Al comenzar la guerra, la tonelada de leña costaba, puesta en el puerto de Posadas, capital de Misiones, cuatro pesos y medio. Hoy cuesta dieciocho pesos. Esto sólo basta para dar idea del trastorno ocasionado por la gran guerra, y sobre un artículo de extraordinaria abundancia en un territorio que es todo bosque. El mismo carbón, aunque de producción escasa, ha seguido el alza fatal de precio, y es razonable detenerse un momento en este renglón —dicho en términos comerciales— de una futura gran industria.
La carestía de la hulla, a raíz de la gran guerra, hizo que la leña y el carbón invadieran talleres, fábricas y establecimientos que hasta entonces no los habían conocido.
Siendo su poder calorífico muy inferior al del carbón de piedra, el consumo fue grande, no alcanzando la producción a satisfacerlo. Los obrajes de Santiago del Estero dieron lo que pudieron, pero no fue bastante. Hubo que recurrir a Santa Fe, a Corrientes, al Chaco, y este es el momento en que Misiones, la gran reserva forestal del país, entra en liza con sus cientos de kilómetros sobre el Paraná.
Sin embargo, es doloroso constatar que la industria del carbón —base indiscutible de la pequeña industria y la economía doméstica de todo país— está todavía entre nosotros en un simple limbo de humo y tiempo echado a perder. Fuera de la clásica fila, y del zanjón tan primitivo como aquélla, casi nada se conoce o practica. El mismo Scott, horno mejicano y su antecesor el horno chino, no obstante su relativa propagación en los distritos carboneros, como Córdoba y Santiago, dejan mucho que desear. Tienen el defecto que los fotógrafos hallan a las máquinas de mano: no se sabe lo que va a salir. Una grieta imprevista, una toma de aire excesiva, un corto descuido en la regularización del tiraje, echa al diablo la mitad de la hornada.
No creemos, por lo tanto, inútil del todo echar una ojeada a los diversos procedimientos —y todos ellos muy poco costosos— que podemos poner en juego para levantar el nivel industrial del país, hoy en profunda baja por causas más que sabidas.
En Misiones, por ejemplo, fuera de un lote de profesionales que construyen sus filas de carbón a la orilla del río, hay otros fabricantes transitorios que hacen carbón por motivos más que incidentales: un grueso tronco que les estorba, por ejemplo, y con el que no saben qué hacer, lo trozan en pedazos de un metro, amontona el conjunto a la buena de Dios, y le prende fuego. Cuando la cosa arde, le echa tierra encima. Después de una o dos semanas el hombre obtiene algunas bolsas de carbón que lleva a la playa y vende a 70 u 80 centavos los 30 kilos.
Otros, con más nociones de carbonización, construyen zanjas de 4 o 5 metros de largo, por 1 de ancho y 1 de profundidad, y proceden de igual modo que los otros.
El sistema, como se ve, es más que rudo y dilapidador, perdiéndose con él la tercera parte de la madera en ceniza, y una buena porción en brulotes, o sea madera a medio carbonizar.
El primer jalón de avance en una buena carbonización, lo marca el horno chino. Este consiste en una zanja, si se quiere, pero con la reforma fundamental de una chimenea de escape del humo, cuyo tiro se gradúa cerrando más o menos la toma de aire. Los esquemas ilustrativos —tanto de este horno como de los otros— ilustran suficientemente sobre la construcción y modo de operar.
El horno mejicano no es más que un horno chino a alto nivel, y mejor, si se quiere, una fila común rodeada de ladrillos, con una chimenea al extremo. El avance de la carbonización se gradúa como en las filas, por agujeros sucesivos a lo largo del horno. Tiene éste también la ventaja de poder recoger el alquitrán que corre por el piso en declive, y el ácido piroleñoso, que se condensa en refrigerantes a propósito.
El horno ideado por Chabeaussière, y que lleva su nombre, es una feliz aplicación de horno a bajo nivel. Consiste en un simple hoyo bajo tierra, de forma casi cilíndrica, que recibe aire por ocho pequeñas aberturas que se pueden graduar a voluntad, y según sea la necesidad de aire. Se llena de leña, y se cubre todo con una chapa metálica, especie de sombrero que ajusta perfectamente, y que lleva también ocho aberturas de aereación. Al costado, y casi en la parte superior, existe un tubo de desprendimiento de los gases, que pasando primero por una cámara fría, dejan condensar el alquitrán, los demás productos se condensan en una serie de barriles al aire libre.
La gran ventaja de este horno es su pequeño costo, absorbido casi todo él por el sombrero metálico. Su inconveniente es el largo tiempo que lleva para enfriarse.
El horno Schwartz marca un serio avance sobre los anteriores, y es posiblemente el que menos combustible requiere, porque preciso es observar que en todos los hornos que queman una parte de la leña para carbonizar el resto (pila, zanja, horno chino, mejicano, Chabeaussière), tal desperdicio llega a una tercera parte, más o menos.
El principio del horno Schwartz se basa en el fenómeno de que si a través de la leña se hace pasar una corriente de aire sin oxígeno a suficiente temperatura, la madera se carboniza perfectamente bien. En la práctica se consigue esto haciendo obrar los gases de un horno a reverbero sobre la madera contenida en una cámara cerrada, con una chimenea de escape. La llama del horno, reverberando sobre una bóveda muy baja, quema todo su oxígeno. Más por lo mismo es menester cuidar que no falte fuego en el hogar, ya que una llama poco intensa permitiría una entrada excesiva de aire, y no pudiendo así elevar la bóveda reverberadora a una temperatura capaz de quemar todo el oxígeno del aire, la cámara entera de leña se prendería fuego en diez minutos.
El horno Schwartz gasta en el hogar el 10 % de la leña a carbonizar, lo que es una economía sorprendente.
En toda clase de horno, desde la simple pila forrada de tierra hasta el horno Schwartz, la madera destila al carbonizarse, siendo estos productos, como se sabe, el alquitrán y el ácido piroleñoso. El alquitrán da la creosota, en primer término, y el piroleñoso suministra el ácido acético y el alcohol metílico. Pero la obtención formal de estos productos no es posible sino en la destilación en retortas, que es el sistema universalmente empleado cuando se trabaja en gran escala. Si por lo demás, el procedimiento racional de carbonización, con el cual se sabe ciertamente lo que se desea obtener, y lo que se obtiene.
En síntesis, se trata de una caldera de fierro, de 3 a 5 metros cúbicos de capacidad, calentada por debajo o en espiral, de cuya tapa parte un serpentín en que se condensan todos los productos. Una de las ventajas de este sistema consiste en el aprovechamiento de los gases combustibles y no condensables, que vuelven a quemarse al hogar, y en cantidad tal que ahorran las tres cuartas partes de combustible. Este gas, por lo demás, ha sido utilizado para la iluminación, recogiéndolo en gasómetros. Hasta hoy, sin embargo, no ha sido posible sacar gran partido de él, a pesar de carburizaciones más o menos felices.
Estos son los sistemas más empleados, si no todos, para la carbonización de la madera. Ninguno de ellos requiere instalaciones muy costosas, y en muy poco tiempo se obtendría un personal competente, aún indígena.
La destilación en calderas, sobre todo, se impone en un país como el nuestro, abundante en agua para los refrigerantes, y superabundante en madera.
La marcha de la carbonización se puede vigilar perfectamente gracias al termómetro colocado dentro de la caldera. Se sabe que la madera comienza a destilar a los 150 grados, más o menos, y concluye su carbonización a los 400.
En cuanto al porvenir químico de esta industria, nada se podría decir sino recordar la importancia creciente de los alquitranes, los acetatos, los pirolignitos, etc. En nuestra economía rural, sin ir más lejos, una pequeña caldera, de medio metro cúbico, tan sólo, nos daría, sin costo alguno, puesto que la leña a quemar y el tiempo suelen sobrar en el campo, nos daría esto: 50 kilos de carbón, utilísimos para la casa; 2 litros de alquitrán, que tratado con 800 gramos de resina y 100 gramos de soda cáustica, nos proporciona una excelente creolina, tan buena, fuerte y antiséptica como la mejor que pudiéramos comprar, y como también obtendríamos 80 o 100 litros de ácido piroleñoso, nada nos sería tan fácil como empapar en él los postes y varillas de nuestro alambrado, puesto que su poder imputrescible es muy grande. A menos que quisiéramos conservar la carne, como se hace a veces en Suecia, mojándola un rato en el piroleñoso. No hemos probado la carne conservada así; pero no creemos tampoco que sea de aconsejar.
