Es el grado de las noches incendiarias y crispadas.
Bajo el bronce —cobre— plata de las franjas atrigadas
brama el pújil de cien saltos, de la selva tropical;
repercuten en el borde de los élitros chirriantes
—¡veneciana jaula de oro!— las galvánicas y errantes
vibraciones estridentes de las erres de metal.
Tiembla el golpe de la Luna sobre el dorso de los lagos.
Los jaguares somnolientos de neuróticos amagos
runrunean dulces carnes de montmartres o de harén,
aguzando la violencia de su antojo desmayado
en sus garras perezosas, como símbolo estrujado
tras la curva sobrehumana de una frente de Rodin.
Recrudecen en la sombra los euforbios agresivos;
hincha el crótalo la bilis de sus dientes expansivos
redoblando a la sordina su fatídico tambor;
bate el bronce de un rujido, replegándose en el viento;
cae la noche; y al ataque de un crepúsculo sangriento
calla el bosque americano, todo lleno de estupor.