Para Los Ciclistas

De Salto A Paysandú

Horacio Quiroga


Crónica, Artículo


El Viernes 27 de Noviembre pasado salimos en bicicleta con destino a Paysandú. A las 3.40 a. m. emprendemos el viaje. Marchamos a una semiluz peligrosa, pues se confunde mucho la vista. La madrugada está fría y ventosa: Nos preocupa algo la idea de pasar el Daymán; más por suerte encontramos un paisano oficioso que, entre charla y preguntas, nos pasó a remolque con su caballo. Al efecto, hémonos embarcado en un bote con nuestras máquinas. Tardamos diez minutos en pasar y seguimos viaje a las 4 y 40.

El trayecto a Piñeyrúa es tal vez de los mejores caminos que hemos hallado. Pocas ondulaciones y piso firme.

El sol comienza a despejar las nubes y el viento a sentirse con más fuerza. Por desgracia, lo llevamos de frente.

5.20 a. m. —Pasamos por la parada Piñeyrúa. Nuestras máquinas están empapadas de rocío, alcanzándonos el agua a mojar hasta la rodilla.

6.40 a. m. —En el arroyo Ceibal Grande almorzamos lijeramente y fumamos con tranquilidad uno o dos cigarros.

Montamos de nuevo a las 6.50 a. m. y emprendemos la subida de un cerro casi perpendicular. Hasta ahora el camino no ha sido malo.

Una senda de 0.20 m. trazada en el pasto, basta para nuestro paso. Como el camino es poco transitado, la gramilla está muy corta y no nos hace casi saltar.

Subida que es la pendiente, cae sobre nosotros, perpendicular el manubrio, el viento sur, más fresco y con violentas sacudidas que nos detienen. Hay que hacer un esfuerzo y doblarse en dos sobre la manivela.

Queda a nuestra derecha la estancia de los Cerros; formamos escuadra con su frente norte y seguimos de lleno el callejón —el peor de los trozos de camino que hayamos encontrado. Nos vemos obligados a bajar cada cinco minutos y llevar arrastrando las máquinas por 200 a 300 metros.

6.50 a. m. —Al querer pasar —sin desmontarme— entre varias piedras, chocó con ellas y caigo de costado sobre una piedra triangular y aguda. Quedo cinco minutos sin poder mover la pierna derecha.

7.35 a. m. —Chapicuy —El Jefe de Estación, Domingo Martinez, nos obsequia mucho. Adquirimos datos y seguimos a las 8 a. m.

A la legua —aproximadamente— de esta estación, abandonamos el camino real y marchamos al costado de la vía férrea.

La marcha se hace muy dificultosa, pues el pasto duro y alto, entorpece el movimiento de las ruedas.

9 a. m. —El cielo, ya muy encapotado, comienza a dejar caer el agua, —no perpendicular, sino en ángulo de 30 grados: tal es el viento.

Refugiámonos debajo del puente del Carpinchurí y almorzamos bajo agua corrida.

La lluvia se transforma en diluvio y el viento en huracán. Las barras laterales del puente —anchas de 40 centímetros— nos cubren algo del agua; pero como son bajas, tenemos que doblar completamente las cabezas.

En otra ocasión, pareceríamos cariátides del siglo diez y nueve, sosteniendo puentes, no frontones. Se arremolina el viento y el agua que nos empapa de pié a cabeza. Las mangas del saco son bombas al moverse. Por todos lados el cielo está lívido. El campo triste, mojado, algo fantástico a través de la gaza que produce el agua al chocar en el puente. Si continúa la lluvia de esa manera, muy pronto el arroyo va a desbordarse y a arrojarnos de su lecho.

10.30 —Resolvemos seguir la marcha, tiritando de frío, bajo un suelo descompuesto. Las ruedas ceden sin avanzar; el viento sopla cada vez más y nuestra cintura se esfuerza casi inútilmente en recobrar su posición vertical; los músculos se atensionan como cilindros de acero que han perdido su elasticidad.

Se siente —marchando mucho tiempo sobre el pasto— una sensación especial y dolorosa en el estómago, fuertemente sacudido.

Nos arrastramos penosamente, ya encima de las bicicletas, ya marchando al lado de ellas. De este modo, tardamos cinco horas en hacer 5 leguas.

Pasamos los puentes de Guaviyú y llegamos a la casa de comercio —pulpería— de Manuel Gago —a un kilómetro de la vía— ¡Por fin!

A la 1.30 p. m. —Estamos rendidos, locos de hambre y de cansancio. Las últimas leguas nos han destrozado.

Almorzamos sardinas, galleta y queso; todos los comestibles. El viento nos impide seguir. Dormimos

6 ½ —Nos levantamos a pesar del tiempo y emprendimos camino a las 6.50. Anochece pronto; en pleno campo como nos hallamos, es una locura seguir adelante. Ya de noche, damos vuelta a las máquinas y retrocedemos.

7.55 p. m. —Otra vez estamos en lo de Gago.

A cenar y a dormir.

4.45 a. m. del 27 —Levantámonos, tomamos mate y café.

5.55 —Frío y fuerte viento. Seguimos cortando campo, por ahorrarse de esa manera, como dos leguas.

7.15 a. m. —Quebracho Estación y pulpería de Baucelira. Telegrafiamos a Paysandú.

7.20 a. m. —Salimos. Estamos en el campo.

8.5 a. m. —Arroyo Quebracho.

8.30 —Continuamos.

9.35 —Llegada a Estación Queguay, y a las 9.50 salida.

El día anterior ha llovido mucho y los caminos comienzan a estar detestables.

10.30 —Casa de comercio de Tomás Agesta. Almorzamos y descansamos un rato. Continuamos a las 12 a. m.

Los dos arroyos San Francisco están bastante crecidos y demoramos largo rato en pasarlos.

La entrada a Paysandú es pésima, —verdad que tomamos el peor camino.

4.30 p. m. —Estamos en el centro de Paysandú, en el Hotel Concordia.

La distancia entre ambas ciudades es ésta: de Salto a Estancia de los Cerros: 5.50 leguas. De los Cerros a Chapicuy: 2.50. De ésta a Guaviyú: 5 leguas. De Guaviyú a Quebracho, 2 leguas. De Quebracho a Queguay 4.50 leguas. De Queguay a Tomás Agesta 3 leguas. De Tomás Agesta a Paysandú 7 leguas. Total: 29 leguas y media. Nos referimos al viaje por camino.

Hemos pasado como 30 corrientes de agua y saltado 80 veces los alambrados.

En resúmen: con tiempo seco y sin viento alguno de frente, el viaje es sumamente factible.


Publicado el 23 de julio de 2026 por Brian.
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