Hacía ya mucho tiempo que el hombre cazaba en el monte. En un principio la novelería de los tiros divirtió a los animales salvajes.
─¿Has visto? ─decía uno al cruzarse con otro en un sendero─, hay un hombre.
─Yo lo vi ─respondía el segundo en voz baja─. Tiene una escopeta. Es un cazador.
─Sí. En el barranco corrió esta mañana. Mata.
─¿Mata? ─intervino un agutí asustado.
─¡Ya lo creo! Yo vi antes uno. Es un hombre. Ninguno de nosotros puede matarlo.
─¿Ninguno?...
─El tigre, sí. A nosotros nos mata.
─¿Han oído?... Anda cerca. ¡Huyamos!
Pero a poco la diversión cesó, porque ya no se encontraban los amigos que solían verse al caer la noche. Se cruzaban ahora corriendo, y apenas tenían tiempo de cambiar tres palabras.
─¡Otro tiro hace un momento! ─jadeaba uno.
─¿A quién habrá matado?
─Yo sé. Al venado. Él lo mató.
─¿Y el tapir? ─preguntaba otro.
─Anteayer en el río... Muerto.
─¿Y el puma?
─Hace una semana... Muerto.
─¿Y el oso hormiguero?
─En la orilla del pantano... Muerto.
─¿Y el tigre?
En ese instante un estampido y un maullido escandaloso resonaron en las tinieblas.
─¿El tigre?... Acaba de morir.
Ahora bien, aunque los animales del bosque no unen jamás sus fuerzas contra el hombre, hay ocasiones en que la naturaleza misma ─encarnada en la luz, la atmósfera, el clima, la selva y sus hijos─ medita su exterminio. Y una de estas ocasiones fue la presente, cuando los animales decidieron hacer una trampa y cazar al hombre.
No contaremos cómo lo cazaron, pues las facilidades abundan en el bosque. Diremos solamente que una noche el hombre se encontró desnudo atado a un árbol, entre los animales que alzaban sus duras nucas a él. Y nada diremos tampoco de quién le desnudó ni de qué lazos eran aquellos que lo ataban al árbol.
Los animales miraban de hito en hito al hombre con sus ojos verdes, y el hombre sudaba en la oscuridad.
─¡No me maten! ─decía jadeando como si acabara de correr─. ¡No tienen derecho a matarme!
─Y usted, ¿qué hacía? ─rechinó entre sus dientes cruzados el jabalí.
─¡Yo cazaba en libertad! ¡Éramos todos libres! ¡Pero no pueden matar a un hombre indefenso!
─¿Y nosotros? ¿Nos defendíamos? ─sollozó un venado.
─No, pero estábamos en guerra. Así procedemos lealmente los hombres. Ustedes no pueden matarme porque ya me han vencido. Los hombres conocemos la justicia y hacemos la paz. Cuando hemos vencido a un enemigo, lo perdonamos. ¡Hermanos míos! Consideren que estoy solo y desnudo entre ustedes. Ustedes me vencieron, me apresaron y estoy atado. ¿Por qué van ahora a matarme?
El hombre jadeante de miedo conoció el silencio de sus jueces que dudaban de su derecho a matar, y prosiguió alentado:
─¡Hermanos! Ustedes ignoran la sabiduría, la rectitud, el altruismo, y por esto proceden así, lo comprendo. Pero yo soy un hombre y les hablo como un hermano. Nosotros tenemos principios morales y concedemos paz. Estábamos en guerra y fui vencido por ustedes. Y creen que pueden matarme. Hay tratados de paz para estos casos. Así es la guerra entre los hombres.
Nada rompía el mutismo de los animales; hasta que uno se alzó en sus cuatro patas.
─Mentira... mentira... Matarlo... Mentira... Matarlo... ─roncó el animal, sacudiendo a ras del suelo su hocico que babeaba.
El hombre desnudo y que sudaba de miedo, clamó entonces:
─¡No me maten, hermanos! ¡Podemos entendernos todavía! Ustedes no saben quién soy yo, y todos los pueblos de los hombres se lanzarían sobre ustedes si me mataran. Ustedes no conocen los derechos del vencido en la guerra. Que vaya una embajada de ustedes hasta los hombres y yo quedaré de rehén. Nada les pasará a los que vayan, porque mi vida responde de la de ellos. Ellos verán, hermanos, cómo es nuestra moral de guerra. Yo quedaré de rehén. Cuando la embajada vuelva, son libres de hacer conmigo lo que quieran, Pero estoy seguro de que entonces no me matarán.
Tras un sombrío silencio la proposición del vencido fue aceptada. Y de este modo el hombre ganó su causa quedando de rehén en el monte, mientras la embajada de los animales, compuesta de un tapir, un tigre y un boa, se encaminaba a país extraño.
Debemos advertir aquí que el hombre cazado era un gran personaje entre los suyos, motivo por el cual hicieron éstos salvas de artillería al saber que el cazador estaba vivo, agasajando en consecuencia con grandes fiestas al tigre, al boa y al tapir.
Los embajadores se comportaron en la circunstancia con gravedad y corrección dignas de todo encomio. El tigre y el tapir bebían gravemente, con los sombreros en la mano, y el boa departía con las señoras.
Se celebró en honor de los delegados desfiles militares, tedéum, funciones de gala, cuanto podía marear con su seducción a tan incautos embajadores. Aun asistieron al cine, donde al ver escenas del natural en la selva, cruzaron una mirada entre ellos, sonriendo suavemente.
Nada se les ocultó, nada dejaron de ver. Y sus más preciosas horas las pasaron en los parlamentos, las asambleas y las ligas, donde precisamente se celebraba un tratado de paz.
Los hombres enseñáronles uno por uno los incisos de su tratado inscripto a punzón en una baratija de exportación, pues uno anterior, de papel, había sido roto. Mostráronles los diez mil códigos de moral nacional e individual que respiraba viva en su obra de justicia. Enseñáronles particularmente las grandes industrias, pues deseaban conquistar a aquellos ásperos y confusos aprendices de su moral, que tenían entre sus dientes la vida de su jefe. Comportáronse en suma tan seductoramente, que cuando la embajada regresó por fin a la selva natal, nadie dudó de que la vida del prisionera estaba a salvo.
Mas los embajadores que iban en cuatro patas y bajaban las orejas al entrar en los senderos, no cambiaban una mirada entre ellos, y así llegaron ante la asamblea que les aguardaba. El hombre atado de nuevo, y que no dudaba del éxito, dejó asomar a sus labios una sonrisa de triunfo. Y el boa dijo:
─Hemos estado entre los hombres, hermanos, y lo hemos visto todo. Cuando nos dijo el cazador, es cierto. Nos han agasajado como si fuéramos hombres propios. No luchan como nosotros por comer, sino por principios. Son tan como él dijo. Solamente...
─Yo vi también lo mismo ─dijo el tapir─. En vez de estar constantemente en guerra como nosotros, fabrican sin cesar lindísimas cosas que regalan a los países lejanos. Tienen leyes para proteger a los pueblos débiles, y cuando vencen, en vez de matar, hacen un tratado de paz. Son tal como él dijo. Solamente...
─El hombre no mintió ─dijo el tigre─. Todo cuanto vimos, oímos y tocamos es como él lo aseguró. Tienen en efecto, principios morales por los que combaten y por los cuales exclusivamente desencadenan una guerra. Solamente... Solamente que no podríamos regirnos por sus leyes, hermanos. Si adoptamos la moral y los principios de los hombres, continuaremos como antes acechando y matando. Pero lo que hacemos ahora con las garras y los dientes al sol, lo haremos disimulando el hocico tras un pañuelo o una bandera. Es ésta la única diferencia, hermanos. Hemos asesinado toda la vida, pero sin hipocresía. Podríamos perfectamente firmar un tratado de paz con este hombre, soltarlo luego desnudo con los huesos rotos, y cantar día y noche en el bosque que hemos hecho la paz con él. Pero haciéndolo así no habríamos aprendido sino a ser hipócritas, pues todos sabemos que lo que en verdad deseamos es matarlo porque lo hemos vencido, y comerlo porque tenemos hambre.
Y así lo hicieron.
