no tenemos puesto vacante en el jardín. Algo se podría hacer mientras hallamos cosa mejor...
—Sí, señor; cualquier cosa —repuso Boox.
—Perfectamente; se trata de vigilar de noche cierta jaula. ¿Le conviene?
—Sí, señor: ¿desde cuándo?
—Desde esta misma noche.
Una hora después, Boox recibía órdenes, un revólver y un palo.
«De este modo —se dijo el director ya en la cama— mis amiguitos los cuidadores meditarán un momento antes de aproximarse a la jaula. Y si el nuevo guardián nocturno resulta un pillastre, a pesar de sus ocho hijos y la recomendación de mi amigo, mañana lo estudiaremos bien.»
No tuvo tiempo, pues Boox había previsto perfectamente que, dada la falsificación de la tarjeta y otros detalles, no podría estar más de una noche. Pero una noche basta a un individuo que cuenta con la casi complicidad del objeto a robar.
Su plan, en dos palabras, había sido éste:
El mono no podía ser robado sino por un guardián nocturno. No pudiendo Boox ser guardián, por no existir vacante, era preciso hacer crear un puesto especial para él que le permitiese íntimo contacto con la jaula circular.
Entonces urdió el complot. Fue él quien escribió al director las dos cartas sobre tentativa de robo. El simple objeto era hacerle desconfiar de los peones —una pequeñísima desconfianza, si se quiere—. Habló luego encarecidamente a un amigo, que a su vez lo era mucho del director, de la desesperada situación de un pobre hombre conocido suyo, padre de ocho hijos de cuya honradez respondía. Había oído decir que se aumentaría la guardia del jardín, pues se intentaba un golpe contra uno de los monos más valiosos.
Leyendo la alusión al robo, el director, que ya estaba prevenido por los dos anónimos, no podía menos que desconfiar de peones y guardianes, y emplearía con ese objeto al pobre diablo. Cuando un amigo recomienda calurosamente, difícilmente se duda de la honradez del recomendado, y éste había sido el caso con Boox.
El director, cierto es, algo había temido esa noche; pero no entraba en los cálculos de Boox permitirle una segunda reflexión.
Todo esto por lo que se refiere a la primera parte del complot. Sobre la segunda, sobre el robo mismo, tenía ideas mucho menos definidas. Contaba, sobre todo, con dos cosas adversas: los chillidos del gibón, porque indudablemente no dejaría de gritar, y el posterior paseo con un mono a través de la ciudad. Pero Boox sabía que en la Plaza Italia hay coches nocturnos, y que los cocheros suelen dormir en el pescante hasta que se los despierta desde adentro. No verían nada, por lo tanto. Quedaban los gritos. Y para eso Boox confiaba en lo que tenía a su favor: la complicidad del mono. Cuando un animal tiene la facultad de hablar únicamente delante de un individuo, y lo que dice conmueve profundamente el alma y la carne del ser extraordinario que oye, cabe suponer un lazo profundo entre esos dos seres. Y Boox, estremeciéndose aún al recordar sus angustias, se preguntaba: «¿Querrá venir conmigo? ¿Gritará?». No lo creía. Pero lo que tampoco creía Boox es que ese lazo extraño que lo unía al mono pudiera llegar a acarrear la enloquecedora consecuencia que tuvo.
III
Eran las dos de la mañana. La noche estaba oscura y sumamente fría. El jardín dormía en silencio. De vez en cuando era quebrado por el chillido de un águila o el rugido de un león. Allá, en el extremo opuesto, otro animal contestaba, y al rato todo volvía a caer en profunda paz. La ronda, sobre todo, era denunciada con graznidos de inquietud, gruñidos sordos que se apagaban en cuanto la ronda proseguía adelante.
Boox, con su sobretodo grandísimo, que le tapaba las manos y dejaba al aire el cuello —no hay cosa que dé mayor sensación de pobreza que un sobretodo así— paseábase frente a la jaula circular. Tres veces había llegado hasta él la ronda nocturna.
—¿No hay novedad?
—Ninguna —había respondido Boox.
Ahora esperaba a la que debía llegar de un momento a otro. Pasaron, sin embargo, veinte minutos, que a Boox le parecieron diez horas, pues tenía los pies helados. Llegó al fin la ronda; tampoco había novedad, y los hombres se alejaron hacia la pagoda de los elefantes. Cuando los pasos se perdieron y hubo corrido un minuto, Boox pasó la barrera y con una ganzúa forzó la cerradura de la puerta.
Ya estaba adentro, pero no veía nada. Mas por mínimo ruido que hubiera hecho, un mono lo sintió y lanzó un brusco chillido. Boox se quedó inmóvil, conteniendo la respiración y los latidos de su corazón. Sentía que todos los monos se habían despertado y que escuchaban con el oído atento. Pasaron así cinco, diez, quince minutos de angustia. Y de pronto Boox comprendió su error: había entrado sigilosamente, provocando un natural terror en los monos.
Debía mostrarse a toda costa. Bruscamente encendió un fósforo, haciéndolo girar alrededor de su cabeza. Y enseguida una serie de golpes sordos le anunció su éxito: los monos se habían lanzado adelante y estaban con la cara pegada a los barrotes, muertos de estupefacta curiosidad.
Sin apresurarse fue a la jaula de su gibón, descorrió la llave y apagó el fósforo. Quedóse de nuevo inmóvil. Alrededor de él, en las tinieblas, sentía siempre a los monos, atentos. Un cinocéfalo comenzó a bramar sordamente. Boox no se atrevía a encender otro fósforo por temor de que se pudiera ver el reflejo afuera. Pero debía ahogar otra vez el creciente espanto de los monos. Y se decidió a hablar:
—¡Cuidado con hacer barullo! —ordenó en voz baja, suponiendo que los monos estuvieran acostumbrados a esta frase. Mas el efecto que le hizo a él mismo su propia voz, dirigida en la oscuridad a los monos, fue bastante fuerte.
Abrió temblando la puerta de la jaula, y antes de que su mano se hubiera introducido en ella, sintió en la garganta las dos férreas manos del gibón.
—¡Maldición! —rugió Boox ahogándose. Y mientras con las manos cogía las muñecas velludas, hundió violentamente el puño en dirección al gibón.
El golpe fue brutal: las manos se desprendieron de la garganta y el mono se estrelló contra los barrotes. Durante dos minutos, dos largos minutos, la jaula quedó en silencio. Boox sentía a su alrededor la respiración jadeante de los monos y, a sus pies, la del gibón, que se precipitaba cada vez más.
Tenía que irse sin perder un momento. Bajóse, cogió al gibón de la mano y salió con él afuera. Lejos, allá en el templo de los osos, oyó los pasos de la ronda que resonaban sobre el foso. Cerró suavemente la puerta tras de sí, y se encaminó con el mono hacia la verja.
El enérgico modo con que Boox había repelido el extraño ataque del mono parecía haber llenado a éste de profunda sorpresa. Así es que no solo había cruzado el jardín llevado dócilmente de la mano, sino que no había opuesto la menor resistencia a trasponer la verja. Con un salto formidable, sin asirse casi a ella, había cruzado el aire, cayendo al lado de Boox.
Estaban ahora en la calle, en la avenida Sarmiento, desierta y helada. Boox miró a todos lados. Allá, en la Plaza Italia, frente a la estación del A. B. y B., brillaban los faroles de un coche, pero no se veía al cochero en el pescante.
—Debe de estar dentro —murmuró Boox—. No me conviene.
Mas el tiempo urgía; de un momento a otro podía retornar la ronda a la jaula circular y notar su ausencia, alarmando a todo el jardín. Además tiritaba de pies a cabeza, y sentía en la mano el temblor del cuerpo del gibón. Una pulmonía era inminente si permanecían un momento más allí, pero si avanzaban hacia la plaza serían fácilmente descubiertos. Nuestro hombre jugó entonces sus pulmones en favor de la aventura. Quitóse el sobretodo y se lo puso al gibón, subiéndole el cuello hasta las orejas. Los faldones arrastraban por el suelo y el sobretodo entero, ya bastante grande para Boox, parecía caminar solo, lleno de aire.
Así avanzaron hacia la plaza, deteniéndose en la casilla de la ventana de boletos. En el costado sur, contra el nuevo ensanche del jardín botánico, había tres coches. Dos de ellos estaban solos, pero en el pescante del último el cochero cabeceaba dormido.
Boox echó una ojeada al reloj de la estación.
—Las tres y media... dentro de diez minutos la ronda llegará a la jaula —y decididamente esta vez siguió por la vereda del zoo, pasó frente al portón de entrada y cruzó la calle hacia el botánico. Pero, en el silencio de la noche, sus pasos resonaban demasiado. Si cualquiera de los cocheros se despertaba, estaban perdidos. Detúvose, en consecuencia, quitóse los botines y las medias sin sentir más ruido que el de su propio corazón, pasó ante los coches dormidos y se insinuó sigilosamente en el tercero.
El gibón se apelotonó en el asiento, y Boox lo tapó casi con su cuerpo. Entonces tocó en la espalda al cochero. Este se volvió sobresaltado.
—¡Serrano, veintidós cuarenta y cuatro! —oyó que le decían desde el interior.
El auriga, semidormido aún, trató de mirar por debajo de la capota, más para oír mejor que por curiosidad.
—¿Dónde...?
—¡Veintidós cuarenta y cuatro!
Un momento después rodaban por la calle sonora.
Pero el cochero tenía mucho sueño todavía y dos o tres veces estuvo a punto de lanzar el carruaje sobre la vereda. Boox pensó llamarle la atención sobre esta maniobra peligrosa, pero se contuvo.
«Mejor —se dijo—. Así mañana acaso no se acuerde
del número.»
Llegaron. Boox le pagó la carrera desde dentro y bajaron precipitadamente.
Boox tuvo la sensación de que el cochero los miraba, y no se equivocó. Al sacar la llave del bolsillo trasero del pantalón, echó una fugitiva ojeada al hombre. El auriga, cargado de sueño y a punto de dormirse, tenía la vista estúpidamente fija en aquella forma extraña envuelta en el sobretodo.
«Por suerte no alcanza a darse cuenta», se dijo Boox, haciendo jugar la llave.
—¡Bueno, ya hemos llegado! —alzó la voz dirigiéndose a la cara del cochero, a fin de que comprendiera bien que estaba de más.
El auriga se sacudió, enderezándose, fustigó a los caballos y se alejó.
Boox lo siguió con los ojos, y cuando aquél estuvo a media cuadra, quitó la llave de la cerradura, cruzaron rápidamente la calle y doblaron por Guatemala. Quince metros más y Boox entraba por fin en su casa.
Como se comprende, Boox no había cometido la tontería de llegar en el coche hasta su casa, solucionando así en un momento la pesquisa que al día siguiente se haría. Si el cochero conservaba memoria del número, cosa poco probable dada la torpeza somnífera que lo poseía, indicaría Serrano, veintidós cuarenta y cuatro, en donde había visto entrar al pasajero de la Plaza Italia y donde la pesquisa buscaría en vano rastros de ladrón y mono. Y si a esto se agrega que Boox se había mudado veinte días antes bajo un nombre cualquiera, sin dejar la menor indicación de su nuevo domicilio, fácil es comprender que nuestro amigo no tuvo la menor inquietud a este respecto.
IV
La preocupación de los postreros días sobre el robo, y sobre todo la sobreexcitación nerviosa de la última noche, habían adormecido en Boox la causa misma de su trastorno. Ahora tenía a su lado, en íntimo contacto, al gibón, al mono que desde un pasado remoto ejercía un fatal imperio sobre él. Sentía sordamente, sin embargo, que tras ese sombrío fenómeno había algo que acaso no le conviniera saber, una de esas terribles cosas de la India que convierte en dos segundos a un hombre en un ser abyecto que se arrastra gritando a cuatro patas. Pero él quería saber a toda costa, porque no hay vida humana posible cuando ella misma está ligada a la lengua y los dientes de un animal del jardín zoológico.
¡Cosas de la India...! El mono ese era de la India. Y de súbito un rayo de luz cayó perpendicular sobre su cerebro oscuro.
¡Era un caso ancestral, un caso de herencia remota!
Miles de años antes, sus ascendientes, un ascendiente suyo había vivido en la India. Y el mono, el gibón descendía de un hombre que había habitado con su antecesor en la misma llanura, a orillas del mismo río que, como todos los de la India Norte, crecen cinco metros en una noche, arrollando plantaciones, casas, ganados.
El río está creciendo... ¡Sí, sin duda! Boox, millonésimo nieto, había reencontrado en las antiquísimas tinieblas de su alma la angustia del remoto abuelo ante la creciente del río que lo arrebataba todo.
¿Cómo resurgía en él, después de siglos y siglos, la emoción del antecesor muerto miles y miles de años atrás? No lo sabía; pero conocía en cambio el caso de una sirviente francesa que vivía en Tours, y a quien una noche en que soñaba en voz alta oyeron hablar un idioma extraño. Resultó que era el griego antiguo, que se ha dejado de hablar hace más de diez siglos.
Abran la puerta... Ibango el león... Sí, el agua subía y era menester abrir urgentemente la puerta del empalizado para que los búfalos pudieran huir y salvarse. Y la creciente, que llegaba en paredones de agua, arrastraba bosques enteros y, sobre ellos, un león rugiendo de pavor acababa de arribar a la costa... ¡Ibango el león! ¡Cuidado!
Pero ¿cómo, cómo un vil mono podía descender de aquel hombre, amigo de su antecesor, que había dado la voz de alarma ante la creciente? Que la humanidad descienda del mono, todavía, pero que toda la franca y noble naturaleza humana se transforme en una bestia peluda y mordedora...
No había empero otra solución. Ante la súbita presencia de Boox, quién sabe qué células habíanse removido en el petrificado cerebro del animal, y las palabras pronunciadas por su antecesor, que entonces era un hombre, surgían de golpe en la garganta bestial. Ahora se explicaba perfectamente Boox su angustia al oír aquellas frases.
Eran las cuatro de la tarde. Había encerrado al gibón en una pieza desnuda para aquietar al animal y razonar él a solas. Hallada ya la solución del problema, fue al cuarto cerrado y abrió con precaución la puerta.
En el fondo, contra la pared blanqueada, estaba el gibón de pie, doblado sobre la cintura e inmóvil. Al oír ruido volvió la cabeza a medias, pero no cambió de actitud.
Boox se acercó rápidamente. Un profundo temblor recorría el cuerpo del mono. Boox le tomó la mano y la notó ardiente. Muerto de inquietud, lo arrancó de la pared y abriendo de par en par los postigos cogió entre sus manos la cabeza del gibón. Entonces notó el castañeteo de sus dientes. Boox clavó la vista en la del mono. Allá, desde el fondo de las órbitas, los ojos de reflejo verde pálido, los ojos velados de agónico, lo miraban...
En un minuto acostó al gibón, lo arropó y salió, cerrando la puerta con llave. Corrió a casa de un médico amigo suyo.
—López, vengo a buscarlo para un caso urgente... y sumamente raro. ¿Puedo confiar en usted? Se trata de algo que no debe ser sabido por nadie.
—Entonces...
—No, no; necesito que venga; pero quiero tener su palabra de médico de que no se sabrá nada por usted… ¿Consiente?
Fueron. Aunque prevenido al llegar de lo que se trataba, el médico abrió inmensamente los ojos ante la cama baja en que la bestia, arropada, tenía la vista clavada en el techo, respirando precipitadamente.
Sin embargo, al rato cogió la muñeca hirsuta y la pulsó.
—Arrime el oído, ¿quiere? —rogóle en voz baja Boox—. No se va a mover.
El médico auscultó.
—Sí, tiene pulmonía —murmuró. Y añadió ligeramente sin mirarle:
—¿Es el Hulmán de la jaula circular...?
—Sí, el mismo... —repuso Boox apresurado—. ¿Está mal?
—Tiene una fiebre terrible ahora.
El hombre se había vuelto a Boox, y de pronto oyó a sus espaldas:
—¡Ligero! ¡Ha entrado en la pieza!
El médico dio un salto y se volvió, pálido como la muerte. Durante diez segundos se quedó rígido, con la más profunda expresión de espanto que es posible concebir. Boox se estremeció violentamente, como si hubiera sentido en la espalda, bajo la camiseta, la introducción de algún animal frío. Tornóse lívido y su frente se empapó en sudor.
El médico volvió lentamente la cabeza a Boox.
—¿Usted no ha hablado? —le preguntó con la voz ronca. Boox tardó un instante en responder.
—No, no fui yo —articuló al fin, mientras lanzaba alrededor de él frenéticas miradas de angustia.
Pasaron otros diez segundos en profundo silencio.
—¿Usted sabía que hablaba?
—Sí...
El médico clavó otra vez la mirada en la cama.
—Es espantoso... —murmuró. Sintió en el hombro los dedos crispados de Boox.
—Váyase... es mejor.
—¡Ahí llega, ahí llega! —surgió de la cama.
—¡Cuidado! —gritó Boox, dando un salto atrás y señalando con el brazo extendido bajo la cama—. ¡Ahí está! ¡Cuidado!
El médico se echó violentamente a un lado, tropezó con una silla y cayó. En el suelo aún y antes de que hubiese tenido tiempo de darse cuenta de nada, vio a Boox precipitarse y apagar la lámpara de un soplo.
En la profunda oscuridad que sucedió no oyó el más leve ruido. Lentamente, temblando de pies a cabeza, se levantó sin atreverse a encender un fósforo.
—¡Boox! —llamó en voz baja. El mismo silencio de muerte.
—¡Boox! ¿Qué le pasa...? ¿Qué le ha pasado? —alzó más la voz para animarse. Igual resultado. No se sentía el más leve rumor. Y de pronto, se elevó un chillido agudo, áspero, crispante y salvaje, como una rama que se raja en lo alto. Y tras él, otro, y otro, y otro.
«¡El mono... se ha enfurecido con el delirio», se dijo aterrado el médico. Y con un violento esfuerzo de desesperación, saltó atrás. Encendió bruscamente un fósforo, y apenas encendido lanzó un grito: contra la pared, acurrucado, retorcido, delirante, estaba Boox gritando, con los ojos fuera de las órbitas y la boca estirada hasta las orejas. Era él quien chillaba de ese modo horrible; el mono dormía pesadamente.
Al ver la llama tranquila del fósforo, Boox se calló, miró al médico y quedóse estupefacto. Poco a poco fue recobrando su expresión normal, mientras se enderezaba sin apartar los ojos del otro. Un momento después, sin pronunciar una palabra, encendía la lámpara.
—Vamos un momento al escritorio, ¿quiere? Le voy a explicar este absurdo.
¡Por fin! Esto ya era de hombre cuerdo. Y el médico lo siguió profundamente sacudido aún. Caminando tras él, volvía sin embargo a evocar la postura extraña en que había hallado a Boox. Él había visto esa extraña flexión de articulaciones; pero ¿dónde? No era de hombre; solo sabía eso.
Boox contó todo a su amigo: el paseo casual por la jaula, las palabras del mono, su angustia, el robo (sin decir cómo), la explicación que había hallado esa misma mañana, y la pulmonía del gibón.
—Ahora comprenderá por qué hace un momento me puse fuera mí al oír al mono. Seguramente antes, hace miles de años, el antecesor del mono y el mío vieron entrar en la casa un peligrosísimo animal que se arrastraba, una cobra capelo, qué sé yo. Y el recuerdo ha sido tan vivo al oír la voz de alerta del mono, que no he podido menos de angustiarme, como si viera a la bestia arrastrándose.
El médico lo oía con profunda atención. Algo, no obstante, olvidaba Boox.
—¿Y sus gritos, dígame, por qué...?
—¿Qué gritos? —interrumpió Boox sorprendido.
—¡No se ha dado cuenta…! ¡Lo ha hecho inconscientemente! —murmuró el médico.
Y de golpe, como un rayo, recordó la postura de Boox: ¡esa postura de mono! Cuando levantó la vista, vio la de Boox clavada en la suya y un largo escalofrío le heló la médula.
«¿Qué va a pasar?», se dijo aterrado.
La mirada de Boox acababa de fijarse en el médico con una intensidad dura y amenazadora, la misma mirada de un animal acorralado ante el cual nos hemos detenido con el palo en alto. No había en ella reflejo de alma humana más o menos encolerizada, sino el brillo lacrimoso y fijo de la bestia que va a lanzarse. Y la impresión de tener ante él un animal tornó angustiosamente al médico.
Este se levantó con toda la tranquilidad que pudo aparentar, y crispado, sintiendo que sobre el escritorio pesaba algo terrible, se recostó en el respaldo de la silla.
«Está loco, loco furioso —se decía— va a explotar de repente...»
Pero Boox se había recobrado ya.
—Lo que le aseguro —se dirigió a su amigo sonriendo con esfuerzo—, es que esta historia del mono me ha causado ya más inquietudes de lo que usted se imagina. Y ahora él, enfermo... ¿No se salvan los monos de la pulmonía, no?
—Generalmente, pero cuidándoles bien... Encienda un calorífero en la pieza.
—Sí... De todos modos, esto queda entre nosotros...
¡Ni una palabra a nadie, López! —añadió mirándolo en la cara.
—No, ya se lo prometí.
—¿Quiere venir mañana?
La primera impresión de López fue rehusarse; aún se estremecía recordando los alaridos de Boox. Pero la profunda rareza de la cosa, la agudísima curiosidad por este sombrío drama de folletín, pudieron más que su temor.
—Sí, vendré mañana al anochecer.
Salieron juntos hasta la puerta.
—Oigame —le dijo Boox estrujándole la mano—: ¿Usted cree que es posible vivir tranquilo cuando ése habla y nos...?
—¡No, no! ¡Creo que no! —se despidió López sintiendo aún un escalofrío.
No creía equivocarse el médico: el mono, su portentosa facultad de hablar, el robo, todo eso llevaba a Boox vertiginosamente a la locura. Comenzaba imitando al gibón, y acabaría quién sabe en qué. Un mono trágico y un loco juntos...
De pronto recordó la mirada de Boox fija en la suya, en el escritorio.
—Eso no se imita —murmuró estremeciéndose.
V
Boox volvió a su cuarto, encendió el calorífero y fue con él a la pieza del enfermo, colocándolo en el centro. Acercóse al gibón y constató que la fiebre continuaba altísima. El mono jadeaba, con los ojos siempre abiertos, fijos en el techo. Boox arrimó una silla a la cama y se sentó, mirando obstinadamente al enfermo. Poco a poco sintió que su cuerpo se helaba. Haciendo un profundo esfuerzo logró arrancarse al sopor, y yendo a su cuarto, cayó desplomado sobre la cama, sin tiempo para desvestirse.
Al día siguiente se levantó a las diez con la cabeza pesadísima. Le costaba coordinar las más simples ideas, y aún notó que estaba singularmente torpe para hablar. Le parecía que en muchos años no había pronunciado una sola palabra.
Pidió café, pero al probarlo dejó violentamente la taza en el plato.
—¿Qué tiene este café?
—Nada, don Guillermo; es el de siempre —respuso su sirviente, un pobre viejo indio del sur, que se había criado en la casa paterna de Boox.
—Está horrible. No sé por qué diablos se me ocurre tomar café. ¿Yo te pedí café?
—¡Claro, don Guillermo!
—Dame otra cosa, tengo hambre.
Como Boox solía comer un bife con huevos cuando se despertaba con apetito, Fortuno llegó al rato con él a la mesa. Pero apenas lo hubo probado, repitió su gesto anterior de profundo asco.
— Pero, ¡por todos los demonios! ¿Qué porquería es ésta? —gritó.
—¡Pero, don Guillermo, si es del carnicero de siempre: lo acaba de traer!
—¡Llévate eso, rápido! —exclamó levantándose.
Fortuno salió, volviendo enseguida. Boox, con la expresión radiante, estaba devorando bananas. El sirviente se quedó estupefacto.
«Está sentado de un modo raro... Huele a cada momento la banana... Pestañea sin cesar... ¡come la banana de costado...! ¡La tiene con las dos manos...! ¡Come como un mono!»
—¡Don Guillermo! —murmuró temblando.
Con la rapidez de un relámpago, Boox se lanzó sobre todas las bananas que quedaban y saltó sobre la silla, mientras de su garganta brotaba un horrible remedo de lengua humana.
—¡Abará-bará-bará-bará...!
—¡Don Guillermo! —gritó el indio con el pelo erizado. Boox se calló de golpe y bajó lentamente, mortalmente pálido. Las bananas caían deshechas por ambos lados de su puño cerrado. Pestañeó aún vertiginosamente, tomó un vaso de agua, y cuando lo dejó era el hombre de siempre.
Fortuno lo vio alejarse, entrar en el cuarto del mono, y salir al rato.
—Voy a salir un momento, Fortuno. Volveré a las cinco.
El indio se quedó con el corazón profundamente oprimido. Levantó la mesa, cabeceando, mientras que al recuerdo de su amo, cuando era chico y jugaba con él, las lágrimas caían una a una de sus ojos.
Boox caminó hasta Santa Fe y allí se detuvo, esperando un vendedor de diarios. Compró uno al fin y lo recorrió apresuradamente. Como suponía, no hacía la menor alusión al robo de la antevíspera en el jardín zoológico. El director había creído más conveniente ahogar el acontecimiento. Boox se sonrió, tiró el diario y minutos después entraba en el zoo.
La tarde, templada, favorecía a los visitantes habituales y el jardín estaba lleno. Boox siguió a lo largo de los ciervos del Chaco, del casuar, de los coatíes y entró en el pabellón de los leones. Las fieras tomaban el sol afuera; pero Boox quería ver la cara de los guardianes y cuidadores.
«Sería extraño —se decía— que no vigilaran atentamente la cara de los visitantes.»
Pero no parecía notarse nada anormal en ellos y Boox avanzó. Los tigres estaban dentro, y ocho o diez personas contra la barrera seguían pacientemente el vaivén de los felinos. Boox se detuvo. Las criaturas comentaban muy bien la zoología presente.
—¡Tiene patilla blanca, papá!
—Baja la cabeza al llegar a los hierros para no lastimarse y se da vuelta.
—¡Se ha parado, está oliendo!
—¡Huele para aquí, papá!
—¡Los otros se han levantado de golpe!
—Se mueven para todos lados... ¡Nos huelen a nosotros, papá!
Era evidente que algún olor hostil agitaba a los tigres. El padre aludido, aunque confiado en la solidez de la jaula, creyó más prudente apartarse un poco con su hijo, pues ellos parecían la causa de la inquietud. Al retroceder tropezó con Boox, lívido y temblando. El padre lo miró sorprendido, y Boox se alejó silenciosamente; los tigres se sosegaron.
Dio un largo rodeo, deteniéndose al fin ante la jaula de los monitos del Brasil, mezclado con la multitud. Los monos trepaban alegremente por las cadenas, hasta que de pronto uno lanzó un chillido agudo y la banda quedó de golpe inmóvil. Miraban espantados a las barreras.
—Se han asustado... ¿Qué será? —empezaron los comentarios.
—Tienen miedo de nosotros.
—Todos disparan al fondo... tienen miedo de alguno de nosotros.
—¡Oh, oh, oh, los otros! ¡Los de la jaula redonda, atrás! ¡Están locos! ¡Quieren romper la jaula! ¡Braman todos!
En un instante llegaron cuatro guardianes.
—¡Qué hay! ¿Por qué hacen enojar a los monos?
—¡Qué...! ¡Está usted tan loco como los monos! Nadie les ha hecho nada.
Pero el terror de los unos y la rabia de los otros proseguía.
—Es con nosotros —arguyó un espectador—. Alguno de los que están aquí ha de ser mono sin saberlo —se echó a reír.
Los guardianes, con gran inquietud, que para uno de los espectadores, por lo menos, tenía perfecta explicación, despejaron las barreras.
Boox se alejó confundido entre todos y volvió a su casa, ahora encendido de fiebre y con las ideas en revuelta confusión. Era aún temprano y el médico no debía llegar hasta el anochecer. Entró en el cuarto del mono, y como estaba rendido se hizo llevar un diván y se tendió de espaldas. No se sentía el menor ruido dentro. La pantalla de la lámpara proyectaba toda la luz sobre el velador, dejando en suave penumbra la pieza entera.
Pasaron diez minutos. Boox yacía inmóvil, con las manos bajo la cabeza. De pronto creyó notar que el cielo raso giraba a todo escape.
«Raro, muy raro —se dijo—. Debo tener mucha fiebre.»
Se oprimió la muñeca y, en efecto, el pulso galopaba vertiginosamente. Además sentía el pecho oprimido y una fuerte puntada a cada respiración. Volvió a ver girar el cielo raso, y estando así, oyó el ruido de pasos levísimos que se acercaban a él por detrás.
—¡Ah, perfectamente! —dijo Boox en voz alta, presa del delirio—. Es el señor mono que viene a visitarme.
Prestó oído, pero los pasos habían cesado; no se sentía el más leve ruido.
—¡Hum...! —se sonrió Boox—, tiene más miedo que yo el maldito Hulmán del maldito director.
Imperceptibles casi, oyó de nuevo los pasos. Pero se detuvieron de nuevo.
—¡Vamos, monito! —tendió Boox la mano hacia atrás, por encima del respaldo del diván. Y su mano oprimió una cosa horrible.
—¡Esto no es él! —gritó Boox saltando violentamente.
El cuarto estaba en completa paz; en la cama yacía el gibón, mirando inmóvil el techo.
—Tengo demasiada fiebre —murmuró Boox, pasándose la mano derecha por la frente—. Había creído...
Se tendió de nuevo, y de nuevo los pasos avanzaron hacia él; pero esta vez quedó indiferente. Y parecióle que su cabeza se abría y quedaba completamente hueca, y que le arrancaban algo del cuerpo, de adentro a afuera, a través de la piel.
Lanzó un grito y saltó de nuevo; nada, el mismo silencio.
«Estoy delirando —se dijo Boox—. ¡Qué pesadilla! Y lo peor es que creo sentir cierta dificultad para cerrar la boca... y el pecho me duele horriblemente.»
Acababa de tenderse, por tercera vez, cuando el médico entró.
—¿Y mi cliente? —le preguntó avanzando hacia él.
—Ahí está... no sé —repuso desde la penumbra, sin levantarse.
López se acercó a la cama, y cogió la muñeca del gibón. Pero al cabo de un instante sus ojos se abrieron con sorpresa y le colocó la mano en el sobaco. Cada vez más inquieto, se inclinó, auscultó detenidamente el pecho del mono y se incorporó al fin bastante pálido.
—Este animal no tiene nada.
Boox se aproximó lentamente, con los ojos vidriosos fijos en los del médico.
—¿Cómo? ¿Y la pulmonía?
—Nada de pulmonía: no tiene absolutamente nada.
Pero usted, ¿qué tiene?
Los ojos de Boox brillaban como dos carbunclos. Abrió la boca, pero apenas lo hubo hecho, López se estremeció violentamente.
—¡¡Los dientes, Boox!!
—¿Qué dientes?
El médico sintió que un hilo de hielo le corría por la médula: los caninos de Boox se cruzaban como los de un…
—Tengo mucha fiebre —murmuró Boox—. Me duele el pecho…
El médico lo examinó, y al acabar se levantó pálido.
—Tiene que acostarse enseguida, Boox, enseguida.
El mono no tenía nada ya; pero Boox tenía exactamente la pulmonía del otro...
—Sí, me voy a acostar... ¿El mono se puede levantar, entonces?
—Es claro. —Y cogiendo al animal de la mano lo puso de pie.
López y Boox no pudieron contener un grito. El mono era del alto de ellos. Quedáronse inmóviles, estupefactos, empapados en frío sudor ante aquella sombría figura. Pasado el primer momento de estupor, el médico avanzó, le puso las manos en los hombros y clavó sus ojos en los del mono. Durante veinte segundos se mantuvo así; y Boox, detrás de él, notó el violento temblor que iba invadiendo el cuerpo de López.
—Boox, óigame —oyó que le decía sin volver el rostro, para que aquél no pudiera notar la espantosa palidez de su rostro.
—¿Qué?
—¿Ya no habla más el mono?
—No.
—¿Y sabe por qué no habla más?
—No.
Hubo una pausa.
—Bueno, fíjese en esto. El mono hablaba en español, no en indostano... ¿Comprende...? No es un caso de herencia, es... ¿me oye, Boox?
Como no obtenía respuesta, volvió rápidamente la cabeza. Hacia él, cautelosamente, los ojos encendidos, avanzaba Boox a cuatro patas.
—¡Boox, Boox, se está degradando! ¡Se está...! —gritóle López levantándolo violentamente. Boox se estremeció, miró fijamente a su amigo y lanzó un profundo suspiro.
El médico insistió en que se acostara enseguida.
—Sí... aquí... en el diván... —tartamudeó Boox.
—Sí, sí, perfectamente. Un momento, Boox.
Y salió afuera.
—Fortuno —le dijo al sirviente en voz baja—, esta noche nos vamos a quedar usted y yo levantados.
—¿Qué hay, don Guillermo...?
—No, no hay nada, pero pueden pasar cosas demasiado terribles.
El indio alzó los ojos espantados y notó el semblante lívido del médico.
—¿Tiene revólver, Boox? —continuó López.
—No, señor.
—Bueno, vaya a comprar uno enseguida.
Fortuno, lleno de angustia, salió a la disparada.
Al cuarto de hora volvió Fortuno jadeante y entregó temblando el arma.
—Perfectamente —le dijo López en voz baja—. Tiene balas, supongo...
Fortuno lo miró atontado.
—No... no sabía...
—No importa; vuelva corriendo y traiga balas.
Fortuno volvió a salir, y cuando estuvo de vuelta temblaba convulsivamente de fatiga llevada al exceso. Pero el doctor, demasiado preocupado para compadecerse del pobre viejo, hizo jugar concienzudamente el tambor del revólver, se cercioró de que la aguja caía bien y cargó el arma. La dejó entonces sobre el escritorio y fue al cuarto del mono. Boox, envuelto en mantas hasta la barbilla, yacía en el diván. El gibón había vuelto a acostarse, y en la blancura de la almohada se destacaba su cabeza negra, ahora del tamaño de la de un hombre.
López se aproximó a Boox y le cogió cariñosamente la mano.
—Boox, óigame —le dijo en voz muy baja—. Sería mucho mejor que fuera a acostarse a la cama. Es mucho más fácil mantener en su cuarto una buena temperatura que aquí... Estaría más tranquilo.
Boox abrió sus ojos vidriosos que la fiebre había rodeado de un ancho círculo negro.
—No —le respondió con la voz seca y entrecortada—.
Mejor estoy aquí. Déjeme tranquilo —concluyó malhumorado, volviéndose al otro lado.
López arrugó el ceño, recordó una por una las rarezas de Boox —los caminos desarrollados— e insistió:
—¡Boox, óigame!
Boox no respondió.
El médico se inclinó hasta ponerle los labios en el oído:
—Boox: si le parece bien, saquemos al mono de aquí… ya está sano.
Apenas lo oyó, Boox se dio vuelta violentamente y clavó sus ojos febriles en los de López.
—¿Qué? ¿Qué hay...? ¿Por qué quieren llevar al mono de aquí?
—Sería mejor, Boox... Usted quedaría tranquilo.
—¿Por qué?
—¡No sé... Boox, por favor...!
Boox abrió la boca, y López se estremeció de arriba a abajo. Tras los caninos desmesurados acababa de entrever la lengua negra. Sin apartar sus ojos amenazantes de los del doctor, Boox se incorporó en un codo.
—Le prohíbo —le dijo con una voz extraña, áspera— que haga salir al mono de aquí... Y quiero dormir; déjeme.
López se incorporó con un gesto de desesperación, clavó de nuevo los ojos en el gibón acostado e inmóvil, y salió. Tras la puerta le esperaba Fortuno.
—¿Cómo sigue, doctor? ¿Qué hay?
—Nada, nada por ahora... pero más tarde habrá algo
—añadió como para sí, estremeciéndose. Pero Fortuno lo había oído y lo detuvo temblando.
—¡Doctor, doctor! ¡Dígame por favor qué va a pasar!
—¿Acaso lo sé yo mismo? Si lo supiera con seguridad, lo evitaría... ¡Pero cuánto hubiera dado por sacar al mono de allí! —volvió a murmurar para sí—. Vea, Fortuno —añadió—. Vamos al escritorio y pasaremos la noche. Trate por su parte de oír el más insignificante ruido. Si algo oye, cualquier cosa, dígamelo enseguida.
Acto seguido fueron al escritorio. López se sentó en el diván, y Fortuno en una silla, tras el escritorio.
Durante una hora, dos, tres, reinó en la pieza el más absoluto silencio. López revolvía sin cesar en su cerebro el horror que entreveía; Fortuno, agobiado, traspasado de angustia, no apartaba la vista del revólver que brillaba sobre el escritorio, mientras su oído estaba dolorosamente atento al menor ruido que pudiera llegar de adentro.
Hacía en el escritorio un frío glacial. Los dos acechantes tenían el cuerpo y los pies helados, pero no se atrevían a moverse. Cuanto más tiempo pasaba, más aguda era su inquietud; y llegaban ya a ese estado de angustiosa sobreexcitación en que los oídos comienzan a zumbar y sentir los propios ruidos que temen horriblemente oír, cuando Fortuno dio un salto sobre la silla. López sintió que su corazón se detenía, y las miradas de los dos hombres se cruzaron.
—He creído sentir... —murmuró Fortuno temblando.
—¿Qué...?
—Un ruido sordo sobre el piso...
Se callaron, y durante un minuto el silencio, la más absoluta sensación del silencio, hubiera podido ser hallada allí, en el escritorio.
López lo rompió al fin con una voz que él mismo no se reconocía:
—¿No ha sentido más?
—No...
Enmudecieron de nuevo. Y de pronto ambos saltaron: un grito, un grito horrible de hombre había resonado en la casa entera.
—¡Corramos, corramos! —exclamó López con todo el pelo erizado, apoderándose del revólver.
En un instante cayeron sobre la puerta, pero se estrellaron contra ella.
—¡La han cerrado! —clamó López—. ¡La han cerrado con llave! ¡Boox, Boox!
Otro grito resonó adentro, un grito agudo de bestia.
—¡Boox! ¡Maldición, el mono! —rugió López abalanzándose con Fortuno sobre la puerta. Pero ésta resistía, y solo después de un formidable empellón, las hojas se abrieron violentamente.
* * * * * * *
En el cuarto donde estaban acostados Boox y el mono, y que López acababa de abandonar, reinaba también el más absoluto silencio. Boox se había vuelto de espaldas, con los ojos abiertos, y la alta fiebre que lo poseía le hacía ver girar el cielo raso de nuevo. Pero ahora el blanco lienzo se cargaba de figuras, seres deformes, monstruos instantáneos que aparecían y se apagaban sin cesar. Enseguida eran víboras rapidísimas, ovillos de víboras que se enredaban y desenredaban con velocidad vertiginosa. Y todos esos fantasmas del delirio descendían girando siempre, se acercaban a Boox, lo envolvían, le quitaban el aliento, para ascender de nuevo, y de nuevo bajar hasta él en un vaivén de pesadilla.
Así durante una, dos, tres horas. Boox continuaba jadeando de fiebre, con los ojos inmóviles en el techo, enormes, brillantes, rodeados de un círculo negro. El delirio proseguía cada vez más intenso.
De este modo parecióle de pronto que en el cielo raso, entre los ovillos vertiginosos de víboras, aparecía una cara enorme y sombría de mono. Y la ronda lúgubre descendía cada vez más enloquecedora de velocidad girante, y con ella el mono que lo miraba fijamente. Y cuando el remolino llegó hasta él, lo envolvió, le quitó la respiración y ascendió de nuevo, Boox notó que sobre su pecho, hincado y las manos peludas clavadas en sus hombros, quedaba el mono inmóvil, devorándolo con los ojos.
—Boox —oyó que le decía—: hace tres mil años yo era un hombre, un hombre como tú, y vivía en la India, en el mismo pueblo que tu antecesor. Solamente que yo era entonces un maestro, un elegido de Brahma, y tu abuelo era un simple pastor de búfalos. Yo lo había colmado de bondades y hecho por él lo que nadie en el mundo. Yo fui quien dio la voz de alarma cuando sobrevino la inundación, y que tú oíste hace veinte días; El río está creciendo... abran la puerta, etc. ¡Y hace de esto tres mil años! Pocos días después tu antecesor pagó mi bondad y mi cariño asesinándome al vadear el río. Yo era, como te he dicho, un maestro, sin aparentarlo, y debía reencarnar enseguida en una forma más perfecta en virtudes que la que me había arrebatado tu antecesor. Pero Brahma vio que mi alma había quedado manchada: yo deseaba, ignorándolo yo mismo, vengarme de ti. Y pasaron cien años, mil, dos mil, sin que pudiera purificarme: siempre, por debajo de mis grandes virtudes, aspiraba a la venganza. Hasta que llegado el momento fatal de la reencarnación, hícelo, pero mi espíritu estaba enfangado: retrocedí, me convertí en un ser abyecto, encarné en mono, y en millones de millones de años no llegaré a ser lo que fui. Pero, entre tanto, Boox, descendiente del que enlodó mi alma con su monstruosa injusticia, estás aquí, bajo mi cuerpo, que vas a encarnar ahora.
Boox había escuchado jadeante a esa creación de su delirio, hincada sobre su esternón. Cuando la voz se apagó, un súbito descenso de temperatura dio paso a la razón de Boox, y éste cerró por fin los ojos, fatigado.
—¡Qué pesadilla! —murmuró—. Tuve la sensación completa de que sobre mi pecho...
Abrió los ojos y lanzó un grito de terror, el primero que habían oído en el escritorio. ¡Allí, sobre su pecho, mirándolo fijamente, estaba realmente el gibón, el mono! Durante un segundo su vista se nubló, y cuando la recobró de nuevo, vio al mono de pie, en medio del cuarto, interpuesto entre él y la lámpara. Pero antes de que hubiera tenido tiempo de abrir la boca, el mono se había convertido en hombre.
—¡Soy yo! —murmuró Boox, loco de espanto—. ¡Se ha convertido en mí mismo...!
—¡Sí, miserable, soy tú! ¡Y tú, fíjate en lo que eres!
Boox quiso gritar, pero sintió en ese instante un horrible y helado vacío en todo su ser; un hondo y sucio olor de su cuerpo entero le subió a las narices, y vio con horror que ya no era un hombre; ¡se había transformado en mono, en gibón!
Entonces lanzó el segundo grito de horror que habían oído afuera. Y en un acceso de desesperación contra la triunfante e inmunda bestia que, de pie en medio del cuarto, le había arrebatado su figura humana, se lanzó contra él con un ronquido de odio.
El mono (conservaremos, para evitar horribles confusiones, los nombres que habían tenido hasta entonces) tambaleóse ante el rudo golpe y sintió en su cuello las uñas asesinas de Boox, mientras su brazo izquierdo crujía entre los salvajes colmillos. Pero esto duró lo que un relámpago. En el momento en que Boox se lanzaba contra él, el mono caía a su vez sobre el cortapapel en forma de agudo puñal que yacía sobre el velador. Y de un golpe, de un solo golpe lo hundía hasta el mango en el cuello de Boox.
Boox se desprendió, lanzó un alarido y se precipitó contra la puerta, en el preciso instante en que ésta saltaba... López, pálido como la muerte y revólver en mano, se lanzaba adentro, y apenas tuvo tiempo de ver una bestia que huía a cuatro patas dejando un reguero de sangre.
—¡Fortuno, cierre la puerta de la calle! —gritó López, descargando su arma tras el animal y lanzándose él también al patio. Pero no tuvieron tiempo de llegar; el mono había desaparecido en la calle oscura.
Volvieron precipitadamente. El animal (no olvidemos que se había transformado en Boox) estaba parado aún en medio del cuarto, pálido.
—¿Qué hay, Boox? ¿Qué le ha pasado? ¿No le decía yo...? ¡El mono!
—No, no fue nada... Me quiso atacar.
—¡Es lo que justamente temía! Por eso... ¿Quiere que le diga lo que temí más que todo, Boox?
El mono se sonrió:
—¿Un caso de metempsicosis...? ¿Que el mono se transformara en mí...? ¿No es cierto?
López lo miró hasta el fondo y se estremeció.
—Sí, eso mismo... ¿Pero usted no tiene fiebre...?
—¡Bah, no! Ese maldito mono me sobreexcitaba...
¿Pero temía eso, verdad? —agregó sonriendo de nuevo.
—Sí —respondió López con un profundo suspiro de desahogo, secándose la frente empapada de sudor—. Sí, temía eso, pero no me atrevía a suponerlo posible. ¡Figúrese...! En pleno Buenos Aires, una transformación así... ¡Y con un estúpido mono cualquiera...!
* * * * * * *
Entre tanto, Boox corría por la calle desierta. Conservaba toda su razón humana, pero su voluntad de hombre estaba profunda y completamente abolida. Sentíase, a pesar suyo, arrastrado a correr, a correr hacia el jardín zoológico, sin que toda la fuerza de su razón lograra evitarlo. Perdía sangre sin cesar y sus fuerzas se debilitaban cada vez más.
A los doscientos metros de su casa un transeúnte trasnochador lo vio pasar corriendo y se volvió de golpe. Le había parecido un perro muy raro, sin alcanzar a deducir más. Pero en la Plaza Italia, un agente semidormido lo vio galopar sobre el adoquinado y lo reconoció. El animal entró en el jardín y el agente corrió tras él.
—¡Ronda, ronda! —gritó desde la puerta—. ¡Anda suelto un mono!
La ronda salía del pabellón de los leones y oyó las voces. Acercáronse apresuradamente y un guardián, que tenía la linterna caída, vio el rastro de sangre. Todos, con las luces proyectadas al suelo, siguieron la huella sangrienta, y tendido ante la jaula que había ocupado antes, hallaron al gibón, desangrado, desmayado, al mono dentro del cual el alma, la vida y el destino de Boox estaban encerrados para siempre jamás.
Despertaron al director, y Boox fue recogido y prolijamente cuidado. La herida, aunque profundísima, no había interesado ningún vaso y solo la gran hemorragia comprometía la vida de Boox. Pero a la mañana siguiente el director constató que la pulmonía, la terrible pulmonía de los monos, caía sobre el gibón, creando un pronóstico por demás sombrío.
Es fácil imaginar las cavilaciones del director sobre la trágica vuelta del mono. Había en todo aquello algo extraño, sombrío, que lo hacía estremecer sin querer.
Como el fugitivo estaba de nuevo en su jaula, púsose un cartel: ENFERMO. Algo, sin embargo, de su resistencia humana a la pulmonía parecía acompañar a Boox. Cada día que pasaba la fluxión cedía un grado más, hasta que al cabo de los ocho días clásicos, sin crisis alguna, pudo considerarse a aquélla completamente disminuida.
Y como las tardes subsiguientes fueron sumamente templadas, el director hizo sacar al mono a la jaula exterior a fin de que tomase un poco de sol vivificante.
Boox sintió en su cuerpo de mono la suave caricia de la luz y miró largo rato el cielo, mientras su alma, su vieja alma perdida ya para la humanidad, lloraba por dentro su espantosa ruina.
Pasó así un largo rato. De pronto bajó los ojos, y un sacudimiento de toda su alma le heló la sangre como una profunda puñalada.
En el banco, en el mismo banco donde él, cuando era hombre, había estado sentado, estaba ahora el mono, el ladrón, mirándolo con una vaga e infernal sonrisa.
Boox sintió que algo se iba de él para siempre, mientras una cosa inmensamente negra corría a toda velocidad contra su vista.
Cuando media hora después llegó el director, halló al gibón con la herida del cuello completamente reabierta y sangrando aún: muerto.
Las Fieras Cómplices
I
En una noche tempestuosa de junio, un hombre caminaba con paso furtivo por una senda en las profundidades de las selvas de Mato Grosso. La noche estaba profundamente oscura. Los truenos rodaban uno tras otro, y a la intensa agitación del cielo, la selva respondía con el profundo rumor de sus árboles sacudidos por el vendaval. De vez en cuando la lívida luz de un relámpago cruzaba el cielo; el bosque surgía entonces negro, espectral, para ocultarse enseguida en las impenetrables tinieblas.
La selva, terrible siempre, aun de día, con sus acechanzas y traiciones, a esa hora y en la lúgubre soledad, llenaba de angustia el alma mejor templada. Una persona en la ciudad y en las más desesperantes situaciones, no se siente jamás sola; las vidas hermanas pululan a su alrededor, su inmediata presencia la sostienen. Pero en la selva es distinto. Allí todo conspira contra él: el aire quieto y pesado; el silencio hostil; las exhalaciones mortíferas de las plantas que infiltran la muerte en la fúnebre seducción de su voluptuoso aroma; las fieras agazapadas tras el tronco que miramos indiferentes a nuestro paso; las víboras, que hacen de ese paraíso terrenal un infierno, todo en la selva se confabula contra el hombre.
Nuestro viajero, sin embargo, a pesar del terror nocturno inherente a una noche de tempestad en el bosque, sin más amparo que el propio valor, no parecía sentir miedo. Su paso cauteloso indicaba preocupación, sí, prevención también, pero no temor. Para un ojo conocedor algo en él delataba a una persona habituada a la selva. Este algo era su modo de caminar. Levantaba las piernas mucho más de lo que aparentemente era necesario, como cuando se marcha con zancos, y esto con una natural elasticidad que denunciaba a la legua al hijo —natural o adoptivo— del bosque.
En efecto, el suelo de éste, erizado de troncos y ramas, obliga a elevar las piernas para no tropezar, y esta maniobra sumamente fatigante al principio, concluye por volverse inconsciente, y ligera por lo tanto. Por ello se puede conocer fatalmente la condición más o menos selvática del caminante.
Nuestro hombre era, pues, una persona habituada al monte. Los relámpagos que nos han permitido, con su fulgurante luz seguir su marcha felina, nos permitirán saber algo más.
Así, al lívido resplandor de un rayo seguido de un espantoso trueno, pudo verse que el viajero llevaba casco de corcho, blusa y pantalón azules raídos y gruesas botas. El casco decía enseguida que el que lo llevaba no era peón; pero en cambio su visible despreocupación en lo que concernía al bosque, rara en un patrón, parecía afirmarlo.
¿Qué era, pues? ¿Dueño de obraje? ¿Y qué podía hacer en esa noche, en plena profundidad del bosque, caminando como alguien que va alerta a algo, y todo esto sin escopeta? Es lo que pronto sabremos.
Los relámpagos, como fatigados del propio incendio que duraba desde el anochecer, habían disminuido. Pero la lluvia caía ahora torrencialmente, y la selva entera, herida sin tregua por las gotas monstruosas, redoblaba sordamente.
—¡Maldición! —murmuró el viajero, deteniéndose—. Solamente las pacas son capaces de salir con este tiempo.
Dijo esto en español, pero con marcado acento italiano. Levantó la cabeza, con esa inconsciente curiosidad de mirar el cielo cuando llueve furiosamente. Un fulgurante relámpago se abrió sobre su cabeza en ese instante. El viajero, deslumbrado, cerró los ojos. Durante un minuto los mantuvo así, para desvanecer el encandilamiento. Cuando los abrió, tenía ya la vista natural, y la hundió delante de él en las tinieblas.
—¡Y ese estúpido que no viene! —volvió a murmurar. ¿Qué extraña cita podría ser ésa? El viajero continuaba inmóvil, mojándose aún más si esto fuera posible, porque de su casco corría el agua a hilos, como de paraguas.
Sin embargo, a pesar de su quietud, no pudo oír un rumor suave que se levantó detrás de él. Un trueno bramó en ese momento, y cuando el ruido cesó, cesó también el murmullo.
Las ramas, levemente agitadas, quedaron en completo silencio. No sé qué, no obstante, indicó a nuestro caminante que acababa de pasar algo. ¿Fue preocupación casual? ¿Intuición del peligro en las personas de monte, habituadas a una constante vida de alerta? Con todo, hemos visto que al que nos ocupa no parecía hacerle ningún efecto la sombría visión de la selva en semejante noche. Pero esta vez no pasó así. Volvió rápidamente la cabeza, hundió su mirada de halcón en el profundo cañaveral que tenía a sus espaldas y quedó un rato inmóvil, prestando ese oído atento que sujeta y crispa todas las demás sensaciones del cuerpo, y en el cual el cazador de monte pone toda su alma, porque la vida pende como de un hilo de él.
Nada sintió. Volvióse, inquirió de nuevo en las tinieblas y lanzando un juramento siguió adelante. En el lado del cañaveral brillaron entonces dos puntos verdes lúgubres. Avanzaron con una lentitud de muerte hasta la picada y siguieron inmóviles la marcha del viajero. Al rato los dos puntos verdosos comenzaron a moverse en dirección de aquél.
Entre tanto nuestro extraño caminante seguía su marcha cautelosa, cuando de pronto un lamento de agonía, largo, vibrante, desolador, ahogó el ruido del vendaval. Venía de la profunda lejanía de la selva. Al oírlo, el viajero se detuvo de golpe; pero en vez de terror, una radiante expresión de alegría se retrató en su rostro.
—¡Por fin! —gritó casi, corriendo. Mas un momento después volvió a detenerse, presa de viva inquietud.
—Me ha parecido a ras de tierra —murmuró sobrecogido de angustia.
Pasó un instante. Al fin se decidió y se extendió la boca con el pulgar e índice de la mano izquierda y lanzó a la noche siniestra un grito largo, el mismo desolado quejido que había llegado hasta él. Un momento después, pero entonces mucho más cerca, sonó la sombría señal, y el viajero lanzó un profundo suspiro de desahogo.
—Tendré que decirle que no imite tan bien —murmuró sonriendo y avanzando.
El grito de agonía que ambos acababan de lanzar era imitación perfecta del que deja oír el oso hormiguero en las noches muy frías de invierno, y puede reproducirse por ¡a-hu! ¡a-hu! ¡ahu! ¡ahu! ¡ahhhuu!
Un instante después una sombra estaba al lado de nuestro conocido.
El recién llegado, por lo que permitían entrever los relámpagos, llevaba un gran sombrero de paja, con cinta roja. Sobre el busto una camisa de trabajo, a listones, que no debía de conservar ya muchos botones, a juzgar por la ancha abertura que dejaba sobre el pecho. Rodeaba su cintura, por encima de los calzoncillos y hasta las rodillas, un trozo de arpillera sujeto a aquélla por un cinto angosto. Tenía piernas y pies desnudos.
—¿Cómo has tardado tanto? —le dijo apresuradamente nuestro viajero—. Hace ya una hora que me estoy calando hasta los huesos.
—Nada —respondió el recién venido—. El encargado me llamó para revisar las libretas. Dice que está cansado de arreglar todo el sábado.
El viajero se sonrió.
—Caldeira, ¿eh?
—Sí; dice que desde que vos no estás, patrón, todo anda mejor.
El viajero volvió a sonreírse sin decir nada. Pero al rato murmuró:
—¡Pobre Caldeira! Creo que ella desea verlo también.
Al oír ella, el indio, porque era un indio el que había llegado, se estremeció.
— Hace días que no la veo —murmuró.
—¿A quién?
—¿A ella?
—¡Oh! Está muy bien.
El indio dirigió al viajero una mirada de respeto y terror.
—Cuidado, patrón...
El viajero volvió a sonreír.
—Patrón, me parece demasiado... —insistió con la voz baja el indio.
Su interlocutor le puso la mano en el hombro y clavó en sus ojos una profunda mirada de ironía y compasión.
—¡Pobre Guaycurú! —dijo lentamente—. ¡Pobre indio! —repitió.
Seguramente esa sencilla frase evocaba cosas lúgubres, porque el aludido bajó la cabeza como bajo el peso de un recuerdo abrumador.
—¿Ya pasó todo? —le dijo con cariño el viajero.
—Sí —respondió el otro sordamente. Y agregó—: Cuando hace calor me quemo. Tengo veneno en la sangre —murmuró.
—Sin embargo la cara ya está bien —dijo su interlocutor—. A ver...
Acercó la cara a la del indio: y un relámpago rasgó en ese momento el cielo en una fosforescente cortadura.
El viajero se echó instantáneamente atrás.
—¡Maldición! —murmuró poniéndose pálido—. Ya no es cara humana...
En efecto, aquello no era cara, sino una cosa deforme, hinchada, desmesurada, acuchillada de fístulas casi cicatrizadas. La frente, el cuello, el pecho, todo lo que se alcanzaba a ver ofrecía el mismo monstruoso aspecto.
El viajero lo miró un rato, con una mirada en que se iban encendiendo por momentos sombríos resplandores de venganza.
—¿Alves te ha visto así? —le preguntó.
—Sí —murmuró el indio.
—¿Qué te ha dicho?
—Se ha reído. Ayer de mañana, cuando fui al almacén a buscar grasa, me gritó riéndose...
La voz se le apagó y un rugido se escapó de su pecho profundo. El viajero se estremeció.
—¿Qué te dijo? —insistió.
—...que estaba muy contento de la leccioncita que me había dado y que iba a empezar otra vez... —concluyó bajando la voz poco a poco.
En el solo descenso de la voz hasta perderse, había un mundo de sufrimientos, de recuerdos de horror y pesadilla, de dolores intolerables.
—¿Y en los pies? —continuó el viajero—. ¿Puedes caminar bien?
—Sí, no mordieron mucho ahí...
—Alguna vez oí hablar de eso en África —murmuró el viajero, como hablando consigo mismo—, pero nunca creí que fuera cierto... En fin —agregó después de un momento de silencio—, ojo por ojo y diente por diente, Guaycurú.
Presumo que se acordará algo de ti mañana.
—Y de vos, patrón.
—¿De mí...? ¡Bah! Yo no tengo nada más que esto
—repuso sonriendo y extendiendo la mano izquierda. Faltaban tres dedos, y los muñones estaban rojos aún.
—¿Pero en el pecho también? —agregó el indio.
—Sí, un poco; una costilla rota; ¿pero de mí no hablan nada?
—El otro día Juan oyó los tiros de su escopeta, pero patrón Alves no cree que sea la tuya. Dice que te debe de haber comido algún tigre. Un perro trajo del monte la semana pasada un trapo con sangre. El encargado cree que es de tu camisa.
—¿Nada más saben?
—Nada más.
—¿Y de ella?
El indio volvió a estremecerse.
—No —murmuró con voz sorda.
El viajero iba a responder, y seguramente se hubiera sabido algo de ella, ese ser bastante terrible para que su sola evocación hiciera bajar la voz; se disponía a responder, decimos, cuando Guaycurú, echándose adelante, lo cogió bruscamente del brazo. Su interlocutor dio un paso atrás.
—¡Oí, patrón! —dijo rápidamente el indio.
—¿Qué hay? —respondió el viajero, volviéndose con una agilidad verdaderamente felina.
—¡Sentí, patrón! —respondió el indio…
Ambos quedaron en silencio. Entonces sobre el ruido de las hojas azotadas por la lluvia, un rumor lejano y profundo como si saliese de bajo tierra, llegó hasta ellos. Los hombres se miraron un rato en los ojos.
—Es un tigre —dijo sencillamente el viajero. No tenía el menor temblor en la voz, pues a la inquietud de lo desconocido sucedía un peligro real, formidable, sin duda, pero cuyo efecto, en hombres de verdadero temple, es serenar el alma, disponiéndola con todas sus fuerzas para la lucha.
El indio continuaba con el oído orientado a ese terrible anuncio.
—¡Oí, patrón! No es tigre —dijo de nuevo el indio.
Volvieron a quedar inmóviles y llegó otra vez el rugido sombrío.
—Cierto, es león. Viene al trote —dijo el viajero.
Un momento después añadió:
—Debe de estar cebado.
—Nos ha tomado el rastro. Viene por la picada —murmuró Guaycurú.
En efecto, esta vez el rugido se había sentido mucho más cerca. Un instante después sonaba otro, luego otro, y nuestros hombres, con la rápida decisión de pensamiento de los cazadores y personas acostumbradas a conocer el completo alcance de sus fuerzas, comprendieron sin titubear que con ese animal no era posible luchar y que estaban perdidos.
—Para colmo, ni revólver... —murmuró el viajero con tono de fastidio, pero no de miedo—. ¿Traes el machete?
—Sí; inútil... Es un león cebado.
—¡Ligero, patrón! —gritó de pronto, cogiendo a éste de un brazo—. ¡Viene corriendo! ¡Subamos a este lapacho!
La selva acababa de vibrar con un sonoro bramido, próximo ya. La fiera, aguijoneada por el hambre y el deleite de la carne humana, corría hacia la presa, lanzando su grito de ansia.
En un momento nuestros hombres estuvieron ahorquetados en las primeras ramas del frondoso árbol. El refugio era nimio, porque el león trepa con mayor empuje aún que el tigre.
Pero de todos modos, la defensa era así posible, mientras que en tierra hubieran sido destrozados enseguida entre las formidables mandíbulas de la fiera.
Los bramidos se sucedían cada vez más claros y el animal estaba ya sobre ellos.
—Viene corriendo —murmuró el indio, asegurando el mango del machete en su mano ejercitada. Efectivamente, a ellos llegaba ya un sordo rumor de ramas violentamente agitadas y un bramido, tan próximo esta vez que hizo latir tumultuosamente el corazón de aquellos predestinados a una horrible muerte, denunció la inmediata presencia de la fiera. Y ya nuestros hombres habían hecho un último llamado a toda su serenidad, cuando el viajero, que desde un momento atrás oía los bramidos con estupefacción, murmuró poniéndose pálido:
—Yo conozco eso... ¡Guaycurú! ¡Ese modo...!
Y antes de que el indio tuviera tiempo de responder, el viajero lanzó un grito de alegría, golpeándose la frente:
—¡Somos unos estúpidos, Guaycurú! ¡No la hemos conocido!
Y se lanzaron a tierra.
II
El indio, más ágil, se lanzó desde su posición al vacío. Estaban a cinco metros de altura, y esto es en cualquier parte un salto arriesgado. Pero su increíble agilidad nativa lo salvó, no sacando más que un tobillo torcido.
Apenas en tierra, el viajero se llevó con extraordinaria rapidez las dos manos a la boca en forma de bocina y lanzó a la noche un grito ronco y prolongado que sonó lúgubremente en la selva, desafiando así en pleno dominio de fieras con su potente voz humana. Al grito respondió inmediatamente un formidable bramido, tan cerca, que los hombres, no obstante su valor, se estremecieron.
Un momento después las ramas se agitaban, dos ojos relucían en las tinieblas y una sombra enorme se lanzaba sobre ellos de un salto: pero el salto era de alegría.
—¡Quieta, Divina, quieta! —gritó el viajero, conteniendo con voz imperativa los avances de su leona. Esta continuaba lanzando roncos bramidos de placer, y trataba por todos los medios de restregarse contra su dueño.
Es bien sabido que las caricias de un león son tan de temer como sus iras, y que la zarpa que se tiende hacia su amo con el muy gratulable objeto de acariciar, tiene cinco uñas, cinco perfectos puñales árabes que por pequeño que sea el impulso de cariño que los anima, se clavan profundamente en la carne. El viajero, pues, por más contento que estuviera del amor que le demostraba su leona, tenía buen cuidado de evitar su aproximación.
—¿Y eso, patrón? —preguntó el indio, sorprendido y acercándose. Pero el animal volvió la cabeza hacia él y dejó oír un colérico y prolongado ronquido.
—¡Cuidado! —le gritó el viajero—. ¡No te acerques! Cuando me vuelve a ver después de muchas horas, se pone horriblemente celosa... ¡Quieta, Divina!
En la vaga luz había visto colocarse horizontal y rígida la cola de la leona. Como esto es señal inequívoca de ataque, halló apenas medio de dominarla con la voz. Tuvo enseguida que llenarla de caricias, pues el animal, pasada ya la excitación del primer momento, se frotaba ahora voluptuosamente entre las piernas de su amo. Aún consintió que Guaycurú le rascara suavemente la cabeza. Una vez conseguido esto, y como el placer que experimentaba era mucho mayor que sus pasajeros celos, reanudó su franca amistad con el indio. Cinco minutos después, los tres caminaban por la picada en fraternal compañía.
Lluvia, viento y truenos habían cesado. El silencio de la selva parecía entonces más profundo, como ahogado. Solo los relámpagos proseguían encendiendo el cielo en silencio.
—¿Y esto? —volvió a preguntar Guaycurú—. ¿Cómo se ha escapado?
El viajero examinaba en ese momento el grueso collar de la fiera que caminaba a su lado y se incorporó, tras un infructuoso examen.
—No sé —respondió—. El collar está en perfecto estado. La cadena se ha desprendido, pero no me explico cómo ha podido zafar el gancho. Si se tratara de un perro, estaría dispuesto a creer que alguien ha sacado la cadena; pero no creo que haya ningún sujeto tan fundamentalmente enemistado con la vida a quien se le ocurra ir a desprender a este gato —concluyó sacudiendo una poderosa palmada sobre los flancos de la leona que ronroneó a la caricia. La palmada esa, dada con la nerviosa energía del viajero, estaba muy lejos de ser una caricia. Pero seguramente la leona lo entendió así, porque alzó la cabeza a su amo con perezoso cariño en demanda de otra suave prueba de amor.
—¿No tendría hambre? —preguntó Guaycurú.
—No: esta mañana comió la mitad del venado que cazó ayer, y hoy al anochecer, como no sabía qué tiempo iba a estar afuera la solté para que fuera al monte, pero volvió al rato aburrida... Mejor —murmuró el viajero en conclusión.
La leona, como si comprendiera que hablaban de ella, miraba a uno y otro con sus ojos fosforescentes, mientras caminaba con el paso largo y rastreante de las fieras.
Hacía una hora que los dos extraños viajeros y su más extraño acompañante marchaban, y esa noche agitada parecía que iba a concluir sin más trastornos, cuando de pronto la leona se detuvo en seco.
La advertencia de un animal que se para de frente en el bosque es siempre muy digna de ser tenida en cuenta. Mucho más en el caso presente, pues a su condición de animal, la leona añadía la de haber nacido en esa misma selva, que acababa de denunciarle algo anormal.
Los hombres se detuvieron.
—¿Qué hay? —preguntó en voz baja el viajero.
—No sé —respondió el indio en igual tono—. Ha sentido algo.
Prestaron atento oído, conteniendo la respiración, pero nada oyeron. Sin embargo, la leona continuaba inmóvil, las orejas en alto. Miraba a uno y otro lado de la picada, con esa profunda atención de ojos y oídos de los animales en acecho, para los cuales el débil crujido de una hoja puede ser decisiva señal de vida o muerte.
Pasó así un rato. De repente la mirada de la fiera se fijó en un punto a la vera del bosque. Irguió más aún la cabeza, como para dominar mejor lo que veía, y bajándola luego lentamente hasta ras del suelo, lanzó con el hocico pegado a la tierra un bramido ahogado, triste, fúnebre, que puso un escalofrío de angustia en el corazón de los dos hombres.
—No veo nada —murmuró el viajero—. Debe ser un rastro.
—¿De gente...?
—No; no bramaría así... Sin embargo...
—Tiene miedo, patrón...
—Sí, y si fuera rastro no tendría... y mucho menos de gente —concluyó con una fina sonrisa que ya notamos dos o tres veces al hablar de ella.
Entre tanto la leona había empezado a avanzar con precaución, sin despegar el hocico de tierra y gimiendo sin cesar.
—¡Ya sé lo que es! —gritó de pronto el viajero—. ¡Divina, aquí, Divina! ¡La va a picar!
El indio se estremeció.
—¡Sí, es una víbora! Hace un mes le oí desde lejos este mismo quejido, y vino con el hocico horriblemente hinchado... ¡Divina!
Los dos hombres saltaron adelante, y de un empujón el viajero apartó a la leona. Ya estaban sobre la línea misma del bosque, y allí, sobre la tierra roja, vieron una ñacaniná, el cuello erguido y pronta a lanzarse sobre el primero que avanzara.
Las ñacaninás, serpientes de dos y aún tres metros, son terriblemente agresivas y no temen a nada. En cuanto se sienten atacadas se lanzan sobre el agresor, sea hombre, perro o fiera. No es solo esto: persiguen, corren con increíble velocidad tras el que las irritó, y como se ocultan sigilosamente, estas serpientes negras son el huésped más terrible que tiene la selva.
A pesar de todo, la leona no quería abandonar la lucha. Su dueño la contenía apenas, muerto de angustia, pues un paso más y su Divina haría que la serpiente se lanzara contra ella, y el veneno de las ñacaninás no tiene antídoto alguno.
—¡Guaycurú, el machete! ¡No puedo más!
El indio comprendió. Sacó el machete con la rapidez del rayo y de un salto estuvo entre el grupo y la ñacaniná. Entonces dio un paso adelante y el cuello de la culebra se crispó. La leona, entre los brazos de su amo que la sujetaba por el pescuezo, bramaba forcejeando.
—¡Ligero! ¡Se me va! —tuvo tiempo de gritar desesperado. Un segundo después la leona saltaba sobre la serpiente. Pero el indio, con una serenidad espantosa, había dado otro paso hacia aquélla y en el momento en que la ñacaniná se distendía recta como un proyectil sobre él, había hecho un rápido movimiento con la muñeca, que apenas se notó. Cuando la leona cayó sobre la serpiente, solo pudo verse un cuerpo negro que en horribles contorsiones se revolvía entre las patas de la fiera. Pero ya no tenía cabeza: el machete la había tronchado sin sacudidas, sin violencia alguna, únicamente por un prodigio de serenidad de alma y puño.
¡Por fin! Los hombres lanzaron un suspiro, libres ya de esa segunda angustia de su sombría marcha nocturna. La leona, con dos silenciosos mordiscos, había deshecho el cuerpo aún convulso de la enemiga. Tranquila ya, se unió a su amo, y los tres reanudaron el camino.
La tormenta había pasado, pero el cielo, nublado aún, continuaba profundamente negro. Los sombríos caminantes no tenían en esas foscas tinieblas, más guía que la línea apenas visible de la picada, y sobre todo su agudo instinto montaraz.
Marchaban en línea recta, sin una vacilación; y de lejos quien hubiera estado observándolos, habría visto en el acongojante desamparo de la selva, dos luces verdosas, los dos terribles puntos luminosos de la selva, que guiaban la marcha nocturna del sombrío terceto.
Entretanto, y mientras la extraña aventura sigue su curso, digamos dos palabras sobre nuestros personajes, a fin de comprender el por qué del espantoso drama que se avecinaba.
III
Cierta tarde de verano, a las tres, en medio de una siesta abrumadora de calor, dos hombres sudorosos esperaban a orillas del río el vapor que remontaba la rápida corriente. Las dos personas eran Yuca Alves, dueño de un obraje de madera, a cuatro leguas de la costa, y su mayordomo.
Cuando el vapor hubo parado, desprendióse de su costado una chalana, a cuyo bordo subió un pasajero vestido de blanco.
Al llegar a tierra la embarcación, Alves se adelantó al encuentro del pasajero.
—¿Usted es Longhi? —le preguntó en español, pero con marcadísimo acento portugués.
—Yo soy —respondió el otro simplemente, mirando con tranquilidad la repulsiva cara del dueño del obraje.
—Me ha sido muy recomendado —agregó éste—. ¿Conoce bien su trabajo?
—Sí, he sido revisador de maderas catorce años en Misiones.
Alves observó con atención el rostro anguloso de su nuevo empleado, pero enérgico y que respiraba franqueza y decisión en la menor línea.
—Si no tiene muchas exigencias, creo que quedará contento.
—Así lo espero.
Cuatro horas después llegaban al obraje. El trabajo de revisar la madera labrada por las hachas, hundirse día a día en el monte, ir incesantemente de aquí para allí, aniquilarse de calor y mosquitos, es horriblemente pesado. El nuevo empleado, sin embargo, era de una energía a toda prueba y ocultaba, bajo un cuerpo flaco, un extraordinario vigor muscular.
Las cosas al principio fueron bien. Pero poco a poco comenzó a darse cuenta de las atroces crueldades que imperaban en el obraje. Aquéllos que saben lo que pasa en casi todos los obrajes, comprenderán perfectamente lo que aquí se oculta: para los que lo ignoran, mucho mejor es que lo ignoren siempre.
Alves era el perfecto tipo del déspota: iracundo, cobarde, miserable, cruel hasta el refinamiento y con una voluntad de hierro.
Al cabo del primer mes, Longhi comprendió que no duraría mucho allí. Al cabo del segundo, estuvo seguro de que Alves lo miraba mal y que algo serio iba a pasar. En efecto, el choque se produjo a propósito de unas vigas mal medidas, según Alves.
—Me parece que usted prometía más al principio —le dijo éste secamente.
—Es posible —respondió el otro, tranquilo.
—Su deber es hacer las cosas bien —lo cortó Alves rudamente.
Longhi lo miró fijamente en los ojos, y se puso pálido.
—Mi deber es hacer lo que puedo —respondió con voz más tranquila aún.
—¡Su deber es callarse! —rugió Alves, encendiéndose en ira.
El revisador, lívido, se metió lentamente las manos en los bolsillos, pero con una pausa mucho más terrible que la cólera estallada, y le dijo, articulando bien:
—Me parece que usted se equivoca, señor Alves.
—¿...?
—Yo no soy un peón.
—¿Eh...?
—Ni un empleado como esos...
Alves hizo un ademán, pero Longhi agregó enseguida, sin dejar de mirarlo:
—...y le juro que al primer movimiento que haga de sacar el revólver, por la sombra de mi madre le juro que le levanto la tapa de los sesos.
El revisador no hizo ni siquiera ademán de coger el suyo para apoyar su amenaza: la mirada bastó. Alves comprendió que, en efecto, se había equivocado, y poniéndose verde murmuró algo y se fue. Pero Longhi comprendió a su vez que la lucha no estaba sino comenzada, y que Alves no quedaría allí.
Y así fue. Seis días después, el terrible drama previsto caía sobre la cabeza de Guaycurú y del revisador, o sea nuestro nocturno viajero, como ya se habrá comprendido.
El drama se precipitó una mañana, a las doce, y tuvo por causa ocasional lo siguiente:
Entre los innumerables peones del obraje, había un indio llamado Guaycurú, abandonado moribundo por sus padres en el monte cuando era pequeño, y que un viejo hacheador correntino había recogido y criado. Al principio el indio —excelente obrajero, por otro lado—, había mirado con prevención al nuevo revisador. Esto es perfectamente explicable. Los revisadores, en general, miden de tal modo la madera que siempre hallan medio de anotar de menos: en vez de 4 metros, 2,50; en lugar de 60 pies cuadrados, 50, y así por el estilo. Es inútil que el mísero hacheador defienda sus pulgadas que le han costado horas de suplicio, de calor, mosquitos y víboras en el monte; el revisador suelta la risa o le advierte que, si sigue molestando, se va a ver en la necesidad de hacerle volar los sesos. El hacheador baja la cabeza, entrega su madera sin decir una palabra y así hasta la viga siguiente. ¿Qué hacer? A veces hay desquites trágicos, pero el terror al «patrón» es demasiado grande.
Como se comprenderá, Longhi era demasiado hombre para prestarse a esos robos, tanto más viles cuanto que eran contra un pobre peón desamparado, cuyas penurias y rudo trabajo para conseguir una bolsa de grasa o porotos, él conocía bien. De modo que a los quince días había conquistado las simpatías de los peones, a despecho de ellos mismos, pues, acostumbrados a la eterna mala fe y expoliación de los revisadores de madera, creían sencillamente que su justicia era aparente, ocultando algún engaño. Longhi se daba cuenta de la lógica desconfianza de esa pobre gente, compadeciéndolos desde el fondo de su alma.
El indio, sobre todo, había sido siempre la eterna víctima de los revisadores. En el gran desamparo de su raza y humildad, jamás había podido hacer admitir su madera por la mitad siquiera. Siempre hallaban que sus vigas estaban mal escuadradas, o tenían carcoma o habían sido tumbadas en época de lluvia, siempre algo en su contra. El indio reanudaba mudo su trabajo que apenas le alcanzaba para no morir de hambre, y ya hacía veinte años que duraba su violenta miseria.
De modo que su sorpresa al medir el nuevo revisador su madera, sin robarle un centímetro, no tuvo límite. Como los peones, creyó fatalmente que eso no era sino alguna treta, pero cuando entregó otra viga, y otra y otra, y vio todas justamente medidas, en el alma oscura del salvaje comenzó a entrar lentamente la divina luz de la confianza ciega en un ser humano.
No fue solo esto. Una tarde, al concluir de medir Longhi un rollizo, y mientras el indio lo miraba, el revisador levantó los ojos y vio que el indio tiritaba, con la cabeza hundida en los hombros.
—¿Qué tienes? —le preguntó—. ¿Chucho?
—Sí —respondió el otro lacónicamente, apartando la vista. En su mirada había una tristeza amarga, fría, de enfermo desilusionado y solo como un perro.
—¿Por qué no tomas quinina?
El indio no respondió.
—¿No hay en el almacén?
—Sí —murmuró el indio—, pero cuesta muy cara.
—¿Cuánto?
El indio dijo algo bajando la voz.
El revisador soltó un grito de indignación.
—¡Qué crimen! —exclamó mirando a ese ser humano condenado fatalmente a consumirse en su fiebre y sintiendo por el pobre paria una ternura que salía de lo más hondo de su fortaleza de hombre. Al fin se fue, y Guaycurú lo vio alejarse con una mirada de dolorosa ironía.
—Como todos —murmuró.
Mas al día siguiente, ante su imaginable sorpresa, vio llegar a su cobertizo de paja en el fondo del monte, al revisador.
—Aquí tienes —le dijo éste extendiéndole una gruesa caja Toma Dos, una hora antes del chucho. Son cuarenta. Si no te pasa, me avisas.
El indio cogió la caja sin decir una palabra y sin mirarlo.
—Hasta mañana —dijo sencillamente el revisador, alejándose. Cuando había caminado ya una cuadra, sintió ruido de pasos, y vio al indio venir hacia él. Tenía el ceño contraído como si sufriera.
—Quiero saber qué cuesta esto —le preguntó con voz sorda.
—No cuesta nada —le respondió el revisador.
El indio contrajo más el ceño, observándose una por una las uñas.
—¿No es veneno? —murmuró mirándole de reojo.
El revisador comprendió toda la cantidad de sufrimiento, injusticias y desconfianzas que habían agriado esa alma hasta hacerla dudar del más sencillo acto de bondad.
—No, no es veneno —repuso gravemente.
Viendo que el indio continuaba con la cabeza baja, se volvió para irse; pero al dar dos pasos, sintió su mano fuertemente oprimida contra una boca y oyó una voz quebrada por los sollozos que le decía:
—Vos sos bueno, patrón; vos sos bueno.
Longhi apartó la mano riéndose para disfrazar la profunda conmoción que sentía.
Desde ese instante, no hubo lealtad y fe más grandes que las del indio. El revisador era sencillamente un dios para él, con la fidelidad absoluta de que solo es capaz un salvaje cuando entrega su alma huraña.
Y esta devoción al revisador, añadida a las simpatías que su empleado inspiraba a los peones, fue el motivo que Alves halló para vengarse hasta las heces de las bilis que le había hecho devorar Longhi. Su hostilidad al revisador, que había comenzado por celos del respeto que le tenía su gente, se encendió del todo al saber cuánto lo quería Guaycuru y, sobre todo, cuando se enteró de que no robaba a sus hacheadores. Claro es, lo natural parece que era despedir sin más trámite a un empleado que no le hacía ganar bastante; pero, aparte de que lo que pagaba a Longhi era mucho menos de lo habitual, Alves quería sencillamente vengarse.
Así fue que una tarde, el más insignificante pretexto dio pábulo a su empozoñada venganza.
Volvía Alves del puerto a caballo, cuando cerca del obrador encontró a Guaycurú. Alves detuvo su cabalgadura.
—¿Qué haces a esta hora, haraganeando por la picada? —lo increpó.
—Nada; voy al almacén a buscar harina —respondió el indio deteniéndose tembloroso.
—¿Harina? ¿Y no llevaste el sábado?
—Sí, pero se me mojó.
—¡Se te mojó! ¡Maldito seas! ¿Entregaste madera?
—Sí.
—¿Cuánta?
—Un lapacho.
—¿Cuánto?
—Doce pies.
Alves dio un violento golpe con el puño en la cabezada del recado.
—Claro, catorce pies. ¡Que no te vuelva a ver en la picada a estas horas, bandido!
El indio murmuró, con la cabeza más baja aún:
—Entregué el sábado también...
—¡Qué me importa tu sábado y tu madera! Lo que quiero es que trabajes. ¿Eh? ¡Ven conmigo! Vamos a ver tu estúpida viga.
Se pusieron en marcha; Alves no hablaba, pero su rostro innoble continuaba contraído. Cuando llegó, bajó del caballo, tiró violentamente las riendas al suelo, seguro de que había allí diez personas que se iban a precipitar sobre la rienda del «patrón» Alves, y fue a la planchada con el indio. Observó la viga labrada por aquél, y al fin levantó la cabeza, fijando en Guaycurú su mirada animada de fuego sombrío que anunciaba una tempestad de ira.
—¿Y ésta es la madera que traes? —dijo dando un ligero golpe a la viga con el pie.
El indio, helado, no despegó los labios.
—¿Quién recibió esta madera?
—Patrón Longhi.
—¡Aquí no hay más patrón que yo, bandido! —clamó Alves, poniéndose rojo—. ¿Oyes? ¡Yo soy el único patrón aquí, yo, yo! ¡Todos los demás son unos bandidos, todos! ¿Entiendes? ¡Todos!
Esto último lo dijo dirigiéndose a los peones y empleados que oían a corta distancia. Tal era el tiránico dominio que tenía Alves sobre su gente, que ninguno levantó la frente. Los peones se miraron de reojo; los empleados hicieron como si no se tratara de ellos. Pero los truenos eran demasiado violentos para que el rayo no estuviera cerca.
—¡Patrón Longhi...! —prosiguió Alves incapaz ya de contenerse—, ¡Yo no sé si es patrón en su maldito país! ¡Pero el que ha recibido esta maldita madera es un bruto! ¡Sea Longhi o quien sea! El que...
Iba a continuar, pero Alves notó que las miradas de todos se dirigían a la gran picada que quedaba a sus espaldas, y volviéndose, vio a Longhi que llegaba del monte con tranquilo paso. Aunque estaba a media cuadra aún, era imposible que no hubiera oído, dado el silencio del paisaje. Los empleados cambiaron una rápida mirada entre sí. Pero ya Alves había llegado al rojo blanco. Al ver a Longhi se detuvo, y durante dos segundos pudo verse retratada en su semblante la lucha entre el temor y el odio que sentía hacia su empleado. Este último triunfó.
—¿Quién ha recibido esta madera? —preguntó dirigiéndose a los empleados, como si lo ignorara.
—Yo fui —respondió Longhi, seguro de que esta vez era decisiva y metiéndose desde ya las manos en los bolsillos para contenerse más.
—¿Usted? —preguntó Alves, volviendo a él desdeñosamente la cabeza—. ¡Usted no sabe lo que es madera entonces!
—Creo que sí, sin embargo —repuso tranquilo Longhi—. ¿Qué tiene? —añadió acercándose a la viga.
—¡Nada! ¡Completamente comida por dentro!
Longhi se agachó y golpeó la viga con los nudillos en distintas partes.
—No me parece —dijo.
—¡No le parece! ¡Lo que me parece es que usted me ha estado robando el sueldo: eso me parece!
Los empleados, recordando el incidente anterior entre Alves y Longhi, se estremecieron y abrieron bien los ojos para no perder detalle de lo que iba a pasar.
Pero Longhi se había agachado de nuevo, como para examinar más de cerca aún la viga. Cuando se incorporó estaba pálido todavía.
—¡Además —prosiguió el brasileño— eso no es escuadra! ¡En su tierra tal vez, pero entre gente honrada, no!
Esta vez parecía haber pasado el límite del profundo dominio que de sí mismo tenía Longhi; pero todavía volvió a doblarse sobre el extremo de la viga, puso su ojo a ras de un canto y confrontó un rato. Se irguió de nuevo. Esta vez estaba lívido.
—Perdón —dijo con una calma espantosa—, esta viga está bastante a escuadra.
—¡Ah! ¿vosé cree que está a escuadra? —exclamó, olvidándose, en su ira del usted español—. ¡Usted es tan ladrón...!
Pero no pudo concluir. Longhi, con un grito ronco en que había explotado toda su indignación contenida hasta ese momento por un formidable esfuerzo de voluntad, había lanzado su mano seca y nerviosa sobre la cara de Alves. El golpe fue recio y sonó como un estallido. Alves se tambaleó, llevándose la mano a la boca ensangrentada, y un segundo después daba un salto atrás, revólver en mano. Apuntó al pecho de Longhi y lanzó una carcajada, sarcástica, estridente.
—¡Ah, ah! Parece que ahora se acabó todo, ¿eh? Parece que tenemos los instantes contados, ¿eh? ¡Ladrón! ¡Ladrón!
Longhi, las manos de nuevo en los bolsillos, estaba inmóvil, blanco como el papel, mirando de hito en hito a su agresor.
—¡Vosé es un cobarde! —rugió Alves, a quien la nueva prueba de serenidad encendía más en ira—, ¡Lo voy a matar como a un perro! ¡Ladrón!
Al oír por triple vez este insulto, los brazos de Longhi hicieron un movimiento convulsivo, al que respondió Alves instantáneamente con el suyo en que esgrimía el revólver. Pudo verse claro, por la contracción de su semblante, que apretaba el gatillo; y ya iba el tiro a salir, cuando Guaycurú cayó con un salto de tigre sobre Alves, y de un golpe en la muñeca le hizo volar el revólver.
Pero esta vez las cosas cambiaban: ya no se trataba de Longhi.
—¡Agarren a este bandido! —rugió Alves.
Los peones, que hubieran titubeado tratándose del revisador, se lanzaron en tropel sobre el indio. En un momento estuvo derribado y agarrotado.
—¡Ese otro ahora! ¡Agárrenme a ése otro! —rugió de nuevo señalando a Longhi, que continuaba con las manos en los bolsillos. Ninguno se movió.
—¡Canallas! —gritó, con los ojos brillantes por lágrimas de impotente ira, y se precipitó sobre su revólver que había caído a un paso de Longhi.
Pero en el momento en que se iba a apoderar de él, el revisador, con un movimiento tranquilo, puso su pie encima, y cogiendo a Alves de un hombro, lo apartó violentamente de sí. Alves giró y cayó de espaldas.
Es imposible describir la expresión del brasileño cuando se incorporó. Lágrimas de rabiosa exasperación caían de sus ojos.
Longhi se agachó tranquilamente, cogió el revólver y lo tiró a los pies de Alves; éste se precipitó sobre él con un ronco grito de triunfo y apuntó al grupo de peones:
—¡Agarren a ese hombre! ¡Al que no se mueva le levantó la tapa de los sesos!
Los peones, dominados, se dirigieron a Longhi, pero éste, encogiéndose de hombros, sacó su revólver y les dijo tranquilamente:
—No sean chicos, quédense quietos. No tienen...
Un estampido cortó sus palabras, al que siguió un grito de dolor de Longhi. El revólver se le cayó, mientras de su mano corría un torrente de sangre. Alves, cuya puntería no se había desmentido en ese momento, acababa de troncharle tres dedos de un balazo, desarmándolo.
—¡Rápido, átenme a ese hombre! —rugió, volviendo el arma a los peones.
Antes de que Longhi pudiera agacharse, se vio rodeado, sofocado por veinte brazos y sólidamente atado.
—¡Llévenme a esos dos bandidos al pozo viejo!
Los peones, aterrorizados, cargaron con los dos prisioneros y se pusieron en marcha.
—¡Ya nos vamos a ver, seu Longhi! —le gritó sarcásticamente Alves—. No tenga miedo, vosé: no hay agua en el pozo... pero hay otras cosas mejores. En cuanto al otro...
¿Está todavía el hormiguero grande allí? —preguntó Alves a los peones.
Al oír esto, una profunda expresión de espanto se retrató en el semblante de todos.
¿Qué suplicio reservaba Alves a sus dos víctimas, para llegar a impresionar a peones acostumbrados a sus venganzas? Es lo que vamos a ver. La gente, con los prisioneros, siguió por la picada grande hasta la primera bifurcación, a 400 metros del obraje.
—¡Alto! —ordenó Alves—. ¡Dejen en el suelo a esos dos!
Los peones tendieron a Longhi y al indio sobre la tierra roja de la picada, y esperaron nuevas órdenes de su patrón. Preciso es decir que desde que el revólver de Alves se había fijado por segunda vez sobre sus pechos, había desaparecido todo titubeo, rastro de conciencia o de humanidad de sus almas. La amenaza y la voz iracunda bien conocida de Alves, había despertado la fibra de esclavos que había en ellos, y eran ahora diez autómatas de cara embrutecida, apagados, abyectos, que obedecían ciegamente a la voz de Alves.
Había concluido ya en ellos toda simpatía hacia Longhi; no había ya nada en el mundo fuera de las órdenes de su patrón, y de este modo se aprestaban a ser cómplices y ejecutores del horrible suplicio.
—¡Vean si hay agua en el pozo! —ordenó el brasileño—. Si hay, sáquenla y sequen con arena. No quiero que se resfríe seu Longhi.
Los peones se dirigieron al pozo, un pozo abandonado a los cuatro metros por falta de agua. Cuando llovía, claro es, recogía unos cuantos litros. Inclináronse sobre su boca, pero estaba seco.
—Muy bien —dijo Alves—. Menos trabajo. —Y dio órdenes en voz baja a los peones. Cuatro de estos fueron al obraje, volviendo al rato con picos, palas y una caja rectangular. Alves la abrió y retiró dos cilindros oscuros, dirigiéndose al revisador, tendido de espaldas.
—¡Seu Longhi! —le dijo dándole con el pie en la cabeza—. ¿Vosé no conoce esto?
Longhi, que tenía los ojos cerrados por el sol, no hizo un movimiento.
—¡Hace mal, seu Longhi; hace mal! ¡Si vosé se dignara abrir sus ojos, vería que esto es dinamita... dinamita, seu Longhi! —apoyó con cortesía.
—Bueno, después os abriré los ojos... ¿y el hormiguero está lleno?
—Sí, patrón —respondió un peón.
—Perfectamente; ahora me toca a mí.
Y diciendo esto descendió al fondo del pozo.
—¡Corten una tacuara gruesa! —gritó de abajo—. ¡Diez pulgadas alcanzan!
Un momento después el trozo descendía. Alves manipuló en el fondo y al rato subió, sudando.
—¡Muy bien! Ahora echen todas esas piedras... las grandes primero... ¡Cuidado...! Perfectamente.
Cuando todo estuvo concluido, Alves volvió a descender solo, colocó los cartuchos de dinamita dentro de la tacuara, ajustó la mecha y trepó de nuevo. Bajo su vigilancia los peones concluyeron de echar piedras, tapando cuidadosamente el trozo de caña, y media hora después la mina estaba pronta.
—¡Ahora el otro! —dijo Alves—. ¡Desnúdenlo!
En un momento el indio estuvo desnudo.
—¡Armen el hormiguero!
Dos peones fueron a éste, y en el instante en que iban a operar, Alves los detuvo.
—¡Un momento! Vayan a buscar la botella grande que está en el depósito, la que tiene la etiqueta verde.
Cuando el peón volvió con la botella, Alves se dirigió de nuevo a Longhi con una sonrisa de triunfo.
—¡Vea, vosé! Esto que está aquí es trementina... La trementina —añadió, dando suaves palmaditas a la botella, les gusta mucho a las hormigas... solamente que ellas se equivocan y se enojan mucho, seu Longhi... Su muy estimado amigo Guaycurú se acordará un poco de esto.
Entonces los peones hundieron sendos palos en el hormiguero, revolviendo violentamente en todas direcciones. El aspecto gris de aquél se transformó instantáneamente en negro profundo; millones de hormigas surgían furiosas, buscando al enemigo que las deshacía. Alves regó al formidable batallón con trementina y los peones reforzaron las ligaduras del indio.
De pronto Longhi, que desde hacía un momento no oía una voz, sintió un alarido horrible de dolor y se estremeció violentamente. Otro alarido sonó, más intenso aún, en que se desgarraba todo el sufrimiento de que es capaz una criatura humana.
—¡Muy bien, seu Guaycurú! ¡Muy bien! —oyó que decía Alves—. Esto es muy útil para aprender a respetar a los patrones...
A pesar de su indomable energía, un sudor frío empapó la frente de Longhi.
El suplicio había comenzado. El indio, arrojado desnudo en medio de trillones de hormigas enfurecidas, se enloquecía de dolor. Su cuerpo era una masa monstruosa y negra de hormigas; parecía de carbón. La trementina, matando a muchas, había exasperado a las demás, y sus formidables tenazas devoraban vivo al indio.
Al cabo de un minuto —un minuto es horriblemente largo en tales circunstancias— Longhi oyó de nuevo la voz de Alves:
—¡Un momento de tregua, ahora! ¡Sáquenlo!
El indio fue retirado y sus gritos disminuyeron poco a poco, hasta concluir en sollozos ahogados, sollozos de impotencia y dolor sobrehumano, de hombres cuya resistencia se quiebra al fin.
Longhi tenía siempre los ojos cerrados; permanecía sin mover un dedo. Pero dentro de su alma agitábanse como un mar, cuanto de indignación y rabia generosa cabe en un pecho viril. Mas había llegado su turno.
—Ahora, seu Longhi —le dijo Alves, volviéndose de nuevo a él—, ahora voy a enseñarle una cosa que usted ignora. ¿Usted no sabe volar, verdad?
Longhi no respondió.
—Seu Longhi, por favor, ¡no sea mal educado! —le reconvino Alves, dándole con el pie en la cabeza—. ¡Le estoy hablando!
El rostro del revisador permaneció impasible; solo su palidez, esa terrible palidez que ya conocía Alves, invadió su semblante. El brasileño, al notarlo, tuvo una sonrisita de alegría.
—Bien; eso me prueba que usted me oye, por lo menos. Ahora, seu Longhi, se trata de volar. Dentro de media hora su protectora persona volará, cosa que no estaba en sus generosos cálculos. Volará tan bien que acaso nunca vuelva, ¿oye? Entonces, como no es justo que viejos conocidos se separen así, sin despedirse, despidámonos, seu Longhi.
Y levantando bruscamente su fusta, cruzó de un terrible latigazo el rostro del revisador.
—¡Esta es mi despedida, canalla! —rugió violentamente, olvidando su cortesía, mientras una línea sangrienta surgía sobre el rostro de Longhi.
—¡Lleva este recuerdo mío! ¡A ver, ustedes —gritó a los peones— coloquen a éste sobre el pozo!
Los peones alzaron a Longhi y lo pusieron sobre la mina cargada. Al llenar el pozo de piedras, habían dejado un hueco para que el revisador no pudiera rodar, una especie de ataúd en que fue colocado Longhi. Tumba viva, por decirlo así, en que Longhi iba a contar segundo por segundo sus últimos momentos de vida antes de ser proyectado en pedazos.
Una vez dispuesto todo, Alves acercóse al pozo y encendió la mecha, que chisporroteó un momento y luego se fue consumiendo lenta, silenciosa y fatalmente.
—Luego de un cuarto de hora —dijo Alves, sacando el reloj— cuando falten cinco minutos, coloquen de nuevo al otro sobre el hormiguero. Es justo que el señor Longhi tenga música.
Unos tras otros, lentos, eternos, Longhi sintió que se iban deteniendo los últimos golpes de péndulo de su vida.
De pronto, el mismo alarido horrible que indicaba el suplicio del indio, rompió el aire puro.
—Faltan cinco minutos aún —murmuró Longhi.
Los gritos continuaban, cada vez más desesperados. Oyó luego ruido de pasos que se alejaban.
«Se van —se dijo—. Dentro de un minuto no viviré más.»
Y por primera vez sintió un nudo de angustia en la garganta al pensar en su madre.
—¡Pobre madre! —murmuró—. ¡No se supondrá la situación en que se halla su hijo! Si ella...
Una formidable explosión desgarró el aire. Un furioso vómito de piedras surgió del pozo, y el cuerpo del revisador, lanzado oblicuamente, cayó sobre la red de lianas vecinas, desgarrándolas, y se desplomó pesadamente en tierra.
IV
Eran las once de la noche. Una fresca brisa corría por la picada, y el bosque, lúgubre, se animaba con el maullido de los gatos, la fuga de los venados, el gruñido de los jabalíes. Un gemido humano, sonando inesperadamente, apagó bruscamente el concierto. Al rato una voz quebrada llamó en voz baja.
—¡Patrón Longhi!
Nadie respondió.
—¡Patrón Longhi! —repitió la misma voz quebrada, ronca, deshecha por el sufrimiento, lo único que quedaba de una potente voz de hombre. Lentamente, invisible casi en la oscuridad de la noche, una sombra se fue arrastrando hacia el pozo. Se detuvo allí media hora, y luego avanzó hacia el linde del bosque. No es posible dar idea de las torturas y horribles dolores que suponía ver a un ser humano arrastrándose de ese modo. De pronto tropezó con una mano y se estremeció violentamente. La mano estaba fría, rígida, helada.
—¡Patrón, patrón Longhi! —sollozó el indio, dejando escapar de su pecho todo su amor a la única persona que lo había querido. Palpó la cara, el cuerpo noble y yerto del revisador, y abandonándose a su desesperación, lloró en la noche desolada.
Al día siguiente, de madrugada, un peón fue a decir a Alves que ni el indio ni el revisador habían muerto. Alves fue con él y los halló tendidos uno al lado del otro. A pesar de su vileza de alma, un escalofrío recorrió sus nervios al fijar los ojos en el indio. Aquello era una masa hinchada, sanguinolenta, deformada. La fiebre lo devoraba y deliraba en voz baja. Alves se acercó más y observó el cuerpo lívido de Longhi.
—Ese hombre está muerto —dijo.
—No, no está muerto —repuso el peón—. Le late el corazón.
—¿Cómo se puede haber salvado...? —murmuró Alves para sí.
—¿Qué tiene?
—Parece que tiene las costillas rotas.
Alves meditó un momento y volvió al obraje.
—¡Vayan a traer a esos dos individuos! —ordenó.
Cuando vio delante de sí a los dos moribundos, dos vigorosos hombres que su crueldad de déspota había convertido en dos horas en miserables tasajos humanos, un rayo de triunfo, de voluntad omnímoda, encendió su mirada. Las violentas sacudidas de la carreta, exasperando el delirio del indio, habían hecho volver en sí a Longhi, que miró un instante a Alves y cerró los ojos.
—¡Bueno! —dijo Alves con calma—. Ya ha tenido su lección, seu Longhi. Espero que le aproveche y aprenda en adelante a respetar un poquito a los hombres que no le han hecho daño alguno. Supongo que algo le habrá pasado cuando las piedras le empujaron y que tal vez se muera. Pero es el caso que no tengo ningún deseo de vivir bajo el mismo techo con re-vi-sa-dor la-drón; así, seu Longhi. De modo que ahora mismo lo haré llevar al puerto y dejar en la barranca, y si antes de ocho días pasa un vapor, mejor para usted.
Un instante después, Longhi era subido de nuevo a la carreta, desmayado, y bajado no en el puerto, sino en el rancho del carrero que tuvo compasión de él, a riesgo de arrostrar las iras de Alves. Cuando le contó lo que había hecho Alves se encogió de hombros.
—De todos modos no va a vivir dos horas más.
Pero Longhi vivió, y seis meses más tarde, día por día, le tocaba a Alves medirse de nuevo con Longhi, mas esta vez en circunstancias menos favorables para aquél.
¿Cómo? Lo veremos enseguida.
Salvado milagrosamente de la explosión, Longhi había salido de ella con una costilla rota y horribles contusiones en la espalda. Además, los tres dedos tronchados por la bala del brasileño. El viejo hacheador cuidó de él como un padre, y Longhi pasó veinte días entre la vida y la muerte. Pero su robusta constitución triunfó, y al fin, una espléndida mañana pudo salir afuera, y se sentó en un tronco. Estaba muy débil aún, mas la tibieza del ambiente, y el sol que doraba el monte, llegaron a él como un bálsamo de nueva vida y por primera vez después de dos meses de fiebre, delirio y letargo, pudo meditar claramente.
En sus pesadillas de esos dos meses, la figura siniestra de Alves había ocupado un lugar preeminente.
Veíase atado sobre la mina y al brasileño riéndose y golpeándole la cabeza con el pie. Y luego el cobarde latigazo, el clamor del indio devorado vivo, toda esta tortura de un hombre que ha pasado dos meses reviviendo profundas afrentas, había amargado intensamente su alma. En vano quería olvidar; una implacable sed de venganza crispaba su ser entero. ¡Ah! ¡Hacerle sufrir un minuto, un segundo nada más, lo que había sufrido dos meses! Soñaba para Alves algo monstruoso, mucho más desesperante que el infernal hormiguero, algo que arrancara a su carne y a su alma torturada, gritos de animal...
Aquí se detuvo bruscamente en sus pensamientos.
—Sí — murmuró—. ¿Por qué no...? Gritos... ¡Ah. ya nos veremos! ¡Juan! —llamó al hachero que esa mañana tenía chucho y tiritaba junto al fuego.
—¡Patrón!
—Dígame: ¿usted ha visto alguna vez un tigre manso?
—Nunca; no se puede. El león, sí.
—Sí, ya sé. ¿Pero usted ha visto un león amansado?
—He visto. No uno, muchos. ¿Para qué quiere saber?
— Por nada; curiosidad.
El obrajero lo miró atentamente.
—Mi compadre Cipriano tiene uno —agregó.
Longhi hizo un brusco movimiento, y aquella terrible palidez de antes, cuando era el hombre que hizo bajar los ojos a Alves, invadió su semblante.
Pero esta vez la palidez de Longhi era por debilidad física. Bajó la cabeza y al rato preguntó indiferente:
—¿Es grande?
—No; cachorro todavía.
—¡Ah!
Nueva pausa. De pronto, el exrevisador de madera se levantó, y caminando con esfuerzo hacia el obrajero, le puso la mano en el hombro.
—Oiga, Juan, necesito que su compadre me venda el león.
Su voz estaba quebrada aún, pero su mirada firme y tranquila era la de antes.
—No tengo nada para darle ahora; usted bien sabe. Pero le doy mi palabra de que se lo pagaré.
—Ya sé, patrón —murmuró con profundo respeto Juan—. No necesita decirme eso.
—No importa. Mejor es decirlo. ¿Quiere ver a su compadre y decirle que me lo venda?
El hachero levantó a él los ojos de severo cariño y de confianza en Longhi.
—Ni mi compadre ni yo le vendemos nada a usted.
Usted ha sido con nosotros distinto de los demás. El león es suyo.
—Gracias —repuso Longhi gravemente—. ¿Cuándo lo puedo tener?
—La semana que viene. Tiene que hacerlo él mismo.
El lunes siguiente llegó el león. Era una leona, pero de poderosa alzada ya. Longhi había preparado una sólida jaula e instaló en ella al animal, que rugía al verse separada de su amo.
Esto pasaba en febrero. En junio, la hermosa fiera, ya completamente desarrollada, no se separaba ni un instante de su nuevo dueño.
Son increíbles los prodigios de paciencia, de voluntad y de serenidad que Longhi tuvo que emplear para llegar a aquella domesticidad. La leona se había transformado bajo su cariño e incontrastable carácter en un gran perro lleno de docilidad y ternura para con su amo. Había conseguido Longhi lo que casi todos los domadores obtienen: imponer silencio a la fiera. Un severo chistido hacíala enmudecer, pero preciso es decir que en esta terrible prueba de dominio contra el cual se rebela fatalmente el felino, Longhi estuvo dos veces a punto de dejar la vida. En el hombro tenía cinco profundas huellas de las garras de aquél. Pero, al fin, había logrado dominarla.
¿Qué fin se proponía Longhi, empleando su terrible voluntad en enseñar a la leona una cosa que no es de ningún modo indispensable, y sí peligrosísima?
Una noche de agosto, vale decir, seis meses después del día en que Alves hizo pagar a Longhi del modo que sabemos su real justicia con los peones, Longhi estaba parado en la picada central, esperando visiblemente a alguien. Al rato, a lo lejos, sonó un lastimero grito de agonía, al que respondió enseguida un rugido ahogado a su izquierda. Longhi se volvió rápidamente al monte y chistó. El rumor se apagó.
Un momento después Guaycurú aparecía en la picada. El indio, salvado por el pánico que en las hormigas había puesto el estampido de la explosión, había tardado mucho más tiempo que Longhi en reponerse. Habían sido cuatro meses de dolores inacabables, llagas que se reabrían sin cesar, pústulas que lo devoraban vivo, una convalecencia atroz, para volver, apenas restablecido, a su mudo trabajo de siempre, y con la amenaza de Alves de recomenzar el asunto de las hormigas a la menor falta.
Longhi no había querido ir a verlo por prudencia. Pero ahora que tenía un plan maduro, le era indispensable verlo. Lo había mandado llamar por el obrajero.
Apenas se vieron juntos, ellos que habían sufrido la más abominable de las torturas, un turbión de emociones levantó el pecho de ambos. Se miraron bien, y un momento después Longhi sentía de nuevo en su mano los labios fervientes del indio. Ahora había entre ellos un fondo común, indesarraigable: el haber sufrido juntos y arder en la misma sombría ansia de represalias.
Apenas había comenzado a hablar, un espantoso rugido a dos pasos de ellos hizo saltar a Guaycurú.
—¡Maldita seas! gritó Longhi con rabia, volviéndose al monte—. ¿Qué te pasa?
—¿Qué es, patrón?
—Nada, una leona que tengo. Esta estúpida...
Y se internó en los árboles. Guaycurú oyó enseguida la voz colérica de Longhi que reprendía. Un instante después salió con la leona.
* * * * * * *
Y ahora volvamos a la primera parte de esta historia, a la noche tempestuosa en que Longhi, Guaycurú y la leona marchaban hacia el rancho del obrajero.
El exrevisador había encargado a Guaycurú que le enviasen noticias, por el obrajero, del primer viaje al puerto que Alves hubiere de emprender. En la tarde, el hacheador lo comunicó a Longhi y la reunión nocturna tenía por objeto concluir el plan de éste.
Llegados a su rancho, hablaron largo rato, y ya de madrugada Guaycurú regresó al obraje. A la noche siguiente volvió a la picada, donde ya le esperaba Longhi. Alves debía pasar por allí, en dirección al puerto.
El tiempo, frío y claro, favorecía los proyectos de Longhi. La luna brillaba sobre la picada, marcando una franja blanca y silenciosa entre el sombrío bosque.
—¿Estás bien seguro de que dijo a la una de la mañana? —preguntó Longhi.
—Sí, a la una. El vapor subió anteayer de tarde, y pasará hoy de madrugada. Dijo también que no quería perder por nada el vapor.
—¿Con qué peones vendrá?
—Con Raimundo, nada más. El le lleva la valija…
—¡Silencio! —le cortó Longhi en voz baja—. Siento ruido.
Ambos contuvieron la respiración para oír mejor.
—No es nada —murmuró al rato—. Además falta media hora aún para las tres. No pasará por aquí antes de las tres.
La leona, entumecida por el frío, experimentaba locos arrebatos que su amo contenía.
—Ya entrarás en calor —murmuró.
Lentos, unos tras otros, pasaron los minutos, y llegó el fin del drama. A lo lejos, muy a lo lejos, habían sonado sobre las piedras los pasos de un caballo.
—¡Pronto! —gritó Longhi prestando oído atento—. Escóndete en el monte. Si el caballo no lo tira, sal enseguida.
Yo me quedo aquí.
El indio, como una sombra fantástica, corrió por la picada y desapareció en la selva. Longhi, después de hablarle un rato a la leona, cogiéndole el hocico entre las manos como siempre que quería hacerle comprender algo bien, se hundió con ella en el bosque.
* * * * * * *
Por la picada, al paso del caballo, marchaba Alves oculto hasta las orejas en su grueso poncho. Detrás de él seguía un peón, llevando en la cabezada del recado una gruesa valija.
—¡Maldito frío! —murmuró Alves, sintiendo en las orejas las agujas del aire helado—. Con tal que el vapor pase pronto... ¡Vamos! ¡Apuremos el paso! —gritó al peón. Y la pareja avanzó al trote.
De repente, un rugido formidable, espantoso, tronó en la selva, al lado de ellos. Alves y el peón dieron un grito. Los caballos enloquecidos de terror, se levantaron de manos, agitándolos desesperadamente en el aire.
—¡Raimundo! —gritó Alves con la voz ronca de miedo y tratando de dominar a su caballo.
—¡No puedo, patrón! El…
Otro espantoso bramido hizo estremecer la selva, poniendo en el alma humana todas las angustias que le comunica la carne a punto de ser devorada.
—¡Patrón! ¡Está ahí! ¡Está ahí! ¡Va a saltar! —gritó el peón.
Y Alves sintió enseguida la carrera desenfrenada del caballo de aquél que, enloquecido por el inminente ataque de la fiera, volvía bridas, precipitándose por la picada. Alves lanzó un juramento y trató desesperadamente de desprender su revólver. Pero en ese instante otro bramido sacudió la tierra, enseguida otro, luego otro, y el caballo de Alves, los ojos fuera de las órbitas y empapado en sudor de miedo, dio una formidable espantada, lanzándose a la carrera. El brasileño, desazonado por su ademán, cayó.
—¡Cobarde! —rugió Alves, levantándose.
—No es cobarde, ha hecho bien —oyó una voz tranquila que le respondía.
Alves sintió que sus cabellos se erizaban:
—¡Esa voz...!
—Es la mía, nada más —oyó de nuevo.
Y el brasileño vio de pronto delante de él, con las manos en los bolsillos del pantalón, la silueta inmóvil de su exrevisador.
La frente de Alves se empapó de sudor.
—¡Ah, los muertos no hablan...! —murmuró, buscando furtivamente el revólver. Pero oyó otra vez la voz tranquila:
—Mejor es que no lo saque.
Alves miró y vio brillar al lado de Longhi dos luces verdosas, la lúgubre luz verde de la selva. Un grito se escapó del pecho del brasileño y quedó paralizado de terror.
—Tire el revólver, señor Alves —oyó de nuevo.
Alves, inconscientemente, lo tomó para arrojarlo. Pero al tenerlo libre, una mueca horrible torció su boca y su brazo se extendió.
—Tírelo, señor Alves, es mejor.
Por el tono impasible de la voz, Alves comprendió que todo estaba perdido. Tuvo la seguridad plena de que su hora había llegado irremisible e implacablemente, y una explosión de injurias surgió de su boca.
—¡Bandido! ¡Ladrón! ¡Yo tengo la culpa por no haberte hecho desollar vivo! ¡Ladrón! ¡Ladrón!
—¡Guaycurú! —llamó Longhi, como si no hubiera oído.
El indio acudió corriendo por el medio de la picada y se colocó detrás de Longhi.
—Señor Alves —se dirigió aquél al brasileño, con una voz tranquila a la que el paraje, la luna y la situación daban sombría solemnidad—. Señor Alves, óigame. Hace cinco meses llegó a su obraje un hombre fuerte, sano, que no pedía sino trabajar en paz y vivir lo más tranquilamente posible. Usted, señor Alves, le impidió hacer el poco bien que un hombre honrado puede hacer en su obraje. Usted lo ofendió, lo persiguió, lo torturó, y si este hombre vive aún es porque seguramente tiene otra misión que la de robarlo, como usted dice. Ese hombre era incapaz de vengarse. Pero hay cosas que amargan demasiado, y si después de una horrible agonía de media hora, hecha con toda cobardía, y dos meses de sufrimientos, ese hombre desea evitar para siempre la tortura diaria de doscientos peones, ese hombre no hace sino cumplir con su deber. Le queda un minuto de vida, señor Alves.
El brasileño, despavorido, cayó de rodillas.
—¡Perdón, perdón! —gritó.
—Lo mismo le pedía Guaycurú.
—¡No lo voy a hacer más!
Longhi se sonrió imperceptiblemente.
—Guaycurú —dijo al indio—. Acércate que te vea bien la cara.
Pero Alves se levantó de un salto.
—¡Bandidos! —gritó—. ¡No estoy muerto aún! ¡No me importa nada del indio! ¡Esto es para el ladrón de mi madera!
Y echando rápido la mano al revólver, que había guardado inconscientemente, lo descargó sobre Longhi. La puntería, desviada por la precipitación de Alves, falló.
—Señor Alves —dijo Longhi con la voz temblorosa—.
Vaya al medio de la picada.
Había tal indignación y voluntad incontrastable del otro mundo en la voz de Longhi, que Alves obedeció como un autómata.
Y en un segundo estuvo derribado. La leona, a una señal de Longhi, había caído de un salto sobre él y lo sujetaba bajo sus potentes garras. Longhi, con las manos en los bolsillos, se detuvo a su lado.
—¡Me mata, me mata! —clamó Alves.
—Todavía no —repuso Longhi tranquilo—. Dentro de un cuarto de hora, sí.
Alves, bajo las garras de la fiera inmóvil, cuyos ojos lúgubres, fijos en los suyos, a diez centímetros, le enloquecían, vivió un millón de siglos de terror en ese cuarto de hora.
—Falta un minuto —dijo Longhi.
Alves, ronco, no podía gritar más.
—Faltan diez segundos —repitió la misma voz inexorable.
En cada segundo final, Alves purgó hasta las heces sus treinta años de pillaje. De pronto Longhi dio una imperceptible palmada en el lomo de la leona y en el silencio se propagó claro por la picada, fría y blanca de luna el crujido de la cabeza de Alves que acababa de partirse entre los dientes de la leona.
A una nueva palmada, el animal abandonó su presa, gruñendo. Longhi, inmóvil, miró un rato el cadáver de Alves y luego, con un suspiro, se alejó. Guaycurú y la leona iban con él.
* * * * * * *
En la barranca del río, Longhi y Guaycurú esperaban que llegara el vapor. Cuando se divisó de lejos el humo de una chimenea, Longhi se internó en el monte y ató a su leona. ¿Qué le dijo? ¿Qué removidas ternuras no había sentido al dejar a su animal, a cuya vida íntimamente ligada a la de él cinco meses acababa de sellar la suya con sangre?
Salió del monte con la cara contraída. El vapor llegaba ya, y Longhi le hizo una señal para que parara. Soltaron la chalana, y Longhi se dispuso a subir.
—Adiós, patrón... —dijo Guaycurú con la voz ronca y bajando los ojos.
Pero Longhi, profundamente conmovido, lo abrazó estrechamente. Ya nunca más se verían. Subió. Un momento después llegaba al vapor... y éste partió.
Longhi tuvo los ojos fijos en la costa, donde el indio continuaba mudo, desesperado, hasta que la distancia lo borró. Entonces, recostado en la borda, mientras el vapor descendía por el río, revivió, mirando la lúgubre selva, todas las angustias de esos últimos meses en que había dejado muchas esperanzas que ya no recuperaría, un oscuro y fiel amigo, y una leona que, ronca ya, rugía desesperada a su amo que la abandonaba.
El Devorador De Hombres
Yo, Rajá, tigre real de Bengala, voy a contar en lenguaje humano cómo me vengué de mi dueño, el domador Kimberley, que me amansó.
¡Yo, Rajá, tigre manso! Este fue su error. Considerábase muy satisfecho de mi docilidad, de mi dulzura al permitirle hundir su cabeza en mi boca... Pero antes es menester que recuerde cómo fui cazado, y esto dará razón de cuánto oprobio y ardiente sed de venganza resecó mi alma de fiera real en mis cinco años de cautiverio.
Nací en los contrafuertes del Ramahal, a quince leguas del Ganges, lo que equivale a decir en el corazón mismo de Bengala. Mi padre era el orgullo de los tigres de la comarca, y por consiguiente gozaba entre los hombres de la más sombría fama. Pasaban de treinta los hombres que habían abandonado instantáneamente el mundo al encontrarse con él, y justo es decir que mi padre había deseado y buscado estos encuentros, y sentía, ya desde muy pequeño, la soberbia de mi alto linaje. Mi más grande esperanza era llegar a ser lo que era mi padre: un devorador de hombres. ¡Sí, devorador de hombres! Este calificativo hablaba bien alto en pro de nuestro valor, de nuestra fuerza, de nuestra audacia. Antes, la selva toda era nuestra. Después vinieron los hombres. ¿Por qué vinieron a la selva? Nosotros no íbamos a los campos. Y como nuestra comida era la misma, no hubo paz posible.
Pero en aquel entonces mi padre, en pleno vigor de edad, era el rey sombrío de Bengala, y nadie —lobo, campesino o cazador— dejaba de temblar hasta el fondo de sus nervios enloquecidos ante la posibilidad de ver aparecer de pronto, al volver una picada, la temible imagen de mi padre. Ya varias veces se habían emprendido verdaderas campañas de muerte contra él, y aunque casi siempre había logrado forzar la línea de bastidores, una vez se vio obligado a arrollar a los cazadores bajo una lluvia de balas. De resultas de esto vivían en el mundo dos cazadores menos, y por su parte mi padre no conservaba sino un solo ojo.
Pero, en cambio, ¡qué respeto y terror en el corazón de los hombres! ¡Qué inmenso orgullo en su cachorro y qué desprecio, en mi padre, por los descoloridos dueños del mundo!
Este desprecio lo perdió, y nos perdió a nosotros con él.
Yo tenía entonces cuatro meses. Mi padre mostraba real complacencia conmigo, y más de una vez me permitió, aunque gruñendo, ensayar en su regia piel la fuerza de mis tiernas garras. Desde los tres meses en adelante me llevó a menudo con él, y bien que sus ataques entonces no fueran contra caza mayor, ello resultaba excelente escuela para mí.
Así, una tarde lo acompañaba hasta el arroyo, cuando mi padre se detuvo de mover un solo músculo de su cuerpo, volvió lentamente la cabeza a todos lados. Era ésa mi primera alarma, y confieso que sentí inmenso miedo. Para nosotros, un ruido, una huella desconocida, nos pone en completa guardia, como si debiéramos aprestarnos a luchar con un búfalo.
—Mira bien esto —me dijo mi padre—. Es rastro de hombre.
Y señalaba en la tierra húmeda una huella larga y ancha en un extremo, bastante semejante a la nuestra, pero mucho más larga.
Yo observé el rastro enemigo con fuerte latido del corazón. ¡Eso era, pues, de hombres! ¡De los dueños del mundo! ¡Y de todo, de todo...! ¡Pero no de mi padre!
Uno tras otro mi padre había deshecho a treinta de esos héroes. ¡Treinta! Un destello de coraje infantil encendió mi pupila.
—A éste también, ¿no es cierto? —me dirigí a mi padre—. ¿Este va a ser el número treinta y uno?
Por toda respuesta, mi padre recogió el rabo bajo el vientre y con el hocico en tierra olfateó una tras otra las huellas, gruñendo sordamente. Volvimos enseguida, con inmensa cautela para no hacer el mínimo ruido.
—He encontrado rastro de hombres en el arroyo —dijo mi padre al entrar en la gruta.
—¿Te han visto? —preguntó mi madre, muy inquieta.
—¡Oh, no! Pero nos han descubierto. El rastro seguía hasta un centenar de metros en la gruta. Mañana estarán aquí.
Mi padre había sido demasiado tiempo cazador y cazado para equivocarse al respecto; mas, como en nuestra especie es regla de seguridad no abandonar la guarida hasta sentirla realmente asaltada, no nos movimos.
Eran las seis de la mañana, cuando se oyó el primer grito. Mi madre dormía y creí que mi padre hacía lo mismo; pero, fijándome, vi sus ojos a ras del suelo (pues tenía la cabeza apoyada en las manos), clavados en la entrada de la gruta, y toda su actitud traspasada de atención.
Los Batidores. El Círculo Se Estrecha. Fuga. Los Rugidos De Mi Padre. Tres Voces.
Nuevas voces, mucho menos lejanas, atravesaron la selva hasta nosotros. Mi padre se puso bruscamente de pie, y en un instante mi madre hizo lo mismo. Yo, volví mis ojos interrogantes a mi padre.
—Sí, son ellos —me respondió con un ahogado rugido cuyas profundas notas temblaron largamente en la gruta.
El enemigo se acercaba. Los gritos de los batidores aumentaban en intensidad, y un momento después se comenzó a sentir un ruido sordo; eran los bambúes golpeados violentamente. Así, en perfecto círculo, los batidores avanzaban golpeando, gritando, estrechando el cerco sin cesar, forzando a los animales cogidos en esa inmensa red.
Mi padre, presa de viva agitación, iba y venía del fondo a la entrada de la gruta. Se detenía a cada vuelta prestando oído, y abriendo la boca en un bostezo que descubría todos sus dientes, tornaba de nuevo al fondo. Digo bostezo, porque ésa fue la impresión que tuve entonces. Después he conocido en mi propio ser que esos bostezos no son garantía ninguna para la vida del que los provoca.
El círculo se cerraba cada vez más. Ya era posible oír los insultos que los batidores prodigaban a mi padre.
—¡Tío, no tienes vergüenza de esconderte!
—¡Eres más cobarde que una rata, tío flaco!
—¡Gato sucio, come-gallinas, hijo de chacal, sobrino de cobra, espéranos!
Mi madre pensó con angustia en mí. ¿Qué hacer?
—Vete —le dijo mi padre—. Llévate al cachorro; yo me quedo.
Pero mi madre no se decidía.
—¡Ligero! Dentro de un momento no podrás forzar la línea.
Mi madre se aprestó entonces a romper el círculo fatal y yo la seguí. Mas, al volver los ojos desde la entrada y ver a mi padre que quedaba echado, la cabeza sobre las manos, y concentrando seguramente toda la energía de su magnífica vida para la lucha a muerte a que se aprestaba, sentí que en ese momento mi joven corazón se dilataba de osadía.
—Yo me quedo —dije a mi madre. Esta me lanzó un cruel gruñido volviendo a medias la cabeza y posiblemente le hubiera seguido un zarpazo al hijo indisciplinado.
—¡Pronto, pronto! —exclamó mi padre—. ¡Déjalo! —Y vi su pupila fosforescente, y ya con una especie de magnificencia mortuoria, que se fijaba por largo rato en los ojillos audaces de su real cachorro.
Durante un instante mi madre husmeó el juncal a todo viento. Luego aplastó las orejas y rampando se internó en los bambúes.
La hembra estaba a salvo. Entonces, afirmando su potente estatura, extendió el hocico y lanzó un rugido vibrante, ardiente, que hizo temblar la gruta entera... Era el cartel de desafío que mi padre enviaba a los atacantes.
El trueno de gritos y golpes que sucedió instantáneamente al rugido probó bien que había sido oído. Desde esos instantes mi padre no cesó de rugir; era un redoble titánico de fuerza pulmonar sostenida por un valor indomable. La gruta temblaba hasta en su base, y mis nervios fustigados por ese ambiente de lucha que despertaba mi cepa real, vibraban al compás de los rugidos desafiantes.
El clamor, ya atronador, cesó de golpe, y mi padre calló también. En el profundo silencio que se hizo, una voz llegó a nosotros.
—Está allí, en la gruta. Los hombres no quieren acercarse más.
Era el jefe de los batidores quien hablaba. En efecto, su gente no se atrevía a dar otro paso. Su tarea había concluido, y el resto incumbía ahora a los cazadores.
Vi entonces que desde el fondo del claro de bosque que se abría ante nuestra gruta, un hombre avanzaba, el primero que veía. Era muy joven, casi una criatura. Cuando estuvo a treinta metros una voz ronca gritó:
—¡Eh, Aberdale! ¡Es una locura lo que hace! ¡No se acerque tanto! ¡Cuando una fiera no ruge, mal negocio!
—Es que deseo mucho verlo —repuso el adolescente, sin detener el paso.
—¡Aberdale! ¡Por todos los tigres del Ramahal! —gritó de nuevo la voz ronca—. ¡Se va a hacer despedazar vivo!
¡Usted no sabe qué personaje es ese Devorador de Hombres! ¡Espérenos, por Cristo!
—Bueno —repuso el joven lord Aberdale, deteniéndose apenas a veinte metros de nosotros—. Vengan ustedes.
Entonces pude observar detenidamente al joven lord. Como he dicho era apenas un adolescente. Tenía su rostro una palidez de cera, y en él brillaban con honda dulzura un par de hermosísimos ojos negros y melancólicos.
Había avanzado hacia la gruta con la seguridad de mirada y la elegancia de paso de quien sabe bien que su corazón no temblará. Y si se tiene en cuenta que iba hacia un tigre real de Bengala, un devorador de hombres, acorralado en su guarida, se comprenderá el temple de aquel joven corazón.
El Ataque. Un Héroe. Mi Padre Salta. La Muerte De Nani-Dan.
Tigre, fiera forzada y todo, no pude menos que admirar aquel valor en aquel rostro casi angélico al mismo tiempo que despertaba hacia él —y para siempre— un impulso paternal en mi corazón. ¿Por qué? Lo ignoro. Tal vez la extrema juventud del cazador.
Entre tanto, dos cazadores más habían surgido del fondo. Uno era alto y delgado, con gran barba rubia. El otro era hindú, posiblemente príncipe. Vi el tren de caza. Con el triple avance el drama tocaba ya a su fin. De un lado, nosotros replegados en el fondo de la gruta, concentrando en feroz silencio todas nuestras fuerzas. Del otro, en igual silencio de energía llevada a su máxima tensión, los tres cazadores que avanzaban juntos, el arma pronta en las manos.
El de la barba rubia puso por fin la mano en el brazo del adolescente.
—¡Bueno, Aberdale! Basta ya de locuras. Estamos a quince metros de la gruta, y el animal casi podría alcanzarnos de un salto. Usted sabe que he cazado bastantes tigres para que usted atribuya a miedo esto que le digo. Separémonos en línea, y si me permiten tomaré el centro.
—Si ustedes me permiten, lo tomaré yo —respondió el joven lord con su dulce y suave voz—. Usted, Hunter, como cazador célebre me debe esta galantería.
—¡Vaya por la galantería! —no pudo menos de sonreírse Hunter—. Tiene usted sobrado corazón para negarle este placer... porque usted conoce el refrán: «Se apunta a los tigres con el corazón y no con los ojos».
Aberdale tomó así el centro, y los tres, después de revisar por última vez sus armas, avanzaron. Hunter sabía bien que cuando un tigre se refugia en su cubil, no sale de allí hasta que pueda hacerlo cayendo de un salto sobre el cazador. Esta convicción les había permitido platicar y examinar impunemente sus armas en el instante final.
Fue en ese momento cuando mi padre, arrastrándose sobre el vientre, se coló en el lado izquierdo de la gruta. Los cazadores dieron aún un paso, y en ese instante la gruta resonó hasta la entraña de la piedra bajo el rugido de mi padre. Vi que los cazadores daban vivamente un paso atrás, y se llevaban el arma al hombro. Un relámpago de orgullo me cegó, y a mi vez lancé un breve rugido de cachorro.
—¡Imbécil! —me lanzó mi padre en un gruñido. Como aún el aire temblaba por el rugido de mi padre, Hunter apreció mal la tonalidad del mío.
—¡Cuidado! —gritó echándose bruscamente atrás—. ¡Hay dos!
El hindú se estremeció violentamente. Aberdale no pestañeó; contentóse con bajar rápidamente los ojos a su carabina, y fijó de nuevo en la gruta su mirada, serena hasta la incomprensión del peligro. Pero no debía tratarse de esto último, porque mi padre, que lo observaba también, me murmuró señalándole:
—¡Cuidado con ése! Si hubiera diez como él en la India, se acabaría nuestra especie.
—¡Bravo! —exclamé en mi interior, a tiempo que mi padre recogía todos los resortes de su potente musculatura para saltar. Pero con el cambio de postura, Hunter vio sus ojos fosforescentes que lo devoraban desde adentro.
—¡Atención! —gritó, apuntando vivamente. Antes que el tiro partiera, una mano cayó sobre el cañón de su arma. El adolescente lo miraba tranquilo.
—Perdón, Hunter —le dijo con su voz melodiosa—, pero ese tiro me corresponde a mí.
El rubio ahogó un juramento.
—¿Usted cree que son estos momentos para divertirnos con prioridad de tiros, lord Aberdale? —rugió casi.
El joven se sonrió, mientras un rayo de altivez cruzaba fugazmente por sus ojos.
—Hace mal en hablarme así, Hunter —repuso con dulzura. Y dando dos pasos adelante, bajó lentamente el cañón de su carabina. Con un terrible rugido, mi padre saltó.
«¡Ya está, se acabó!», me dije con tristeza, pensando en el heroico adolescente. Pero un tiro había sonado, seguido de un horroroso bramido: era mi padre, detenido en su salto por la bala de Aberdale, y que se revolcaba, bramando de dolor y coraje.
—¡Bravo, Aberdale, bravo! —clamaron los dos cazadores, en tanto que el bosque entero resonaba con los alaridos de triunfo de los batidores, que acudían a la carrera, gritando y golpeando en todos lados de gozo.
—¡Es fiera muerta! Ya... ¡Cuidado, Nani-Dan! ¡Va por usted! —se interrumpió Hunter con terror.
Pero ya era tarde. Mi padre, en un supremo esfuerzo, acababa de lanzarse como un rayo sobre el príncipe hindú, que rodó por el suelo.
Dos nuevas balas sonaron, que fueron a traspasar el pecho de mi padre, inútilmente: había muerto al caer por última vez, pero de la garganta del príncipe surgían cinco ríos de sangre, muerto también.
Mi Madre. Un Tiro De Hunter. Cacería Lúgubre.
Lord Aberdale. El Cachorro Imperial.
Los batidores rodearon el lúgubre cuadro, sobrecogidos de espanto. En el centro, mi padre tendido, y Hunter y Aberdale arrancando aún a la garra de aquél la garganta del desgraciado. De pronto Hunter recogió apresuradamente su arma.
—¡Hay otro! ¡No lo olvidemos!
—Es un cachorro —repuso el adolescente, sin levantar la vista—. Dejemos...
Un rugido le cortó la voz. Los dos cazadores se miraron mudos. ¡Ese no era un rugido de cachorro! Los batidores, con un unánime grito de terror, habían emprendido la fuga, lanzando alaridos.
—¡Es la mujer del tío!
—¡La tigra, la tigra!
—¡La madre del cachorro!
Un nuevo bramido sonó en el lúgubre silencio, y a treinta metros del grupo sombrío apareció, como una espectral sombra de venganza, mi madre, que no había podido forzar el círculo y había quedado al acecho, hasta escuchar el rugido de muerte de mi padre.
Se detuvo un instante, gloriosa de fuerza y dolor, el preciso para ver el cuerpo de mi padre tendido en el suelo. Y con un aullante bramido en que iba toda la ira vengativa de su ser, se precipitó sobre los cazadores.
Hunter, mortalmente pálido, porque un tigre a la carrera ofrece difícil blanco, y es preciso detenerlo con una bala en pleno corazón, o morir, se echó el fusil a la cara, esperando con una inmovilidad de mármol que la fiera estuviera a cinco metros. Tuvo tiempo de ver a Aberdale apuntando también, y de decirle rápidamente:
—¡No! ¡Esta vez me toca a mí!
Mi madre, con un terrible salto, caía ya sobre él. El cazador, que en su trágica quietud la esperaba cubriéndola con la mira, hizo fuego.
Un rugido y un supremo grito de agonía sonaron juntos. La temible fiera, que acababa de abrir el pecho hasta el vientre a Hunter, se lanzó sobre Aberdale, que le envió una bala entre los ojos, sin lograr detenerla.
Entonces comenzó la lucha terrible.
Aberdale, al sentir el choque, había tirado su fusil, inútil ya, y mientras con el brazo izquierdo detenía, aunque destrozándoselo, el primer zarpazo, con la mano derecha sacaba de la cintura el agudo cuchillo de caza. Durante un rato pude ver los dos cuerpos rodando por el suelo, y el brazo del adolescente que se alzaba y se hundía en la entraña misma de mi madre. Cada golpe era un nuevo rugido, y cada rugido era un nuevo zarpazo en la carne humana desgarrada. Poco a poco los rugidos se fueron debilitando, a la par que el brazo de Aberdale se alzaba cada vez con menos energía. Llegó un momento en que el rugido fue un estertor ronco, doloroso, de última agonía, y el cuchillo no se alzó más. Pero, por el estremecimiento de los dos cuerpos destrozados, comprendí que la garra de mi madre, sin levantarse, se hundía lentamente en un supremo esfuerzo de muerte, y que el puñal de Aberdale, también sin alzarse más, se clavaba hasta el mango con el último aliento que quedaba del heroico adolescente.
Entonces, estremecido y con frío de desolación, salí de la gruta. No se sentía ni un rumor, el más fúnebre silencio ahogaba la selva. Y allí, en el claro del bosque que el día anterior había vibrado con el rugido imperial de mi padre, rey de la comarca, allí en el claro yacía el cuerpo del Devorador de Hombres, con tres balas en el corazón; y a quince metros, hundido también en la eternidad, el cadáver acribillado de heridas de mi madre. El cuadro era aún más sombrío: tres hombres quedaban a su vez tendidos en el campo de batalla, víctimas de su feroz afán de exterminio, y su muerte era el rescate de la selva herida en dos de sus reyes. Y de todo aquel bramar y tiroteo siniestro de media hora antes, no quedaba sino yo, cachorro imperial, temblando sobre mis piernas, yo, que había contado demasiado con mis fuerzas.
Me acerqué lentamente a cada uno de los cadáveres, olfateándolos. Ante el del hindú no pude contenerme: con saña cruel retraje los belfos, y con un ronquido de venganza tardía, clavé profundamente mis tiernos colmillos en aquella carne humana. Hice lo mismo con el cuerpo de Hunter, el cazador de la gran barba rubia, y enloquecido ya por el gusto de la carne, me aproximé al joven lord Aberdale. Yacía abrazado con mi madre en un solo bloque de sangre y heridas. Pero al clavar mis dientes, su cuerpo se estremeció, y quedé inmóvil de sorpresa.
¡Sí, estaba vivo aún! Nada habían podido los veinte puñales que mi madre escondía en sus cuatro garras contra aquella heroica vida de juventud y energía. Lacerado, desgarrado, agujereado de heridas como una criba, su cuerpo vivía aún. Su rostro, de una blancura de mármol, miraba al cielo, y bajo el cielo familiar de la selva, vi que ante aquel heroico desamparo mi corazón se sentía otra vez lleno del cariño sombrío y la fraternidad que me habían embargado otra vez. Mi padre, mi madre, mis hermanos, mi familia entera masacrada, todo desaparecía frente a la belleza y valor de aquel cazador de dieciocho años, el más alto representante de una especie aborrecida. Parecía haber condensado en sí las virtudes capitales de la especie humana: sangre fría, inteligencia y belleza, sobre todo belleza.
Mi sangre real latía de confraternidad y emulación ante aquel adolescente, real también, que había hecho lo que mi exceso de juventud no me permitía aún. Pero yo debía a la selva el desquite de mi flaqueza actual, y en ese momento juré, cuando la edad templara mi valor, recordar a la especie enemiga que yo era hijo del Devorador de Hombres, de modo tal que en plena eternidad sonara el bramido de orgullo de mi padre, de orgullo y sufrimiento vengado en la triple herida de su corazón.
Un segundo estremecimiento recorrió el cuerpo del héroe. Seguramente iba a morir. Entonces, lleno de inmensa tristeza, me eché a su lado. ¿Qué me importaba todo? No pensaba en nada ni podía hacerlo. Toqué sin querer una de sus manos desgarradas, y la sentí de hielo. Otra ola de tristeza me oprimió el corazón y, sin darme cuenta de lo que hacía, comencé a lamer aquella mano en flor de belleza, de temeridad y de muerte.
Lo que pasó después fue muy rápido. Sé que sentí de repente una gritería atronadora, en tanto que de todos lados acudían corriendo con palos y picas los batidores.
—¡Es el cachorro!
—¡Está devorando al lord!
—¡Ah, maldita raza de cobra! ¡Comedor de cadáveres, cobarde!
—¡Corramos ligero!
Yo levanté la cabeza y los vi llegar con la más completa indiferencia. ¿Qué me importaba todo? Lamí por última vez con mi lengua aquella mano de mármol, y en ese momento sentí un dolor atroz en el pecho, como si me arrancaran las entrañas a viva fuerza. Una nube de sangre y sombra nubló mis ojos, y perdí el sentido.
Mi Captura. Un Anuncio Sensacional. El Capitán Kimberley. Mi Juramento.
Hoy, cinco años después de aquel drama en que naufragó mi libertad, vienen a mí como en un sueño los primeros días que lo sucedieron. Recuerdo que cuando volví en mí me hallé dentro de una sólida jaula de hierro. Sentía terribles dolores en todo el cuerpo y, al pretender levantar la cabeza, el sufrimiento me hizo exhalar un gemido.
—¡Ah, ah! —lanzó una voz sarcástica, a mi lado—. ¡Parece que volvemos en nosotros! ¡Parece que no tuvimos tiempo de devorar cadáveres!
Abrí los ojos y vi un hombre que me observaba. Seguramente hacía rato que estaba allí esperando mi resurrección. Tenía el rostro flaco y amarillo, y todo su semblante respiraba crueldad. Al oírlo lo miré con suprema indiferencia y torné a cerrar los ojos.
—¡Bueno, bueno! —exclamó el otro, levantándose—. ¡Ya se nos pasará el sueño, joven dormilón!
—¿Pasó el desmayo? —oí que preguntaba otra voz.
—Sí, ya no hay nada que temer. ¡Qué negocio para el capitán! No tiene más de cuatro meses.
—Si se salva.
—¿Quién, el cachorro? Usted no sabe qué vida tienen estas fieras. Apuesto mi turbante contra una sandalia vieja a que dentro de diez días se está sacudiendo la cabeza contra la jaula.
—Realmente su... Y ustedes llegaron, lo que se dice, a tiempo. ¿Es cierto que estaba por devorar a lord Aberdale?
—Desde las manos a los pies.
Al oír aquel nombre yo abrí los ojos.
—¡Hola! ¡Parece que te acuerdas, colmillo de cobra! —me lanzó el hombre de cara cruel—. ¡Ya lo creo que debes sentir no haber clavado del todo los dientes en el gran aristócrata! ¡Pero pronto la vas a pagar, mocito!
—¿Y el lord? —continuó el otro—. Por lo que me han contado ha hecho prodigios de valor.
—Es el corazón más templado que existe. Y con su cara de ángel... Pero no pasará de esta noche... ¡Qué lástima! Es inmensamente rico y par de Inglaterra.
—¡Y una criatura casi!
Aquí las voces callaron, y un momento después un dolor atroz en el pecho me desvanecía otra vez. Pasaron así treinta días en que sufrí, fuera de mis propias heridas, el tormento diario de los insultos, los malos tratos, las pedradas y golpes de hierro del hombre ronco. No hubo vil indígena o europeo más vil aunque no se acercara a mi jaula a escarnecerme. Sabía que el séquito de los tres cazadores muertos me había vendido al capitán Kimberley, dueño del famoso Circo Asiático que por entonces recogía noche a noche atronadores aplausos en Calcuta. De modo que estos treinta días me vi sacudido sin cesar en la miserable jaula, hasta salvar las ochenta leguas que distaba de Calcuta mi selva natal.
Vuelvo a repetirlo: todo aquello viene a mí como en sueño. Entraba de golpe en una nueva vida. Detrás, en el tiempo y en el juncal perdido para siempre, quedaban, con mi libertad perdida, mis cuatro meses de cachorro real, engendrado y educado por un verdadero monarca, cuyo destronamiento y ejecución estaban señalados por una doble cruz, empapada en sangre humana. Mi nueva existencia llevaba así su pasaporte sangriento, y desde entonces en adelante, mi fe de bautismo llevaría este título: «Rajá, tigre real de Bengala, / hijo del Devorador de Hombres del Ramahal, cuya captura costó la vida al teniente Williams Joe Hunter, primer cazador del Imperio Indio; / a S. A. R. Nani-Dan, hijo del Marajah de Dnizzar; / y puso a un paso de la muerte a lord Aberdale, par de Inglaterra».
Este es el cartel que Kimberley colocó en el circo en grandes letras rojas el día de mi presentación. Como se ve, lord Aberdale no había muerto, y al saberlo, sentí que el lazo íntimo, hondo, inquebrantable, que me había unido a él en aquel terrible día, no hacía sino estrecharse. ¿Qué nos reservaba el destino para haber lanzado ese efluvio de encanto de su corazón al mío?
Desde aquel momento mis recuerdos se precisan. ¡Un año, un año de amaestramiento pesó sobre mi espalda y mis riñones, y mi hambre y mi sed! Preciso es saber qué tremenda inversión de nuestro temperamento se requiere para poder ser presentado en un circo. Y toda esta terrible violencia impuesta solo Dios sabe cómo, no hace sino concentrar en profunda hiel todo el tormento devorado para que algún día... ¡ay entonces del domador!
Sé que no todos los domadores profesan igual sistema de amaestramiento y entiendo que algunos hay que llegan por la simple paciencia e interpretación de nuestra psicología, a hazañas increíbles; pero de mí sé decir que no hubo tortura diaria que no me fuera aplicada para obtener de mí lo que yo no quería: mi sangre real resistía y resistió cuanto pudo a aquella abyección.
Llegué a hacerlo, sin embargo, y lo hice durante cinco años con el alma empapada en vergüenza. Pero en el fondo de mi voluntad quebrada y mi dignidad envilecida ardía siempre, alimentándose con mi propia degradación, la llama candente de mi venganza.
No obstante es tan fuerte, cuando estamos domados, la voluntad impuesta a la nuestra, que son raros los desquites, a pesar de vivir horas enteras con nuestro domador. Hasta que llegó un momento en que los hechos —tan injusto fue aquello— me libertaron de la influencia de Kimberley.
La Luz Se Apaga. Ocho Fieras Y Un Látigo. Me Echo Detrás Del Domador. Cinco Tiros. Un Golpe De Conmutador.
Una noche ensayábamos, mis ocho compañeros y yo, en la gran jaula de hierro que servía para tal fin. Mis compañeros eran dos tigres cingaleses, tres leones, dos panteras y un leopardo del Punjab. La prueba era la habitual del grupo: las panteras, el leopardo y un león se mantenían inmóviles sobre cuatro columnas en fila. Delante de ellos dos leones oscilaban en un sube y baja. Los tigres de Ceilán rodaban en sentido contrario sobre sendas bolas de madera, y yo, echado a lo largo en el suelo, soportaba sobre mi flanco jadeante los pies del domador triunfante que desplegaba una bandera.
Como estábamos en ensayo, Kimberley se contentó con trepar encima de mí, sin lucir la bandera.
Era la noche de un lunes en que no había función y trabajábamos bajo un gran foco eléctrico. Y de repente la luz se apagó; se apagó completamente, y en la gran jaula reinó la más profunda oscuridad. El primer sentimiento de todos nosotros fue de violenta sorpresa, seguida de estupor. Enseguida un séxtuple gruñido tembló en las tinieblas. Vi o sentí más bien que la pantera, el leopardo y el león bajaban silenciosamente de sus columnas. El sube y baja dejó de crujir y las bolas pararon. Uno tras otro se sintió en el piso el golpe leve y sordo de los cuerpos que caían sobre las garras cautelosas.
Una profunda sacudida recorrió mi cuerpo, y noté que los pies se retiraban vivamente de mi flanco. ¿Qué iba a pasar?
Por el alma de aquellos terribles forzados, cruzó el mismo relámpago de venganza. ¡Por fin la noche del bosque natal nos ponía a solas con nuestro domador!
Pero de pronto un golpe seco sonó: era el látigo, el formidable látigo del domador que restallaba en el aire gritándonos: «¡guarda!». Esta vez no fue un gruñido, sino un rugido general lo que respondió a esa intimación. ¡Ya no había luz, era pues, nuestro! Así debió comprenderlo también Kimberley, porque desde ese instante no cesó de tenderlo hacia nosotros en frenéticos restallidos. Y paso a paso, con el hocico pegado en tierra, el alma encendida en el mismo fuego de venganza, nos íbamos acercando a él.
El látigo bramaba cada vez más violentamente tratando de contener, con desesperado frenesí, aquel infierno de garras y colmillos babeantes que rampaban hacia él. Pero segundo a segundo el domador sentía avanzar el anheloso jadear, comprendiendo que si por fatalidad el látigo llegaba a escaparse de sus manos, estaba perdido.
Pero entre tanto un sentimiento extraño se iba apoderando de mí, al ver a aquel hombre defendiéndose solo él con un látigo contra ocho fieras. No tenía ciertamente compasión a un miserable de esa especie: pero sí algo que se asemejaba a un impulso de mi propia dignidad.
¿Qué iba a hacer yo allí, a qué agregar mis garras a los cincuenta y seis puñales que en forma de zarpa iban a hundirse en su carne?
Por eso me retiré de los asaltantes y pasando por detrás del domador fui a echarme contra los barrotes de la jaula. Justamente encima de mí había un conmutador eléctrico que usaba el capitán Kimberley para distribuir algunas luces, y desde luego la del foco de la jaula. Yo había ido cómodamente a echarme allí, y esto me perdió.
El jadeo de las fieras crecía con la inminencia del ataque, y el látigo restallaba siempre precipitándose. Esto duraba ya dos minutos, y no es fácil suponer qué terrible debía ser la tensión de nervios de aquel hombre, conteniendo de ese modo a ocho fieras —no a siete— porque seguramente me contaba en el grupo.
El cansancio debía rendirlo de un momento a otro. Así fue en efecto, porque de pronto un fogonazo brilló, mientras la detonación retumbaba en el gran local. Era el revólver cargado con pólvora que todo domador lleva siempre en el cinto como supremo recurso. Y digo supremo porque solo en último caso usa de él, pues es terriblemente peligroso. Las fieras lanzaron un rugido, precipitándose furiosamente sobre el domador. Pero éste había tenido tiempo de verme detrás de él, y abrasándome los ojos con el fogonazo volvió a descargar tres veces más su arma sobre el hocico de los más atrevidos. Enseguida, en un esfuerzo final, llegó al conmutador y abriendo la llave inundó la jaula de violenta luz.
¡Ya era tiempo! Mientras las fieras enceguecidas se echaban atrás con un aullante rugido, el domador abría y cerraba la puerta tras él. Pero fue lo último que pudo hacer: lívido, blanco hasta la muerte por aquella tensión de nervios sin igual, apenas cumplido su deber se desplomó al suelo, desmayado.
Me Acusan De Traición. Mirada Contra Mirada. El Horno Eléctrico. Un Rugido De Desdén. Mi Tortura.
Los guardianes, los sirvientes, el propio capitán, todos me acusaron de haber dirigido el ataque.
—¡Sí, fue él! ¡No puede ser otro que él! —vociferaba un guardián cobarde e inquisidor con quien tenía yo larga cuenta pendiente.
—¡Es Rajá, el maldito hijo del Devorador! —clamaba otro, mientras corrían todos hundiendo los hierros tras los barrotes para reducir a las fieras aún bramantes por el golpe frustrado. Se abalanzaban sobre las picas, las mordían furiosamente, pero el metal cilíndrico se escapaba de sus dientes y garras. Los golpes recrudecían, y con ellos la rabia de las fieras indómitas. El galpón resonaba hasta desquiciarse con los bramidos y gritos.
—¡Se necesita un castigo ejemplar! —aullaba otro guardián, buscándome con su hierro—. ¡Este va a acabar un día con todos nosotros!
—¡Cobra con patas, puñal envenenado!
—¡Basta! —gritó imperiosamente el domador, viniendo hacia mí con visible esfuerzo.
Todos callaron entonces, fieras y hombres. Estaba mortalmente pálido, y se detuvo ante la jaula mirándome en los ojos. Yo, replegado en el fondo, doblé lentamente las patas, y sin quitar tampoco mi vista de la suya, quedé inmóvil. Durante un rato se hubiera dicho que de una pupila a otra iba un finísimo rayo de odio centelleante, mortalmente envenenado.
—¡Conque eres tú! —me dijo con la voz temblante de ira contenida—. ¡De modo que te has hecho capitán de bandidos! ¡Tú, el hijo de un devorador de hombres, es decir, de un tigre valiente entre todos! ¡Y no contento con esto te vas a agazapar detrás de mí, para asesinarme a traición, mientras los otros me atacan de frente! ¡Cobarde!
La acusación era tan terriblemente injusta que lancé un vibrante rugido.
—¡Sí, cobarde! —clamó con voz tronante el domador, irguiéndose en toda su alta estatura.
Desde los guardianes se levantó un murmullo.
—¡Sí, el capitán lo vio!
—¡Ya iba a saltar sobre él!
—¡Es un cobarde!
Pero, una voz se alzó, tímida.
—¿Pero sería para atacar al capitán...?
—¡Silencio! —gritó imperiosamente el domador—, ¡yo lo he visto, a él, a Rajá, agachado detrás de mí para saltarme! ¡Y tú —me lanzó directamente a mí—, tú tienes que pagármelas, maldito seas! ¡Y bien pronto!
Entonces, hastiado y repugnado de tanta injusticia y tiranía, me erguí y clavando mis ojos en los suyos, le envié un rugido de cuanto desafiante desdén cabe en un corazón de tigre real ante una alimaña cobarde y cruel.
El domador lo apreció en todo su valor. Su rostro se puso aún más lívido de odio.
—¡Sí, y ahora mismo! —clamó colocando la mano en la puerta—. ¡A ver, los guardianes, fuera de aquí todos esos animales! ¡Dejen únicamente a Rajá! ¡Vamos a quedar solos!
Todas las jaulas de ensayo tienen una puerta trasera hasta la cual se puede hacer rodar la jaula común de vivienda cuando es preciso. Concluido el ejercicio, se vuelve a abrir la puerta de comunicación, y las fieras entran de nuevo en su casa. Como ésta rueda, puede transportarse de un lado a otro. La maniobra se hizo pues en tal sentido; los guardianes desaparecieron con las fieras, y quedamos solos, el capitán y yo.
Durante un instante abrigué la loca esperanza que el domador iba a entrar a «castigarme», con revólver, puñal, carabina, cualquier cosa; pero que iba a entrar. ¡Hubiera dado no sé qué porque esto sucediera!
Pero no fue así. Kimberley llevó de nuevo la mano a la puerta de la jaula, y ante la sacudida eléctrica y el destello de insensata alegría que brilló en mis ojos, comprendió lo que yo deseaba.
—¡Ah, no, mi examigo! —exclamó con una carcajada sardónica—. ¡Ya pasaron los tiempos de eso! ¡Ahora vamos a trabajar un poco separados!
Todo domador que se respeta, y respeta la vida propia y ajena, lleva consigo un horno eléctrico, capaz de poner al rojo albeante los hierros de represión en menos de un instante. Sabido es que las fieras solo pueden ser contenidas por el punto de fuego de un hierro caldeado así. Y tanto es el temor, que en las insurrecciones leves basta con el contacto de un hierro al que se ha pintado de rojo el extremo.
Así, cuando vi al domador apoderarse de un hierro y disponer el conmutador, no tuve duda de lo que iba a pasar. No obstante todo mi valor, odio y dominio sobre mí mismo, no pude evitar un hondo escalofrío al ver que el hierro se hundía en la boca devoradora del horno en tanto que mi desesperada impotencia explotaba en un hondo bramido. Fue con todo, el único que me arrancó la tortura y estoy seguro de que allá en el Ramahal, en la selva perdida y llorada, la sombra ambulante de mi padre respondió con otro bramido de orgullo y aliento a su retoño real.
—¡Hola, hola! —exclamó con sorna sarcástica el domador, volviendo la cabeza—. Parece que nos quejamos ya… ¿Tan temprano? ¡No, mi examigo! Aún falta un poco… 1.000 grados apenas: cuando lleguemos a 1.200, sí. ¡Paciencia!
Abrevio: treinta, cuarenta, cincuenta veces, el hierro deslumbrador y chispeante se hundió en mi carne; y no con rapidez, sino con una tranquilidad y un método de tortura terribles, buscando con prolija ciencia los puntos más sensibles, volviendo otra vez a la llaga recién abierta, desgarrándome casi las entrañas. Yo me había echado sobre las manos, la cabeza sobre ellas y con los ojos cerrados devoraba en silencio el horrible dolor de cada llaga. La tortura seguía entre tanto, prolija, insinuándose bajo mi vientre, a pesar de mi postura, y acompañada por la voz dulce del domador.
—¡No es útil en la vida ser injusto con quien nos quiere!
—¡No creas que lo hago por tu mal, mi examigo!
—¡Aquí duele un poquito: valor, Rajá!
—Aquí también: pero pronto pasará.
—¡Otro poquito en esta misma! Duele más pero ayuda a curar el mal humor.
—¡Ah! ¿Duele mucho? —Un sordo gemido había salido de mi pecho—. ¡Otra vez, entonces! ¡Es tan triste atacar a traición a un amigo...!
Fue lo último que vi. Chamuscado, quemado, hecho una llaga viviente, dejé caer del todo la cabeza y perdí el sentido.
Mi Piel Se Recompone. La Suprema Venganza. El Hijo Del Devorador De Hombres. Aparezco En Escena.
¿Quién podría valorar, quién, animal u hombre, la tremenda energía, la heroica resistencia al propio impulso, necesarias para ocultar dos años enteros un hambre y una sed terribles, bajo la máscara de la más completa mansedumbre? ¡Sí! ¡Hambre y sed de venganza, del placer de los dioses y de los tigres reales, era lo que yo sentía! ¡Hambre de Kimberley, de sus crueldades, de su ensañamiento, de todo su cuerpo odiado, hasta la exasperación enloquecedora, eso es lo que yo tuve que dominar y ocultar dos años!
Tras aquella tortura pasé un mes entero tirado en un rincón de la jaula y sin hacer un movimiento, a trueque de sentir horribles dolores. Y cuando por fin pude levantarme y me vi quemado, desfigurado, convertido en un miserable guiñapo de tigre, una ola de inmensa amargura me agobió, y caí de nuevo tendido en mi rincón. ¿Qué era yo ya? ¿Para qué vivir arrastrando sobre mis trémulas patas el espectro mutilado de un tigre real? Y, como cinco años antes, cuando volví en mí después de las heridas de mi captura, esta vez llegaron también palabras a mis oídos.
—¿Entonces usted cree que no quedará rastro? —preguntaba «su» voz.
—No, esté seguro de ello. Todo volverá a su estado normal.
—Es que... me dejé llevar un poco. Las quemaduras fueron atroces.
—¡Ya lo veo, ya lo veo! Pero la piel se recompondrá, verá usted, y dentro de seis meses no quedará rastro.
No oí más. ¡Luego volvería yo a ser Rajá! ¡Luego las fuerzas retornarían y la magnífica piel que he heredado de mi especie volvería a ser la de antes! ¡Ah! ¡Qué inmensa dicha sentí! Y en el fondo de mi alma juré por la memoria de mi padre y por mi propia sangre real, concentrar todas mis fuerzas en esta sola esperanza: ¡destrozarle de un golpe la cabeza, arrancársela de una sola y única dentellada!
Entonces comenzó otra tortura: durante dos años fui la fiera de más dulce condición que ha gemido bajo el látigo del domador. No hubo insulto, sacudida, golpe de hierro a que yo respondiera con leve gruñido de pasajero fastidio, pero nada más. No podía disimular mayor mansedumbre, porque ésta, cuando es excesiva, despierta justa desconfianza. Y tuve asimismo que luchar dos años contra la de mi domador.
—¡Cuidado! —le advertían—. Este animal está muy cambiado para que sea de buena fe su mansedumbre.
—Sí, ya lo sé —respondía Kimberley—, no le pierdo de vista.
Y poco a poco mi amaestramiento recomenzaba.
—¡Cuidado! —insistían otra vez—. Un tigre no olvida nunca lo que usted ha hecho.
—¡Veremos, veremos!
Y aunque no me perdía jamás de vista, continuaba haciéndome girar con mis compañeros.
Lo cierto es que su presunción de domador podía más que su desconfianza, y halagado en lo más hondo de su vanidad por mi docilidad, concluyó por no ver en ello más que su influjo personal, capaz de dominar completamente a una fiera que ya había sentido su terrible marca. Esto, no obstante, me tendió varias veces verdaderas celadas para saber qué había de cierto en mi mansedumbre actual. Llegó a cometer verdaderas imprudencias, una de las cuales fue azotar vivamente a un león, teniéndome a mí a sus espaldas. Y ya se sabe que hay pocas cosas más peligrosas. Resistí, sin embargo, apretando los dientes hasta hacerlos crujir, a la tentación de arrancarle la espalda de un zarpazo, y la mirada de triunfo en que me envolvió al volverse a mí, fue mi real recompensa.
Con esto, la vanidad lo cegó del todo, y contra la opinión de sus compañeros de oficio, se arriesgó un día a la prueba decisiva que marca conjuntamente el máximum de audacia de un domador, y de la bondad de carácter de una fiera: hundir la cabeza en la boca del animal.
* * * * * * *
¡Por fin! ¡Llegado por fin lo que yo deseaba, aquello a que había aspirado constantemente, dolorosamente! Desde entonces tuve trazado un plan: una noche de gala en que el circo estuviera repleto, y el nuevo triunfo del capitán Kimberley atronara el recinto, esa noche: ¡trac…! ¡Nadie puede apreciar, si no es tigre y no ha odiado inmensamente a un hombre, lo que yo sentía al preguntar el estallido de sus vértebras...!
Y llegó la hora, por fin. Los diarios habían anunciado estruendosamente la nueva hazaña de Kimberley, rey de los domadores:
ESTA NOCHE
INAUDITA HAZAÑA DEL CAPITÁN KIMBERLEY.
¡LA PRUEBA MÁS PELIGROSA!
¡EL HEROÍSMO EN SU ESPLENDOR!
EL CAPITÁN KIMBERLEY
METERÁ LA CABEZA DENTRO DE LA BOCA DE:
¡RAJA!
EL HIJO DEL
DEVORADOR DE HOMBRES DEL RAMAHAL
¡RAJA, REY DE LAS FIERAS!
El mundo elegante, siempre afanoso de impresiones fuertes, había respondido al llamado. El circo deslumbrante de luces ostentaba en su recinto la flor del gran mundo de Calcuta. Era sobrado conocida la historia del Devorador de Hombres, para que el público no acudiese a ver la degradación de su retoño imperial. ¡El hijo de aquel sombrío héroe, dejándose hundir la cabeza en su boca cobarde y sumisa! Era menester ver eso.
La Gran Prueba. Kimberley Hunde La Cabeza. Mi Boca Se Cierra. ¡Un Tiro, Un Tiro! Encuentro Inesperado.
¡Sí, yo también quería verlo! A las once de la noche, después de un largo intervalo que no hizo sino excitar más al público, apareció en el picadero el capitán Kimberley, que avanzó gallardamente al medio. Allí, juntando los pies, saludó con su fusta. Aturdidores aplausos acogieron su presencia. Un instante después entraba en la gran jaula con mis siete compañeros, y los ejercicios se desarrollaron como siempre. Pero el público estaba impaciente; todo esto le parecía nimio: quería verme a mí.
Por fin, me llegó el turno, y mi jaula apareció bajo nuevos y calurosos aplausos. Kimberley hizo una señal imperiosa, y un hondo silencio acogió su orden. Entonces, abriendo rápidamente la puerta de la jaula, entró.
Aquí una explicación. El público admira profundamente la prueba que consiste en acorralar a una fiera a latigazos. El animal ruge, parece que va a lanzarse contra el domador, y la impresión es fuerte en el espectador. Nada es menos peligroso, sin embargo, y los domadores lo saben bien, con la condición de que «el látigo no toque a la fiera». Si esto llega a suceder por un terrible descuido, el domador está enseguida en inmenso peligro.
Desde luego, una de las mayores maestrías de los domadores consiste en simular perfectamente un latigazo, siendo así que solo lo hacen restallar en el aire a pocos centímetros del animal rugiente. La ilusión es completa, y de aquí la emoción del público.
Esta proeza se repitió conmigo esa noche, y tratándose de un tigre real al cual se le entregará momentos después la cabeza indefensa, la ficción era tremenda para el público.
De modo que cuando Kimberley, después de apaciguarme con las manos, me abrió las mandíbulas, y bajo la blanca luz de los focos el público vio brillar como fúnebres puñales mis potentes colmillos, el silencio se hizo aún más imponente, si es posible. Entonces, con un suave movimiento, Kimberley se inclinó, y desde este momento su cabeza desapareció: estaba dentro de «mi» boca, de la boca de Rajá, a «mi» completa disposición.
Como una ascensión de lava candente dentro del cráter de un volcán, así subió a mi alma el recuerdo mil veces más quemante de las torturas que había sufrido. ¡Mío, mío, por fin!
Estoy seguro de no haberme estremecido, ni haber delatado en lo más mínimo el profundo oleaje que la venganza levantó en mi corazón. Cuando, después de un instante, Kimberley quiso retirar la cabeza, tropezó con mis colmillos. Yo, en cambio, sentí el estremecimiento que corrió por todo su cuerpo. Volvió a hundirla suavemente, y con igual pausa intentó retirarla: otra vez tropezó.
El público había seguido la maniobra presa de honda angustia: y cuando a la segunda se convenció de que la cabeza no salía porque el paso se había estrechado, un grito de terror resonó en el recinto, a tiempo que los guardianes hacían trágicas señales de silencio.
Para que se comprenda bien esto es preciso otra explicación.
Los animales salvajes enjaulados, en general, y en particular el elefante y las fieras, sufren en determinado momento un fulminante cambio de carácter que se manifiesta por una explosión de furor. Lo terrible de este cambio es que se opera sin que nada un segundo antes lo dé a suponer. Bruscamente, el animal más dócil y cariñoso con su amo se lanza sobre él, presa de incontenible rabia, y desde ese momento hasta su muerte queda convertido en real y verdadera fiera. En el elefante es sumamente común esa locura. En los leones y tigres, siéndolo menos, sobreviene sin embargo. Por esto la vigilancia constante del domador, en especial cuando tiene un león detrás de él, y por esto también ciertas proezas, como la que se efectuaba conmigo en ese momento, son tan terriblemente peligrosas. ¡Si en el momento en que la cabeza se hunde, el animal cambia súbitamente de carácter...!
Tal fue la creencia de los guardianes, y de aquí el silencio que impusieron para aplacarme en lo posible.
¡Oh, no! ¡No había en mí locura ninguna, y sabía perfectamente lo que hacía! ¡Sabía también que mientras yo persistiera en mi actitud, nadie se atrevería a intentar un paso contra mí: y saboreaba entre tanto con feroz deleite la agonía de aquel domador de tigres!
Entre la espantosa angustia del público, algunas voces sonaron:
—¡Matarlo, hay que pegarle un tiro!
—¡No, cuidado! ¡Va la vida del domador!
—¡Sí, sí!
—¡No se puede! ¡Silencio!
—¡Un cazador, un tirador que no yerre!
—¡No hay ninguno!
—¡Sí, sí!
Ya había pasado un minuto. Sentía en la boca la cabeza helada de Kimberley, mientras su cuerpo inmóvil, tetanizado por la angustia de muerte, pendía casi de mis fauces. Un minuto de esa tortura valía bien los treinta que yo había sufrido bajo su punta de fuego. E iba a concluir ya con el miserable trozándole las vértebras, cuando mi vista cayó sobre un pálido rostro de varonil belleza que desde un palco me observaba. La primera sacudida la tuve ante la marmórea serenidad de aquel rostro: la segunda, al sentir en mí la mirada de aquellos ojos negros. Un mar de recuerdos remontó a mí desde mi lejana infancia, y vi súbitamente el cuadro: lord Aberdale avanzando hacia mi padre, fijos los ojos en la terrible mirada de la fiera. ¡Era él, sí, el adolescente de entonces! Y súbitamente lo vi en otra escena: tendido al lado de mi madre, helado de heroísmo y de muerte próxima. ¡Sí, era él, a cuya mano había yo devuelto todo el calor que podía en mi propia desolación!
Los gritos continuaban:
—¡Un cazador!
—¡Sí, lord Aberdale!
—¡Lord Aberdale! ¡Solo él puede hacer eso!
—¡Él lo conoce! ¡Mató a sus padres! ¡Es el cachorro que lo iba a devorar! ¡Rajá!
Todos los ojos se habían vuelto a Aberdale, el célebre aristócrata inglés que honraba el circo con su presencia esa noche.
Solo a él se consideraba capaz de una hazaña semejante.
Yo lo vi salir del palco, de rigurosa etiqueta, y avanzar por la pista con aquella suprema elegancia que recordaba bien. Su belleza, viril ahora, había conservado el mismo mágico poder de la mirada. Yo lo vi llegar hasta la jaula y abrir la puerta con su mano enguantada, y sin poder arrancarme a la fascinación que me embargaba, lo vi detenerse delante de mí.
Al principio había partido del circo entero un grito de terror al ver aquel acto de insensata locura o supremo valor que acometía lord Aberdale. Pero enseguida el más pleno silencio de angustia le había sucedido.
Aunque nadie ignoraba que el joven par de Inglaterra había recibido del imperio indio las más inmensas aclamaciones por su prodigioso valor en las cacerías, aquel nuevo acto sobrepasaba, sin embargo, el límite permitido a un héroe humano.
Yo, por mi parte, sentía, como había sentido otra vez, el influjo de aquel valor y serenidad radiantes. Y en este estado de eléctrica fascinación, vi que Aberdale colocaba su mano sobre el hombro de Kimberley, y me miraba en los ojos sin odio alguno.
—¡Suéltalo! —me decía su mirada—. ¡Es una cobardía lo que haces!
Nadie oyó ciertamente palabra alguna, pero en todos estuvo la seguridad de que mi sordo gruñido había respondido a algo que yo había entendido. El público se agitó, presa de asombro y espanto.
—¡Le habla, le está hablando! —se oyeron voces contenidas.
—¡Oh, él los conoce bien!
—¡Debe tener un poder mágico!
—¡Sí, lo entiende!
No pude contener otro gruñido, pero esta vez por la imbecilidad de aquella gente. Lo que poseía el joven lord era muy sencillo, y que justamente faltaba en un todo a los otros: el valor, la serenidad profunda y confiada en sí misma con una gran fuerza, y que es la que da esa expresión a la mirada. Y esto además: la inteligencia. No hay animal que no comprenda en cierto modo lo que se le dice, siempre que el alma del hombre tenga verdadero temple. No comprenderá el significado de las palabras, pero sí el sentido de la voz, en la cual el pensamiento despierta las modulaciones que expresan cariño, odio, amor, etc. Los domadores de fieras profesan este axioma: «No dejar adivinar jamás por la voz, al animal, que se le tiene miedo». Y sobre todo: «Que la voz de mando tenga tal tranquila seguridad, que la fiera no llegue nunca a comprender que —si quisiera— podría no obedecer.» El día en que un tigre, un león, se da cuenta de que su voluntad es más fuerte que la de su domador, éste está perdido.
Yo, sin embargo, a pesar de la inmensa y tranquila fuerza que había en la orden de Lord Aberdale, tuve un instante de rebelión. Un ronco gruñido surgió de mi garganta, pero tuve que entrecerrar los párpados porque sentí de nuevo que aquella mirada me decía:
—Una vez pudiste haberme devorado, y no lo hiciste. Yo había perdido las fuerzas, pero no el sentido. Trataste de revivir en mí una vida que había cortado la de tus padres, y sé qué recompensa tuviste. No manches ahora aquella acción con un asesinato que no es digno de ti, que has visto en tu juventud actos de mejor valor, ni de mí, que te conocí con mayor nobleza.
¡Oh, sí! ¡Nos habíamos conocido en una situación bien distinta a la presente, y no necesitaba recordármelo! Pero ese mismo pasado que evocaba no hizo sino exaltar mi degradación actual, y resistiendo aún a su influjo mágico, me rebelé de nuevo.
Con un rugido ahogado, todo lo violento que pudo ser por el obstáculo de aquella miserable cabeza que no quería abandonar, le lancé mi desafío. Aberdale, inclinándose cogió la fusta caída a mis pies, y al incorporarse vi que estaba pálido.
—¡No eres tú —me decía su palidez— el cachorro que a expensas de su libertad trató de salvar mi vida...!
Entonces, con una voz de inquebrantable imperio, que la palidez de aquel semblante de héroe hacía tanto más ineludible, me dijo, esta vez en voz alta:
—¡Suelta!
Durante cinco segundos en que traté desesperadamente de resistir su mirada, me sentí oprimido, dominado, achicado en todo mi ser por el centelleo de voluntad de aquellos ojos negros.
Y solté; de mis fauces abiertas y babeantes cayó la cabeza del domador que se aplastó en el suelo, desmayado.
Aberdale tiró la fusta, ya inútil, y, sin dignarse mirarme de nuevo, salió de la jaula, limpiándose los guantes del polvo del látigo.
Jamás se volverá a ver una más intensa ovación de público conquistado por un acto de sobrehumana voluntad. Las lámparas eléctricas temblaron sacudidas por el clamor delirante, y solo el respeto al altísimo nacimiento de Aberdale, impidió a la muchedumbre alzarlo en triunfo. La función estaba ya de hecho concluida con aquella casi tragedia. Y mientras los guardianes se precipitaban sobre la jaula con los hierros para liberar al domador, lord Aberdale abandonó el circo sin que su actitud indicara en lo más mínimo lo que acababa de realizar, y el público se fue a su vez. Y en un rincón de la jaula, acorralado por los hierros, quedé yo, rugiendo ahora incesantemente mi derrota y el nuevo triunfo de mi domador, mientras mi alma se abrasaba en ardientes olas de venganza insatisfecha.
Nueva Tortura. Dos Barras De La Jaula Ceden. Mi Fuga. Kimberley Me Persigue ¡Por fin! La Cabeza De Kimberley. Un Tiro De Revólver.
Kimberley estuvo quince días entre la vida y la muerte, con un ataque cerebral. Deliraba constantemente, pidiendo con gritos desgarradores que le cortaran de una vez la cabeza, antes que soportar un segundo más la horrible tortura de sentirse dentro de mi boca. Al fin su constitución robusta venció y, un mes después de aquella trágica noche, vi a Kimberley entrar en el recinto de las fieras y avanzar dificultosamente hacia mí, sosteniéndose en los montantes de las jaulas.
Al verlo otra vez, con su expresión de odio y crueldad dirigirse hacia mí, el horno eléctrico subió en una llamarada a mi recuerdo, y una nube de sangre me cegó. Me abalancé sobre él, con un rugido, y la jaula entera tambaleó por la terrible sacudida contra los barrotes.
Kimberley se sonrió, con una sonrisa mil veces peor que una amenaza de muerte.
—¡No, no! —me dijo apaciguándome con un ademán—. No empezaremos todavía, porque estoy débil aún y quiero gozar de todas mis fuerzas para apreciar en su justo valor lo que sientas con un nuevo juguete que estoy haciendo preparar para ti. Te advierto, sí, que perdiste la ocasión de vengarte, y esto por tu cobardía, tu defecto capital. ¡Rajá! No tuviste valor para troncharme la cabeza de un golpe, ni la dignidad de resistir a un solo hombre —aunque éste sea lord Aberdale— que te amenazaba con un latiguillo, como a un vil perro. Esto es lo que sabes. Pero sí puedo jurarte que nunca más te ofreceré una ocasión como aquélla para que te vengues y, después, estimo demasiado el buen nombre de mis fieras, para exponerte a nuevos actos de abyección y cobardía de tu parte, que deshonrarían a tu especie.
»Medita bien esto, Rajá, esfuérzate en dominar tu natural débil y asustadizo, que yo, para tus pequeños defectos de ingratitud conmigo, estoy ensayando un nuevo correctivo, mucho más eficaz, querrás creerlo, que aquel juguete del horno eléctrico.
¡Ah, ése era Kimberley! ¡Esa crueldad y dulzura inquisitoriales eran bien suyas! ¿Para qué inesperado y terrible suplicio debía prepararme?
Al día siguiente entraron dos personas. Tuve un sobresalto, y mi corazón se dilató en una oleada vital que yo conocía bien: delante de mí estaba lord Aberdale. Kimberley lo acompañaba, y su actitud expresaba el más profundo respeto y orgullo de estar al lado del alto aristócrata.
—¡Milord, aquí está Rajá! —dijo Kimberley deteniéndose. Lord Aberdale me miró entonces, y yo sentí que mi cuerpo entero vibraba de emoción. Algo, sin duda, recordaba él de un pasado ya lejano, que era lo que también recordaba yo.
—Sí —repuso al fin—, está muy cambiado... Hace mucho tiempo que no nos veíamos —se sonrió.
Kimberley evitaba mirarme.
—Creo —continuó Aberdale— que a usted le será imposible conservarlo más con usted, después de lo que ha pasado... Desearía tenerlo.
—¿Usted, milord? ¡Pero si es una bestia vengativa y cruel hasta donde se puede decir!
—¡No tanto! —se sonrió de nuevo Aberdale—. Además, tengo ciertos motivos para no creerlo así —agregó pasándome la mano por la cabeza detrás de los barrotes.
Yo lancé un leve gruñido pero no me moví.
Kimberley se puso pálido de despecho y envidia al ver que yo no destrozaba la mano del atrevido.
—¡Cuidado, milord! —exclamó—. ¡Es una fiera vil!
—Con usted, es posible... Yo lo compro, Kimberley —agregó.
El natural codicioso de éste se expandió de alegría ante la enorme suma que podría obtener, pero al mismo tiempo luchaba con el ardiente deseo de aplacar su rencor en mí, con nuevas torturas, y que tendría que abandonar si me perdía.
—¡Milord! ¡Un tigre amansado así vale mucho!
—¿Cuánto? —preguntó sencillamente Aberdale.
—¡No sé...! ¡Mucho, milord!
—¿Cuánto? —repitió lord Aberdale, mirándolo.
—¡Tal vez mil libras... tal vez más, milord!
—Luego dos mil le serán suficientes. Dígnese pasar por el Banco de Inglaterra: de aquí a una hora le entregarán la suma. Pero con una condición, que la cantidad ligeramente superior a la indicada por usted, disculpa en cierto modo: que usted mismo, pues los guardianes pueden descuidarse, lo conduzca a mi bungalow en el Ramahal. ¿No le parece excesivo?
—Por los grabados que conozco —objetó con sorprendido y respetuoso reproche Kimberley—, ¡Aberdale’s Palace no es un bungalow, milord!
—Gracias por su amabilidad, Kimberley... ¿Convenido entonces?
—¡Convenido, milord! ¿Cuándo debo partir?
—Esta noche... Yo iré también.
Aberdale salió. Entonces, mostrándome el hierro, trémulo de rabia, Kimberley me lanzó:
—¡Ah, maldita, maldita bestia! ¡Te escapas a mi venganza, protegido por ese maldito aristócrata que el demonio confunda... y que tiene no sé qué diabólicas relaciones contigo!
»¡Oh, pero antes de salir de aquí te voy a dar una lección para que recuerdes toda la vida al capitán Kimberley!
Llamó a los guardianes, y a pesar de mi fuerte resistencia, lograron pasarme un dogal de acero al cuello, cuyas cadenas ataron a uno y otro lado de la jaula.
Me vi así inmovilizado, sin poder avanzar un paso, ni poder alcanzar a tender mi garra fuera de un cierto límite. En el borde preciso de este límite se sentó Kimberley en una silla, con la fusta en la mano. Y entonces, mientras yo hacía inauditos esfuerzos para tenderme y alcanzar cinco centímetros adelante, nada más, y arrancarle las entrañas, ¡Kimberley cruzó mi cara con el látigo, una y cien veces!
¡Oh, qué inmensa desesperación! ¡Nada me faltaba para alcanzarlo, unos cuantos centímetros y estaba allí, crucificado, entregado a la ignominia sin nombre de ese latigueo como si fuera un gozquecillo, mientras Kimberley, cruzado de piernas y con el brazo tranquilamente posado sobre el respaldo de la silla, me azotaba la cara con rítmicos movimientos de su látigo! ¡Nadie bebió jamás más vergüenza que la que me hizo absorber ese miserable cobarde!
Por fin se levantó, diciéndome:
—¡Bien! Ya puedes ir a vivir con tu nuevo amigo. ¡No te olvidarás de cómo te ha tratado el capitán Kimberley!
Hubiera preferido la muerte.
De noche partimos. El viaje en ferrocarril no tuvo mayores incidentes, si se descuenta un choque sin consecuencias en Karik, que sacudió rudamente el furgón, pero que tuvo para mí una importancia trascendental: dos barrotes se habían salido de quicio. Ningún guardián lo notó, ni yo mismo, hasta que fui trasladado a la carreta en la que debíamos seguir viaje a través de la senda que conduce, en pleno bosque, hasta los contrafuertes del Himalaya. Lord Aberdale y su séquito iban delante a caballo, bastante distanciados. Kimberley y los guardianes acompañaban en otra carreta a la mía.
La segunda noche de viaje noté el desquicio de los barrotes. ¡Qué llamarada de insensata alegría! No por el bosque, ni por la libertad natal, nada de eso me importaba. ¡Pero Kimberley, sí! ¡Sentía en plena cara la afrenta de esos latigazos cobardes! Los barrotes rotos eran la devolución de los latigazos, y devolución definitiva, ¡oh, sí!
Comenzaba a amanecer. Al apartar un barrote con mis garras, el hierro forzado lanzó un estridente chirrido, y sentí que alguien venía apresuradamente hacia mí. No tenía tiempo que perder: aparté inmediatamente el otro barrote, y un guardián —aquel de cara cruel con quien tenía yo larga cuenta atrasada— surgió ante mí. Tuvo apenas tiempo de ver lo que pasaba, y gritar ¡soco...!
Con un ronco rugido yo había caído sobre él, hundiéndome enseguida en el bosque. Detrás de mí quedaba el guardián con las entrañas abiertas, y el clamor de sus compañeros y Kimberley. Oí aún la voz de éste que gritaba enviando anuncio de la catástrofe a lord Aberdale. Alguien disparó un tiro, y no oí más.
Estaba agazapado al borde de un sendero, por el que debían internarse fatalmente mis perseguidores.
¡Ah, el aire natal, el cielo puro, los perfumes que se han respirado cuando pequeño! ¡Allí, en ese paisaje que cantaba la excelsitud de mi sangre real, yo debía rescatar sobre Kimberley la afrenta de sus latigazos y sus piernas cruzadas! Pasó una hora. De pronto sentí pasos que se acercaban, y oí la voz de un indígena:
—No me interno más, sahib... El sendero se cierra allí, y sin batidores no es prudente avanzar.
Asomé furtivamente la cabeza sobre un tronco caído, y vi al indígena y a Kimberley detenidos a veinte metros de mí.
Un rugido sordo a ras de tierra, cuya distancia —por ese motivo— no se podía apreciar, los sacudió violentamente. Kimberley se puso lívido.
—Bien —murmuró—. Ahora es nuestro... Tú vuelve atrás y dile a lord Aberdale que lo espero aquí...
El indígena huyó en precipitada carrera, mientras Kimberley miraba ansiosamente a todos lados.
—Dejaré que ellos se entiendan —oí que murmuraba—. Además, acaso Rajá dé cuenta de él... y yo me encargaré de obtener luego otras dos mil libras de su familia... Me trepo a un árbol.
No tuvo tiempo; con un brusco rugido caí de un formidable salto a quince metros de él, erguido en toda mi plenitud. Kimberley vio entonces por primera vez lo que era un tigre real de Bengala en plena selva. Un domador de fieras no es forzosamente un cazador, pues aquél requiere paciencia, sobre todo, y éste, sobre todo valor. ¡Oh no era él lord Aberdale!
El fusil le tembló en las manos, y yo comencé a avanzar hacia él, fijos mis ojos en los suyos.
Todo: ¡su cara, su ropa, su olor mismo, me puso delante de los ojos el horno eléctrico, la tortura dulzona y metódica, el látigo, y sobre todo la pierna cruzada aquella, mientras me afrentaba.
El rayo de mi mirada le devolvió un resto de valor, y llevándose el fusil a la cara, disparó. Sentí un agudo dolor en la espalda y en un segundo estuve ante él: fue tan terrible su miedo al verme cara a cara —¡y en libertad ya, esta vez!— que el arma se desprendió de sus manos, y lanzó un grito, a tiempo que yo abría la boca y la cerraba sobre su cabeza.
¡Ah! ¡No estaba allí, no, el ser que había trastornado profundamente los primeros sentimientos de mi niñez con su heroísmo! ¡Y los segundos pasaban, y mi alma se empapaba en el supremo deleite de borrar la mancha de los latigazos!
Pero mi destino estaba matemáticamente trazado. Un ruido violento que hacía retemblar la tierra, llegó a mis oídos. Era una desesperada carrera de caballo. Un momento después, en la curva del sendero, aparecía lord Aberdale, sin sombrero, pálido por la generosa emoción de no llegar a tiempo.
Yo lo vi lanzarse del caballo y avanzar hacia mí con el revólver en la mano. Yo lo oí que me gritaba:
—¡Suelta! —con su clara voz de imperial voluntad, cubriéndome con la mira de su revólver.
¡Pero esta vez no! ¡El no sabía cuál había sido mi tormento diario durante cinco años, cuáles fueron las torturas y afrentas del miserable para conmigo, y no tenía, como yo, un balazo en la espalda!
Y mirando fijamente a Aberdale, oprimí las mandíbulas... ¡trac!
Mientras el cuerpo decapitado de Kimberley se desprendía de mi boca, vi que una sombra pasaba por el rostro de mármol de Aberdale, y sentí instantáneamente el estampido del tiro y un dolor lacerante en los pulmones. Todo dio vueltas a mi alrededor y caí desplomado.
* * * * * * *
Aquí terminan mis memorias. Ahora, mientras recuerdo aquellos dolores, echado sobre una fresca estera, tengo a mi lado a lord Aberdale, leyendo, cuya mano se baja a ratos a acariciar mi cabeza. Estamos en Aberdale’s Palace, en pleno Ramahal. Detrás de nosotros, el Himalaya sombrío hunde en el cielo su inmaculada blancura. Delante, tras las palmeras del parque, la selva natal me envía su incitante perfume. Pero yo entrecierro los ojos de beatitud; y mientras lord Aberdale, sin quitar los ojos del libro, vuelve a bajar la blanca mano, yo siento a su contacto que mi ser se expande en eléctrico runruneo, y paso lentamente mi lengua por aquella mano de héroe, feliz de ser suyo.
El Remate Del Imperio Romano
I
En el año 193 del Imperio Romano, un transeúnte de la capital se entretenía en arrancar a uno un ojo, en quebrarle a otro los dientes con una piedra, en mutilar vergonzosamente a un tercero —todo esto por mero pasatiempo, cuando se aburría.
Este transeúnte se llamaba Cómodo, y era el emperador. Hijo de Marco Aurelio, uno de los más grandes hombres con que haya contado la humanidad, suponíase con sobrada razón que provenía directamente de uno de los tantos gladiadores que noche a noche honraban el tálamo de la emperatriz Faustina.
La fuerza de Cómodo era, en efecto, prodigiosa, y mostraba extraña afición por el Circo. Atravesaba a un elefante de un solo lanzazo, cortaba a flechazos el cuello de los avestruces, abatía a cien leones, uno tras otro, con otras tantas flechas. De noche dormía a menudo en su celda del Circo, en compañía de los gladiadores.
Cuando tenía doce años, mandó quemar vivo al mayordomo de los baños, porque el agua del suyo estaba apenas un poco más tibia que de ordinario. Ya emperador, hallando un día en su camino a un patricio sumamente grueso, se detuvo un momento a contemplarlo, y en seguida le abrió el vientre de un solo tajo, para ver de qué largo tenía los intestinos.
En el circo hacía cubrir a sus esclavos con pieles de fieras, y los masacraba entonces a flechazos, solicitando del Senado se le confiriese el título de Cómodo, destructor de monstruos.
Abrió un día un consultorio quirúrgico, instando a los senadores a que se hicieran operar por él. Naturalmente, los presuntos enfermos eludían el honor. Entonces Cómodo dio orden a sus guardias de hacer entrar a cuantos pasaran por frente a su palacio. Los infelices eran en seguida operados por él, y de este modo en un solo día asesinó a trescientos ciudadanos.
Trece años llevaba Cómodo de este sombrío reinado, cuando un día la copa, ya a punto de llenarse varias veces, desbordó al fin.
Cómodo había puesto su confianza en Marcia, una de las trescientas concubinas reales, y que pronto llegó a recibir del Senado los honores de emperatriz. Decíase cristiana. En compañía de Leto, prefecto de la Guardia Pretoriana, manejaba el imperio a su gusto y manera.
Su ascendiente sobre Cómodo era inmenso; pero aún así, llegó un día a cansarlo. Y para concluir con él, el emperador decidióse un día a romperlo. Llevó, al efecto, al baño la tablilla encerada y el punzón de oro que había costado ya al imperio millones de cabezas proscriptas; y mientras, hundido hasta el cuello en la bañadera, gozaba las dulzuras del agua tibia, grabó con el stylo diez nombres. La fúnebre tablilla era siempre entregada a Eclecto, mayordomo de palacio, y éste despachaba los sicarios a recoger las cabezas de los que habían perdido la gracia del sombrío emperador.
Cómodo colocó la tablilla bajo un cojín de púrpura, y se arrobó en grata somnolencia.
Mas he aquí que la puerta se abrió lentamente, y una carita negra, de un profundo negro etíope, asomó su riente fisonomía.
—¡Ah, eres tú, Aníbal! ¡Entra, traidor! ¿Cómo no te he visto aún?
—Ah... ah... ah... —dijo la criatura mirando a todos lados, sin prestar poca ni mucha atención al dueño del mundo. Evidentemente, como todos los chicos, buscaba algo nuevo, para hacer de ello su juguete.
El negrito era hijo de un liberto africano, a quien Cómodo había arrojado a las fieras dos meses atrás, por cierta mirada de aquél en respuesta de un flechazo suyo.
Era en un banquete.
—¡Alcánzame esa copa! —habíale dicho Cómodo.
El liberto repuso, incorporándose:
—¿Es posible, César, que te falten esclavos?
Pero, sin añadir una palabra más, levantó la copa en el aire para colocarla delante de Cómodo. Este, rápido como el rayo, cogió el arco que tenía siempre a su lado, y lanzó una flecha vibrante que se clavó temblando en la muñeca del insolente. A pesar del agudo dolor, el brazo del liberto, como si nada hubiera sucedido, prosiguió su marcha en el aire y depositó la copa delante de Cómodo. Su rostro estaba impasible. Sí, impasible estaba su rostro; pero al sentir el golpe, había mirado a Cómodo. Y las miradas a un emperador romano deben pesarse mucho antes de ser lanzadas.
Catorce horas después, los leones se disputaban los restos sangrientos del liberto, y Cómodo, desde entonces, había sentido crecer su cariño y tolerancia por las gracias de aquel negrillo. ¿Por qué misterio? No por arrepentimiento, sin duda.
Mas lo cierto es que el chico hacía y deshacía a su antojo en palacio, y de aquí la impertinencia con que se dignaba responder al terrible emperador que le hablaba.
—¿Qué quieres, desvergonzado? —reanudó Cómodo sonriendo a su pequeño favorito.— ¿No te bastan los dos tigrecitos que te envié esta mañana?
—Tigres, malos —respondió el negrillo.— Muerden, uñas grandes…
—Sí, son un poco grandes ya... Perdóname, Aníbal; hoy mismo encargaré otros... ¿Quieres leones?
—No; uñas también... Quiero tortuga, tortuga grande... andar ¡up, up! a caballo.
—¡Ah, muy bien! Pero me concederás, Aníbal, unos cuantos días para procurártelas, ¿verdad?
—¡No!... quiero osos... ositos.
Y así por el estilo. Entretanto, beatífica somnolencia se apoderaba del emperador, mientras el pequeño déspota de aquel formidable tirano revolvía todo a su antojo.
De este modo, y cuando el fastidio comenzaba ya a cansarlo, halló bajo el cojín de púrpura la tablilla de cera.
¡Aquello era lindo! El negrillo miró a su augusto amigo que roncaba sordamente. Sin hacer ruido, salió del baño real, y ya en el corredor emprendió loca carrera con su juguete.
¿Pero qué podía entretener largo rato al imperial malcriado que desechaba leoncitos? La tablilla voló de repente por el aire, como un fastidioso juguete que no entretiene ya más, y Marcia, que pasaba en ese instante por allí, la recogió para entregarla a un esclavo. Pero antes, por vaga curiosidad y simple distracción, echó una mirada a la tablilla.
Apenas lo hubo hecho, lanzó un grito ahogado: claramente grabado se leía allí «Marcia... Leto... Eclecto... Valerio... Severo Domicio...»
¡Ella! ¡La emperatriz adorada, omnipotente, sentenciada a muerte! ¡Leto, su favorito, sentenciado a muerte! ¡Eclecto, su ejecutor oficial, el brazo derecho de sus sangrientas proscripciones, sentenciado él mismo!
Lívida, el corazón helado de terror, la emperatriz corrió al encuentro de Eclecto:
—¡Lee, lee! —le dijo tendiéndole la tablilla.
El mayordomo leyó y su rostro se puso blanco como la cera. Llamó a un oficial de la guardia:
—¡Ve corriendo al pretorio! ¡Arróllalo todo, aplasta, mata, pero llega en seguida! ¡Va tu vida en ello! Tritáceo ¡Vuelve con Leto, corriendo, si los manes tienen en algo tu vida!
—¿Qué debo decirle? —repuso el soldado.
—¡Dile —prorrumpió Marcia— que nos has visto pálidos a Eclecto y a mí!
Poco después Leto llegaba, demudado.
—¿Qué pasa, Augusta? —exclamó, — ¿Acaso el divino Cómodo?...
—¡Lee! —repitió la emperatriz, tendiéndole la tablilla.
Los tres sentenciados a muerte se miraron entonces; ¡no había un segundo que perder! Marcia preparó con la velocidad de un relámpago un refresco de tamarindo, y echó en él un fuerte veneno. Ella misma llevó la copa a Cómodo, que apuró el brebaje de un sorbo.
Marcia salió, pisando con fuerza; pero apenas el eco de sus pasos se hubo perdido, retornó en puntas de pie con sus cómplices, y juntos prestaron oído contra la puerta de la cámara: dentro, se derrumbaba un imperio de crímenes en la persona de su monstruoso emperador.
¡Pero no! El veneno era escaso o la fortaleza de Cómodo, excesiva. Este tuvo un fuerte vómito y llamó. Un esclavo acudió corriendo.
—¡Estamos perdidos! —murmuró Marcia, aterrada.
—¡Aún no! —repuso Leto, a tiempo que hundía su puñal hasta el mango en el pecho del esclavo.
Pero el desenlace se precipitaba: si Cómodo llamaba de nuevo y era oído, estaban perdidos.
¿Qué hacer? ¿Entrar súbitamente en la cámara y apuñalarle allí? Ni Leto ni Eclecto tenían suficiente valor para ello. Cómodo, aún en la angustia de sus vómitos, era temible por su fuerza prodigiosa.
Los conjurados corrieron entonces abajo, y volvieron con dos gladiadores de palacio, dos perfectas bestias de estupidez y fuerza. Turbándoles la cabeza con terribles amenazas y opulentas recompensas, los lanzaron de un empellón en el baño imperial.
¡Por fin! Cómodo dio un salto, y en un segundo estuvo de pie. Su propia experiencia (ya había escapado a un asesinato en plena calle) y la historia de los Césares de Roma, no le dejaban la menor duda acerca de lo que significaba aquella súbita irrupción.
Defendióse como un verdadero gladiador que era, golpeando, mordiendo, retorciendo músculos entre sus manos. Pero las dos bestias forzudas, uniendo sus esfuerzos, concluyeron por estrangular y ahogar bajo el baño al emperador romano, el 1.º de enero de 193.
Los tres libertadores corrieron, en connivencia con el Senado, a ofrecer la corona a Pertinax, noble y severo anciano; mas éste, creyendo que venían a buscar su cabeza —ya que las visitas nocturnas no tenían casi nunca otro objeto— se adelantó a su encuentro, tendiendo al tajo la gloriosa cabeza blanca.
El Pretorio aceptó al nuevo César, y bajo su reinado, a los 67 días de su proclamación, asistimos al banquete que Didio Juliano, milanés de inmensa fortuna, daba en su palacio de Roma.
II
Didio Juliano poseía en aquel momento la más grande fortuna de Roma, adquirida durante su gobierno en dos o tres provincias. Era un hombre de sesenta años, bajo y sumamente grueso. Tenía la cara redonda y roja, la cabeza y el rostro rapados, y el vientre voluminoso. Personificaba perfectamente la caricatura del tonel sobre cortas piernas. Sus ojos saltones y nariz rubicunda denunciaban a un gran amigo de la mesa. Era, en efecto, un gastrónomo, pero un gastrónomo de lo raro y monstruoso, que fue la característica del Imperio. Sobre la mesa, recubierta de ramos de plata, lucían los platos más extraordinarios;
Hígados de pavo real, en inmensas fuentes.
Huevos de tortuga, rellenos con riñones de papagayo.
Lenguas de ruiseñor, en brochettes de oro, con cabeza de zafiro.
Pechugas de cisne.
Rótulas de camello, a los cuales se había impedido andar.
Luego venían los platos estupefacientes, las combinaciones monstruosas que eran recibidas por los invitados con grandes exclamaciones.
Erizos de mar, macerados en agua de rosas.
Habas machacadas con ámbar del Euxino.
Arroz abrillantado con perlas.
Salmón espolvoreado con mirra y ámbar en polvo.
Trufas mechadas con granos de oro.
Violetas teñidas en púrpura
y fritas en aceite de hígado de ruiseñor.
Esta sed de lo inverosímil, de lo disparatado, de lo sencillamente monstruoso, y ya en auge a fines del siglo II, debía llegar con Heliogábalo, a su más alto esplendor.
Entretanto, Didio Juliano festejaba esa noche la llegada a Roma de un trimestre de sus fabulosas rentas. Era aquel personaje, a la par que glotón, muy pobre de espíritu y dado a las bufonadas. Su dicha era halagar el estómago de sus clientes, y sobre todo que se le considerara hombre de influencia en el Senado. Su enorme vientre danzaba al son de las carcajadas, y las aclamaciones con que sus invitados acogían cada nuevo plato que el mayordomo trinchaba a compás de música, halagaba su vanidad hasta congestionarle el rostro.
En su juventud, sin embargo, había realizado empresas no desprovistas de inteligencia; y el solo hecho de que la madre de Marco Aurelio lo hubiese educado, hablaba bastante en su favor. Pero sus consulados y preturas, dándole inmensa fortuna, despertaron debilidades congénitas y vicios adquiridos. Dedicóse con afán a la magia, y no hubo embuste, por burdo que fuera, que los augures no leyeran para Didio en las entrañas de un animal.
Llegaron un día a profetizarle el Imperio Romano, sin más trámite. A pesar de su corta inteligencia, Didio no dejó de reírse, considerando, juiciosamente, que a su edad, y su alejamiento de la política y su ignorancia de cuanto se pasaba en las legiones, era bastante risible soñar en la diadema de los Césares.
Pero su mujer, Manlia Escantila, una lobezna romana febril de ambición, pagaba opulentamente a los augures para que anunciaran sin cesar a su marido glorias de toda suerte, por vía de encender en el cerebro exclusivamente culinario de Didio, una chispa de alta ambición.
Así las cosas, sobrevino la muerte de Cómodo. Pertinax fue ascendido al trono, y Didio Juliano juzgó que nada era entonces más sensato que sentar sus reales en Roma, estarse muy quieto, deslumbrando de paso a sus conciudadanos con el brillo de sus banquetes.
Y mientras el banquete a que asistimos proseguía en igual lujo de platos y derroche de músicos, parásitos, cortesanos y esclavos; mientras resonaban los aplausos de los comensales, los cantos y las carcajadas, entre el tintineo incesante de las copas quebradas en la orgía, un personaje apareció de pronto en el dintel del triclinio. Después de dirigir a los comensales una tranquila mirada, se dirigió al anfitrión en voz más tranquila aún.
—¡Salud, Didio! No sé si podría esperar, al llegar a Roma, el honor de que me permitas sentarme a tu mesa.
Con el anfitrión, todos se volvieron asombrados a la puerta. Didio Juliano lanzó una exclamación de gozosa sorpresa, y tendiendo sus gordos brazos al visitante:
—¿Pero no eres Paulo Emilio? ¡Que Mercurio permita me roben todas mis fincas si no siento gran alegría al verte! ¡Salve, oh joven africano! Hazme el supremo honor de sentarte a mi mesa, si en verdad tienes apetito y no la hallas sobrado mezquina.
Paulo Emilio se sentó a su lado, y notó, por las exclamaciones de amistad que arrancaba su presencia, que aún se le recordaba en Roma.
El aspecto del visitante respondía, en verdad, a aquel recibimiento. Era un joven de mediana estatura, más bien alto, y maravillosamente formado. Los pliegues de su toga, cayendo a la par que con abandono, con sutil elegancia, denunciaban al patricio descendiente de los cónsules de la república. Es lo cierto que en la Roma del siglo II, con la constante efusión de sangre bárbara, el ciudadano ecuestre había perdido sus características, y apenas si el tipo se mantenía aún puro en ocho o diez familias patricias, cuyos retoños, como el joven, evocaban en su alma y semblante la figura de su abuelo Paulo Emilio en la madrugada de Cannas, de Escipión al descender del Capitolio, o de Lelia cuando volvió de Africa.
El rostro del nuevo comensal, tostado por los soles de la Tripolitania, era de severa hermosura. No representaba más de veintiocho años.
—Convendrás conmigo —decíale Didio— que mucho me honra te hayas dignado compartir mi cena. Pero dime: ¿por qué no has venido antes a verme?
—Por una razón bien sencilla: acabo de llegar a Roma.
—¿Cómo! ¿En este momento?
—Sí; y esto te explicará acaso por qué he acudido en seguida a tu encuentro.
—¡Ah! ¿Tienes algo que decirme?
—En efecto.
Al oír esto, la cara del anfitrión se compungió de un modo bastante infantil, como una criatura a la cual se le ordena dejar en seguida su pedazo de chocolate.
—¿En este mismo instante? —gimió casi Didio Juliano.
El joven, aunque naturalmente gozoso, dejó asomar una sonrisa.
—¡Oh, no! Más tarde... Te ruego me enteres, entretanto, de lo que pasa en Roma.
—¡Cómo! ¿Nada sabes?
—Nada. He venido sin cambiar de caballo desde Ostia. Después hablaremos. Recordarás que desde hace dos años no se me ha visto aquí... ¿Gozas siempre del favor de Cómodo?
—¡Por todos los dioses del Olimpo! ¿Debo creerte cuando me hablas así?
—¿Supones que me presento a esta hora para chancear contigo, Didio?
—¡No; Júpiter me libre de ello, joven patricio! Pero es tan extraña tu ignorancia... Sabe, pues, que estamos bajo el reinado de Pertinax Augusto, y que Cómodo fue estrangulado hace noventa días.
—¡Oh! ¿No bromeas?
—¿Bromear yo con la muerte del ilustre Cómodo, que dudó años enteros si me la daría a mí, que te hablo? Y, luego, invoco para mí la seriedad que tú pedías para tus propias palabras.
—Cierto es, Didio, y te pido perdón. Pero cuéntame, por favor, cómo han pasado los hechos.
El anfitrión, entonces, cada vez más locuaz y congestionado de rostro, contó al forastero el sombrío drama: el terror del Imperio bajo el final del reinado de Cómodo; la conjuración de Marcia y Leto; su asesinato en el baño, y la elección imperial recaída en el noble Pertinax.
El joven oía con profunda atención.
—Ignoro qué será más tarde del Imperio —murmuró al concluir Didio su relato;— pero el anciano Pertinax sostendrá dignamente sus vacilantes columnas.
—Lo mismo creo y espero... —repuso el anfitrión— aunque ya nada me interesa la política.
—No es política, sin embargo. Se trata del cubil y los cachorros de la loba.
—¡Sí! Y con cachorros como Cómodo, corremos el albur de que todos sus otros hermanos sirvamos de destrucción a su dentadura! ¡Gracias, Paulo! Prefiero mi vida tranquila, obscura si quieres, bien que el Senado se digne aún contarme en su seno... Vivo feliz, sin quebrantos.
—¿Nada ambicionas, pues?
—¿Qué quieres que ambicione? A mi edad, toda ilusión es enfermiza, y toda ansia, mortal, como decía Pertinax. Y ya ves: carga la púrpura... Que los dioses me conserven el apetito y buenos amigos para honrar mi mesa, es todo cuanto pido. ¿Qué misión te trae a mí?
—Misión, ninguna. Traigo para ti palabras de Septimio Severo... Ya sabes cuán grande es su agradecimiento.
—¡Ah! ¿El valiente general se acuerda siempre del pequeño favor que le hice? Mucho me alegro, Paulo. ¿No ha perdido aún su acento númida?
—No, ni lo perderá nunca, creo…
—¡Bravo Septimio! Es lo cierto que nuestros mejores generales son compatriotas de Aníbal. ¡Cómo haberlo sospechado antes! Y para ti, Paulo Emilio, que llevas tal nombre!... En fin, más tarde me trasmitirás el mensaje entero.
El banquete proseguía, llegaba a su fin, y entre el canto de los músicos, el ruido de innumerable servidumbre y de las copas rotas sin tregua, resonaban los gritos de los comensales, hartos de viandas y de vino.
Didio continuaba bebiendo, riendo y llorando a un tiempo. Un cuarto de hora después la mitad de los comensales habían rodado de los lechos. Los otros se sostenían aún, congestionados, roncos, levantando un brazo sin motivo, gritando una sola nota ronca como bestias salvajes, y cuando el forastero, que proseguía mirando con el mentón fuertemente cogido entre el índice y el pulgar, se disponía a levantarse, fuertes voces seguidas de un grito resonaron en el atrio, y un instante después, un esclavo, lívido y jadeante, se precipitaba en el triclinio:
—¡El emperador Pertinax acaba de ser asesinado!
III
Como una helada ráfaga hubiera pasado sobre aquellas cabezas caldeadas, los comensales se pusieron instantáneamente de pie. Didio abrió inmensos ojos, mientras que la copa que iba a llevar a los labios, caía quebrándose.
El esclavo se vio en un instante rodeado.
—¡Habla, cuenta, por todos los dioses del Averno! ¿Qué dices? ¡Di que no te has burlado de nosotros, porque ni mil Diógenes con linterna hallarían un pedazo de tu piel!... ¿Qué ha pasado?
El miserable, sacudido por cien brazos, contó entonces lo que sabía.
El drama se había desarrollado con la velocidad del relámpago. A media noche, trescientos pretorianos habían salido del campamento en dirección a Roma.
Furiosos, pidiendo a gritos la cabeza del emperador, corrían a palacio. Pertinax, despertado por el clamor, envió al Pretorio a su suegro Sulpiciano, prefecto de la ciudad, para pedir cuentas de ese escandaloso motín.
Entretanto, los pretorianos habían llegado a palacio, arrastraban a su causa a la guardia imperial, y todos, aullando como lobos hambrientos, se dirigieron a la cámara del emperador. Pertinax, salió a su encuentro, y al ver aquella augusta cabeza encanecida al cuidado de la patria, la soldadesca intimidada se detuvo.
—¿Qué es esto? —preguntó con voz tranquila el anciano emperador.— ¿Desde cuándo los soldados se aproximan con la espada en la mano a su general? A ver tú, Dalmacio, que te hallas colocado al frente de ellos: ¿qué quieres? ¿cómo se atreven a esto?
Los soldados callaban; todos, con la cabeza baja, parecían hallarse sobre ascuas ante aquella gran figura que se alzaba ante ellos, guardando, como un fantasma, la grandeza del Imperio.
—Piden, César, que se les aumente el sueldo —murmuró al fin el oficial.
—¡Ah! ¿Y con las espadas dirigidas a mi pecho? —exclamó Pertinax.— ¿Qué nuevos triunfos ha obtenido la Guardia para exigir esto?
—Ninguno, César; pero piden se les pague solamente como en el reinado de Cómodo.
—El reinado de Cómodo. Si tanto sienten a su antiguo emperador, haberlo meditado antes, y no después de estrangularlo... ¡Oye, Dalmacio! Lo que ganan tus soldados es lo justo, y no añadiré un sestercio más. ¡Por la memoria de César! ¿No es mayor deshonra para el Pretorio venir de este modo a manchar el palacio de su emperador con el tumulto de ahora? Yo creía, Dalmacio, que venías a exigir algún gran acto de justicia contra los enemigos de la patria; pero venir a robar al erario, y hundirse luego en el libertinaje del reinado de Cómodo, eso no lo esperaba. Ve, por fin: esta cabeza y barba blancas que miras en este momento, anidan un solo pensamiento: el de que tú y tus soldados —y con ustedes el Pretorio en masa— han hecho más. Su anciano emperador se lo dice. ¿Es cierto, soldados? —concluyó Pertinax irguiendo su noble y severa frente.
Un murmullo ahogado respondió a estas augustas palabras.
—Sí, Augusto... Hemos hecho mal... ¡Perdónanos!
El oficial, con un relámpago de ira en los ojos, miró a sus soldados, y se puso pálido; todo estaba perdido.
Pero de pronto, un pretoriano de innoble semblante, se adelantó dos pasos, y señalando al emperador:
—¡Compañeros! —gritó— ¡yo soy el único que aquí tiene vergüenza, ya en nombre del Pretorio, humillado por este viejo idiota, tomo a los dioses por testigos de este acto!
E irguiendo el brazo, el miserable lanzó con todas sus fuerzas un venablo que fue a clavarse temblando en el pecho de Pertinax. El emperador, sin una exclamación, cayó de rodillas sobre la alfombra.
Entonces un estremecimiento de cobarde furia sacudió a la soldadesca, y abalanzándose sobre el augusto león asesinado, hundieron en él una y cien veces sus espadas.
Esto es lo que había pasado, y lo que acababa de contar el esclavo, trémulo aún de sorpresa y terror.
De nuevo el frío de la catástrofe corrió por la sala del banquete, y aquellas cabezas, antes desvariadas entre los humos de la orgía, medían ahora fríamente el alcance del nuevo desastre.
¿Quién subiría al trono? ¿Un amigo o un enemigo? ¿Alcanzarían un nuevo honor? ¿Su nombre estaba ya grabado en la tablilla de proscripciones del nuevo César?
Los compañeros de orgía se miraban ahora con desconfianza. Y el fastuoso banquete hubiera acaso concluido en ese mismo momento, si una ronca y prolongada carcajada no hubiera partido del extremo.
Todos se volvieron: Didio Juliano, de pie sobre el triclinio, tendía tambaleando una copa llena a sus huéspedes.
—¡Por la memoria de los doce Césares! —exclamó.— ¿Cómo es posible que sean ustedes suficientemente tontos para permanecer ahí cabizbajos como grullas congregadas por el frío? ¿Quién será el nuevo César? ¿Quién no será? ¡Famosa preocupación! Invoco la memoria del más ingrato de ustedes: ¿Les ha faltado alguna vez la mesa del viejo Didio? ¿Han tenido en vano necesidad de su apoyo en el Senado? ¿O tal vez mis vinos han merecido la afrenta de ser estrellados en la cabeza de un esclavo, por malos? ¡Ah, amigos! Preciso es llegar a la edad en que me veo y haber perdido el sueño buscando el mejor de los cocineros del Imperio, para verme ahora abandonado por mis compañeros... ¡Ingratos!... ¡Pobre viejo Didio!...
Y llorando, desplomóse al fin sobre el triclinio.
Solo uno de los comensales había permanecido ajeno a la tumultuosa escena: Paulo Emilio. Con la barbilla apoyada de nuevo en la mano, sus ojos recorrían otra vez la resplandeciente sala. Y otra vez el vino había comenzado a correr y las voces a elevarse. Primero una carcajada sin eco, porque a espaldas de todos ellos velaba el fantasma del desastre imperial y de la proscripción. Mas el Salerno proseguía crisándose en las copas, y las cabezas, firmes un momento, comenzaban a vibrar de locura.
Las voces saltaban de aquí y de allá, y las carcajadas se sucedían sin cesar.
De pronto llegó al estruendo de la orgía, lejano aún, un clamor. ¿De la calle? Sin duda. Y al recordar que un rumor semejante, media hora antes, había traído del mismo trono ensangrentado la noticia de la augusta tragedia, un estremecimiento no pudo dejar de recorrer la médula de los patricios, por más familiares que fueran para ellos los sombríos clamores de la Roma de la decadencia.
Los comensales se miraron; los gritos crecían en intensidad, y algunas palabras entrecortadas llegaron a oídos de ellos:
—¡Postor!... ¡sestercios!... ¡postor!
Esta vez Didio levantó la cabeza y la copa quedó temblando en su mano.
Otras palabras habían sonado:
—¡Imperio!... ¡púrpura!... ¡mejor postor!
—¿Eh, qué es eso? ¿Qué gritan? —tartamudeó el anfitrión.
Los comensales todos se habían levantado. Profundo silencio reinaba ahora. Pero en la calle el clamor y estrépito de bronces avanzaban, de modo que un instante después se oyó claramente:
—¡Se adjudica el Imperio Romano al mejor postor! ¡Al Pretorio, al Pretorio! ¡El imperio se remata! ¡Sin base! ¡Al Pretorio!
Antes que aquellas palabras hubiesen sido comprendidas en toda su monstruosidad, el palacio de Didio resonó de gritos y violentamente irrumpieron en la sala dos centuriones de la guardia pretoriana.
Los oficiales, sucios de sudor, sangre y tierra, avanzaron hacia Didio.
—¡Salve, Juliano! Venimos a proponerte el Imperio. Tú puedes adquirirlo, porque tu fortuna no tiene medida. ¿Lo quieres?
¡Vender el Imperio! ¡Comprar con sestercios la púrpura de Augusto, de Trajano y de los Antoninos! ¿Cómo, cómo?
Evidentemente había allí un espantoso juego de palabras.
En un segundo los centuriones se vieron rodeados.
—¡Sí, sí! ¡El propio Imperio Romano, patricios! ¡Nosotros lo vendemos en el Pretorio! A ti nos dirigimos, Didio Juliano: ¿quieres pujar? Dentro de una hora empezaremos... Y el mejor postor, ¿eh? Estamos cansados de ser pobres. El que quiere llevarse la diadema, tendrá que pagarla bien, ¡por Júpiter!
Y los oficiales de la guardia que vendía como cosa propia el derecho de reinar sobre el mundo entero, dirigieron una insultante sonrisa a su alrededor.
Pero Didio, deslumbrado y quemado en su pequeña vanidad de milanés rico por la llama de aquella inmensa vanidad de ser emperador de Roma, no podía articular una palabra. Congestionado, lacrimoso, hacía esfuerzos por no temblar.
—Bueno, Didio; ¡te esperamos! —concluyó el centurión.— No creo que te resistas a aceptar el magnífico presente que te ofrecemos por una bicoca... ¡A ustedes lo mismo! —se dirigió a los comensales— ¡quién sabe! acaso resulte más barato de lo que se cree... ¡Y a ti también, joven! —concluyó volviéndose a Paulo, que tenía fijos los ojos en el tratante de coronas— ¡a ti también, aunque más cara tienes de enamorado que de millonario!
El joven clavó aún más fijamente su fría mirada de acero en los ojos del oficial, pero no pestañeó.
El soldado sintió todo lo que decía aquella mirada, y una profunda irritación lo invadió.
—¡Si es que al menos tienes sexo! —prosiguió con el gesto ya tan ultrajante como las palabras.— ¿Eres varón, por ventura, joven Antinoo?
—Antes... antes que tú hubieras puesto los pies aquí, lo era —repuso el patricio con voz tranquila, aunque su rostro se hubiera cubierto de marmórea palidez— ahora no sé... ¡pruébalo! —agregó tendiendo con negligente ademán al hercúleo soldado una mano blanca y delicada.
El centurión, con una risotada de triunfo, se la cogió. Pero apenas lo hubo hecho, su rostro cambió bruscamente de expresión. Se puso rojo, luego lívido y por fin una mueca de horrible sufrimiento le desencajó el semblante.
—¡Suelta! —alcanzó a rugir retorciéndose de dolor. Los huesos de su mano crujían.
—Arrodíllate —repuso Paulo.
El soldado cayó de rodillas.
—¡Sí, sí, todo lo que quieras! ¡pero suelta!
—¡Acércate! Besa los pies de Didio; es un senador. No sé lo que hará después; pero por el momento eres indigno de besar el polvo de su coturno; hazlo, sin embargo.
El centurión se retorcía.
—¡Sí, besaré!... ¡Ya está, ya está! ¡Pero suéltame! ¡Te pido perdón! ¡Perdóname!
Entonces el patricio, con la misma tranquila serenidad levantó al pretoriano.
—¡Pero, miserable! —le dijo con fría sonrisa— ¿crees tú que necesitas mi perdón? ¿Qué harías con él? ¡Te estorbaría, te lo aseguro! ¡Vete!
Y soltó las manos del centurión que, empapado en frío sudor, retrocedió tambaleando tres pasos. De su hombro pendía, muerto, el brazo derecho. Clavando entonces sus ojos inyectados, en Paulo:
—¡Me has humillado, patricio! —articuló lentamente con voz ronca— pero espero que los dioses te pongan otra vez en mi camino. ¡Guarda para entonces la fuerza de tus puños, porque es posible la necesites, patricio!
—Lo espero —repuso éste fríamente. E indicándole con el gesto la puerta:— ¡Ahora vete!
Esta escena había sido sobrado viva y terrible. Durante ella, el otro pretoriano había permanecido mudo.
Pero cuando su compañero cayó retrocediendo hasta él, un relámpago de iracunda venganza cruzó por sus ojos.
—¡Bien, patricio! —dijo a Paulo, adelantándose hasta él.— Harías la gloria de una legión con tus puños... ¿Cómo te llamas?
—Paulo Emilio, ciudadano…
—¡Bello nombre! Quiero brindar contigo por la prosperidad del Imperio.
Y tendió su copa al joven, mientras él cogía otra. Pero en ese instante Paulo llamaba con la cabeza a un esclavo:
—Toma, Afranio —le dijo tranquilamente,— dígnate brindar con el centurión a la salud del Imperio.
Súbitamente, como un rayo, la copa del centurión voló por el aire a estrellarse en la frente del patricio.
—¡Y tú, mujerzuela, brinda con los pedazos de mi copa a la salud de tus iguales, las meretrices! — rugió el centurión sacando velozmente la espada.
Veinte manos iban a caer sobre él, cuando una mirada suya detuvo en seco a los interventores.
¿Qué podían ellos, pobres ciudadanos, contra un oficial del omnipotente Pretorio, de esa sombría guardia imperial bastante fuerte para atreverse a vender el propio imperio en pública subasta? La cabeza del audaz que pusiera la mano sobre él, oficial del Pretorio, no se sostendría veinticuatro horas sobre los hombros. En los ojos del centurión se dejaba ver claramente el insultante desprecio que le inspiraban los convidados de Didio.
Pero Paulo Emilio, de cuya frente caía un hilillo de sangre, avanzaba al encuentro del pretoriano. Su rostro se había cubierto de espantosa palidez. Dio un paso más, otro aún, y estuvo frente a frente del soldado.
—Acabas de hacer —dijo lentamente— lo que ni siquiera deberías haber soñado. Te queda un instante de vida; aprovéchalo para olvidarte de lo que has hecho.
El soldado comprendió. La vida que por suprema altivez no le quitaban, debía entregarla él mismo en la hoja de su propia espada. Hay un momento en la vida en que se siente una voluntad inmensamente superior a la nuestra, que nos conmina a hacer lo que no queremos, aún a entregar la propia existencia cuyo derecho perdimos en una ofensa. Y cuando tras la voluntad del forastero, se siente la indómita altivez del patriciado de Roma, un pretoriano que acaba de ultrajar a muerte a un patricio cuyo abuelo se llamó Paulo Emilio, comprende que no le queda más remedio que morir.
Luego el centurión era romano, y como tal, amigo de los golpes teatrales. El bello gesto de un bello morir era siempre un posible norte para un pretoriano, sobre cuya abyección palaciega primaba la ruda nobleza del ex legionario.
Una postrer mirada a su derredor concluyó de decidirlo. Miró a Paulo Emilio con altiva fijeza, y alzando el nervudo brazo, se hundió la espada en el pecho.
Cayó. Una ola de sangre surgió, corrió por la alfombra hasta los pies del patricio. Este recogió la toga con cuidado, y se apartó; el río de sangre avanzó hasta el triclinio en que Didio Juliano se había dejado caer.
Por fin, aquella pesadilla, aquella fulminante escena concluía.
—¿Sabes lo que has hecho? —preguntó Cneo Cayo a Paulo.— Tu cabeza no vale de hoy en adelante un solo sestercio.
Paulo se sonrió sin responder.
—¡Es que tus horas están contadas! —insistió el amigo.— Plauto gozaba del favor de Leto, y ya sabes qué mínimo tiempo media entre la ofensa y la venganza, en el prefecto del Pretorio. ¿Qué piensas hacer?
—¿Yo? Nada. Además... Roma debe de tener un dueño a estas horas.
IV
La realidad, un instante olvidada, se presentó de nuevo con su tremenda sorpresa. Cierto es; desde Nerón en adelante, la famosa guardia había hecho y deshecho muchos emperadores. Pero el acto presente sobrepasaba la medida: ¡el Imperio Romano vendido, como una baratija despreciable, al mejor postor en pública subasta!
Para que la realidad se afirmase más, sonó en la calle y pasó retemblando frente al palacio de Didio, el estrépito de trompetas con que los pretorianos voceaban el remate:
—¡Al mejor postor! ¡Dentro de media hora en el Pretorio! ¡Se remata el Imperio! ¡A comprar, a comprar el Imperio, barato! ¡Se adjudica al mejor postor!
Como un rabo quemante de simoún que trae con su fiebre ecuatorial ardientes mirajes de mil y una noches, Didio sintió que un soplo de abrasadora ambición le encendía el alma. Púsose de pie sobre el triclinio, y levantando la copa:
—¡Brindo —exclamó— por los destinos del Imperio que yo regiré en adelante! ¡Compro el Imperio! ¡Yo compro el Imperio Romano! ¡Todo lo que me pidan!
Los ojos todos estaban vueltos a él. Didio, trémulo de entusiasmo, destellaba gloria.
—¡Yo daré cuanto sea necesario! ¡Veinte, cuarenta, cincuenta millones! ¡Cien millones, doscientos millones de sestercios! ¡Nadie pujará más! ¡Yo seré emperador, y el Imperio será mío, ah!
En los convidados surgió nítida la razón de cuanto decía Didio: ¿Quién, qué fortuna se atrevería a luchar con la suya a golpes de millones de sestercios? Y comprendiendo cuánto privarían en el próximo emperador sus compañeros de orgía, aquellos súbitos cortesanos clamaron al unísono levantando los brazos desnudos:
—¡Gloria, gloria a nuestro futuro emperador!
—¡Sí, Didio; el imperio es tuyo!
—¡Ave, César!
Los cortesanos, los mayordomos, los esclavos, todos aclamaban la gloriosa empresa. El vino desbordaba en las copas del último brindis, cuando alta y pálida figura femenina, levantando la pesada cortina de terciopelo, se presentó ante los comensales.
Una exclamación de sorpresa recorrió la sala, seguida de una atronadora ovación.
—¡Salve, Escantila emperatriz!
—¡Gloria a nuestra Augusta!
Era Manlia Escantila, mujer de Didio, joven aún y cuya hermosura gozaba de vasto renombre. Los mismos ojos negros ardían ahora de fiebre; y sobre el pálido fondo de su semblante, aquellos ojos devorados ya por la ambición más gigantesca, eran como dos sombríos astros que iban a iluminar fúnebremente la noche que caía sobre el glorioso Imperio.
Por inmensa que fuera su sed de triunfo, nunca había podido impulsar a su marido a las sordas intrigas de las legiones y el Pretorio. ¿Qué obtener de aquel imbécil millonario cuya única ambición era vivir sin inquietudes ofreciendo opulentos banquetes?
Y he aquí que la imprevista fortuna le entregaba —jamás soñado por imposible— el manto de emperatriz romana!
Ante la mirada de todos, avanzó hacia Didio, y doblando lentamente la rodilla, depositó un respetuoso beso en la mano de su marido:
—¡Ave, imperator! —dijo.
Didio Juliano sintió así que su suerte estaba echada, y en pos de depositar a su vez un beso en la frente de la emperatriz futura, exclamó con una voz ronca de borrachería:
—¡Al Pretorio! ¡Corramos! ¡El imperio es mío!
Solo Paulo Emilio quedó.
V
Corrían por las sombrías calles, entre atronadores gritos, senadores, caballeros, plebeyos, esclavos. Un reducido número, entre ellos Didio, iban en litera; los demás, tropezando, trabándose en las togas desprendidas, cayendo, saltando arroyos, sucios, sudorosos, manchados de vino y barro, corrían frenéticos hacia el Pretorio.
De vez en cuando se cruzaban con una cohorte de pretorianos que voceaban la subasta al son de trompetas.
—¿A dónde van? —gritaban los soldados.
—¡Al Pretorio! ¡Al remate! ¡Paso, paso! —gritaban los otros sin detenerse.
—¡Bien, nos conviene! —exclamaban los soldados.— ¡Cuantas más ofertas, mejor! ¡Pero, corran, que se van a cerrar las puertas!
Muchos ciudadanos, despertados por el estruendo de los bronces y la algarabía, corrían también al campamento.
—¡Paso, paso! —aullaba la comitiva de Didio, prosiguiendo su carrera frenética.
Llegaron así ante la muralla del Pretorio. Las puertas estaban celosamente guardadas, y cuando la aullante comitiva pretendió forzar la entrada, fueron brutalmente detenidos.
—¡No se pasa!
—¡Venimos al remate! ¡Queremos comprar el imperio! ¡Didio Juliano lo compra!
—¡Veamos! —exclamó un decurión.— ¿Dónde está el fijador?
—¡Soy yo! —clamó Didio, avanzando dificultosamente.— ¡No me puedes impedir la entrada! ¡Yo quiero fijar!
—¡No puedes entrar! ¡Ya ha empezado el remate!
—¡Es que yo lo compro! ¡Yo lo quiero comprar! — aulló Didio desesperado, llorando casi. —¡Déjame entrar!
—¡No se puede! —repuso el decurión deteniéndolo rudamente por el pecho.
El pretoriano pareció meditar un instante, y dulcificando un poco la voz:
—Si quieres —le dijo— y es lo único que puedo permitirte, es que subas a la muralla. Desde allí podrás hacer ofertas.
—¡A la muralla! ¡Escalas! ¡escalas! —rugieron todos, lanzándose al asalto.
—¡No; tú solo! ¿Vas a fijar tú mismo? —intervino el decurión, mirando con desconfianza a aquel barril humano, de cara congestionada por el alcohol y la ambición.
—¡Yo! ¡Sí, voy a fijar! —replicó Didio, abriendo inmensos ojos.— ¡Pero fijaré hasta una cifra que no conoces! ¿Quién crees que soy, imbécil? ¡Aparta, que el tiempo urge!
Y trepando con grotescos esfuerzos por la escalera, subió a la muralla. Una vez allí, se volvió al decurión que, allá abajo, se burlaba de la ridícula postura de Didio.
—¡Eh, decurión!
—¿Qué quieres?
—¿Sabes que si compro el imperio me acordaré de ti?
El pretoriano pareció caer entonces en la cuenta de que había tratado muy rudamente a un posible emperador. Su rostro se contrajo entonces.
—¡Perdóname, Augusto! —se dirigió gravemente a Didio.— Perdona a un soldado que cumple con la consigna.
Una alcohólica carcajada llegó de allá arriba. La muchedumbre batió palmas. Pero el pretoriano no pestañeó.
—¡Perdóname, César! — repitió.
—¡Bueno! Me contentaré con hacerte dar treinta azotes — dejó caer Didio.
VI
Las murallas del campamento, enrojecidas por el flamear de las teas, ofrecían un fantástico aspecto. En su inmensa aridez de piedra rasa, se destacaba allí arriba, como un risible cuerpo de mono, la figura de Didio Juliano. Dentro, los pretorianos con hachas encendidas, corrían de un lado a otro llevando órdenes, y pronto, desde el sitio que Didio ocupaba hasta la tienda del prefecto, fue una loca carrera de teas que iban y venían.
En efecto, a la puerta de la tienda del prefecto, el jefe de la guardia, trepado sobre una mesa, remataba el imperio, aceptando fijas y voceándolas:
—¡Mil sestercios! ¡mil sestercios por Sulpiciano! ¿Quién ofrece más?
Horas antes, el ex emperador Pertinax había enviado al Pretorio a su yerno, Flavio Sulpiciano, que era a la vez su jefe de policía. El prefecto del Pretorio, con sordas amenazas y súbitos halagos, entretuvo a Sulpiciano hasta hora avanzada. De modo que cuando a las dos de la mañana una ensordecedora gritería echó a ambos de la tienda, el jefe de policía urbana pudo ver, clavada en una pica, la cabeza de su suegro.
En un instante los doce mil pretorianos, acuartelados desde la mañana anterior, acudieron con grandes gritos de triunfo, y desde ese momento comenzó la formidable cosa: Alrededor de la tienda, en vasto hemiciclo, la soldadesca vitoreaba cada fija que el prefecto, de pie sobre la mesa, voceaba con potente voz.
—¡Mil quinientos sestercios por cabeza! ¿Quién da más? ¿Tú? ¿Cuánto? ¿Dos mil? ¡Dos mil sestercios!... ¡Tres mil por Sulpiciano!... ¿Cuatro mil! ¡Seis mil!... ¿No? ¿Siete? No... ¡Diez mil por Sulpiciano!
—Gloria a Sulpiciano —rugió la soldadesca, aplaudiendo.
¿Quién era el personaje que jugaba contra Sulpiciano, y bastante rico para haber llegado a cuatro mil sestercios por cabeza?
Este solo detalle debía haber legado su nombre a la historia; pero ese nombre se perdió.
Entretanto Flavio Sulpiciano descontaba ya el triunfo para sí. En vez de indignarse por la innoble revuelta pretoriana que paseaba triunfal en una pica la cabeza blanca de un emperador, el yerno había hallado mucho más cómodo aprovechar la ocasión para obtener el imperio. Su fortuna era inmensa; y en cuanto al hecho de comprar con oro un trono que su suegro acababa de perder por exceso de temple de alma, eso era una nimiedad para el ambicioso prefecto.
A la luz de las teas, entre los alaridos de la soldadesca ebria de vino y audacia, el remate proseguía.
—¡Diez mil sestercios por Flavio Sulpiciano! ¡Diez mil! ¿Nadie da más?
De repente se vieron, azotando las negras tinieblas, hachas encendidas que corrían desesperadamente desde la muralla a la tienda.
—¡Alto, Seto! —gritaron voces roncas.— ¡Otro postor! ¡Didio Juliano quiere fijar! ¡Detente!
Un huracanado clamor en que los gritos de triunfo y los vítores se confundían, azotó a los pretorianos al oír la fausta nueva. En efecto, un fijador más suponía un mayor precio a obtener en el remate, y de aquí más riqueza para cada soldado.
—¡Salve, Didio Juliano! ¡Qué entre, qué entre! ¡No queremos por emperador al viejo chacal Sulpiciano! ¡Tenemos bastante con el suegro! — vociferaba la soldadesca, que ultrajaba ya a Flavio ante la promesa de un fijador más rico.
—¡Déjale entrar, Seto! ¡Tiene derecho! ¡Tenemos derecho a pedirlo!
—¡No puede! —replicó Seto.— ¡La orden es terminante para todos! ¡Pero... que fije desde allá!
Inmediatamente a los pretorianos que habían traído la noticia desde la muralla, se unieron nuevos soldados, y entonces fue un tropel de hombres devorados por la codicia los que corrían hacia Didio, que echado de bruces sobre la muralla, se enronquecía gritando:
—¡Yo quiero fijar! ¡Quiero el imperio!
—¡Bien! —le gritaron desde abajo, levantando a él las hachas ardientes.— Sulpiciano ofrece diez mil sestercios por cabeza. ¿Cuánto das tú?
—¡Quince mil! ¡Yo doy quince mil! ¡Quiero el imperio!
—¡Espera un momento!
La turba se precipitó de nuevo hacia la tienda.
—¡Quince mil por Didio! —gritó al instante el rematador.
Un rugido de la guardia entera acogió la nueva fija.
—¡Quince mil por Didio! ¿Quién ofrece más? ¿Sí?... ¿Tú, Sulpiciano? ¿Cuánto?... ¿Dieciséis mil? Bien: ¡Dieciséis mil por Sulpiciano! ¡Dieciséis mil sestercios!
El tropel se lanzó de nuevo a la muralla.
—¡Sulpiciano da dieciséis mil! ¿Cuánto Ofreces tú?
—¡Veinte mil! ¡Veinte mil sestercios doy yo a cada soldado! —rugió Didio con voz tan ronca que apenas se le oyó.
Otra vez el tumulto de teas encendidas se lanzó hacia la tienda.
—¡Veinte mil por Didio! ¡Gloria a Didio Juliano!
La fija, y ya a la altura a que habían llegado las ofertas, había sido de cuatro mil sestercios, es decir, un aumento de cuarenta y ocho millones de igual moneda sobre la oferta de Sulpiciano.
—¡Veinte mil por Didio! —vociferaba el rematador.
Flavio Sulpiciano sintió que el imperio se le escapaba. Lívido, cubierto de frío sudor, veía hundirse su sangrienta ambición ante el abrumador empuje de Juliano. Todas las miradas fijas en él, devorándolo, pedían una nueva fija, a trueque de despedazarlo como a un lobo hambriento que prometió a la banda un rebaño quimérico.
Hizo un esfuerzo heroico, y lanzando a la nueva fija toda su fortuna, exclamó en un estertor apenas inteligible:
—¡Veintiún mil!
Un nuevo huracán de aullidos acogió la oferta del lobo moribundo, y las teas enloquecidas se precipitaron a la muralla.
—¡Veintiún mil por Sulpiciano! ¿Cuánto das tú?
Pero Didio, agotada la voz por la fatiga y la inmensa agitación de su alma, no podía ya articular un sonido: los pretorianos, alzando los hachones cuanto les fue posible, distinguieron allá arriba al desgraciado mercader de imperios, el rostro carmesí de congestión, agitando piernas y brazos.
—¿Cuánto?... ¿Qué? ¿qué quieres decir?
Didio tendía desesperadamente las manos abiertas.
—¡Ah! ¿Cuánto? A ver: ¿veintidós mil? No, ¿Veinticinco mil?
—¡Sí, sí! — afirmaba Didio con la cabeza.
El tropel voló, delirante.
—¡Veinticinco mil por Didio Juliano!
Un inmenso clamor se elevó, con una sola voz, del Pretorio entero. Sulpiciano, lívido y empapado en sudor, se dejó caer inerte sobre los brazos de la litera, en tanto que los pretorianos aullaban aún.
—¡Fuera el viejo chacal de Sulpiciano! ¡Estamos cansados de que nos robe! ¡Salve, salve Didio Juliano!
El chacal cerró los ojos. ¡Se iba su imperio! ¡Perdía por cincuenta miserables sestercios la gloria única de colgar de sus hombros el manto de Augusto y de alzar en sus manos el cetro del vasto, potente e inmortal imperio romano! Toda su fortuna no hubiera alcanzado a esa enorme cifra, y con ésta rodaban sus sueños de ambición en espantoso derrumbe.
El prefecto, abriendo por última vez los brazos, gritó aún:
—¡Veinticinco mil por cabeza! ¡Se entrega el imperio! ¿No das más, Sulpiciano? ¿No?... ¡Se entrega, se... entrega!... ¡Se acabó!... ¡Ave Didio Juliano, emperador!
Se vio en seguida a los pretorianos, que hasta entonces se mantuvieron alejados en vasto hemiciclo, romper desordenadamente las filas, y correr en busca de Didio. Las hachas, agitadas locamente de un lado a otro, humeando por la velocidad de la carrera, iluminaban fantásticamente la furiosa disparada.
Llegaron a la muralla, y en un instante Didio Juliano fue descendido, cargado en hombros y llevado en triunfo hasta la tienda del prefecto. Sobre la mesa misma del remate, el milanés fue aclamado emperador, mientras el Pretorio en masa se prosternaba ante el hombre que por unas cuantas noches de orgía acababa de comprarles el imperio.
Y aquella admirable operación comercial no fue barata, sin embargo. Cada pretoriano vendió su voto por veinticinco mil sestercios, y estando la Guardia compuesta de doce mil hombres, el total ascendía a trescientos millones de sestercios, lo que equivale a quince millones de pesos moneda nacional.
Saciados, en fin, orgullosos del desprendimiento de Didio, envalentonados en su omnímodo poder con que el Senado no había casi nunca podido luchar, los pretorianos, rodeando las sienes de Didio con la corona de laurel, arrastraron a su emperador en marcha triunfal a Roma, a fin de que el Senado ratificara el negocio que acababa de hacerse.
Aún en aquella época de decadencia, el Senado congregaba todavía a cuanto de altivo y venerable quedaba en el viejo imperio de la antigua república. Estaba en sesión plena a esas altas horas de la noche, pues la muerte de Pertinax y el anuncio del remate habían sido una sola noticia.
Hacia aquella asamblea, que fuera de reyes para el ministro epirota, se dirigía la soldadesca arrastrando a un gordinflón borracho de vanidad para que el Senado lo proclamara César.
Cuesta a veces creer que ciertas cosas puedan efectuarse en el plazo de breves minutos, por ser tan monstruoso el hecho, y evocar tal tumulto de encontradas impresiones.
Diez minutos después de lo anterior, el Senado Romano, congregado en asamblea, proclamaba y elegía emperador de Roma a Marco Ovidio Cómodo Severo Juliano.
Sesenta y seis días después, hora por hora, el mismo Senado debía decretar su muerte.
VII
Entretanto, en el fastuoso triclinio que momentos antes tronaba con los excesos del banquete, la luz se había casi apagado. En el lúgubre silencio, dos personas velaban: Escantila y Paulo Emilio.
La primera, de pie, pálida, los ojos ardiendo de fiebre, paseaba de un lado a otro su blanca figura. El patricio, echado sobre un codo en el lecho, seguía con los ojos los movimientos de Escantila.
Mayordomos, parásitos, guardias, esclavos, esclavas, todos habían corrido con Didio, impulsados por aquel huracán de ambición que se había desencadenado sobre la mansión hasta entonces tranquila.
Una hora había pasado. En el alma de Escantila renacían, morían y revivían todos sus sueños de gloria, y que ahora fulguraban con llama abrasadora.
—¿Crees tú que habrá muchos interesados? —se detuvo un instante ante Paulo Emilio, con el rostro devorado de inquietud.
—Interesados, seguramente —respondió el joven.— Pero capaces de comprar el imperio, eso no…
Escantila suspiró hondamente y tornó a recorrer la sala. De vez en cuando murmuraba: emperatriz... emperatriz…
—Sí, dices bien —exclamó fríamente el patricio, que la oía.— Serás emperatriz; nada más seguro.
Ella, encendida de pasión dominadora, quedó inmóvil ante él.
—¿Por qué lo dices así? ¿No te gusta?
—¿Que seas emperatriz?... Muchísimo.
—¿Lo dices por mí?
—Cierto es.
—¿Y por el imperio? ¿Te agrada también por él que sea emperatriz?
Paulo Emilio no respondió. Escantila lo consideró entonces hondamente.
—¿Sabes que me gustas? —le dijo.
—Te agradezco.
—Me gustas sobre todo porque me hablas así.
El joven se sonrió.
—¿Te parezco vieja?
—No; eres hermosa.
Escantila, lentamente, se dejó caer sentada al lado del joven, y le acarició la frente.
—¿Y si fuera emperatriz?
—¿Qué?
—¿Te gustaría más?
Paulo Emilio, sonriendo, apartó suavemente la mano de su cara.
—Óyeme, Escantila: Ahora estás demasiado preocupada para pensar seriamente en mí. Cuando seas emperatriz, seré demasiado insignificante para tu trono. ¿Amigos, quieres? Acaso te pueda ser útil.
Escantila, después de mirarlo fijamente, se inclinó sobre él y depositó en sus labios un largo beso.
—Me gustas, vuelvo a repetirlo. No me olvidaré, está seguro…
De pronto un clamor lejano vibró en los cristales, y Escantila se irguió súbitamente. Ambos quedaron en ansioso silencio.
Aquello indicaba que ya el imperio tenía dueño.
Otro clamor llegó, más fuerte esta vez, en el cual se oía distintamente: ¡Ave!... ¡ave!...
Sí, ¡salve! ¿Pero quién? A la cuarta aclamación Escantila se llevó vivamente las dos manos al seno, mientras intensa palidez cubría su semblante; sus ojos brillaban de insensata alegría. El patricio se puso de pie.
Hasta ellos, claramente, había llegado en el viento con el ronco aullido de la Guardia Pretoriana:
—¡Ave Didio Juliano, emperador!
Alzando los brazos por encima de su cabeza, Escantila corrió de un lado a otro como loca.
—¡Emperatriz! ¡Soy emperatriz! ¡Ah, gloria! ¡Por fin llegas! ¡Corre, salta, Paulo Emilio! Pero, ¡insensato! ¿no ves que tengo el imperio en mis manos? ¿Sabes lo que es tener el imperio en la mano? Es esto, ¿ves? —agregó, cogiendo una copa y oprimiéndola convulsivamente:— Es tener esto y hacer todo lo que quiera, todo lo que desee, mío, todo mío, ¡ah!
La copa acababa de quebrarse entre sus manos, y un hilo de sangre corría por su blanca piel. Paulo Emilio corrió a ella. Pero Escantila, conteniéndolo con una altiva mirada:
—¡Apártate, miserable! ¿Crees que una emperatriz no es capaz de resistir esto? ¡Mucho, mucho más! ¡Todas las heridas! ¡ah, ah!
Y la augusta, presa del mal que mordía sin piedad a las romanas de la decadencia, cayó sobre el triclinio riendo a carcajadas en una crisis de histerismo.
Paulo Emilio se aproximó a Escantila, y se detuvo, considerándola con piedad.
—Emperatriz de trono comprado, emperatriz de trono vendido... Esta cabeza no permanecerá tres meses sobre los hombros.
El patricio se equivocaba; solo permanecería sesenta y seis días.
* * * * * * *
Media hora después el tumulto de soldados, guardias, lictores y senadores, llegaba aclamando a la emperatriz, y ésta era conducida en la litera del trono al palacio de los césares, donde Didio Juliano, avergonzado de la modesta cena que el emperador Pertinax tenía dispuesta, hacía arrojar el servicio a los perros, y concluía la noche en una segunda orgía.
VIII
Cuando doscientos cincuenta años antes, Jugurta, rey de Numidia, abandonó Roma a la que había venido a levantar cargos, se detuvo en una colina próxima, y volviéndose a Roma, exclamó:
—¡Cuidado, venal, no te falta sino un comprador!
El imperio estaba comprado, el emperador electo, y el Senado había aprobado la elección. Pero en la clase patricia, en el pueblo, en la muchedumbre que a la mañana siguiente se arremolinaba en los alrededores del Foro, aquella abominable subasta levantaba un eco de indignación. Cuanto de heroico guardaba la historia del grandioso imperio, surgía en aquel momento en todos los corazones, en todas las bocas, para contrarrestar el baldón que el vil tráfico estampaba en el sagrado libro de la patria.
Muchas veces, nadie lo ignoraba, el Pretorio o las legiones habían hecho presión en el Senado; pero aquello, aún sombrío, no enfangaba la púrpura imperial. Mas ahora era el negocio vil, claro y cínico; no trepaba al trono un general de fortuna o un obscuro sobrino de césares, sino el traficante de más fortuna, fuera cual fuera su capacidad cerebral o la escasez de su vergüenza. La diadema, cuya simple insinuación costara la vida a un Julio César, se ofrecía ahora en subasta pública como vil baratija, al mercader que diera más sestercios por ella.
El clamor de angustia e indignación que se alzó de Roma entera ante aquella vergüenza única, pasó como un inofensivo rumor por el palacio de los césares, y se desvaneció en el helado recinto del Senado.
Pero la ardiente protesta, llevada en el aire vibrante y cómplice de la patria, cruzó el Tíber, atravesó la península, y abriéndose en ondas por el inmenso Imperio, halló por fin eco en las legiones de Alpino. El mismo clamor llegó al campamento de Niger, mientras el tercer hálito de indignación sacudía, como a un solo hombre, a las legiones de Septimio Severo.
Los soldados, con la idolatría particular de legionarios por su jefe, eligieron emperador a su propio general; de modo que en un momento dado el Imperio contó con cuatro césares: Didio Juliano en Roma, Alpino en Bretaña, Pescenio Niger en Iliria, y Septimio en Panonia.
Este último, más impetuoso que sus colegas, tomó la iniciativa sin titubear un instante, y mientras enviaba emisarios a Niger y Alpino, se lanzó a marchas forzadas sobre Roma.
Didio, entretanto, había pasado el primer mes de reinado en pleno delirio de vanidad. Organizaba a diario paseos triunfales dentro del recinto de Roma; las fiestas en el circo sobrepasaban en fausto los memorables días de Tito cuando regresó a Roma, y despachaba día a día infinitas órdenes y contraórdenes a los gobernadores, por sencilla ostentación de poder.
Pero el alma romana, sorda a los halagos del interés millonario, se cerraba en sombría desolación. Temblaba en los rostros, en los hogares, en las mismas piedras de la calle, la constante indignación por aquel recuerdo. Que Tiberio, sobrino de Augusto, ensangrentara el Imperio, bien; que Cómodo, hijo del gran Marco Aurelio, bajara a la arena como un gladiador, pase; pero sentirse gobernados por un cocinero que había corrido borracho y levantándose el vestido a comprar en monedas ese derecho, ¡ah, eso no!
Didio lo comprendía, y de aquí su embriaguez de mando por quemar su vanidad senil en la llama de un poder que no lo sentía suyo. La emperatriz, por su parte, envolvía en un monstruoso lujo los restos de una gran hermosura, y siendo su sed de triunfo mucho más ardiente que la de Didio, los excesos de su vanidad eran también mayores.
En medio de la profunda adulación que latía a cada instante en los homenajes a su manto imperial, había una sola gota amarga: Paulo Emilio. En vano Escantila había puesto de su parte cuanto era posible para rendir al patricio; en balde su brazo mórbido volvió a acariciar la frente tostada de Paulo, e inútilmente irguió ante él su triunfo de belleza romana e imperial.
—¿Pero qué sería de Augusta, una vez que me hubieras hecho el honor inmerecido de aceptar mi amor?
—¡Cómo! ¿Qué temes? —respondió la emperatriz.
—¡Oh, nada, Augusta! Sentiría solo pasar demasiado rápidamente a una vida para la que no estoy aún preparado.
—¡Ah, crees eso! ¿Y por qué lo haría? ¿Por Didio? ¿por el Imperio... Tú sabes bien que no. Y si... —moduló lentamente la emperatriz fijando en él sus inmensos ojos.
—La vida de Didio, el manto de púrpura —completó el joven con una sonrisa— no gracias, es mucho para mí.
Paulo Emilio —como buen romano— no ignoraba dos cosas: que las emperatrices acostumbraban deshacerse al día siguiente de sus amantes de una noche de antojo; y que el manto de los césares comprado sobre un lecho tenía un color púrpura que se confundía muy fácilmente con el de la propia sangre. Sobre todo, Escantila no le gustaba. Era ésta en definitiva la razón por la cual resistía a los halagos de la emperatriz.
Luego la protección de Didio habíalo salvado de la venganza del Pretorio a raíz del trágico incidente en el festín. Y si esto no influía en su proceder con Escantila, atábalo a Juliano, sin embargo, con los lazos del más elemental agradecimiento. Y cuando el patricio lograba en esto ajustar el tumulto de su alma ante aquella nefasta página del Imperio, otro recuerdo subía desde lejos: la hora en que Septimio Severo, acusado de adulterio, debió la absolución a los buenos oficios de su juez, Didio Juliano.
Mas en Roma, a ciertas alturas de la política, la patria conmueve el alma. De este modo Septimio, lanzándose sobre Roma, era para el emperador actual un bandido con legiones y para el otro, Didio Juliano, era apenas y sobre todo, un ratero de imperios.
Al saberse en Roma que Septimio Severo corría a salvar la honra del trono, el alma popular se desató en loco entusiasmo. Innumerables hogueras surgieron en todas partes y aunque en seguida Didio hizo apagar con sangre el fuego encendido de la libertad, el entusiasmo no disminuyó.
El improvisado emperador no sabía qué hacer. Jamás había soñado con la amenaza de tres ejércitos que se precipitaban sobre él; él que por trescientos millones, creía haber comprado con el imperio el derecho de ser emperador. Loco de ansiedad, devorado por el miedo a Septimio Severo, cuyo temple de alma conocía bien, creyó un instante poder contar con el Pretorio pues, en efecto, la guardia aterrada, había fortificado su campamento. Didio organizó en guerra la policía urbana, ideó planes de defensa, levantó murallas, las demolió, perdió admirablemente el tiempo.
El pueblo, sombrío, contaba, minuto por minuto, la distancia que separaba aún a Septimio de Roma. A él se confiaba la redención de la patria, envilecida por el Pretorio. Y de este modo el nombre del general tripolitano, de un compatriota de Aníbal que hablaba con fuerte acento númida, llegó a grabarse en el corazón romano al lado del de Fabio Máximo y de Escipión.
Los días pasaban, y las legiones de Septimio caían ya sobre Roma. Didio, perdida toda fe en sí mismo y en cuantos le rodeaban, decidió entonces librarse a toda costa de las legiones.
Una noche hizo llamar a Paulo Emilio.
—Necesito de ti, Paulo Emilio —le dijo.— Sabes cuánto es mi aprecio por tu familia y tus dotes personales. Alguna prueba te he dado de ello —concluyó con la voz insinuante.
—Sí, no olvidaré que te debo la vida —repuso fríamente Paulo inclinándose.
—¡Por Júpiter! Quieres referirte a aquel gracioso incidente con los centuriones. Apenas me acordaba ya de ello. Lo cierto es que Leto estaba muy ofendido por el modo cómo los trataste... ¡Pero óyeme! —añadió bajando la voz:— ¿Lo que espero de ti tiene mucho más valor que todo esto. ¿Quieres llevar palabras mías a Septimio Severo?
Paulo Emilio consideró un instante a aquel aterrorizado emperador de comedia.
—Sí, César —repuso.
A la una de esa noche Paulo Emilio traspasó las murallas de Roma, y partió al galope. Dos días después era alcanzado por un emisario de Didio, que traspasado de fatiga, alcanzó a tender a Paulo un pergamino, y cayó desmayado. El joven leyó:
«Si en algo aprecias tu vida, no llegues hasta Septimio. Tu amistad hacia mí te ha perdido en él. ¡Desconfía!»
Paulo Emilio meditó un momento, y encogiéndose de hombros, reanudó su galope.
A la quinta noche llegaba al campamento de Septimio.
—¡Paulo Emilio! —exclamó éste levantándose en su tienda. ¡Qué placer me das con tu presencia! ¿Qué te trae aquí?
—Este mensaje de Didio Juliano —respondió el joven extendiendo la mano.
El general observó desconfiadamente el pergamino.
—¿No tiene algún veneno, supongo? —exclamó.
—¡Todavía no! —se sonrió francamente el emisario.— Pero lee.
Septimio así lo hizo, y entregándole el mensaje con extraña mirada:
—Lee a tu vez —le dijo.
Decía así:
«A Septimio Severo, en su campamento, desde el Capitolio, ¡Salud! El dador de la presente, a quien crees conocer, ha jurado librar a la patria de toda opresión civil o militar; ni negocios con el Pretorio, ni tiranos como tú. Al buen entendedor...»
Cuando Paulo Emilio concluyó de leer, entregó al general el mensaje que recibiera de Didio en el camino.
Ambos sonrieron, mirándose.
—Está bien claro —dijo Septimio.— Con esta doble intriga, o tú me asesinas, o yo me deshago de ti. El viejo ladrón ha ideado bien su golpe. Solo que se ha equivocado grandemente contigo, y también conmigo. Esto da prueba de su capacidad política. Y tú, ¿piensas volver a Roma? ¿Quieres quedarte conmigo? ¡Dentro de doce días estaremos allá!
—No; me vuelvo en seguida. ¡Puedo hacer más falta en Roma que aquí!...
—Cierto es, ¡Salud, Paulo! ¡Ah!... Dile a Didio que no me envíe más mensajeros; ¡ya supondrás por qué!
El patricio regresó a Roma, dispuesto a reprochar fríamente a Didio su acción; pero éste, cada vez más enloquecido de temor, ni lo oyó casi, prestando en cambio atento oído al menor ruido de afuera que lo hacía temblar.
Hizo sacrificar cuarenta criaturas para obtener de sus entrañas palpitantes aún, un buen augurio; pero los augures, insolentes ante el astro que declinaba vertiginosamente, profetizaron que «quien no sabía defender a Roma, no merecía ser emperador».
Envió cuatro emisarios a Septimio, ofreciéndole la mitad del Imperio, pero que llevaban la idea oculta de apuñalarlo. El tripolitano, muchísimo más político que Didio, no quiso recibir a ninguno, y los hizo decapitar.
Entretanto, el Pretorio, aterrado, esperaba la más pequeña promesa de perdón para decidirse por Septimio. El Senado, con un voto de altivez, prefirió morir de pie, mudo. Así el rematador del trono y el juez que había aprobado la subasta, se unían en la misma miserable cobardía ante las legiones vengadoras de Septimio.
Por fin una noche se supo que las legiones habían acampado a tres jornadas de Roma. El pueblo, enloquecido de júbilo y vergüenza reconquistada, se lanzó a la calle. El Senado, congregado en un instante, recibía un mensaje de Septimio en que perdonaba a los senadores que sancionaron el vil tráfico del Pretorio.
No buscaba más. En un segundo el Senado, a la par que la glorificación del asesinado Pertinax, decretó la muerte de Didio.
Los sicarios corrieron al palacio, e irrumpieron lentamente dentro de la propia cámara del emperador. Didio dormía, y al ver aquella inequívoca manifestación, cayó de rodillas sollozando:
—¿Qué mal he hecho yo? —gemía ¿A quién he hecho daño?
Pero antes que hubiera podido hacer un movimiento, cayó acribillado a puñaladas.
Entretanto Paulo Emilio corría a la cámara de la emperatriz.
—¡Huye, Augusta! —le dijo precipitadamente, empujándola afuera.
Escantila, lívida, el pelo suelto y a medio vestir, se lanzó por el corredor, pero retrocedió con un grito: los sicarios, ebrios ya de sangre, corrían aullando a la cámara de la emperatriz.
Escantila, delirante de terror, se arrojó en brazos del patricio:
—¡Paulo, sálvame! ¡Acuérdate de que te he amado!
Paulo Emilio se puso pálido, y desprendió de su pecho a aquella mujer que pedía a un grito de amor la salvación de su gloria derrumbada.
—Ha llegado nuestra hora, Augusta —le dijo lentamente. ¡Perdóname!— y depositó un beso en su mano helada.
Cuando los sicarios llegaron, el patricio estaba de pie en la puerta.
—¡La emperatriz! —mugieron.— ¡Queremos la cabeza de la Augusta!
—No se pasa —repuso tranquilo Paulo Emilio.
—¡Paso! —aullaron los sicarios, lanzándose adelante.
—¡No! —respondió Paulo. Y el primero que llegó al alcance de su mano, cayó con el rostro cárdeno.
Entonces retrocedieron dos pasos, y el venablo tembló un instante en sus manos. Paulo Emilio pisó firmemente para asegurar el equilibrio, y recogiendo un pliegue de la toga, miró sereno a los sicarios.
Fue su última mirada. Los venablos partieron, se hundieron en el pecho patricio, y mientras Paulo Emilio se desplomaba con los ojos cerrados, los sicarios, con un definitivo y triunfal aullido, saltaban sobre su cuerpo.
Una Cacería Humana En África
Estamos en África, en plena África ecuatorial. La selva virgen, profunda, negra, inextricable, reina en el paisaje. Como una inmensa cinta de plata, el río Congo corre hacia el océano, arrastrando en su corriente enormes troncos, búfalos muertos, monstruosamente hinchados y ya en descomposición, islas flotantes de juncos y pajas, y a veces piraguas tumbadas, en que alguna docena de negros naufragó.
Son las cinco de la tarde, y ya la lánguida luz del cielo anuncia la proximidad de la noche. Con la primera frescura del crepúsculo pueden observarse innumerables puntos negros que desde el río avanzan hacia la orilla. Adelantan en parejas simétricas, muy juntos uno de otro, dos, cuatro, veinte, cien. Se los hubiera tomado por palillos de resaca, o más bien por diminutas cimas de islotes. Prosiguen avanzando, y de pronto el agua se enturbia súbitamente, se remueve en toda su hondura, y dos, diez, cincuenta monstruos asoman la cabeza.
Son cocodrilos, que se aprestan a la cacería nocturna. Pesadamente tendidos, con solo la mitad del cuerpo fuera del agua, esperan con profunda paciencia el menor rumor que desde la selva anuncie la llegada de un antílope que baje a beber.
Entretanto el crepúsculo ha invadido todo el sombrío paisaje africano. Reina calma absoluta. El cielo, al oeste, despliega hacia el cenit su inmenso abanico amarillo. El río se viste también de fúnebre azufre. Y se diría que el paisaje entero, calmo, profundamente silencioso, se apronta a una fúnebre muerte. Solo los cocodrilos velan, y pronto sin duda aplacarán la terrible hambre de fiera en acecho que les roe las entrañas.
He aquí que de pronto los monstruosos cuerpos inmóviles se mueven, y lentamente, retroceden todos sin el menor ruido. Ya únicamente la cabeza queda visible, y un instante después solo los dos puntitos negros de la nariz aparecen sobre el agua. Es que un rumor, apenas perceptible, ha llegado hasta ellos desde la profunda selva. Gacela, antílope, búfalo, león, sea cual fuere el animal sediento, hallará el campo libre para apagar su sed. ¿Qué suponen algunos puntitos diminutos sobre el agua, escollos, palitos, burbujas?
El rumor crece; es ahora un ruido claro de ramas quebradas que aumenta por momentos, que baja ya a la orilla. Y de golpe surge, en plena luz amarilla del crepúsculo, un rostro pálido de hombre.
Con una rápida ojeada a la playa, se cerciora de su soledad, y surge entonces el cuerpo entero del recién llegado.
Es un hombre alto, de ojos celestes y barba rubia que le llega casi hasta el pecho. Viste kaki y sombrero de paja, tipo bóer, que en este momento lleva echado atrás, dejando al descubierto una amplia frente de resolución y voluntad. De su hombro izquierdo pende —sujeta por la correa a la presilla de la blusa— una escopeta Greener, de gatillo oculto, cuya cinceladura y empavonado indican claramente su calidad. Arma maravillosa que a doscientos metros clava una bala con la precisión de un winchester. Del cinturón pende el machete ineludible. A la derecha, celosamente oculto en la funda impermeable, un revólver Colt de cinco tiros.
¿Qué busca el aventurero personaje? Ni su actitud, ni la negligencia aquella de llevar prendida a la presilla la correa de su escopeta, indican intenciones de cacería. Por lo demás, no se caza de ese modo en el África ecuatorial.
Entre tanto se ha acercado a la orilla, y su vista escudriña la lejanía del río hacia el sudoeste. Su ceño contraído expresa, si no contrariedad, profunda atención. Si algo espera ver, difícil es que lo logre en la naciente sombra que invade ya el paisaje.
—Sin embargo —murmura el desconocido— hoy debe pasar. A menos que haya sucedido algo...
Lo que debe pasar y que el hombre espera con visible ansia es el «Metheor», de la compañía fluvial del Congo inferior, vapor de doscientas toneladas, que remonta el río cuatro veces por mes. Transporta mercaderías y pasajeros, sobre todo lo primero. De aquí que su horario sea bastante variable, dependiendo éste de la mayor o menor carga que conduzca.
El desconocido se decide por fin a oír el buque, ya que no lo puede ver. Su intención es echarse de pecho en la orilla del río, y aplicar el oído a flor de agua. Se puede así sentir desde varias leguas el sordo golpe de las palas en el agua, y sobre todo cuando, como en el caso del «Metheor», lleva rueda trasera.
Pero cuando el hombre se vuelve para ejecutar la prueba, ve, perfectamente alineados en la orilla, con todo el cuerpo fuera ya del agua, diez enormes cocodrilos que avanzan sigilosamente hacia él.
El cocodrilo, como las serpientes y más aún que éstas, es un simple detalle de la vida de peligros que rodean al hombre en la zona ecuatorial. Muchísimo más serio son un par de horas de fiebre. Para las serpientes, el hombre aprovecha su instintiva precaución cuando camina, pues lo cierto es que en la marcha podía pasar inadvertida cualquier cosa de volumen que se halle en el sendero, pero una víbora, jamás. Es peculiar la penetración de la mirada del hombre en lo que respecta a una viborilla que trata de ocultarse en el pasto. En el trópico esta perspicacia de vista es, desde luego, mucho más notable, y a ello se debe que en la India, por ejemplo, donde 300 millones andan casi en su totalidad descalzos, solo sucumban veinte mil de mordeduras de víboras. Es mucho sin duda, pero preciso es haber vivido en las inmediaciones de un gran río tropical en la época de las inundaciones, para apreciar lo insignificante de aquella cifra. En el Alto Ubanghi, por ejemplo, afluente del Congo, la choza de un negro fue visitada en un solo día por treinta y siete serpientes de las más venenosas, cobras escupidoras, asi llamadas porque gozan de la facultad de proyectar su veneno a corta distancia.
En lo que respecta al cocodrilo, la preocupación del hombre es mucho menor. Atacan muy pesadamente en tierra, y se comprende que no se comete fácilmente la imprudencia de bañarse en los ríos ecuatoriales.
El desconocido, pues, ha visto al volverse, las monstruosas bestias que lo acechan. Pero sin que su paso varíe en lo más mínimo, avanza hacia la orilla, mientras los cocodrilos, reculando, se internan de nuevo en su elemento. Eso sí, a cuatro metros de la orilla vigilan inmóviles los puntitos negros.
El hombre arroja su sombrero en la playa, y echándose de pecho, pega su oreja al agua. Escucha un instante sin éxito. Mas al fin cree oír algo sumamente lejano, como un batir sordo y profundo. Levanta ligeramente la cabeza para buscar mejor postura y se tiende otra vez, pero no sin haber tenido tiempo de observar que dos puntitos negros han cambiado visiblemente de lugar, pues ahora se hallan a solo un metro de él. Así que, mientras se mantiene con el oído a flor de agua, empuña el revólver, pronto a atravesar los sesos del atrevido que llegue a turbar su atención.
¡Sí! Efectivamente es el «Metheor»! ¡Siente claramente el batir de sus palas! ¡Antes de dos horas...!
Y extendiendo súbitamente el brazo, hace fuego. El estampido resuena en el profundo silencio, y el agua, furiosamente removida, salta con borbollones de fango y espuma. Los otros monstruos han desaparecido, pero el más audaz permanece allí, con los sesos agujereados por la bala. En su agonía, su cola de tres metros golpea furiosamente el agua a uno y otro lado.
¡Magnífico, sí, a fe! El proyectil ha tocado la durísima coraza de la frente en plena perpendicular, lo que ha impedido el rebote, yendo a alojarse en el fondo de la cabeza del monstruo. El tiro en el ojo es infinitamente más seguro, pero menos lucido en proporción. El desconocido parece profesar, a la par que fuerte desprecio por los temibles saurios, una singular confianza en su puntería.
Se levanta por fin, pues durante la agonía de la fiera ha permanecido de rodillas, observando. Deberá esperar tranquilamente que el «Metheor» llegue. Vuelve a la selva, y después de un minuto reaparece con una gruesa rama, casi un tronco, que le servirá de asiento. Dos horas de una noche de África ecuatorial, a orillas del río Congo, no pasan tan fácilmente si no se tiene algunas de las condiciones que no parecen faltar al desconocido.
La caída de la tarde es en efecto la hora habitual en que los antílopes bajan a abrevarse, y los leones y panteras tienen también por costumbre ponerse al acecho a la vera misma de la selva, esperando la llegada de los rumiantes, que son su plato forzoso. De este modo, en dos horas de estación a la orilla del río Congo, en una noche oscura, pueden pasar infinidad de cosas, la más mínima de las cuales puede ser sorprendido por un león.
El desconocido, en consecuencia, se sentó en el raigón, de espaldas al río, pues los cocodrilos no eran ya de temer con la sorpresa de un momento antes. Repuso la cápsula vacía de su revólver y colocó la escopeta entre sus piernas. El cañón izquierdo estaba cargado con munición fina, y el derecho con bala Lisa. Reemplazó ésta por otra explosiva, el cartucho del cañón izquierdo por bala lisa, y seguro ya de no ser sorprendido, esperó. Pasaron veinte minutos. De la lejana profundidad de la selva, llegaban hasta él cortos, aunque apagados aún por la hora temprana, balidos, maullidos, gritos de toda especie. En la playa reinaba el más hondo silencio. A los cuarenta minutos comenzó a sentirse el batir de las ruedas del «Metheor», y el desconocido, con un suspiro de desahogo, encendió un cigarrillo. Por simple precaución o tal vez por curiosidad únicamente, arrojó el fósforo lejos sobre el agua. El agua se iluminó súbitamente en un corto radio, pero con luz bastante viva para que el hombre pudiera conocer, por la tremulación especial del agua, que infinidad de puntitos negros, en paciente acecho, acababan de ocultarse bajo el río ante el inesperado surco de fuego que caía sobre ellos.
Un cuarto de hora después, en la profundidad de la noche, surgieron súbitamente tras un recodo del bosque, las luces rojas y verdes del «Metheor». El viajero, con un nuevo suspiro de satisfacción, se internó otra vez en el monte, regresando con un haz de ramas y hojas secas, que amontonó en pirámide en la playa. Aproximó un fósforo a la improvisada hoguera, y un instante después una llama viva y chisporroteante iluminaba vivamente la playa y al viajero, que aprovechando su raigón, ya inútil para él, lo colocó, prolijamente sobre el fuego encendido. Entre tanto el «Metheor» avanzaba. Se distinguía ya claramente las ventanillas iluminadas del salón; y con el chapoteo, potente ahora, de sus palas traseras en el agua, los maullidos próximos cesaron. Los cocodrilos que inmóviles en el mismo lugar habían parecido fuertemente intrigados con la hoguera de la playa, se hundieron esta vez ante el golpear enloquecido y rudo de la rueda del vapor.
Ya se sentían voces en el «Metheor»: el desconocido oyó perfectamente la campana del timonel que advertía atención a la máquina.
Pasaron cinco minutos más, y a tiempo que el vapor ya al habla se ponía a media máquina, una voz llegó de a bordo:
—¡Ohé de la playa!
—¡Ohé del «Metheor»! —respondió el viajero.— ¡Ruy Díaz! ¿Hay carga para mí?
—¿Quién, dice? — preguntaron,
—¡Ruy Díaz!
Algunas voces, más bien bajas, sonaron a bordo.
—Ruy Díaz. ¿Hay carga para él?
—No sé...
En tierra sonó entonces la voz potente del desconocido.
—¡Ohé del vapor! ¡Llamen al contramaestre! ¡Me está haciendo perder tiempo inútilmente!
El contramaestre llegaba en ese instante, y los marineros callaron.
—¡El que hace perder tiempo es usted, más bien que nosotros! ¡Ohé de la playa! —replicó irritado.
Pero cambiando de tono, agregó:
—Si, hay un cajón! ¡Va lancha!
Y alzando la cabeza a proa:
—¡Para máquina! ¡A ver, lancha a tierra, ligero!
Ocho negros saltaron a la chalana, el cajón en cuestión fue bajado, y tras un vigoroso empuje contra el casco del vapor, los marineros de pie y con sendas palas, dirigían velozmente la chalana a tierra, yendo a montar la arena de la costa hasta quedar casi en seco; y el cajón voló en un instante de brazo en brazo hasta la playa.
—¿El recibo? — preguntó Ruy Díaz.
—Aquí está — repuso un marinero, entregándolo. — Pero no tengo lápiz... — agregó, palpándose los bolsillos.
—No importa; tengo yo.
Y firmando el papel, lo devolvió al negro.
—¿Nada más? —preguntó éste.
—No, nada.
—Bueno, ¡hasta la vista! ¡A ver, muchachos, rápido!
Y con igual rapidez de movimientos la chalana fue vertiginosamente arrancada de la arena y lanzada al río, tan bien que debieron correr con el agua a la rodilla para trepar a ella. El «Metheor» se había mantenido a altura, descendiendo el río y dando unas cuantas paladas adelante alternativamente. Cuando la chalana lo abordó:
—¡Listo! —gritó el contramaestre; y volviéndose a tierra:
—¡Hasta la vista! —gritó.
—¡Buen viaje! — contestó Ruy Díaz, y durante un largo rato, inmóvil, con un pie apoyado sobre el cajón, su vista siguió las luces rojas y verdes del «Metheor» que se perdía hacia el sudeste, en la noche oscura. Quedaba otra vez solo, desierto, en pleno país salvaje, con el inmenso río ecuatorial a su frente, y detrás la tenebrosa selva que debía atravesar de nuevo. Con una última mirada a su ansiado cajón, se alejó de la playa, internándose en la selva que comenzaba otra vez a agitarse, llena de crujidos, maullidos y balidos desesperados. Había avanzado mil metros cuando un grito humano de suprema angustia sonó en pleno bosque a corta distancia de él:
* * * * * * *
Como si de un golpe todo su ser se hubiera transformado en un bloque vibrante de atención, Ruy Díaz se detuvo. En un segundo la escopeta pasó del hombro a sus manos, y mientras su mirada penetrante se fijaba en la espesura, esperó. Un segundo grito más largo y desesperado que la primera vez llegó de nuevo a sus oídos. Ruy Díaz se estremeció violentamente.
—¡Pero si no es un grito de hombre! ¡Esa es la voz de una criatura! — murmuró mientras un escalofrío le corría de la médula a los pies.
¡Una criatura sola, de noche, en la selva virgen! ¿Por qué puede lanzar ese alarido de terror si no es por…?
Un rugido ronco, ahogado y tan cerca ya, que Ruy Díaz tuvo una sacudida, respondió a su pensamiento.
—¡Una pantera! —murmuró de nuevo.— ¡Y la infeliz criatura!... ¡Valor! ¡Yo estoy aquí! — gritó de pronto Ruy Díaz con voz tonante que repercutió en la selva. Y se lanzó vertiginosamente hacia la fiera.
A su voz, un nuevo rugido respondió, y en seguida otro grito de la criatura. Pero ahora, en medio del temor que quebraba ese pobre lamento de criatura enloquecida de angustia, Ruy Díaz había creído notar una salvaje nota de esperanza.
—Bien —se dijo Ruy Díaz mientras corría— la pantera no ha caído aún sobre él... Si me diera tiempo...
Y con un nuevo ¡Valor, pequeño! precipitó su avance.
No tuvo tiempo de correr mucho. De repente, al desembocar en un pequeño claro del bosque, vio, o más bien dicho, alcanzó a distinguir en la penumbra, que una sombra se precipitaba sobre él. Antes de que hubiera tenido tiempo de examinarse, sintió que dos brazos desnudos se estrechaban frenéticos a sus piernas.
—¡Ay, socorro! ¡La pantera! ¡Sálvame, padrecito! —aulló aún el mismo negrito enloquecido de espanto.
Pero Ruy Díaz tenía por delante un asunto mucho más grave. Al otro extremo del claro, a quince metros apenas, acababan de surgir dos luces fosforescentes.
Rápidamente, sin apartar los ojos de las temibles luces, Ruy Díaz arrancó al negrito de sus piernas y lo echó hacia atrás. Montó la escopeta, y seguro ya de sí, esperó.
Los ojos fosforescentes que en el primer momento estaban a medio metro del suelo, se colocaron de pronto a ras de la hojarasca y Ruy Díaz vio que en una terrible fijeza avanzaban hacia él.
Entonces, lentamente, se echó el arma al hombro, y con igual lentitud apuntó al centro de las luces verdosas.
—En cuanto esté a cinco metros, disparo —se dijo Ruy Díaz.— Es difícil...
—¡Quieto, o te dejo comer por la pantera! —gritó de pronto el cazador,
El negrito, cada vez más loco de espanto, acababa de prenderse de nuevo a las piernas de su salvador, comunicando a éste el delirante temblor que le sacudía de miedo.
—¡Quieto, te digo, maldito! —clamó Ruy Díaz otra vez, con un juramento.
Pero el pobre ser, perdida ya toda razón, no soltaba.
Entretanto, la pantera había seguido arrastrándose sobre el vientre hasta cuatro metros del cazador. Este pretendió desprenderse de la criatura con una violenta sacudida, pero no lo consiguió. Comprendió instantáneamente por el súbito fulgor de los ojos que el animal iba a saltar; y soltando el tiro casi a ciegas, dio un salto al costado, arrastrando tras de sí al negrito, y sacó velozmente el revólver.
¡Ya era tiempo! La pantera lanzada hacia él como otra bala, por la súbita extensión de sus formidables músculos, pasó por encima, arrancándole el sombrero con las garras traseras, y en un segundo estuvo otra vez replegada.
Pero Ruy Díaz estaba pronto esta vez. La pantera lanzó un maullido débil, tembloroso, temible en las fieras porque indica que creen ya segura la presa, y súbita como un relámpago, se lanzó de nuevo.
Pero Ruy Díaz había apretado el gatillo, y a la brusca detonación el negrito había lanzado un grito. La pantera, detenida en mitad de su salto, cayó pesadamente con la frente agujereada.
Ruy Díaz dejó caer lentamente el revólver y extendió todos sus músculos en descanso. Pero algo caía sobre su rostro nublándole la mirada. Llevó la mano a la frente y la halló empapada en sangre. Las garras de la fiera, en su primer ataque, habían tocado la cabeza. Gruesos hilos de sangre rodaban por su rostro, empapaban su gran barba rubia, y caían a sus pies sobre el revólver.
Entretanto, el negrito, de rodillas a sus pies, sollozaba:
—¡Perdón, padrecito, yo tengo culpa!
—¡Vamos, levántate! — le dijo Ruy Díaz. —No es nada.
Pero la criatura se desesperaba, y su desolación llegó al colmo al sentir sobre sí mismo la sangre de su salvador.
—¡Perdóname, yo tuve culpa, padrecito! ¡Tenía miedo!
El cazador le dio una afectuosa palmada en la cabeza y la levantó de un brazo:
—¡Está bien, tenías miedo, no necesitas probármelo! Pero ya se acabó todo. ¿Quieres hacerme un favor? Con eso me pagarás lo que he hecho por ti.
—¡Oh, padrecito!
—Bueno. Átame este pañuelo a la cabeza. Ustedes tienen una singular habilidad para estas cosas.
—Vuelvo —exclamó de pronto el negrito alejándose a todo correr.
Ruy Díaz quedó mudo de asombro: encogióse luego de hombros, y decidió vendarse él mismo. Hubiera deseado lavarse la herida, pues las garras de las fieras están, por lo general, terriblemente infectadas. Aplazó la cura para dos horas más tarde, cuando hubiera llegado a su choza.
Apenas había concluido de plegar el pañuelo, cuando un ruido de ramas le indicó la presencia de su nuevo amigo. En efecto, el negrito volvía, pero sin correr, porque en la vaina de una palmera —especie de cucurucho hermético que los negros usan para recoger miel— traía un buen litro de agua. Al aparecer con el precioso líquido, los ojos de la criatura brillaban de orgullosa alegría.
—¡Ah! ¡muy bien! —se sonrió Ruy Díaz encantado.— Eres un gran sabio... ¿Cómo te llamas?
—Tuké.
—Bueno; eres un gran sabio, Tuké. ¿Dónde has aprendido a lavar las heridas? Porque tus compatriotas no te lo habrán enseñado, de seguro.
—No; chuakas odian agua en herida. Cazador rubio, como padrecito, curó herida delante Tuké. ¡Yo, Tuké! —concluyó con orgullosa afirmación.
Y mientras seguía la cura, entre Ruy Díaz, sentado a la turca, y el negrito detrás, prosiguió el diálogo.
—¿Hace tiempo que estuvo ese cazador rubio entre ustedes?
—¡Mucho! Yo chiquito.
—¿Y te acuerdas?
—Sí, me acuerdo. Dio pájaro a Tuké —añadió en voz baja.
—¡Ah!
—¡Sí, pájaro.... aire! ¡que vuela! —dijo aún, creyendo que la exclamación de su amigo expresaba gran sorpresa y admiración.
La cura había concluido; Ruy Díaz, que había cuidado de distraer a la criatura para que olvidara las terribles emociones pasadas, pensó que ya estaba suficientemente tranquilo para responderle.
Se levantó, y poniéndole la mano en la cabeza al negrito, le dijo con voz grave:
—Ahora debemos separarnos, Tuké. Yo seguiré mi camino, y tú te irás a casa de tus padres; ¿es eso?
El chico abrió inmensos ojos.
—Yo, a casa, padrecito. ¿Por qué?
—Porque es tu casa. ¿Dónde quieres ir?
—¡Contigo, padrecito! — exclamó a punto de llorar. Y como le pareciera notar dura la mirada del cazador, agregó llorando ya:
—¡No hice a propósito! ¡No hice a propósito!
Aún con el corazón no fácilmente sensible en su vida de aventura, Ruy Díaz sintió un ligero nudo en la garganta al oír aquella adorable ingenuidad.
—¡Pero bicharraco africano! —se echó a reír restregándole la cabeza. —¿Qué vas a hacer conmigo? Te vas a aburrir a los dos días.
—¡No; Tuké con padrecito!
—¡Perfectamente; Tuké con padrecito, convenido! Y en el camino me contarás por qué estabas a estas horas en el bosque... con la pantera.
La criatura se estremeció tan violentamente que Ruy Díaz se inclinó hacia él, mirándolo en los ojos.
—¿Qué hacías en el bosque?
Una segunda conmoción sacudió a la criatura, y en sus ojos se pintó el más vivo espanto. Ruy Díaz, compadecido, no insistió.
—Bueno, no es nada, —dijo incorporándose.— Lo importante es que vienes a vivir conmigo, ¿no es así?
—¡Sí... feliz Tuké!
—Vamos, entonces.
Y recogiendo la escopeta, que yacía aún en el suelo, el cazador emprendió la marcha a su choza, acompañado de su nuevo compañero de vida.
De pronto Ruy Díaz sintió que el negrito, caminando a su lado, le cogía la mano suavemente. Y oyó su voz baja y conmovida:
—Tuké contar a padrecito todo... todo!
* * * * * * *
La historia no era complicada por cierto. Esa misma tarde dos oficiales habían estado en casa del padre de Tuké —choza circular de paja, que con veinte o treinta semejantes, forma uno de los característicos villorrios del África Central. Desde un mes atrás se había notado en los alrededores la presencia de un león, un viejo macho de melena negra que devastaba la comarca. Varios búfalos domésticos y algunas vacas habían ya desaparecido, y una de éstas del mismo corral en que de noche se la encerraba. El corral, de palo de pique, tenía dos metros de altura. Y esto no obstante, el viejo león había hallado en su feroz hambre fuerza bastante para tornar a saltar la empalizada con su presa en la boca. El hecho, aunque enormemente asombroso, no es raro cuando se trata de una fiera en toda su potencia muscular, y el naturalista Brehm, veraz entre todos, asegura que en la India un tigre ha realizado la proeza de fuerza que contamos; solamente que la víctima de éste era un búfalo, y la empalizada tenía cuatro metros de altura en vez de dos.
Se comprenderá que con esta vecindad, los pobres negros vivían en la más grande tribulación. La noticia, llegada hasta el destacamento militar más próximo, arrancó un grito de entusiasmo a dos oficiales que se distinguían por su amor a la gran caza, y en consecuencia, una semana después, llegaban los cazadores al villorrio indígena.
Nuestros dos oficiales obtuvieron cuantos datos les era preciso para edificarse respecto al león. Pero contra su esperanza, no hallaron en los pobladores ni un solo negro que quisiera ejercer de batidor. El viejo león no en balde se había dedicado en su vejez a merodear alrededor del hombre. Esto probaba que su ferocidad era tan grande como su astucia. En efecto, solo los individuos de una pasta especial de coraje y viveza se arriesgan a entablar lucha con el hombre, asaltándole en pleno poblado. Luego lo habían visto trabajar, diríamos, y aún una vez varios negros más audaces habían tratado de forzarlo en el bosque, con el resultado de haber vuelto once de la cacería, cuando habían salido quince.
—Nosotros contentos de que padres maten león… pero león mata negros —había agregado el informante.
—¡Es que ustedes no tenían palo de fuego! ¡Nosotros, sí! —objetó uno de los oficiales, dando palmadas a su fusil,
—Palo de fuego es gran palo... ¡pum! Padres blancos valientes... pero león mata negros batidores —concluyó.
Los oficiales habían agotado sus argumentos. El informante entonces les dijo:
—Vean Karú; negro valiente. Mató leones.
Los cazadores fueron a Karú, padre de Tuké. Karú confirmó los datos ya obtenidos e hizo entender a los oficiales que era imposible batir al viejo león en el bosque. Únicamente al acecho podrían llegar hasta él; y asimismo…
Los cazadores se consultaron. ¿Qué otro medio? Lo cazarían pues al acecho. Pero otra dificultad sobrevino y ésta al parecer insalvable. Para cazar al acecho, se necesita un animal que sirva de cebo: ternero, corderito, oveja, cabrita, cualquier ser vivo de tierna edad que, atado en medio del bosque, atraerá a la fiera con sus gritos. Los cazadores, instalados desde el atardecer en una alta ramada a diez metros, harán el resto.
Esto es fácil; pero Karú, a quien primero se dirigieron, no quiso deshacerse de un ternerito que tenía, de apenas un mes.
—¡Pero te lo pagaremos! —le dijeron.
—¡No, Karú no quiere muerte de ternero chiquito! —sacudió la cabeza el negro.
—Te lo pagaremos ahora mismo, y lo que nunca soñaste! ¡Mira! —agregaron haciendo brillar ante los ojos del pobre negro un puñado de monedas.
—No. Karú no vende.
—¡Bien, dinos entonces quién nos venderá una estúpida bestia cualquiera!
—Nadie… ninguno vende terneritos.
—¡O cabrito, con mil diablos! ¡Poco nos importa! —exclamaron los oficiales irritados.
El negro los miró rápidamente, y tornó a sacudir la cabeza.
—Nadie vende…
—¡Pero maldito mono de este inmundo país! —gritaron los oficiales, encendidos de cólera.— ¿No ves que ataremos todas las bestias de ustedes, todas juntas, entiendes? Y después los colgaremos a todos ustedes de los palos del corral para que sirvan de cebo a otros leones, ¿oyes, mono viejo? ¿Quieres vender el ternerito, sí o no?
Karú echó a los oficiales una rápida ojeada, y sacudiendo de nuevo la cabeza:
—Padres, valientes.... negros, gusanos.... pueden colgar negros... Pero no hago morir ternerito.
Ahora bien, Tuké, parado a dos metros, sobre sus dos piernitas bien separadas, miraba con sus grandes ojos interrogantes.
Un oficial, en el colmo ya de la ira, echó el fusil atrás para asentar un culatazo en la cabeza del miserable. Pero en el mismo instante su compañero, que acababa de dejar caer los ojos sobre Tuké, lo contuvo señalándole el negrito. Cambiaron algunas palabras, mientras una diabólica sonrisa surgía de sus labios.
Instantáneamente ambos se serenaron.
—¡Está bien, Karú! — dijeron con voz tranquila. —¡Perdónanos si hemos estado un poco vivos contigo! No hablemos más de tu corderito, cabrito, ternerito, no sé ya más que es eso. ¿Es hijo tuyo ese hombrecito que está ahí?
—Sí...
—¿Quieres dejarlo venir con nosotros al fuerte un mes? Te lo devolveremos con un palo de fuego y cincuenta cartuchos,
Karú lanzó una segunda fugitiva ojeada a los oficiales, pero esta vez se estremeció.
—¿Para qué Tuké ir al fuerte? — murmuró.
—Para que nos haga muchas cosas: limpiar palos de fuego, cocer maiz... Tiene cara inteligente. ¿Quieres?
Karú miró esta vez de frente y fijamente a su interlocutor.
—¿Hablas seriamente?
—¡Es claro!
Entonces el pobre viejo se levantó y mientras su tez adquiría ese singular tinte verdoso que debe equivaler a la palidez de un blanco:
—¡Karú no da hijo... ternerito mio! —murmuró.— Padres valientes harán lo que quieran.
Los oficiales afectaban no darse cuenta de la terrible y dolorosa impotencia que significaban esas palabras.
—¡Bueno, bueno! —concluyeron sonriendo.— Al entrar el sol pasaremos de nuevo por aquí, y llevaremos a Tuké. ¿Entendido?
El padre bajó la cabeza, y los cazadores salieron. Bajo aquella cabeza caída, dos lágrimas rodaron de los ojos ante la catástrofe que lo aniquilaba.
Karú había visto la sonrisa de los dos oficiales, y su vieja experiencia en los traficantes blancos no lo engañaba respecto de su significado, sucediendo súbitamente, como había pasado, a una explosión de cólera.
Aquella mansedumbre ocultaba cualquier vil venganza, con que los oficiales harían pagar a la criatura la resistencia del padre.
Levantándose llamó a Tuké, y juntos avanzaron hacia la selva. Cuando estuvieron en la linde, el padre apoyó las manos en los hombros de la criatura y le dijo:
—¡Tuké, hijo mío! Has oído lo que decían los oficiales blancos, pero tu edad no te permite comprender aún su recóndito significado. Entra en la selva y haz lo que quieras. ¿Deberé llorarte despedazado por una fiera dentro de pocas horas? ¡Marcha, hijo mío! ¡Aléjate!
Y el padre, a cuyo corazón, el supremo dolor había dado una inflexibilidad de acero, volvió con firme paso a su choza. Tuké, deshecho en lágrimas, había obedecido, y tres horas más tarde, justamente cuando Ruy Díaz veía perderse en el río las luces rojas y verdes del «Metheor», la criatura, marchando al azar, se había sentido rastreada por una pantera.
* * * * * * *
Cuando Tuké concluyó su relato, que Ruy Díaz había interpretado y ampliado para sí, tornó a restregar con su mano afectuosa la cabeza del negrito que con tal candor e ingenuidad se entregaba a él.
—¿Y conmigo no tendrás miedo? —preguntó.— Yo soy muy malo.
Los dientes blanquísimos del negrito brillaron en la penumbra,
—¡Padrecito, bueno! ¡Buen hombre! —repuso con el rostro abierto de alegría.— ¡Malo con pantera! ¡Malo, malo! —concluyó con profundo énfasis.
De este modo quedó ligada y sellada la sociedad Ruy Díaz-Tuké, y jamás pensó el aventurero que ella llegaría a tener una influencia tan grande en su destino.
Ruy Díaz, cuyo físico hemos bosquejado ligeramente, era, en su parte moral, uno de esos hombres nacidos para triunfar, solos, donde cien semejantes naufragaron, Ancha inteligencia; claridad extraordinaria de espíritu; carácter inquebrantable una vez que se había decidido sencillamente por algo; capaz de sostener con la vida la menor de sus convicciones; hombre de entregar su único pedazo de pan a una criatura con hambre, y perfectamente resuelto a dar su propia vida ante una injusticia, y sobre todo cuando se trataba de un pobre ser oprimido. Agréguese a esto un valor a toda prueba, una serenidad maravillosa y un gran corazón bajo su imponente figura, y se tendrá al raro amigo del ciudadano Tuké.
Hemos omitido, sin embargo, un curioso aspecto de su personalidad: Ruy Díaz poseía profundos conocimientos de química biológica. Exalumno de la Facultad de Medicina de Oxford, aunque español de nacimiento, había cortado su carrera por un irresistible amor a la vida, no salvaje, pero sí en países salvajes. Permaneció dos años en el Instituto de seroterapia de Pondicherry, y sus observaciones sobre venenos de serpientes no fueron las menos tenidas en cuenta por el célebre Instituto. En la Guayana Inglesa estudió el curare, el terrible veneno con que los indios del país emponzoñaban las flechas, agregando nuevas notas sobre aquél, a las ya famosas obtenidas por Claudio Bernard.
De las Guayanas saltó al Congo, esta vez con el exclusivo objeto de cazar rinocerontes y leones; pero los venenos lo atraían sin duda. El tsetsé, la mortífera mosca africana, atrajo su atención, y colgando de nuevo el fusil de caza por el laboratorio, se instaló en el Congo en una mala choza, a estudiar el terrible flagelo africano.
La carencia de recursos, sin embargo, entorpecía un poco sus estudios, pues fácil es comprender que en un país desierto no se sustituyen fácilmente retortas y tubos rotos, ni se reponen los reactivos agotados. Justamente en la época que nos encontramos con él, un antílope extraviado había sido perseguido por los negros del villorrio cercano hasta su choza, y el pobre animal, enloquecido de espanto, había emprendido una tarea de saltos y cabriolas por encima de las mesas del laboratorio, a resultas de lo cual no había quedado casi matraz con cuello ni tubo con curvas.
Era aquella una pérdida terrible que hubiera sacado de sí a cualquier otro. Ruy Díaz se contentó con tomar al antílope bajo su protección, el cual, dado el afecto que le profesaba, parecía haber comprendido el temple de corazón de su amo. Pero Ruy Díaz se vio obligado a encargar a Londres gran parte de su material destrozado, y después de cuatro meses lo vemos llegar en el «Metheor» dentro del cajón que Ruy Díaz, impaciente, había ido a esperar a la playa del río Congo.
Ardía en verdadera fiebre de recomenzar sus observaciones. Así es que en los primeros momentos que sucedieron a su marcha nocturna con Tuké, se sintió un tanto embarazado sobre el destino que daría a su nuevo compañero de vida. ¿No sería un obstáculo el negrito para sus trabajos? Los chicos revuelven mucho más de lo que ordenan. Pero al fin se dijo que dada la buena voluntad que parecía mostrarle Tuké no sería difícil hacer de él un sólido ayudante. Y aunque Ruy Díaz no había tenido el trabajo de pensarlo, la causa principal de la protección que deparaba al negrillo era únicamente que el negrito necesitaba de su protección,
No se le escapaba a Ruy Díaz que con tal acción su propia vida quedaba fuertemente comprometida. Los oficiales de un destacamento avanzado colonia, son reyes y señores del lugar que rigen, y no hay en esas regiones más ley, deber y derecho que el buen o mal humor del oficial con quien nos toca en suerte hablar ese día.
Los negros no han sido nunca personas muy gratas a los conquistadores, y de aquí agravios, rencores ocultos y violencias a la luz del día, que de una y otra parte han ido poco a poco definiendo los sentimientos del soldado europeo y el indígena, hasta llegar a la convicción serena de que para el oficial del destacamento los negros son simples bestias abyectas, y los blancos son odiosos y terriblemente fuertes para el negro, Por esto el padre de Tuké había comprendido que toda resistencia a entregar a su hijo era absurda, y de aquí la extrema determinación que había tomado.
A media noche llegaron Ruy Díaz y Tuké a la choza. Aunque rendido de cansancio y emociones, el negrito tuvo tiempo de huronear un poco entre las maravillosas vidrieras y tubos de su padrecito. Ejecutó de alegría algunas cabriolas en pleno laboratorio, que recordaron al aventurero las del antílope infractor.
Al fin se durmió. Pero a la mañana siguiente recomenzó su alegre examen, y su felicidad subió de punto cuando vio entrar al antílope, que iba en busca de su amo. El animalito tenía entrada franca a todas partes, y no se apartaba un instante de Ruy Díaz a menos que éste se lo ordenara: se alejaba entonces y permanecía inmóvil, siguiendo con sus grandes y hermosos ojos todos los movimientos de su amo.
—¿Cómo se llama? —había preguntado a éste Tuké.
—No tiene nombre aún —respondió Ruy Díaz.
—Bien, se llamará Menné.
En pocas horas, el negrito y el antílope fueron grandes amigos, cosa no difícil, pues los animales, y en especial los tímidos, tienen maravilloso instinto para conocer la buena o mala intención de las personas. Después de varias pruebas de saltitos, palmadas, carreras y tal vez un poco de azúcar, Menné pareció convencerse de la real amistad del negrito, y se entregó entonces, sellando el tratado con una loca disparada para que Tuké lo siguiera. Una hora después jugaban francamente a la mancha. Ruy Díaz tenía a su servicio un negro viejo que era quien se ocupaba del arreglo de la casa, la comida, etc. Profesaba un verdadero culto de idolatría por su amo y a esto se debió los celos que en un principio manifestó acerca del intruso. Pero como a su vez Ruy Díaz era un dios para el negrito, la común devoción a su amo los ligó en seguida en gran amistad. Quedó resuelto que el viejo servidor continuaría con el gobierno de la comida, y en general la intendencia de la casa; pero a Tuké correspondería el arreglo del laboratorio. Esto era exclusivamente suyo y así lo entendía él con los aires de profunda sorpresa que tomaba cuando el intendente entraba por casualidad en el cuarto sagrado.
En la misma tarde que sucedió a la llegada de Tuké, Ruy Díaz y éste fueron a buscar el precioso cajón de instrumentos. Ruy Díaz obtuvo sin dificultad un búfalo manso que Tuké se encargó de montar y dirigir como es hábito en toda África tropical. Dos grandes cestos de bambú fueron aderezados a guisa de cangalla, y como la carga era unilateral, por decirlo así, se debió poner en el cesto opuesto una gran piedra de contrapeso al cajón. Así recogieron y trasladaron el ansiado cajón desde la orilla del Congo hasta la choza de Ruy Díaz, éste delante, ensanchando con el machete la picada donde era necesario, y detrás Tuké, a horcajadas en su búfalo. Cuando llegaron, Ruy Díaz aplazó hasta la noche la apertura del cajón y fue a ver al padre de Tuké, cuya choza distaba una legua escasa de la suya.
* * * * * * *
La tarde anterior, al anochecer, estaba Karú sentado a la puerta de su choza cuando llegaron los oficiales.
—¡Y bien! — le dijeron. —Venimos en busca de tu hijo, como hemos convenido. ¿Dónde está?
—No está — repuso el padre sin levantar los ojos.
—¡Cómo no está!
—Digo que no está; eso digo.
Los oficiales se miraron entonces. Un rayo de ardiente cólera pasó por sus ojos, y Asentándose uno de ellos frente a frente de Karú, le levantó la cara con la mano, sosteniéndosela.
—Es decir — le dijo con terrible lentitud y mirándole en los ojos — ¡es decir que nos has engañado!
—¡Karú no engañó, no! — repuso con firme voz el negro.
—¡Es decir —continuó el otro como si no hubiese oído— que te has dado el lujo de faltar a tu palabra dada a dos oficiales europeos! ¿Tú sabes lo que te cuesta esto?
—Sí, matar Karú…
—¡Has acertado perfectamente! —Y con igual resplandor de ira en los ojos, tanto más terrible por estar contenidas, el oficial, sosteniendo siempre en alto la cabeza del negro, con la mano derecha le colocó su revólver en la frente.
Karú se estremeció y cerró los ojos. Pero en el instante en que una imperceptible contracción de la boca del oficial anunció que el tiro iba a partir, su compañero adelantó vivamente el brazo y apartó el arma.
—¿Qué haces? —le dijo bruscamente.— ¿Quieres otro fastidio más por uno de estos malditos negros? Nos han visto entrar aquí, y el chisme correría hasta la costa. ¡No hagas locuras! Además se me ocurre una idea...
Y en voz baja y rápida deslizó algunas palabras en el oído de su compañero. Como cuatro horas antes, una doble y cruel sonrisa cruzó por sus labios.
—¡Oye! —dijeron a Karú.— Eres un valiente, pues has resistido una prueba bien dura por cierto. No hay muchos hombres de tu color que se hubieran portado como tú ante la broma. ¡Eres todo un hombre! Dinos, sí, una cosa: ¿Qué has hecho de tu hijo? Sería inútil que mintieras, pues a cien metros de aquí nos informarían... ¿Qué has hecho de él?
El padre, con un leve gesto de desesperada amargura, señaló la selva a sus espaldas.
—Allí... —murmuró. Y volvió a dejar caer la cabeza sobre el pecho.
Los oficiales comprendieron y no agregaron una palabra más. Un instante después resonaban afuera sus voces duras, en rápida conversación, y cuando Karú tornó a levantar la cabeza, delante de él estaba Ruy Díaz. Habían pasado veinticuatro horas de inerte desesperación sobre la cabeza del padre, sin que éste hubiera hecho un solo movimiento.
Ruy Díaz no tuvo necesidad de preguntar lo que había pasado; el profundo aniquilamiento del pobre ser lo dejaba comprender. Con todo, puso su mano firme y afectuosa en la cabeza de Karú.
—Estuvieron los oficiales, ¿no? —le preguntó.
Al contacto de aquella mano, tan diferente del contacto odioso de la tarde anterior; al sonido de aquella voz conocida, Karú sintió que dos lágrimas corrían de sus ojos, y su boca buscó instintivamente la mano varonil para besarla. Pero Ruy Díaz, como si no hubiese comprendido, esquivó naturalmente aquello.
—¡Sí! — murmuró — estuvieron.
—¡No te aflijas, pobre Karú! —agregó Ruy Díaz profundamente compadecido de aquel dolor.— ¿Sabes qué se ha hecho de Tuké?
—¿Cómo lo podría saber?...
—Está conmigo.
El cuerpo entero de Karú se sacudió como al contacto de una corriente eléctrica, mientras por sus ojos desmesuradamente abiertos, cruzaba un relámpago de inmensa alegría.
—¡Ah, salvado, salvado! Tú eres mi padre, el padre de Tuké, de todos! —Y de nuevo intentó besar aquella mano generosa.
—¡Guárdalo contigo, padrecito! —agregó con súbito espanto, temblando al recuerdo.— ¡Tenlo contigo, siempre, siempre!
El pobre padre se olvidaba del terrible peligro que echaba encima de Ruy Díaz. Éste quiso probar el temple de Karú.
—¿Y si los oficiales vienen a pedirmelo? —le dijo fríamente, mirándolo en los ojos.
Karú comprendió.
—¡Perdona, padrecito! —murmuró incorporándose.— Voy a buscar a Tuké…
Ruy Díaz colocó por segunda vez la mano sobre la cabeza de Karú, obligándole esta vez a sentarse de nuevo.
—¡Niño grande! —le dijo riéndose, aunque hondamente conmovido por aquella singular nobleza de alma. ¡Pierde cuidado! Tuké está tan seguro en mi casa como yo mismo. ¡No lo entregaré a los oficiales, pierde cuidado!
Y sustrayéndose de nuevo a las manifestaciones de adoración de Karú, Ruy Díaz volvió a su choza. No quiso al principio enterar a Tuké de la presencia de los oficiales en casa de su padre la tarde anterior, a fin de hacerle perder del todo los bruscos sobresaltos que de vez en cuando le cogían al recuerdo de sus angustias pasadas; pero luego cambió de parecer, para que no quedara a Tuké el menor deseo de alejarse de su choza.
Los oficiales europeos, en función colonial, tienen por lo común pocos escrúpulos por la vida de uno que otro negro. El alejamiento de la patria, el fastidio y los vientos tropicales influyen en el malhumor de los expatriados, llevando a veces este estado de irritación a extremos terriblemente monstruosos. Ruy Díaz lo sabía, y de aquí su preocupación por Tuké. Los dos oficiales aquellos no eran hombres de abandonar su presa fuera cual fuese su designio, y por lo que sigue se verá pronto que Ruy Díaz tenía perfecta razón para temblar hasta lo más hondo por la suerte de Tuké.
Pasaron sin embargo dos días de completa tranquilidad. En el laboratorio reinstalado, Ruy Díaz había reanudado sus observaciones sobre el veneno del tsétsé. Un caballo y dos cebras —kilé-kilé, según fresco bautismo de Tuké,— un espléndido ejemplar de tres años, habían llegado ya a admitir dosis enormes de veneno de tsétsé desecado. Y Ruy Díaz confiaba en llegar a obtener antes de la estación de las lluvias, un suero perfectamente curativo y preventivo contra la terrible plaga africana. Un específico semejante puede reportar millones de millones a su feliz inventor, pues sabido es la importancia extraordinaria que para el África tropical tiene la fúnebre mosca que cada año diezma literalmente los ganados. Recuérdese solamente que en la construcción del ferrocarril de Mombasa al Victoria Nianza, costó al gobierno inglés millones la renovación constante de la tropa de búfalos diezmada día a día por el tsétsé.
Pero Ruy Díaz pensaba muy poco en el lado especulativo de su descubrimiento. 3
Los días plácidos de estudio y felicidad llevaban miras de prolongarse así hasta la estación de las lluvias, cuando el primer temblor de la catástrofe sacudió a la tranquila choza.
Una mañana, ya cerca de mediodía, volvía Ruy Díaz a casa. Con el gran sombrero bien echado atrás, según costumbre, apresuraba el paso bajo el terrible sol africano que calcinaba la arena y enceguecía. Cuando le faltaban quinientos metros para llegar, sintió por detrás un ruido de galope a rienda suelta, y volviéndose, vio a dos jinetes que desembocaban en ese momento de un recodo del sendero.
Ruy Díaz prosiguió su marcha; la rápida ojeada le había permitido distinguir a dos oficiales europeos que corrían precipitadamente en su dirección, y al mismo tiempo tuvo la intuición plena de que para el drama de Tuké, a cuyo prólogo había asistido en el bosque, comenzaba el formidable primer acto.
No se equivocaba. Antes de que hubiera dado cincuenta pasos, la tierra tembló bajo los cascos de los caballos detenidos en seco, y una voz dura y ronca sonó sobre la espalda de Ruy Díaz.
—¡Eh, sen aquelle!
En todo el Bajo y Medio Congo, hasta las cataratas de Stanley, la lengua usual es el portugués. Es la única lengua en que los indígenas se expresan en su comercio con los conquistadores, y es la que forzosamente llegan a conocer los europeos, de cualquier nación que sean.
Al sentirse interpelar de ese modo despreciativo, y en este caso insultante, según era la voz del oficial, Ruy Díaz se detuvo y miró con fría extrañeza a los dos millares.
—He oído llamar —dijo— pero no sé si es a mí.
—¡Sí, a usted mismo! —contestó un oficial burlonamente. —¿Usted es español?— agregó con visible impertinencia…
—En efecto —repuso Ruy Díaz— lo soy. —En cambio, confieso no tener el menor interés en saber de qué nacionalidad son ustedes.
—¡Bueno, bueno! —intervino el otro oficial.— ¡No se trata de intercambio de galanterías! El señor es español, y basta. Nosotros somos... ya lo reconocerá usted por el uniforme. El asunto es este, señor....
—Ruy Díaz.
—Muy bien; el asunto es este, señor Ruy Díaz, estamos muy preocupados por la suerte de un negrito que debíamos haber llevado con nosotros al destacamento. Se llama Tuké. Y nos informan que está en su poder.
—En mi poder, justamente, no. Vive a mi lado, lo cual es muy distinto.
—¡Perfectamente! En este caso no tendría usted inconveniente en entregárnoslo.
—Desde que no está en mi poder, mal podría entregarlo. Pero me parece —agregó después de una pausa— que no tendrá mucho gusto en ir con ustedes.
—¡Poco nos importa! ¡Queremos a Tuké, y vendrá con nosotros!
—Si él lo desea, no tengo el menor inconveniente.
—¡Aunque no lo desee, señor Luz y Día!
—Ruy Díaz. Para esto, sería menester que ustedes sacaran a la fuerza a Tuké de mi casa... y eso será incorrecto.
—¡Nos importa muy poco!
Ruy Díaz, entonces, que hasta ese instante parecía haberse divertido con aquel cambio de palabras, se puso súbitamente pálido, y por su frente descubierta pasó una sombra.
—¡Es que no me han entendido! ¡Les prohibo terminantemente a uno y a otro, no que entren, sino que ni siquiera pongan los pies en el dintel de mi casa! ¡Supongo que han ustedes comprendido ahora!
Los oficiales lanzaron a dúo un juramento, y uno de ellos lanzó casi su caballo sobre el pecho de Ruy Díaz.
—¿Usted sabe con quiénes está hablando? —rugió rojo de cólera.
—¡Sí, tanto como ustedes saben con quién hablan!... ¡Quieto! —exclamó conteniendo al caballo del oficial con una violenta palmada en el hocico.— ¡Si ese animal da un paso más adelante, no respondo de él y de lo que lleva encima! —añadió con voz tonante al ver que las espuelas del oficial se acercaban a los ijares del caballo.
Durante un momento el oficial, a punto de lanzar su caballo adelante, y Ruy Díaz, inmóvil con las manos cruzadas atrás, se midieron con la mirada. La del oficial centelleaba de rabia; la de Ruy Díaz, clara como siempre, tenía en cambio una dureza de acero.
Al fin la prudencia pudo más, y el oficial, con un brutal espolazo, lanzó su cabalgadura a la derecha.
—¡Bueno, dejemos esto! —exclamó volviéndose a Ruy Díaz, y agregó con la voz trémula de odio:
—¡Lo que le prevengo es que trate de no ponerse en mi camino!
—¡En cambio —repuso Ruy Díaz con voz fría pero terriblemente combativa — puede usted ponerse tantas veces quiera en el mío!... Pero Tuké quedará en casa.
El oficial lanzó aún un juramento y una sombría mirada a Ruy Díaz:
—¡Allá veremos! —y con su compañero se lanzó al galope.
* * * * * * *
Ruy Díaz llegó a su choza muy preocupado. Era evidente que las cosas no quedarían ahí. El torrente de bilis que los oficiales habían derramado en honor suyo, pedía el río de su propia sangre para contenerlo: esto lo comprendía perfectamente Ruy Díaz. Luego, la terrible hambre de Tuké que tenían. ¿Qué causa, qué motivo había para ese ensañamiento feroz con la pobre criatura? Y de estos dos deseos ardientes: la posesión de Tuké y el desquite del freno que el aventurero les había forzado a morder, Ruy Díaz debía defenderse.
En consecuencia, recomendó al viejo sirviente la más extrema vigilancia del menor ruido insólito que sintiera, para avisarle en seguida. En cuanto a Tuké, prohibióle formalmente que pusiera los pies fuera del kraal, donde podía, si lo tenía a bien, corretear cuanto quisiera con Menné. Echó luego un vistazo al laboratorio, y al pensar que de un momento a otro todos aquellos tubos y retortas que eran el premio de sus fatigas y de su inteligencia, podían quedar para siempre inertes e infructuosos, mientras él yacía por ahí con la frente agujereada de un balazo, Ruy Díaz tuvo un instante de real pesadumbre. Tocó uno por uno sus frascos con verdadero cariño, y al fin, olvidado de todo, tiró el sombrero lejos, y se puso a trabajar.
Cuando al caer la tarde Tuké entró a encender la luz, Ruy Díaz se levantó sonriendo, y cogiendo la cabeza del negrito entre las manos, lo detuvo delante de la mesa donde, sobre una plancha de vidrio, brillaba un polvillo verdoso en diminutas escamas.
—¡Mira bien, Tuké! ¿Sabes lo que es eso?
El negrito abrió inmensos ojos y miró.
—¿Polvito? —dijo al fin.
Ruy Díaz se echó a reír,
—Sí, polvito... Con un grano de este polvo, sabio Tuké, el más chico de todos, se podría matar a Menné... Y con todo el polvito brillante, se mataría cosa de mil o dos mil bueyes. ¿Sabés cuántos son dos mil bueyes?
Igual profundo trabajo intelectual de Tuké que en la vez anterior.
Al fin, levantando los ojos:
—¿Muchos?
—Sí, muchos... Ahora este frasco... ¿ves? Tiene agua, nada más. Y con esta agua se salvarían Menné y todos los bueyes picados... Este polvito verde es el veneno del tsetsé.
Esta vez Tuké comprendió en seguida.
—Tsetsé... ¡pica!
—Pica... Y esta agua es el contraveneno. Óyeme bien: es el suero contra las toxinas del tsetsé, ¿comprendes? —agregó con impasible gravedad.
El ayudante lo miró fijamente, pestañeando con rapidez. Al fin murmuró:
—No sé... tsetsé... ¡pica! —repitió con cara expresiva.
—¡Bueno, Tuké! después comprenderás, y sabrás lo que ha hecho tu amigo Rüía... Esta noche no me toques nada de aquí... ¿oyes? Espérate, vamos a guardar esto y pondremos rótulos. Todo frasco con rótulo no se toca... Y diciendo y haciendo, Ruy Díaz guardó un polvillo verdoso, concluido por fin de fijar definitivamente esa misma tarde a las 4.30, y lo rotuló con gruesos caracteres... Toxina del tsetsé.
Hizo lo mismo con el suero, pero en vez de guardarlo en la vidriera del laboratorio, metió distraídamente el frasco en el bolsillo. De noche, al acostarse, lo sintió allí, pero como estaba vencido por el sueño, aplazó para el día siguiente la restitución del precioso líquido donde debía estar. Luego veremos qué importancia tuvo ese mero olvido.
Al día siguiente acababa de levantarse Ruy Díaz cuando vio llegar corriendo por la orilla del bosque a un negro conocido suyo y su vecino más próximo El pobre diablo estaba muerto de angustia: dos horas antes el león había asaltado su kraal llevándose la vaca, un hermoso animal cuya leche había gustado muchas veces Ruy Díaz.
Estaba loco de desesperación y espanto. Le quedaba aún felizmente el ternero, pero el león se lo llevaría como a la vaca. Su kraal era bajo, y los palos además estaban podridos. ¿Qué hacer? Por eso venía a pedir al padre Rüía, al gran amigo que había hecho a su pobre vaca el honor de tomar de su leche, venía a pedirle que le permitiera poner en su kraal al ternero.
—¡Pero, claro! —exclamó Ruy Díaz compadecido. —Si me hubieras dicho antes el estado de tu corral... Vamos a traerlo en seguida.
Y en compañía del negro salió. Su choza de éste distaba una legua escasa; pero el bosque y los accidentes tornaban infinitamente más larga la distancia. Ruy Díaz pudo a su vez apreciar la audacia y fuerza del viejo ladrón, aún y todo que el corral estuviera desvencijado.
La conducción de la ternerita —se supondrá si su dueño la había amansado con cariño— no parecía ofrecer dificultades. Y de ese modo, cuando los dos hombres se ponían en marcha en dirección a la choza de Ruy Díaz, este tuvo por fin la curiosidad de preguntarle si había sentido al león. El viejo repuso que no, y que tal vez hubiera pasado toda la mañana sin ir al kraal, porque debía machetear el bananal en el rozado, si dos hombres, pasando a caballo, no le hubieran advertido lo que pasaba.
Ruy Díaz, que desde quince días atrás no recordaba sino de vez en cuando el sombrío asunto Tuké, se estremeció entonces violentamente:
—¿A caballo? ¿dos hombres? —preguntó frunciendo el ceño. —¿Los viste bien?
—Sí; oficiales…
El corazón de Ruy Díaz tuvo una segunda sacudida. ¡Luego eran ellos! Su presentimiento no lo había engañado. Y acaso a esa hora…
—¡Respóndeme en seguida! ¿Qué dirección llevaban?
—Allá …
Y el negro señaló al oeste, hacia la choza de Ruy Díaz.
La catástrofe se precipitaba ya. Ruy Díaz, con breves palabras de excusa, dejó a su compañero y solo, a un paso que era casi carrera y con el alma angustiada por los más sombríos presentimientos, se lanzó hacia su choza.
Al rato vio la hora; eran las 7. Redobló más la velocidad de su paso, deplorando inmensamente no tener en esa ocasión un caballo. Con los nervios tensos hasta romperse, devoraba con la vista el camino esperando a cada momento ver…
¡Sí, alguien venía! Surgiendo de pronto de un recodo del camino, un negro corría desesperadamente hacia Ruy Díaz. Apenas vio a éste, el negro lanzó un largo grito mezcla de esperanza y espanto, al que Ruy Díaz respondió con otro. Demudado, los ojos fuera de las órbitas, el negro estuvo en un segundo al lado de Ruy Díaz y se lanzó a sus pies.
—¡Rüía! ¡padre del negro! ¡Oficiales llevaron Tuké! ¡Yo vi, yo vi!
Ruy Díaz se puso pálido y una llama de coraje encendió sus ojos.
—¡Maldición! —rugió— ¡ya lo temía! ¿Y Barek? —preguntó acordándose al fin de su fiel sirviente.
El negro lanzó un profundo gemido y se hundió más en tierra sin responder.
—¡Habla, por todos los diablos! —gritó Ruy
Díaz sacudiéndolo sin atreverse a interpretar el temible silencio del negro.
—¡Barek!... ¡pobre Barek! ¡murió! —sollozó el mensajero.
Los dos kilómetros que faltaban aún para llegar a su casa, Ruy Díaz los devoró en una precipitada carrera, empapado en sudor y polvo, la boca llena de tierra y con la frente nublada de dolor.
No necesitó llegar a su choza. A cien metros de ella, en el extremo del kraal, Barek yacía de espaldas con la frente agujereada por una bala; y al lado de él, tocándose casi en un solo montón, dos caballos con las patas estiradas y estremeciéndose aún concluían de morir en un mar de sangre que corría de su pecho abierto. Uno y otro tenían la misma herida, una puñalada honda y ancha en pleno corazón.
—¡Sus caballos! —murmuró Ruy Díaz profundamente turbado por aquella escena.— ¿Qué significa esto?
Y dejando para más tarde la solución de ese enigma, se lanzó a su choza.
No se notaba el menor desorden ni en el cuarto de Ruy Díaz ni en el de Barek ni en la cocina. Pero de lo que había sido laboratorio, no quedaba sino un piso repleto de vidrios rotos y empapado de agua y ácidos. Nada más.
Al ver aquella irreparable ruina, que hundía con ella todo un pasado de heroico trabajo y un porvenir de gloria, Ruy Díaz no dejó traslucir la menor emoción, Pero su rostro ya blanco fue empalideciendo cada vez más hasta llegar al lívido. Fue lo único que se hubiera podido notar. Visiblemente su pulso era el mismo y su respiración tenía la misma profunda lentitud de siempre. Permaneció mirando aquel desastre de su vida intelectual, de la vida misma de su viejo amigo y con toda seguridad de la de Tuké.
Salió por fin afuera, y sin apresurarse cavó en pleno sol una honda fosa al lado de Barek.
Cuando estuvo concluida cogió el cadáver de su sirviente como se carga el cuerpo de un niño, y lo depositó en el fondo. Pero antes de echar la primera palada, se sentó sobre el montón de tierra, un poco cansado, sin duda. Sí, sin duda había un poco de fatiga; pero mientras descansaba mirando inmóvil a lo lejos, con las dos manos cruzadas por sobre las rodillas, su vista se empaño ligeramente, y al levantarse con una ligera sacudida de hombros, dos lágrimas, dos hondas y pesadas lágrimas cayeron de sus ojos. Fue la única oración cristiana o pagana que se rezó por Barek; pero seguramente el alma del pobre negro no hubiera deseado mayor dicha para su desaparición de este mundo, que aquellas dos lágrimas que sobre su cadáver vertía su patrón Ruy Díaz.
* * * * * * *
Por la ancha picada del bosque, ya ensombrecida de crepúsculo, en silencio y con el oído atento, marchaban en dos nuevos caballos tomados a sus asistentes, los dos oficiales. Tras uno de ellos yacía cruzado de espaldas sobre la grupa, con los puños y tobillos sólidamente atados a la montura, un cuerpito humano: era Tuké. La tarde avanzaba rápidamente, y los oficiales apresuraron el paso de su cabalgadura; pero muy poco después, con esa casi instantaneidad de la región ecuatorial, la noche cayó. En la profunda tiniebla de la selva, solo una angosta faja de cielo y una fantástica penumbra bajo ella, marcaba el trayecto de la ruta. El grupo marchó un cuarto de hora aún, siempre en el mismo sombrío silencio, hasta que de pronto los caballos, deteniéndose, lanzaron un resoplido de espanto. Ambos temblaban, y escalofríos les corrían sobre la piel como relámpagos.
Los oficiales instintivamente empuñaron el revólver.
—Han olfateado algo — murmuró uno de ellos después de largo rato de atención.
—Sí, —respondió el otro— algún leopardo… Y lo peor es que ya es de noche. Apenas tendremos tiempo de llegar.
—¡Quién sabe! El león, según me contó un maldito mono de esos, sale tarde de su guarida. Si dejáramos aquí los caballos?
—Creo lo mismo. En cuanto a este...
—¡Oh, con ese me entiendo yo!
Y el oficial que concluía de hablar, cortando de una cuchillada las ligaduras que sujetaban a Tuké, cogió a este del cuello y lo puso en tierra. En seguida, colocándole el cañón del revólver en medio de la frente:
—¡Oye, joven gorila! —le dijo.— Al primer movimiento que hagas para escapar, ¿oyes bien?, ¡te hago saltar esa cáscara de coco! ¿Estás enterado?
La criatura no respondió, y el oficial entonces le golpeó ligeramente la frente con la boca del cañón.
—¿Has oído, vil engendro? —repitió con rabia el oficial exasperado; pero su compañero intervino.
—¡Vamos, vamos! ¡Estás perdiendo miserablemente el tiempo con ese muchacho! ¿Qué te importa que no te responda? Ha oído bien, y entretanto el tiempo corre. Después podrás hacerlo hablar cuanto quieras.
Ese hablar, fuertemente recalcado, tuvo el don de calmar instantáneamente al oficial, y como ya había sucedido en dos ocasiones, una doble y cruel sonrisa torció los labios de los cazadores.
Atados los caballos, atemorizados aún, se deslizaron entonces bajo plena selva, a través de un imperceptible sendero por el cual únicamente podían guiarse cazadores de profesión. La criatura caminaba entre los dos oficiales, y su instinto del bosque natal, le advertía, casi sin ver, una rama cruzada y un zanjón atravesado. La selva, desierta y muda hasta media hora antes, cambiaba bruscamente de aspecto con la caída de la noche. En todas partes, aquí, allá, a la derecha, detrás, sonaban chillidos, silbidos, gruñidos, entremezclados con ruidos de ramas rotas. Delante de los hombres la maleza se agitaba bruscamente y súbito resoplido indicaba la fuga de un animal cogido de sorpresa.
Pero para los cazadores habituados a emociones más fuertes, aquella agitación nocturna de la selva tenía poca importancia, y el alma de la criatura estaba demasiado empapada en estupor y angustia para temer a todo aquello.
La marcha se prolongó así media hora, bajo el túnel del bosque tropical, hasta que la mayor abundancia de maleza indicó la proximidad de un desmonte, y en efecto, minutos después los hombres desembocaban en un claro de bosque donde algunas ramas secas denunciaban una vieja plantación de mandioca.
Los cazadores se detuvieron y cambiaron algunas palabras en su lengua natal.
—¿Y el mocito? Lo podríamos atar ya.
—¡Esperemos un momento aún! Aunque los datos del negro deben de ser seguros, exploremos un poco esto.
Y encendiendo entonces un farol de acetileno, observó el suelo en diversos lugares.
A orillas de un minúsculo manantial que se abría allí, su vista se detuvo el mayor tiempo.
—¡Che! ¡Aquí hay algo! —exclamó.
—¿La persona en cuestión? —preguntó su compañero.
—¡Sí!; ven a todo evento con el gorila.
Un instante después el grupo se reintegraba. Un oficial invitó a Tuké a que se fijara bien en una huella perceptible en el terreno húmedo del manantial. Los tres hombres se arrodillaron sobre el suelo rodeando el brillante manchón de luz, y un segundo después la criatura se estremecía violentamente.
—¡Ah! ¡Parece que conoces eso! —se rió el oficial.— ¿Qué animal ha dejado ese rastro, señor protegido de negreros?
—¡León! —murmuró el negrillo.
—León, ¡perfectamente! ¡Es todo lo que queríamos saber! ¡Ahora, manos a la obra!
Entonces los dos hombres, llegados a la meta de su deseo, arrastraron a la criatura contra un árbol seco que se mantenía en pie en medio del desmonte, y lo ataron sólidamente al tronco a dos metros de altura.
El negrillo, aunque con un terrible miedo, no hizo la menor resistencia ni desplegó los labios. Había en sus ojos, en su actitud entera, una heroica voluntad de afrontar aquello monstruoso que se preparaba con un valor extraordinario en su infantil corazón. Sus dientes castañeteaban y su pobre carnecilla preparada para el más diabólico de los sacrificios creíbles, se rebelaba en incesantes escalofríos, pero ni un gemido salió de sus labios, ni en la mirada que tenía clavada en los oficiales había el más leve resto de súplica. Antes bien, los oficiales sintieron crecer sorda irritación.
—¡Maldito mono! —gritó uno.— ¿Por qué nos miras así? ¡Se diría que nos están desafiando!
—¡Si, y se muere de miedo! —agregó su compañero con un dejo de sorpresa. —Tienes miedo?— se dirigió a la criatura.
De lo alto del palo, aquel pequeño Cristo respondió con un hondo estremecimiento:
—Si...
—¿Y por qué miras así, entonces? Quieres tener valor, no es eso? —exclamó sarcásticamente el oficial.
Tuké no respondió, pero era evidente que eso era a lo que aspiraba heroicamente la desvalida y lamentable criatura.
Pero entretanto la noche avanzaba, y era preciso aprestarse a la cacería. Así es que un oficial, cogiendo una larga rama, golpeó con ella en la cabeza a Tuké.
—Óyeme, engendro! Cuando nosotros hayamos subido a ese árbol que ves ahí, te pondrás a gritar, ¿entiendes? No es cuestión de que grites constantemente; ¡de rato en rato basta! ¿Vas a gritar?
Espero en vano respuesta.
—¡Gritara! —rugió su compañero exasperado.— Si no... ¡Oyeme a mi, bestezuela! —se dirigió a su vez a Tuké. Si no gritas como es debido, tengo una cosa aquí... ¡pero mejor es que lo veas! ¡así comprenderás del todo!
Y atando en el extremo de la rama un pequeño objeto brillante, lo colocó delante de los ojos del crucificado.
Un grito súbitamente contenido se escapó de los labios de la criatura, mientras su cuerpo sufría una profunda conmoción...
Una doble carcajada sonó a sus pies.
—¡Ah! ¿has comprendido? ¡Me alegro infinito! De modo que ya sabes lo que tienes que hacer. Si no gritas por tu propia cuenta, entonces... ¡Bueno, hasta mañana, joven gorila!
Todos los preparativos ya prestos, los dos cazadores treparon al árbol, y luego de instalarse cómodamente en las bifurcaciones del tronco, a cuatro metros de altura, revisaron prolijamente sus armas y apagaron el farol.
En los primeros momentos la oscuridad fue completa; pero frente a ellos, tras la víctima atada, el ramaje superior del bosque aclaraba, y un instante después la luna inmensa y rojiza aún, iluminaba la escena. Con ella habían contado los cazadores, y en efecto, el claro del bosque, surgía blanco de luz. Ningún animal hubiera podido internarse dos metros en él, sin ser visto, y mucho más tratándose de un león. En el medio, destacándose en su claridad de palo blanqueado por las lluvias, se elevaba el árbol seco y tronchado como un poste de sacrificio. Y en él, rudamente atado a lo largo, a dos metros de altura, una lamentable y aterrorizada formilla humana; era el cebo que con sus gritos debía atraer a la fiera hambrienta.
Este era el sencillo plan concebido por los dos oficiales en pos de la negativa de Karú de entregar un ternerito al sacrificio, y para la realización del mismo plan, y entonces exacerbados por la venganza habían matado de un tiro al sirviente de Ruy Díaz, y destrozado su laboratorio. La destrucción, sin embargo, no había sido total, como pronto se verá. La escena aquella con Ruy Díaz en pleno camino, a las doce del día, revivía siempre en el recuerdo de los oficiales, y sus almas se empapaban de sombrío gozo al haber aniquilado el trabajo de toda su vida. La venganza tocaba ya su fin, y los oficiales inmóviles en su guarida, esperaron un rato oír la voz de Tuké.
Pasaron cinco minutos y nada rompió el silencio.
—¡Eh, mono del infierno! —clamó de pronto una voz desde la sombra del árbol. —¿Vas a gritar o no?
Igual silencio.
—¡Cuidado, cachorro de chacal, porque voy a bajar con el frasco! —se oyó otra vez.
Un vago estremecimiento se notó en el miserable cebo humano, pero no se oyó un ruido.
—¿Si le rompiéramos desde aquí un tobillo de un balazo?... —murmuró fríamente un oficial empuñando el arma.
—¡No digas locuras! En otra ocasión la cosa tendría gracia; pero ahora se trata del viejo león. Esperemos aún...
Pasaron otros cinco minutos. La luna ascendía pura e inmaculada sobre aquel episodio de un infierno humano.
—¿Vas a gritar? —rugió de nuevo una voz.
Pero la lamentable criatura, empapada en sudor de agonía, hallaba no obstante en su angustia fuerza para resistir.
Los oficiales con un nuevo juramento, se lanzaron entonces a tierra, y llenando velozmente una jeringa de Pravaz con el contenido de un frasco que decía Toxina del tsetsé, se aproximaron al árbol de Tuké y trepando uno en los hombros del otro, inyectaron al desgraciado una jeringuilla entera bajo la piel del vientre.
—¡Bien, mocito! ¡Ahora, si quieres, puedes o no gritar! ¡Haz lo que te parezca! —le lanzaron en una carcajada los dos oficiales. Y trepando de nuevo a su apostadero en la sombra del árbol, esperaron de nuevo. Lo que pasó por la tierna alma de la criatura, ante el increíble tormento que le imponen dos hombres a quienes nada había hecho, no es fácilmente comprensible.
Pero por primera vez, desde catorce horas, sus labios se abrieron espontáneamente, y en un profundo sollozo exhaló cuanto había en su alma de amor, esperanza y protesta contra esa terrible injusticia de la vida.
—¡Padrecito!... ¡Rüía!...
—¡Ah, por fin! —exclamaron burlonamente los cazadores.— ¡El miedo te hace acordar de tu amigo Ruy Díaz, eh! ¡Llamalo, llamalo, llorón, que si viene te hará en breve compañía en el palo!
Y una doble carcajada sonó en la sombra del árbol ante la bella perspectiva.
Pasó un momento. Los dos hombres habían creído ya sentir vagos gemidos que partían del claro, cuando de pronto un grito, un alarido de terrible dolor rompió la noche.
—¡Bueno! ¡Esto empieza bien! ¡Adelante, chacal, que si sigues llamando así a tu compatriota el león, poco nos queda por hacer!
Un segundo alarido, sacudió el aire sereno, y desde ese momento, para suprema dicha de los cazadores, los terribles dolores del envenenamiento del cuerpo entero, arrancaron sin cesar gritos de desesperación a la infeliz criatura. El desgraciado se retorcía, cuanto le permitían las ligaduras, sus ojos desmesuradamente abiertos y despavoridos de dolor, parecían preguntar el por qué de esa nefanda injusticia, y mientras tanto, sólidamente instalados en las horquetas del árbol, los dos cazadores, inmóviles, con el oído atento, observaban hasta romperse los ojos de atención, el claro blanco de luna.
Fue a las 10 de la noche, media hora después de comenzar el inaudito tormento, cuando los cazadores inmóviles se tocaron la mano: la selva, que a pesar de los alaridos humanos proseguía su pululante vida nocturna con chasquidos de ranas, chillidos y fugas entre la maleza, había callado de pronto.
—¡El león! —murmuró el oficial dirigiéndose a su compañero.
—¡Sí! —repuso el otro. —Ya le han sentido los animales.
Y de pronto, un bramido, cercano ya, estremeció la noche. La fiera, atraída por los gritos, se dirigía en línea recta a la víctima humana que le ofrecían.
Los bramidos aumentaban velozmente en intensidad, probando que el león, con las entrañas roídas por el hambre, ansiaba llegar de una vez. Y era sin duda terrible aquel dúo entre los alaridos cada vez más desgarradores de una pobre criatura desesperada por el dolor, y los rugidos de una formidable fiera que corría a devorarlo.
Sin embargo, cuando el león desembocó en el claro se detuvo, y el redoble de sus rugidos sindicó esta vez que temía una acechanza. Paso a paso, quebrando el espinazo hasta tocar tierra, fue avanzando hacia la presa; y cuando estuvo a diez metros de la criatura crucificada, se detuvo con un ahogado y triste rugido: la fiera se disponía a atacar.
Allá, en las tinieblas del árbol, dos fusiles, perfectamente inmóviles, estaban dirigidos a la paletilla del león, prontos a lanzar dos balas apenas la fiera se hubiera colocado en posición. Y entre fiera y cazadores, en lo alto de su cruz de martirio, Tuké, en medio de las horribles torturas que sufría, conoció también que su hora llegaba. Su pequeño heroico corazón se fundió por segunda y última vez en un supremo llamado de socorro a su gran amigo. ¿Qué podía esperar la desdichada criatura de su clamor? Pero su pobre frágil vida atormentada, y a punto de apagarse para siempre, pidió no obstante auxilio al único ser que podía llevárselo.
—¡Rüía!... ¡Rüía!...
Fue algo mágico y súbito lo que pasó. Al desgarrador llamado de la criatura, una voz potente y varonil respondió a espaldas suyas:
—¡Sí, Tuké! ¡Yo soy! ¡Valor!
Y la alta silueta de Ruy Díaz, rompiendo el monte, surgió plenamente iluminada por la luna. El león, con un atronador rugido, se había alzado también; pero apuntando velozmente, el aventurero tendió a la bestia, aullando, con las patas en el aire.
Rápido como el relámpago, Ruy Díaz volvió su escopeta hacia el árbol de acecho, donde a la luz de la luna había visto brillar un cañón de fusil, y dos detonaciones se cruzaron. Ruy Díaz osciló un momento sobre sí mismo, y en el árbol se oía un grito, y un instante después sonaba el golpe sordo de un cuerpo que caía a tierra.
Otro tiro partió del árbol, que Ruy Díaz sintió vibrar en sus oídos; pero en ese momento quedaba oculto a los fuegos del oficial por el palo en que Tuké permanecía mudo.
—¡Baje en seguida! —gritó Ruy Díaz con voz seca.
—¿Y si no bajo? —respondió el oficial,
—¡Lo bajo en seguida de un tiro! —contestó Ruy Díaz.— ¡Ya sabe que no yerro!
Durante un instante no se oyó en el árbol el más leve rumor.
—¡Rápido! —gritó por última vez la voz imperiosa del aventurero.
El oficial se lanzó entonces a tierra y avanzó. Ruy Díaz, de pie, con el arma apoyada en la boca del cañón, esperó. Cuando el oficial estuvo a diez metros, lo detuvo con un ademán.
—Entiendo que a pesar de la vileza de su alma, no es usted precisamente un cobarde, ¿no es eso?
El oficial, comprendiendo, se encogió de hombros, tiró a un lado su fusil, y prosiguió avanzando.
—Lo primero de todo —le dijo brevemente Ruy Díaz cuando estuvo a dos metros de él— es que merecería usted que lo matara aquí mismo como a un perro: esto en cuanto a lo primero; pero como tengo algo más que hacer en este momento, le ordenó que se alejara de aquí inmediatamente. Ya nos encontraremos mañana, ¿no es cierto? Si me falta valor para ultimar aquí a un miserable como usted, me sobra para arreglar cuentas de día y donde usted quiera... a menos que prefiera acecharme tras un árbol de la picada y asesinarme luego a traición. ¡Pronto! —concluyó mostrándole con la cabeza el camino.
—¿Eso es todo? —repuso fríamente el oficial:
—Sí, y sobra.
—¡El que sobra eres tú, maldito negrero ladrón! —gritó con furia el oficial descargando su revólver a boca de jarro sobre Ruy Díaz, que cayó pesadamente adelante.
El oficial le movió la cabeza con el pie y lo retiró empapado en sangre.
Aquello estaba concluido. Echó una ojeada a su alrededor, y durante un segundo estuvo tentado de concluir de un tiro a Tuké, que podía ser luego un testigo comprometedor de su infamia. Pero era evidente que el miserable negrillo no tenía vida para media hora más; de modo que encogiéndose por segunda vez de hombros, se alejó del teatro de sus proezas, dejando tras él, sin un último adiós, a su compañero muerto.
* * * * * * *
Diez minutos pasaron, y Ruy Díaz levantó la frente. Llevándose la mano a la cabeza, constató que la bala solo había rozado el hueso, abriéndole en la piel un sangriento surco por el que su sangre se escapaba en abundancia. No tenía la herida ninguna importancia, pero el choque había sido lo bastante rudo para tenderlo desmayado, y de aquí el engaño del oficial. La otra herida, en cambio...
Con la terrible energía que le conocemos, Ruy Díaz, sobreponiéndose a su creciente debilidad, cortó las ligaduras que sujetaban a Tuké y recibió en sus brazos el cuerpecillo inerte de la criatura. Al ver su semblante, al pulsarlo, al auscultarlo, frunció el ceño, y notando el aspecto de la picadura monstruosamente inflamada, se puso blanco, mientras una sospecha terrible cruzaba por su mente.
—O le han hecho morder por una víbora o… —y a pesar de desecharla por increíble, formuló en voz baja la otra suposición...— o le han inoculado: toxina de tsetsé...
En ese momento Tuké abrió los ojos y un destello de insensata alegría animó sus ojos, al ver inclinado sobre él a Ruy Díaz.
—Padrecito... —murmuró en voz apenas sensible— Tuké llamó y vino... Tuké muere.
—¡No digas locuras! —exclamó Ruy Díaz profundamente emocionado.— Dime, sí, qué te han hecho. ¿Qué te han dado a tomar?
—Aquí... —murmuró Tuké señalándose apenas el vientre— polvito de tsetsé. ¡Duele mucho, padrecito! —sollozó el desgraciado al recuerdo de sus tormentos.
—¡Ah, miserables! —exclamó Ruy Díaz— ¡ya me parecía que era eso! Si tuviera aún el laboratorio y no hubieran roto... ¡Pero, sí! —exclamó con el rostro alborozado— ¡ahora recuerdo que no llevé el suero al laboratorio! Debe de estar aún aquí...
Y llevo febrilmente la mano a su bolsillo, retirándola con un grito de triunfo: en su mano brillaba a la luz de la luna, el frasco con el precioso líquido. Llenando en un segundo su jeringuilla, inyectó por dos veces a Tuké diez centigramos del suero que debía destruir en media hora los venenos del tsetsé.
Ruy Díaz consideraba un verdadero milagro haber podido llegar cuando lo hizo. El estado de Tuké; su depresión y falta de dolor indicaban ya un estado de suma gravedad. De modo que constataba con inmensa satisfacción los signos de vida que retornaban en el pobre Tuké. En diez minutos la curación se acentuaba maravillosa, y minutos después Tuké se sentaba, el cuerpo muy dolorido, si, pero ya fuera de peligro.
Pero entonces a Tuké le tocó notar que Ruy Díaz oscilaba otra vez sobre sí mismo, y estaba a punto de caer, y recién entonces notó la sangre que empapaba su ropa.
—¡Padrecito!... ¡Rüía! —clamó el negrito desesperado.— ¡Herido!
Ruy Díaz, ya recobrado, repuso con voz un poco apagada.
—No es nada, un rasguño de las balas de esos señores: vamos a ver el que queda allá.
Y seguido de Tuké, que temía siempre que su salvador estuviera más herido de lo que aparentaba, llegaron junto al oficial: estaba total y definitivamente muerto, con el cuello agujereado. Tuké contempló el cadáver con horror.
—¿Muerto? —preguntó por fin.
—Sí; vámonos.
—¡Padrecito! quiero ver hombre malo —murmuró la criatura bajando la voz.
Y agachándose sobre el herido, registró su ropa, halló el frasquito de polvo verdoso, y vertiendo todo su contenido en el cuello abierto del oficial, se unió a Ruy Díaz, que con el rostro serio había dejado que el pequeño africano se desahogara.
—¡Hombre malo! — había sentenciado Tuké.
—¡Ven! sentémonos, descansa, y después volveremos a casa.
Y mientras Tuké recuperaba momento a momento sus fuerzas, Ruy Díaz, en el claro silencioso y blanco de luz pacífica, recorrió con el pensamiento las angustias de ese terrible día: la corrida a su casa de mañana, el cadáver de Barek junto a los caballos apuñalados por él para entorpecer la fuga de los oficiales, sacrificando su vida; la destrucción total de su laboratorio —su vida entera de trabajo— a excepción de la toxina del tsetsé que los miserables habían guardado ya se sabe con qué diabólico fin; la persecución tenaz, desenfrenada, de todo ese día tras el grupo, hasta su llegada en el momento preciso. Luego la bala que había llegado hasta el... Ahora que Tuké estaba en salvo...
Un largo escalofrío corrió por sus venas, y Ruy Díaz conoció que las fuerzas comenzaban a faltarle.
—De modo —dijo lentamente, pasando la mano por la cabeza de Tuké— que estás contento de que tu amigo haya llegado a tiempo para salvarte?
—¡Oh, padrecito! —murmuró la criatura a punto de llorar de dicha.
—He hecho cuanto he podido —agregó Ruy Díaz después de una larga pausa, y con la voz aún más lenta y apagada. —Y si algún día…
Tuké levantó la cabeza, y lanzó un grito desgarrador.
—¡Rüía! ¡padre! —clamó al ver que éste cerraba los ojos y se recostaba en un tronco.
—¡No grites! —murmuró Ruy Díaz— estas cosas pasan... cuando menos se esperan. Ayúdame a acostarme... así, y estaré mejor. De todos modos, vas a ser un hombre de ley y te acordarás alguna vez de tu amigo Ruy Díaz...
—¡Padre! ¡Rüía!... ¡Socorro! —clamaba Tuké abrazando desesperado la mano fría de su amigo— ¡no mueras, padrecito, no quiero!
Ruy Díaz tuvo fuerza para sonreírse aún:
—¡Imbécil! —murmuró— si tuvieras como yo una bala en el vientre... Bueno, tu amigo Ruy Díaz se muere, Tuké.
—¡Rüía!... ¡no, no!
—Cuando vayas a hacer una cosa que no debes, acuérdate de lo feliz que fuiste en casa... y piensa… en tu... amigo...
Tuké, al ver que Ruy Díaz quedaba mudo, lanzó un supremo grito de desolación, y echándose sobre el pecho de su gran amigo lloró su inmensa desesperación.
Habían pasado dos horas. La luna ascendía siempre, y a su blanca luz, la frente helada de Ruy Díaz brillaba como la de un héroe. A su costado, en un pequeño bulto negro, la criatura sollozaba siempre, insensible a todo, sordo a todo, oyendo con mortal indiferencia un aullido que se aproximaba sin cesar, sintiendo que su vida entera no alcanzaría a llorar al hombre que acababa de morir por el pobre negrito que se había llamado, y seguiría llamándose hasta que los aullidos llegaran hasta él: Tuké.
* * * * * * *
Una caravana de negros que pasó una hora después por alli, llegó a tiempo para salvar de los chacales a un negrillo que yacía inerte con los labios pegados a la mano de un hombre gravemente herido, a quien se creyó muerto en el primer momento.
* * * * * * *
Seis meses después de estos sucesos, perfectamente verídicos, se veía en una capital europea la causa de un oficial destacado en Africa, acusado de haber torturado horriblemente a un negrito de la región, con el fin de que sus gritos atrajeran a un león que debían cazar. Faltaban testimonios de fe para la condena, y acaso el oficial hubiera salido bastante bien librado, si en la prueba de testigos, una voz no hubiera sonado de pronto:
—Pido al honorable jurado que me permita deponer en esta causa.
Todos los rostros se volvieron a quien así hablaba: era un hombre alto, de gran barba rubia y varonil belleza. El acusado, al oír aquella voz, se estremeció violentamente, mientras su rostro se demacraba.
—¿Cómo testigo? —se preguntó vivamente al desconocido.
—Cómo testigo. ¡El acusado conoce perfectamente mi nombre!
Como movido por irresistible fuerza, el oficial volvió el rostro ya pálido, que se volvió lívido al contemplar aquella gran frente despejada.
—¡Ruy Díaz! —murmuró aterrado.
La prueba estaba hecha. La deposición del testigo fue breve y clara. El oficial, convicto y confeso, fue condenado a la degradación y a cinco años de presidio, solamente. Ruy Díaz, que no había querido dejar impune el crimen cometido con su amigo Tuké, guardó silencio en todo lo que a él respectaba.
Cuatro días después, un negrillo que recorría ansiosamente todos los días el puerto de Libreville, en el Congo, saltó de gozo al recibir esta lacónica carta:
Llegaré a esa el mes próximo; llevo un laboratorio completo. —RUY DÍAZ.
Los Perseguidos
Una noche que estaba en casa de Lugones, la lluvia arreció de tal modo que nos levantamos a mirar a través de los vidrios. El pampero silbaba en los hilos, sacudía el agua que empañaba en rachas convulsivas la luz roja de los faroles. Después de seis días de temporal, esa tarde el cielo había despejado al sur en un límpido azul de frío. Y he aquí que la lluvia volvía a prometernos otra semana de mal tiempo.
Lugones tenía estufa, lo que halagaba suficientemente mi flaqueza invernal. Volvimos a sentarnos prosiguiendo una charla amena, como es la que se establece sobre las personas locas. Días anteriores aquél había visitado un manicomio, y las bizarrías de su gente añadidas a las que yo por mi parte había observado alguna vez, ofrecían materia de sobra para un confortable vis-à-vis de hombres cuerdos.
Dada, pues, la noche, nos sorprendimos bastante cuando la campanilla de la calle sonó. Momentos después entraba Lucas Díaz Vélez.
Este individuo ha tenido una influencia bastante nefasta sobre una época de mi vida, y esa noche lo conocí. Según costumbre, Lugones nos presentó por el apellido únicamente, de modo que hasta algún tiempo después ignoré su nombre.
Díaz era entonces mucho más delgado que ahora. Su ropa negra, color trigueño mate, cara afilada y grandes ojos negros, daban a su tipo un aire no común. Los ojos, sobre todo, de fijeza atónita y brillo arsenical, llamaban fuertemente la atención. Peinábase en esa época al medio y su pelo lacio, perfectamente aplastado, parecía un casco luciente.
En los primeros momentos Vélez habló poco. Cruzóse de piernas, respondiendo lo justamente preciso. En un instante en que me volví a Lugones, alcancé a ver que aquél me observaba. Sin duda en otro hubiera hallado muy natural ese examen tras una presentación, pero la inmóvil atención con que lo hacía, me chocó.
Pronto dejamos de hablar. Nuestra situación no fue muy grata, sobre todo para Vélez, pues debía suponer que antes de que él llegara, nosotros no practicaríamos ese terrible mutismo. Él mismo rompió el silencio. Habló a Lugones de ciertas chancacas que un amigo le había enviado de Salta, y cuya muestra hubo de traer esa noche. Parecía tratarse de una variedad repleta de agrado en sí, y como Lugones se mostrara suficientemente inclinado a comprobarlo, Díaz Vélez prometióle enviar modos para ello.
Roto el hielo, a los diez minutos volvieron nuestros locos. Aunque sin perder una palabra de lo que oía, Díaz se mantuvo aparte del ardiente tema; no era posiblemente de su predilección. Por eso cuando Lugones salió un momento, me extrañó su inesperado interés. Contóme en un momento porción de anécdotas —las mejillas animadas y la boca precisa de convicción. Tenía por cierto a esas cosas mucho más amor del que yo le había supuesto, y su última historia contada con honda viveza, me hizo ver que entendía a los locos con una sutileza no común en el mundo.
Se trataba de un muchacho provinciano que al salir del marasmo de una tifoidea halló las calles pobladas de enemigos. Pasó dos meses de persecución, llevando así a cabo no pocos disparates. Como era muchacho de cierta inteligencia, comentaba él mismo su caso con una sutileza tal que era imposible saber qué pensar, oyéndolo. Daba la más perfecta idea de farsa: y esta era la opinión general al oírlo argumentar picarescamente sobre su caso —todo esto con la vanidad característica de los locos.
Pasó de este modo tres meses pavoneando sus agudezas psicológicas, hasta que un día se mojó la cabeza en el agua fresca de la cordura y modestia en las propias ideas.
—Ahora está bien —concluyó Vélez— pero le han quedado algunas cosas bien típicas. Hace una semana, por ejemplo, lo hallé en una farmacia: estaba recostado de espaldas en el mostrador, esperando no sé qué. Pusímonos a charlar. De pronto un individuo entró sin que lo viéramos, y como no había ningún dependiente llamó con los dedos en el mostrador. Bruscamente mi amigo se volvió al intruso con una instantaneidad verdaderamente animal, mirándolo fijamente en los ojos. Cualquiera se hubiera también dado vuelta, pero no con esa rapidez de hombre que está siempre sobre aviso. Aunque no perseguido ya, ha guardado sin que él se de cuenta un fondo de miedo que explota a la menor idea de brusca sorpresa. Después de mirar un rato sin mover un músculo, pestañea, y aparta los ojos, distraído. Parece que hubiera conservado un oscuro recuerdo de algo terrible que le pasó en otro tiempo y contra lo que no quiere más estar desprevenido. Supóngase ahora el efecto que le hará una súbita cogida del brazo, en la calle. Creo que no se le irá nunca.
—Indudablemente el detalle es típico —apoyé.— ¿Y las psicologías desaparecieron también?
Cosa extraña: Díaz se puso serio y me lanzó una fría mirada hostil.
—¿Se puede saber por qué me lo pregunta?
—¡Porque hablábamos justamente de eso! —le respondí sorprendido. Mas seguramente el hombre había visto toda su ridiculez porque se disculpó enseguida efusivamente:
—Perdóneme. No sé qué cosa rara me pasó. A veces he sentido así, como una fuga inesperada de cabeza. Cosas de loco —agregó riéndose y jugando con la regla.
—Completamente de loco —bromeé.
—¡Y tanto! Solo que por ventura me queda un resto de razón. Y ahora que recuerdo, aunque le pedí perdón —y le pido de nuevo— no he respondido aún a su pregunta. Mi amigo no psicologa más. Como ahora es íntimamente cuerdo, no siente como antes la perversidad de denunciar su propia locura, forzando esa terrible espada de dos filos que se llama raciocinio... ¿verdad? Es bien claro.
—No mucho —me permití dudar.
—Es posible —se rió en definitiva.— Otra cosa muy de loco. Me hizo una guiñada, y se apartó sonriente de la mesa, sacudiendo la cabeza como quien calla así muchas cosas que podrían decirse.
Lugones volvió y dejamos nuestro tema —ya agotado, por otro lado. Durante el resto de la visita Díaz habló poco, aunque se notaba claro la nerviosidad que le producía a él mismo su hurañía. Al fin se fue. Posiblemente trató de hacerme perder toda mala impresión con su afectuosísima despedida, ofreciéndome su apellido y su casa con un sostenido apretón de manos lleno de cariño. Lugones bajó con él, porque su escalera ya oscura no despertaba fuertes deseos de arriesgarse solo en su perpendicularidad.
—¿Qué diablo de individuo es ése? —le pregunté cuando volvió. Lugones se encogió de hombros.
—Es un individuo terrible. No sé cómo esta noche ha hablado diez palabras con usted. Suele pasar una hora entera sin hablar por su cuenta, y ya supondrá la gracia que me hace cuando viene así. Por otro lado, viene poco. Es muy inteligente en sus buenos momentos. Ya lo habrá notado porque oí que conversaban.
—Sí, me contaba un caso curioso
—¿De qué?
—De un amigo perseguido. Entiende como un demonio de locuras.
—Ya lo creo, como que él también es perseguido.
Apenas oí esto, un relámpago de lógica explicativa iluminó lo oscuro que sentía en el otro. ¡Indudablemente!... Recordé sobre todo su aire fosco cuando le pregunté si no psicologaba más... El buen loco había creído que yo lo adivinaba y me insinuaba en su fuero interno...
—¡Claro! —me reí.— ¡Ahora me doy cuenta! Pero es endiabladamente sutil su Díaz Vélez. — Y le conté el lazo que me había tendido para divertirse a mis expensas: la ficción de un amigo perseguido, sus comentarios. Pero apenas en el comienzo, Lugones me cortó.
—No hay tal; eso ha pasado efectivamente. Solo que el amigo es él mismo. Le ha dicho en un todo la verdad; tuvo una tifoidea, quedó mal, curó hasta por ahí, y ya ve que es bastante problemática su cordura. También es muy posible que lo del mostrador sea verdad, pero pasado a él mismo. Interesante el individuo, ¿eh?
—¡De sobra! —le respondí, mientras jugaba con el cenicero.
* * * * * * *
Salí tarde. El tiempo se componía al fin, y sin que el cielo se viera el pecho libre lo sentía más alto. No llovía más. El viento fuerte y seco rizaba el agua de las veredas y obligaba a inclinar el busto en las bocacalles. Llegué a Santa Fe y esperé un rato el tramway, sacudiendo los pies. Aburrido, decidime a caminar, apresuré el paso, encerré estrictamente las manos en los bolsillos y entonces pensé bien en Díaz Vélez.
Lo que más recordaba de él era la mirada con que me observó al principio. No se la podía llamar inteligente, reservando esta cualidad a las que buscan en la mirada nueva, correspondencia —pequeña o grande— a la personal cultura —y habituales en las personas de cierta elevación. En estas miradas hay siempre un cambio de espíritus, —profundizar hasta dónde llega la persona que se acaba de conocer, pero entregando francamente al examen extranjero parte de la propia alma.
Díaz no me miraba así; me miraba a mí únicamente. No pensaba qué era ni qué podía ser yo, ni había en su mirada el más remoto destello de curiosidad psicológica. Me observaba, nada más, como se observa sin pestañear la actitud equívoca de un felino.
Después de lo que me contara Lugones, no me extrañaba ya esa objetividad de mirada de loco. En pos de su examen, satisfecho seguramente se había reído de mí con el espantapájaro de su propia locura. Pero su afán de delatarse a escondidas tenía menos por objeto burlarse de mí que divertirse a sí mismo. Yo era simplemente un pretexto para el razonamiento y sobre todo un punto de confrontación: cuanto más admirase yo la endemoniada perversidad del loco que me describía, tantos más rápidos debían ser sus fruitivos restregones de manos. Faltó para su dicha completa que yo le hubiera dicho: «—¿Pero no teme su amigo que lo descubran al delatarse así?» No se me ocurrió, y en particular porque el amigo aquél no me interesaba mayormente. Ahora que sabía yo en realidad quién era el perseguido, me prometía provocarle esa felicidad violenta —y esto es lo que iba pensando mientras caminaba.
Pasaron sin embargo quince días sin que volviera a verlo. Supe por Lugones que había estado en su casa, llevándole las confituras —buen regalo para él.
—Me trajo también algunas para usted. Como no sabía dónde vive —creo que usted no le dio su dirección— las dejó en casa. Vaya por allá.
—Un día de estos ¿Está acá todavía?
—¿Díaz Vélez?
—Sí.
—Sí, supongo que sí, no me ha hablado una palabra de irse.
En la primera noche de lluvia fui a lo de Lugones, seguro de hallar al otro. Por más que yo comprendiera como nadie que esa lógica de pensar encontrarlo justamente en una noche de lluvia era propia de perro o loco, la sugestión de las coincidencias absurdas regirá siempre los casos en que el razonamiento no sabe ya qué hacer.
Lugones se rió de mi empeño en ver a Díaz Vélez.
—¡Tenga cuidado! Los perseguidos comienzan adorando a sus futuras víctimas. Él se acordó muy bien de usted.
—No es nada. Cuando lo vea me va a tocar a mí divertirme.
Esa noche salí muy tarde.
* * * * * * *
Pero no hallaba a Díaz Vélez. Hasta que un mediodía, en el momento en que iba a cruzar la calle, lo vi en Artes. Caminaba hacia el norte, mirando de paso todas las vidrieras, sin dejar pasar una, como quien va pensando preocupado en otra cosa. Cuando lo distinguí ya había sacado yo el pie de la vereda. Quise contenerme pero no pude y descendí a la calle casi con un traspié. Me di vuelta y miré el borde de la vereda, aunque estaba bien seguro de que no había nada. Un coche de plaza guiado por un negro con saco de lustrina pasó tan cerca de mí que el cubo de la rueda trasera me engrasó el pantalón. Detúveme de nuevo, seguí con los ojos las patas de los caballos, hasta que un automóvil me obligó a saltar.
Todo esto duró diez segundos, mientras Díaz continuaba alejándose, y tuve que forzar el paso. Cuando lo sentí a mi certísimo alcance, todas mis inquietudes se fueron para dar lugar a una gran satisfacción de mí mismo. Sentíame en hondo equilibrio. Tenía todos los nervios conscientes y tenaces. Cerraba y abría los dedos en toda su extensión, feliz. Cuatro o cinco veces en un minuto llevé la mano al reloj, no acordándome de que se me había roto.
* * * * * * *
Díaz Vélez continuaba caminando y pronto estuve a dos pasos detrás de él. Uno más y lo podía tocar. Pero al verlo así, sin darse ni remotamente cuenta de mi inmediación, a pesar de su delirio de persecución y psicologías, regulé mi paso exactamente con el suyo. ¡Perseguido! ¡Muy bien!... Me fijaba detalladamente en su cabeza, sus codos, sus puños un poco de fuera, las arrugas transversales del pantalón en las corvas, los tacos, ocultos y visibles sucesivamente. Tenía la sensación vertiginosa de que antes, millones de años antes, yo había hecho ya eso: encontrar a Díaz Vélez en la calle, seguirlo, alcanzarlo —y una vez esto seguir detrás de él— detrás. Irradiaba de mí la satisfacción de diez vidas enteras que no hubieran podido nunca realizar su deseo. ¿Para qué tocarlo? De pronto se me ocurrió que podría darse vuelta, y la angustia me apretó instantáneamente la garganta. Pensé que con la laringe así oprimida no se puede gritar, y mi miedo único, espantablemente único fue no poder gritar cuando se volviera, como si el fin de mi existencia debiera haber sido avanzar precipitadamente sobre él, abrirle las mandíbulas y gritarle desaforadamente en plena boca —contándole de paso todas las muelas.
Tuve un momento de angustia tal que me olvidé de ser él todo lo que veía: los brazos de Díaz Vélez, las piernas de Díaz Vélez, los pelos de Díaz Vélez, la cinta del sombrero de Díaz Vélez, la trama de la cinta del sombrero de Díaz Vélez, la urdimbre de la urdimbre de Díaz Vélez, de Díaz Vélez, de Díaz Vélez...
Esta seguridad de que, a pesar de mi terror no me había olvidado un momento de él, serenóme del todo.
Un momento después tuve loca tentación de tocarlo sin que él sintiera, y enseguida, lleno de la más grande felicidad que puede caber en un acto que es creación intrínseca de uno mismo, le toqué el saco con exquisita suavidad, justamente en el borde inferior —ni más ni menos. Lo toqué y hundí en el bolsillo el puño cerrado.
Estoy seguro que más de diez personas me vieron. Me fijé en tres: una pasaba por la vereda de enfrente en dirección contraria, y continuó su camino dándose vuelta a cada momento con divertida extrañeza. Llevaba una valija en la mano, que giraba de punta hacia mí cada vez que el otro se volvía.
La otra era un revisador de tramway que estaba parado en el borde de la vereda, las piernas bastante separadas. Por la expresión de su cara comprendí que antes de que yo hiciera eso ya nos había observado. No manifestó la mayor extrañeza ni cambió de postura ni movió la cabeza —siguiéndonos, eso sí, con los ojos. Supuse que era un viejo empleado que había aprendido a ver únicamente lo que le convenía.
El otro sujeto era un individuo grueso, de magnífico porte, barba catalana y lentes de oro. Debía de haber sido comerciante en España. El hombre pasaba en ese instante a nuestro lado y me vio hacerlo. Tuve la seguridad de que se había detenido. Efectivamente, cuando llegamos a la esquina di media vuelta y lo vi inmóvil aún, mirándome con una de esas extrañezas de hombre honrado, enriquecido y burgués que obligan a echar un poco la cabeza atrás con el ceño arrugado. El individuo me encantó. Dos pasos después volví el rostro y me reí en su cara. Vi que contraía más el ceño y se erguía dignamente como si dudara de ser el aludido. Hícele un ademán de vago disparate que acabó de desorientarlo.
Seguí de nuevo, atento únicamente a Díaz Vélez. Ya habíamos pasado Cuyo, Corrientes, Lavalle, Tucumán y Viamonte. La historia del saco y los tres mirones había sido entre estas dos últimas. Tres minutos después llegábamos a Charcas y allí se detuvo Díaz. Miró hacia Suipacha, columbró una silueta detrás de él y se volvió de golpe. Recuerdo perfectamente este detalle: durante medio segundo detuvo la mirada en un botón de mi chaleco, una mirada rapidísima, preocupada y vaga al mismo tiempo, como quien fija de golpe la vista en cualquier cosa a punto de acordarse de algo. Enseguida me miró en los ojos.
—¡Oh, cómo le va! —me apretó la mano, soltándomela velozmente.— No había tenido el gusto de verlo después de aquella noche en lo de Lugones. ¿Venía por Artes?
—Sí, doblé en Viamonte y me apuré para alcanzarlo. También tenía deseos de verlo.
—Yo también. ¿No ha vuelto por lo de Lugones?
—Sí, y gracias por las chancacas: muy ricas.
Nos callamos, mirándonos.
—¿Cómo le va? —rompí sonriendo, expresándole en la pregunta más cariño que deseos de saber en realidad cómo se hallaba.
—Muy bien —me respondió en igual tono. Y nos sonreímos de nuevo.
Desde que comenzáramos a hablar yo había perdido los turbios centelleos de alegría de minutos anteriores. Estaba tranquilo otra vez; eso sí, lleno de ternura con Díaz Vélez. Creo que nunca he mirado a nadie con más cariño que a él en esa ocasión.
—¿Esperaba el tramway?
—Sí —afirmó mirando la hora. Al bajar la cabeza al reloj, vi rápidamente que la punta de la nariz le llegaba al borde del labio superior. Irradióme desde el corazón un ardiente cariño por Díaz.
—¿No quiere que tomemos café? Hace un sol maravilloso... Suponiendo que haya comido ya y no tenga urgencia...
—Sí, no, ninguna —contestóme con voz distraída mirando a lo lejos de la vía.
Volvimos. Posiblemente no me acompañó con decidida buena voluntad. Yo lo deseaba muchísimo más alegre y sutil —sobre todo esto último. Sin embargo mi efusiva ternura por él dio tal animación a mi voz que a las tres cuadras Díaz cambió. Hasta entonces no había hecho más que extender el bigote derecho con la mano izquierda, asintiendo sin mirarme. De ahí en adelante echó las manos atrás. Al llegar a Corrientes —no sé qué endiablada cosa le dije— se sonrió de un modo imperceptible, siguió alternativamente un rato la punta de mis zapatos y me lanzó a los ojos una fugitiva mirada de soslayo.
—Hum... ya empieza —pensé. Y mis ideas, en perfecta fila hasta ese momento, comenzaron a cambiar de posición y entrechocarse vertiginosamente. Hice un esfuerzo para rehacerme y me acordé súbitamente de un gato plomo, sentado en una silla, que yo había visto cuando tenía cinco años ¿Por qué ese gato?... Silbé y callé de golpe. De pronto sonéme las narices y tras el pañuelo me reí sigilosamente. Como había bajado la cabeza y el pañuelo era grande, no se me veía más que los ojos. Y con ellos atisbé a Díaz Vélez, tan seguro de que no me vería que tuve la tentación fulminante de escupirme precipitadamente tres veces en la mano y soltar la carcajada, para hacer una cosa de loco.
* * * * * * *
Ya estábamos en La Brasileña. Nos sentamos en la diminuta mesa, uno enfrente de otro, las rodillas tocando casi. El fondo verde nilo del café daba en la cuasipenumbra una sensación de húmeda y reluciente frescura que obligaba a mirar con atención las paredes por ver si estaban mojadas.
Díaz se volvió al mozo recostado de espaldas y el paño en las manos cruzadas, y adoptó en definitiva una postura cómoda.
Pasamos un rato sin hablar, pero las moscas de la excitación me corrían sin cesar por el cerebro. Aunque estaba serio, a cada instante cruzábame por la boca una sonrisa convulsiva. Mordíame los labios esforzándome —como cuando estamos tentados— en tomar una expresión natural que rompía enseguida el tic desbordante. Todas mis ideas se precipitaban superponiéndose unas sobre otras con velocidad inaudita y terrible expresión rectilínea; cada una era un impulso incontenible de provocar situaciones ridículas y sobre todo inesperadas; ganas locas de ir hasta el fin de cada una, cortarla de repente, seguir esta otra, hundir los dos dedos rectos en los dos ojos separados de Díaz Vélez, dar porque sí un grito enorme tirándome el pelo, y todo por hacer algo absurdo —y en especial a Díaz Vélez. Dos o tres veces lo miré fugazmente y bajé la vista. Debía de tener la cara encendida porque la sentía ardiendo.
Todo esto pasaba mientras el mozo acudía con su máquina, servía el café y se iba, no sin antes echar a la calle una mirada distraída. Díaz continuaba desganado, lo que me hacía creer que cuando lo detuve en Charcas pensaba en cosa muy distinta de acompañar a un loco como yo...
¡Eso es! Acababa de dar en la causa de mi desasosiego: Díaz Vélez, loco maldito y perseguido, sabía perfectamente que lo que yo estaba haciendo era obra suya. «Estoy seguro de que mi amigo —se habrá dicho— va a tener la pueril idea de querer espantarme cuando nos veamos. Si me llega a encontrar fingirá impulsos, psicológicos, persecuciones, me seguirá por la calle haciendo muecas, me llevará después a cualquier parte, a tomar café»...
—¡Se equivoca com-ple-ta-men-te! —le dije, poniendo los codos sobre la mesa y la cara entre las manos. Lo miraba sonriendo, sin duda, pero sin apartar mis pupilas de las suyas.
Díaz me miró sorprendido de verme salir con esa frase inesperada.
—¿Qué cosa?
—Nada, esto no más. ¡Se equivoca com-ple-ta-men-te!
—¡Pero a qué diablos se refiere! Es posible que me equivoque, pero no sé. ¡Es muy posible que me equivoque, no hay duda!
—No se trata de que haya duda o que no sepa, lo que le digo es esto, y voy a repetirlo claro para que se dé bien cuenta: ¡se e-qui-voca com-ple-ta-mente!
Esta vez Díaz me miró con atenta y jovial atención y se echó a reír, apartando la vista.
—¡Bueno, convengamos!
—Hace bien en convenir porque es así —insistí, siempre la cara entre las manos.
—Creo lo mismo —se rió de nuevo.
Pero yo estaba seguro de que el maldito individuo sabía muy bien qué le quería decir con eso. Cuando más fijaba la vista en él, más se entrechocaban hasta el vértigo mis ideas.
—Dí-az Vé-lez... articulé lentamente, sin arrancar un instante mis ojos de sus pupilas. Díaz no se volvió a mí, comprendiendo que no le llamaba.
—Dí-az Vé-lez —repetí con la misma imprecisión extraña a toda curiosidad, como si una tercera persona invisible y sentada con nosotros hubiera intervenido así.
Díaz pareció no haber oído, pensativo. Y de pronto se volvió francamente; las manos le temblaban un poco.
—Vea, —me dijo con decidida sonrisa.— Sería bueno que suspendiéramos por hoy nuestra entrevista. Usted está mal y yo voy a concluir por ponerme como usted. Pero antes es útil que hablemos claramente, porque si no no nos entenderemos nunca. En dos palabras: usted y Lugones y todos me creen perseguido ¿Es cierto o no?
Seguía mirándome en los ojos, sin abandonar su sonrisa de amigo franco que quiere dilucidar para siempre malentendidos. Yo había esperado muchas cosas, menos ese valor. Díaz me echaba, con eso solo, todo su juego descubierto sobre la mesa, frente a frente, sin perdernos un gesto. Sabía que yo sabía que quería jugar conmigo otra vez, como la primera noche en lo de Lugones y, sin embargo, se arriesgaba a provocarme.
De golpe me serené, ya no se trataba de dejar correr las moscas subrepticiamente por el propio cerebro por ver qué harían, sino acallar el enjambre personal para oír atentamente el zumbido de las moscas ajenas.
—Tal vez —le respondí de un modo vago cuando concluyó.
—Usted creía que yo era perseguido, ¿no es cierto?
—Creía.
—¿Y que cierta historia de un amigo loco que le conté en lo de Lugones, era para burlarme de usted?
—Sí.
—Perdóneme que siga. ¿Lugones le dijo algo de mí?
—Me dijo.
—¿Que era perseguido?
—Sí.
—Y usted cree mucho más que antes que soy perseguido, ¿verdad?
—Exactamente.
Los dos nos echamos a reír, apartando al mismo tiempo la vista. Díaz llevó la taza a la boca, pero a medio camino notó que estaba ya vacía y la dejó. Tenía los ojos más brillantes que de costumbre y fuertes ojeras —no de hombre, sino difusas y moradas de mujer.
—Bueno, bueno, —sacudió la cabeza cordialmente— Es difícil que no crea eso. Es posible, tan posible como esto que le voy a decir, óigame bien. Yo puedo o no ser perseguido, pero lo que es indudable es que el empeño suyo en hacerme ver que usted también lo es, tendrá por consecuencia que usted, en su afán de estudiarme, acabará por convertirse en perseguido real, y yo entonces me ocuparé en hacerle muecas cuando no me vea, como usted ha hecho conmigo seis cuadras seguidas, hace media hora, y esto también es cierto. Y también esto otro: los dos nos vemos bien; usted sabe que yo —perseguido real e inteligente, soy capaz de fingir una maravillosa normalidad; y yo sé que usted —perseguido larvado— es capaz de simular perfectos miedos. ¿Acierto?
—Sí, es posible haya algo de eso.
—¿Algo? No, todo.
Volvimos a reírnos, apartando enseguida la vista. Puso los dos codos sobre la mesa y la cara entre las manos, como yo un rato antes.
—¿Y si yo efectivamente creyera que usted me persigue?
Vi sus ojos de arsénico fijos en los míos. Entre nuestras dos miradas no había nada, nada más que esa pregunta perversa que lo vendía en un desmayo de su astucia. ¿Pensó él preguntarme eso? No; pero su delirio estaba sobrado avanzado para no sufrir esa tentación. Se sonreía, con su pregunta sutil; pero el loco, el loco verdadero se le había escapado y yo lo veía en sus ojos, atisbándome.
Me encogí desenfadadamente de hombros y como quien extiende al azar la mano sobre la mesa cuando va a cambiar de postura cogí disimuladamente la azucarera. Apenas lo hice, tuve vergüenza y la dejé. Díaz vio todo sin bajar los ojos.
—Sin embargo, tuvo miedo —se sonrió.
—No —le respondí alegremente, acercando más la silla. Fue una farsa, como la que podía hacer cualquier amigo mío con el cual nos viéramos claro.
Yo sabía bien que él no hacía farsa alguna, y que a través de sus ojos inteligentes desarrollando su juego sutil, el loco asesino continuaba agazapado, como un animal sombrío y recogido que envía a la descubierta a los cachorros de la disimulación. Poco a poco la bestia se fue retrayendo y en sus ojos comenzó a brillar la ágil cordura. Tornó a ser dueño de sí, apartóse bien el pelo luciente y se rió por última vez levantándose.
Ya eran las dos. Caminamos hasta Charcas hablando de todo, en un común y tácito acuerdo de entretener la conversación con cosas bien naturales, a modo del diálogo cortado y distraído que sostiene en el tramway un matrimonio.
Como siempre en esos casos, una vez detenidos ninguno habló nada durante dos segundos, y también como siempre lo primero que se dijo nada tenía que ver con nuestra despedida.
—Malo, el asfalto —insinué con un avance del mentón.
—Sí, jamás está bien —respondió en igual tono.— ¿Hasta cuándo?
—Pronto. ¿No va a lo de Lugones?
—Quién sabe... Dígame, ¿dónde diablos vive usted? No me acuerdo.
Dile la dirección.
—¿Piensa ir?
—Cualquier día...
Al apretarnos la mano, no pudimos menos de mirarnos en los ojos y nos echamos a reír al mismo tiempo, por centésima vez en dos horas.
—Adiós, hasta siempre.
A los pocos metros pisé con fuerza dos o tres pasos seguidos y volví la cabeza; Díaz se había vuelto también. Cambiamos un último saludo, él con la mano izquierda, yo con la derecha, y apuramos el paso al mismo tiempo.
Loco, ¡maldito loco! Tenía clavada en los ojos su mirada en el café; yo había visto bien, había visto tras el farsante que me argüía al loco bruto y desconfiado! ¡Y me había visto detrás de él por las vidrieras! Sentía otra vez ansia profunda de provocarlo, hacerle ver claro que él comenzaba ya, que desconfiaba de mí, que cualquier día iba a querer hacerme esto…
* * * * * * *
Estaba solo en mi cuarto. Era tarde ya y la casa dormía, no se sentía en ella el menor ruido. Esta sensación de aislamiento fue tan nítida que inconscientemente levanté la vista y miré a los costados. El gas incandescente iluminaba en fría paz las paredes. Miré al pico y constaté que no sufría las leves explosiones de costumbre. Todo estaba en pleno silencio.
Sabido es que basta repetirse en voz alta cinco o siete veces una palabra para perderle todo sentido y verla convertida en un vocablo nuevo y absolutamente incomprensible. Eso me pasó. Yo estaba solo, solo, so-lo... ¿Qué quiere decir solo? Y al levantar los ojos a la pieza vi un hombre asomado apenas a la puerta, que me miraba.
Dejé un instante de respirar. Yo conocía eso ya, y sabía que tras ese comienzo no está lejos el erizamiento del pelo. Bajé la vista, prosiguiendo mi carta, pero vi de reojo que el hombre acababa de asomarse otra vez. ¡No era nada, nada! lo sabía bien. Pero no pude contenerme y miré bruscamente. Había mirado: luego estaba perdido.
Y todo era obra de Díaz; me había sobreexcitado con sus estúpidas persecuciones y lo estaba pagando. Simulé olvidarme y continué escribiendo: pero el hombre estaba allí. Desde ese instante, del silencio alumbrado, de todo el espacio que quedaba tras mis espaldas, surgió la aniquilante angustia del hombre que en una casa sola no se siente solo. Y no era esto únicamente: parados detrás de mí había seres. Mi carta seguía y los ojos continuaban asomados apenas en la puerta y los seres me tocaban casi. Poco a poco el hondo pavor que trataba de contener me erizó el pelo, y levantándome con toda naturalidad de que se es capaz en estos casos, fui a la puerta y la abrí de par en par. Pero yo sé a costa de qué esfuerzo pude hacerlo sin apresurarme.
No pretendí volver a escribir. ¡Díaz Vélez! No había otro motivo para que mis nervios estuvieran así. Pero estaba también completamente seguro de que una por una, dos por dos me iba a pagar todas las gracias de esa tarde.
La puerta de la calle estaba abierta aún y oí la animación de la gente que salía del teatro. Habrá ido a alguno —pensé.— Y como debe tomar el tramway de Charcas, es posible pase por aquí... Y si se le ocurre fastidiarme con sus farsas ridículas, simulando sentirse ya perseguido y sabiendo que yo voy a creer justamente que comienza a estarlo...
Golpearon a la puerta.
¡Él! Di un salto adentro y de un soplo apagué la lámpara. Quedóme quieto, conteniendo la respiración. Esperaba con la angustia a flor de epidermis un segundo golpe.
Llamaron de nuevo. Y luego, al rato, sus pasos avanzaron por el patio. Se detuvieron en mi puerta y el intruso quedó inmóvil ante la oscuridad. No había nadie, eso no tenía duda. Y de pronto me llamó ¡Maldito sea! ¡Sabía que yo lo oía, que había apagado la luz al sentirlo y que estaba junto a la mesa sin moverme! ¡Sabía que yo estaba pensando justamente esto y que esperaba, esperaba como una pesadilla oírme llamar de nuevo!
Y me llamó por segunda vez. Y luego, después de una pausa larga:
—¡Horacio!
¡Maldición!... ¿Qué tenía que ver mi nombre con esto? ¿Con qué derecho me llamaba por el nombre, ¡él que a pesar de su infamia torturante no entraba porque tenía miedo! «¡Sabe que yo lo pienso en este momento, está convencido de ello, pero ya tiene el delirio y no va a entrar!»
Y no entró. Quedó un instante más sin moverse del umbral y se volvió al zaguán. Rápidamente dejé la mesa, acerquéme en puntas de pie a la puerta y asomé la cabeza. «Sabe que voy a hacer esto». Siguió sin embargo con paso tranquilo y desapareció.
A raíz de lo que me acababa de pasar, aprecié en todo su valor el esfuerzo sobrehumano que suponía en el perseguido no haberse dado vuelta, sabiendo que tras sus espaldas yo lo devoraba con los ojos.
* * * * * * *
Una semana más tarde recibía esta carta:
Mi estimado X.
Hace cuatro días que no salgo, con un fuerte resfrío. Si no teme el contagio, me daría un gran gusto viniendo a charlar un rato conmigo.
Suyo afmo. —Díaz Vélez
P. D. —Si ve a Lugones, dígale que me han mandado algo que le va a interesar mucho.
La carta llegóme a las dos de la tarde. Como hacía frío y pensaba salir a caminar, fui con rápido paso a lo de Lugones.
—¿Qué hace a estas horas? —me preguntó. En esa época lo veía muy poco de tarde.
—Nada, Díaz Vélez le manda recuerdos.
—¿Todavía usted con su Díaz Vélez? —se rió.
—Todavía. Acabo de recibir una tarjeta suya. Parece que hace ya cuatro días que no sale.
Para nosotros fue evidente que ese era el principio del fin, y en cinco minutos de especulación a su respecto hicímosle hacer a Díaz un millón de cosas absurdas. Pero como yo no había contado a Lugones mi agitado día con aquél, pronto estuvo agotado el interés y me fui.
Por el mismo motivo, Lugones no comprendió poco ni mucho mi visita de esa tarde. Ir hasta su casa expresamente a comunicarle que Díaz le ofrecía más chancacas, era impensable, mas como yo me había ido enseguida, el hombre debió pensar cualquier cosa menos lo que había en realidad dentro de todo eso.
A las ocho golpeaba. Di mi nombre a la sirvienta y momentos después aparecía una señora vieja de evidente sencillez provinciana —cabello liso y bata negra con interminable fila de botones forrados.
—¿Desea ver a Lucas? —me preguntó observándome con desconfianza.
—Sí, señora.
—Está un poco enfermo, no sé si podrá recibirlo.
Objetéle que, no obstante, había recibido una tarjeta suya. La vieja dama me observó otra vez.
—Tenga la bondad de esperar un momento.
Volvió y me condujo a mi amigo. Díaz estaba en cama, sentado y con saco sobre la camiseta. Me presentó a la señora y ésta a mí.
—Mi tía.
Cuando se retiró:
—Creía que vivía solo —le dije.
—Antes, sí, pero desde hace dos meses vivo con ella. Arrime el sillón.
Ahora bien, desde que lo vi confirmóme en lo que ya habíamos previsto con el otro, no tenía absolutamente ningún resfrío.
—¿Bronquitis?...
—Sí, cualquier cosa de esas...
Observé rápidamente en torno. La pieza se parecía a todas como un cuarto blanqueado a otro. También él tenía gas incandescente. Miré con curiosidad el pico, pero el suyo silbaba, siendo así que el mío explotaba. Por lo demás, bello silencio en la casa.
Cuando bajé los ojos a él, me miraba. Hacía seguramente cinco segundos que me estaba mirando. Detuve inmóvil mi vista en la suya y desde la raíz de la médula me subió un tentacular escalofrío. ¡Pero ya estaba loco! ¡El perseguido vivía ya por su cuenta a flor de ojo! En su mirada no había nada, nada fuera de su fijeza asesina.
—Va a saltar —me dije angustiado. Pero la obstinación cesó de pronto, y tras una rápida ojeada al techo, Díaz recobró su expresión habitual. Miróme sonriendo y bajó la vista.
—¿Por qué no me respondió la otra noche en su cuarto?
—No sé...
—¿Cree que no entré de miedo?
—Algo de eso...
—¿Pero cree que no estoy enfermo?
—No... ¿Por qué?
Levantó el brazo y lo dejó caer perezosamente sobre la colcha.
—Hace un rato yo lo miraba...
—¡Dejemos!... ¿Quiere?
—Se me había escapado ya el loco, ¿verdad?
—¡Dejemos, Díaz, dejemos!...
Tenía un nudo en la garganta. Cada palabra suya me hacía el efecto de un empujón más a un abismo inminente.
¡Si sigue, explota! ¡No va a poder contenerlo! Y entonces me di clara cuenta de que habíamos tenido razón ¡Se había metido en cama de miedo! Lo miré y me estremecí violentamente ¡Ya estaba otra vez! ¡El asesino había remontado vivo a sus ojos fijos en mí! Pero como en la vez anterior, estos, tras nueva ojeada al techo, volvieron a la luz normal.
—Lo cierto es que hace un silencio endiablado aquí —me dijo.
Pasó un momento.
—¿A usted le gusta el silencio?
—Absolutamente.
—Es una entidad nefasta. Da enseguida la sensación de que hay cosas que están pensando demasiado en uno... Le planteo un problema.
—Veamos.
Los ojos le brillaban de perversa inteligencia como en otra ocasión.
—Esto supóngase que usted está como yo, acostado, solo desde hace cuatro días, y que usted —es decir, yo— no he pensado en usted. Supóngase que oiga claro una voz, ni suya ni mía, una voz clara, en cualquier parte, detrás del ropero, en el techo —ahí en el techo, por ejemplo— llamándole, insultándole.
No continuó; quedó con los ojos fijos en el techo, demudóse completamente de odio y gritó:
—¡Qué hay! ¡Qué hay!
En el fondo de mi sacudida recordé instantáneamente sus miradas anteriores, él oía en el techo la voz que lo insultaba, pero el que lo perseguía era yo. Quedábale aún suficiente discernimiento para no ligar las dos cosas, sin duda...
Tras su congestión, Díaz se había puesto espantosamente pálido. Arrancóse al fin al techo y permaneció un rato inmóvil, la expresión vaga y la respiración agitada.
No podía estar más allí, eché una ojeada al velador y vi el cajón entreabierto.
—En cuanto me levante —pensé con angustia— me va a matar de un tiro. Pero a pesar de todo me puse de pie, acercándome para despedirme. Díaz, con una brusca sacudida, se volvió a mí. Durante el tiempo que empleé en llegar a su lado su respiración suspendióse y sus ojos clavados en los míos adquirieron toda la expresión de un animal acorralado que ve llegar hasta él la escopeta en mira.
—Que se mejore, Díaz...
No me atrevía a extender la mano; mas la razón es cosa tan violenta como la locura y cuesta horriblemente perderla. Volvió en sí y me la dio él mismo.
—Venga mañana, hoy estoy mal.
—Yo creo...
—No, no, venga, ¡venga! —concluyó con imperativa angustia.
Salí sin ver a nadie, sintiendo, al hallarme libre y recordar el horror de aquel hombre inteligentísimo peleando con el techo, que quedaba curado para siempre de gracias psicológicas.
Al día siguiente, a las ocho de la noche, un muchacho me entregó una tarjeta.
Señor:
Lucas insiste mucho en ver a usted. Si no le fuera molesto le agradecería pasara hoy por ésta su casa.
Lo saluda Atte. —Deolinda S. de Roldán
Yo había tenido un día agitado. No podía pensar en Díaz sin verlo de nuevo gritando, en aquella horrible pérdida de toda conciencia razonable. Tenía los nervios tan tirantes que el brusco silbido de una locomotora los hubiera roto.
Fui, sin embargo; pero mientras caminaba el menor ruido me sacudía dolorosamente. Y así, cuando al doblar la esquina vi un grupo delante de la puerta de Díaz Vélez, mis piernas se aflojaron —no de miedo concreto a algo, sino de las coincidencias, a las cosas previstas, a los cataclismos de lógica.
Oí un rumor de espanto allí.
—¡Ya viene, ya viene! —Y todos se desbandaron hasta el medio de la calle.
—Ya está, está loco —me dije, con angustia de lo que podía haber pasado. Corrí y en un momento estuve en la puerta.
Díaz vivía en Arenales entre Bulnes y Vidt. La casa tenía un hondo patio lleno de plantas. Como en él no había luz y sí en el zaguán, más allá de éste eran profundas tinieblas.
—¿Qué pasa? —pregunté. Varios me respondieron.
—El mozo que vive ahí está loco.
—Anda por el patio...
—Anda desnudo...
—Sale corriendo...
Ansiaba saber de su tía.
—Ahí está.
Me volví, y contra la ventana estaba llorando la pobre dama. Al verme redobló el llanto.
—¡Lucas! ¡Se ha enloquecido!
—¿Cuándo?
—Hace un rato. Salió corriendo de su cuarto poco después de haberle mandado...
Sentía que me hablaban.
—¡Oiga, oiga!
Del fondo negro nos llegó un lamentable alarido.
—Grita así, a cada momento.
—¡Ahí viene, ahí viene! —clamaron todos, huyendo. No tuve tiempo ni fuerzas para arrancarme. Sentí una carrera precipitada y sorda, y Díaz Vélez, lívido, los ojos de fuera y completamente desnudo surgió en el zaguán, llevóme por delante, hizo una mueca en la puerta y volvió corriendo al patio.
—¡Salga de ahí, lo va a matar! —me gritaron. Hoy tiró un sillón.
Todos habían vuelto a apelotonarse en la puerta, hundiendo la mirada en las tinieblas.
—¡Oiga otra vez!
Ahora era un lamento de agonía el que llegaba de allá:
—¡Agua! ¡Agua!...
—Ha pedido agua dos veces...
Los dos agentes que acababan de llegar habían optado por apostarse a ambos lados del zaguán, hacia el fondo, y cuando Díaz se precipitara en éste, apoderarse de él. La espera fue esta vez más ansiosa aún. Pero pronto repitióse el alarido y tras él, el desbande.
—¡Ahí viene!
Díaz surgió, arrojó violentamente a la calle un jarro vacío, y un instante después estaba sujeto. Defendióse terriblemente, pero cuando se halló imposibilitado del todo, dejó de luchar, mirando a unos y otros con atónita y jadeante sorpresa. No me reconoció ni demoré más tiempo allí.
* * * * * * *
A la mañana siguiente fui a almorzar con Lugones y contéle toda la historia —serios esta vez.
—Lástima; era muy inteligente.
—Demasiado —apoyé, recordando.
Esto pasaba en junio de mil novecientos tres.
—Hagamos una cosa —me dijo aquél.— ¿Por qué no se viene a Misiones? Tendremos algo que hacer.
Fuimos y regresamos a los cuatro meses, él con toda la barba y yo con el estómago perdido.
Díaz estaba en un Instituto. Desde entonces —la crisis duró dos días— no había tenido nada. Cuando fui a visitarlo me recibió efusivamente.
—Creía no verlo más. ¿Estuvo afuera?
—Sí, un tiempo... ¿vamos bien?
—Perfectamente, espero sanar del todo antes de fin de año.
No pude menos de mirarlo.
—Sí —se sonrió.— Aunque no siento absolutamente nada, me parece prudente esperar unos cuantos meses. Y en el fondo, desde aquella noche no he tenido ninguna otra cosa.
—¿Se acuerda?...
—No, pero me lo contaron. Debería de quedar muy gracioso desnudo.
Entretuvímonos un rato más.
—Vea —me dijo seriamente— voy a pedirle un favor. Venga a verme a menudo. No sabe el fastidio que me dan estos señores con sus inocentes cuestionarios y trampas. Lo que consiguen es agriarme, suscitándome ideas de las cuales no quiero acordarme. Estoy seguro de que en una compañía un poco más inteligente me curaré del todo.
Se lo prometí honradamente. Durante dos meses volví con frecuencia, sin que acusara jamás la menor falla, y aún tocando a veces nuestras viejas cosas.
Un día hallé con él a un médico interno. Díaz me hizo una ligera guiñada y me presentó gravemente a su tutor. Charlamos bien como tres amigos juiciosos. No obstante, notaba en Díaz Vélez —con cierto placer, lo confieso— cierta endiablada ironía en todo lo que decía a su médico. Encaminó hábilmente la conversación a los pensionistas y pronto puso en tablas su propio caso.
—Pero usted es distinto —objetó aquél.— Usted está curado.
—No tanto, puesto que consideran que aún debo estar aquí.
—Simple precaución. Usted mismo comprende.
—¿De que vuelva aquello…? Pero usted no cree que será imposible, absolutamente imposible conocer nunca cuándo estaré cuerdo —¿sin precaución, como usted dice? ¡No puedo, yo creo, ser más cuerdo que ahora!
—¡Por ese lado, no! —se rió alegremente.
Díaz tornó a hacerme otra imperceptible guiñada.
—No me parece que se pueda tener mayor cordura consciente que ésta —permítame: Ustedes saben, como yo, que he sido perseguido, que una noche tuve una crisis, que estoy aquí hace seis meses, y que todo tiempo es corto para una garantía absoluta de que las cosas no retornarán. Perfectamente. Esta precaución sería sensata si yo no viera claro todo esto y no argumentara buenamente. Sé que usted recuerda en este momento las locuras lúcidas, y me compara a aquel loco de La Plata que normalmente se burlaba de una escoba a la cual creía su mujer en los malos momentos, pero que riéndose y todo de sí mismo, no apartaba de ella la vista, para que nadie la tocara. Sé también que esta perspicacia excesiva para seguir el juicio del médico mientras se cuenta el caso hermano del nuestro es cosa muy de loco, y la misma agudeza del análisis, no hace sino confirmarlo... Pero —aún en este caso— ¿de qué manera, de qué otro modo podría defenderse un cuerdo?
—¡No hay otro, absolutamente otro! —se echó a reír el interrogado. Díaz me miró de reojo y se encogió de hombros sonriendo.
Tenía real deseo de saber qué pensaría el médico de esa extralucidez. En otra época yo la había apreciado a costa del desorden de todos mis nervios. Echéle una ojeada, pero el hombre no parecía haber sentido su influencia. Un momento después salíamos.
—¿Le parece?... —le pregunté.
—¡Hum!... Creo que sí —me respondió, mirando el patio de costado... Volvió bruscamente la cabeza.
—¡Vea, vea! —me dijo apretándome el brazo.
Díaz, pálido, los ojos dilatados de terror y odio, se acercaba cautelosamente a la puerta, como seguramente lo había hecho siempre, mirándome.
—¡Ah! ¡bandido! —me gritó levantando la mano— ¡Hace ya dos meses que te veo venir!...
