¡Oh mi amada, muerta para siempre!
Estaba tendida en la cama, entre sus padres que
redoblaron el llanto cuando me vieron entrar. Conser-
vaba toda su hermosura, tan resignada en el agotamien-
to de su palidez, que besé arrodillado sus ojos inocen-
tes, y abracé, lleno de compasión, su dolorida cabecita
de muerta enamorada.
Pasé toda la noche consolando a los pobres pa-
dres. Y cuando al día siguiente besé por última vez
su ilusionada boca, sentí un desahogo inmenso al aban-
donar aquella casa.
¡Pobre amada mía! Te amé viva, y muerta, nada
sentía por ti.
