La medicina moderna ofrece el curioso aspecto de hallarse asentada sobre los descubrimientos de un hombre que ni fue médico ni estudió particularmente medicina.
Este hombre, Pasteur, es el exponente más típico del experimentador ajeno a toda otra ambición que a la purísima de descubrir e inventar, porque ése es su destino y a él lo lleva directamente su genio.
Del modo —fatal, puede decirse— cómo obraban sobre él las fuerzas ciegas de la investigación, puede dar idea esta anécdota, transmitida por el gran entomólogo Fabre:
Pasteur había ya descubierto los misterios y el origen de las fermentaciones —podríamos decir de toda la patología microbiana—. cuando su concurso fue solicitado por los sericultores del sur de Francia, que veían diezmados sus gusanos de seda por una gran peste.
Pasteur se trasladó a la región, donde fue recibido e instruido por Fabre de la plaga en cuestión, todo esto sentados al escritorio del entomólogo, mientras Pasteur observaba de cerca y sin parecer prestar mayor atención al discurso de Fabre, un par de objetos rodeados y extraños que estaban sobre la mesa.
Pasteur volvía y revolvía tales objetos, hasta que al fin, picado de curiosidad, preguntó a Fabre qué era aquello.
Fabre suspendió su discurso y miró a Pasteur. No debe olvidarse esto: Pasteur era en aquel instante el sabio de más potente envergadura de Francia, si no del mundo entero. Había sido y era profesor de Química, doctor en Ciencias Físicas, decano de la Facultad de Ciencias de Lila, Director en la parte científica de la Escuela Normal de París, miembro de la Academia Francesa de Ciencias, etc., etc.
Compréndase así el pasmo del entomólogo ante la pregunta aquélla, viniendo de quien venía.
—Son capullos, maestro -murmuró casi Fabre—. Capullos de seda…
—¡Ah, voilà! —exclamó Pasteur levantando a su informante sus sorprendidos y gruesos ojos de miope. Y más intrigado aún, examinó de nuevo los capullos, los agitó en el aire, concluyendo por llevárselos al oído:
—¡Pero hay algo aquí dentro! —exclamó.
—Sí, maestro... —tartamudeó Fabre, que deseaba hallarse diez metros bajo tierra: -Son las crisálidas del gusano...
—¡Voilà! —repitió Pasteur, satisfecho por fin como un niño, y haciendo sonar los capullos sobre su oído.
Bien. Este hombre, doctorado en todo lo que sabemos, no había visto nunca un capullo de gusano de seda, ni recordaba su biología, y lo manifestó así con una ingenuidad tan grande como su alma. Tal es el genio de un hombre de puro corazón. Excusado advertir, sin embargo, que meses después Pasteur descubría el origen y el tratamiento curativo de la plaga que diezmaba a los gusanos de seda.
Véase ahora actuar a ese corazón con otro ser que un gusano.
Aunque Pasteur, tiempo después, había llegado a conclusiones experimentales definitivas sobre su tratamiento curativo de la rabia, no se había atrevido aún a tratar a un ser humano con inoculaciones de médula. El 6 de julio de 1885 fuéle presentada una criatura atrozmente mordida por un perro rabioso. Tales eran el estado del animal causante y la saña de los mordiscos, que se había juzgado perdido al niño. Llevado al laboratorio de Pasteur, éste se decidió, vista la gravedad casi fatal del caso, a ensayar por fin su método.
Así lo hizo. Pero nadie hubiera sabido, de no contarlo luego él mismo, las inquietudes, los remordimientos, las sensaciones de crimen cometido, las pesadillas que lo aniquilaron durante los quince y tantos días que duró el tratamiento.
Como no abandonaba el laboratorio, ni comía ni dormía, sus discípulos y amigos lograron alejarlo de París, mientras ellos proseguían las inoculaciones en el chico; pero desde el fondo de la Bretaña, donde se había recluido, y a pesar de las cartas y telegramas optimistas que recibía a cada instante sobre el éxito del tratamiento, Pasteur tenía constantemente ante los ojos a la criatura moribunda, que se le aparecía a reprocharle el haber adquirido la rabia con sus inoculaciones.
No debe olvidarse en qué consiste el tratamiento de la rabia, y que en aquel instante se le ensayaba por primera vez en un ser humano.
La criatura salvó; pero su espectro acompañó en sus horas de desaliento y por muchos años, al hombre que, sin embargo, la había salvado.
